Organismos transgénicos

Moisés Rubio Rosendo - La palabra inquieta

Hace más de diez mil años que el ser humano juega con la genética de los seres vivos, especialmente la de aquellos con los que se alimenta: el cruce y la selección de individuos han sido y son prácticas habituales en la agricultura y la ganadería desde que éstas existen. El resultado es una innumerable variedad de organismos genéticamente modificados (OGM), adaptados al entorno y a las necesidades biológicas y culturales de aquellos grupos humanos que provocaron su modificación.

Como la mayoría de las actividades del ser humano, durante el siglo pasado se fue mejorando una técnica específica que permitía aplicar los nuevos conocimientos científicos y avances tecnológicos a aquella actividad ancestral: la transgenia es un proceso que incorpora secuencias de ADN propias de una planta o animal al material genético de un organismo, adaptando sus características mediante técnicas de ingeniería genética. De esta manera, puede decirse que todos los transgénicos son OGM aunque, por el contrario, no todos los OGM son transgénicos.

Argumentos a favor y en contra.

La paulatina implantación de la transgenia ha venido acompañada de un amplio debate provocado por el rechazo social cristalizado en organizaciones no gubernamentales, grupos ecologistas, colectivos de consumo y parte de la comunidad política y científica.

Quienes defienden el uso de los organismos transgénicos arguyen que pueden mejorarse las proporciones nutritivas de los alimentos, su durabilidad e incluso sus características organolépticas. Defienden además que aumentar la resistencia de determinados cultivos a las inclemencias del tiempo o a los efectos de plagas y enfermedades, supone una mejora en la producción y una disminución del uso de productos químicos y, por tanto, de la exposición de las personas a éstos. Por fin, indican que los productos transgénicos están sometidos a un alto número de controles que garantizan su inocuidad y su seguridad.

Por su parte, quienes se muestran contrarios a la implantación de estos organismos, defienden que si los transgénicos son más rentables económicamente, las variedades tradicionales corren el peligro de ir desapareciendo, perdiéndose parte de la biodiversidad del planeta y poniendo en riesgo la supervivencia del resto de seres vivos. Argumentan además que los genes modificados pueden ir transmitiéndose de manera incontrolada a otros organismos, provocando una “contaminación” genética de consecuencias absolutamente desconocidas. En la misma línea, mantienen que los riesgos de la transgenia no pueden estudiarse en un laboratorio, porque las implicaciones que pueden tener para las personas y el resto de seres vivos son imprevisibles cuando su estudio trasciende las paredes de aquél.

La práctica de la transgenia.

Pero como las palabras se las lleva el viento, nada puede darnos una perspectiva más esclarecedora del asunto que acercarnos a las prácticas habituales en transgenia. Y en este sentido merece la pena destacar dos observaciones. La primera hace referencia a los cereales transgénicos comercializados en la Unión Europea (Ortuño, 2005):



Y la segunda, al porqué de los argumentos de Monsanto para defender el uso de sus productos (Latouche, 2009):  

Un antiguo ministro de Medio Ambiente, buen conocedor del sistema, nos aporta una ilustración relevante que nos excusamos de citar en su integridad:Monsanto aspira en realidad a lo que, en el lenguaje interno, se llamaría la biotech acceptance, la aceptación de los OGM por la sociedad. La firma confió a Wirthlin Worlwide, especialista mundial de la comunicación de empresa, la labor de `encontrar los mecanismos y las herramientas que ayudasen a Monsanto a persuadir a los consumidores por medio de la razón, y a motivarlos por medio de la emoción´. Esta iniciativa -oportunamente bautizada con el nombre de Proyecto Vista- estaba basada en `la detección de sistemas de valor de los consumidores´. Se trataba de establecer a partir de estos datos `una cartografía de las maneras de pensar, con cuatro niveles […]: las ideas preconcebidas, los hechos, los sentimientos y los valores. En los Estados Unidos, los resultados de este estudio condujeron a establecer los mensajes que repercuten en el gran público estadounidense, a saber, la importancia del argumento a favor de los transgénicos: menos pesticidas en sus platos´.”. “Desde entonces, los mensajes se concentran en tres temas principales: los transgénicos permitirían suprimir los pesticidas y nos dotarían de alimentos sanos. Los transgénicos preservarían la calidad de los suelos y la biodiversidad. Los transgénicos estarían concebidos para adaptarse a zonas salinas o áridas: responderían a la sequía en el tercer mundo y se adaptarían a los cambios climáticos. En Francia, esos eslóganes los difunde la asociación Deba por medio de folletos en las escuelas y salas de espera de los médicos”.

