¿Cómo afrontar el declive ecológico de una forma justa?

Yayo Herrero

Los seres humanos dependemos radicalmente de una naturaleza finita y de los tiempos que otras personas, mayoritariamente mujeres en las sociedades patriarcales, dedican al cuidado de los cuerpos, también finitos y vulnerables. Ambas dependencias son insoslayables, pero la cultura capitalista, y tristemente también algunas racionalidades de corte anticapitalista, se han construido de espaldas a la existencia de esa doble dependencia.

Vivir de espaldas a los límites materiales ha conducido a construir un modelo de producción distribución y consumo en guerra con las bases físicas y los procesos dinámicos que mantienen la vida. Y además este modelo es profundamente injusto y desigual y no ha sido capaz de satisfacer las necesidades básicas de la mayor parte de la población..

Nuestro mundo occidental denomina producción a la generación de beneficios monetarios sin que importe nada la naturaleza de la actividad que sostiene esa producción. Da lo mismo “producir” hortalizas que armamento. Sólo importa que esa producción (en realidad extracción y transformación de recursos finitos preexistentes) incremente los agregados monetarios que sirven para medir el crecimiento económico.

En un planeta con los límites desbordados, en donde algunos materiales hoy imprescindibles para el funcionamiento del metabolismo agro-urbano-industrial ya se encuentran en fase de declive, el decrecimiento de la esfera material de la economía no es una opción. La escasez de combustible fósil, agua dulce o suelo fértil es ya una realidad irreversible que cotidianamente viven muchas personas, sobre todo en países de la Periferia.

Puesto que la esfera material va a decrecer queramos o no, el esfuerzo de aquellas organizaciones y movimientos sociales que defiendan la igualdad y la justicia debe centrarse en la construcción de otra economía que sitúe la producción como una categoría ligada al mantenimiento de la vida y no a su destrucción.

En esa línea resulta perentorio analizar cuáles son las producciones y los trabajos socialmente necesarios que conviene potenciar y cuáles son aquellas actividades nocivas que conviene reconvertir protegiendo colectivamente a las personas que trabajan en ellas.

Se dice que la economía es el proceso de generación de bienes y servicios que permite la reproducción social. Sin embargo, la propia reproducción social que se da en los hogares y que recae, dada la división sexual del trabajo, en las espaldas de las mujeres, es sistemáticamente ignorada, y cuando tiene visibilidad económica por estar asalariada, constituye uno de los sectores más precarios, vulnerable y explotado.


Durante demasiado tiempo el movimiento ecologista y el sindical han vivido de espaldas o confrontados. Un ecologismo social anticapitalista debe hacerse cargo de las contradicciones entre el capital y el trabajo, debe preocuparse por el mantenimiento de la negociación colectiva y del derecho del trabajo. Un sindicalismo que viva enraizado en los territorios reales no puede ignorar que el modo de producción capitalista se contrapone esencialmente al mantenimiento de la vida.

Debatir el propio concepto de trabajo para que incluya no sólo la llamada producción, sino también la reproducción y la gestión del bienestar cotidiano que recae en los hogares; explorar qué sectores y actividades sirven para satisfacer necesidades humanas y cuáles hipotecan el futuro, incluso en el corto plazo; indagar qué alianzas y sinergias pueden hacer confluir en luchas comunes a movimientos como el sindical, el ecologista y el feminista, entre otros, ...Estas son tareas inaplazables en un momento en el que tejer alianzas y articular movimiento parece ser el único camino para resistir ante “el golpe de estado” neoliberal que vivimos y para construir otra realidad que pueda ser justa y compatible con el planeta que nos alberga.



Extraído de 'Vivir bien con menos. Ajustarse a los límites físicos con criterios de justicia' escrito por Yayo Herrero

Estaban atrasados

Biodiversidad y decrecimiento

Lourdes Jimenez

En la naturaleza la jerarquía es un mito, el linaje no importa porque, simplemente, se fluye, como el vuelo de los vientos o las corrientes de las aguas. Es la Biodiversidad el verdadero rey león de la jungla; el ser humano una parte más del todo, alejado de la renacentista visión antropocéntrica. Compartir con el resto el espacio, coevolucionar todos juntos es la idea para seguir viviendo, porque es la fórmula que nos ha traído hasta aquí.

Sin embargo, estamos jugando mal la partida, y lo peor es que sólo nos permiten una. Mal porque empezamos hace ya tiempo a utilizar otras reglas del juego sin cambiar de tablero. Es tiempo ahora de olvidar aquello del “desarrollo sostenible” (diferentes formas de llamar igual al mismo concepto base: nuestro egoísmo) y empezar un desarrollo saludable, un decrecimiento.  Curarnos del cuadro claro de obsesionitis aguda que padecemos por el valor monetario y creernos de una vez que nadie puede ponerle precio al ciclo del agua, ni a la regulación del clima, ni a la polinización…, (aunque el Comercio de Misiones lo intente); o que por millones de euros que paguemos para cerrar el agujero de la capa de ozono, es inútil porque la naturaleza ni se compra ni se vende. En definitiva, reflexionar sobre el daño irreversible que hemos causado a nuestros compañeros de viaje.

Hemos imitado el correr de las liebres, el nadar de los peces, el volar de los pájaros, el aroma de las flores, ¡hasta los ronquidos del cerdo! Nos hemos desarrollado sirviéndonos de la biomímesis, la ciencia que nos ayuda a copiar la estructura biosferal de La Tierra. Así somos pues, una imitación barata de la naturaleza. Barata porque con la misma receta nos hemos inventado la basura, que en el ecosistema no existía, y ahora andamos inmersos en ella. Pese a quien le pese, somos el único eslabón que en vez de ayudar a sacar adelante la cadena (cada cual con su función) la rompemos erigiéndonos dueños y señores de la misma.

Porque no podemos seguir creciendo infinitamente en un mundo finito. Y no es sólo una cuestión de polución y degradación del ecosistema, que de por sí es ya motivo suficiente, es una cuestión vital, de supervivencia. Si seguimos proponiendo como base social la concepción preindustrial de la economía de mercado, la adoración del capital, jamás nos entrará en la mollera pensar que el decrecimiento implementado a través de una responsabilidad individual es factible; y no sólo posible, sino necesario.

Un modelo en el que no existiera la ganadería ni la pesca ni la agricultura intensiva. En la propuesta decrecimentista, además, se pondrían en marcha programas comunitarios fundamentales para el cuidado de personas en todos los segmentos de edad y en todas las condiciones de salud y de autonomía personal; se apostaría por el cultivo ecológico, las energías renovables, el comercio local, la descentralización, el consumo responsable; en definitiva, un sistema de microeconomía que se apoya en una elevada ocupación de mano de obra.

Bien cierto es que el aumento demográfico es un obstáculo para ralentizar la destrucción ecológica, pero no es más limpio quien más limpia, sino quien menos ensucia. Y no debe ser esta una justificación que nos exima de los hechos y consecuencias de los que somos responsables. Muchos, sí, pero si el desarrollo evolutivo nos ha traído hasta aquí es porque existe la posibilidad de convivir, de convivir los humanos con el resto de especies y el entorno. Y aunque seamos seis mil millones de habitantes en el planeta, nuestro ritmo de consumo tiene que acompasarse con el sistema cíclico de la naturaleza, donde las etapas comienzan y se acaban para dejar paso a otras por ley natural.

El bios ha coevolucionado eternamente con el entorno terrestre, con sus recursos, pero nosotros, con apenas unas milésimas de segundos de existencia en el planeta Tierra, hemos producido/consumido a una velocidad muy superior a la capacidad de regeneración del planeta. De ahí que muchos ecólogos advirtieran ya en 2006 que “o apostamos por la reducción planificada del crecimiento económico de los países ricos o el mundo se aproxima muy deprisa a una crisis económica gravísima”.

La etapa que le sigue a esta es la guerra por los recursos. Ahora que el petróleo se agota, las grandes empresas ponen las miras en el Salar de Uyuni, Bolivia, para explotar su gran reserva de litio. El litio será el futuro para la construcción de las baterías de los coches eléctricos (aparte de utilizarse en móviles y portátiles sobre todo). Evo Morales se ha puesto ya manos a la obra y ha encargado la investigación científica de la zona a Irán, país que, siendo uno de los grandes poseedores de piscinas petrolíferas, no tendrá intención alguna en sacar tajada del asunto y aprovecharse de los bolivianos. Tras estas maniobras hollywoodienses del estado plurinacional, los países occidentales han afilado dientes y agudizado la vista para intentar meter el olfato en el negocio del oro del siglo XXI, sin pararse a pensar que quizá habría que empezar a desmaterializar la felicidad, a “vivir sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir”.

Quizá nuestro destino sea la extinción, la autodestrucción. Quizá la superpoblación, acompañada de las complejas estructuras y relaciones sociales que hemos creado nos lleven al revuelo mundial auspiciado por la degradación de la diversidad ecológica y, por ende, por la falta de recursos. Si los dinosaurios desaparecieron hace millones de años, después de haber vivido otros tantos, ¿por qué no íbamos a hacerlo nosotros? Desde el punto de vista científico, es un hecho bastante lógico. La especie más antigua del planeta tiene 200 millones de años, los camarones, y ahora están en riesgo de desaparecer. No sólo estamos aquí de paso a título personal, la especie entera lo está. No somos el colofón de la evolución, sólo formamos parte de ella y debemos tener conciencia del alcance de nuestras acciones. No sólo para que nuestra especia viva más en el planeta, sino para que sea el planeta el siga aquí después de que nosotros ya nos hayamos ido.

