Decrecimiento Vital

Carlos Ballesteros GarcíaRevista Cronopio

Crecer o decrecer, esta es la cuestión (económica al menos). Para algunos el crecimiento económico es la fuente de todos los bienes y venturas. Crecimiento implica mayor empleo, mayores ingresos, mas oferta de bienes y servicios, mas libertad. En definitiva la felicidad se obtiene a través del progreso en continuo ascenso. Incluso la posible crítica ecológica que pudiera hacérsele a esta postura es defendida desde la óptica tecnológica: El progreso nos hace ser más limpios al proveernos de más eficaces formas energéticas, de transporte, de comunicación. La huella de carbono, a igualdad de consumo, sería así exponencialmente mas alta cuanto menos desarrollado (económicamente) sea un país, pues a medida que crecemos inventamos coches más limpios, energías menos contaminantes.

En estos últimos tiempos se ha vuelto incluso a traer a la agenda el debate sobre si el cambio climático es real o es una falacia inventada por los críticos de las posturas liberales, defensoras de la autorregulación de los mercados. Con las crisis de corte económico pasa lo mismo. A menudo se justifica la situación de la economía en recesión por no tener niveles de consumo suficientemente altos, que no tiran así de la producción y consecuentemente no se puede crear más empleo, por lo que las familias tienen menos renta disponible para consumir y vuelta a empezar —y además los bancos y entidades financieras no dan crédito—.

Sin embargo hay unas cuantas voces críticas, cada vez más, aunque lamentablemente esto no se pueda decir tanto de los economistas como de otras ramas del saber y entender. Crecer a costa de ensuciar, de dividir, de abrir brechas entre ricos y pobres, dejar que el mercado, teóricamente perfecto y prácticamente muy imperfecto regule y distribuya los flujos de riqueza equitativamente.

En definitiva, hablar de decrecimiento es hablar de Felicidad. Y hablar de felicidad es reconocer que en el mundo seguimos sin enterarnos de lo que hay que hacer para ser feliz. El modelo de desarrollo basado en el crecimiento económico y en el logro personal, en el enriquecimiento personal, no es hoy en día un modelo válido para algunos de nosotros. La idea de que el mundo sería un mejor lugar si cada uno mejorara a nivel individual se ha demostrado errónea, pues que unos estén mejor (los menos) lo es, según este modelo a costa de que otros (los más) estén peor.

El paradigma de que la felicidad vendría por la posesión de objetos y bienes de consumo nos está llevando a una sociedad de la acumulación, la cual nos aboca al derroche, a la contaminación y a la injusticia. El problema de ser rico es la obligación de ser feliz en cada momento. Recuperar la soberanía (alimentaria, pero también productora, consumidora, financiera, energética…) es un primer paso esencial para reconocernos como actores principales en un mercado que, hoy por hoy, parece anclado en un Capitalismo Ilustrado en el que prima el «todo para el consumidor pero sin el consumidor». Recuperar nuestra soberanía, nuestro poder de decisión en la economía cotidiana, nos llevará a plantearnos nuestro rol y nuestro poder para así poder defender y ejercitar otra fórmula para ser feliz: La del decrecimiento.





UN CRECIMIENTO INCONTROLABLE QUE CONTRADICE SU FIN

De la cantidad ingente de datos y temas que se podrían aportar para ilustrar un tema como éste y con el fin de demostrar lo insostenible del modelo de crecimiento vigente, se han elegido tan solo tres grandes temas que dan por si solos la imagen y la magnitud del problema: población; economía, medida en términos de PIB y consumo de energía.

