La ilegitimidad de endeudarse a costa de la naturaleza

Inés Marco y Iolanda Fresnillo - Observatorio de la deuda en la globalización

La industrialización y el desarrollo del modelo capitalista han avanzando en el mundo en base a procesos de endeudamiento. El crédito y, por tanto, la deuda son elementos consustanciales al proceso de crecimiento económico. “La pasión que predomina entre los individuos de una economía moderna es convertir la riqueza en deuda, que en el futuro genere un ingreso permanente; convertir la riqueza que es perecedera en deuda, que es perdurable. Una deuda que no se pudre, no tiene gastos de mantenimiento y produce intereses permanentemente” (Daly, 1999).

Desde la perspectiva de los deudores, el objetivo de este endeudamiento es en principio invertir en procesos productivos para generar rendimientos suficientes para, una vez satisfechos los pagos de la deuda, obtener beneficios. Dichos procesos productivos no suelen tener en cuenta su vínculo con el mundo físico. La metáfora de la producción capitalista (Naredo, 2003) oculta un proceso de apropiación de la riqueza, y ha generado un patrón de crecimiento en términos monetarios que obvia los procesos de destrucción de la naturaleza y degradación de las condiciones de vida de las personas. La creación de valor añadido en los procesos de producción no contabiliza los costes reales de dicho proceso, subestima los costes generados durante los procesos de extracción de los recursos así como los costes laborales, y hace invisible los espacios de desarrollo humano. La economía de mercado desplaza sus costes hacia la naturaleza y las clases trabajadoras.

Las deudas, en las que se incurre para fomentar estos procesos de producción, son expresadas en unidades monetarias, que no tienen límites físicos, pues se espera que crezcan de forma exponencial e ilimitada por la acumulación de intereses sobre el capital a retornar. Para hacer frente a su pago, los deudores (sean actores públicos o privados) tendrían que aumentar el rendimiento de los recursos que han tomado prestados de forma exponencial. Estos rendimientos suelen obtenerse mediante procesos de adquisición y extracción de recursos, por lo tanto sí están sujetos a límites físicos y dependen del ritmo de crecimiento de la naturaleza (Daly, 1999). En términos generales, para conseguir los recursos suficientes como para hacer frente a los pagos de las deudas y la acumulación de intereses, los deudores suelen apostar por una o varias de estas cuatro opciones: embarcarse en inversiones especulativas (burbuja inmobiliaria y financiera, que no pueden durar indefinidamente); aumentar la presión sobre los salarios de los trabajadores; incrementar los ritmos de producción y consumo de bienes y servicios; e intensificar los procesos de extracción de los recursos naturales.

En este contexto, emerge una tensión irresoluble entre garantizar el proceso de valorización del capital y garantizar el proceso de sostenimiento de la vida. Un conflicto permanente entre el capital y los trabajos, entre el capital y la vida (Orozco, 2010). Ocurre entonces que, ante la amenaza constante, se desencadenan acciones defensivas de repudio de la deuda para contrarrestarlas. La lógica exige que de algún modo restrinjamos el proceso de acumulación de deuda, limitando el efecto del interés compuesto, o aceptemos ocasionalmente repudios de la deuda como ajustes normales y necesarios para garantizar la defensa de la vida por encima de los derechos comerciales (Daly, 1999)

Históricamente nos encontramos con momentos en los que el endeudamiento se produce a niveles o ritmos más elevados que la capacidad de creación de riqueza, como en la actual crisis, en la que la demanda no es suficiente para los elevados y sobrantes niveles de producción. Esta crisis de sobreproducción, con un estancamiento del consumo (por la pérdida constante de capacidad adquisitiva por parte de las clases trabajadoras), provoca un descenso de los beneficios y, por tanto, mayores dificultades de retornar las deudas acumuladas y mayor necesidad de crédito para hacer frente a gastos y necesidades de inversión. “El modelo económico, desde principios del siglo XXI, había llegado a sus límites (de explotación, de sobreproducción, de tasa de ganancia y límites físicos y ecológicos), y que la burbuja del crédito, que se cita como causa, no es sino una consecuencia más de un sistema en decadencia y que tiene a las crisis como elementos inevitables de su dinámica” (Taifa, 2010).

(...)

La deuda ha sido pues durante décadas una herramienta de dominación y neocolonialismo, que, a través de mecanismos como los descritos en las líneas anteriores, ha transferido del Sur Global al Norte Global ingentes cantidades de riquezas (tanto dinero como recursos naturales). La crisis de la deuda europea nos demuestra que esa transfusión de riqueza no se produce tan sólo entre el Sur y el Norte geopolítico, sino también dentro del centro del sistema, entre las clases populares y trabajadoras y las elites propietarias del capital y los medios de producción.

Extraído del artículo ‘La ilegitimidad de endeudarse a costa de la naturaleza’ escrito por  Inés Marco y Iolanda Fresnillo . Observatorio de la Deuda en la Globalización.

Artículo publicado en el número 42 de la Revista Ecología Política de diciembre de 2011

Extinción o decrecimiento

El humorista y cineasta norteamericano Woody Allen, que ha expuesto los puntos de vista de la clase media urbana de los Estados Unidos para tomar distancia,  dijo respecto de la civilización actual globalizada:  “hemos llegado a una bifurcación decisiva. Un camino nos lleva a la extinción de la especie y el otro a la desesperación. Espero que seamos capaces de tomar la decisión correcta”.

El fascismo del fin del mundo

Un desvío lleva a la extinción. El otro genera hambre, guerras, pandemias y que probablemente esté controlado por un poder fascista o totalitario, que ya se está imponiendo como necesidad de corromper y contaminar para obtener beneficios.

Hay, para algunos, una tercera vía: el decrecimiento, la elección consciente de la  sobriedad. Para eso tenemos que crear otra manera de relacionarnos con el mundo, con la naturaleza, con las cosas y los seres que genere felicidad y  pueda ser generalizada. Las sociedades que autolimitan su capacidad para producir también pueden ser alegres y vivir bien con menos bambolla de trastos inútiles y desechables que nosotros.

Los que tenemos algunos años hemos alcanzado a ver cómo se vivía con confianza y tranquilidad,  con las puertas abiertas, sentados a la puerta conversando los adultos y jugando a la pelota los chicos en la calle.  Y aquello, pocos años más tarde, parece otro mundo, un paraíso donde todo estaba al alcance de la mano.

A pesar de las crisis que se suceden, y de que la que atravesamos desde 2008 llegó  para quedarse, el crecimiento global no es negativo por ahora, solo se ha hecho lento pero ya nos preocupa gravemente. No hay crecimiento negativo todavía pero los países de Europa aceptan formas novedosas del autoritarismo del dinero: cambios de gobierno impuestos por los bancos en Italia y Grecia, “corralito”  en España donde a los ahorristas les vendieron bonos “basura” sin advertirlos, amenazas en Irlanda o Portugal, advertencias para Francia y Alemania, represión e imposiciones fuera de la soberanía popular y estatal por todas partes.


Bombas, economía e innovación

Suricato - Innovación y decrecimiento

La especie humana inventó el productivismo y sus dos grandes formas sociales de expresión en el último siglo: el capitalismo y el socialismo estatista. Ambos han fracasado como propuestas de bienestar humano; ambos se han sostenido por la dominación interna, la guerra  externa y el expolio y destrucción de la naturaleza. El socialismo estatista, aunque cuenta todavía con nostálgicos de sus rituales y de su épica, pasó con más penas que glorias por la historia de siglo veinte. El capitalismo que pareció triunfante lanza ahora zarpazos de ahogado. Pero su máquina productiva sigue funcionando, sigue generando ideas para la destrucción, sigue aprovechándose de la capacidad de innovación y  creatividad de la especie para sus fines egoístas.

El gasto militar es una parte central de la economía del mundo: constituye un mercado. Mercado de bienes, materiales e inmateriales, y mercado, de trabajo. La industria de la guerra forma parte del PIB de las naciones y demandante de ideas, tiempo y recursos naturales. Cuando la economía tambalea la guerra aparece como una de las salidas posibles para hacer funcionar la maquinaria productivista. El Imperio busca lugares donde lanzar las bombas y la industria armamentística comienza a salivar. Ahora, al parecer, es el turno de Irán.

