Proceso de dominación

decresita

El ser humano mediante la tecnología  dispone de la energía y los recursos naturales que constituyen su entorno, transformándolos, y obteniendo los bienes necesarios para satisfacer sus necesidades.

Este proceso productivo tendría como finalidad la supervivencia y el ‘disfrute’ de la vida por parte de las personas; pero a lo largo de la historia de la humanidad algunos individuos se han aprovechado de determinadas circunstancias para intentar poseer determinadas ventajas respecto al resto de sus congéneres. Para poder disfrutar de determinadas ventajas (mejor alimentación, menos esfuerzo físico, mejor abrigo…), han tenido la posibilidad de hacerse con la disponibilidad de los recursos y la tecnología y así tener la capacidad de influir en la conducta de sus coetáneos.

Para ello se han utilizado diferentes estrategias:

Por un lado, el uso de la fuerza. Quien poseía mayor disponibilidad energética y capacidad tecnológica, fácilmente podía imponerse por medio de la violencia, y así podía eliminar a sus adversarios o competidores; pero la mejora de  las condiciones de comodidad implicaba que otras personas debían de realizar ciertas tareas imprescindibles (tareas de cuidado, tareas de construcción, tareas de esfuerzo…).

Pero el uso de la violencia tiene sus límites. Se requiere para determinadas tareas un nivel mínimo de confianza.

Se hacía entonces imprescindible legitimar el que unas personas disfrutasen de determinadas ventajas a partir de las tareas que hacían las demás, y así tuvieron que convertirse determinadas diferencias entre las personas en desigualdades (el sexo, el color, la raza, la condición social…), y naturalizar (que aparezcan como normales) esas desigualdades.

Se hizo necesario la aceptación de realidades que incluyeran la naturalización del poder y la formación de jerarquías (a partir de la división de tareas). Hubo tareas más físicas que eran llevadas a cabo por las escalas inferiores, y tareas más intelectuales llevadas a cabo por las escalas superiores. Llegamos así a una estratificación social, que permitía a las clases superiores (reyes, soldados, sacerdotes)  acumular recursos, y a las clases inferiores (esclavos, campesinos, mujeres) que eran despojadas de ellos.

Por otro lado, el control ideológico mediante la creación de un imaginario simbólico nuevo. En los primeros momentos, esta  labor se llevó a cabo mediante la religión, la idea de dios y el miedo al más allá y a la muerte.

Más tarde el uso de un aparato burocrático permite que las élites elaboren discursos para estipular la conducta de los demás, mediante una orientación moral para relacionarse siempre funcional al sistema de estratificación social que se consolida además mediante la forja de un sentido de pertenencia común de sus miembros.

La conjunción de estos dos aparatos ideológicos (religioso y burocrático)  unido al sistema de violencia lleva a cabo un proceso de control social basado en el Estado y cuyos componentes dominantes (soldados, burócratas y sacerdotes) elaboran una realidad legitimadora del sistema social.

De esta manera podríamos esquematizar los procesos de dominación mediante los siguientes diagramas de flujo:

Proceso productivo 

Recursos + Energía + Tecnología (R+E+T) => Transformación => Bienes + Residuos

Proceso político

Poder [disponibilidad de R+E+T] => Bienes => Acumulación => [Derecho - burocracia] => Propiedad

Proceso cultural

Poder [disponibilidad de R+E+T] =>  Creación de imaginario simbólico => Diferencias => [aparato ideológico] =>  Elaboración de desigualdades => Naturalización de las desigualdades => legitimación del poder

Proceso social

Poder [disponibilidad de R+E+T] => División de tareas  =>  Formación de jerarquías => Estratificación social => Control Social => Represión


Ecología, austeridad y hedonismo. Un apunte sobre necesidades y satisfactores

Carlos Verdaguer Viana-Cárdenas

El concepto de necesidad se refiere intrínsecamente a la interrelación entre el sistema cuerpo-mente de cada ser vivo y el ecosistema del que forma parte y que le provee los recursos para autorregularse (mantener su estabilidad como organismo) y constituye, por tanto, el núcleo de la visión ecológica. Desde este punto de vista, unos elementos del ecosistema constituyen recursos necesarios para otros elementos, es decir, recursos sin los cuales estos segundos elementos pierden su identidad como tales y experimentan transformaciones hacia su disgregación y recomposición. Puede decirse, así, que una cadena trófica está ligada por unas relaciones de necesidad que se inician con la necesidad de energía solar, agua y minerales por parte de la base productiva de la pirámide trófica y van avanzando hasta la necesidad de los organismos descomponedores de disponer de suficiente biomasa muerta que descomponer y reincorporar en forma de minerales y nutrientes al inicio del ciclo.

Desde este punto de vista, la idea de necesidad puede ser objeto de análisis cuantitativo: la pregunta ¿cuánto es suficiente? en relación con cada organismo del sistema puede ser contestada identificando las variables fundamentales que precisa para automantenerse y los umbrales máximos y mínimos para cada variable por encima o debajo de los cuales ese automantenimiento no es posible y la integridad-identidad del organismo desaparece.

La idea de umbral máximo, desde la perspectiva ecológica, adquiere una importancia fundamental, sobre todo de cara a la visión antrópica de necesidad en su versión más extrema acuñada por la sociedad de consumo, que ha privilegiado la atención exclusiva a la superación de los umbrales mínimos. En efecto, frente a una determinada visión mecanicista dominante que, una vez identificado un recurso como necesario, aboga por maximizar su consumo, la visión ecológica permite constatar que la estabilidad de los sistemas depende tanto de sus umbrales máximos como mínimos: el consumo excesivo de un determinado recurso por parte de un determinado organismo se salda en la escasez de dicho recurso en el futuro o, en caso de hipotética abundancia ilimitada del mismo, en el desequilibrio interno del organismo en relación con otras variables: el hartazgo del depredador disminuye su agilidad y lo hace más vulnerable frente a otros depredadores competidores. Esta misma eco-lógica impera en los ecosistemas mismos: el exceso de agua en un determinado suelo genera el arrastre y la lixiviación de sus nutrientes, disminuyendo su fertilidad, o incluso su desaparición como tal suelo. Esto es aplicable incluso en términos abióticos en relación con la geomorfología: una cantidad suficiente de agua puede contribuir a la estabilización de una pendiente mediante la creación de una cubierta vegetal; el exceso puede provocar el deslizamiento y el desplome.