En cualquier caso, Nicholas Georgescu-Roegen habla de un cambio de sentido. Padre de la nueva ciencia económica, la bioeconomía, predica que lo prioritario es el equilibrio entre el vasto sistema ecológico, dinámico y rico, y las necesidades humanas no sólo actuales, sino futuras.

Por eso, aunque la partida sea única, pululan por el tablero del juego casillas estratégicas que nos invitan a ir para atrás, la cuestión es, ¿cuándo?

Ecotopía biketour 2012



Somos una comunidad activista «eco-móvil hazlo-tú-mismo» que emerge cada verano desde hace más de 20 años. Nuestro objetivo es aprender de los demás y de los grupos locales que visitamos, apoyando sus campañas con un punto de vista creativo. Cargamos todo el equipo en bicicletas y trailers, y tomamos todas las decisiones de grupo por consenso. Un proyecto para cualquier persona interesada en ser parte de una comunidad y viajar sin motores—¡exactamente lo opuesto a un vuelo «todo incluido» a la playa!.

El Biketour es un proyecto para todas persona interesadas en ser parte de una comunidad y viajar sin motores. Este año nuestra temática es el decrecimiento y queremos visitar diferentes proyectos, luchas y personas que se relacionan con este tema tan diverso. Hay mas información en nuestro sitio web (www.ecotopiabiketour.net - busca las sectiones About y Guidelines).

El tour ciclista de Ecotopía circulará por el sur de Europa este año, que sale de Barcelona a mediados de Julio y llega a Venezia dos meses después. El proyecto está siendo organizado por Research and Degrowth, y el tema de este año es “Decrecimiento”: cuestionar el dañino crecimiento del capitalismo que nos domina, con vistas hacia los verdaderos valores sociales y ambientales.

El crecimiento no es la solución, es el problema

Mercedes Arancibia

Para los defensores del decrecimiento, no parece que el desarrollo sostenible "vaya a evitar el colapso ecológico ni a mejorar la justicia social", que eran las metas planteadas 20 años atrás, en la Cumbre de la Tierra de 1992, celebrada también en Río. Se busca entonces avivar las discusiones en la conferencia internacional Decrecimiento en las Américas, que va a celebrarse entre el 13 y el 19 de mayo de 2012 en la ciudad canadiense de Montreal y que será el tercer foro de este tipo, después de las citas de París y Barcelona, en 2008 y 2010 respectivamente.

Estamos en un punto de inflexión de la historia. El modelo de la sociedad de consumo se ha terminado. Ahora, el único camino hacia la abundancia es la frugalidad que permite satisfacer todas las necesidades sin crear pobreza y miseria.

“Donde una vez se dijo 'socialismo o barbarie' yo diría ahora 'barbarie o decrecimiento'. Necesitamos un proyecto eco-socialista. Es hora de que las personas de buena voluntad se vuelvan objetores del crecimiento”. Filósofo y economista, Serge Latouche (1), profesor emérito de ciencias económicas en la Universidad Paris-Sud y pionero del decrecimiento, cree que “es necesario librarse de la economía, reabrir la historia…”, que el decrecimiento es una perspectiva de futuro: la del rechazo del despilfarro de recursos naturales y el asumir que existen límites que hacen imposible la generalización, a todo el planeta, del modo de vida occidental. Hay que cambiar completamente el chip para llegar a la sociedad del decrecimiento, que daría otro sentido a la producción y al consumo “relocalizando la economía, limitando los intercambios dispendiosos y estimulando un buen ambiente”.

El término «decrecimiento» suena como un desafío o una provocación, a pesar de que sabemos que un crecimiento infinito es incompatible con un planeta finito. Para evitar un retroceso brutal y dramático –aun más brutal y más dramático que el momento crítico que estamos viviendo- la consigna del decrecimiento es abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento, que tiene consecuencias desastrosas para el medio ambiente. “En rigor, convendría hablar de «acrecimiento», como se habla de ateísmo, más que de decrecimiento, del abandono d e una fe, de una religión, la de la economía, el crecimiento, el progreso y el desarrollo”.

La llamada al decrecimiento, que desde el estallido de la crisis planetaria cada vez encuentra más eco, es también un llamamiento a la imaginación. Ser decreciente es salir de la economía actual y vivir feliz en la simplicidad. Una solución radical que implica aceptar la revisión de nuestras condiciones de confort y nuestro modelo de vida, aceptar la necesidad de innovar para conciliar economía, medio ambiente y felicidad y empeñarse en la construcción de “una sociedad basada en la calidad en lugar de la cantidad, en la cooperación más que en la competición, en una humanidad liberada del economismo y que tenga como objetivo la justicia social” ( Por una sociedad del decrecimiento, Le Monde diplomatique, noviembre 2003). Siguiendo las tesis de Ivan Ilich (2), estamos hablando de vivir de otra manera para vivir mejor.

Hay que cambiar de valores

“Porque será una satisfacción perfectamente positiva comer alimentos sanos, tener menos ruidos, estar en un medio ambiente equilibrado, no padecer las tensiones de la circulación, etc.”. Jacques Ellul (3).

Decrecer exige naturalmente un cambio de los valores dominantes actuales, por otros: el altruismo debe ocupar el lugar del egoísmo, la cooperación el de la competición desenfrenada, el placer del tiempo libre el de la obsesión del trabajo, la importancia de la vida social el del consumo ilimitado, lo razonable el de lo racional…la opción de una ética personal diferente, como la simplicidad voluntaria, puede modificar la tendencia y minar las bases imaginarias del sistema.

Algunas cosas se pueden ir probando ya, como revalorizar la experimentación local, asociativa y colectiva, cambiar la relación personal con la propiedad y el reparto de la riqueza, construir una política territorial al servicio de las personas, incitar a la población al uso de los transportes no contaminantes, desarrollar una agricultura campesina, biológica y de proximidad, empeñarse en reducir el consumo de energía, estimular las experiencias cooperativas, la economía social, apoyar la transmisión de conocimientos tradicionales en vías de desaparición, reorientar la investigación y la formación hacia la transición ecológica en os terrenos de la alimentación, la energía, el hábitat, los transportes, el artesanado y el turismo ecológico… denunciar la agresión publicitaria y fomentar la democracia participativa...

El Foro de Organizaciones No Gubernamentales de Río, reunido durante la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo de 1992, sintetizó todas las tareas pendientes en un programa de seis “erres”: reevaluar, reestructuras, redistribuir, reducir, reutilizar y reciclar. Seis objetivos interdependientes que activarían un programa de decrecimiento sereno, amistoso y sostenible . Se podría, dicen los militantes, ampliar la lista de las erres: reeducar, reconvertir, redefinir, remodelar, repensar, etc., y naturalmente relocalizar, “pero todas estas se encuentran más o menos incluidas en las primeras”.

Una voz de aquí al lado

Para Joan Martínez Alier, catedrático del Departamento de Economía e Historia Económica de la Universidad Autónoma de Barcelona, el decrecimiento es tema para los estados ricos del Norte: Japón, Europa, Estados Unidos: “No creo que América Latina tenga que decrecer, y la India mucho menos. Tendrían que crecer de otra manera, no copiar las tecnologías tan exactamente, como el automóvil. Ahora en la India todo mundo tiene la idea de comprar un automóvil... Ningún economista respetable se ha atrevido nunca, en el Norte, a decir que el objetivo no es continuar creciendo. En el Sur, los movimientos que podemos llamar del ecologismo popular y la justicia ambiental dicen: ‘No queremos continuar vendiendo materias primas baratas, no queremos cumplir con la regla de San Garabato, de compre caro y venda barato’, porque así se empobrecen a la larga”.

La alternativa sería “no más crecimiento en el Norte”; pero no sólo, porque “las constituciones de Bolivia y de Ecuador, por ejemplo, dicen que el objetivo de las políticas ya no es el desarrollo sino el buen vivir, y además lo dicen en quechua. Para mí esto es algo antiguo, Aristóteles ya dijo que el objetivo de la vida es ser feliz y vivir bien”. En el Norte hay una discusión sobre el crecimiento cero. Esto ya lo discutieron en los años setenta; André Gorz (5) ya dijo que significaría el fin del capitalismo tal como lo conocemos, “pero no de otro capitalismo que persistirá, por ejemplo, en sectores como la informática, que no es muy pesada ambientalmente. Pero otros sectores como la agricultura orgánica, la energía fotovoltaica, la arquitectura, muchos tipos de medicina podrían crecer; muchas cosas, como el sector de la educación o la economía ecológica tienen que crecer, la biología genética tiene que crecer y quizás alguna ingeniería tendría que decrecer, y esto sería compatible con el capitalismo, pero no con el capitalismo financiero que se basa en aumentar las deudas. Esto tiene que acabarse. El hecho es que podríamos cambiar la economía en dos sentidos: en el Norte con un decrecimiento que sea socialmente aceptado, un decrecimiento material y energético, o un crecimiento cero (…) y en el Sur con un crecimiento de otra manera”.

