Más decrecimiento y menos Prozac

Carmen Caravaca Llamas - La razón histórica

Resumen. Este artículo busca abrir la discusión sobre el tema del decrecimiento como alternativa a la actual crisis económica. Precisa para ello, el cuestionamiento de los principales aspectos de su teoría, distinguiendo además, algunos equívocos referentes a esta propuesta. La investigación esboza algunas de las limitaciones y potencialidades que tiene el paradigma del decrecimiento, así como su relación con un cambio de valores sociales y la búsqueda de una mejora de la calidad de vida. Finalmente, se realizan algunas propuestas para desarrollar la ideología perseguida con el decrecimiento.

Sumario:

1) Introducción. 2) El alternativo paradigma económico del decrecimiento. 3) Crecer o decrecer. 3.1) La ética ecológica del crecimiento. 3.2) El crecimiento mata. 3.3) Recuperación de la felicidad social. 4) De la utopía a la práctica del decrecimiento. 4.1) La estructura laborista de la sociedad desde la perspectiva del decrecimiento. 5) Bibliografía.



 Lo superfluo, y no lo necesario,

es lo que hace que se cometan grandes crímenes”

(Aristóteles, La Política).



Introducción.

El crecimiento económico sin frenos, sin limitaciones, sin preocupaciones, es un sistema insostenible para nuestro medio y para ser humano. Aunque actualmente muchos prefieran continuar con el agónico sistema económico, otros opinan que la crisis puede abrir expectativas a nuevas instituciones y hábitos sociales. Es cierto que se presenta una importante elección entre el poder de elegir las consecuencias de una crisis terminal u optar por una oportunidad épica. Algunos partidarios del decrecimiento están convencidos de que la crisis actual constituye una formidable oportunidad para su causa.

El capitalismo genera repetitivamente severas crisis económicas, está condenando a autodestruirse continuamente, y la imposibilidad de perpetuar el actual sistema económico basado en el crecimiento desenfrenado es defendida por muchos estudiosos, entre ellos, Gisbert (2008) quien reivindica una transformación económica de la siguiente manera: “No es posible el crecimiento continuo en un planeta limitado. Cada vez es más claro que estamos superando muchos límites ambientales, por lo que la única estrategia que parece viable a medio y largo plazo, es la del decrecimiento. No hablamos de un concepto en negativo, sería algo así como cuando un río se desborda y todos deseamos que ‘decrezca’ para que las aguas vuelvan a su cauce. Cuanto antes seamos conscientes de la necesidad de desprendernos de un modo de vida inviable, mejor para todos y para el planeta”.

El crecimiento económico actualmente, es un asunto rentable a condición de que el peso y el precio recaigan en la naturaleza, en las generaciones futuras, en la salud de los consumidores, en las condiciones de trabajo de los asalariados y, más aún, en los países del Sur. Por eso, es necesaria una ruptura (Latouche, 2003). Se propone entonces, un cambio de trayectoria basado en otra lógica: el objetivo es una sociedad donde se viva mejor, trabajando y consumiendo menos. En este sentido, el decrecimiento aplicado a una opulenta sociedad occidental no debe ser equivocado con una disminución del nivel de bienestar. Todo lo contrario, como una oportunidad de aumentarlo. Sin embargo, la faceta más importante en la discusión sobre aceptar este nuevo movimiento como viable, recae con las condiciones sociales y culturales que podrían hacer que la transición fuera aceptada y promovida por todos los grupos sociales.

Esta investigación reza como propósito fundamental la presentación de la nueva corriente económica-social perteneciente al decrecimiento como alternativa a la crisis actual a escala mundial, y como forma emergente de un nuevo sistema social de valores que reduzca las consecuencias perjudiciales que recaen, no exclusivamente en el medio ecológico, sino también en la vida humana. De esta forma el decrecimiento también es defendido como un proyecto a nivel político social, que pretende la reducción del consumo, eliminación de las desigualdades y un cambio en el estilo de vida que permita la reconsideración de las necesidades de las personas y por ende, el incremento en el sentido utilitarista, del bienestar social[1]. El artículo termina con la presentación de una recopilación de las estrategias básicas con el objetivo de generar un debate y replanteamiento social de este nuevo movimiento, e impulsar además, el desarrollo del paradigma del decrecimiento para aliviar su principal crítica relativa a su consideración utópica.