Respecto del primero, los datos del United Census Buerau de Estados Unidos de Norteamérica se explican casi por si solos. En 2050 seremos casi 10.000 millones de habitantes de los cuales cerca del 80% estarán en zonas en desarrollo. Mientras que para que la población mundial se duplicara hubieron de pasar más de mil años, el siglo XX vivió casi dos de estas multiplicaciones: a principios de siglo se calculaba que la población mundial era de 1.650 millones de habitantes y al terminar el siglo se rondaban los 6.300. El crecimiento sigue desbocado pues en apenas 4 años (2007–2011) se ha crecido tanto como en los primeros mil años de nuestra era, llegando a ser ahora mismo 7.000 millones de personas las que vivimos en la Tierra.

No por conocida la cifra deja de ser preocupante. Los cálculos del World Watch Institute, entre otras prestigiosas instituciones ya aproximaban que, si todos y cada uno de esos habitantes pretendieran vivir (o lo que es lo mismo consumir) al nivel que lo hacen los privilegiados del mundo (aproximadamente  un cuarto, o lo que es lo mismo 1.700 millones), harían falta cerca de 4 planetas enteros para poder servir y atender sus necesidades de consumo (WorldWatch, 2005).

Por lo que respecta al crecimiento económico, y a pesar de la coyuntura de crisis que se vive en el mundo desarrollado, es destacable cómo el PIB europeo se ha multiplicado por cinco veces y media de 1820 a 1913, y por siete 7 de 1913 a 2000. En este mismo último periodo, el de Estados Unidos de Norteamérica y Oceanía se multiplicó 14 veces, el de Asia 19 y el de América Latina 24 (lamentablemente, una vez más, no hay datos para África): el multiplicador mundial para esos años fue de 12 (Worldbank, 2011). En definitiva estos datos muestran cómo la riqueza medida en términos estadísticos crece de manera imparable, lo cual a priori parece deseable ya que a mayor abundancia de bienes y servicios, mayor nivel de vida y, según todas las corrientes clásicas, eso termina implicando un mayor bienestar. Sin embargo estos datos deberían contrastarse y/o matizarse con otros de carácter mas críticos que tienen que ver, en primer lugar, con la cantidad de recursos necesarios para aumentar esos niveles de bienestar. Efectivamente, para cumplir con los objetivos fijados en la Cumbre de Copenhague (evitar un calentamiento global de 2ª C para el año 2050) el PIB mundial debería bajar en 3% anual, una reducción del 77% de aquí a 2050. La segunda crítica tiene que ver con la propia composición del PIB que deja de lado en su cálculo externalidades negativas u otras consideraciones tan importantes como las que sí entra a formar parte de él y que al no tener valoración monetaria no son tenidas en cuenta. Se volverá más adelante sobre esto.

En tercer lugar, un buen indicador del crecimiento insostenible es el consumo de energía. En palabras de la UNEP —Programa de las Naciones Unidas para el medioambiente— «Como norma general, el crecimiento económico se relaciona estrechamente con el crecimiento del consumo de la energía, pues, a mayor energía utilizada, mayor crecimiento económico» (GRIDA, 2011) Sin embargo es posible separar el consumo de energía y el crecimiento económico si se entiende que un uso más eficiente de la energía pudiera entrañar crecimiento económico y una reducción en el uso de la misma.

Efectivamente, como se puede ver en el gráfico 2 el incremento del consumo de la energía a nivel mundial en los últimos 50 años ha sido espectacular para todas las fuentes conocidas, especialmente las de origen fósil (petróleo, carbón, gas…). Algunas fuentes incluso llegan a estimar que el consumo de energía en 2030 será un 60% superior al de 2002. (Metz et al, 2008) No obstante, la teoría del «pico del petróleo», que establece que este tipo de fuente energética ya habría llegado a su máximo entrando en una fase de decrecimiento y declive es una interesante proposición a tener en cuenta.

A modo de rápida conclusión de este breve repaso a indicadores de crecimiento, la mayoría de los escenarios de continuidad (business–as–usual, BAU) indican que seguiremos asistiendo a un crecimiento continuo de la población mundial (aunque a niveles más bajos que los previstos hace decenios) y del PIB mundial, especialmente en regiones emergentes como los llamados BRIC (Brasil, Rusia, India, China) lo que hará aumentar considerablemente la demanda de energía y por lo tanto el escenario de crecimiento insostenible parece inevitable.