Pero es que no solo hay razones ecológicas para el decrecimiento. Algunos psicólogos han averiguado que “ la felicidad no aumenta con el aumento del PIB per cápita… Ahora bien, el decrecimiento económico provoca dificultades sociales que hemos de afrontar para que la propuesta pueda ser socialmente aceptada”.

La crisis puede abrir expectativas a nuevas instituciones y hábitos sociales. El objetivo en los países ricos debe ser vivir de forma óptima dejando de lado el imperativo del crecimiento económico. En suma, Vivir mejor con menos bienes y más relaciones, como dice el lema de la revista La Décroissance, órgano del partido del mismo nombre, nacida en la ciudad francesa de Lyon en vísperas del milenio - difunde 45.000 ejemplares en Francia, Canadá, Suiza, Bélgica y Luxemburgo-, fruto de un movimiento de ideas compartidas por varias organizaciones y personalidades. El periódico predica “el decrecimiento como única alternativa posible al desarrollo de la miseria y la destrucción del planeta”; es un medio de comunicación militante de una causa todavía minoritaria, la de quienes se preocupan por el futuro del planeta.

Según André Gorz, se es pobre en Vietnam cuando se anda descalzo, en China cuando no se tiene bici, en Francia cuando no se tiene coche, y en los EEUU cuando se tiene uno pequeño. Según esta definición, ser pobre significaría « no tener la capacidad de consumir tanta energía como consume el vecino»: cada uno es el pobre (o rico) de otro.

Notas:

    Sobrevivir al desarrollo: de la descolonización del imaginario económico a la construcción de una sociedad alternativa, (Ed. Icaria, 2007), La apuesta por el decrecimiento: ¿cómo salir del imaginario dominante? (Ed.Icaria, 2009), Pequeño tratado de decrecimiento sereno (Ed. Icaria, 2009), Decrecimiento y posdesarrollo: el pensamiento creativo contra la economía del absurdo (Ed. Icaria, 2009), La hora del decrecimiento”, (Ed. Octaedro, 2011)

    Filósofo y pedagogo austriaco fallecido en 2002, autor, entre otros de La Sociedad desescolarizada (Edit. Joaquín Mortiz, México, 1985)

    Ya en 1981, Jacques Ellul, uno de los primeros pensadores de la sociedad del decrecimiento, fijaba como objetivo para el trabajo no más de dos horas diarias.

    Es autor de L'ecologia i l'economia (1984), libro publicado también en castellano, inglés, japonés y otras lenguas, que se ha convertido en una historia clásica de la crítica ecologista a la ciencia económica. Pobreza, desarrollo y medio ambiente. VVAA Introducció a l'economia ecològica (1999), Economía ecológica y política ambiental (con Jordi Roca i Jusmet, 2000), ¿Quién debe a quién? deuda ecológica y deuda externa (con Arcadi Oliveras, 2003) El Ecologismo de los pobres: conflictos ambientales y lenguajes de valoración (2005), Rethinking Environmental History: World-Systems History and Global Environmental Change (editado con Alf Hornborg y John Mc Neill, 2005), Recent Developments in Ecological Economics 2 vols. (editado con Inge Ropke, 2008), El Ecologismo de los pobres: conflictos ambientales y lenguajes de valoración (nueva edición aumentada y publicada en Perú por Espiritrompa Ediciones y en Barcelona por Editorial Icaria 2011).

    Filósofo y periodista nacido en Viena, discípulo de Jean-paul Sartre y fundador, junto con Jean Daniel, del semanario Le Nouvel Observateur, autor de Miseria del presente, riqueza de lo posible (Paidos, 1998), Capitalismo, Socialismo, Ecología (Ediciones HOAC, 1995), Metamorfósis del trabajo, demanda del sentido (1988), Los caminos del paraiso: Para comprender la crisis y salir de ella por la izquierda (Laia/Divergencias, 1986), Adios al proletariado: Más allá del socialismo (El Viejo Topo, Ediciones 2001,1981), Ecología y política (El Viejo Topo, 1980), Mercado común y planificación (dentro de ‘La integración europea y elprogreso social’, Editorial Nova Terra, 1967).

Modernidad, desarrollo, interculturalidad y Sumak Kawsay o Buen Vivir

Mónica Chuji G.

[Ponencia presentada en el Foro Internacional sobre Interculturalidad y Desarrollo.
Uribia, Colombia, 23 de mayo de 2009.]

Como todos sabemos, a inicios del mes de marzo de 2007, los fondos de inversiones en hipotecas subprime de Bear Stearns colapsaron y dieron origen a una de las crisis financieras y económicas más profundas de las últimas décadas. Este hecho sucedido en la economía mundial y me parece pertinente para problematizar la globalización, el desarrollo y la interculturalidad mencionar este hecho.

En efecto, la crisis mundial originada en los países más ricos, que forman parte del llamado G7, ha implicado la intervención del Estado para evitar el colapso de los mercados financieros globales. En lo que va en estos dos años y medio, desde el estallido de la crisis, los países del G7 han destinado cerca de 5 billones de dólares a los mercados financieros y han reconocido la necesidad de establecer mejores mecanismos de regulación y control financiero.

Ahora bien, cinco billones de dólares es una cantidad demasiado grande como para ser siquiera imaginada. En el año 2007, el producto nacional bruto de Estados Unidos fue de 13,86 billones de dólares. Podemos imaginar entonces que en estos dos años, se destinó a los mercados financieros alrededor de un 40% del monto de la riqueza total de Estados Unidos.

Es una paradoja de los tiempos que las necesidades para superar la pobreza mundial y cumplir con los objetivos de desarrollo del milenio de las Naciones Unidas, para los países más pobres, no llegue a los 100 mil millones de dólares, una fracción insignificante en relación a lo destinado para salvar al sistema financiero mundial. Los montos para reducir la pobreza en el África son más modestos, no llegan a 55 mil millones de dólares. De la misma manera para dotar de servicios básicos a la población más pobres de América Latina, se habría necesitado de una pequeña fracción de los recursos que se destinaron a los mercados financieros. De hecho, en EEUU, la administración Bush vetó un proyecto de ley para dar salud gratuita a los niños, en un programa que costaba alrededor de 6 mil millones de dólares. El argumento de la administración Bush fue que no había recursos para financiar este programa de salud pública. Días después, la misma administración Bush estaría ejerciendo presión al Congreso norteamericano para destinar billones de dólares en salvatajes bancarios.

Estos hechos me parecen pertinentes porque permiten clarificar la distancia que hay entre los discursos y las realidades del poder, y al mismo tiempo demuestra que muchos de los discursos actuales son más un mecanismo de colonización ideológica y epistemológica, que discursos que tengan alguna validez social y científica. Quiero referirme de manera especial al discurso de la globalización.

Durante las dos últimas décadas fuimos testigos de la forma por la cual se construyó el discurso de la globalización como un discurso que cerraba el horizonte de posibilidades humanas a las coordenadas de los mercados y de los agentes económicos. Los Estados, el sistema de Naciones Unidas, la cooperación internacional al desarrollo, las instituciones multilaterales, todas ellas, empezaron a pensar, hablar y proceder en función de la globalización, la eficiencia de los mercados, y la pobreza como un fenómeno estrictamente económico y asociado al consumo. Ahora bien, vemos como esa realidad construida desde el discurso de la globalización finalmente fracasó y está conduciendo a la humanidad a una crisis sin precedentes. Sin embargo, los discursos parecen no haber sido afectados por la realidad. Hay una crisis mundial que ha obligado a la humanidad a realizar un ejercicio enorme para salvar a los bancos, porque los cinco billones de dólares son una factura que finalmente la pagaremos todos, pero los discursos y las ideas siguen enunciándose como si nada hubiese sucedido.

Si la globalización fracasó, si los mercados fracasaron, es normal, en cualquier circunstancia, que los discursos que legitimaron y sustentaron a la globalización y a los mercados, empiecen también a cambiar y acusen recibo de la crisis mundial. Pero seguimos hablando de la globalización como si nada hubiese cambiado en estos últimos años. Como si la crisis fuese un fenómeno circunstancial y circunscrito a pocos países y como si la factura de cinco billones nada tenga que ver con nosotros. Esta actitud de colonialismo teórico tiene un lado ético: procedemos como si fuese absolutamente normal que se destinen cinco billones de dólares para salvar a los bancos y no nos inmutamos que no gastemos un centavo para superar la pobreza, la discriminación, la violencia.

Por ello, hablar de globalización, cuando el mundo entero está sufriendo las consecuencias perversas de los mercados, me parece más un acto de cinismo y de connivencia con el poder. Entonces, considero pertinente que empecemos a mantener distancias críticas con esos discursos legitimadores del poder. La crisis mundial nos está demostrando que un sistema que decide proteger a sus mercados más que a los seres humanos que la conforman, es un sistema enfermo, un sistema que debe ser relevado por la historia.

La crisis mundial me permite poner en relieve otro tema que me parece importante y que tiene larga data en el discurso moderno: el discurso del desarrollo. Pienso que la globalización y la crisis son la manifestación de algo más profundo y que hace referencia a la episteme misma del sistema. Es la noción de que el hombre está separado de la naturaleza y que debe utilizar a la naturaleza y a los demás seres humanos como instrumentos para lograr fines egoístas. Esta utilización a la naturaleza, sin ningún tipo de consideración ética, y que se revela absolutamente pragmática, es propia del ser moderno. Esta dimensión de egoísmo y de individualidad, también es propia del ser moderno. En el siglo XIX nació la utopía de ese ser moderno bajo la forma de progreso.