1. El alternativo paradigma económico del decrecimiento.


Las nuevas teorías relativas al decrecimiento toman cada vez más fuerza debido a la fuerza de la crisis económica mundial y los recientes movimientos sociales anticapitalistas. Presentan, no sólo una permuta en el modelo productivo, sino también una transformación social, un cambio de conciencia que sobretodo apunta al abandono de las costumbres fútiles de la búsqueda de la felicidad humana, a través del consumismo ilimitado.

El término decrecimiento según explica Martínez Alier (2008), presenta una provocación social con el objetivo de generar el debate sobre la emancipación de una economía autocentrada, pues se trata de romper con los antiguos principios insostenibles del capitalismo económico para generar un sistema que viva de forma adecuada, sus propios recursos. Por ello, plantea el decrecimiento sostenible como “un decrecimiento económico socialmente sostenible”, diferenciando dicha noción del desarrollo sostenible, el cual implica un mayor consumo de los recursos en términos absolutos y un elevado impacto ambiental. Para algunos, como Adams (2006), la gran mayoría de las veces, el desarrollo sostenible continúa siendo el “desarrollo como siempre ha sido, con un reconocimiento efímero y desconcertado de la conveniencia de la sostenibilidad”. En este sentido, tanto las ideologías protectoras del desarrollo sustentable, como el desarrollo social, desarrollo humano…, sólo han constituido un intento más de cambio y han resultado insostenibles una vez más, evidenciando, la situación de desigualdad económica y social, la necesidad de concienciación de la comunidad global, obviando además, los irreparables percances sufridos en el medio natural.


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 Por el contrario, como explican Schneider, Kallis y Martínez-Alier (2010), el decrecimiento sostenible es entendido como una disminución ecuánime de los niveles de consumo y producción, permitiendo entonces, el aumento del bienestar social y el progreso de las condiciones del medio ambiente de forma local y global, tanto a corto como a largo plazo. El decrecimiento, puede entenderse entonces, como un sistema donde priman las variables de: reducción del consumo, cuidado por el ambiente mediante la disminución del uso de los recursos disponibles. De acuerdo con Kerschner (2010), este modelo aparece de forma transitoria hacia un estado estacionario, donde la escala física de la economía se conserve a un nivel paralelo con los límites naturales y que permita la satisfacción de las necesidades básicas de toda la humanidad de forma equitativa.

 Latouche (2009), economista, filósofo y defensor de la ideología del decrecimiento, manifiesta en sus múltiples estudios dedicados a la temática que se trata de “un eslogan político con implicaciones teóricas”. El propósito principal de la consigna del decrecimiento es señalar la renuncia al crecimiento ilimitado. Latouche, plantea que "la consigna del decrecimiento tiene como meta, sobre todo, insistir fuertemente en abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento". En rigor, "convendría más hablar de 'acrecimiento', tal como hablamos de 'ateísmo'". En rigor, convendría hablar de acrecimiento, como se habla de ateísmo, más que de decrecimiento, del abandono de una fe, de una religión, la de la economía, el crecimiento, el progreso y el desarrollo”.


Sin embargo, Latouche (2009), aclara que no se trata de una alternativa concreta, sino de una "matriz que daría lugar a la eclosión de múltiples alternativas”, puesto que “cualquier propuesta concreta o contrapropuesta es a la vez necesaria y problemática". Los seguidores de esta ideología, defienden una disminución del consumo y de la producción de forma controlada y racional, permitiendo a su vez, el respeto por los ecosistemas y por los propios seres humanos.

El decrecimiento, según Alcoberro (2012), “no significa una ruptura con el crecimiento, sino con la ideología de la acumulación. Decrecer quiere decir optar por una revalorización de las cosas y de nuestra relación con el entorno”. No obstante, los principios del decrecimiento no son muy diferentes del clásico paradigma ecologista basado en: reducir, frenar, democratizar y descentralizar (Roszak, 1993). Entre los principales pasos del proceso, destacan los centrados en: la relocalización, en la reducción de la desigualdad y de la producción, etc. No significa entonces, algo muy diferente a la reiteración en que “lo pequeño es hermoso” (Schumacher, 1973).