Por otra parte, el conocimiento sobre los mecanismos de reproducción de los seres vivos nos ofrece una idea del concepto de despilfarro desde el punto de vista ecológico: podría asociarse este concepto con la teoría de la estrategia R, según la cual determinados organismos se aseguran la supervivencia como especie mediante la producción de una enorme cantidad de descendientes cuando las probabilidades de subsistencia de cada uno de ellos es muy baja, adoptando la estrategia contraria, la denominada K, consistente en producir muy pocos descendientes y protegerlos al máximo durante su periodo de crecimiento, cuando las condiciones son inversas. En el caso de los mamíferos, por otra parte, la fecundación de un óvulo se lleva a cabo mediante la producción de un número ingente de espermatozoides. Sin embargo, la constatación de que dichas estrategias, en las que parece imperar la desproporción entre medios y fines, son en realidad las que el sistema determinado precisa exactamente para su supervivencia, permite reinterpretar el aparente despilfarro como necesidad, es decir, como adecuación entre el organismo y las condiciones particulares del medio. Por otra parte, tal como señala Monod, esta heterogeneidad de estrategias es debida al carácter intrínsecamente azaroso (estocástico) del proceso de evolución de las especies, no a una necesidad en el sentido teleológico, tal como pretenden las visiones religioso-deterministas.

Cuanto más evolucionado el organismo, es decir, cuanto mayor es su complejidad sistémica, mayor es el abanico de necesidades que presenta, es decir, mayor es el número de recursos que necesita para su subsistencia y más heterogéneas las fuentes a las que debe acudir para satisfacerlos. Así, los requisitos del sistema nervioso de los mamíferos introducen nuevas necesidades que se superponen a las exclusivamente fisioquímicas del sistema vegetativo. Estas nuevas necesidades se controlan a través del sistema neuronal mediante los mecanismos de placer y dolor, que, al multiplicar el número de niveles y formas de interrelación del organismo con su medio, incrementa enormemente su versatilidad y su flexibilidad y, por tanto, su capacidad de adaptación a situaciones y estados diferentes. Existe así una relación directa entre capacidad de adaptación y abanico de necesidades: el precio de la flexibilidad es un incremento de la necesidad.


Alberto Acosta: decrecimiento y democracia

La salida del capitalismo ya ha empezado

André Gorz

Traducción y revisión de Florent Marcellesi y Lara Pérez Dueñas

Poco antes de darse muerte, André Gorz envió a la revista ecorev este artículo. Escrito en julio del 2007, en él, Gorz constata que el sistema está en permanente crisis, y analiza de forma muy original lo que él entiende que es su principal causa, vaticinando la salida del capitalismo e interrogándose sobre si esta salida será bárbara o civilizada

La cuestión de la salida del capitalismo nunca ha sido tan de actualidad: se plantea hoy de una manera novedosa y con la necesidad urgente de una radicalidad nueva. Debido a su propio desarrollo, el capitalismo ha alcanzado un límite interno y externo que es incapaz de superar y que le convierte en un sistema que sobrevive gracias a subterfugios a la crisis de sus categorías fundamentales: el trabajo, el valor, el capital.

La crisis del sistema se manifiesta tanto a nivel macro-económico como a nivel micro-económico. La principal causa es el cambio radical tecno-científico que introduce una ruptura en el desarrollo del capitalismo y arruina, con sus repercusiones, la base de su poder y su capacidad para reproducirse. Intentaré analizar esta crisis primero bajo la perspectiva macro-económica [1], y segundo a través de sus efectos en el funcionamiento y la gestión de las empresas [2].

La informatización y la robotización han permitido producir cada vez más mercancías con cada vez menos trabajo. El coste del trabajo por unidad de producto no ha dejado de disminuir y el precio de los productos tiende a bajar. Sin embargo, cuanto más disminuye la cantidad de trabajo para una producción particular, más tiene que aumentar el valor producido por trabajador -su productividad- para que la masa de beneficio no disminuya. Obtenemos por tanto esta paradoja aparente : cuanto más aumenta la productividad, más tiene que aumentar ésta para evitar que el volumen de beneficio disminuya. La carrera hacia la productividad tiende a acelerarse, los recursos humanos a reducirse, la presión sobre el personal a endurecerse, el nivel y la masa salarial a disminuir. El sistema evoluciona hacia un límite interno donde la producción y la inversión en la producción dejan de ser lo suficiente rentables.

Las cifras prueban que se ha alcanzado este límite. La acumulación productiva de capital productivo no ha dejado de experimentar una regresión. En los Estados-Unidos, las 500 empresas del índice Standard & Poor'fs disponen de 631 millones de millones de reservas líquidas ; la mitad de los beneficios de las empresas americanas proviene de operaciones en los mercados financieros. En Francia, la inversión productiva de las empresas del CAC 40 ni siquiera aumenta cuando sus beneficios se multiplican.

Puesto que la producción ya no es capaz de valorizar todos los capitales acumulados, una parte creciente de ellos se queda bajo la forma de capital financiero. Se constituye una industria financiera que no deja de refinar el arte de hacer dinero comprando y vendiendo solamente diversas formas de dinero. El dinero mismo es la única mercancía que produce la   industria financiera   a través de operaciones cada vez más arriesgadas y cada vez menos controlables en los mercados financieros. La masa de capital que la industria financiera drena y gestiona supera desde luego la masa de capital que valoriza la economía real (el total de los activos financieros representa 160.000 millones de millones de dólares, es decir de tres a cuatro veces el PIB mundial). El “valor” de este capital es puramente ficticio ; descansa en gran parte sobre el endeudamiento y el “good will”, es decir sobre anticipaciones : la Bolsa capitaliza el crecimiento futuro, los beneficios futuros de las empresas, el futuro alza de los precios inmobiliarios, las ganancias que podrán aportar las reestructuraciones, fusiones, concentraciones, etc.. Las cotizaciones de la Bolsa se hinchan de capitales y de sus plus-valías futuras : los bancos incitan a las familias a comprar (entre otras cosas) acciones y certificados de inversión inmobiliaria, a acelerar así el alza de las cotizaciones, a pedir prestado a sus bancos importes crecientes en la medida que aumenta su capital ficticio bursátil.


