Ecofascismo o ecodemocracia

Serge Latouche  

El proyecto de construir una sociedad autónoma y ahorrativa cuenta hoy en día con una amplia adhesión, aunque sus partidarios se enrolen en corrientes diferentes: decrecimiento, antiproductivismo, desarrollo recalificado, y hasta desarrollo sustentable. Por ejemplo, la consigna de antiproductivismo desarrollada por los Verdes corresponde exactamente a lo que los “objetores de crecimiento” llaman decrecimiento (1). La misma convergencia se verifica respecto de la posición de Attac, que en uno de sus folletos propone “evolucionar hacia una desaceleración progresiva y razonada del crecimiento material, bajo condiciones sociales precisas, como primera etapa hacia el decrecimiento de todas las formas de producción devastadoras y depredadoras” (2).

Y de hecho el acuerdo sobre los valores que la necesidad de “reevaluación” (3) vuelve deseables, va mucho más allá de los partidarios del decrecimiento, pues algunos defensores del desarrollo sustentable o del desarrollo alternativo tienen propuestas similares (4). Todos coinciden en la necesidad de reducir de manera importante la impronta ecológica, y por lo demás suscribirían sin problemas lo que John Stuart Mill escribía a mediados del siglo XIX: “Todas las actividades humanas que no generan un consumo exagerado de materiales irremplazables o que no deterioran de una manera irreversible el medio ambiente, podrían desarrollarse indefinidamente. En particular, actividades que muchos consideran como las más deseables y las más satisfactorias –la educación, el arte, la religión, la investigación fundamental, el deporte y las relaciones humanas– podrían llegar a ser florecientes” (5).

Pero vayamos un poco más lejos. En el fondo, ¿quién está contra la defensa del planeta, contra la protección del medio ambiente, o contra la conservación de la fauna y de la flora? En todo caso, ningún dirigente político. Incluso existen empresarios, altos ejecutivos y responsables económicos favorables a un cambio radical de orientación para salvar a nuestra especie de la crisis ecológica y social.

Por lo tanto, es necesario identificar con mayor precisión a los adversarios de un programa político de decrecimiento, los obstáculos que se opondrían a su aplicación, y por último la forma política que cobraría una sociedad ecocompatible.

1) ¿Quiénes son los “enemigos del pueblo”?

Trazar el perfil del adversario resulta problemático, pues tanto las entidades económicas como las sociedades multinacionales que poseen realmente el poder son –por su propia naturaleza– incapaces de ejercerlo directamente. Como lo señala Susan Strange, “actualmente, nadie asume algunas de las principales responsabilidades del Estado dentro de una economía de mercado” (6). Por una parte, big brother es anónimo; por otra, la servidumbre de los sujetos es más voluntaria que nunca, ya que la manipulación que ejerce la publicidad es infinitamente más insidiosa que la de la propaganda… En tales condiciones, ¿cómo enfrentar “políticamente” a la megamáquina?

La respuesta tradicional de cierto sector de la extrema izquierda, dice que una entidad, “el capitalismo”, es la fuente de todos los impedimentos y de todas nuestras impotencias. ¿Es posible el decrecimiento sin salir de esa entidad? (7). La respuesta requiere que evitemos todo dogmatismo, pues de lo contrario no podremos ver claramente los obstáculos.

El Wuppertal Institute propuso varios juegos de tipo “todos ganan” entre la naturaleza y el capital, como el plan Negawatt, destinado a reducir a su cuarta parte el consumo de energía, sin por ello dejar de satisfacer las mismas necesidades. Tasas, normas, bonificaciones, incitaciones y juiciosas subvenciones podrían hacer atractivas las conductas virtuosas, evitando así el derroche a gran escala. Por ejemplo, en Alemania se experimentaron con éxito sistemas de remuneración a los edificios, basados no tanto en el monto de las obras realizadas sino en la eficacia energética de las mismas. Respecto de ciertos bienes (fotocopiadoras, heladeras, automóviles, etc.) el alquiler podría reemplazar la propiedad, y evitar así una carrera desenfrenada hacia la nueva producción, favoreciendo un permanente reciclado. ¿Esto permitirá evitar un efecto de “rebote”, es decir, el crecimiento al final del consumo-materia? No es para nada seguro.

Teóricamente, se puede concebir un capitalismo ecocompatible, pero en la práctica resulta irrealista, pues implicaría una importante regulación, aunque más no fuera para imponer una reducción de la impronta ecológica. El sistema de economía de mercado generalizada, dominado por enormes firmas multinacionales, no se orientará espontáneamente hacia el camino “virtuoso” del ecocapitalismo. Las máquinas de fabricar ganancias, anónimas y funcionales, no van a renunciar a la depredación de no mediar coacciones que las obliguen. Aunque fueran partidarios de una autoregulación, sus directivos no tienen medios para imponerla a los free riders (pasajeros clandestinos), es decir, a la gran mayoría, obsesionada por maximizar el valor de las acciones a corto plazo. Si una instancia poseyera ese poder de regulación (el Estado, el pueblo, una organización no-gubernamental, las Naciones Unidas, etc.) tendría el poder a secas, y podría redefinir las reglas del juego social. En otras palabras, podría “reinstituir” la sociedad.

Claro que es posible concebir y desear cierta limitación del poder por parte del propio poder, como ocurrió durante la era de las regulaciones keyneso?fordistas y socialdemócratas. La lucha de clases parece (¿provisoriamente?) estancada. El problema es que el capital logró imponerse, ganó todas sus apuestas, y debimos asistir impotentes, y hasta indiferentes, a los últimos días de la clase obrera occidental. Estamos viviendo el triunfo de la “omnimercantilización” del mundo. El capitalismo generalizado no puede dejar de destruir el planeta del mismo modo que destruye la sociedad, ya que las bases imaginarias de la sociedad de mercado se apoyan en la desmesura y en el dominio sin límites.