CRECER O NO CRECER, HE AHÍ EL DILEMA

Todo ecosistema tiene una capacidad limitada llamada «capacidad de sustentación» que si se supera provoca un daño irreversible en él (Harris, 1990 p 104). Esta afirmación es irrefutable y admitida como cierta por todo el mundo ampliándose además con la certeza de que la capacidad de crecimiento de cada ecosistema es igual a la del recurso/factor menos abundante. Sin embargo las consecuencias que de ella se derivan (y las posibles soluciones) sí son mas controvertidas. En efecto, algunos abogan por la expansión geográfica: si el ecosistema no da para mas, ampliemos sus horizontes, sus límites. Incluso con el uso de la fuerza.

Algunos han visto en esta solución la causa última de conflictos bélicos como los de la Guerra del Golfo, Iran, Irak, al relacionarlos con la falta de petróleo o de guerras como las de Georgia y las regiones del sur de Rusia (gas). El agua potable y su acceso ha sido también tradicionalmente fuente de disputas geográficas. La segunda posibilidad es intensificar la producción de recursos (por ejemplo alimentos) haciendo que un mismo número de hectáreas produzcan mas cantidad de recursos, mediante mejoras en el uso de la tecnología (¿tendrá algo que ver en esto el uso de OGM´s —organismos genéticamente modificados—?).

Ambas soluciones, como cualesquiera otras propuestas, no ponen nunca en duda el fin último: crecer. Sin embargo ha habido a lo largo de los últimos 50 años voces críticas a esta meta. Estas voces de disenso de la corriente mayoritaria no son nuevas: en 1972 se redactó el famoso informe Meadows sobre «Los límites del crecimiento»; Amartya Senn ya habló hace unos treinta o cuarenta años de que el desarrollo no era solo una cuestión económica (y de ahí salió la formulación del Índice de Desarrollo Humano); Manfred Max Neef, también en los 70, hablaba del Desarrollo a Escala Humana; los ecologistas llevaban mucho tiempo con eso del Reduce, Reutiliza, Recicla. Más recientemente Carlos Taibo o Sergé Latouche entre otros han difundido esto del decrecimiento como una disminución progresiva y controlada de los niveles de consumo, permitiendo respetar al planeta y a las personas: «Decrecimiento o barbarie» ha dicho este último. En definitiva, un cambio de paradigma.

DECRECIMIENTO PERSONAL COMO FÓRMULA PARA ENCONTRAR LA FELICIDAD

Pues entonces, si de cambio de paradigma se trata, lo que tendremos que fomentar es un cambio de prioridades vitales individuales pasando del «ya que no puedo poseer todo aquello que deseo, me conformaré con lo que tengo» al «puedo vivir mejor si aprendo que la felicidad no viene de la mano de las posesiones, el consumo y el dinero» (Arrizabalaga y Wagman, 1997). La moderación del consumo compulsivo —y no tan compulsivo— sería así una una nueva prioridad: se dice que si los consumidores no gastan, la demanda cae, las empresas no invierten y se produce recesión y desempleo; sin embargo, la moderación en el consumo implica una disminución de horas de trabajo por persona, un incremento del tiempo libre, una redistribución de horas de trabajo y un incremento del empleo. Es necesario pues reivindicar un cambio de hábitos, de pautas, de costumbres. El fomento de un consumo sostenible, de un consumo consciente y responsable es una manera, tan válida como cualquier otra, de conciliar producción y rentabilidad con el respeto por las personas y por el medio. Y un buen comienzo para ello es tomar conciencia de que cada uno de nosotros y nosotras somos corresponsables de los efectos sociales y ecológicos de lo que compramos y consumimos, y actuar en consecuencia.