Debates sobre desarrollo y bienestar desde la economía feminista

Yolanda Jubeto Ruíz - Revista Pueblos


El término “bienestar” se ha elaborado a partir del expolio de los recursos naturales, de la esclavitud de los miserables del mundo, de la devaluación de las mujeres, del uso intolerable de los niños y niñas –como productos y mano de obra barata– y de la utilización de la fuerza bélica irracional. (Marilyn Waring, 1994) [1]

Esta reflexión tan inspiradora de la economista y agricultora neozelandesa Marilyn Waring recoge de forma escueta y clara una crítica profunda al sistema económico capitalista que es compartida por muchas economistas feministas que llevan décadas denunciando la utilización fraudulenta de conceptos como “bienestar”, “desarrollo”, o “progreso”.

Siendo conscientes de que la economía feminista es un concepto amplio y diverso, puesto que igual que no existe un único feminismo tampoco existe una única visión de la economía, sí podemos partir de algunos elementos comunes sobre los que reflexiona y hace propuestas que resultan muy significativos en estos debates, para pasar a centrarnos en aquellos que son críticos con este sistema expoliador.

En primer lugar, la economía feminista es consciente de que muchos de los supuestos y metodologías que utilizan las escuelas de pensamiento económico más influyentes, y predominantemente la teoría económica hegemónica, la neoclásica, tienen un fuerte sesgo de género, ya que han considerado como universales e imparciales normas masculinas burguesas y etnocéntricas.

Esta visión androcéntrica de la economía ha condicionado las categorías analíticas básicas utilizadas (desde el concepto de trabajo vinculado exclusivamente con el empleo, el de actividad con la participación en el mercado, el de la unidad doméstica con un espacio en armonía, hasta el de bienestar y desarrollo vinculados a la maximización de la utilidad y al crecimiento del Producto Interior Bruto). Por ello, la economía feminista ha realizado una revisión crítica de los contenidos del pensamiento económico, haciendo hincapié en la invisibilización de muchas actividades desarrolladas históricamente por mujeres que han sido relegadas a la esfera de lo “no económico”.

Asimismo, ha subrayado la discriminación a la que deben hacer frente las mujeres en la esfera socio-económica (tanto en la productiva doméstica, en la de cuidados, como en la del trabajo mercantil), como en la esfera política (niveles de participación en los procesos de toma de decisiones políticas que influyen directamente en nuestras condiciones de vida), y ha apostado por nuevas categorías analíticas no androcéntricas, que contribuyan a visualizar y valorizar las experiencias y actividades desarrolladas a lo largo de la historia primordialmente por mujeres.

Este esfuerzo por superar las fronteras impuestas sobre “lo económico” [2] afecta directamente a las políticas públicas, puesto que el pensamiento dicotómico sobre lo que es objeto de análisis de la economía y lo considerado extra-económico impacta directamente en lo que debe ser abordado por la política pública y lo que se puede “excluir” de la actuación pública.


Desarrollo, decrecimiento y economía verde

Florent Marcellesi

La protesta ante el crecimiento económico y del productivismo es un fundamento de la ecología política. No es posible un crecimiento económico en un planeta finito donde los recursos son por definición limitados. Según los ecologistas, nuestros modos de vida son perjudiciales tanto para los recursos naturales y ecosistemas como para la cohesión social y los individuos. Por lo tanto, hace falta reflexionar sobre un nuevo modelo de desarrollo basado en una verdadera sostenibilidad y la justicia global.

1. SALIR DEL DOGMA DEL CRECIMIENTO Y DEL PRODUCTIVISMO

El sistema socio-económico actual, apoyándose en las ideologías dominantes dentro de las izquierdas y de las derechas, sigue esperando con paciencia el regreso del crecimiento económico que permitirá, según las diferentes teorías, conseguir el pleno empleo y el bienestar social (1). Sin embargo, este planteamiento no toma en cuenta el carácter finito de la Tierra que le impide soportar un desarrollo económico que supere la capacidad de carga de los ecosistemas (2).

Además, a pesar de vivir en un mundo tecnológicamente cada vez más eficiente, asistimos a un aumento de la presión sobre los ecosistemas y del consumo energético. Esto debilita la teoría productivista, que afirma que la cantidad de recursos naturales requerida por unidad de producto disminuye con el progreso técnico. El aumento general de la brecha entre pobres y ricos contradice también la dudosa teoría según la cual el crecimiento económico es capaz de reducir las desigualdades y de reforzar la cohesión social (3). Estos errores teóricos se materializan en el cálculo actual de la “riqueza de la nación” a través del PIB (4), herramienta parcial que sólo suma las riquezas llamadas productivas y no el conjunto de las riquezas sociales y ecológicas (5).

El desarrollo reciente de conceptos como la huella ecológica (6) o la deuda ecológica (7) pone en evidencia que los modelos socio-económicos vigentes no son viables a largo plazo. Además de ser insostenibles, tampoco son justos, ya que actualmente un 20% de la población mundial (de los países del Norte) consume el 80% de los recursos planetarios. La reflexión ecológica no se puede desvincular por lo tanto de una reflexión social sobre el reparto justo de los recursos naturales. En otras palabras, la justicia global tiene relación directa con el espacio ecológico ocupado tanto por los países mal-llamados “desarrollados” como por las elites de los países del Sur.