La imaginación peversa y belicista comienza a funcionar: se trata de pensar cómo destruir las instalaciones nucleares de ese país. Para ello se piensa en utilizar bombas con capacidad para penetrar hormigón armado de hasta diez metros de espesor. ¿Cuánta inteligencia, creatividad y trabajo han sido necesarios para fabricar tales artilugios de  destrucción? ¿Cuanta energía colectiva ha sido puesta a disposición del horror? Y por el contrario: ¿qué otros lugares sociales han quedado vacíos de ideas, de energías creativas e innovación? La balanza social de la innovación es asimétrica.

Decrecimiento ¡Nueva fórmula mejorada!

Miguel Brieva - Memorias de la Tierra


Arquitectura y decrecimiento

Alba Carballal Gandoy

El cambio de dirección que supone decrecer se resume fácilmente en una palabra: menos. Menos trabajo, menos materias primas, menos energía. La defensa de un proyecto decrecentista implica, en lo que a consumo y producción se refiere, reducir éstos últimos hasta que nos situemos en unos niveles verdaderamente sostenibles para el planeta. El porqué de la necesidad de decrecer, teniendo en cuenta todo lo dicho hasta el momento, parece obvio: las materias primas más vitales empiezan a escasear, los daños producidos sobre la biosfera comienzan a ser irreparables y vivimos por encima de las posibilidades del planeta. Para ilustrar esta realidad sólo necesitamos un dato: un crecimiento del 2% durante los próximos cincuenta años supondría sobrepasar treinta veces los límites de lo sostenible -que por otro lado, ya hemos dejado atrás mientras que aplicar el modelo decrecentista al 5% durante el mismo periodo de tiempo garantizaría la viabilidad de toda actividad humana.

Las vías de decrecimiento que planteamos -que no son otras que las del más abrumador sentido común- no supone un crecimiento negativo (no se trata de hacer lo mismo pero en menor cantidad) , sino un cambio de paradigma; no es una tragedia sino una enorme oportunidad que todos -pero muy especialmente los arquitectos- debemos aprovechar.

En este sentido, el mítico less is more de Ludwig Mies Van der Rohe vuelve a cobrar vigencia -e incluso se revitaliza- a la luz del planteamiento decrecentista. La solución a los problemas arquitectónicos que se nos plantean es, por suerte, mucho más sencilla de lo que parece, pero para que estas soluciones tan obvias comiencen a efervescer el cambio de paradigma que el decrecimiento plantea ha de cristalizar y cuajar en el imaginario arquitectónico global. Para exponer los cambios que -desde un planteamiento decrecentista- se consideran necesarios en el panorama constructivo de nuestros días vamos a clasificar los problemas de una forma muy elemental que, sin embargo, es capaz de englobar todos los supuestos en los que nos podamos situar.

El primero de estos conjuntos está compuesto por aquellas obras arquitectónicas -edificios, centros cívicos o nuevos espacios urbanos- que simplemente están de más. A estas alturas no es necesario mencionar el gran número de proyectos desproporcionados y vacíos de contenido que caracterizan en gran medida al star system de la arquitectura mundial y que, en una época en la que los recursos escasean, pierden cualquier atisbo de sentido -si es que algún día lo tuvieron. Sin embargo, dentro de la arquitectura "sobrante" no es éste, ni de lejos, el peor de nuestros problemas: el de la vivienda es más grave y, desde luego, mucho más urgente. A grandes rasgos, en el Norte industrializado hay una gran demanda de apartamentos; pero ésta es, paradójicamente, mucho menor que la cantidad de viviendas que continúan vacías. La solución que se da a este conflicto consiste generalmente en la edificación masiva de más bloques de pisos que, a todas luces, son innecesarios e insostenibles. Desde el decrecimiento proponemos abandonar la vía constructiva y adoptar la vía política para resolver esta pugna: no necesitamos más casas, lo que es verdaderamente necesario es que las que están vacías se pongan a disposición de aquéllos que no disponen de una.

Por otro lado, es fácil objetar que hay lugares en los que la demanda de viviendas es real, en el sentido de que éstas no están todavía construidas. En esos casos nos topamos con el segundo bloque de problemas: los edificios que "faltan". Es obvio que la doctrina decrecentista no da una respuesta negativa a las necesidad de hacer habitable un paraje que no propicia un alojamiento digno. Sería absurdo reclamar un programa de decrecimiento en un lugar en el que reina la pobreza. Sin embargo, es necesario un compromiso por parte de los países en vías de desarrollo: tan simple como aprender de los errores relacionados con el consumo excesivo que hemos cometido los países industrializados y asegurarse de no volver a tropezar con ellos.

"[el decrecimiento] no remite a una postura que reclama una renuncia a los placeres de la vida: reivindica, antes bien, una clara recuperación de estos últimos en un escenario marcado, eso sí, por el rechazo de los oropeles del consumo irracional."

Carlos Taibo - En defensa del decrecimiento

Extraído del texto ‘Altius Citius Fortius. El Pritzker de los necios’ escrito por Alba Carballal Gandoy

La limitación física al crecimiento económico

‘En general, lo economistas hablan de energía y materiales sin preocuparse en exceso por las leyes que gobiernan el uso y aprovechamiento de este tipo de recursos naturales. En un sentido amplio se puede definir la energía como la capacidad o posibilidad de realizar un trabajo en su acepción no restringida [Conviene tener presente no obstante que “… la energía es una abstracción matemática que no tiene existencia aparte de su relación funcional con otras variables o coordenadas que tienen una interpretación física y pueden medirse. Por ejemplo, la energía cinética de una masa dada de material es función de su velocidad y no tiene otra realidad.”]

Pues bien, las leyes que rigen el comportamiento de la energía se conocen como leyes de la termodinámica. Dos van a ser los principios que nos interesan. El primero de esos principios se denomina Principio de la conservación de la energía. El segundo se conoce como Ley de la entropía.

El primer Principio establece, como es sabido, que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Es decir: la cantidad total de energía permanece siempre inalterable y constante, pudiendo transformarse de un estado a otro (por ejemplo, la energía calorífica que libera la combustión de fuel puede transformarse en electricidad y en calor ambiental, pero sin crearse ni destruirse en este proceso.

El segundo Principio o Ley de la Entropía no niega lo anterior pero añade algo importante: que en esa transformación, la energía pierde su calidad y se degrada, disminuyendo sus posibilidades para el aprovechamiento humano. Este hecho ha sido, tal vez, el que ha llevado a afirmar a algunos científicos naturales que la ciencia de la termodinámica “es tan sólo el conjunto de principios que rigen la contabilidad con la que se sigue el rastro de la energía conforme sufre dichas transformaciones”. Por esta razón, si una parte de la energía se convierte en calor a más baja temperatura, es decir, calor no utilizable o en residuo, las transformaciones energéticas nunca podrán ser eficientes al cien por cien.

Cabe recordar que, dado un ambiente o estado de referencia –en términos prácticos el planeta Tierra- la energía se presenta en dos estados cualitativamente diferentes: como energía disponible o libre (que podemos utilizar porque sus propiedades físicas intensivas son diferentes de las ambientales) y como energía no disponible o disipada (que resulta imposible aprovechar al estar en equilibrio con el ambiente). La energía disponible  es la que nos permite producir trabajo (por ejemplo el petróleo aplicado a un automóvil que permite desplazarnos), y es precisamente en este proceso donde la energía libre pierde esta cualidad y  se transforma en energía no disponible (o calor), trayendo consigo un claro cambio cualitativo en la naturaleza de esa energía. Además, lo que establece la ley de la entropía es que precisamente el sentido en que se realiza es transformación es único: la energía se transforma siempre de energía disponible en energía no disponible o disipada y nunca viceversa.  O como lo formuló Rudolf Clausius por primera vez : “no es posible encontrar un proceso en el que el único resultado sea una transferencia de energía del cuerpo más frío al más caliente”. Es decir, que el calor siempre fluye desde el cuerpo más caliente al más frío, pero nunca al contrario.'

Extraído del libro ‘La bioeconomía de Georgescu-Roegen’ escrito por Óscar Carpintero.

Reflexiones colectivas sobre política y decrecimiento

Un grupo de personas se reúne para reflexionar y hablar sobre política y decrecimiento:

Entendemos la  Política como el arte de las relaciones humanas en la que todas somos actores políticos y todas tenemos algo que decir en los lugares donde se toman las decisiones, en contra de la forma de concebir la política actualmente dentro de la llamada ‘democracia parlamentaria’, o ‘democracia capitalista’.