La ideología del progreso se ha revelado perversa. Las guerras y los campos de concentración constituyeron una clausura del discurso del progreso, pero no de la idea del progreso. Esta idea se va a transformar en la noción moderna de desarrollo. Sin embargo, el desarrollo es tan perverso como lo fue en su tiempo la idea del progreso. Quiero advertir dos dimensiones de la perversidad del discurso del desarrollo: la primera hace referencia a la relación del hombre con la naturaleza que en el discurso del desarrollo es puramente instrumental y que ahora amenaza con convertirse en un problema de sobrevivencia de la especie humana. La segunda dimensión hace referencia a la subordinación de la ética al crecimiento económico: si para crecer en términos económicos es necesario borrar de la superficie del planeta hasta el último árbol, la noción de desarrollo no tiene impedimentos.

Por ello necesitamos superar las nociones de modernización, desarrollo y crecimiento económico por una forma de vida convivial, respetuosa y armónica. Los pueblos indígenas tenemos ese conocimiento, tenemos esa práctica, tenemos ese legado que viene desde nuestros ancestros, y la queremos compartir con todos: se trata del sumak kawsay traducido al castellano el buen vivir o vida en armonía.

Poco a poco, el concepto del sumak kawsay ha empezado a emerger de la invisibilización de la que fue objeto por más de cinco siglos. El sumak kawsay es la alternativa al progreso, al desarrollo, a la modernidad. Es una noción que quiere recuperar esa relación armoniosa entre los seres humanos y su entorno. Entre la humanidad y sus semejantes.

El sumak kawsay no es el retorno al pasado ni a la edad de piedra, ni a la época de las cavernas, y tampoco reniega de la tecnología ni del saber moderno, como lo han argumentado los promotores del capitalismo. El sumak kawsay se inscribe en el debate sobre el destino que deben tener a futuro las sociedades y los seres humanos. Para el sumak kawsay lo fundamental son los seres humanos, no los mercados ni los afanes productivistas del crecimiento económico. Por ello, el sumak kawsay plantea que para salir de la visión productivista hay que entrar en un proceso de decrecimiento de la producción de cosas para entrar en un proceso de crecimiento humano medido no en términos de cosas, sino en términos humanos. En ese contexto las nacionalidades y pueblos indígenas necesitamos reivindicar nuestra autodeterminación, para profundizar y extender las prácticas del buen vivir hacia la sociedad.

El planeta está enfermo. Las selvas, los bosques, los ríos, las montañas, están agonizando. El modelo que hemos creado, el modelo de desarrollo, de crecimiento de mercados, de egoísmos competitivos, de globalización de mercados, nos está conduciendo a una catástrofe ambiental de impredecibles consecuencias. Quisiera exagerar, pero los datos nos indican que los niveles de contaminación ambiental empiezan a cruzar los niveles críticos e irreversibles. Al lado de la catástrofe ambiental está la catástrofe humana que está produciendo el actual sistema: pobreza, inequidad, violencia, confrontación. El sistema no da más. Está agotando sus posibilidades históricas y es preciso que empecemos a pensar en las alternativas. El Buen Vivir, como parte de un Estado Plurinacional, es la alternativa para evitar la catástrofe humana y ambiental del capitalismo.

Esto me permite finalizar con una reflexión a propósito de la interculturalidad en un plano diferente: aquel del diálogo civilizatorio. Pienso que la interculturalidad debe ser puesta en la dimensión de ubicar puentes en la transición civilizacional. Es decir, la interculturalidad debe ser la forma por la cual conservemos lo mejor de este sistema, para ir transitando hacia un nuevo sistema que supere de manera definitiva al capitalismo y a la modernidad. Vista de esta manera, la interculturalidad se convierte en una de las formas más convenientes para superar el desarrollo y transitar hacia el sumak kawsay.

La interculturalidad debe abrir ese diálogo civilizatorio. Debe permitir la comprensión de los valores éticos de la modernidad que pueden ser rescatables con aquellos valores éticos de los pueblos y naciones indígenas. Debe convertirse en una apuesta de la humanidad por resolver los problemas que la confrontan.

La interculturalidad debe ser la base desde la cual empezar ese diálogo de saberes con miras a, y es literal, salvar a la humanidad del capitalismo y de la modernidad. Puede ser que suene utópico, pero la utopía es uno de los valores más bellos de la modernidad. Es necesario rescatar esos valores y empezar ese trabajo de todos en el cual vayamos, como decía la líder indígena ecuatoriana Dolores Cacuango, sembrando de paja de páramo al mundo, porque la paja de páramo por más que le arranque vuelve a crecer.

Miradas argentinas al decrecimiento

Marcela Valente - Tierramerica


La teoría del decrecimiento, que cuestiona la validez del desarrollo sostenible, se ve con otros ojos desde Argentina.


La idea revulsiva del decrecimiento económico tiene escasa prensa en una región como América Latina. Pero hay quienes se suman desde Argentina al debate internacional sobre un modo de vida que no tenga como meta el aumento del producto interno bruto (PIB).

En este país, como en otros de la región, la mirada se diferencia de la que sostienen académicos y organizaciones sociales del mundo industrializado, según fuentes consultadas por Tierramérica.

El trance de una crisis mundial sistémica y con varias dimensiones -ambiental, económica, energética- se pondrá sobre la mesa en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (Río+20), que se celebrará del 20 al 22 de junio en la ciudad brasileña de Río de Janeiro.

Para los defensores del decrecimiento, no parece que el desarrollo sostenible "vaya a evitar el colapso ecológico ni a mejorar la justicia social", que eran las metas planteadas 20 años atrás, en la Cumbre de la Tierra de 1992, celebrada también en Río.

Se busca entonces avivar las discusiones en la conferencia internacional Decrecimiento en las Américas, que va a celebrarse entre el 13 y el 19 de este mes en la sudoriental ciudad canadiense de Montreal y que será el tercer foro de este tipo, después de las citas de París y Barcelona, en 2008 y 2010 respectivamente.

Uno de los ideólogos de esta corriente, el filósofo y economista francés Serge Latouche, plantea que "la consigna del decrecimiento tiene como meta, sobre todo, insistir fuertemente en abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento". En rigor, "convendría más hablar de 'acrecimiento', tal como hablamos de 'ateísmo'".

Sus partidarios proponen una disminución controlada y racional del consumo y la producción, permitiendo respetar el clima, los ecosistemas y a los propios seres humanos.

Sin embargo, Latouche aclara que no se trata de una alternativa concreta, sino de una "matriz que daría lugar a la eclosión de múltiples alternativas. Evidentemente, cualquier propuesta concreta o contrapropuesta es a la vez necesaria y problemática".

En Argentina "el decrecimiento no aparece en los medios periodísticos ni forma parte de los programas académicos de economía política. Pero existe, sobre todo ahora, de cara a la reunión de Río+20", dijo a Tierramérica el doctor en ciencias sociales Julio Gambina.

En América Latina, "donde el crecimiento económico fue endiosado en los años 90, el decrecimiento tiene mala prensa", agregó Gambina, profesor de economía política de la Universidad Nacional de Rosario y presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas. En su opinión, "lo que hay que discutir mejor es cómo se crece".

En esta región, varios países consiguen aumentar su PIB en base a "un modelo productivo extractivista" que crece en volumen, pero a costa del usufructo intensivo de recursos naturales que se van agotando, describió.

Por ejemplo, la producción minera a gran escala, que utiliza cianuro y causa un gran impacto ambiental, o la expansión del monocultivo de soja para exportación, a expensas de una producción rural diversa, dijo Gambina.

El sociólogo mencionó el caso de Brasil, donde movimientos afiliados a la red internacional La Vía Campesina cuestionan ese modelo y proponen recuperar la cultura productiva de los pueblos originarios, más amigable con los recursos naturales. Pero esos grupos "no son visibilizados", dijo.

En estos países, señaló, no hay un balance generalizado que se resista al crecimiento. Al contrario, "el decrecimiento es asociado mayoritariamente a economías que están en crisis", como las europeas.

La estadística María Elena Saludas, coordinadora nacional de la Asociación por una Tasa a las Transacciones Financieras Especulativas de Ayuda al Ciudadano (Attac), recordó que "el debate acerca de la imposibilidad de continuar con un crecimiento económico infinito en el marco de un planeta finito, viene de los años 60".

La concepción del desarrollo sustentable, que comenzó a promocionarse fuertemente en la Cumbre de la Tierra de 1992, no cuestiona la estructura de poder mundial ni el sistema capitalista cuyo leitmotiv es el lucro, dijo Saludas.

Tampoco lo hará, cree ella, la "economía verde", muy promocionada desde la Organización de las Naciones Unidas, convocante de Río+20: "Lo que debemos debatir", señaló, "es que este modelo económico no se puede sustentar".

Saludas cuestiona la expansión de monocultivos y la gran dependencia de las economías latinoamericanas de la exportación de productos primarios. También señala los límites a la expansión de la industria automotriz, por ejemplo en Argentina y en Brasil: "Un auto para todos no parece sustentable, tenemos que ir a un transporte eficiente y colectivo", reflexionó.