Esta situación viene provocada por varios siglos de un sistema capitalista y productivista basado en la acumulación y la explotación de los ecosistemas. Sin embargo, no tenemos que olvidar que, más allá del capitalismo, es la ideología productivista dominante la que está arruinando el planeta. El conjunto de los productivismos mantienen una fe ciega en el progreso tecnológico y en la dominación del ser humano sobre la Naturaleza. En este sentido, la construcción de un nuevo modelo de desarrollo supera la cuestión de la propiedad de los medios de producción y del reparto de las riquezas producidas. Más allá de la lucha entre capital y trabajo, es crucial la cuestión del sentido, la calidad y la finalidad de la producción.


Dialéctica del cénit y el ocaso

Miguel Amorós

El capitalismo ha alcanzado su cenit, ha traspasado el umbral a partir del cual las medidas para preservarlo aceleran su autodestrucción. Ya no puede presentarse como la única alternativa al caos; es el caos y lo será cada vez más. Durante los años sesenta y setenta del pasado siglo, un puñado de economistas disconformes y pioneros de la ecología social constataron la imposibilidad del crecimiento infinito con los recursos finitos del planeta, especialmente los energéticos, es decir, señalaron los límites externos del capitalismo.

La ciencia y la tecnología podrían ampliar esos límites, pero no suprimirlos, originando de paso nuevos problemas a un ritmo mucho mayor que aquél al que habían arreglado los viejos. Tal constatación negaba el elemento clave de la política estatal de posguerra, el desarrollismo, la idea de que el desarrollo económico bastaba para resolver la cuestión social, pero también negaba el eje sobre el que pivotaba el socialismo, la creencia en un futuro justo e igualitario gracias al desarrollo indefinido de las fuerzas productivas dirigidas por los representantes del proletariado. Además, el desarrollismo tenía contrapartidas indeseables: la destrucción de los hábitat naturales y los suelos, la artificialización del territorio, la contaminación, el calentamiento global, el agujero de la capa de ozono, el agotamiento de los acuíferos, el deterioro de la vida en medio urbano y la anomia social. El crecimiento de las fuerzas productivas ponía de relieve su carácter destructivo cada vez más preponderante.

La fe en el progreso hacía aguas; el desarrollo material esterilizaba el terreno de la libertad y amenazaba la supervivencia. La revelación de que una sociedad libre no vendría jamás de la mano de una clase directora, que mediante un uso racional del saber científico y técnico multiplicase la producción e inaugurara una época de abundancia donde todos quedaran ahítos, no era más que una consecuencia de la crítica de la función socialmente regresiva de la ciencia y la tecnología, o sea, del cuestionamiento de la idea de progreso. Pero el progresismo no era solamente un dogma burgués, era la característica principal de la doctrina proletaria. La crítica del progreso implicaba pues el final no sólo de la ideología burguesa sino de la obrerista. La solución a las desigualdades e injusticias no radicaba precisamente en un progresismo de nuevo cuño, en otra idea del progreso depurada de contradicciones.

Como dijo Jaime Semprun, cuando el barco se hunde, lo importante no es disponer de una teoría correcta de la navegación, sino saber cómo fabricar con rapidez una balsa de troncos. Aprender a cultivar un huerto como recomendó Voltaire, a fabricar pan o a construir un molino como desean los neorrurales podría ser más importante que conocer la obra de Marx, la de Bakunin o la de la Internacional Situacionista. Eso significa que los problemas provocados por el desarrollismo no pueden acomodarse en el ámbito del saber especulativo y de la ideología porque son menos teóricos que prácticos, y, por consiguiente, la crítica tiene que encaminarse hacia la praxis. En ese estado de urgencia, el cómo vivir en un régimen no capitalista deja de ser una cuestión para la utopía para devenir el más realista de los planteamientos.

Si la libertad depende de la desaparición de las burocracias y del Estado, del desmantelamiento de la producción industrial, de la abolición del trabajo asalariado, de la reapropiación de los conocimientos antiguos y del retorno a la agricultura tradicional, o sea, de un proceso radical de descentralización, desindustrialización y desurbanización debutando con la reapropiación del territorio, el sujeto capaz de llevar adelante esa inmensa tarea no puede ser aquél cuyos intereses permanecían asociados al crecimiento, a la acumulación incesante de capital, a la extensión de la jerarquía, a la expansión de la industria y a la urbanización generalizada. Un ser colectivo a la altura de esa misión no podría formarse en la disputa de una parte de las plusvalías del sistema sino a partir de la deserción misma, encontrando en la lucha por separarse la fuerza necesaria para constituirse.


Salir de la sociedad de crecimiento es salir de las dinámicas de desigualdad

José Bellver entrevista a Serge Latouche en Diagonal

DIAGONAL: ¿Qué relación hay entre la idea de decrecimiento y la crítica del concepto de desarrollo?

SERGE LATOUCHE: ‘Desarrollo’ y ‘crecimiento’ son dos palabras que suelen utilizarse indistintamente, aunque existan matices. Generalmente, cuando hablamos de ‘desarrollo’ pensamos en los países del Sur, mientras que cuando hablamos de ’crecimiento’ nos referimos más bien a los países del Norte, pero en cualquier caso es siempre la misma lógica de la acumulación, de la utilidad. Después de la caída del muro de Berlín, se pone en marcha lo que llamamos la mundialización, es decir, la mercantilización del mundo: el mercado único con un pensamiento único. Y entonces, en ese momento, el desarrollo, como un proyecto del Norte hacia al Sur, pierde su sentido ya que sólo hay una economía de mercado: es la lógica del mercado la que es la misma en todas partes.