Entendemos necesario reivindicar la política dentro del movimiento decrecentista para llevar a cabo sus propuestas, ya que el tema de la distribución del poder está  poco hablado, y se hace imprescindible ayudar a liberar la política del capitalismo.

Entendemos la horizontalidad como uno de los objetivos políticos del decrecimiento basado en el empoderamiento de las personas que se capacitan para ejercer el poder de una manera colectiva; de esta manera el decrecimiento sería entendido como un camino o una herramienta que se trabaja en la práctica.

Como agentes activos de poder, entendemos la comunicación como la forma de extender la base social mediante el acercamiento de las personas a las alternativas.

Entendemos que es necesario un cambio mental. Somos conscientes que existen personas que no quieren ser libres o que están muy a gusto con la ‘democracia representativa’, pero la responsabilidad de tener voz requiere un cambio radical y este proceso personal requiere un esfuerzo.

Nuestro objetivo político es una Democracia Real.

Entendemos que el decrecimiento es una crítica al sistema capitalista que funciona como un elemento transversal que es una constante de diferentes movimientos, destacando los puntos que tenemos en común pudiendo convivir con diferentes alternativas ideológicas; tiene fuerza política pero no tiene ideología propia.

Entendemos que los tiempos definen las estrategias de cada grupo decrecentista, sociedades pequeñas que se autogestionan, cada una de las cuales elige su camino y ofrece diferentes soluciones; cada biorregión debe adaptarse a su realidad.

El decrecimiento sólo puede ser voluntario, obligado no es una buena herramienta.

La diversificación del poder se tiene que dar en todos los ámbitos, también en el trabajo, mediante las cooperativas y la apropiación de los trabajadores de sus empresas.

El empoderamiento de las personas requiere una continua formación de las personas, pero las limitaciones personales a veces pueden obligar a buscar la figura de la ‘persona de confianza’, facilitador, dinamizador o el conocido ‘mandar obedeciendo’ zapatista, teniedo siempre en cuenta que el poder es prestado. Se elimina la figura del experto, el especialista, el lider y también la tecnocracia.

Como herramientas de gestión política tenemos presente la asamblea, internet y actualmente el 15-M puede servir como plataforma política al decrecimiento.

De vidas vivibles y producción imposible

Amaia Orozco


De vidas vivibles y producción imposible1


La crisis actual muestra la imposibilidad de este sistema para generar vidas vivibles. Desde la izquierda, corremos el riesgo de ver la producción como única alternativa frente al pandemónium de los mercados financieros. Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de la crisis?

  1. Introducción
Estamos viviendo un cambio imparable que no podemos dejar al arbitrio del libre mercado. Para afrontarlo bajo criterios de justicia, es urgente romper con las miradas habituales de la crisis, tanto con la hegemonía de la ortodoxia, secuestrada por los mercados financieros, como con aquella mirada frecuente en la heterodoxia que se centra en la economía real, que sigue creyendo en la recuperación de la producción. La economía feminista, que es feminista en tanto en cuanto contiene una pretensión de subversión2, puede jugar un papel clave en este sentido. Este texto no pretende ofrecer respuestas, sino abrir preguntas desde una apuesta analítica y política concreta: poner la sostenibilidad de la vida en el centro. Se recogen debates que hemos ido teniendo desde la economía feminista y que entran en diálogo con otras perspectivas críticas. No busca ofrecer ningún tipo de solución, sino lanzar ideas para sentarnos en una plaza, debatir y empezar a balbucear respuestas colectivas. Es preciso señalar que se localiza en el contexto concreto del estado español, por lo que muchos de los ejemplos o afirmaciones responden a esa realidad, especialmente el apartado último sobre el 15m. Sin embargo, tenemos la esperanza de que esto no impida una discusión más amplia con miradas propias de otros lugares.

La estructura del texto es la siguiente: Para entender la crisis civilizatoria son imprescindibles miradas críticas que se rebelen contra los mercados; una de ellas es la mirada desde la sostenibilidad de la vida (apartado 2). Este artículo ahonda en qué implica esta mirada y cómo se lee la crisis desde ella: en qué consiste la crisis (apartado 3), cómo se produce el ajuste y cuáles son las consecuencias que está teniendo (apartado 4).

Ante esta crisis civilizatoria, la contrapropuesta no puede ser recuperar la producción (apartado 5), sino abrir dos debates: qué es la vida vivible, la vida que merece la pena ser vivida, y cómo colectivizar la responsabilidad de garantizar sus condiciones de posibilidad (apartado 6). Estos debates han de ser radicalmente democráticos; en un contexto donde no existen estructuras de democracia real, el 15m contiene la potencia necesaria para abrirlos (apartado 7).


La llamada al realismo económico de Tim Jackson



Tim Jackson: Entrevistas

Entrevista en la contra de la Vanguardia


Tim Jackson. Un raro en el reino

Como comisionado de Economía del Gobierno británico, Jackson presentó a Gordon Brown un informe (2009) para la reunión convocada con los líderes del G-20. El informe proponía una economía estable, sin crecimiento, que evite tanto el colapso financiero como el ecológico. Ningún líder se lo miró, pero fue el informe más descargado entre analistas financieros. Prosperidad sin crecimiento (editado por Icaria e Intermón Oxfam) se ha traducido a 30 lenguas y defiende que vivir bien en un planeta finito no puede consistir en consumir cada vez más y acumular cada vez más deuda. La prosperidad tiene que ver con la calidad de nuestras vidas y relaciones y la economía debe adaptarse a ello.

Hoy la prosperidad es inseparable del crecimiento económico, de la expansión constante.

 Burro grande, ande o no ande.


Para mí eso no es prosperidad, y encima ese modelo no funciona.

 Defíname prosperidad.

Necesitamos unas condiciones materiales para vivir bien: comida, casas acondicionadas, ropa... Pero más allá de eso la prosperidad tiene que ver con la salud, las buenas relaciones, pertenecer a una comunidad vigorosa, la confianza en el futuro y un sentimiento de propósito en la vida.

 Eso es filosofía, no economía.


Se equivoca, aparte de que acumular y consumir no tienen nada que ver con prosperar, es insostenible financieramente; de hecho, la crisis que estamos viviendo es la consecuencia de este sistema insostenible.

 Basado en el crédito y la deuda.


Con esta obsesión de buscar el crecimiento, lo que hemos conseguido es minar el crecimiento y la sostenibilidad del sistema. El sistema es insostenible desde el punto de vista ecológico e inestable desde el financiero.

¿Cómo escapar del crecimiento sin hundir la economía?


En el sistema actual, imposible: si el crecimiento se detiene, el sistema se colapsa.

 ¿Entonces?
Propongo prosperar (en el sentido que decíamos antes) sin crecer, un modelo macroeconómico que permita una estabilización económica. Para eso debemos tener en cuenta dónde invertimos nuestro dinero. Dígame, ¿qué es la inversión?

¿...?

La relación entre el presente y el futuro: proteger los valores que tenemos para que estén ahí en el futuro; bajo esta premisa los objetivos de inversión serían los que permiten mantener las condiciones sociales, los valores ecológicos y la estabilidad.

 Entonces, habría que reformar los mercados financieros.


Efectivamente, y replantearse cuál es el objetivo de una empresa.

 Hasta hoy, hacer dinero.


Pues deben producir más servicios que objetos: salud, educación, cuidados sociales, ocio, cultura, protección de espacios verdes, construcción de espacios comunitarios...

 Pero todo eso requiere dinero.


Pero también generaría ingresos si los mercados de capitales apostaran por ello. El problema es que las empresas basadas en el servicio están denigradas por la economía actual, yo le llamo el sector Cenicienta (que antes de ser princesa realizaba útiles trabajos domésticos no remunerados). En comparación con otro tipo de sector empresarial, no se le ve tanto potencial de crecimiento.

Bueno..., es que no lo tiene.


Debería permitirse que este sector de la economía fuera al baile, porque produce servicios en lugar de materiales y proporciona empleo que tiene sentido para la gente y con un impacto medioambiental muy bajo.

Sería bonito, sí.


Sé que es complicado, porque los beneficios que da este sector no son rápidos, así que requieren una inversión a largo plazo, comunitaria... Permitiría a la gente invertir en algo con sentido, y más seguro.