Si se tiene en cuenta que las compañías expuestas modifican las semillas para mejorar la comercialización de otros subproductos de la propia empresa (generalmente pesticidas), las conclusiones son claras: cualquier argumentación filantrópica o de carácter ecológico que puedan defender quienes están vinculados al mundo de la transgenia, no son más que estrategias comerciales para maximizar la venta en el mercado, no de aquellos organismos transgénicos que puedan tener cierto interés universal, sino los que producen beneficios a las empresas que los comercializan (1).

La perspectiva antropológica.

Las consecuencias de esta manera de introducir los organismos transgénicos en los circuitos agrícolas y alimenticios no alcanzan sólo a lo estrictamente ecológico, sino que pueden apreciarse también en los modelos de organización social y de legitimación de las estructuras de dominación.

No puede dejar de tenerse en cuenta que el mantenimiento de la biodiversidad es una garantía de supervivencia del grupo humano y de su ecosistema, y que la interacción de aquél con animales y plantas forma parte de un círculo que se retroalimenta de manera continuada y que se halla en permanente cambio: la selección de lo que transforma y se domestica ha estado tradicionalmente en manos de los grupos humanos locales en función de los procesos propios de información, comunicación y toma de decisiones.

Por este motivo es importante señalar que la introducción de organismos transgénicos, más allá del discurso de “conservación de lo tradicional”, tiene consecuencias para millones de personas que dependen del cultivo de variedades locales para su supervivencia, y que ven como las decisiones fundamentales para su adaptación al entorno son tomadas en centros políticos y económicos ajenos y lejanos, perdiendo capacidad de innovación y decisión. Si la modificación genética no responde a un experimento de adaptación local y ha de hacerse con tecnología avanzada en un laboratorio, ¿quién se beneficia del proceso?

Por otro lado, en lo referente a los y las consumidoras, es importante tener en cuenta el alcance de su libertad de decisión, que sólo está garantizada mediante las normas que obligan -al menos en la Unión Europea- a etiquetar cualquier producto que contenga más del 0,9% (2) de sustancias derivadas de organismos transgénicos. En este caso la cuestión más acuciante es que la creciente implantación de los organismos transgénicos y la “contaminación genética” de las explotaciones agrarias y ganaderas y de la naturaleza silvestre van a hacer muy difícil, si no imposible, el acceso a productos y recursos no transgénicos, reduciendo toda posibilidad de decisión sólo a unos u otros productos derivados de transgénicos, sin posibilidad práctica de elegir productos “libres de transgénicos”.

Conclusiones.

El debate sobre los transgénicos es un debate que trasciende cualquier criterio medioambiental y que está manipulado por los grupos de interés relacionados con la producción y distribución de productos transgénicos.

Un posicionamiento coherente en este debate exige profundizar en cuestiones como el equilibrio de la biodiversidad en el planeta y la supervivencia de nuestra especie en escenarios “transgénicos” futuros. Tampoco puede dejarse de lado la cuestión de la legitimidad de los principios y las actividades de las grandes multinacionales vinculadas a la transgenia y con capacidad (fuerza y recursos) para incidir en los organismos de decisión políticos y económicos; organismos que, dicho sea de paso, también pueden ver mermada su legitimidad.

En cualquier caso, parece fundamental poner encima de la mesa la reivindicación de la soberanía de los pueblos y las personas sobre sus territorios, sus recursos y sobre su alimentación.

Referencias.
  • Grupo ETC (2008): ¿De quién es la naturaleza? El poder corporativo y la frontera final en la mercantilización de la vida. Grupo ETC. Ottawa.
  • Koons García, Deborah (2004): ¿Qué hay de comer? (The future of food). Roco Films International. Sausalito.
  • Latouche, Serge (2009): La apuesta por el decrecimiento. Icaria. Barcelona.
  • Lazos Chavero, Elena (2008): La invención de los transgénicos: ¿nuevas relaciones entre naturaleza y cultura? UNAM. México.
  • Ortuño Sánchez, Manuel Francisco (2005): La cara oculta de alimentos y cosméticos. Aiyana. Murcia.
Notas.