Por lo tanto, no se puede concebir una sociedad de decrecimiento sin salir del capitalismo. Sin embargo, esta expresión cómoda designa una evolución histórica que es cualquier cosa menos simple… La eliminación de los capitalistas, la prohibición de la propiedad privada sobre los bienes de producción, la abolición de la relación salarial o de la moneda, sumirían a la sociedad en el caos, al precio de un terrorismo masivo que sin embargo no alcanzaría a destruir el imaginario mercantil. Escapar al desarrollo, a la economía y al crecimiento, no implica renunciar a todas las instituciones sociales que la economía anexó (moneda, mercados, e incluso el régimen salarial), sino “reinsertarlas” en una lógica diferente.

Reflexiones acerca de la Huelga General

Decrecimiento San José

Los sindicatos CCOO y UGT han convocado de manera conjunta una huelga general en contra de la reforma laboral el próximo 29 de marzo, porque, según dicen, “facilita el despido, y puede ser una puerta amplísima que se abre en contexto de crisis para la destrucción de puestos de trabajo". “Justa y necesaria, en función de la magnitud de la agresión al conjunto de la sociedad española que suponen la reforma laboral y los ajustes que afectan al Estado del bienestar”, subraya UGT.

En mi opinión, una huelga general es necesaria pero el objetivo de los sindicatos, que pretenden una rectificación del gobierno en materia social y económica, es equivocado. Habría que cambiar el foco. Lo grave no es que se facilite el despido, sino que millones de personas no sean dueños de su propio destino y estén en manos de un sistema esclavista y enfermo. Conservar puestos de trabajo a toda costa no es un fin como pregonan estos sindicatos; habría que mirar con lupa la necesidad de estos trabajos para la mejora real de la calidad de vida de las colectividades. ¿O es que son necesarios los puestos de trabajo en las centrales nucleares, el ejército, la publicidad o el AVE, por poner unos ejemplos? .

No es la pérdida del Estado del bienestar lo que me preocupa, que es una quimera. En el capitalismo sólo hay “bienestar” para una minoría. Durante los últimos 40 años los países occidentales han vivido el último periodo de “vacas gordas” del capitalismo y han podido experimentar un crecimiento exponencial, que la socialdemocracia y la izquierda tradicional  no han sabido administrar. Mientras, los países pobres se empobrece  cada vez más, la exclusión se normaliza, se esquilman los recursos y el planeta pone en peligro su supervivencia.

 Se trataría más bien de una huelga en solidaridad con Grecia y otros países “rescatados”; una huelga que apunte al capitalismo global. Se trataría de ir tejiendo una red de resistencia a nivel internacional. En  este sentido las convocatorias para las movilizaciones globales del 12 y 15 de mayo promovidas por las Asambleas del 15M para celebrar el primer aniversario del Movimiento  (http://titanpad.com/summaryassembly12m15m) van en la dirección adecuada.

Paralelamente la lucha está en fortalecer las redes locales, ensayando fórmulas de transición del capitalismo a otras formas de relacionarse y dinamizar la economía más justas y equitativas, a través de la autogestión y la horizontalidad en la toma de decisiones. En lo personal cambiar de hábitos de consumo progresivamente, apoyados por el colectivo. Forjando un cambio de mentalidad, de la conciencia; apoyando y creando fuentes de información alternativas, rechazando la publicidad.

Una vez dicho esto, y en mi opinión, hay que apoyar la convocatoria de huelga general del próximo 29 de marzo, porque todos los focos de resistencia contra los poderes fácticos son necesarios, porque es una oportunidad para fortalecer los mecanismos de organización de las capas más desfavorecidas y de la indignación, porque todos sabemos las dificultades de generar movimientos de contestación. Porque ahora más que nunca hay  opciones de que amplias mayorías encuentren respuestas en el ideario del Decrecimiento, de los movimientos sociales históricos y del ecologismo radical. Hay un camino para la liberación, porque no tenemos miedo.

Jose


Charla de Amaia Pérez Orozco



Aquí y ahora: la importancia de la experimentación social

Suricato - Innovación y decrecimiento

André Gorz fue un intelectual heterodoxo cuya actividad de reflexión y escritura ocupó toda la segunda parte del siglo veinte. Originario de la escuela existencialista francesa,  extramuros de la academia realizó interesantes análisis de las transformaciones del capitalismo industrial,  del trabajo y la clase obrera. Sus reflexiones también se irradiaron hacia la ecología política campo sobre el cual mostró un interés pionero. El 24  de septiembre de 20007 André Gorz, a la edad de ochenta y tres años se suicidó junto a su mujer Dorine. Sus cuerpos fueron encontrados en la cama uno junto al otro. Se habían inyectado una dosis letal de drogas. Ejercieron su derecho a una muerte digna.

En sus últimos años de vida, Gorz, mostró simpatías por el decrecimiento. En un artículo del año 2007 decía, siempre lúcido, que "el decrecimiento de la economía fundada sobre el valor de cambio ya tiene lugar e irá a más. La cuestión está sólo en saber si adoptará la forma de una crisis catastrófica padecida o la de una opción de sociedad autoorganizada, fundando una economía y una sociedad más allá de salariado y de las relaciones mercantiles, cuyas semillas habrán sido sembradas por experimentaciones sociales convincentes".

Siguiendo con su razonamiento podemos agregar que la importancia de la experimentación social se debe a dos motivos: por una parte porque permite a aquellos que han optado por una crítica a las actuales formas de vida bajo el productivismo puedan encontrar formas coherentes de ligar sus valores y sus prácticas vitales. Por otra parte, y llegado el caso, si se cumplen los pronósticos de una debacle civilizatoria, se podrá disponer de una reserva común de prácticas sociales que sirvan como modelo ampliable a la sociedad de supervivencia que, con toda probabilidad, emergerá de las ruinas del productivismo.

Las posibilidades de enmendar el rumbo hacia el postdesarrollo implican dos áreas de acción interrelacionadas y mutuamente necesarias: por un lado la modificación del imaginario productivista  y,  por otro lado la modificación, aquí y ahora, vía experimentación colectiva, de las formas sociales de organización del trabajo, distribución de la riqueza y de relación con la naturaleza. La primera es una tarea ideológica, cultural, de difusión de los mensajes decrecentistas uno de cuyos ámbitos privilegiados tiene que ver con el consumo, con los hábitos individuales y colectivos de apropiarnos de los bienes materiales e inmateriales. La segunda tiene que ver  con la construcción de vínculos sociales basados en formas organizativas diferentes alejadas de la mercancía y el valor de cambio en un contexto de  Éxodo: “Llamamos Éxodo a la defección de masa fuera del Estado” (Paolo Virno). Sin el énfasis en este segundo aspecto, el de la construcción aquí y ahora de formas sociales alternativas, el decrecentismo puede encerrarse en una interesante, necesaria, pero insuficiente y circular práctica de comunicación.