 ...


Este tipo de fondos, que ya existen a pequeña escala, menos expuestos a los mercados financieros, toleran mejor el choque que pueda producir una crisis financiera.

 Pero la educación, la salud... no es una inversión, es un gasto.


Sí, un sector anticompetitivo, un agujero por el que se va el dinero. ¿No le parece patológico considerar el sector más importante de presente y de futuro de esa manera?

 ¿Alguien ha apostado por él?


Noruega ha financiado de manera sabia ese sector Cenicienta aprovechando los recursos que ingresa por el petróleo, lo que le ha permitido avanzar de una economía insostenible hacia un modelo sostenible.

 De acuerdo, pero el dinero ha salido del petróleo, sucio, sucio.


Propongo aumentar las inversiones ambientales y desplazar el énfasis del gasto privado al gasto público, al mismo tiempo que se establecen firmes restricciones al consumo de recursos. Hay que aumentar los impuestos sobre los recursos naturales y la contaminación, establecer una renta básica universal y estipular medidas para desalentar el consumo.

 Eso da miedo, pero ¿qué medidas?


Restricciones sobre la publicidad. Una redistribución de los ingresos y del empleo mediante la reducción de horas laborales.

¿Y cómo reformaría la estructura de los mercados financieros?


Implicaría no sólo regularlos, sino también alimentar las pequeñas estructuras financieras para que puedan dar créditos suaves a las comunidades, es decir, el pequeño sector empresarial también estaría implicado. Financiar una industria que ya está buscando inversión ética, que tiene en cuenta el impacto medioambiental y social, y que permite que la gente invierta en una economía real y útil para la sociedad.

¿Qué más?


Los políticos están agotando las ideas, pretenden reducir la deuda reduciendo el gasto social, lo que hace que decrezca la economía y se pierda empleo. Hay que ir a una estrategia a largo plazo que reformule el sistema económico.


Stephen Leahy entrevista al economista británico

“La continua búsqueda del crecimiento económico pone en peligro los ecosistemas de los que dependemos para una supervivencia a largo plazo”, asegura el experto, feroz crítico del Acuerdo de Copenhague.

TORONTO, Canadá, 25 ene (Tierramérica).- “La furia es a veces la respuesta adecuada”, dice Tim Jackson, en referencia a la falta de compromiso de los líderes mundiales que no pudieron articular un nuevo tratado climático en la cumbre de Copenhague.

Jackson entiende que el Acuerdo de Copenhague, resultante de la 15 Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 15) de diciembre, no sólo reveló que la gobernanza ambiental global es una ficción, sino que demostró un apego ciego al mantra del crecimiento económico.

Profesor de desarrollo sustentable y director del Grupo de Investigaciones sobre Estilos de Vida, Valores y Ambiente en la británica Universidad de Surrey, también tiene a su cargo la dirección económica de la Comisión de Desarrollo Sostenible de Gran Bretaña y es asesor del gobierno en la materia.

Aparte, es dramaturgo y ha realizado numerosos guiones radiales para la cadena BBC, con sede en Londres.

Tierramérica entrevistó telefónicamente desde Toronto a Jackson sobre su nuevo y controvertido libro: “Prosperity without Growth - Economics for a Finite Planet” (“Prosperidad sin crecimiento: Economía para un planeta finito”), asunto sobre el que ya había adelantado un diálogo en la capital danesa. También abordó el Acuerdo de Copenhague y las perspectivas de un tratado climático real.

TIERRAMÉRICA: En su libro, usted sostiene que el crecimiento económico en los países industrializados está volviendo a la gente menos feliz y destruyendo la Tierra.

TIM JACKSON: La continua búsqueda del crecimiento pone en peligro los ecosistemas de los que dependemos para una supervivencia a largo plazo.

También hay amplia evidencia de que una mayor riqueza material en los países industrializados no hace feliz a sus habitantes, sino todo lo contrario. Más allá de cierto nivel de ingresos, no hay una correlación de que ello sea directamente proporcional a la felicidad.

TIERRAMÉRICA: Si la era del crecimiento económico se terminó, ¿qué ocupará su lugar?

TJ: Es necesario redefinir la riqueza y la prosperidad en base a los parámetros de “capacidad de florecimiento” de Amartya Sen (ganador del premio Nobel de Economía en 1998). El florecimiento se define como tener suficiente para comer, ser parte de una comunidad, un empleo que valga la pena, una vivienda decente, acceso a educación y a servicios médicos.

Esto supone un viraje importante de una economía que busca aumentar la riqueza material a un nuevo concepto de “empresa ecológica”, con actividades basadas en la comunidad y (austeras en el uso de los) recursos, que permitan que la población prospere, dentro de los límites ecológicos de un planeta finito.

Parte de eso tiene que ver con cosas materiales: alimentos, vestimenta, refugio. Pero también tiene que ver con nuestra capacidad de vivir bien, de participar en una sociedad de un modo menos materialista y más significativo.

TIERRAMÉRICA: ¿Y qué ocurre con los países en desarrollo?

TJ: Los países industrializados necesitan hacer este viraje a fin de crear un espacio para que el mundo en desarrollo mejore el desempeño de su economía. Este crecimiento tiene que ser sostenible y estar dentro de los límites ecológicos.

La actual desigualdad entre las naciones ricas y las pobres es una razón primordial por la que el mundo industrializado necesita hacer este cambio de rumbo.

TIERRAMÉRICA: ¿Por qué le enoja tanto que la COP 15 terminara en un acuerdo de 10 páginas en vez de en un tratado internacional vinculante?

TJ: Es un documento lleno de aire caliente y promesas vacías, cocinado por las dos grandes superpotencias mundiales. ¿Realmente eso es lo mejor que tenemos que mostrar luego de 17 años de negociaciones? Es una política climática de los cañones.

El tratado climático no fue lo único que fracasó en Copenhague. La gobernanza ambiental mundial se fue al tacho.

TIERRAMÉRICA: ¿Qué temas esenciales no fueron parte de las negociaciones de la COP 15?

TJ: El debate sobre el crecimiento apenas figuró. Tanto este tema como una distribución justa del espacio ecológico tienen que estar sobre la mesa. De otro modo, las negociaciones no van a ninguna parte.

TIERRAMÉRICA: ¿Qué piensa usted de los actuales esfuerzos por reducir las emisiones de carbono usando mecanismos como la limitación de emisiones contaminantes y el comercio de créditos?

TJ: No es posible lograr una economía baja en carbono sin un cambio importante en la economía misma. Ajustes pequeños no funcionarán. Las corporaciones ven al clima como la nueva oportunidad de negocios. Los mecanismos de mercado son ahora las herramientas predominantes que se perciben como un cambio y que son buenas para las corporaciones pero malas para el público.

Consideremos la muy promovida idea de que el crecimiento puede continuar siempre y cuando sus emisiones de carbono (y otros impactos ambientales) se reduzcan en gran proporción.

En 2050, en un mundo de 9.000 millones de habitantes donde todos aspirarán a un estilo de vida occidental, la intensidad en carbono de cada dólar de producción deberá ser por lo menos 130 veces más bajo que ahora. Eso simplemente no es posible.

TIERRAMÉRICA: ¿Qué pasará de aquí a las negociaciones de la COP 16, que tendrán lugar en diciembre en México?

TJ: Pienso que tiene que haber mayor presión internacional y un impulso en relación a cuestiones políticas clave como la regulación de los mercados financieros, los sistemas de cuentas nacionales y la obvia presión por crear un foro viable para la gobernanza climática, así como la medición del progreso social (en el estilo del informe de la Comisión de Medida del Desempeño Económico y del Progreso Social de Francia, encargado en 2009 a Sen y al también Nobel de Economía Joseph Stiglitz).

Es necesario que Estados Unidos y China participen en los debates más amplios sobre crecimiento y justicia.

Resulta interesante que en este momento haya, por ejemplo, un poco más de humildad y apertura en el Foro Económico Mundial, como no ha ocurrido hasta ahora. ¿Señales de esperanza? Posiblemente.