(1): Aunque pueda parecer que esta afirmación no está suficientemente fundamentada, es imprescindible tener en cuenta que la UE es uno de los principales mercados del globo y que Monsanto es la primera empresa mundial de semillas y la quinta de agroquímicos.

(2): La razón de ese límite es que se parte del principio de que todos los alimentos están expuestos, al menos en esa cantidad, a los organismos transgénicos.

El decrecimiento ha de ser anticapitalista y organizarse de abajo arriba

Enric Llopis - Rebelión

En 1978 nace Aviat, la primera asociación ecologista de la ciudad de Valencia. Julio García Camarero –ingeniero técnico forestal y doctor en Geografía- es uno de sus fundadores. Tres décadas después, dedica buena parte de su tiempo a divulgar una idea en la que cree firmemente: el decrecimiento. Lo hace mediante charlas y conferencias, y con una trilogía de libros de la que ya ha publicado dos (“El crecimiento mata y genera crisis Terminal” (2009) y “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano” (2010), ambos editados por “Los libros de la Catarata”) y trabaja en un tercero: “El crecimiento mesurado y el desarrollo humano del sur”. García Camarero defiende un decrecimiento compatible con el marxismo, construido de manera horizontal y abiertamente anticapitalista.

¿Qué novedades plantea el decrecimiento respecto al ecologismo tradicional?


Pienso que el fundamento del ecologismo es, en términos generales, observar y denunciar los males que se producen sobre la naturaleza, pero sin detenerse demasiado en considerar las causas, esto es, la explotación del hombre por el hombre, lo que lleva implícito además la explotación de la naturaleza por el hombre. Por esta razón, porque incluye estas premisas, el marxismo me ha interesado siempre. El ecologismo ha criticado muchas veces al marxismo por excesivamente obrerista y productivista, en ocasiones con razón. Pero personalmente defiendo un decrecimiento conectado con el marxismo, que elimine la explotación del hombre por el hombre, el trabajo enajenado, el consumismo y el productivismo. Estas ideas pueden encontrarse en el pensamiento de Marx.

Apuesta por un decrecimiento compatible con el marxismo. ¿También con la socialdemocracia y sindicatos al estilo de CCOO y UGT?


Decrecimiento y socialdemocracia no son compatibles. La socialdemocracia propende al productivismo. En cuanto a los sindicatos, podrían realizar una gran labor para implantar las ideas decrecentistas, pero siempre unos sindicatos que actúen de modo diferente a cómo lo hacen CCOO y UGT. Opino que, en lugar de reivindicar incrementos salariales para aumentar el consumo, deberían apostar por una reducción de la jornada laboral, con el horizonte de que el trabajo se convierta en actividad voluntaria y creativa. Que tenga como fin la realización personal y la calidad de vida de las personas. Valdrían los sindicatos que defendieran estos principios.

Algunas objeciones al decrecimiento. Hay quien subraya que no critica de manera suficiente la propiedad privada de los medios de producción


Es cierto que hay corrientes anglosajonas que ponen el acento en la retirada al campo o a los pueblos, e incluso subrayan vías místicas. Pero una parte significativa de autores sí que realizan esta crítica a la propiedad privada de los medios de producción. La denuncia está implícita cuando se señala que, como mínimo, el 50% de lo que consumimos son pseudonecesidades, dictadas en buena medida por las modas. Y también cuando se critica la obsolescencia programada, es decir, la producción de objetos perecederos a corto plazo con el fin único de que la maquinaria capitalista no deje de funcionar.

También puede objetarse que el decrecimiento puede postularse en los países ricos (en los que hay crecimiento económico) pero no en la periferia del sistema.


Trabajo en estos momentos en un libro que lleva por título “El crecimiento mesurado”. Este sería el concepto idóneo que, en mi opinión, debería aplicarse en los países del sur. Un crecimiento que garantice unos mínimos de calidad de vida sin cometer los mismos errores que en occidente. Se materializaría en centros de enseñanza, hospitales y todas aquellas infraestructuras que sienten las bases para un desarrollo humano.

En uno de sus libros ha abogado por un “decrecimiento feliz”. ¿Sobre qué premisas?


En primer lugar, formulo una distinción entre dos tipos de decrecimiento, que califico como “feliz” e “infeliz”. Este último es el que vemos hoy, con los recortes en sanidad, educación y pensiones en el contexto de la actual crisis. Por el contrario, el decrecimiento “feliz” pretende superar la insatisfacción que genera el consumismo y se vincula además al desarrollo humano. Esta idea no es mía, la desarrolla Manfred Max Neef en el libro “El desarrollo a escala humana”. Este autor explica básicamente que la felicidad consiste en satisfacer las necesidades básicas del ser humano, y distingue 9: afecto, subsistencia, protección, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad.

