Extinción o decrecimiento

El humorista y cineasta norteamericano Woody Allen, que ha expuesto los puntos de vista de la clase media urbana de los Estados Unidos para tomar distancia,  dijo respecto de la civilización actual globalizada:  “hemos llegado a una bifurcación decisiva. Un camino nos lleva a la extinción de la especie y el otro a la desesperación. Espero que seamos capaces de tomar la decisión correcta”.

El fascismo del fin del mundo

Un desvío lleva a la extinción. El otro genera hambre, guerras, pandemias y que probablemente esté controlado por un poder fascista o totalitario, que ya se está imponiendo como necesidad de corromper y contaminar para obtener beneficios.

Hay, para algunos, una tercera vía: el decrecimiento, la elección consciente de la  sobriedad. Para eso tenemos que crear otra manera de relacionarnos con el mundo, con la naturaleza, con las cosas y los seres que genere felicidad y  pueda ser generalizada. Las sociedades que autolimitan su capacidad para producir también pueden ser alegres y vivir bien con menos bambolla de trastos inútiles y desechables que nosotros.

Los que tenemos algunos años hemos alcanzado a ver cómo se vivía con confianza y tranquilidad,  con las puertas abiertas, sentados a la puerta conversando los adultos y jugando a la pelota los chicos en la calle.  Y aquello, pocos años más tarde, parece otro mundo, un paraíso donde todo estaba al alcance de la mano.

A pesar de las crisis que se suceden, y de que la que atravesamos desde 2008 llegó  para quedarse, el crecimiento global no es negativo por ahora, solo se ha hecho lento pero ya nos preocupa gravemente. No hay crecimiento negativo todavía pero los países de Europa aceptan formas novedosas del autoritarismo del dinero: cambios de gobierno impuestos por los bancos en Italia y Grecia, “corralito”  en España donde a los ahorristas les vendieron bonos “basura” sin advertirlos, amenazas en Irlanda o Portugal, advertencias para Francia y Alemania, represión e imposiciones fuera de la soberanía popular y estatal por todas partes.




Austeridad conciente

Actualmente el crecimiento mundial es del 1 por ciento, lo que implica más o menos cien mil millones de euros para un país chico. Y sigue siendo demasiado para permitir la regeneración de la naturaleza. Pero por mucho que la crisis  provoque efectos parecidos a cierto nivel con el decrecimiento, no es lo mismo que crecimiento negativo.

El decrecimiento es la austeridad consciente, otra forma de relacionarse con las cosas y valorarlas, otra forma de estar en el mundo y vivir. Es el bienestar profundo en armonía y no la obesidad por exceso de comida chatarra ni la dieta forzosa que lleva a la desnutrición y a la muerte. Son grandes las diferencias y es preciso verlas bien. Estamos  a la vista de un problema serio: mantenernos con la mentalidad de las sociedades en crecimiento, pero sin crecimiento. Es decir: una frustración sin válvula de escape.

Para abajo, pero sin querer

Lo que tenemos en medio de la crisis es menos crecimiento debido a la dificultad del capital financiero para realizar activos y llevarse la parte que exige, y consiguiente presión sobre el Tercer Mundo, incluida la Argentina, para permitir la explotación de sus riquezas contaminando y corrompiendo para no mantener la tasa de ganancia.

La sociedad occidental entera sufre la confusión, el paro, el aumento de las diferencias entre ricos   y pobres, la concentración cada vez mayor, el abandono de la salud, la educación, la justicia, entre otras cosas.

Hace casi 40 años André Gorz dijo:  “Esta caída en el crecimiento y la producción que hubiera podido ser buena en otro sistema (menos coches, menos ruido, más aire, jornadas laborales más cortas, etc.) tendrá efectos completamente negativos: la producción contaminante se convertirá en un producto de lujo fuera del alcance de las masas, aunque seguirá estando al alcance de quienes se lo puedan permitir; las desigualdades crecerán, los pobres serán relativamente más pobres y los ricos, más ricos”.

Sarmiento nos da lecciones todavía

La alternativa de Woody Allen se puede cambiar en esta “decrecimiento o barbarie”. Nosotros, en la Argentina, hemos padecido durante mucho tiempo la “civilización o barbarie” como modelo de establecimiento del estado “moderno”. Hoy vemos igualarse aquellos términos porque el crecimiento capitalista amenaza con llevarnos derecho a la barbarie.

El decrecimiento es un cambio de esquemas sociales y mentales, asumir otra lógica, vivir  sobrios y felices, trabajar y consumir menos, producir menos basura y reciclar más.

Evitar la acumulación frenética y gozar del aire, del sol, de la amistad libre y lenta, ser de nuevo alegres sin motivo y disfrutar de cada cosa y con cada persona sin cálculo ni apuro.

El turismo, un ejemplo

La necesidad de viajar, el espíritu de aventura, se ha convertido como todo en una industria: el turismo. Se ha terminado por ofrecer al turista siempre el mismo paisaje  y las mismas diversiones en hoteles siempre iguales, todo “globalizado” y a precios cada vez más bajos.

Las diferencias las ponen los lugareños en la medida en que les permiten aparecer en escena como adorno y en que no están ellos también corrompidos por la industria turística que todo lo ordena para su beneficio.

Pero la escasez de petróleo y el desequilibrio climático han puesto un límite que nos hace pensar en los viajes de antaño. Tenemos noticia de que en otras épocas el viaje se preparaba largamente y se recorría despacio con gran atención cada lugar tomando notas de lo que se veía y aprendiendo si fuera necesario los idiomas locales. Tenemos ejemplos notorios de viajes famosos, aunque demasiado excepcionales para mencionarlos.

Nosotros, por nuestra parte, regresamos cargados de artefactos,  fotos y películas, deslumbrados y desinformados, y olvidamos rápidamente a la espera de otro viaje similar. La finalidad de aprendizaje queda limitada a experiencias que se revelan  manipuladas y lo que sigue a cada regreso es una sensación de frustración.

No a la colonización mental

Para la sociedad en decrecimiento, que es la opción a la barbarie o a la extinción,  se requiere una seria descolonización de las mentes, pero las circunstancias  pueden ayudar a conseguirlo.

En el camino en que estamos metidos, los efectos serán cada vez más negativos:  la producción contaminante se convertirá en un producto de lujo fuera del alcance de las masas, aunque seguirá estando al alcance de quienes se lo puedan permitir; las desigualdades crecerán, los pobres serán relativamente más pobres y los ricos, más ricos.

La sociedad debe eligir vivir con sobriedad como quisieran los que ven surgir los problemas sin solución  de seguir el rumbo actual.

Ya no se podrá viajar 15 días a las antípodas porque la  brevísima edad de oro del consumismo en kilómetros habrá pasado para siempre. Y con él viajes programados que siempre terminan en el desencanto de no haber visto ni hecho lo que deseábamos.

Artículo original: http://www.aimdigital.com.ar/aim/?p=76839


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