Macroeconomía ecológica sin crecimiento


Joan Martínez Alier - Sin Permiso


Joan Martínez Alier reseña el libro, recientemente publicado en castellano,  de Tim Jackson: Prosperidad sin crecimiento. Economía para un planeta finito. Icaria, Barcelona, 2011. Para los lectores interesados en ese debate, SinPermiso publicó recientemente también otra reseña de este libro, firmada por el economista australiano Ted Trainer: ¿Entienden bien sus defensores las implicaciones políticas radicales de una economía de crecimiento cero?


En los próximos días 26 y 27 de enero de 2012, el professor Tim Jackson presentará en Barcelona y en Madrid la versión en castellano de su célebre obra con estadísticas actualizadas y con un prólogo escrito expresamente para esta edición donde se pronuncia por una moratoria al pago de algunas de las excesivas deudas actuales.


Este libro empezó su vida en 2003 cuando el autor, profesor de la Universidad de Surrey, tuvo el encargo del gobierno laborista de escribir un informe para la comisión estatal de Desarrollo Sostenible. El informe fue publicado en el 2009, se llamaba Prosperity without Growth? con un interrogante al final, para restarle agresividad. El interrogante desapareció cuado Jackson publicó el libro en 2009, en plena crisis. Un tema central del libro, que plantea los fundamentos de una macroeconomía ecológica y puede usarse de libro de texto, es si una economía basada en un continuo aumento de las deudas para financiar el consumo privado y público de más y más materiales y energía, puede ser sostenible ecológicamente y socialmente viable. La respuesta es un "no" rotundo. Y a partir de ahí, Jackson presenta propuestas alternativas para una sociedad que sea próspera pero que no tenga el crecimiento económico por objetivo.


Estas preguntas ya se habían planteado por los primeros economistas ecológicos como  Nicholas Georgescu-Roegen, Herman Daly, Robert Ayres. El propio Sicco Mansholt, presidente de la Comisión Europea en 1972, cuestionó un crecimiento económico en términos de un PIB que no restaba los daños ambientales y que llamaba producción a lo que era extracción y agotamientos de recursos naturales. Jackson conoce y reconoce estos antecedentes, incluido otro reciente texto de macroeconomía ecológica, de Peter Victor (de Canadá) que se llama Managing without growth (Cheltenham: E. Elgar, 2008).


La deuda de los consumidores había crecido muchísimo antes de la crisis en diversos países (Estados Unidos, el Reino Unido, España, Irlanda) y la deuda pública ya era muy alta (Japón, Italia) y está creciendo enormemente a partir del 2008. Las deudas no pueden ser "combustibles" permanentes de la máquina del crecimiento económico, porque realidad el combustible del crecimiento son los combustibles fósiles..


En los temas sociales, Jackson revisa no solamente las críticas ecológicas y feministas contra el PIB desde hace cincuenta años sino también las investigaciones, a las que el mismo ha contribuido, sobre la falta de correspondencia entre aumentos del PIB per capita y la felicidad (o satisfacción vital), una vez el PIB per capita alcanza unos 15 mil dólares al año.


A diferencia de Stiglitz y Krugman, Jackson llama reiteradamente a la "prudencia financiera" porque, para pagar la montaña de deudas, se exhorta al crecimiento, y ese crecimiento va junto con el cambio climático. Los economistas keynesianos quieren salir de la crisis con un mayor gasto público con la esperanza de que el posterior crecimiento permitirá pagar estas deudas. Los economistas ecológicos estamos contra el aumento de la deuda pública no porque seamos anti-estatistas ni porque seamos fervientes anti-keynesianos (al estilo de la derecha estadounidense) sino porque pensamos que en los países ricos no debe haber más crecimiento económico. En cualquier caso, ese crecimiento expresado en el PB está mal medido.


Si las tendencias hasta el 2007 continuaran, entonces  -explica Jackson-  para mantener la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera en 450 ppm, la "intensidad de carbono" de las economías ricas debería disminuir cien veces hasta 2050, algo que realmente parece imposible. Hay además otros muchos argumentos ecológicos en la misma dirección. Además, el crecimiento económico no es necesario en países ya ricos para el "florecimiento" de las personas, para su auto-realización, para que desarrollen su potencial, para su épanouissement. Esa meta del "florecimiento" no se logra con un mayor consumo material de productos que a menudo son "posicionales" (es decir, cuyo disfrute depende de que otros no los tengan). Jackson insiste que la evolución biológica, incluyendo la de los humanos, ha ganado más por la cooperación que por la competencia.


La meta del "florecimiento" se relaciona con críticas al desarrollo uniformizador como las de Arturo Escobar y Wolfgang Sachs, y está emparentado con ideas como las del Sumaq Kawsay en la Constitución de Ecuador de 2008. Pero Jackson escribe para países ricos y para sus dirigentes politicos, no para el Sur. Sus propuestas son radicales.


¿Cómo manejar una economía sin crecimiento sin que se colapse la inversión y por tanto aumente el desempleo? ¿Cómo hacer frente a la tendencia al aumento de la productividad laboral que llevará al desempleo si no hay crecimiento económico?
A Jackson le preocupa mucho el "estigma del desempleo".  Por tanto hace falta dar apoyo a un nuevo gran sector económico que el llama irónicamente el sector de "la Cenicienta" (que antes de ser princesa, realizaba útiles trabajos domésticos no remunerados). Hace falta un gran sector de trabajos remunerados, con baja productividad laboral pero satisfactorios, que muchas veces estarán dirigidos a las inversiones ambientales. Jackson menciona también la propuesta de una renta básica universal de ciudadanía (aunque no la desarrolla) y el reparto del trabajo, disminuyendo horarios y ampliando días de fiesta. Su propuesta principal es el fomento del sector "de la Cenicienta" que yo llamaría el sector de "Noticias de Ninguna Parte", recordando a William Morris.


Hace falta también un mayor sector público que financie inversiones ambientales (en energías alternativas, por ejemplo) que no rinden lo suficiente en términos crematísticos debido a una contabilidad defectuosa que no resta externalidades negativas. ¿Significa este mayor sector público el fin del capitalismo? El pragmático profesor Tim Jackson, nos aconseja no excitarnos con palabras como "capitalismo" y "socialismo". El nuevo sistema será tal vez el mismo pero desde luego no como lo conocemos (como dijo Mr Spock en otro contexto).


El libro de Jackson ha vendido decenas de miles de ejemplares en toda Europa. Es un intento valiente, radical, influyente y práctico de aunar el análisis de la ecología humana, la economía y el comportamiento social en una nueva Macroeconomía Ecológica.


Joan Martínez Alier, amigo y colaborador habitual de SinPermiso, es catedrático de teoría económica en la Universidad Autónoma de Barcelona y uno de los fundadores de la investigación internacional en economía ecológica

Encuentro con Joan Martínez Alier

Joan Martínez Alier (Barcelona, 1939) es uno de los fundadores del ecologismo político, una corriente de académicos y activistas que plantea que los problemas medioambientales y de manejo de los recursos naturales no deben separarse de las relaciones de poder, explotación y desigualdad. Autor de más de veinte libros, entre los que destacan Introducción a la economía ecológica y De la economía ecológica al ecologismo popular, y coordinador de treinta números de la revista Ecología Política–Cuadernos de debate internacional, Martínez Alier estuvo en agosto de 2011 en el ITESO, donde ofreció una conferencia a maestros y estudiantes. Además impartió un taller a los pobladores de Temacapulín que se oponen a la construcción de la presa El Zapotillo. Para el profesor catalán, luchas como las de Temacapulín —que se presentan por todo el mundo y que él llama “ecologismo de los pobres”— pueden constituirse en la alternativa para enfrentar los problemas medioambientales que padecemos en la actualidad

¿Qué plantea el acercamiento a la ecología desde la posición política?

La ecología política empezó en la geografía, en la antropología y, sobre todo, en el sur del planeta. El libro que fundó la ecología política es de Blaikie y Brookfield, se llama Degradación de los suelos y plantea que cuando hay erosión se pierden los suelos, y que esto no se debe tanto a la sobrepoblación sino con mucha frecuencia a un exceso de producción para la exportación o para otros mercados. O sea que los culpables de la erosión no eran tanto campesinos pobres sino mas bien el sistema exterior de producción para exportar. [Blaikie y Brookfield] plantean que no hay presión de la población sobre los recursos sino presión de la producción sobre los recursos. Para ello analizaron tipos de tenencias de la tierra en México, en Honduras, en Ecuador, donde se veía que muchas veces los campesinos estaban cultivando en las laderas porque los fondos de los valles había sido absorbidos por fincas de terratenientes… Entonces, la relación que hay entre el uso de los recursos naturales y las estructuras sociales y económicas es lo que se puede llamar ecología política. ¿Por qué no es ecología apolítica? Porque se tienen en cuenta las luchas por el poder, los conflictos sociales, en los que se explica el uso de los recursos y sus relaciones con las desigualdades sociales y con el poder político y con la economía también.