 
2. ¿Crecer o decrecer?


La nueva corriente del decrecimiento exige un cambio de los valores gobernantes en la sociedad actual. Como explica Ilich (1985) se trata de “vivir de otra manera para vivir mejor”. Es decir, alcanzar el bienestar social mediante el establecimiento de las bases de la ética postmoderna, por ejemplo, primando la competición por la cooperación, el egoísmo por el altruismo, el placer de disfrutar del tiempo libre por la obsesión del trabajo, etc. Se trata de conciliar: economía, medio ambiente y felicidad y, empeñarse en la construcción de “una sociedad basada en la calidad en lugar de la cantidad, en la cooperación más que en la competición, en una humanidad liberada del economismo y que tenga como objetivo la justicia social” (Latouche, 2003).


Los límites físicos del crecimiento económico ya fueron anunciados por Malthus (1968), pero no fue hasta el siglo pasado, cuando el considerado precursor del decrecimiento, Georgescu Roegen (1994), expuso la conexión entre física y economía, dando explicación a la ausencia de la irreversibilidad en la teoría de la economía clásica y, por tanto, la exclusión de los desechos y la contaminación en las transformaciones de la materia y la energía. Consecuentemente, es de urgente necesidad la reducción de los niveles de consumo de recursos y la generación de residuos, para intentar la reducción de la deuda ecológica contraída por los estados más desarrollados y que permita el empleo de estos recursos para la satisfacción de las necesidades básicas de los países del Sur (Hoyos, 2004).

Las corrientes del decrecimiento conservan un debate interno acerca del llamado crecimiento cero, con el fin de librar los agentes expuestos que perturban la conservación del medio. Esto significa el final del capitalismo, como expuso en los años setenta, Gorz (1998). Para ello, propuso la transformación de la economía en dos sentidos: en el Norte un decrecimiento cero, material y enérgico, socialmente aceptado, y en el Sur un crecimiento “de otra manera”. Todos los sectores económicos se verían notablemente perturbados como consecuencia del nuevo sistema, -excepto el informático ya que asegura, que su carga ecológica no es demasiada pesada-, puesto que algunos debieran crecer, por mencionar algunos: la agricultura orgánica, energía fotovoltaica, y la educación; y otros decrecer, como algunas ingenierías.

 
3. La ética ecológica del crecimiento.


“El modelo de producción y consumo actual es insostenible a escala planetaria” (Bermejo et. al., 2011), si el crecimiento de la población mundial, la industrialización, la contaminación ambiental, la producción de alimentos y el agotamiento de recursos se mantienen, nuestro planeta “alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años” (García, 2007). Es decir, la regeneración de recursos que realiza nuestro planeta ya no puede reparar los daños generados ni saciar la incansable demanda del ser humano, quien convierte más rápidamente los recursos en residuos que la naturaleza en producir o transformarlos nuevamente en recursos. Además, el aumento de la población, y en consecuencia, la extensión de la producción y explotación de los recursos aceleran los impactos medioambientales. El temible pero esperado resultado se trata de la aminoración de la producción industrial y un incontrolable descenso de la población (Meadows, Meadows, Randers y Behrens, 1972).

La ambición del ser humano conduce a la sobreexplotación de los recursos de la Tierra y la producción de numerosos desastres ecológicos, es tema de continuo debate actual. Son muchos estudiosos los que advierten del necesario cambio del sistema productivo. Latouche (2008, 2009), explica por ejemplo, que vivimos por encima del umbral ecológico debido principalmente al empleo insaciable de nuestro patrimonio de los recursos disponibles[2] y a la asistencia del Sur (como minerales, tierras, trabajo y otros recursos para producir bienes que principalmente, consume el Norte). El decrecimiento económico puede ayudar a que el medio natural siempre y cuando sea socialmente sostenible, evitando la generación o la intensificación de una nueva huella ecológica irreparable. Puesto que hasta el momento, según Bauman (2005), “los esfuerzos d eliminación de residuos acaban por arrojar más residuos[3]”.

