El filete del señor Reagan

Francisco Román Sánchez Guillén

- ¿Tenemos un acuerdo, señor Reagan?

- Sabes, sé que este filete no existe. Sé que cuando me lo meto en la boca es Matrix la que le está diciendo a mi cerebro. Es bueno y delicioso. Después de nueve años, ¿sabes de qué me doy cuenta? La ignorancia es la felicidad.

- Entonces, tenemos un trato.

- No quiero acordarme de nada. De nada. ¿Entendido? Y quiero ser rico. No sé, alguien importante, como un actor.

- Lo que usted quiera, señor Reagan.


Los ciudadanos occidentales, los ciudadanos del norte, los ciudadanos instalados, seguimos degustando el sabroso filete que el sistema nos ofrece diariamente. Sabemos que realmente no existe, que no es un sabroso filete, que la carne está podrida, contaminada en su origen, que la sangre que gotea es sangre no del animal, sino de nuestros congéneres.

La consumimos en nuestras casas o restaurantes, con cristales traslucidos debidamente ocultos tras preciosas cortinas, que nos impiden o, mejor dicho, nos facilitan no ver lo que sucede fuera, donde hay pobreza, hambre, frío. Muerte.

Nos basta con atender a nuestros propios y pequeños grandes problemas, con ver nuestra propia realidad, diseñada a medida, a través de nuestras asépticas pantallas que nos ofrecen la información que exactamente necesitamos, la que deseamos recibir y la única que podemos digerir.

Pero ese no es nuestro problema, no podemos culparnos por ser quienes somos. Nosotros somos los elegidos, el pueblo designado por nuestro propio dios, o por la genética, o por la Razón, para dominar el mundo. Somos siempre Roma, somos el eterno imperio, que una y otra vez ha ido repartiéndose el planeta y los pueblos inferiores para mantener nuestros privilegios.

¿Cómo vamos a ser todos iguales? Sólo hay que mirar a los individuos de otras razas para percibir su inferioridad, bien en sus rasgos faciales, o en su falta de educación, o en su pobreza congénita.

No podemos renunciar a perder lo que hemos conseguido, aunque haya sido y siga siendo de forma ilegítima. Tenemos derecho a conquistar, colonizar, extraer, roturar, explotar, esquilmar, expoliar y consumirlo todo, porque durante más de quinientos, o quizá incluso mil años, nuestros predecesores lo han venido haciendo y nosotros mismos en este momento seguimos su camino.

Nuestra situación es el resultado de la aplicación de las leyes inmutables de la naturaleza, la ley de la evolución, la ley del más fuerte, las leyes de la oferta y la demanda, la ley de la selva. Somos el magnífico fruto de la evolución humana, los justos vencedores de la lucha por la supervivencia y no podemos avergonzarnos de ello.

Lo importante es seguir la senda del crecimiento, del desarrollo económico, mediante el incremento de la productividad y la competitividad en un mundo debidamente globalizado, donde la mano de obra realice su labor en sus países de origen, con los derechos sociales indispensables para moderar costes de producción, y así llegue a nosotros sólo su resultado, bienes en los que en su código de barras no haya rastro del abuso infligido.

El sistema es estable, sostenible, perfecto. Siempre ha funcionado, y no puede fallar, porque no hay otro sistema posible. No hay otro sistema.

Nuestra Libertad es irrenunciable, y debemos protegerla a través de nuestra Legalidad y nuestras honorables instituciones democráticas, aunque sin olvidar la Fraternidad que debemos mostrar con nuestros vasallos, a través de la caridad y la cooperación al desarrollo.

No obstante, que nadie dude de que si es necesario lucharemos por defender nuestros derechos y mantener la paz y la seguridad en todas las regiones. La Pax Romana.

1 comentario:

  1. Somos el magnífico fruto de la evolución humana, los justos vencedores de la lucha por la supervivencia y no podemos avergonzarnos de ello

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