Los decrecentistas deberíamos, al mismo tiempo que trabajar por la difusión de ideas y valores, conectar y participar cada vez más en experiencias de autoorganización social con criterios ecológicos y de justicia social, arriesgándonos a proponer también otras nuevas. La experiencias de mercado social, cooperativas integrales, cooperativas de ahorro, pueblos en transición, ecoaldeas, experiencias de permacultura etc. deberían  formar parte de las redes de acción decrecentistas y ser consideradas un campo para la imaginación y la inventiva propia. Es decir, no sólo alabarlas y comunicar que existen  sino participar en su articulación e inventar otras comunes. Se trata de la experimentación con diferentes formas de consumo, por supuesto pero también y en primer lugar con nuevas formas de producción que impliquen nuevas posibilidades técnicas y tecnológicas en conjunto con nuevas formas de organización social. Veámoslas con cierto detalle.

En relación a la producción se trata de abrir las prácticas decrecentistas hacia la producción e intercambio de los bienes necesarios para la vida. No olvidemos que salir del reino mercancía no implica salir de la cultura material, de los objetos y su valor de uso. No se trata despreciar a los objetos sino de reapropiarse de ellos, devolverles su sentido y valorarlos como resultado de la imaginación cultural común. Se trata de “conectar lo técnicamente es posible con aquello que es culturalmente deseable”  (Ezio Manzini) en el  contexto de las exigencias medioambientales. No podemos salir de ambiente artificial que nos define como especie: lo artificial es nuestra forma particular forma de naturaleza. La paradoja es aquí ésta: el productivismo a pesar de su obsesión por la producción de objetos los desprecia cada vez más y los convierte en un mero instrumento para la obtención de beneficios en otros lugares. Decía Gorz: “Más de la mitad de los beneficios de las empresas americanas provienen de operaciones financieras. Para reproducirse y crecer, el capital recurre cada vez menos a la producción de mercancías y cada vez más a la "industria financiera". La producción de objetos es la excusa para valorizarse en el mercado financiero”. Los objetos son una excusa: de aquí su hiperabundancia y su obsolescencia planificada, es decir, su destino de vertedero.

Es necesario reivindicar la producción de objetos como actividad artesana y en conexión con las necesidades comunitarias. El “buen objeto”, debe serlo ética, estéticamente y funcionalmente. Productos de larga duración, productos que “sepan envejecer lentamente y con dignidad” (Ezio Manzini). Dignidad de los objetos y dignidad de los sujetos; dignidad en la vida y en la muerte.

No hay sociedad sin técnica y ahora sin tecnología. Ambas son también formas de mediación necesarias para nuevas formas de organización social. Se trata de innovación por supuesto pero de “innovación simétrica” es decir, dentro de un dialogo en igualdad de condiciones con las prácticas sociales. No se trata de que la tecnología le ofrezca objetos y procedimientos a las prácticas sociales sino al revés: las prácticas de una sociedad “autoorganizada” demandan las técnicas y tecnologías apropiadas a sus necesidades. Estas son mis necesidades comunitarias: produzcamos juntos las tecnologías adecuadas.

Respecto a las nuevas formas de organización social. La antropología y la historia nos muestran la amplia variabilidad de las experiencias de organización humana. El capitalismo primero comercial, luego industrial y ahora financiero no son etapas “naturales” de la evolución social; son contingencias históricas,  resultado de las relaciones de poder y subordinación entre actores sociales. La historia pudo haber sido y puede ser de otra manera. Los vínculos sociales están abiertos a la imaginación y la inventiva decrecentista. El socialismo estatista fracasó, entre otras muchas razones, porque no se basó en formas de experimentación previas. Las prácticas de sus “vanguardias”, al concentrarse en la toma del poder,  no prefiguraron la sociedad de deseada. Apostaron todo a la toma del Palacio del Invierno y a la creación de un momento histórico “cero” a partir del cual la imaginación se pondría a funcionar. Resultado: fueron experiencias de ingeniería social más que de extensión y desarrollo de experiencias arraigadas en los haceres comunes previos. Las vanguardias, transformadas en elites gobernantes, impusieron desde arriba y sin experimentación previa sus concepciones intelectuales acerca del lo que debía ser el Estado socialista  Fueron diseños sociales cargados de ideología y desprovistos de imaginación abierta, democrática  y convocante.

La inventiva es, por lo tanto, “aquí y ahora”, sin esperar la llegada de la utopía. Esta se construye con los mimbres que ahora disponemos con el saber, la voluntad y la imaginación actuales, pocos o muchos pero actuales.

Hacia una educación decrecentista

Decrece Madrid

Puedo afirmar rotundamente, tras seis años dedicándome a lidiar contra los gigantes de la educación oficial, institucionalizada y burocratizada de nuestro equivocado estado, que el decrecimiento brilla por su ausencia en los currículos oficiales. La materia de Geografía, junto con la de Ciencias Naturales, comparten una serie de ítems que parecen acercarse a la idea del Medio Ambiente. El problema es que los libros de texto, diseñados con gran premeditación, buscan a conciencia eliminar todo espíritu crítico en el alumnado. Sé de lo que hablo: cientos de palabras apretujadas en una amalgama sin sentido, con el único cometido de exigir al que se enfrenta a ellas una capacidad de loro memorístico, de borrego que rumia una comida con desgana, porque no se la presentan conectada con la realidad. Y así seguimos midiendo la valía intelectual de nuestra juventud: todo aquel que desee el éxito académico, que se ajuste bien las cuerdas que le ofrecemos, y que aprenda para olvidar.