Una de las más comentadas soluciones para cesar la crisis ecológica, producida por el carácter despilfarrador de las sociedades occidentales, es la “autolimitación”. Riechmann (2008), la expone como un reto de elevada magnitud propuesto por a partir de la gestión global de la demanda en todos los aspectos del consumo de masas, fijando límites a la explotación de la naturaleza y el ejercicio de nuestra actividad consumista. Por otro lado, Hoogendijk (2005) nos habla de la “autolimitación de necesidades”, distinguiendo las necesidades fundamentales o normales (como vestido, alimentación, vivienda, trabajo, sociabilidad/sexo), del resto de necesidades (necesidades de compensar pérdidas, de reparar o de prevenir daños, otras creadas por los desarrollos precedentes. De este modo,

La escasez de recursos naturales que soporta el crecimiento económico, está unida a su potenciación por “preferencias sociales” (Bermejo et. al., 2010). Es decir, cuando en algunos bienes no aparece escasez inmediata pero se transforman en escasos como consecuencia del auge de su demanda. Por ejemplo, la compra-venta del suelo para edificaciones. Hirsch (1984) denomina bienes posicionales a los bienes afectados por esta escasez, además explica que estas circunstancias acarrean una “escasez social pura” y que el mercado es un instrumento inadecuado para la distribución de este tipo de bienes[4].

La ausencia de movilización para el cambio, es criticada por muchos estudiosos que advierten de nuestro final fatalista, pues como expone Diamond (2005), nos posicionamos de forma más próxima a un inminente colapso de la civilización industrial, que culmine en un peligroso riesgo para la propia supervivencia del ser humano. Se reclama por tanto, el nacimiento de un modelo económico-social, basado en el consumo responsable, que no viene a ser otra cosa que austero y ecológico (Bermejo et., al., 2010).


4. El crecimiento mata.


El informe emitido por la Oficina Regional para Europa de la OMS (WHO, 2011) presentaba las consecuencias nocivas de la crisis económica para la salud, puesto que un empleo estable, seguro y con derechos, además de la calidad en las relaciones laborales, el apoyo social en el trabajo y el control sobre la propia tarea, son factores beneficiosos para la salud y configuran el capital social. La pérdida de dichos elementos configura el deterioramiento de la salud de la población. No obstante, algunos estudios han demostrado que la felicidad no siempre aumenta con el aumento del PIB per cápita, por eso no sólo existen razones ecológicas para el decrecimiento. Es más, como exponen Dávila y López-Valcárcel (2009), la mortalidad general aumenta en épocas de expansión y se reduce en momentos de crisis.

Es decir, según Boix (2012), “si el empleo sube, también lo hace la mortalidad, mientras que si aumenta el desempleo, se reduce la mortalidad”. Además presenta algunos de los factores otorgados a este tipo de fenómeno, los cuales son, principalmente, asociados al ámbito del trabajo asalariado:

    Estrés y siniestralidad laboral.
    Presión del tiempo de trabajo y los achaques o perjuicios en la salud correspondientes a las diferentes tipologías de enfermedades laborales.
    Reducción de las horas de sueño y de ocio.
    El karoshi o muerte súbita por exceso de trabajo.
    Detrimento de las relaciones familiares y sociales, por el exceso de trabajo y consecuentemente, la reducción del apoyo social que constituye un elemento integral para la conservación y consecución de la salud de las personas.
    El aumento de la densidad de tráfico[5].
    Incremento del riesgo de muerte en enfermos crónicos por transmisión de enfermedades transmisibles y descenso de la actividad inmunológica asociada al estrés.
    Hábitos menos saludables como más consumo de grasas, incremento del consumo de tabaco y alcohol o reducción del ejercicio físico.
    Mayor contaminación industrial que repercuten directamente en la salud de la población, así como los efectos nocivos del ruido del tráfico y de la producción que provocan por ejemplo, perjuicios en la salud cardiovascular.


Todos estos elementos influyen en el aumento de la mortalidad en épocas de crecimiento, es por ello por lo que se presenta un novedoso estilo de vida mucho más sencillo. Por consiguiente, es fiel el debate en torno al progreso económico como exclusiva fuente de bienestar para la sociedad y con ello, la forzada revisión de las políticas de expansión económica que dejan atrás, el urgente y necesario escudo protector perteneciente a las políticas sociales que alivian el impacto negativo en la salud pública. No obstante, para reducir este fenómeno y evitar los perjuicios en la salud de la población, la Política social se organiza como pieza fundamental de la protección y desamparo del ciudadano a través del desarrollo de programas para la calidad de la vida familiar, educación, sanidad, la calidad del empleo, mejoras en la política salarial, etc., (Boix, 2012). Por ello, la reducción del gasto social como medida de austeridad propuesta para salir de la crisis económica acarreará graves consecuencias sobre la salud de la población, sobretodo en los colectivos más vulnerables.