En este sentido en los últimos tiempos se ha escrito bastante sobre estas cuestiones. Motivos de espacio hacen que sea imposible dar aquí unas pautas de decrecimiento personal tan extensas como el comportamiento cotidiano de las personas requiere. Se ha preferido entonces hacer una breve alusión a tres textos de referencia en dicho sentido, que dan pautas, pistas y reflexiones concretas.

La primera es el libro que Toni Lodeiro escribió en 2008: Consumir Menos, Vivir Mejor (ed. Txalaparta) en el que el autor hace un amplio y exhaustivo repaso de todas las facetas de nuestra vida en las que se puede decrecer: usos de la energía en casa, agua, tesoros en las basuras, comida, limpieza e higiene (¿necesitamos un tipo de champú para cada pelo, diferente del gel de ducha y del jabón de las manos?), hogar (muebles de segunda mano), transporte, crianza de los niños, ocio y viajes, medios de comunicación, dinero ahorros e impuestos. Es un completo manual/catálogo de sugerencias, webs, libros para ejercer este nuevo modo de vivir.

La segunda es Por una vida sobria, de Francesco Gesualdi, fundador y coordinador del Centro Nuovo Modello di Sviluppo en Italia (ed. PPC, 2005). En el se repasa y describe la aventura de un grupo de familias que optan por este modelo de vida, sus dificultades, sus logros, sus preocupaciones y sus aprendizajes.

Por último, de José Eizaguirre: Sobria, honrada y religiosa. Una propuesta para vivir en comunidad (Narcea, 2010). Es una coherente propuesta y una profunda reflexión de un religioso marianista en la búsqueda de nuevos territorios para la misión en y desde esta sociedad de consumo, a partir de valores evangélicos de austeridad, sobriedad y compromiso transformador.

En estas páginas he tratado de esbozar cómo el modelo de desarrollo basado en el crecimiento económico y en el logro personal, en el enriquecimiento personal, no es hoy en día un modelo válido. La idea de que el mundo sería un mejor lugar si cada uno mejorara a nivel individual se ha demostrado errónea, pues que unos estén mejor (los menos) lo es, según este modelo a costa de que otros (los más) estén peor. El paradigma de que la felicidad vendría por la posesión de objetos y bienes de consumo nos está llevando a una sociedad de la acumulación, la cual nos aboca al derroche, a la contaminación y a la injusticia. El problema de ser rico es la obligación de ser feliz en cada momento. Como decía Eduardo Galeano, hay en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los hambrientos comen basura en los basurales; los gordos basura en McDonald’s.

Estoy firmemente convencido de que la transformación del mundo hay que hacerla todos los días con nuestros actos cotidianos. Y consumir y comprar, al menos en esta sociedad que estamos creando, es uno de los más habituales. Creo firmemente que sólo desde el compromiso político, social y económico de todos y cada uno de los ciudadanos del mundo, especialmente de la zona occidental del hemisferio Norte (lo que comúnmente se conoce como «los ricos») se podrá hacer del mundo un sitio más justo y más agradable para vivir.

Sólo desde lo cercano y diario se podrá transformar la realidad. Consumir de forma diferente, haciendo cierto aquello de reduce recicla y reutiliza. Ahorrar haciendo que los ahorros se conviertan en fuente de riqueza para otros. Comprar pensando qué rostro hay detrás de la etiqueta, qué manos han fabricado lo que nos ponemos, lo que comemos. Consumir teniendo en cuanta los ciclos de la naturaleza, los circuitos locales, las personas que fabrican y producen.

Hay otra forma de hacer las cosas, de hacer economía, de transformar el mundo: desde los barrios, los hogares, las personas… Se puede transformar el planeta; desde lo chiquitito y cotidiano no sólo se puede cambiar el mundo, sino que se debe cambiar el mundo.


1 comentario:

  1. Estoy totalmente de acuerdo y hace tiempo que practico. pero mi pregunta es (la he hecho más de una vez) ¿cómo evitar la recesión y todo lo que asociado?

    Un saludo

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