Bajo nuestra perspectiva, lógicamente, el decrecimiento si es un concepto, una información o un acerbo cultural conectado plenamente con la realidad, y por tanto, significativo bajo el prisma de quien quiere llevar a cabo una educación para el cambio, una educación de y para ciudadanxs conscientes y críticos con el entorno y el sistema en el que se desarrollan sus vidas. Pero claro, esta visión de la labor pedagógica es la que, por poner un solo ejemplo, provocó el asesinato de Ferrer y Guardia a manos del estado español, hace solamente cien años. Es un solo ejemplo, pero ya dice mucho.

En base a todo lo anterior, volvemos a lo mismo de siempre. El sistema educativo no funciona, o mejor dicho funcionan muy bien,  pero en base a unos intereses de dominación y sometimiento ideológico. Por tanto, somos anti sistema. Por tanto nuestra labor tiene que ser lidiada fuera del sistema.

Y me pregunto, así, a bote pronto, que requisitos debería tener en cuenta una educación decrecentista. Pues así, a bote pronto, sin pretender hacer un ensayo esmerado, se me vienen a la cabeza dos simples conceptos: empatía e información veraz.

La empatía, o capacidad de ponerse en el lugar del otro, sea este un ser humano, un lince ibérico, un manzano o un cachito de oasis en medio del desierto, debería de ser uno de esos valores que el currículo llama transversales. La empatía, sin embargo, es tratada desde las instituciones como una de esas actitudes perniciosas que lleva a los seres humanos a trabajar en colectivo, y a rechazar la conducta del que no es empático (por ejemplo, nuestro actual ministro de Medio Ambiente: “el medio ambiente no puede paralizar el progreso económico”. Arias Cañete). Conclusión: también la empatía es antisistema. Es un valor humano que reclama ayuda en tiempos de crisis ecológica. Y todo aquel que haya reflexionado mínimamente en la pedagogía entiende que hay muchas, muchísimas maneras de potenciar este valor en nuestrxs alumnxs.

Y termino con el segundo concepto: la información veraz. Hace unos años tuve que hablar por primera vez a mis alumnxs de la globalización y el medio ambiente. Me enfrenté con el libro de texto, con el fin de certificar lo que ya sabía. Tras diez minutos leyendo y releyendo varias veces la información que desplegaba el libro sobre dichas cuestiones, y haciendo un ejercicio de “empatía”, entendí porque estxs chicxs carecen de motivación alguna. Si su profesor es incapaz de entender algo, como lo van a hacer ellos. Y no se entiende porque no es una información veraz, es decir, una información rigurosa que alude a una realidad. No se entiende porque es una abstracción sin sentido que hay que coger con pinzas.

El libro en cuestión presentaba la globalización en un tema y la crisis medio ambiental en otro. En segundo lugar no había ninguna idea que aludiera a las conexiones causa-efecto que hay entre uno y otro concepto. En tercer lugar, concretando con el tema de medio ambiente, dice que sí, que gran parte de la responsabilidad sobre la crisis ecológica es humana. ¿Y?…y nada más, ya está.

¿Por qué no explican quienes son los que causan el mayor destrozo medioambiental?. ¿Por qué no señalan a las grandes corporaciones, o a las decisiones de podridos políticos…como los mayores responsables del destrozo que estamos provocando en el planeta?. ¿Por qué no nos muestran vías de cambio, prácticas que encuentren soluciones?. El decrecimiento solo es una de tantas…

Prefieren decirnos que a ver si cerramos el grifo del agua mientras nos lavamos los dientes, y quedarse tan a gusto responsabilizándonos del desastre de la falta de agua limpia.

La educación institucionalizada es uno de los mejores instrumentos de represión y adoctrinamiento. Pero la que se encuentra libre de trabas, es una vía para la revolución. Desde el decrecimiento defenderemos donde sea y ante quien sea esta segunda acepción.

Estructuras de pecado

Decresita

Las personas estamos ‘insertas’ en un ‘mundo’ de mediaciones e instituciones (familia, profesión, ciudad, economía, Estado, cultura, religión…); la comunidad humana es algo más que la suma de personas, existen las ‘estructuras de convivencia’; La humanidad está inscrita en un orden (sexual, social, lingüístico, religioso, moral, económico, arquitectónico, laboral, científico, político, jurídico, militar…).

Cuando estas estructuras responden a la voluntad de un esfuerzo organizado para favorecer o defender a un grupo, con unos determinados intereses, en detrimento de otros, y para ello se basan en la explotación y en la injusticia; cuando ‘cristalizan’ los egoísmos individuales en estructuras permanente y dejan sentir su capacidad de poder y opresión; estaríamos hablando entonces de ‘estructuras opresoras’, ‘estructuras de dominación’ o ‘estructuras de pecado’.

Estas ‘estructuras de pecado’ impiden desplegar en toda su amplitud las facultades de las personas o de los pueblos, manifestándose en diversas formas de opresión, explotación, exclusión, marginación, carencia de poder, violencia y desarraigo social, imposibilitando a dar sentido a la existencia.

Las ‘estructuras de dominación’ configuran el comportamiento de las personas en función de la posición que ocupan en la jerarquía social. Se selecciona de esta manera a hombres y mujeres para ser funcionales a las clases dominantes.

En este proceso histórico, estas estructuras se inscriben dentro del sentido que una sociedad se presenta a las personas que la forman, son coherentes con la forma de vivir, estos  se articulan entre sí, no pudiendo tratarse como variables independientes, sino que la opresión de cada relación está inscrita en las otras –es constituida por y es constitutiva de las otras-.

Así, podemos distinguir algunas estructuras de pecado presentes en nuestra sociedad:

Heteropatriarcal.  Basada en la superioridad de los varones sobre las mujeres y presentando como pecaminosas las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo.

Racista. Presenta la raza como un valor al que deben subordinarse el resto de las etnias o razas con las que se convive.

Clasista. Orden por el cual las clases más pudientes, disfrutan de un mayor rango social que las clases populares. La propiedad como símbolo de poder.

Colonialista. Se expone la historia universal como una forma de progreso, que presenta como punto culminante la victoria de Occidente. Sirve como coartada para la rapiña de recursos sobre los pueblos colonizados.

Urbana. Se exhibe lo urbano como lo civilizado en detrimento de  lo rural.

Científica. Se denuncian otro tipo de sabidurías como inferiores, o incluso peligrosas.