5. Recuperación de la felicidad social.


La sociedad de consumo lleva implícita la insatisfacción perpetua, la frustración constante por nuestra desconformidad con lo que tenemos, pues el objetivo de la publicidad es crear la necesidad de adquirir bienes y servicios, prometiéndonos una felicidad que llega. Pero una sociedad feliz, no necesita consumir, al menos en la medida de la que estamos acostumbrados. Esta actividad ociosa y desenfrenada nos conduce al paradigma de la acumulación y el derroche. En este sentido, entendemos pues, que la contaminación y la injusticia vienen de la mano y nos encontramos conviviendo en una civilización, como describe Bauman (2005), líquida, es decir, “una civilización del exceso, la superfluidad, el residuo y la destrucción de residuos”.

El decrecimiento se presenta como un utópico proyecto político pero además, como una necesaria y novedosa fórmula para replantearnos de forma vital, el rol social que desempeñamos en el sistema productivo y devolver así, la felicidad a la sociedad, pues expone la idea de recuperar la soberanía y el poder de elección, libre y racional, del ciudadano esclavizado por el consumismo desenfrenado.

En definitiva, la ideología del decrecimiento rechaza el exclusivo planteamiento del crecimiento económico como único factor capaz de alcanzar el bienestar social. Todo lo contrario, motiva hacia el logro de un nuevo reto social: “vivir con menos pero vivir mejor”, pues pretende, como explica Santibáñez Calderón (2012), simplificar la vida y la convivencia entre los ciudadanos, reduciendo la obsesión por comprar, por lo que conlleva a la reducción de las horas de trabajo y el regocijo mayor con el disfrute del tiempo libre. Es decir:

    Promueve una mejor calidad en durabilidad y respeto por el medio de los productos: más durabilidad para reducir la generación de basura y residuos promocionando la reparación y la actualización de los objetos comprados.
    Recuperar la libertad de construir una vida en la que ser, es más importante que tener.
    Fomentar la justicia: al preferir productos provenientes del comercio justo, favorecemos una economía local y solidaria.
    Dejar atrás el individualismo  y hacer conciencia de que nuestras acciones tienen consecuencias en otras personas y en nuestro planeta. En este sentido, se promociona un bienestar colectivo, participando en la vida de la comunidad.


En este sentido, el desarrollo económico, el “comprar por comprar” y “crecer por crecer”, no aumenta la calidad de vida ni genera felicidad social. Sahlins (1893), demuestra que la única sociedad de la abundancia de la historia humana era la del Paleolítico. La razón es que precisamente en esa época, al contrario que lo sucede en es sociedad moderna, el ser humano tenía escasas necesidades, las cuales podían ser satisfechas con tan sólo dos o tres horas de actividad al día, otorgando además, el tiempo restante al esparcimiento y la compañía de los otros.

Como explica Bauman (2005), la sociedad consumista, ha dejado sus víctimas colaterales, “náufragos abandonados en el vacío social”, puesto que en el sistema moderno “no tienen cabida los consumidores fallidos, incompletos o frustrados”. Si nuestro adiestramiento social para ejercer la actividad de “comprar”, engendrado entre otras variables, por la publicidad nos provoca tanto desaliento en nuestra búsqueda de la felicidad, tal vez debiéramos reorganizarnos nuestras preferencias en distribuir nuestro valiosísimo tiempo. Quizás llegará el día en que no necesitemos adquirir todo aquello que se anuncie, por lo tanto, no precisaríamos de cubrir un número ilimitado de horas laborales semanales para ganar más y más, invirtiendo en actividades mucho más placenteras y duraderas que las transacciones económicas: sustentando otro tipo de bienestar.

Morín (1999) habla de la “apestosa cosecha”, como jardines donde “cultivan” y “podan”, es decir, donde "siembran niños", pues en este mundo en crisis, la humanidad también lo está. Por otro lado, se contempla un cambio social para evitar nuestra autodestrucción por medio de la adicción al consumo y el establecimiento de una sociedad “injusta, desigual y regida por el tener y el poder, una cultura de la muerte, una especie en peligro de extinción” (López Calva, 2001).