Parece que estamos en una crisis medioambiental de enormes proporciones. ¿Qué vendrá de esta crisis?

Bueno, creo que en este conflicto entre economía y medio ambiente una parte quedará para generaciones futuras y no sabemos todavía cómo lo van a sufrir… El cambio climático es el tema del que se habla…

 “Es el sistema industrial moderno lo que lleva a que no se cuenten los daños ambientales y a que este esquema industrial necesite petróleo, necesite gas, necesite carbón, necesite cobre, es el metabolismo, necesita deforestar”

Pero, ¿el medio ambiente ya está perdido o se puede hacer algo?

No, no, claro que se puede hacer algo. Un lado positivo es que la población mundial ya no va a crecer mucho más de su nivel actual de 7 mil millones de habitantes; parece que va alcanzar su punto máximo de 9 mil millones hacia 2050. Pero antes del pico de población vamos a tener el pico [de extracción] del petróleo: entonces hay motivos para alarmarse por los recursos. El otro motivo de optimismo que encaja con la ecología política es que hay muchos conflictos actuales, mucha gente que protesta. Y desde la ecología política se ve a estos conflictos como una fuerza que puede ayudar a la sustentabilidad. Por ejemplo, quieren frenar La Parota [proyecto hidroeléctrico ubicado a 30 kilómetros de Acapulco, promovido por la Comisión Federal de Electricidad] porque va a afectar a la gente que vive ahí y puede afectar al medio ambiente; lo mismo en Temacapulín con la presa El Zapotillo [promovida por la Comisión Nacional del Agua y el gobierno de Jalisco]; hemos pasado dos días en Temacapulín y la gente dice que una represa es algo malo para la biología de un río y también para la gente. Y si la gente protesta, estas manifestaciones pueden llevar la economía a un área más sostenible, poco a poco.

¿Quiénes son los responsables de esta crisis medioambiental? ¿Tienen nombre y apellido? ¿Son los gobiernos que no han actuado, son las empresas, o es el capitalismo?

Desde mi punto de vista, el nombre es “metabolismo” y el apellido es “social”, que es el aumento de uso de energía y de materiales. Pasaría lo mismo con otro sistema mundial que no fuera el capitalismo, pero como no hay ningún otro, no lo sabemos. Es el sistema industrial moderno el que lleva a que no se cuenten los daños ambientales y a que este esquema industrial necesite petróleo, necesite gas, necesite carbón, necesite cobre… Es el metabolismo. Necesita deforestar. Son también conflictos de biomasa, conflictos de minería, conflictos de agua y conflictos de combustible fósil, esto es, extracción. A esto le llamamos capitalismo desde un punto de vista más social y económico, porque el deseo de tener ganancias es lo que impulsa a los empresarios. La acumulación de beneficios directos, de capital, les lleva a buscar los recursos donde estén, sin misericordia, y se avanza hacia las fronteras de la extracción.

Procomún, propiedad y comunidades

Rubén Martínez Moreno -Ley Seca

Los commons son un fenómeno complejo y a la vez complicado. Complejo porque depende de varios elementos que hay que tener en cuenta a la vez; complicado porque parece haber un exceso de definiciones o de acercamientos diferentes que expanden su significado. En la última reunión general del Laboratorio del Procomún de Medialab Prado (febrero 2012) Juan Freire abría la sesión comentando que “lo que hace interesante al procomún es esa incapacidad para ser definido” citando la entrevista en el blog código abierto a Antonio Lafuente . Si bien estoy de acuerdo con muchas cosas que se comentaron durante la sesión, la verdad es que me cuesta un poco celebrar que algo esté poco definido. Bien visto, si así fuera, me pasaría todo el día de fiesta ya que de indefiniciones sin duda andamos bien servidos. Pero temo que el problema sea el inverso, que más bien se está vaciando «procomún» de significado –por saturación–y que hay ciertas nociones, al parecer algo incómodas, que no acaban de relacionarse con el concepto. Como ya adelanta el título de este post, me refiero a conceptos como el de comunidad y, especialmente, el de propiedad.

Entraré un poco a lo bruto. Desde mi punto de vista, la falta de definición no hace especialmente interesante al procomún y, de hecho, creo que no es algo que lo caracterice. Sí me parece que pensar procomún como «experiencia» o como «ausencia» (ambas usadas en la sesión de Medialab Prado) son buenos acercamientos poéticos pero añaden a su vez filtros borrosos que no nos permiten ver lo evidente. Por otro lado, se mezcla procomún con otras ideas de tono más esotérico como «lo común» o «el común» que estiran tanto el concepto que acercan su significado a un resbaloso “todo vale”. Como le he oído decir varias veces a Marga Padilla Cuando todo vale, nada importa” y no podría estar más de acuerdo. Que el error pueda generar conocimiento no quiere decir que la confusión sea algo más que..confusión.

Tal vez, para analizar un fenómeno social éste ha de ser observable y, para ser observable debe no solo contar con alguna definición sino que es conveniente encontrar aquellas variables que nos permitan reconocerlo. De hecho, suena obvio pensar que si algo es algo es porque no es otra cosa, y si no es otra cosa es porque hay una serie de elementos que lo caracterizan. Estaremos de acuerdo que estos niveles de concreción son, como mínimo, deseables. Y es cierto que hay conceptos poliformes, polisémicos y poligoneros, pero me ilusiona pensar que cuantos menos, mejor.

1. Procomún y propiedad

Es probable que el tema no sea el procomún en sí mismo o cómo podemos rellenarlo de significado. Creo recordar que «procomún» era la consecuencia, no el objetivo. Es decir, que frente a la ineficacia de lo público/estatal y la voracidad de lo privado/mercantil –ambas esferas cada vez más alejadas de formularse bajo principios de justicia social– el procomún (su marco conceptual, histórico y político) parecía responder necesidades sociales y situar modelos de gestión más eficaces para generar beneficio colectivo. Es más, la propiedad bajo régimen comunitario fue y es a día de hoy una fórmula que asegura medios de existencia y producción para segmentos sociales que, en la lógica del capitalismo tardío, claramente padecen procesos de desposesión. Propiedad bajo régimen comunal; justamente la propiedad, ese concepto que una y otra vez entra en el tablero pero que nos permitimos eludir. Desde mi punto de vista, el procomún ha de servirnos precisamente para repensar la propiedad, tan marcada por un rumbo que parece incuestionable. Difícil nos lo ponemos si decimos que “el procomún es lo que es de todos pero no es de nadie”, ya que en el rincón oscuro y caliente que deja esa frase descansa plácidamente la propiedad.

En esa misma sesión del Laboratorio del Procomún, Eduardo Serrano de la Casa Invisible de Málaga añadió cierta concreción respecto a la estrecha relación entre propiedad y procomún. Comentando las actuales necesidades de La Invisible, Eduardo añadía que: “Necesitamos dotar de un estatuto jurídico al procomún (…) Es necesario un desarrollo protojurídico alimentado por la jurisprudencia y, si bien no leyes (trascendentes), sí necesitamos normas (inmanentes)”. Es decir, protocolos legales, contexto jurídico, procesos para instituir otra manera de entender y gestionar la propiedad. Vías concretas que permitan pensar otro régimen de propiedad donde los/as comuneros/as puedan defender sus estatutos e ir ensamblando el modelo de gobernanza que haga sostenible el recurso que producen, difunden y que, en muchas ocasiones, es de acceso público (como sin duda es el caso de La Invisible). Con algunos matices, esta misma reivindicación nos puede servir para imaginar (o recuperar) esa otra forma de propiedad tanto para recursos materiales, inmateriales o directamente no-recursos (la democracia, por ejemplo). ¿Qué eran los commons históricos sino una forma de propiedad diferente? ¿Qué significa entender el software libre como un procomún sino es como un cambio en la concepción misma de la propiedad?. Más anclados en el presente que en el pasado, parece que miramos la propiedad de reojo.