Edadismo. Lo joven como estado vital superior, la velocidad como un estado óptimo, la vejez como enfermedad y falta de vitalidad, la muerte se esconde, sólo aflora como espectáculo.

Adultismo.  Los niños como objeto de amaestramiento y domesticación, exhibidos como adultos en pequeño sin respetar la infancia.



La Tierra no es muda


Con edición de los profesores de la UGR Alberto Matarán y Fernando López Castellano, el libro compila textos de varios autores, en los que se trata, entre otros asuntos, del desarrollo sostenible y el postdesarrollo, la globalización, el “decrecimiento”, o la sostenibilidad
La Editorial Universidad de Granada, el CICODE y la Cátedra “José Saramago” publican “La tierra no es muda. Diálogos entre el desarrollo sostenible y el postdesarrollo”, un libro con edición de los profesores de la UGR Alberto Matarán y Fernando López Castellano, en el que se compilan textos de varios autores, que tratan, entre otros asuntos, del desarrollo sostenible y el postdesarrollo, la globalización, el “decrecimiento”, o la sostenibilidad.


Según los editores de este volumen, “en el verano de 1930, J. M. Keynes, uno de los economistas más influyentes del pasado siglo, dictaba una conferencia de significativo título en la Residencia de Estudiantes de Madrid: El futuro económico de nuestros nietos. A lo largo de su discurso, el economista británico mostraba su confianza en que la abundancia creada por el crecimiento iba a permitirles cultivar el arte de vivir y que su auténtico problema sería el de cómo ocupar el tiempo de ocio conseguido mediante la ciencia y el interés compuesto”.


De la abundancia a la escasez


Así, durante unas décadas pareció que este anhelo iba a lograrse, pero la crisis de los 70 tornó la certidumbre en miedo y la abundancia en escasez. La globalización era el nuevo “simulacro” del desarrollo y el Consenso de Washington su fetiche. En paralelo a las propuestas del Consenso surgieron nuevos planteamientos que venían a considerar otra vez la idea del progreso y a revisar los fines y medios del desarrollo. El Informe sobre el Desarrollo Humano del PNUD, de 1990, recogería estas ideas y las plasmaría en el índice de desarrollo humano (IDH).


Del lado ambiental surgió el concepto de desarrollo sostenible para manifestar que la naturaleza no permitía cualquier modalidad de desarrollo. El análisis postdesarrollista niega el propio concepto de desarrollo argumentando que el problema no es la falta de desarrollo sino la propia naturaleza, capitalista y depredadora, del desarrollo. La apuesta por el decrecimiento, “sangre de la tierra”, en póetica expresión de Georgescu-Roegen, implica que éste ha de ser sostenible, que no debe generar una crisis social que cuestione la democracia y el humanismo.


Los editores afirman que “ha pasado casi un siglo y los nietos de la generación de Keynes siguen lejos de superar el problema económico, de cultivar el arte de vivir y de resolver el dilema de cómo ocupar el tiempo de ocio. ¿Cuál será el futuro de los nuestros? Para asegurarlo habría que sustituir el concepto convencional de bienestar, basado en el acceso al consumo, por el de buen vivir”, que incorpora una dimensión ecológica, e implica un cambio cultural; y seguir clamando, con Max-Neef, para que al mundo distinto de lo humano se le reconozcan sus derechos”.


Este libro trae al lector una selección de textos que le ayudarán en esa tarea. La obra reúne, así, las reflexiones y contribuciones sobre alternativas para la sostenibilidad de un conjunto de autores, tales como Koldo Unceta, Wolfgang Sachs, Jorge Riechmann, Federico Aguilera, Serge Latouche, Eduardo Gudynas, M. Max-Neef, Enrique Leff, Raffaele Paloscia, José Fariña, Esther Vivas, Luis González y Ernest García. 

Que la tierra no es muda lo hemos ido aprendiendo poco a poco. Mientras, muchos pueblos originarios han sabido respetar los ciclos de la tierra y avanzar sin amenazarla. El crecimiento de nuestra sociedad está basado en un consumo avasallador con nuestros recursos. Estos son algunos de los planteamientos de partida del libro La tierra no es muda. Diálogos entre el desarrollo sostenible y el posdesarrollo, publicado por la Universidad de Granada. 

Aral, el mar perdido

La guerra contra la vida

Máximo Sandín - Somos bacterias y virus

La guerra permanente contra los entes biológicos que han construido, regulan y mantienen la vida en nuestro Planeta es el síntoma más grave de una civilización alienada de la realidad que camina hacia su autodestrucción.

Las dos obras fundacionales que constituyen la base teórico-filosófica del pensamiento occidental contemporáneo, de la concepción de la realidad, de la sociedad, de la vida, y que han sido determinantes en las relaciones de los seres humanos entre sí y con la Naturaleza son “La riqueza de las naciones” de Adam Smith y “Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o el mantenimiento de las razas favorecidas en la lucha por la existencia” de Charles Darwin. La concepción de la naturaleza y la sociedad como un campo de batalla en el que dos fuerzas abstractas, la selección natural y la mano invisible del mercado rigen los destinos de los competidores, ha conducido a una degradación de las relaciones humanas y de los hombres con la naturaleza sin precedentes en nuestra historia que está poniendo a la humanidad al borde del precipicio. El creciente abismo entre los países víctimas de la colonización europea y los países colonizadores, las decenas de guerras permanentes, siempre originadas por oscuros intereses económicos, la destrucción imparable de ecosistemas marinos y terrestres… sólo pueden conducir a la Humanidad a un callejón sin salida.

La gran industria farmacéutica se puede considerar, dentro de este proceso destructivo, un claro exponente de la aplicación de estos principios y de sus funestas consecuencias. La concepción del organismo humano y de la salud como un campo para el mercado, como un objeto de negocio, unida a la visión reduccionista y competitiva de los fenómenos naturales ha conducido a una distorsión de la función que, supuestamente, le corresponde, que puede llegar a constituir un factor más a añadir alos desencadenantes de la catástrofe. Un ejemplo dramáticamente ilustrativo de los peligros de esta concepción es el alarmante aumento de la resistencia bacteriana a los antibióticos, que puede llegar a convertirse en una grave amenaza para la población mundial, al dejarla inerme ante las infecciones (Alekshun M. N. y Levy S. B. 2007). El origen de este problema se encuentra en los dos conceptos mencionados anteriormente, que se traducen en el uso abusivo de antibióticos ante el menor síntoma de infección, su utilización masiva para actividades comerciales como el engorde de ganado, y su comercialización con evidente ánimo de lucro, pero, sobre todo, de la consideración de las bacterias como patógenos, “competidores” que hay que eliminar.

