La ilegitimidad de endeudarse a costa de la naturaleza

Inés Marco y Iolanda Fresnillo - Observatorio de la deuda en la globalización

La industrialización y el desarrollo del modelo capitalista han avanzando en el mundo en base a procesos de endeudamiento. El crédito y, por tanto, la deuda son elementos consustanciales al proceso de crecimiento económico. “La pasión que predomina entre los individuos de una economía moderna es convertir la riqueza en deuda, que en el futuro genere un ingreso permanente; convertir la riqueza que es perecedera en deuda, que es perdurable. Una deuda que no se pudre, no tiene gastos de mantenimiento y produce intereses permanentemente” (Daly, 1999).

Desde la perspectiva de los deudores, el objetivo de este endeudamiento es en principio invertir en procesos productivos para generar rendimientos suficientes para, una vez satisfechos los pagos de la deuda, obtener beneficios. Dichos procesos productivos no suelen tener en cuenta su vínculo con el mundo físico. La metáfora de la producción capitalista (Naredo, 2003) oculta un proceso de apropiación de la riqueza, y ha generado un patrón de crecimiento en términos monetarios que obvia los procesos de destrucción de la naturaleza y degradación de las condiciones de vida de las personas. La creación de valor añadido en los procesos de producción no contabiliza los costes reales de dicho proceso, subestima los costes generados durante los procesos de extracción de los recursos así como los costes laborales, y hace invisible los espacios de desarrollo humano. La economía de mercado desplaza sus costes hacia la naturaleza y las clases trabajadoras.

Las deudas, en las que se incurre para fomentar estos procesos de producción, son expresadas en unidades monetarias, que no tienen límites físicos, pues se espera que crezcan de forma exponencial e ilimitada por la acumulación de intereses sobre el capital a retornar. Para hacer frente a su pago, los deudores (sean actores públicos o privados) tendrían que aumentar el rendimiento de los recursos que han tomado prestados de forma exponencial. Estos rendimientos suelen obtenerse mediante procesos de adquisición y extracción de recursos, por lo tanto sí están sujetos a límites físicos y dependen del ritmo de crecimiento de la naturaleza (Daly, 1999). En términos generales, para conseguir los recursos suficientes como para hacer frente a los pagos de las deudas y la acumulación de intereses, los deudores suelen apostar por una o varias de estas cuatro opciones: embarcarse en inversiones especulativas (burbuja inmobiliaria y financiera, que no pueden durar indefinidamente); aumentar la presión sobre los salarios de los trabajadores; incrementar los ritmos de producción y consumo de bienes y servicios; e intensificar los procesos de extracción de los recursos naturales.

En este contexto, emerge una tensión irresoluble entre garantizar el proceso de valorización del capital y garantizar el proceso de sostenimiento de la vida. Un conflicto permanente entre el capital y los trabajos, entre el capital y la vida (Orozco, 2010). Ocurre entonces que, ante la amenaza constante, se desencadenan acciones defensivas de repudio de la deuda para contrarrestarlas. La lógica exige que de algún modo restrinjamos el proceso de acumulación de deuda, limitando el efecto del interés compuesto, o aceptemos ocasionalmente repudios de la deuda como ajustes normales y necesarios para garantizar la defensa de la vida por encima de los derechos comerciales (Daly, 1999)

Históricamente nos encontramos con momentos en los que el endeudamiento se produce a niveles o ritmos más elevados que la capacidad de creación de riqueza, como en la actual crisis, en la que la demanda no es suficiente para los elevados y sobrantes niveles de producción. Esta crisis de sobreproducción, con un estancamiento del consumo (por la pérdida constante de capacidad adquisitiva por parte de las clases trabajadoras), provoca un descenso de los beneficios y, por tanto, mayores dificultades de retornar las deudas acumuladas y mayor necesidad de crédito para hacer frente a gastos y necesidades de inversión. “El modelo económico, desde principios del siglo XXI, había llegado a sus límites (de explotación, de sobreproducción, de tasa de ganancia y límites físicos y ecológicos), y que la burbuja del crédito, que se cita como causa, no es sino una consecuencia más de un sistema en decadencia y que tiene a las crisis como elementos inevitables de su dinámica” (Taifa, 2010).

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La deuda ha sido pues durante décadas una herramienta de dominación y neocolonialismo, que, a través de mecanismos como los descritos en las líneas anteriores, ha transferido del Sur Global al Norte Global ingentes cantidades de riquezas (tanto dinero como recursos naturales). La crisis de la deuda europea nos demuestra que esa transfusión de riqueza no se produce tan sólo entre el Sur y el Norte geopolítico, sino también dentro del centro del sistema, entre las clases populares y trabajadoras y las elites propietarias del capital y los medios de producción.

Extraído del artículo ‘La ilegitimidad de endeudarse a costa de la naturaleza’ escrito por  Inés Marco y Iolanda Fresnillo . Observatorio de la Deuda en la Globalización.

Artículo publicado en el número 42 de la Revista Ecología Política de diciembre de 2011

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