De manera también clara y directa, en La Carta de los comunes del Observatorio Metropolitano de Madrid publicada por Traficantes de Sueños la propiedad aparece como tema central:

«Este libro singular actualiza una propuesta antigua: una forma de regulación y propiedad llamada comunal (…). La Carta de los Comunales desarrolla la puesta en práctica de esta gestión comunal adaptada a nuestro tiempo: normas para velar por la sostenibilidad de los bienes naturales; para asegurar que la ciudad y lo que ésta produce sea de todos; para que el trabajo de cuidado sea repartido y la salud, un valor no mercantilizable; para evitar la segregación en la escuela y garantizar que el conocimiento y sus aplicaciones pertenezcan a la sociedad entera. Recoge también los principios de los comunes antiguos: toda la comunidad debe participar y trabajar por la buena gestión y sostenibilidad de los recursos, ya que solo así todos podrán beneficiarse de sus frutos.»
En definitiva, el procomún no es solo un marco para reflexionar sobre otra forma de propiedad, es la evidencia de que esa otra forma ya existe.

2. Procomún y comunidades

Le toca el turno a «comunidad». Una interesante definición de procomún –sintética pero compleja– y que debe su origen al trabajo de Elinor Ostrom nos la recordaba Isidro López, del Observatorio Metropolitano de Madrid, a través de un tweet (con los límites que exige el medio) : “Los commons son comunidades activas de gestión“. Como comentaba Joan Subirats en la sesión del Laboratorio del Procomún, esta concepción del procomún es problemática, ya que efectivamente otorga excesivo protagonismo a la comunidad. La comunidad –continuaba Subirats– puede ser un organismo que homogeneiza a los actores que pueden gestionar un procomún, incluso puede comportarse como un dispositivo excluyente que limita la diversidad y el acceso público al recurso. Si bien cabría ver si esto siempre es un problema o si no es tanto la comunidad en sí (la relación dependiente y cooperativa entre diferentes sujetos) como las formas en las que ciertas comunidades tradicionales se han constituido como organismos cerrados, sin duda es un tema que ha de mantenernos alerta.

Partiendo de esa mini-definición del procomún que ofrecía Isidro (“Los commons son comunidades activas de gestión”) añado algunas notas para ir concluyendo y situar más elementos que, unidos a su relación con la propiedad, creo enfocan mejor el concepto:

1. En esa definición se entiende el procomún como verbo, no como sustantivo. Cuando se habla de «comunidades activas» se subraya la necesidad de «poner en acción», es decir, la necesidad de «procomunizar» recursos, entornos, infraestructuras, tecnologías, etc. O, dicho de otra manera, nada es procomún por naturaleza, nada es procomún para siempre, hay que activarlo.

2. Se suele entender el procomún como el recurso (el software, el agua, el conocimiento) pero, como decíamos, esta definición que ahora manejamos pone énfasis en la comunidad. Sin comunidad, no hay procomún. Sin modelo de gobernanza no hay procomún. Tal vez esa tríada (recurso, comunidad, modelo de gobernanza) es la que constituye el procomún. Esa articulación es la que genera beneficio colectivo y evita (o intenta limitar) los procesos de cercamiento y de privatización. Esos tres elementos son los que fundan una propiedad distinta, con derechos de uso, acceso y explotación del recurso.

3. La propia comunidad ha de entenderse como un conglomerado de intereses recíprocos, afectos, cuidados, e interdependencias. Si la comunidad no comparte un «sentimiento colectivo», si la comunidad no comparte que su trabajo productivo y reproductivo estimula y es a la vez estimulado por el beneficio que produce el procomún, esta espiral virtuosa puede romperse. De hecho, es interesante pensar en el free-rider (traducido como «polizón»), ese agente que se aprovecha del procomún maximizando sus beneficios sin participar en su gestión y regulación, como alguien carente de «lazos afectivos» con la comunidad. No se inserta en la comunidad pero, sobre todo, no se articula con sus vínculos afectivos porque su racionalidad le lleva a “quererse más a sí mismo” que a la comunidad.

4. El procomún existe cuando es sostenible, cuando perdura, cuando genera beneficio colectivo, pero, sobre todo, cuando su propiedad depende del modelo de gobernanza de la comunidad. Por eso Google no es procomún. Por eso Megaupload no era procomún. Tal vez generen beneficio colectivo –habría que matizar que entendemos por beneficio colectivo– pero es evidente a quién pertenece Google y a quién pertenecía Megaupload y, desde luego, es evidente quien impone las normas de uso, acceso y explotación.

Tal vez es cierto que no podemos considerar el procomún como una categoría cerrada pero no por ello indefinida. Hay procesos o recursos que tienden hacia el procomún, su estatuto de verbo –ese «poner en acción»– hace que usarlo como sustantivo o como adjetivo sea más una cuestión formal que una realidad. Como decíamos, ciertos recursos y procesos pueden devenir procomún de la misma manera que pueden haber procesos de cercamiento o tendencias hacia el free-rideo en sus propios usuarios y usuarias. Pero no solo su naturaleza y los usos reales que derivan del procomún, también la emergencia actual reclama pensarlo como otra forma de entender la propiedad y como una acción que ha de venir empujada por comunidades activas. En ese mismo proceso se repiensan ambas nociones (propiedad y comunidad) alejándolas de aquellas más hegemónicas que han servido para naturalizar prácticas de exclusión social. Tal vez así, cuesta menos pensar que estamos viviendo un cambio de época. Uno deseable.

¿Qué es la horizontalidad en una organización?

Florent Marcellesi

Con el surgimiento del1 15-M, la horizontalidad ha vuelto a ser un concepto motor en la construcción de nuevos movimientos sociales y políticos. Sin embargo, ¿qué entendemos por “horizontalidad”?

Al repasar algo de bibliografía, constato que se suele definir en negativo como oposición o rechazo a otros términos como la verticalidad o la jerarquía, puesto que, de forma consciente o no, entendemos mejor las implicaciones de tales conceptos que culturamente impregnan nuestras sociedades y nuestros cerebros. Asimismo, tanto en el espacio público (Estado, escuela, hospital, trabajo remunerado, etc.) como en el privado (como la familia), vivimos en un mundo principalmente jerarquizado donde en el mejor de los casos elegimos nuestra cadena vertical de mandos (la democracia representativa) o en el peor sufrimos una dominación no deseada (véase el parto medicalizado o el significado de la relación asalariada). Sin embargo, pocas veces encuentro definiciones en positivo de la horizontalidad. Con esta voluntad constructiva, definiré la horizontalidad de la manera siguiente: una profundización de la ética de la liberación, una actitud (y un camino) y un modelo organizativo.

La profundización de la ética de la liberación

André Gorz solía conceptualizar la ecología política como una ética de la liberación donde “la expansión de la autonomía [del sujeto] se halla en el centro de la exigencia ecologista. Ello supone una subversión de la relación de los individuos con sus herramientas, con su consumo, con su cuerpo, con la naturaleza” (1975).

En esta óptica, desarrollada también por Illich y Castoriadis, la ecología política es una apuesta decidida por la autonomía del sujeto y por su capacidad de cooperar de forma voluntaria y en igualdad de condiciones con otros sujetos para oponerse a cualquier deriva liberticida e insostenible de las “mega-máquinas” mercantiles, estatales o tecnócratas y para construir alternativas concretas al productivismo actual.

De esta visión emancipadora nace la voluntad de poner en pie sociedades —u organizaciones— autónomas, hechas de individuos a su vez autónomos y cooperativos. Estas sociedades (u organizaciones) se convierten en ágora permanente sobre lo que es conveniente producir (y cómo), además siempre dentro de la capacidad de carga de los ecosistemas. Por esta razón, las empresas tendrían que ser controladas por sus personas empleadas, un partido o un sindicato por el conjunto de sus militantes y la esfera política por el conjunto de la ciudadanía. Es un llamamiento hacia organizaciones donde los sujetos autónomos no estén subordinados a ninguna estructura, ni órgano de ésta. En este tipo de horizontalidad también existen límites, pero no provienen de una autoridad superior (el Líder, el Órgano central, la Tradición, la Autoridad, etc.) sino que se basan en la deliberación y la decisión colectiva.