(...)

La concepción de la naturaleza basada en el modelo económico y social del azar como fuente de variación (oportunidades) y la competencia como motor de cambio (progreso) impone la necesidad de "competidores" ya sean imaginarios o creados previamente por nosotros y está dañando gravemente el equilibrio natural que conecta todos los seres vivos. Pero la Naturaleza tiene sus propias reglas en las que todo, hasta el menor microorganismo y la última molécula, están involucrados en el mantenimiento y regulación de la vida sobre la Tierra y tiene una gran capacidad de recuperación ante las peores catástrofes ambientales. El ataque permanente a los elementos fundamentales en esta regulación, la agresión a la “red de la vida”, puede tener unas consecuencias que, para nuestra desgracia, sólo podremos comprobar cuando la Naturaleza recobre el equilibrio.

Extraído del artículo 'La guerra contra bacterias y virus: Una lucha autodestructiva' de Máximo Sandín



Estupidez humana

Max Neef

Desde niño me ha preocupado lo que considero una cuestión importante: "¿Qué es lo que hace únicos a los seres humanos? ¿Hay algún atributo humano que ningún otro animal posea?" La primera respuesta recibida fue que los seres humanos tenemos alma, y los animales no. Esto me sonó extraño y doloroso, porque amaba y amo a los animales. Además, si Dios era tan justo y generoso hecho que yo todavía creía firmemente en esos días no hubiera hecho semejante discriminación. 0 sea, que no me convencí.

Varios años más tarde, bajo la influencia de mis primeros maestros, se me llevó a concluir que nosotros éramos los únicos seres inteligentes, mientras que los animales sólo tienen instintos. No me llevó mucho tiempo darme cuenta que estaba otra vez sobre la pista falsa. Gracias a las contribuciones de la etología, hoy sabemos que los animales también poseen inteligencia. Y reflexioné, hasta que un día finalmente creí que lo tenía; los seres humanos son los únicos seres con sentido del humor. Otra vez fui desengañado por estudios que demuestran que hasta los pájaros se hacen bromas entre sí y se "ríen".

Ya era un estudiante universitario y había casi decidido rendirme, cuando mencioné a mi padre mi frustración. Simplemente me miró y dijo: "¿Por qué no intentas por el lado de la estupidez?". Aunque al principio me sentí impactado, los años pasaron, y me gustaría anunciar, a menos que alguien más pueda reclamar una precedencia legítima, que estoy muy orgulloso de ser probablemente el fundador de una nueva e importante disciplina: la Estupidología. Sostengo, por lo tanto, que la estupidez es un rasgo único de los seres humanos. ¡Ningún otro ser vivo es estúpido, salvo nosotros!

Extraído del libro 'Desarrollo a escala humana' escrito por Max Neef

Manfred Max-Neef: Libros, artículos, entrevistas y conferencias.

La simplicidad voluntaria en 130 consejos prácticos

Publicidad no, gracias

"Y si bastara sencillamente con no ser tentados… O, dicho de otra forma, con escapar del bombardeo publicitario: vuestro buzón se inunda a diario de publicidad que os propone promociones, unas más apetitosas que otras, la mayoría de las veces de productos de los que no tenéis ninguna necesidad.

¿Sabíais que…?

Cada hogar recibe 35 kg de publicidad al año en el buzón (o más bien «cajón de la propaganda»), es decir, un millón de toneladas de papel. Esto representa el 30% de la totalidad de documentos impresos, o sea el 30% de la pasta de papel que se produce. Algunos folletos publicitarios publicados por las grandes marcas alimentarias imprimen varios millones de ejemplares. No os hagáis ninguna ilusión: sois vosotros quienes pagáis la cuenta, porque el presupuesto publicitario de estas marcas (o de sus proveedores) repercute sobre el precio fi nal de los productos.

Pegad en vuestro buzón un adhesivo de

STOP PUBLICIDAD"

Extracto del libro: La simplicidad voluntaria en 130 consejos prácticos

Muestra descargable

Decrecimiento, te guste o no

Serge Latouche - Diagonal

Los partidarios del decrecimiento escuchan a menudo cosas como "¡el decrecimiento ya está teniendo lugar!". Es un poco apresurado. Nuestro crecimiento puede ser débil, pero todavía no hemos entrado en crecimiento negativo. Con un PIB de mil billones de euros, un 1% de crecimiento sigue siendo diez billones, lo que equivale al 10% del PIB de un país con sólo cien billones de euros (niveles en los que se mueven los países del Sur). Esto sigue siendo demasiado para la regeneración de la biosfera. Pero, lo que es más importante, un proyecto de sociedad de decrecimiento es radicalmente diferente al crecimiento negativo. Lo primero sería comparable a un austero tratamiento al que nos sometemos voluntariamente para mejorar nuestro bienestar ante la amenaza de la obesidad por un consumo excesivo. Lo segundo sería una dieta forzosa que nos puede matar de hambre. Se ha dicho una y otra vez: no hay nada peor que una sociedad de crecimiento sin crecimiento.

Sabemos que si el crecimiento simplemente se ralentiza, nuestras sociedades se sumen en la confusión por causa del paro, el aumento de la brecha entre los ricos y los pobres, el descenso del poder adquisitivo de los más pobres de la sociedad y por el abandono de los programas sociales, sanitarios, educativos, culturales y medioambientales que aseguran un mínimo nivel de vida. Si tenemos que cambiar de dirección, este será el retroceso social y cultural al que nos tendremos que enfrentar. En una conferencia de 1974 titulada Su ecologismo y el nuestro, André Gorz afirmó: "Esta caída en el crecimiento y la producción que hubiera podido ser buena en otro sistema (menos coches, menos ruido, más aire, jornadas laboralesmás cortas, etc.) tendrá efectos completamente negativos: la producción contaminante se convertirá en un producto de lujo fuera del alcance de las masas, aunque seguirá estando al alcance de quienes se lo puedan permitir; las desigualdades crecerán, los pobres serán relativamente más pobres y los ricos, más ricos".