En su opinión, el actual crecimiento del PIB latinoamericano genera "una extrema desigualdad" entre ricos y pobres. Los sectores que están en la base de la pirámide "apenas sobreviven". A ellos, alertó, "no podemos hablarles de que no tienen que crecer".

Ella prefiere destacar experiencias como la de Bolivia, donde un movimiento de pueblos originarios apela al Buen Vivir, en armonía con la Naturaleza y no a costa de los recursos naturales ni de la gente: "La teoría (del decrecimiento) me entusiasma, pero no si se trata de una propuesta de cambio individual de comportamiento, sino de que cada comunidad encuentre la manera de experimentar esta forma de vida", sintetizó.

En cambio, Gambina puso reparos a un debate que, tal como está planteado, no logra sumar adeptos: "Si la discusión por el decrecimiento va a adquirir mayor volumen, es algo que está por verse. Hay grupos que presionan por un desarrollo diferente, que cuestionan el modelo productivo imperante, pero no tienen un ambiente cultural favorable", dijo.

Gambina insiste en que la idea del crecimiento "subsiste como ideología de consenso, y por eso el debate del decrecimiento dista de ser un asunto hegemónico" en la región. A su juicio no se trata de "decrecer", sino de "crecer de otra manera".

"Hay que privilegiar la producción agrícola-familiar, producir y distribuir localmente" y también poner en cuestión la forma dominante de medir el desarrollo a través del PIB, dijo.

"El PIB solo cuenta lo que se crea, no resta lo que se destruye", señaló. "Quizás el PIB puede bajar, como en Cuba o Venezuela, pero mejora la calidad de vida o la distribución. No necesariamente la calidad social se compadece con el crecimiento económico", opinó.



Crecimiento para crear Empleo: La gran falacia

Jose Luis ManchónEl Faro Crítico

Todos los días lo escuchamos. “Crecer para crear empleo” es una afirmación que suena a rezo y es repetido como un mantra por casi la totalidad de los sindicatos, un amplio espectro de la izquierda y la derecha europea en pleno. Coinciden en su fe y depositan sus esperanzas en un método de salida a la actual crisis que no es más que la versión neoliberal del milagro del pan y los peces donde al final, a la depresión actual le sucederá necesariamente un periodo de recuperación en el que asistiremos a la alegre vuelta de las economías nacionales a la senda salvadora del crecimiento y como consecuencia directa, a la creación automática y masiva de puestos de trabajo. Esta argumentación muestra una lógica aplastante en las distancias cortas, pero en estos momentos es una farsa. Es necesario realizar un análisis más en profundidad y con algo de perspectiva para dar cuenta de su imposibilidad en el contexto histórico actual. Su alta carga ideológica pasa desapercibida, pero es el eslogan de una lógica económica muy concreta, que está instrumentalizando los tiempos de crisis para acelerar en el cumplimiento del guión neoliberal hacia un totalitarismo económico global. Mientras tanto, el miope debate político entre conservadores y socialdemócratas se centra exclusivamente en que tipo de medidas son las adecuadas para reproducir, lo antes posible, las condiciones objetivas para que el milagro se produzca.

Lejos de responder a cualquier estímulo, la realidad económica y social se dibuja como un callejón sin salida. El cerco a la actual crisis, que no tiene un carácter cíclico y que podríamos categorizar como sistémica y civilizatoria, está anclado en cuatro puntos para los que el Capitalismo no tiene respuestas aceptables desde presupuestos de equidad, cohesión y paz social; tampoco para la propia viabilidad del sistema. Deuda, Técnica, Explotación y Finitud aparecen como puntos tensionales al propio Capitalismo derivados de su hipertrofia y despliegue sin límite. Las implicaciones que tienen estos términos en la asfixiante situación actual son determinantes.

Lo más difícil, lo menos explicado y a la vez, lo más importante que tenemos que entender para saber en que punto nos encontramos es que el aparentemente sólido esplendor económico de las últimas décadas estuvo sustentado absolutamente en laDeuda. Parece que “Deuda y Crecimiento” son dos conceptos contradictorios pero si reemplazamos Deuda por Crédito y reformulamos como “Crédito y Crecimiento”, empezamos a entenderlo todo. Deuda y Crédito son las dos caras de la misma moneda. La concesión de créditos masivos y a todos los niveles ha sido la forma de sustentar la ficción de la espectacular expansión de las economías desarrolladas. Era una ficción en la medida que la aceleración de la actividad económica tenía casi únicamente que ver con la capacidad financiera para trasladar a través del crédito la expectativa de riqueza futura al presente. El formidable desarrollo del tejido productivo no tuvo relación con el aumento objetivo de las necesidades de la población, sino con una presencia exagerada de liquidez que provenía del crédito y que necesitaba cristalizarse en todo tipo de bienes como otra forma especulativa más de la economía financiera para crear depósitos de valor. Nuestras sociedades de consumo se dedicaron a dilapidar en un muy corto periodo de tiempo la riqueza que correspondía al futuro y lo arrasamos. Esta es la razón por la cual vivimos el momento presente como ausencia de porvenir. En este sentido, el crack financiero de 2008 podríamos considerarlo como el fin del mundo conocido para las opulentas sociedades occidentales. Fue el año donde la circulación financiera quedó estrangulada y despertamos sobresaltados del sueño de amplia prosperidad en el que estábamos sumidos. Este crack fue un punto de inflexión donde la actividad de los actores financieros internacionales pasó casi instantáneamente de la concentración de sus energías en el despliegue ilimitado del crédito a orientar todos los esfuerzos en el repliegue y el retorno de la deuda. La economía global se mostró en si misma como una formidable estafa piramidal con forma de burbuja y reventó.

Esta contextualización histórica es imprescindible para entender que en la afirmación “Crecer para crear Empleo” se obvia el formidable peso que tiene actualmente la economía financiera. Aunque aparentemente aparezca como una secuencia lógica, simple y cerrada, está ausente un elemento esencial y su enunciado está incompleto. Este componente ausente del que ya hemos hablado se llama Crédito o lo que es lo mismo, “Deuda para Crecer y crear Empleo”. Asistimos horrorizados a la conclusión; la propuesta para salir de la crisis se plantea en los mismos términos que nos despeñaron en ella. En un momento donde la deuda asumida por algunas economías nacionales aparece como impagable, lo que se pide es restaurar los niveles de crédito anteriores a la crisis. Para ello, el sector financiero en su conjunto tendría que suicidarse. Los gobiernos han apostado por salvar momentáneamente los muebles iniciando una huida hacia adelante que ha convertido al Estado en el principal avalista de los excesos financieros al abrir un cauce ingente y continuo de flujo desde las rentas del trabajo a las rentas de capital a través de los rescates bancarios y la emisión de deuda soberana. La cobardía política o la ignorancia de nuestros representantes es máxima. No trasladan con toda su tragicidad lo que es un secreto a voces; que una “Economía real”, enunciada como aquel ámbito social donde se administran los recursos que son escasos, con objeto de producir bienes y servicios, y distribuirlos para su consumo entre los miembros de una sociedad, no sería suficiente como para sostener la forma de vida y el gigantesco castillo de naipes en que se ha convertido la civilización occidental, apoyada absolutamente en el exceso proporcionado por la ficción de la “Economía financiera”. El problema se muestra como no resoluble y es la consecuencia llevada al extremo del fenómeno de Financiarización de la economía, como proceso de dominación a escala internacional del mercado de flujos financieros sobre el mercado de intercambios de productos reales.


Entrevista a Aminata Traoré, en Casa África

Decrecimiento contra decadencia

Ramon Alcoberro

Pensar el decrecimiento no significa una ruptura con el crecimiento, sino con la ideología de la acumulación. Decrecer quiere decir optar por una revalorización de las cosas y de nuestra relación con el entorno. Si nos preguntaran qué vale nuestro equilibrio emocional, sería sencillo comprender que, llegados a un determinado nivel, tener “más” puede llegar a ser menos.

A los filósofos no les gusta demasiado la economía porque muestra la parte más brutal de los humanos. O, mejor dicho, no les gusta la moral de la avaricia (pecado cristiano) que se esconde bajo una economía conservadora y, sobre todo, detestan la presuposición antropológica liberal que se arrastra como si se tratara de un dogma en el ámbito económico. Convencionalmente, los economistas liberales presuponen que su ciencia se fundamenta en la existencia de un individuo modelo que se denomina homo oeconomicus, que de manera aproximada podemos describir como el egoísta inteligente. En teoría, los mercados se rigen por las decisiones tomadas por un sujeto que es definido, ni más ni menos, que como "maximizador de sus opciones, racional en sus decisiones y egoísta en su comportamiento". El mercado hipotéticamente racional gira en torno a las decisiones que adopta esa abstracción de la conducta humana que actúa como calculador hiperracional en el momento de elegir entre sus diferentes opciones. Y para remachar el clavo, estaría "completamente loco" -tal, como dice Adam Smith- quien no actuase concienzudamente en provecho propio.