Y curiosamente, el desarrollo no desaparece del horizonte: retoma una nueva vida con la adición del adjetivo "sostenible", porque al mismo tiempo el mundo está unificado pero es alcanzado por la crisis ecológica. Y para afrontar la crisis ecológica sin modificar fundamentalmente el funcionamiento del sistema encontramos esta estrategia verbal, esta extraordinaria invención lingüística del “desarrollo sostenible”, un bonito oxímoron. Es para oponerse al “desarrollo sostenible”, que se convertía en la ideología dominante de la globalización, para lo que hemos utilizado este eslogan de “decrecimiento”. Este concepto refleja que lo que está en cuestión es la sociedad del crecimiento, la cual hay que volver a cuestionarse para no caer en la trampa de “otro crecimiento”, como los expertos en desarrollo caían en la trampa de “otro desarrollo”.

D.: Cuando hablamos de decrecimiento suele pensarse que se trata de invertir el problema ecológico sin prestar suficiente atención a las desigualdades sociales. ¿Es así?

S.L.: No, la sociedad de crecimiento es una sociedad de desigualdades. La dinámica del crecimiento es la dinámica de las desigualdades sociales. Siempre ha estado ligado a una dinámica de desigualdades sociales, en parte ocultadas en el Norte durante 30 o 40 años por culpa de la explotación masiva de los recursos naturales de países lejanos, pero ahora podemos ver claramente que, a partir de las primeras crisis de 1974-75, la dinámica de las desigualdades nunca ha sido tan fuerte.

D.: Entonces, ¿este decrecimiento debería producirse de la misma forma en el Sur que en el Norte? ¿Deberíamos decrecer al mismo ritmo en los distintos países del Norte?

S.L.: Claramente no. Detrás del eslogan de decrecimiento y su correspondiente ruptura con la sociedad de crecimiento está la apertura en positivo a proyectos extremadamente diversos que simplemente tienen en común proyectos de sociedad austera, de no ser sociedades de despilfarro, de sobreconsumo, etc. Pero ser una sociedad austera para un país africano quiere decir producir y consumir más, porque no están actualmente en la situación de austeridad, están por debajo de ella. Para nosotros, es evidente que tenemos que producir y consumir menos dependiendo de cada país, incluso entre los países del Norte. Es evidente que el proyecto de una sociedad de decrecimiento es una etiqueta que constituye todavía un proyecto por definir. Es un proyecto esencialmente político. Corresponde a la sociedad, de la forma más democráticamente posible, decidir lo que quiere hacer y lo que quiere producir y consumir, respetando siempre los equilibrios de la naturaleza. En ese sentido existe un enorme terreno para desarrollar.

D.: ¿Qué líneas podrían definir la práctica del decrecimiento? ¿Podría tratarse de un ‘keynesianismo verde’ o de ‘New Deal Verde’?

S.L.: De ninguna forma. Porque el ‘New Deal Verde’ es también típicamente otro oxímoron, es decir, el deseo de no querer salir de la lógica del sistema, de volver a parchear el sistema. Podemos precisar lo que yo llamaría “los fundamentos de la sociedad de decrecimiento” en negativo con respecto a la sociedad de crecimiento. Es lo que he tratado de formalizar a través del círculo virtuoso de las ocho ‘R’: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar, reciclar. Más allá, esto nos da un horizonte suficientemente ancho, pero en el seno de este horizonte, la etapa ulterior depende de cada sociedad. Esto es, de qué programa político concreto nos dotamos para avanzar hacia ese horizonte de una sociedad de anticrecimiento o de no crecimiento y de democracia ecológica.

D.: En un contexto de crisis, la palabra ‘decrecimiento’ puede estar asociada a la pérdida de empleos.

S.L.: Es cierto, pero es al contrario. El decrecimiento, a diferencia del crecimiento negativo o de la crisis, consiste precisamente en salir de esa lógica que condena, de forma obligatoria, a destruir el planeta para crear empleos. A través del decrecimiento, al contrario, crearíamos empleos salvando al planeta; no sólo porque lo reparamos, sino también porque al reducir nuestro consumo, tendremos que producir menos, y teniendo que producir menos, tendremos que trabajar menos. Así, trabajamos menos, pero trabajamos todos. Lo primero que tenemos que repartir es el trabajo, frente al sistema totalmente absurdo en el que hoy vivimos, en el que incluso en Francia hemos suprimido las 35 horas y los trabajadores hacen 40, 50 o incluso 60 horas, mientras que otras personas que querrían trabajar un poco, no pueden hacerlo. Por otra parte, otras propuestas del decrecimiento, como el regreso a una agricultura tradicional y ecológica conllevará la creación de millones de empleos en este sector. La utilización de energías renovables también los creará, al igual que el sector de la reparación y del reciclaje. Algunos incluso piensan que llegaremos a una situación invertida en la que existirán demasiados empleos y faltará mano de obra, porque evidentemente, al no utilizar más el extraordinario potencial energético del petróleo (no hay que olvidar que un bidón de 30 litros de petróleo es el equivalente del trabajo de un obrero durante cinco años), por lo tanto, si ya no nos queda petróleo habrá que trabajar más. Pero tampoco tendremos que trabajar mucho más, porque reduciremos nuestras necesidades, las cuales trataremos de satisfacer sin trabajar demasiado porque también es muy importante no trabajar demasiado. Trabajar demasiado es muy malo.

D.: La idea de decrecimiento parece estar atrayendo la atención de cada vez más gente.

S.L.: Esto es algo que he constatado, es un hecho, aunque hayamos partido de la nada. El motivo es que, como decían Marx y Engels, los hechos son testarudos. Nos enfrentamos a verdaderos problemas y, como decía Lincoln, se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo: en este sentido, por ejemplo, todos los días estamos viendo noticias sobre el cambio climático, la desertificación, etc. Podemos seguir diciendo alegremente que la ciencia resuelve todos los problemas, pero podemos comprobar que la ciencia no ha resuelto nada sobre estas cuestiones. Por lo tanto las personas se están haciendo cada vez más preguntas y buscan alternativas porque están inquietas por ellas mismas, por sus hijos, etc. Y cuando ven todo lo que pasa y oyen lo del decrecimiento se dicen a sí mismos: “En el fondo estas personas tienen razón: es cierto que no podemos crecer indefinidamente en un planeta que es finito, lo que proponen es de sentido común”. Estas son reacciones con las que nos encontramos todos los días.