El decrecimiento tan sólo puede tenerse en consideración en una "sociedad de decrecimiento", es decir, como parte de un sistema basado en otra lógica. La alternativa es, por tanto, decrecimiento o barbarie. Una sociedad que elija vivir con sobriedad como sugieren aquellos que están en contra de las sociedades de crecimiento, implicaría trabajar menos para vivir mejor, consumir menos pero mejor, producir menos residuos y reciclar más. En pocas palabras recuperar el sentido de proporcionalidad y una huella ecológica sostenible. Buscar la propia felicidad en la interacción social y no en la acumulación frenética. Todo esto requiere una seria descolonización de nuestras mentes, pero las circunstancias nos pueden ayudar a conseguirlo. Los adictos al sistema ciertamente dirán que ya no volverán a ir de vacaciones a las Seychelles. Tendrán que conformarse. La edad de oro del consumismo en kilómetros ha quedado atrás. El deseo de viajar y la necesidad de aventura están, sinduda, inscritas en la esencia del hombre y son fuentes de enriquecimiento que no deberían desaparecer, pero la industria del turismo ha convertido la legítima curiosidad y la investigación educativa en una industria de consumo destructiva. Lo mismo le ha sucedido a la cultura y el tejido social de los países "de destino". El vicio de viajar cada vez más lejos, más rápido, más a menudo (y siempre con los precios más bajos) se debe reconsiderar a la baja. Ante la falta de petróleo y el desequilibrio climático, los viajes serán cada vez más cerca, menos frecuentes, más lentos y más costosos en dinero. A decir verdad, este vicio es tan serio únicamente por el vacío y el desencanto que nos hace vivir cada vez más virtualmente y viajar, en realidad, a expensas del planeta.

Woody Allen dijo que hemos llegado a una bifurcación decisiva. Un camino nos lleva a la extinción de la especie y el otro a la desesperación. Añade: "Espero que seamos capaces de tomar la decisión correcta". El primer desvío es el que hemos tomado. El segundo es el del crecimiento negativo que genera hambre, guerras, pandemias y que probablemente está controlado por un poder ecofascista o ecototalitario, cuyas premisas estamos ya experimentando. El decrecimiento representa una tercera vía: elegir la sobriedad. Para eso tenemos que crear otra manera de relacionarnos con el mundo, con la naturaleza, con las cosas y los seres que pueda ser universalizada en una escala humana. Las sociedades que autolimitan su capacidad para producir también son sociedades alegres.

Serge Latouche, profesor emérito de economía de la Universidad de Orsay

Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/Decrecimiento-te-guste-o-no.html

Texto traducido por AEIOU

Dejemos de sostener al primer mundo

Ricardo Natalichio

Sin ser conscientes de ello, estamos sosteniendo un sistema que nos es totalmente perjudicial, no sólo económicamente, sino ambiental y socialmente.

Durante los últimos años, los países más industrializados que alguna vez decidieron autodenominarse primer mundo, se vienen tambaleando de crisis en crisis. Con gran parte de sus ecosistemas artificializados, amoldados y reducidos a su mínima expresión, y niveles de consumo exacerbados por donde se los mire, su balanza ambiental interna lleva décadas inclinada hacia el lado negativo.

Sin embargo, el “subdesarrollo” del tercer mundo ha servido de colchón amortiguador de ese comportamiento durante un largo período. Absorbiendo las emisiones con sus inmensas superficies boscosas aun en pie, soportando la contaminación de sus fábricas en ríos y lagos. Proveyendo de materias primas a costa del agua dulce y los nutrientes de sus ricos suelos a su industria. En fin, con las venas abiertas de innumerables formas.

Las crisis financieras han ido modificando el mapa para las trasnacionales y en los últimos años ha aumentado considerablemente el porcentaje de ganancias que obtienen de sus filiales en los países del hemisferio sur.

Bancos, telefónicas, celulares, laboratorios, e infinidad de rubros han reportado en el 2011 importantes alzas de sus ingresos provenientes de Latinoamérica, cuando se han disminuido de forma notable en sus propias regiones.

Sin ser conscientes de ello, estamos sosteniendo un sistema que nos es totalmente perjudicial, no sólo económicamente, sino ambiental y socialmente.

Millones de hectáreas de buena tierra sin producir alimentos, sino combustibles para el norte y piensos para su ganado, siendo erosionadas hasta la desertización y fumigadas hasta la esterilización y quitando el sustento a los campesinos de la región, son un claro ejemplo de este modelo fatídico.

Pero llega el tiempo en el que podemos hacer oír nuestra voz e intentar imponer un cambio de rumbo. Las multinacionales nos necesitan más que nunca y mucho más de lo que nosotros las necesitamos a ellas. Porque podemos vivir sin sus productos, pero ellas no sobrevivirían sin nuestros recursos naturales, nuestro dinero, nuestro consumo y nuestro consentimiento.

Las tres crisis, económica, ecológica y social por las que atraviesa la humanidad nos muestran que es un momento en la historia del hombre moderno, en el que un importante cambio es urgente, necesario y posible.

Se acerca el fin de la era de petróleo, de los combustibles fósiles y eso está obligando a una reformulación de toda la sociedad humana, que durante siglos ha basado en ellos el concepto de progreso. Una nueva concepción de todo lo conocido es imperiosa. Hay que definir nuevas pautas de convivencia entre los seres humanos y con la naturaleza, nuevos paradigmas de desarrollo.

Las leyes de la vida, de la naturaleza, las que han existido durante millones de años, comienzan a prevalecer sobre las ficticias e impuestas leyes del mercado. El agua es inmensamente más valiosa que el oro y cualquier otro metal, porque es necesaria para la existencia de la vida. Así como producir alimentos es más valioso para la humanidad, que combustibles.