6. De la utopía a la práctica del decrecimiento.


El sueño utópico del decrecimiento económico como motor de la mejora social, precisa del desarrollo de políticas y programas que alienten y formalicen la ideología perseguida. Las propuestas presentadas a continuación, tienen como objetivo servir de estimulación del debate y la reflexión, más que para ofrecer soluciones definitivas. La adicción al crecimiento está justificada por los factores económicos, sociales y culturales que perpetúan la sociedad capitalista del consumo. Son tres, como explica Latouce (2009), los imprescindibles condicionantes que alargan la agonía consumista:

La publicidad porque es el principal motor que crea el deseo de consumir. Nos estimula el deseo de adquirir lo que no tenemos, y lo que no podemos conseguir, anteponiendo sobretodo, los bienes de alta futilidad a los de alta utilidad, menospreciando lo que ya poseemos y disfrutamos.

El crédito puesto que proporciona los medios para hacer efectivo el consumo. Necesario para hacer consumir a aquellas personas con ingresos insuficientes y permitir a los empresarios invertir sin disponer del capital necesario. Es un potente "dictador" del crecimiento en el Norte y uno de los elementos más destructivos y trágicos en el Sur.

Y por supuesto, la obsolescencia programada[6], también conocida con obsolescencia planificada, la cual renueva constantemente la necesidad de consumir. Nuestro estilo de vida, lleva implícito el consumo, resumido en: comprar, tirar y reemplazar continuamente, promovido básicamente, con la publicidad y la obsolescencia planificada. Puesto que como expresa Bauman (2005) “nada en este mundo está destinado a perdurar, y menos aún a durar siempre. Con escasas excepciones, los objetos útiles e indispensables de hoy en día son los residuos de mañana. Nada es realmente necesario, nada es irremplazable”. La publicidad genera la necesidad de obtener bienes y servicios, curiosamente los más modernos y fútiles productos, bajo la promesa de que proporcionan felicidad y estatus. Sin embargo, la "obsolescencia programada[7]", es causa de la inmediatez del reemplazo de dichas adquisiciones por otras más nuevas, más espectaculares, mas inútiles.

El acercamiento al nuevo paradigma del decrecimiento necesita de un cambio de mentalidad social, una redefinición de los valores culturales. En este sentido, somos, como explica Bauman (2005), “consumidores en una sociedad de consumo. La sociedad de consumo es una sociedad de mercado; todos hacemos compras y estamos en venta; todos somos, de manera alternativa o simultánea, clientes y mercancías”. Advierte que este “uso/consumo” de los productos pronto llegará a extenderse, cuanto menos se habrá conseguido ya, a las relaciones humanas con el mismo proceso que “empieza con la adquisición y termina con la destrucción de residuos”. Es importante para ello, definir los procesos y herramientas democráticos que permitan hacer realidad lo que Riechmann llama la “autogestión colectiva de las necesidades y los medios para su satisfacción” (2005).

El decrecimiento no puede constituirse como forma de imploro al caos, es decir, hay que prevenir un “decrecimiento descontrolado” (Valentín, 2009) para ello, se exige concienciación social y desarrollo de programas efectivos de adaptación: medidas contra el monetarismo, el sistema energético, el modelo de desarrollo y los principios rectores un modelo injusto en escala social, cultural y político.

Latouche (2009), propone un cambio más radical: una revolución cultural, obtenida a través del proyecto del “Círculo de las 8 R”, el cual circunscribe la toma de autonomía en el sentido estricto, etimológico (autonomus, que impone sus propias leyes), en reacción a la heteronomía de la "mano invisible" del mercado y de las imposiciones de la tecnociencia en la sociedad moderna:

Revaluar: Ante la primacía actual del rechazo por la moral y el desenvolvimiento “social” desde una perspectiva individualista y egoísta, se propone la reconquista de los "valores" como la preocupación por la verdad, el sentido de justicia, la responsabilidad, el respeto, la democracia, el elogio de la diferencia o la solidaridad. Formula el cambio de priorizar conceptos, entre otros: el egoísmo por el altruismo, lo global por lo local y la heteronomía por la autonomía.