D.: Carlos Taibo acaba de publicar En defensa del decrecimiento, en el que advierte seriamente acerca del peligro de que pueda surgir una especie de “ecofascismo”. ¿Las opciones se limitan por tanto a decrecimiento o barbarie, tal como titula su libro Paul Ariès?

S.L.: Me temo que así es. Las opciones son: decrecimiento, fin del mundo y barbarie. Y de hecho tampoco tienen porque ser opciones absolutamente exclusivas: la barbarie puede ser la antesala del fin o la amenaza del final puede conllevar la barbarie… Si no logramos construir una sociedad de decrecimiento, de sobriedad voluntaria, basada en una autolimitación, iremos efectivamente hacia la barbarie. Porque la gestión de un medioambiente degradado por parte del capitalismo sólo puede darse mediante una transformación del capitalismo en una forma de autoritarismo extremamente violento, duro, que de hecho ha sido bastante bien explorado por la ciencia-ficción.

La hoguera del decrecimiento

Miki - Decrece Madrid

Hace poco oí que alguien explicaba el decrecimiento mediante el tamaño de la hoguera. Aunque no pude encontrar nada en internet (nada, que no hay link) sí que recuerdo el ejemplo:

En una hoguera grande, la gente hace un círculo grande y se separan las unas de las otras. Si no, se queman debido al abrasador calor que desprenden kilos y kilos de madera ardiendo. Si acaso, tienen relación con aquellos que están a su lado. Si la hoguera es pequeña, la gente se aproxima al fuego, hace un círculo más pequeño. El calor es reconfortante, con poca madera varias personas se mantienen calientes. Al ser pequeño el círculo, las personas puede mirarse a la cara, sonreírse, contar chistes, tener una conversación común, sentir, después de todo, que están en un grupo y forman parte de él.

El ejemplo me recordó a las palabras de un familiar mío, muy de derechas él, que recordaba con sereno anhelo un tiempo en el que las cosas eran distintas y él era más feliz:

Recuerdo cuando, con las ascuas de la chimenea, calentábamos el brasero que poníamos debajo de la mesa-camilla. Cenábamos todos juntos y, antes de irnos a dormir, mi madre cogía del brasero las brasas que aún daban calor y las metía en una plancha hueca de metal, con la que calentábamos las camas. Recuerdo que era una época feliz, en la que no aspirábamos a tener más, porque las cosas eran así. Aprovechábamos todo lo que consumíamos, le dábamos varios usos, vivíamos con poco, era una vida sin grandes lujos pero éramos una gran familia y éramos felices.

Este profundo sentimiento de recogimiento, de sencillez, de calor… contrasta claramente con el sentimiento de prisa, de falta de tiempo, de permanente necesidad de más y más, de compras desbocadas, de envoltorios y sobras que acaban en el cubo, de grandes bolsas de basura, de estrés, lujo y desigualdades sociales, de tiempos convulsos… El ser humano no es así, nunca ha sido así. De hecho, siempre ha sido sencillo, salvo unos pocos que ostentaban riqueza y acumulación (nobles, reyes y obispos) y que, a pesar de ser minoría, adquieren un papel protagonista en nuestra imagen de la historia.

El decrecimiento no es algo extravagante. Es simplemente vivir mejor. En el sobreconsumo (donde consumimos y nos consumimos más rápidamente), está claro que “vivir mejor” es necesariamente “vivir mejor con menos”, pues no hay otra opción. En países explotados por los países sobreconsumidores, “vivir mejor” puede ser “vivir mejor con más”, pero los eslóganes “vivir mejor con más” y “vivir mejor con menos” se acabar sustituyendo por “vivir sencillamente bien”.

Pero la sociedad del decrecimiento no tiene por qué ser estática. Cómo combinar el dinamismo tranquilo, la innovación creativa y la alegría, con la simplicidad, el no aspirar a más y el recogimiento reconfortante de lo sencillo es la clave para que la humanidad alcance unos modos de vida que puedan llevar todas las personas del mundo durante un número infinito de generaciones. Tan sólo así podremos vivir bien y justamente. Es una aventura necesaria, trepidante y llena de aprendizaje y desaprendizaje… es el camino a una vida que merezca la pena ser vivida.

Entropía, recursos naturales y economía ecológica

Jorge RiechmannTratar de comprender, tratar de ayudar

Ha caracterizado a la doctrina económica convencional una irresponsable despreocupación por el sustrato material, biofísico, sobre el que se construyen las economías humanas. Buena muestra de ello son dos creencias que, a modo de incuestionados axiomas, subyacen al entero edificio de la mainstream economics: la creencia en que existe una cantidad infinita de recursos naturales, y la creencia en que estos son indefinidamente sustituibles entre sí, y con el capital y el trabajo humanos.


Ninguna de ambas creencias tiene fundamento en la realidad. La primera viene a ser la quintaesencia de lo que Kenneth E. Boulding bautizó como la “economía del cowboy”; habría que rogar a nuestros economistas que se quitasen el sombrero de ala ancha, pues dificulta bastante la visión, y tomasen nota de que la expansión hacia el salvaje Oeste hace ya tiempo que topó con la barrera del Océano Pacífico. En cuanto a la segunda creencia –la sustituibilidad indefinida–, es tan razonable como la actitud de aquel señor del chiste que, al ver que con cierta estufa sus gastos en combustible se reducían a la mitad, se compró otra estufa del mismo tipo convencido de que con dos ¡podría calentar la casa sin combustible alguno!

La crisis ecológico-social ha puesto de manifiesto que semejante despreocupación por el sustrato biofísico sobre el que se apoyan las economías industriales, y la atención prioritaria a los flujos monetarios y el intercambio mercantil, conduce finalmente a tener que pagar un precio trágico (en devastación ambiental, sufrimiento humano y aniquilación de vida).

