Arquitectura y decrecimiento

Alba Carballal Gandoy

El cambio de dirección que supone decrecer se resume fácilmente en una palabra: menos. Menos trabajo, menos materias primas, menos energía. La defensa de un proyecto decrecentista implica, en lo que a consumo y producción se refiere, reducir éstos últimos hasta que nos situemos en unos niveles verdaderamente sostenibles para el planeta. El porqué de la necesidad de decrecer, teniendo en cuenta todo lo dicho hasta el momento, parece obvio: las materias primas más vitales empiezan a escasear, los daños producidos sobre la biosfera comienzan a ser irreparables y vivimos por encima de las posibilidades del planeta. Para ilustrar esta realidad sólo necesitamos un dato: un crecimiento del 2% durante los próximos cincuenta años supondría sobrepasar treinta veces los límites de lo sostenible -que por otro lado, ya hemos dejado atrás mientras que aplicar el modelo decrecentista al 5% durante el mismo periodo de tiempo garantizaría la viabilidad de toda actividad humana.

Las vías de decrecimiento que planteamos -que no son otras que las del más abrumador sentido común- no supone un crecimiento negativo (no se trata de hacer lo mismo pero en menor cantidad) , sino un cambio de paradigma; no es una tragedia sino una enorme oportunidad que todos -pero muy especialmente los arquitectos- debemos aprovechar.

En este sentido, el mítico less is more de Ludwig Mies Van der Rohe vuelve a cobrar vigencia -e incluso se revitaliza- a la luz del planteamiento decrecentista. La solución a los problemas arquitectónicos que se nos plantean es, por suerte, mucho más sencilla de lo que parece, pero para que estas soluciones tan obvias comiencen a efervescer el cambio de paradigma que el decrecimiento plantea ha de cristalizar y cuajar en el imaginario arquitectónico global. Para exponer los cambios que -desde un planteamiento decrecentista- se consideran necesarios en el panorama constructivo de nuestros días vamos a clasificar los problemas de una forma muy elemental que, sin embargo, es capaz de englobar todos los supuestos en los que nos podamos situar.

El primero de estos conjuntos está compuesto por aquellas obras arquitectónicas -edificios, centros cívicos o nuevos espacios urbanos- que simplemente están de más. A estas alturas no es necesario mencionar el gran número de proyectos desproporcionados y vacíos de contenido que caracterizan en gran medida al star system de la arquitectura mundial y que, en una época en la que los recursos escasean, pierden cualquier atisbo de sentido -si es que algún día lo tuvieron. Sin embargo, dentro de la arquitectura "sobrante" no es éste, ni de lejos, el peor de nuestros problemas: el de la vivienda es más grave y, desde luego, mucho más urgente. A grandes rasgos, en el Norte industrializado hay una gran demanda de apartamentos; pero ésta es, paradójicamente, mucho menor que la cantidad de viviendas que continúan vacías. La solución que se da a este conflicto consiste generalmente en la edificación masiva de más bloques de pisos que, a todas luces, son innecesarios e insostenibles. Desde el decrecimiento proponemos abandonar la vía constructiva y adoptar la vía política para resolver esta pugna: no necesitamos más casas, lo que es verdaderamente necesario es que las que están vacías se pongan a disposición de aquéllos que no disponen de una.

Por otro lado, es fácil objetar que hay lugares en los que la demanda de viviendas es real, en el sentido de que éstas no están todavía construidas. En esos casos nos topamos con el segundo bloque de problemas: los edificios que "faltan". Es obvio que la doctrina decrecentista no da una respuesta negativa a las necesidad de hacer habitable un paraje que no propicia un alojamiento digno. Sería absurdo reclamar un programa de decrecimiento en un lugar en el que reina la pobreza. Sin embargo, es necesario un compromiso por parte de los países en vías de desarrollo: tan simple como aprender de los errores relacionados con el consumo excesivo que hemos cometido los países industrializados y asegurarse de no volver a tropezar con ellos.

"[el decrecimiento] no remite a una postura que reclama una renuncia a los placeres de la vida: reivindica, antes bien, una clara recuperación de estos últimos en un escenario marcado, eso sí, por el rechazo de los oropeles del consumo irracional."

Carlos Taibo - En defensa del decrecimiento

Extraído del texto ‘Altius Citius Fortius. El Pritzker de los necios’ escrito por Alba Carballal Gandoy

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