Reconceptualizar: Los cambios de valores conducen a otra mirada de la realidad, por ejemplo, los conceptos de riqueza, pobreza o de escasez y abundancia. Como explica Illich (2004): "Apropiándose de la naturaleza y haciendo una mercancía, la economía transforma la abundancia natural en escasez a través de la creación artificial de la falta y la necesidad”. Este concepto se aleja de la idea capitalista del mercado, señalando sus herramientas destructivas y otorgando otros valores sociales: "La imaginación del mercado es inconmensurable. Excluye a unos y otros, pone su huella, impone logotipos, marcas, peajes y, después, lo revende "(Maris, 2006).

Reestructurar: Significa la salida del sistema económico del capitalismo y la adaptación del aparato de producción y las relaciones sociales a los nuevos valores sociales.

Redistribuir: dispone de una doble vertiente, pues promociona la reducción del consumo de forma directa, reduciendo el poder y los medios de la "clase consumidora mundial" y de la oligarquía de los grandes depredadores; e indirecta, pues disminuye el llamamiento al consumo ostentoso. Explica que la huella ecológica es un buen instrumento para determinar los derechos de explotación de cada uno, pues ha generado una enorme deuda con los países explotados del Sur.

Relocalizar: es decir, producir a nivel local los bienes esenciales para satisfacer las necesidades de la población, mediante empresas locales financiadas y ahorro recogido localmente. Aunque se trate de la expansión de las ideas ignorando los límites territoriales, los movimientos de mercancías y de capitales deben limitarse a lo indispensable.

Reducir: en el sentido de disminuir el impacto que tienen nuestra manera de producir y consumir en la biosfera, el turismo de masas[8] y el tiempo de trabajo como perspectiva para reducir las tasas de paro. Todo ello con la pretensión social de mejorar la calidad de vida de los individuos.

Reutilizar / Reciclar: Tiene como objetivo reducir el despilfarro de recursos, combatir la obsolescencia programada y aprender a reutilizar o reciclar los recursos disponibles.

Sin embargo, todos sabemos que esta ideología continuará siendo utópica hasta que no se engendre una concienciación social que desarrolle un cambio de valores, el cual llegará cuando se produzca la ruptura con la monótona existencialidad del actual ser humano, reducida a la costumbre de: “vivir para trabajar, trabajar para ganar, y ganar para consumir”, y las personas reorganicen el sistema económico para que la economía se adapte a las necesidades de la sociedad y del medio ambiente, en lugar de que la sociedad y el medio ambiente estén “subyugados a las necesidades de la economía” (NEF, 2012).


7. La estructura laborista de la sociedad desde la perspectiva del decrecimiento.


La situación actual de la economía en recesión, y con ello la última subida del IVA, son en demasiadas ocasiones, justificadas por el escaso nivel de consumo de la población que perjudican el movimiento de la producción y a la vez, limitan la creación de empleo. Consecuentemente, las familias disponen de una renta menor que restringe los niveles de consumo familiar. Todo ello refiere a una supermaquinaria de producción económica que rota alrededor de un mismo eje: la sociedad de consumo.

El motor del crecimiento ilimitado como explica Latouche (2009), es la búsqueda del beneficio de los que retienen el capital, con desastrosas consecuencias para el entorno y la humanidad. Además, la sociedad queda reducida a un instrumento de producción, rechazado por un sistema que lo ignora y la inutiliza, puesto que la simple desaceleración económica, como ocurre hoy en día, produce desasosiego, aumenta las tasas de paro, precipita la renuncia de programas sociales, sanitarios, educativos, culturales y medioambientales que garantizan el mínimo indispensable de calidad de vida. Sin embargo, “tampoco hay nada peor que una sociedad trabajadora sin trabajo”.

El desarrollo, sacrifica tanto la población como su bienestar concreto y local, a favor de los "empresarios del desarrollo", las firmas multinacionales, los dirigentes políticos, los tecnócratas e incluso, las mafias (Ivan Illich, 1985; Serge Latouche, 2009). Por ello, es necesario, como afirma Coote, Franklin y Simms (2010), la elaboración de “un debate nacional acerca de cómo usamos, valoramos y distribuimos el trabajo y el tiempo”.