Desde hace decenios, y con intensidad renovada en los cuatro últimos, se consagran muchos esfuerzos a una reformulación de la teoría económica que sea capaz de dar cuenta de lo que Wendell Berry llamó la Gran Economía: la “economía” de la biosfera, la economía que sostiene la red total de la vida y todo lo que depende de la buena salud de la Tierra y sus ecosistemas. Una parte importante de estos esfuerzos se centran en esclarecer lo que ciencias naturales como la física y la biología tienen que aportar a la ciencia económica: por ejemplo, conocimientos sobre los límites con que topan los sistemas económicos a causa de su inserción en sistemas biofísicos que contienen a los primeros.

Entre los fenómenos y nociones biofísicas esenciales para la comprensión de aquella Gran Economía se encuentran, muy en primer lugar, las leyes de la termodinámica, en especial la segunda (conocida como principio de entropía), o lo que es lo mismo: las constricciones que los principios termodinámicos imponen sobre los procesos socioeconómicos. El gran economista rumano –afincado en EEUU— Nicholas Georgescu-Roegen fue un pionero en la exploración de estas cuestiones a partir de los años sesenta del siglo XX.


Conferencia Internacional sobre decrecimiento en las Américas



Conferencia Internacional sobre decrecimiento en las Américas En Montreal – Quebec – Canadá del 13 al 19 de mayo de 2011

Veinte años después de la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, el acoplamiento del desarrollo sostenible al desarrollo económico requiere una revisión profunda. No ha ofrecido una solución persuasiva a una de las crisis más dramáticas de la historia: ¿cómo evitar el co lapso ecológico al mismo tiempo que mejorar la justicia social y mejorar las perspectivas de la vida? Antes de Rio +20, nuestra conferencia busca desafiar y sobrepasar la agenda del desarrollo sostenible. Una perspectiva de decrecimiento nos ayudará a visualizar y construir hacia un mundo verdaderamente prospero.

A partir de conferencias anteriores sobre el decrecimiento en Paris y Barcelona en 2008 and 2010 respectivamente, la Conferencia de Montreal se centrará en las situaciones particulares y las dinámicas de las Américas. ¿Qué quiere decir decrecimiento por nuestras Américas, con sus situaciones geográficas, culturales, sociales y económicas tan diversas? ¿Cómo pueden los modelos de decrecimiento aplicarse a contextos diferentes, desde el Ártico hasta Tierra del Fuego? ¿Qué significa el decrecimiento para los pueblos indígenas de las Américas y sus aspiraciones por sus tierras y pueblos? ¿Cómo se puede hacer audible, entendible y aceptable para los norteamericanos ricos?.

Esta conferencia reunirá académicos, activistas, ecologistas y pueblos indígenas para discutir las propuestas del buen vivir y decrecimiento, con el fin de fortalecer la construcción de una nueva sociedad y seguir un proceso de descolonización en el norte y el sur.

Contacta en: montreal@degrowth.net.

Más información: Conferencia Internacional sobre decrecimiento en las Américas

Recuerda también: 3 ª Conferencia Internacional sobre Decrecimiento Económico para la Sostenibilidad Ecológica y la Equidad Social (Venecia, del 19 hasta el 23 septiembre de 2012)



Poner en riesgo el planeta sale rentable - Naomi Klein

La economía, siempre política

Fernando Llorente  - Diagonal

Uno de los efectos de la crisis que más desasosiego provoca es que casi todos los discursos políticos han sucumbido a la hegemonía que ha impuesto lo ‘económico’ sobre cualquier otro orden de la realidad. Economía que, además, se autopresenta como un campo meramente científico y técnico –tan así que el Gobierno puede entregarse ya directamente a los llamados ‘tecnócratas’–, una realidad objetiva y contundente cuyas leyes y determinaciones escapan a cualquier control extraeconómico y por supuesto a cualquier deseo social de cambio o utopía.

El más claro síntoma de esta generalizada crisis de ideas, no digamos ya de ideologías, es que incluso los críticos del neoliberalismo no van más allá de un neo o poskeynesianismo y una resistencia numantina en torno a los restos del Estado del bienestar en medio de la tormenta de recortes y ajustes dictada por los sacrosantos mercados. Desmoviliza y causa desaliento contemplar cómo las izquierdas más o menos clásicas y las derechas más o menos neoliberales coinciden en entonar el mismo mantra del crecimiento –aunque sus caminos para llegar a él difieran–, esa vieja promesa de que si desarrollamos más y más las fuerzas productivas... tendremos empleo y seremos felices.

La tragedia y paradoja de este relato economicista heredado del XIX es que en el contexto actual en que se combinan el agotamiento de los recursos energéticos y naturales, la explosión demográfica, el cambio climático y la exacerbación de la competencia internacional, el crecimiento económico de las economías maduras del Norte es injusto, es indeseable y además es imposible.

Quizá deberíamos preguntarnos si el verdadero problema de nuestras economías sea acaso el exceso de riqueza, el exceso de productividad –y por consiguiente de impacto ambiental– y no lo contrario, porque resulta que el mal reparto de la riqueza social y la excesiva acumulación de riqueza en unas pocas manos en forma de capital financiero es lo que se ha convertido en una fuerza destructiva de la economía productiva –y reproductiva–. Desde esta óptica el problema no es de reactivación y crecimiento, sino de reparto de la riqueza, de justicia social, de fiscalidad progresiva que ponga coto y revierta la actual exacción masiva de riqueza de las clases bajas hacia la cúpula del uno por ciento... y esto es política.

Igual que quizá tampoco la recesión económica e incluso la depresión sean el problema porque de hecho es un imperativo ineludible el decrecimiento de las economías que como la nuestra superan con creces la “capacidad de carga” planetaria, la cuestión es sobre qué espaldas se acomete esta reducción del transumo, si sobre las de los pobres como hasta ahora o sobre las de los ricos... y esto también es política. Asimismo el problema no es que haya cinco millones de parados, aún más gente podría y debería liberarse de trabajos alienantes y poco útiles socialmente –incluso destructivos–, el problema es que no hay otras formas de renta social que cubran las necesidades de toda la población aunque de hecho hay riqueza suficiente para todas; el problema también es de reparto del trabajo socialmente necesario, de revalorizar tareas indispensables como las de los cuidados de la vida y de reproducción social… y esto es política.