¿Debemos volver a la Edad de Piedra? Hoy hay en el mundo más de 2.000 millones de personas intentando sobrevivir en condiciones mucho peores que las de esa época, en la que hubiesen podido alimentarse de la caza y de la pesca y beber agua de un río o de un lago, sin enfermar a causa de la contaminación generada por empresas que producen bienes o extraen materias primas, que ellos jamás llegarán a ver en sus vidas.

La cuestión no es volver o no a la edad de piedra, sino evitar la extinción de la vida como la conocemos, por mantener el estilo de vida del 10 ó 20% de la población mundial. La cuestión es iniciar ese cambio, empezando por nosotros mismos y siguiendo por el cambio del sistema en que vivimos.

Fuente: Editorial Ambiente y Sociedad N° 508

Elogio del catastrofismo

Suricato - Innovación y decrecimiento

Damas y caballeros, me presento: soy un catastrofista. El catastrofismo en temas medioambientales tiene mala prensa. Se arroja a la cara del interlocutor como sinónimo de exageración, pesimismo y poca confianza en las posibilidades de la tecnología de evitar o al menos atenuar los efectos secundarios o las “externalidades negativas” de nuestro  maravilloso “modo de vida”.

Separemos aguas. Ser catastrofista no significa ser apocalíptico. La doctrina del Apocalipsis es religiosa. El catastrofismo se basa en las evidencias científicas y en el sentido común, ambas cualidades totalmente ausentes de los enunciados apocalípticos. Un catastrofista es un optimista informado y, por lo tanto, indignado. Un decrecentista también.

Repito: soy, junto a muchos otros, un catastrofista. Y a mucha honra. El catastrofismo actual es casi lo inverso de aquella teoría geológica dominante en Europa en los siglos dieciocho y diecinueve que afirmaba que la tierra se formó súbitamente y de forma precisamente “catastrófica”. El catastrofismo actual, con fundamentos más biológicos que geológicos, afirma que las evidencias científicas disponibles apuntan hacia una desaparición más o menos repentina de muchos de los fundamentos de la vida sobre la tierra. Afirmamos que nos enfrentamos ahora a una reducción drástica de las probabilidades de continuación de las formas biológicas como consecuencia de la intervención destructiva de una de las maneras posibles de organización de la vida colectiva de las sociedades humanas sobre la tierra: el productivismo.

Este productivismo, expresado a lo largo del siglo veinte como capitalismo industrial o como socialismo de Estado, produjo el mayor daño ambiental conocido y ha dejado a los habitantes de este planeta, a todos no sólo a los humanos, al borde del desastre. El catastrofismo no confunde los efectos antropogénicos con los efectos de las formas políticas, culturales y económicas de organización del animal humano. No es éste en sí mismo el dañino sino las formas contingentes de organización de su vida colectiva en medio de una biosfera finita. La historia medioambiental del siglo veinte muestra los antecedentes de la catástrofe previsible. “En el siglo veinte se cuadruplicó la población del mundo y su economía se multiplicó por 14, mientras que el consumo energético aumentó 16 veces y el factor de expansión de la producción industrial fue  de 40. Pero las emisiones de dióxido de carbono fueron 13 ves superiores y el consumo de agua se multiplicó por cuatro”  “Es evidente que no mantendremos durante mucho tiempo el ritmo del siglo veinte” (John R. Mc Nelly).

Los catastrofistas pensamos que existen posibilidades de enmendar el rumbo modificando tanto el imaginario productivista como las formas sociales de organización del trabajo, distribución de la riqueza y de relación con la naturaleza. Existen posibilidades culturales, tecnológicas y políticas pero, desgraciadamente, desconocemos sus probabilidades de éxito. A lo mejor los botones de la catástrofe ya han sido tocados. El catastrofismo, transformado en acción y voluntad política, forma parte de la razón decrecentista que trabaja en el estrecho margen que existe entre las posibilidades y las probabilidades de supervivencia.


Reducir la esfera material de la economía no es una opción

Entrevista a Yayo Herrero en Rebelión por Salvador López Arnal

Permíteme tomar pie en un reciente artículo tuyo publicado en Pueblos, escrito al alimón con Luis González Reyes, que lleva por título: “Decrecimiento justo o barbarie”. ¿Qué significa decrecimiento justo? ¿No todo decrecimiento es justo?


Reducir la esfera material de la economía no es una opción. Los propios límites del planeta (agotamiento de recursos no renovables, saturación de sumideros, disminución de los suelos fértiles, alteración de los ciclos y las dinámicas de regulación, etc.) van a obligar a ello. La reacomodación a una esfera material más pequeña puede hacerse mediante criterios ecofascistas, es decir, una parte cada vez más pequeña despilfarra y sobreconsume energía, suelo, agua pesca o materiales, mientras que la cantidad de “excluidos ambientales” es cada vez mayor. El decrecimiento justo hace referencia a un proceso planificado de redistribución y reparto de lo que proporciona la naturaleza a la vez que este proceso se construye de forma coherente a los límites físicos de la biosfera.

¿Por qué consideras que nuestra sociedad es una sociedad del exceso? Numerosos sectores sociales con tienen mucho margen de maniobra y su consumo no es ni muchos menos elevado.


Yo creo que la humanidad en su conjunto no tiene margen de maniobra. La biocapacidad global del planeta ha sido superada. En las sociedades ricas el consumo material supera con mucho la capacidad de sus propios territorios. Es obvio que existe un componente de clase fundamental y las personas más ricas tienen que ser obligadas a disminuir de una forma importante su consumo material, pero me parece importante tener en cuenta que muchas personas que no se perciben a sí mismas como ricas presentan unos consumos materiales insostenibles.

La clave está en pensar si esos consumos son extendibles al conjunto de la población humana. Si no lo son, no son derechos sino privilegios. ¿Podría toda la población del planeta tener coche particular? ¿Podrían comer carne cuatro días por semana todos los seres humanos? Si esos consumos son físicamente imposibles, entonces tener coche particular o comer carne cuatro días por semana son privilegios que se mantienen a costa de otras personas y otro territorios.

Reducir con equidad esos consumos materiales es una cuestión de justicia en un medio físico limitado. La posibilidad de hacer crecer la producción material ilimitadamente en un medio físicamente limitado es uno de los muchos mitos de la economía capitalista que tristemente ha colonizado el imaginario de muchas personas de izquierdas.