       El debate sobre la naturaleza humana que encierran las consideraciones de los economistas liberales es absolutamente apasionante. Si todo hombre busca la felicidad -arguyen los economistas clásicos-, y suponiendo que el dinero da la felicidad porque permite la seguridad y la posesión, entonces el individuo humano debería ser definido en términos de acumulación. Éste sería el mundo real por mucho que los filósofos -unos auténticos tarambanas­- expliquen que los humanos también pueden ser solidarios y que tienen virtudes comunitarias muy poco explicables a partir de una teoría de la acumulación racional. Los filósofos, sin embargo, se lo pasan bien haciendo frases como "somos homo sapiens, no homo oeconomicus", aunque actúan de una manera tan racional y acumulativa como cualquiera. Acumular y crecer constituye "la ley y los profetas" del liberalismo, pero es lo que hace todo el mundo -también un lector de Pierre Bourdieu- con mejor o peor conciencia.

       Entendámonos: un homo oeconomicus no es un avaro. Como mucho, el avaro sería un antecedente, porque la avaricia, de una u otra manera, es una pasión con un punto ciego, mientras que la buena economía está basada en el cálculo racional y la gestión prudente. La avaricia tiene algo de vicio del Antiguo Régimen porque resulta de pocos vuelos, demasiado inmediata y previsible. Plutarco decía que "beber apaga la sed, comer satisface el hambre, pero el oro nunca satisface la avaricia". El viejo avaro pensaba en términos de acumulación, sin emplear el dinero necesariamente para nada práctico. En cambio, para un oeconomicus, que es hijo de la Ilustración, la economía es fluida y ya no se trata de vender el alma, sino de sacarle el máximo rendimiento. Y para eso no hace falta mucho: básicamente, comparar alternativas y ser coherente en la elección, escogiendo siempre aquella opción en la que el beneficio supere al gasto. Eso y sólo eso es ser "racional".


El crecimiento económico mata

 Iñigo Antepara - Desazkundea y Gasteiz en Transición

Contra el crecimiento económico se han dicho algunas cosas; que en vez de servir para distribuir la riqueza generada se termina acumulando en pocas manos, que nos ha llevado a toparnos con los límites físicos del planeta… pero además, en España (y en otros países capitalistas) en épocas de expansión muere más gente que en épocas de crisis.

No en todas las ocasiones, pero lo que suelen mostrar las investigaciones es que la mortalidad general aumenta en épocas de expansión y se reduce en momentos de crisis (Dávila y López-Valcárcel, 2009). La política social (la educación infantil, la calidad de vida familiar, la calidad del empleo, política salarial, etc.) es clave para que esto sea así, o no. Pere Boix lo explica muy bien en su artículo de Viento Sur, “Toxieconomía y salud en tiempos de crisis”. Por ejemplo, en la Gran Depresión la mortalidad general cayó un 10% (la ley seca estaba en vigor), mientras que en el caso de la desintegración de la URSS se incrementó en un 20% (los cambios fueron muy rápidos, y el alcohol no estaba prohibido). En la crisis del sudeste asiático de los 90, la mortalidad se incrementó a corto plazo en Tailandia e Indonesia, pero no experimentó cambios en Malasia (“casualmente” no siguió las indicaciones del Banco Mundial). 

No hay ninguna duda (científica) de que las crisis económicas generan situaciones de riesgo que afectan de forma selectiva a las personas pertenecientes a los grupos más vulnerables: desempleados, pobres, minorías étnicas, madres que viven solas –y sus hijos- personas mayores o discapacitadas. Tampoco hay duda de que la desocupación está relaciona con un aumento de la mortalidad. En parte debido a que se cae en factores de riesgo al estar desempleado: mala alimentación, tabaquismo, y consumo de alcohol y de drogas. El desempleo provocaría en Europa 5,4 muertes por enfermedad cardiovascular por cada 100.000 habitantes por cada 1% de incremento del paro. También empeora la salud mental. Un estudio reciente señala que el aumento del 3% de desempleo en Europa irá aparejado con un aumento del 4,45% de muertes por suicidio. Además, la salud autopercibida empeora, aumentan días con problemas de salud, las migrañas, y hay más trastornos del sueño. Pero en épocas de crisis como la que vivimos, en el otro lado de la balanza pondríamos un descenso de la incidencia de lesiones de origen laboral y de tráfico.

Independientemente de si hay crisis o no, en opinión de Peter Butterworth, miembro del Centro de Investigación de Salud Mental de la Universidad Nacional de Australia, un mal empleo es tan malo para la salud como el paro. Estamos entonces sometidos a una variedad de riesgos como son: jornadas extenuantes, altos ritmos de trabajo, bajo control sobre la tarea, amenazas de despido, condiciones ambientales nocivas y alta exposición a situaciones peligrosas. Así, el impacto en la salud va desde la fatiga crónica con altos niveles de estrés, que conlleva padecimientos crónicodegenerativos y cardio-vasculares –infarto, hipertensión y diabetes–, el incremento de intoxicaciones y cáncer, hasta el aumento de accidentes.

En épocas de expansión, el trabajo asalariado bueno o malo es un elemento determinante de la vida de las personas: estrés y siniestralidad laboral, presión del tiempo de trabajo, reducción de las horas de sueño y de ocio… El karoshi o muerte súbita por exceso de trabajo, un fenómeno bien estudiado en Japón, sería un ejemplo extremo en este sentido. El exceso de trabajo actuaría también en detrimento de las relaciones familiares y sociales, reduciendo el apoyo social, un elemento de primer orden para la salud integral. El aumento de la densidad de tráfico en épocas de crecimiento económico explicaría el aumento de la mortalidad por accidentes de tráfico que es una de las asociaciones estadísticas más significativas que se detectan en todos los estudios. Además, la expansión económica no sólo incrementaría el riesgo de muerte en personas anteriormente sanas, sino que también lo hace en el caso de los enfermos crónicos. La asociación entre estrés, descenso de la inmunidad y enfermedades transmisibles, explicaría el aumento de la mortalidad infecciosa en enfermos crónicos. La contaminación industrial y por tráfico es también un factor condicionante en la mortalidad de enfermos crónicos. Se han demostrado efectos adversos del ruido en la salud cardiovascular. También se ha relacionado la expansión económica con hábitos menos saludables como mayor consumo de grasas, incremento del consumo de tabaco y alcohol en el conjunto de la población, o reducción del ejercicio físico, todo lo cual se relacionan con enfermedades crónicas a largo plazo.

Estudiado el caso de España (datos del período 1980-97, Tapia Granados (2005)) se ha cuantificado esta relación inversa entre paro y mortalidad afirmando que un aumento del 5% en la tasa de paro estaría asociado a una reducción de alrededor del 0,5% en la mortalidad general de la población. Podríamos decir, tal como afirma el propio autor, que un aumento del 5% en el paro “salvaría” unas 1800 vidas. O de forma resumida, las crisis del capitalismo matan, pero sus expansiones mucho más.

Evidentemente, no se trata de defender el desempleo (¿quizá sí frente a subempleos?). La relación entre desempleo y mortalidad para el conjunto de la población es de signo contrario a la que se da para la mortalidad de una persona individual desempleada. Los desempleados tienen individualmente más factores de riesgo de enfermedad y muerte. Pero en una expansión económica aumenta el estrés y la siniestralidad laboral, etc. y con ellos la mortalidad general de la población. La paradoja del aumento de la mortalidad en épocas de crecimiento pone en cuestión el argumento lineal de que el progreso económico es siempre una fuente de bienestar.

Para el mundo cooperativo, seguro que es digno de estudio el hecho de llegar a socio, por ejemplo, que confiere mucha seguridad personal y por tanto mucho menos estrés. Pero, sería también interesante saber los índices de accidentabilidad, para saber si es similar a empresas capitalistas por haber importado sus sistemas de producción (trabajo por objetivos, etc.), o indicio de autoexploración. O si la morbi-mortalidad está relacionada con el índice de la valoración.

BIBLIOGRAFIA

Dávila C. D., López-Valcárcel, B. G. “Crisis económica y salud”, Gaceta Sanitaria 23 (4) p. 261-265 (2009)
Boix, P., “Toxieconomía y salud en tiempos de crisis”, Viento Sur 120, Enero 2012
Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública, “Los efectos del desempleo sobre la salud”, Febrero de 2012
EFE, “Un mal empleo, tan malo para la salud como el paro”, 14 de Abril de 2011
Tapia Granados, J. A., “Recessions and mortality in Spain, 1980-1997”, European Journal of Population 21 p. 393-422, 2005

Este artículo se publicará en el número 32 de la revista Ahots Kooperativista

La utopía frugal. Entrevista a Serge Latouche

Un cierto modelo de sociedad de consumo se terminó. Ahora, el único camino hacia la abundancia es la frugalidad, pues permite satisfacer todas las necesidades sin crear pobreza y la miseria. Es una tesis provocativa de Serge Latouche, profesor emérito de ciencias econónicas en la Universidad de Paris-Sud, universalmente conocido como el profeta del decrecimiento feliz.

Entrevista de Niola Marino, publicada en el diario La Repubblica. Traducida al castellano por Antonio García.


¿Qué es la abundancia frugal? Dicho esto, parece un oxímoron.