En definitiva: la gran batalla que se dirime en esta crisis es si la economía de mercado capitalista domina y gobierna a la sociedad, a la naturaleza y a la política –y ya vamos viendo lo que eso significa en cuanto a cancelación de los mejores ideales humanos y a destrucción medioambiental– o si la política, otra política, podrá gobernar y domesticar a la economía, otra economía.


Artículo original: La economía, siempre política

Decrecimiento y poder

Vicente Manzano Arrondo - Sustentabilidades

La idea del decrecimiento toma forma especialmente en la década de los 70, especialmente en torno a posturas asociadas a la economía ecológica (Martínez Alier, 2009). A pesar de su juventud, el concepto decrecimiento está siendo objeto de una notable generación de ideas, debates y controversias. El propio término de-crecer suscita tanta curiosidad como aversión, puesto que se encuentra situado en las antípodas del discurso hegemónico sobre la dinámica social, económica o política.

Desde un caldo de cultivo intelectual afín, el concepto toma forma originalmente asociado a una postura sensible con el destino del planeta como dimensión física y biológica, pero termina siendo complementado por la dimensión social. La esencia del concepto en el imaginario colectivo viene a ser, poco más o menos: es necesario ejercer contención sobre los comportamientos de consumo y modificar los objetivos y procesos de producción, de tal forma que el efecto destructor sobre el medioambiente sea cada vez menor. Este modo de asentar la propuesta del decrecimiento en el imaginario colectivo es contraproducente, puesto que la contención es psicológicamente desagradable.

Considerando el estilo de vida estándar o modélico en estos momentos, la contención se percibe inevitablemente como una acción aversiva, un retroceso en el bienestar, un anquilosamiento en épocas ya superadas, incluso una pérdida de libertad. Es importante, pues, destacar el error conceptual de esta creencia. El decrecimiento es, no sólo una forma respetuosa, lógica y necesaria de estar en el mundo, no sólo se refiere a las dimensiones física, biológica o social, es también un ejercicio de liberación (Lodeiro, 2008), una apuesta por la libertad individual y por la construcción de poder, por lo que transita también por las dimensiones comunitaria e individual.

Desde esa perspectiva se ha elaborado el presente documento, inspirado en dos principios. El primero es ético: del mismo modo que la tradición kantiana establece que toda persona es un fin en si mismo, la boffiana aplica la sentencia al planeta. Si el planeta (por tanto, su biosfera y su humanosfera quedan incluidas) es un fin en sí mismo, la gestión política, social o económica debería ser acorde con la ética planetaria (Boff, 2003). El segundo principio es práctico: teniendo en cuenta la trascendencia de la dimensión simbólica[1], la constancia de que los conceptos atan o liberan, animan o deprimen, llaman a la acción o a la desidia, construyamos conceptos que liberen, que lleven en su esencia el inicio de la acción. Con ambos principios como referentes, propongo en lo que sigue una línea de diez puntos para conceptualizar, comunicar y contagiar el decrecimiento, lo que seguirá con la exposición de algunas ideas en torno al concepto de poder y su relación con este asunto de la sostenibilidad a partir del decrecimiento.

10 puntos sobre decrecimiento sostenible

1. El crecimiento ilimitado en un espacio limitado es imposible

La frase es de perogrullo. Surge de la conciencia de un mecanismo y de un ritmo. El mecanismo queda muy bien expresado por Wackernagel y Rees (1996) al señalar que la Humanosfera toma recursos de la Ecosfera pero le devuelve desechos que ésta se afana en transformar de nuevo en recursos. El ritmo: la velocidad con que la Humanosfera toma recursos y devuelve desechos en superior a la capacidad de ésta para realizar la transformación, es decir, se ha superado la capacidad de carga (Rees, 1996) del planeta para albergar una sociedad que se comporta de tal modo. Este ritmo descabellado se alimenta en la creencia de que no hay límites que lo sometan o que la ciencia tendrá respuestas para la solución de los límites (Espejo, 2008).

La sentencia de que un contexto limitado no puede alimentar un crecimiento ilimitado constituye el nudo rector del famoso Informe de Roma de 1972 (VV.AA., 2006) que disparó la voz de alarma. De cuantos temas se discuten en torno al crecimiento, éste es el que menos energía consume. Salvo algunas voces residuales, existe ya unanimidad práctica o efectiva al respecto. La lógica es que un crecimiento infinito no cabe en un espacio finito (Elizalde, 2009; García, 2007) y que, por tanto, resulta imperiosa instalar lo que Tierno Galván (1975) denominaba conciencia de finitud.

Frente a esta constancia, existe una confianza difusa que más o menos puede expresarse así: “Hemos estado viviendo y creciendo durante toda nuestra historia, con altibajos, crisis y remontadas, nos hemos ido enfrentando a numerosos problemas, la ciencia y la tecnología los ha ido resolviendo, esto que ocurre ahora no es una excepción, saldremos igualmente triunfantes del reto”.

Los acontecimientos contradicen las expectativas sobre la viabilidad del crecimiento ilimitado. Sabemos, por ejemplo, que la contaminación se acumula pues crece con más rapidez que la capacidad del planeta para absorberla, que cada vez hay más personas, más vehículos de motor que recorren más kilómetros, que se agotan las materias primas como el petróleo, el gas, el carbón, etc. Existen ya muchas evidencias, estudios y publicaciones que muestran fuera de toda duda que estamos sometiendo al planeta a una prueba ante la que carece de capacidad de respuesta exitosa. Así pues, las sentencias sobre la situación actual difieren en la intensidad del fenómeno, pero no en su existencia.

Aceptada la sentencia, una de las preguntas más frecuentes en ello es ¿cuándo habrá que parar en esta tendencia de crecimiento continuo.