Uno de los pensamientos novedosos para este tipo de modificación de los valores de la sociedad es el planteamiento de la reducción laboral. Es decir, una semana laboral mucho más corta, un cambio radical a reducir la jornada semanal de 40 a 21 horas, como propone The New Economics Foundation (2012), cambiaría el ritmo de nuestras vidas, reformaría nuestros hábitos y convencionalismos, y alteraría de forma considerable las culturas. Las razones por las que exponen esta modificación de las políticas laborales se pueden clasificar en tres categorías, la cuales reflejan tres fuentes de riqueza o “economías” interdependientes, derivadas de los recursos naturales del planeta, de los recursos, bienes y relaciones humanas, inherentes a la vida de cada una de las personas, y finalmente, de los mercados. Los objetivos presentados por tanto, sería la reducción de las horas de trabajo, “asegurando un salario justo para todos, mejorando las relaciones de género y la calidad de la vida de familia, así como un cambio en las normas y expectativas”. Según explica dicha investigación, estas 21 horas de jornada semanal, podrían ayudar a distribuir de forma homogénea el trabajo remunerado entre la población, reduciendo, entre otras, el malestar asociado al desempleo[9] y el escaso control sobre el tiempo.

A comienzos del siglo XXI esta idea ya fue adelantada por Keynes (1963), quien advirtió que la semana laboral podría ser reducida a 15 horas, pues no necesitaríamos extensas jornadas de trabajo para obtener la suficiente retribución monetaria y con ello, satisfacer nuestras necesidades materiales. Nos centraríamos entonces, en “cómo utilizar nuestra libertad alejados de las preocupaciones económicas apremiantes”. Actualmente, la verdadera utopía del ser humano.



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[1] Entendiendo el bienestar desde la perspectiva de Bermejo, Arto, Hoyos y Garmendia (2010), es decir, “no como un concepto cuantitativo, basado en una acumulación infinita de bienes materiales, sino como un concepto cualitativo donde prime el tiempo de ocio, las relaciones humanas, la equidad, la justicia o la espiritualidad”.

[2] “El consumo de carbón y de petróleo equivale a una biomasa acumulada bajo la corteza terrestre de 100.000 años de fotosíntesis del sol para cada año” (Latouche, 2009).

[3] Los residuos para Bauman son “el secreto oscuro y bochornoso de toda producción” y pueden definirse como “un problema de lo más angustioso y, al mismo tiempo, uno de los secretos más celosamente guardados” de la modernidad.

[4] Según Hirsch (1984), cuando emerge un crecimiento económico, también incrementa la demanda de bienes sujetos a limitaciones sociales, por lo tanto desencadena en una pérdida de su utilidad o en un aumento de la dificultad para su acceso.

[5] “El aumento de la densidad de tráfico en épocas de crecimiento económico explicaría el aumento de la mortalidad por accidentes de tráfico que es una de las asociaciones estadísticas más significativas que se detectan en todos los estudios”.

[6] Latouche (2009) la define como “la caducidad programada de los productos de consumo”. El desarrollo de tipo de planificación, desde la concepción del producto hasta su deshecho, se le llama obsolescencia programada, pues muchos de los productos que compramos están fabricados para que su vida útil sea corta. Por otra parte, Bauman (2005) nos habla de la obsolescencia instantánea, la cual acorta “la distancia entre la novedad y el cubo de basura, recelando de su abuso de la hospitalidad y apresurándose a dejar el campo despejado, con el fin de que nada pueda suponer un obstáculo para los productos culturales de mañana”.

[7] “Programar los objetos para que pronto se vuelvan obsoletos” (Santibáñez Calderón, 2012).

[8] Latouche (2009), explica que la industria ha convertido este deseo en consumo mercantil destructor del medioambiente, de la cultura y del tejido social de los países de destino, por eso se pretende la reducción de las costumbre de desplazamientos a los mismos puntos geográficos, cada vez más lejos, más rápido, más veces (y siempre más barato).

[9] El desempleo, continúa siendo considerado como una lacra social y una vergüenza para aquellos que están en esa situación (NEF, 2012).

1 comentario:

  1. De acuerdo. ?Cómo se podría aprovechar la crisis para conseguir ese objetivo?

    Un saludo

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