Socialdemocracia y decrecimiento

Samuel García Arencibia - Utópico terminando el prólogo

Hace tiempo escribí a sugerencia de mi atento lector Antonio una reflexión sobre mi planteamiento revisionista de la socialdemocracia. Hoy me invitó a hacer una reflexión sobre el decrecimiento. Igual que en la anterior ocasión, lo que iba a ser un comentario de respuesta se ha convertido en un texto largo que traslado a esta parte. Curiosamente ya habíamos pasado en febrero por este asunto. Como repetía Úrsula Iguarán, la “Historia no hace más que dar vueltas”. Me dice:

"Yo creo que mezclas mucho el problema del crecimiento con el problema de la DISTRIBUCION entre la población de ese crecimiento. Además, y por otro lado, la socialdemocracia avanzada (no sé si clásica o moderna) habla, teoriza y manifiesta evidencia empírica sobre crecimiento y desarrollo sostenible, sustentable, perdurable, etc. Sin embargo, los partidarios del decrecimiento, del que supongo que eres admirador y aludes, tienen pendiente la elaboración de demasiada argumentación teoría y, sobre todo, tienen una falta abrumadora de evidencia empírica para darles validez a día hoy. Yo he visto algo de su argumentación teórica (muy poca, lo admito) y me pareció muy, muy verde. No niego en absoluto que puedan conseguirla. Pero tienen que hacerlo. En economía, como en el resto de ciencias, no vale cualquier tesis . Y hay algunas que funden todo."

En mi opinión no se trata de una confusión entre crecimiento y reparto del crecimiento. Se trata de dos críticas diferentes: una crítica clara al reparto del crecimiento y otra igual de clara hacia el mismo crecimiento, por lo menos a una buena parte del crecimiento que hemos sido capaces de propulsar.

La socialdemocracia avanzada no resuelve satisfactoriamente ninguna de las dos cuestiones aunque haya alcanzado grandes logros en su su empeño. Los países escandinavos son los que más caridad practican (aquello del O,7% del PIB para los países del tercer mundo); se podría decir que pueden ser lo más igualitarios en el esquema de generosidad entre pueblos del rico occidental. Sin embargo, participa en los mecanismos de reparto injusto con los países empobrecidos (recomendable las viejas teorías de Samir Amín, recordable que Finlandia hace bien poco ha pedido mayores garantías a España para soltar el rescate (público) a los bancos españoles), que no se solventan con una compensación del 1%, igual que la desigualdad interna en una sociedad no se resolvería si a los grandes patrimonios, las grandes rentas y las grandes sociedades se les aplicase una contribución voluntaria de 1%. Explotación de mano de obra de sus multinacionales, posición de acreedores en la deuda del tercer mundo, comercio en términos injustos, multinacionales automovilísticas, …

Internamente, pueden haber alcanzado unos indicadores de igualdad muy elevados (decilas, Lorenz, Gini), pero no es suficiente. Recuerdo a modo de ejemplo que Amancio Ortega le ha quitado la silla al señor de Ikea como hombre más rico de Europa. Incluso con una progresividad fiscal muy potente o un sector público muy fuerte, son países de boyantes oligarquías familiares como la de la película Celebración de Thomas Vinterberg. Estos ejemplos a mí me dan idea de algún fallo de igualación.

Tampoco resuelve convenientemente el asunto de la contradicción entre economía y ecología. La huella ecológica de esos países es de las más elevadas del mundo, por más que luego respeten su territorio (lo que es más fácil si son unos pocos millones o si su modelo no se basa en el turismo de masas), sus aguas y sus costas estén más protegidas contra vertidos venenosos, gestionen mejor sus residuos, respeten el silencio y la paz, cuiden los bosques, no sean latinos a la hora de presumir de kilómetros de tren de alta velocidad, … Lo que seguramente es así, con otros datos como la importancia del petróleo en Noruega, del uranio en Suecia, de la industria automovilística. Pero el hecho de que su modelo sea más sostenible (e igualitario) no significa que el modelo de tanto coche, tanta carne, tanto viaje sea extensible a los 7 mil millones de personas.




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En mi opinión, el decrecimiento se formula más como una ética de evasión personal a la publicidad, a la moda, al crédito, a las marcas, a la envidia hacia los vecinos, a trabajar más horas extras para tener más rentas para comprar más y de marcas más prestigiosas, a la comida o al ocio basura, al individualismo, … que como un modelo económico. Sin embargo, en la medida que supone una enmienda a la totalidad del comportamiento rutinario capitalista-consumista implica también un ataque frontal a ese modelo; si se generalizase el modo alternativo de vida su fuerza podría arrastrar a otras instituciones de este modelo económico que se considera tan eficaz.

Además, choca contra el modelo ya no en el comportamiento personal sino en la misma sectorización de la producción: es una crítica a la industria armamentística, a las energía fósiles, a la publicidad que Galbraith criticaba en su Sociedad Opulenta, al transporte privado y la industria automovilística (que criticaban Gorz o Sacristán como bien de consumo incompatible con el socialismo), al turismo de obligación social (los decretos sociales de Stuart Mill) de hacer todos los años un viaje a Honolulu, infraestructuras faraónicas, … No hace falta señalar que si se reducen todos esos sectores el PIB se desmorona, decrece. Me resultaría difícil que alguien defendiese esos sectores tal y como se configuran en los países occidentales y en los escandinavos.

Para terminar con esto, no puedo dejar de referirme al modelo de crecimiento español que casi sólo encuentra su camino en la recepción constante de cincuenta millones de turistas y en el lanzamiento periódico de burbujas constructoras, endeudando en paralelo a los actores hasta el cuello, para que venga luego durante las crisis el Estado a salvar a los “demasiado grandes para caer” pisando a los pequeños que han caído. El modelo se completa con muchas infraestructuras públicas insostenibles en la sensatez. El caso del crecimiento español debería hacer pensar a los partidarios del crecimiento por lo menos en la posibilidad de que todos los tipos de crecimiento no son válidos, que es un punto de encuentro con quienes pensamos que algunos sectores de la actividad, o su sobredimensionamiento, de los países occidentales sobra.
En definitiva, el plan se opone a esa regla en la que estaríamos obligados a consumir más para animar la actividad productiva para crear empleo en el que todos tengamos unas rentas salariales (o capitalistas) para poder acceder al consumo. En el fondo parece tan absurda como la idea del neoliberalismo en el que desendeudarse se ha convertido en el objetivo nacional, pues, según el paradigma del PP y del PSOE, si nos desendeudamos nos volverán a financiar una nueva etapa de crecimiento (estúpido como el antecedente).
Pretende al contrario una economía más planificada por el estado o más autónoma de la sociedad civil donde las grandes corporaciones pierdan su poder de dominación, en la que se inviertan los términos y se garantice el acceso a los bienes y servicios básicos a toda la población, sobre todas las cosas.

Puede que tenga razón Antonio, cuando dice que es una propuesta poco teorizada y sin evidencia empírica . Sin embargo, tengo clarísimo que las propuestas muy trilladas y con décadas, siglos y milenios de experiencia no nos ha elevado mucho en la integración de personas, géneros, pueblos y generaciones. Termino con una frase de Silvio Rodríguez que viene muy bien al caso. Decía que él prefería hablar de cosas imposibles porque de lo posible ya se sabe demasiado.

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