Yo hablo de la" abundancia "en el sentido dado a la palabra del gran antropólogo norteamericano Marshall Sahlins en su libro “Economía de la Edad de Piedra". Sahlins demuestra que la única sociedad de la abundancia de la historia humana era la del paleolítico, porque en aquellos tiempos los hombres tenían pocas necesidades, y podían satisfacer todas sus necesidades con tan sólo dos o tres horas de actividad al día. El resto del tiempo lo dedicaban al juego, a la fiesta, y a estar juntos.

¿Esto significa que el consumo no propicia la abundancia?.

En realidad, precisamente porque en una sociedad de consumo como la nuestra no puede ser una sociedad de abundancia. Consumir es crear una insatisfacción permanente. Y la publicidad sirve para hacernos infelices con lo que tenemos y hacer que deseemos lo que no tenemos. Su misión es hacer que nos sintamos frustrados constantemente. Los grandes anunciantes nos están diciendo que una sociedad feliz no consume. Creo que puede haber diferentes modelos. Por ejemplo, yo no estoy a favor de la austeridad, sino de “solidaridad”, este es mi concepto clave. Que también prevé el control de los mercados y el crecimiento del bienestar.

¿Debido a que define a Joseph Stiglitz como una alma bella?.

Stiglitz preconiza una idea keynesiana que estaba bien en los años 30, pero ahora, en parte debido a la sobreexplotación de los recursos naturales, parece poco práctico. Después de la postguerra, Occidente ha experimentado un aumento sin precedentes en el bienestar, basada principalmente en el petróleo barato. Pero a partir de los años 70 el crecimiento es una ficción. Ciertamente, el PIB aumentó, pero gracias a la especulación financiera e inmobiliaria. Una 'edad de oro’ que nunca volverá.

¿También es el caso de Italia?.

Ciertamente, el auge económico italiano de la posguerra se debe principalmente a la talla de Enrico Mattei, que fue capaz de darle a su país, el petróleo que no tenía. Fue un milagro. Y los milagros no se repiten.

Los sacrificios que los gobiernos europeos, entre ellos el italiano, están pidiendo a los ciudadanos, ¿Servirán para algo?.

Desafortunadamente, los gobiernos son a menudo incapaces de dejar el viejo software barato. Así que intenta a toda costa prolongar la agonía, pero esto, lo saben, no hace más que crear la deflación y la recesión, lo que agrava la situación hasta el momento en que vaya a explotar.

Usted define la sociedad occidental como la más heterónoma de la historia humana. Sin embargo, es común pensar que garantiza al máximo la autonomía democrática. ¿Quién decide por nosotros?.

De hecho, todos estamos sujetos a la mano invisible del mercado. El ejemplo emblemático es Grecia: las personas no tienen el derecho a decidir su destino, ya que es el mercado financiero, quien lo escoge. Más que autónoma, nuestra sociedad es individualista y egoísta, pues no crea a sujetos libres sino consumidores forzados.

¿Cuál es el papel de la generosidad y la convivencia en una sociedad de decrecimiento?.

La alternativa al paradigma de la sociedad de consumo, basado en un crecimiento ilimitado, es una sociedad de convivencia, que ya no esté sometida a la ley del mercado único, que destruye la raíz del sentimiento del lazo social que es la base de toda sociedad. Como lo demuestra el antropólogo Marcel Mauss, para el cual ‘el origen de la vida en común, es el espíritu del don, la trilogía inseparable de dar, recibir, y cambiar'. Por lo tanto, tenemos que recoger los pedazos de la sociedad posmoderna con el pegamento de la gratuidad y el antiutilitarismo. En eso estoy de acuerdo con los exponentes italianos de economía de la felicidad como Luigino Bruni y Stefano Zamagni, que invocan la gran lección de economía civil del siglo XVIII napolitano de Antonio Genovesi.

¿Es el capitalismo el último luchador que queda en pie en el ring de la historia?.

No sé si es el último luchador, porque nunca se sabe de lo que es capaz de llegar a ser, hay peores escenarios, tales como eco-fascismo de los neoconservadores estadounidenses. Lo cierto es que estamos en un punto de inflexión en la historia. Donde una vez se dijo "o socialismo o barbarie" Yo diría que ahora "barbarie o decrecimiento". Necesitamos un proyecto eco-socialista. Es hora de que las personas de buena voluntad se vuelvan objetores del crecimiento.

Francis Fukuyama ha reafirmado recientemente su opinión de que el modelo liberal-capitalista sigue siendo el único horizonte de la historia. Sin alternativas. ¿Qué piensa usted al respecto?.

Esto es bastante descarado. Antes se había equivocado completamente con el fin de la historia, y ahora propone la misma vieja historia. Su profecía fue anulada por la tragedia del 11 de septiembre, que ha demostrado que la historia no estaba acabada. Fukuyama llama al fin de la historia a aquello que es simplemente el fin del modelo capitalista liberal.

A los que dicen que la "abundancia frugal” es una utopía, usted responde que es una utopía concreta. ¿No es una contradicción en los términos?.

No, porque para mí la utopía real no significa algo imposible, pero es el sueño de una realidad posible. Un nuevo contrato social. La abundancia frugal en una sociedad inclusiva. Se trata de que queramos.

Decrecimiento: el cambio social más allá de los límites

Ernest García

La percepción de que los límites del planeta ya han sido sobrepasados, de que se ha entrado ya en la fase transitoria de translimitación, se está convirtiendo en un motivo central de la literatura –creciente en cantidad y en impacto– que considera posible un colapso de la civilización industrial en un futuro próximo y revisa bajo esa perspectiva la suerte que corrieron diversas sociedades en el pasado (Diamond, 2005).

En su forma más general, la discusión versa sobre las formas, el alcance y las consecuencias de una cuesta abajo de la civilización industrial. De un colapso. Y el primer paso es el significado de este concepto. Pues, a fin de cuentas, colapso no significa necesariamente la caída catastrófica a una desorganización caótica de la sociedad, sino el tránsito a una condición humana de menor complejidad:

Una sociedad compleja que ha colapsado es súbitamente más pequeña, más simple, menos estratificada y con menos diferencias sociales. La especialización disminuye y hay en ella menos control centralizado. El flujo de información se reduce, la gente comercia e interactúa menos, y en general hay una menor coordinación entre individuos y grupos. La actividad económica decae proporcionalmente a todo lo anterior... (Tainter, 1995: 193).

Revisemos los rasgos del proceso: reducción de la escala, menos desigualdad, pequeñez, relocalización... Desde un determinado punto de vista, esta descripción del colapso no es muy diferente del viejo programa ecologista: reducir, frenar, democratizar, descentralizar (Roszak, 1993: 312). ¿Acaso significaba algo muy distinto la insistencia en que lo pequeño es hermoso? (Schumacher, 1973). Bajo esta perspectiva, el colapso puede ser tanto un resultado como un objetivo. Un objetivo al que en los últimos años se ha hecho habitual referirse con otras palabras, con palabras como sustentabilidad o antiglobalización...

Y, entonces, la cuestión relevante no es tanto el resultado mismo como los costes de llegar a él. Dicho de otra manera: si por colapso se entiende –siguiendo la sugerencia de Tainter– una transición relativamente rápida a un nivel de complejidad inferior, entonces tanto la sociedad “a escala humana” como la desorganización caótica serían salidas alternativas –ambas teóricamente posibles– de una situación de translimitación.

Una faceta importante de la discusión tiene que ver con las condiciones sociales y culturales que podrían hacer que la transición a una escala inferior ecológicamente viable resultase benigna, ordenada y pacífica. Los análisis sobre conflictos sociales en torno a recursos naturales escasos no invitan a mantener demasiadas esperanzas en ese sentido. Aunque, claro está, nadie puede saberlo, parece que un descenso relativamente ordenado requeriría dosis de capacidad anticipatoria, convicción democrática, cohesión social y solidaridad internacional muy superiores a las que hoy parecen disponibles. No es sorprendente, pues, que el debate sobre el alcance y los eventuales efectos sociales de la “cuesta abajo” sea intenso y a menudo agrio. Hasta el momento, es también en su mayor parte subterráneo. Sus herramientas son más los grupos de discusión en la red que los grandes medios de comunicación.

Asimismo, pequeños centros de investigación y –en ocasiones– el despacho de individuos aislados, son sus ámbitos más frecuentemente que las grandes instituciones académicas. En ese debate hay algunos núcleos donde se concentran fricciones significativas, potenciales líneas divisorias. La más importante separa a quienes asocian el decrecimiento a un colapsolínea divisoria. La fracción “pesimista” invoca el determinismo (energético o biológico; o bien ambos) para anunciar que el inevitable colapso comportará no menos inevitablemente la descomposición de la vida civilizada. Los “optimistas”, en cambio, ven el presente como una bifurcación, una encrucijada cuyos caminos alternativos serán trazados por acciones humanas colectivas e intencionales; es decir, como una situación en la que todavía es posible elegir.

Extraído del artículo ‘Los límites desbordados. Sustentabilidad y decrecimiento’ de Ernest García

Decrecimiento Vital

Carlos Ballesteros GarcíaRevista Cronopio

Crecer o decrecer, esta es la cuestión (económica al menos). Para algunos el crecimiento económico es la fuente de todos los bienes y venturas. Crecimiento implica mayor empleo, mayores ingresos, mas oferta de bienes y servicios, mas libertad. En definitiva la felicidad se obtiene a través del progreso en continuo ascenso. Incluso la posible crítica ecológica que pudiera hacérsele a esta postura es defendida desde la óptica tecnológica: El progreso nos hace ser más limpios al proveernos de más eficaces formas energéticas, de transporte, de comunicación. La huella de carbono, a igualdad de consumo, sería así exponencialmente mas alta cuanto menos desarrollado (económicamente) sea un país, pues a medida que crecemos inventamos coches más limpios, energías menos contaminantes.