Una actitud (y un camino)

Encontramos en la educación horizontal una gran ayuda para conceptualizar la “actitud horizontal”. Esta rama educativa entiende la horizontalidad “como una disposición psíquica y social, interior y exterior al sujeto, en la cual ningún hombre y mujer anula la libre expresión de otro, de manera que todos pueden manifestarse sin hallar un obstáculo en el otro, sino más bien un apoyo para el propio crecimiento” (Santos, 2006). Así, primero, es una facultad del sujeto a vivir su libertad desde el encuentro positivo con la libertad de otras personas que a su vez, dentro una dinámica ganador-ganador, refuerza el propio desarrollo personal. Dicho de otro modo, “se puede concebir el aspecto interno (…) de la horizontalidad como una suerte de receptividad y apertura al otro.” Exactamente lo que los manuales de educación no violenta o de resolución pacífica de los conflictos aconsejan, respectivamente, a los padres y madres con su prole o a los negociadores con las partes en conflicto o con otros negociadores: respeto, escucha activa y empatía.

Además, en una organización social, política, sindical, etc. sus formas de proceder —es decir su actitud que la definirá y le dará credibilidad en el día a día— tienen que ser acordes en cualquier momento con los objetivos planteados. Obviamente no se puede llevar la paz o la emancipación con métodos violentos que sea aquí o en el Sur, no se puede enseñar a nuestros hijos el respeto desde la metodología de la bofetada, ni se puede pedir a las instituciones transparencia y participación sin aplicarlo internamente. Dicho de otro modo y parafraseando a Gandhi, podríamos decir que “no hay camino para la horizontalidad, la horizontaliidad es el camino”.

Un modelo organizativo

No se trata de un concepto totalmente nuevo: tiene mucho en común con —y hereda de— las teorías y las prácticas de la autogestión del sindicalismo de finales del siglo XIX, de los consejos obreros húngaros o de las experiencias post-68. Sin embargo, las posibilidades abiertas por las Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TIC) y, sobre todo, por las dinámicas cooperativas en torno al conocimiento, la cultura y el software libres o en las actuales dinámicas post-crecentistas (colectivos de decrecimiento, de ciudades en transición, de cooperativa integral, etc.) aportan a la horizontalidad su plena capacidad como modelo organizativo. En las brechas del sistema, la propia existencia y praxis diaria de una organización horizontal son pruebas de insumisión y gérmenes de alternativa a la megamaquina técnica, económica y política.

Dicho esto, destaco algunas características de una cooperativa política funcionando sobre el modelo de la horizontalidad:

  • Trabajo en red: “La red” es ante todo una mentalidad y una forma de trabajar adaptada al siglo XXI: prima la inteligencia colectiva y la propriedad común, como puede ser la lógica cooperativa del software libre. Es una búsqueda de sistemas organizativos basados en la igualdad, la participación activa de todo/as y la voluntad de consenso. En esta estructura líquida y partidaria de la adhocracia, todos los miembros pueden tener autoridad para tomar decisiones y llevar a cabo acciones. Asimismo la fuerza de las redes, físicas o virtuales, reside en su capacidad de mover y mezclar personas y organizaciones de diferentes intereses o círculos, con compromisos flexibles según objetivos y afinidades, desde lo territorial a lo sectorial. Dicho así, no hay que confundir el uso intensivo de Internet (o de comunidades virtuales) con alcanzar una estructura en red presencial y virtual.
  • Flujos de información y transparencia: la información es poder, y el poder es compartido entre todos los miembros en igualdad de condiciones. Lo que significa que la información tiene que fluir en cualquier momento hacia todos los miembros del a organización sin exclusión, dentro de un marco que hace de la transparencia un pilar de su desarrollo. No solo requiere un fácil acceso a las fuentes de información sino una política activa personal y colectiva de transmisión de la información a todas las partes de la organización-red sin que ellas las tengan que pedir. Es también la capacidad de poner en marcha la información peer to peer, donde cada neurona se convierte en un nudo de información seguro para otras neuronas. Con unas reglas de juego claras y sin necesidad de un órgano central, la red valida la veracidad y legitimidad de la información.
  • Confianza multidireccional y cooperativa: tal y como lo desarrollo más en detalle en el artículo Reflexiones sobre la confianza en un partido horizontal, no solo se trata de una confianza undireccional desde las personas asociadas hacia los cargos (y órganos) electos sino también de una “confianza de todas a todas”. Tanto las personas electas como cualquier persona asociada “depositan” en cada una de las personas de la organización o de la red, con o sin responsabilidad interna o externa, la misma confianza. De esta manera, damos un margen de confianza a la inteligencia colectiva que emana de la conexión de nuestras energías y reflexiones.
  • El conocimiento libre: más allá de tener transparencia e información disponible para todas las neuronas, la inteligencia colectiva —es decir el resultado del trabajo cooperativo y en red (que va más allá de la suma de las individuales de la organización)—, pertenece a todos y todas. Decimos que se trata de una propiedad común, cuyo código fuente y posibles mejoras están en la organización, en la red o en el espacio público a un coste nulo.
En resumen, una organización horizontal es un nodo más de una sociedad que pugna por la “democracia de lo común” (véase Subirats, 2011), es decir que favorece los bienes comunes, la lógica cooperativa y la capacidad de compartir.

Referencias:
  • Gorz, A. (1975): Ecologie et politique, Galilée.
  • Santos, M (2006): “De la verticalidad a la horizontalidad, reflexiones para una educación emancipadora”, Revista de ciencias sociales y humanidades, enero-marzo 2006.
  • Subirats, J. (2011): Otra sociedad, ¿otra política? Del “no nos representan” a la democracia de lo común, Icaria Asaco.

Apuntes taller decrecimiento

Apuntes Taller Decrecimiento Nov-dic 09

Transporte y decrecimiento


Tratar el tema de la Automoción desde un punto de vista decrecentista y referido a los hábitos de consumo  requiere cuestionar previamente el desarrollo económico como está entendido en la actualidad y por tanto el mito por el cual se afirma que las infraestructuras de transporte son estratégicas para dicho desarrollo.

Lo que llamamos transporte, esto es, el movimiento horizontal masivo de personas y mercancías, es en su esencia una anomalía en el orden natural, que la Naturaleza no resiste. Aceptar esta realidad es imprescindible para entender las conflictivas relaciones que aparecen en todas partes entre medio ambiente y transporte. En realidad, a partir de un cierto punto, lo que se presenta es una elección: o medio ambiente, o transporte. La conciliación no es posible. No existe el transporte mecanizado masivo respetuoso con el entorno, ni la movilidad sostenible, si se está aludiendo a la movilidad motorizada masiva. Esas nociones son simples construcciones publicitarias, imprescindibles para tranquilizar a la población frente al crecimiento indefinido del transporte, y a sus visibles consecuencias. (“La enfermedad del transporte”, Antonio Stevan).

El proceso de internacionalización y globalización de la economía provoca el tráfico de mercancías y personas de una parte a otra de la Tierra…Este desarrollo exige la utilización de enormes cantidades de materiales y combustibles que no son renovables. Las infraestructuras del transporte consumen gran cantidad de espacio e inducen al crecimiento y la dispersión de la ciudad, disminuyendo el suelo fértil disponible, afectando a los cursos de agua, creando barreras en el territorio, empobreciendo con ello el medio natural y acentuando la pérdida de diversidad…La movilidad se entiende como un símbolo de libertad que es proporcionada por el automóvil. La velocidad se ha convertido en un valor en sí mismo y las autopistas y el AVE símbolos de bienestar y progreso. Aumentan los usuarios cautivos del coche y aumenta la exclusión de los que no lo utilizan. (Miguel Angel Llana).

André Gorz indicaba en su ensayo  “La ideología social del automóvil” (1973), que: “La alternativa al automóvil debe ser global. Para que la gente pueda renunciar a sus automóviles no basta con ofrecerles medios de transporte colectivo más cómodos. Es necesario que la gente pueda prescindir del trasporte al sentirse como en casa en sus barrios, dentro de su comunidad, dentro de su ciudad a escala humana, y al disfrutar yendo a pie, o en bicicleta, de su trabajo a su domicilio”.

Por su parte Iñaki Bárcena, Profesor e investigador en la Universidad del País Vasco, afirma que el pico del petróleo, gas natural y uranio marca un principio y un final para el abusivo uso de recursos energéticos, de los cuales el transporte motorizado se lleva la parte del león.