En estos últimos tiempos se ha vuelto incluso a traer a la agenda el debate sobre si el cambio climático es real o es una falacia inventada por los críticos de las posturas liberales, defensoras de la autorregulación de los mercados. Con las crisis de corte económico pasa lo mismo. A menudo se justifica la situación de la economía en recesión por no tener niveles de consumo suficientemente altos, que no tiran así de la producción y consecuentemente no se puede crear más empleo, por lo que las familias tienen menos renta disponible para consumir y vuelta a empezar —y además los bancos y entidades financieras no dan crédito—.

Sin embargo hay unas cuantas voces críticas, cada vez más, aunque lamentablemente esto no se pueda decir tanto de los economistas como de otras ramas del saber y entender. Crecer a costa de ensuciar, de dividir, de abrir brechas entre ricos y pobres, dejar que el mercado, teóricamente perfecto y prácticamente muy imperfecto regule y distribuya los flujos de riqueza equitativamente.

En definitiva, hablar de decrecimiento es hablar de Felicidad. Y hablar de felicidad es reconocer que en el mundo seguimos sin enterarnos de lo que hay que hacer para ser feliz. El modelo de desarrollo basado en el crecimiento económico y en el logro personal, en el enriquecimiento personal, no es hoy en día un modelo válido para algunos de nosotros. La idea de que el mundo sería un mejor lugar si cada uno mejorara a nivel individual se ha demostrado errónea, pues que unos estén mejor (los menos) lo es, según este modelo a costa de que otros (los más) estén peor.

El paradigma de que la felicidad vendría por la posesión de objetos y bienes de consumo nos está llevando a una sociedad de la acumulación, la cual nos aboca al derroche, a la contaminación y a la injusticia. El problema de ser rico es la obligación de ser feliz en cada momento. Recuperar la soberanía (alimentaria, pero también productora, consumidora, financiera, energética…) es un primer paso esencial para reconocernos como actores principales en un mercado que, hoy por hoy, parece anclado en un Capitalismo Ilustrado en el que prima el «todo para el consumidor pero sin el consumidor». Recuperar nuestra soberanía, nuestro poder de decisión en la economía cotidiana, nos llevará a plantearnos nuestro rol y nuestro poder para así poder defender y ejercitar otra fórmula para ser feliz: La del decrecimiento.


Las deudas ecológicas de la democracia moderna

Por Florent Marcellesi, activista ecologista e investigador; miembro del Consejo de redacción de la revista Ecología Política.

Artículo publicado en la revista Ecología Política, n. 42.

El movimiento del 15-M ha puesto en evidencia la profunda deuda que han contraído las sociedades modernas con la democracia. A su vez, la democracia moderna tiene una deuda latente con la ecología política y con su lucha por extender la autonomía personal y la solidaridad colectiva en el espacio (solidaridad transnacional), en el tiempo (solidaridad transgeneracional) y al conjunto de la naturaleza (solidaridad biocéntrica e interespecie). Sobre todo, esta democracia no suele integrar en sus procesos algunos aspectos que, además de ampliar nuestros círculos de solidaridad, son centrales para la transición hacia una supervivencia civilizada de la especie humana: la cuestión de la autolimitación, la representación de los sin voz, la gobernanza glocal y la capacidad de responder a la urgencia ecológica.

En este artículo, no tengo ninguna intención de ser exhaustivo, ni de hallar la solución perfecta. Me ceñiré para cada reto a exponer pinceladas de diagnóstico y de propuestas que espero puedan ser de utilidad para todas aquellas personas inquietas y ansiosas de alternativas, tanto en las instituciones como en la calle.

La democracia de la autolimitación

Ante el carácter despilfarrador de las sociedades occidentales, principal causante de la crisis ecológica, uno de los factores decisivos es la autolimitación (Riechmann, 2008). Dicho de otra manera más institucional, la gestión global de la demanda es una prioridad, no solo en temas más aceptados como el agua o la energía sino también en todos los aspectos del consumo de masas: consumo de carne y pescado, emisiones de CO2, uso de recursos naturales (renovables y no renovables), espacio de tierra disponible, opulencia material aceptable… Por supuesto, establecer límites a nuestro consumo y distribuir los pedazos de naturaleza que nos corresponden según principios de justicia ambiental, y sobre todo de forma ordenada y asumida por todos y todas, plantea un reto de gran magnitud para la res publica.

Para no caer en tentaciones autoritarias —o, peor, ecofascistas— y asumiendo que un modelo descentralizado y participativo es la forma más eficiente de alcanzar el objetivo (Marcellesi: 2008, p6), es común leer en los movimientos ecologistas y transformadores que se decidirán de forma democrática las necesidades (básicas, sociales, instrumentales, etc) ajustadas a los límites ecológicos y a la equidad social. Sin embargo, es menos común encontrar propuestas concretas de cómo articular esta “democracia de las necesidades”. Y no son pocas las preguntas: ¿Quién define y cómo lo que es una necesidad colectiva? ¿Qué necesidades se ponen a debate? ¿Cómo se combina este debate con las libertades individuales, puesto que la satisfacción individual puede entrar en conflicto con las aspiraciones colectivas? Es por tanto importante definir procesos o herramientas democráticos que permitan hacer realidad lo que Riechmann llama la “autogestión colectiva de las necesidades y los medios para su satisfacción” (2008, p.54)

Alcanzar esta reconstrucción colectiva de nuestras necesidades, sin imposiciones, pasa primero por un proceso de reapropriación democrática de la riqueza donde planteamos abiertamente por qué, para qué, hasta dónde y cómo producimos y consumimos. En este sentido Viveret (2002), en un informe solicitado por el gobierno francés de la izquierda plural (1997-2002), animaba a organizar debates participativos a escala estatal, regional o local, sobre “la naturaleza de la riqueza, su cálculo y su circulación”. De hecho, la New Economics Foundation, quien promueve un cambio radical de norma en el trabajo al proponer la semana laboral de 21 horas, defiende una idea parecida: “un debate nacional acerca de cómo usamos, valoramos y distribuimos el trabajo y el tiempo” (Coote et al: 2010, p.38). Aunque no detallan cómo llevar a cabo esta propuesta, podemos encontrar algunas iniciativas llevadas de forma participativa en la práctica: desde las instituciones con la “Iniciativa Spiral” del Consejo de Europa, (1) desde los movimientos sociales, con el “Parlamento de la calle” en Québec que dio lugar al “producto interno suave” (2) o en el Sur, con el indicador de “buen vivir sostenible” para el Estado de Acre, uno de los más “pobres” de Brasil. (3)

Por su parte, las “iniciativas en Transición” (4) son también un movimiento que de forma genuina quiere compaginar límites del crecimiento con nuevas formas de democracia. Asumen como punto de partida que nuestras sociedades tienen que superar a la vez el cambio climático y el techo del petróleo, y buscan soluciones compartidas basadas en procesos comunitarios y deliberativos (a nivel de ciudad, de barrio, de escuela, etc). Aficionadas a metodologías dinamizadoras tipo World Café o Open Space, apuestan por la inclusión como valor central para ser capaz de sumar de forma pragmática a numerosas personas, colectivos, asociaciones, empresas e instituciones. A través también de herramientas de “democracia económica” como las monedas alternativas, los grupos de consumo o los bancos de tiempo, practican la autolimitación —sin necesariamente tener que mencionarla— desde la relocalización ecológica, solidaria y resiliente de la economía.

Del camello, el león y el niño

Nietzsche (a través de la figura de Zaratustra) presenta al superhombre como el fruto de tres transformaciones del espíritu:

Cómo el espíritu se convierte en camello, cómo el camello se convierte en león y como el león se convierte en niño.

El camello simboliza a los que se contentan con obedecer ciegamente, sólo tienen que arrodillarse y recibir la carga, soportar las obligaciones sociales, obedecer sin más a lo valores que se presentan como creencias.

El camello que quiere ser más se transforma en león, el león no tolera que nadie le toque ni se inclina ante nadie para ser cargado. Simboliza por tanto al ser humano liberado de las cargas morales y sociales. Representa el gran negador, el nihilista que rechaza todos los valores tradicionales. Su poder se consuma y agota en el esfuerzo por la rebelión: en sí mismo aún hay mucha resistencia y rigidez, no hay verdadera soltura del querer creador, no ha llegado a sí mismo, a su propia riqueza de vida.

Pero también el león tiene necesidad de transformarse en niño, superar su autosuficiencia para poder vivir libre de prejuicios y crear una nueva tabla de valores. El niño es inocente y es juego, pero también es creador. Sólo el niño consigue la espontaneidad de lo vivo. Está libre de prejuicios y puede crear nuevos valores. El Juego de crear, y decir sí a la vida, a lo que le rodea y a lo que está por llegar.

Con la imagen del niño, Nietzsche está describiendo la moral del Superhombre, que se convierte en un arte de la vida. Un arte capaz de transformar la vida para ser algo digno de ser vivido y amado.