Un concepto clave para las teorías del decrecimiento es la “huella ecológica”


En efecto. Es el cociente de la división entre la superficie productiva del planeta y el número de personas que lo habitan. El resultado es 1,8 hectáreas por persona. O, lo que es lo mismo, la “huella ecológica” por persona que es capaz de soportar el planeta. Si se supera, se produce un deterioro grave de la naturaleza. Y actualmente la media es de 2,2 hectáreas por persona. Ahora bien, la “huella ecológica” no se distribuye de manera homogénea: la de un ciudadano medio de Estados Unidos es de 5 hectáreas; la de un español, 3 hectáreas; y la de un indio, 0,8 hectáreas. En conclusión, hay quien no ha llegado al límite mientras otros lo superan.

En el actual contexto de crisis, desde la izquierda suele pedirse un keynesianismo basado en aumentar la demanda. ¿Cómo pueden abrirse paso las ideas decrecentistas?


Opino que hay que dar pasos explicándole a la gente la imposibilidad del crecimiento económico por tres razones. Primero, por la huella ecológica, que ya desborda la capacidad del planeta. En segundo lugar, sabemos –por la aplicación del principio de la entropía- que en todo proceso de producción de energía se da un residuo energético, que no es posible reciclar. Y, por último, resulta una auténtica quimera aspirar a un crecimiento ilimitado a partir de recursos limitados.

¿Es posible una sociedad basada globalmente en el decrecimiento o esta idea se plasmaría más bien en núcleos locales o pequeños grupos autogestionarios?


El decrecimiento es totalmente incompatible con el autoritarismo. Ha de construirse, por tanto, de abajo arriba. Es más, se trata de un movimiento de democracia participativa y de acciones horizontales, que pueden ser muy diversas. Como leí una vez que decían unos indígenas de América, “gente pequeña haciendo cosas pequeñas en lugares pequeños pueden cambiar el mundo”. Sin duda, es una reflexión muy sabia.

En tus conferencias insistes en un punto: no se trata de ir contra el consumo, sino contra el consumismo


En efecto. En la década de los 60, por influencia del mayo francés, se formula una crítica radical a la sociedad de consumo, de la que muchos somos herederos. Pero más que contra el consumo, contra lo que hay que luchar es contra el consumismo. Consumir es sano e indispensable, incluso productos sofisticados. Y esto hay decrecentistas que no lo tienen claro. Aspiran sólo a una vida retirada en el campo. En mi opinión, hemos de rescatar el concepto del “vivir bien”, arraigado en las culturas andinas. Y para ello es necesario consumir, eso sí, sin incurrir en el despilfarro ni el derroche.

En tanto se hace camino, ¿Qué iniciativas podrían apuntar en la dirección del decrecimiento?


Hay multitud de pequeñas cosas que pueden ir haciéndose. Por ejemplo, fomentar el trueque, las cooperativas de consumo, huertos urbanos, bancos del tiempo. Iniciativas concretas que permitan huir del dinero y, lo que resulta esencial, salirse del capitalismo. No puede haber decrecimiento sin salirse del capitalismo. Y, para ello, insisto, hemos de abandonar el consumo de pseudonecesidades.

El consumismo potencia un modo de vida esclavo que nos hace creer que somos felices

Entrevista a Carlos Taibo en Noticias de Guipúzcoa

El profesor y escritor Carlos Taibo (Madrid, 1956) habla sobre decrecimiento, un movimiento que va cobrando más fuerza entre personas de diversos perfiles que plantean alternativas a un sistema capitalista que ven obsoleto e inhumano.

Escribe muchos libros, casi uno por año. ¿Investiga mucho o está inspirado por la locura que nos rodea?


Bueno, he escrito muchos, pero bastante relacionados entre sí, o son reediciones, o reelaboraciones de materiales viejos... Recientemente recopilé artículos del año pasado que beben de la discusión sobre las pensiones, la conducta de los sindicatos, la huelga, el plan de ajuste, etc. Ahora acaba de salir El decrecimiento explicado con sencillez (Catarata), es un librito de 130 páginas.

¿Con él pretende acercar más sus teorías a todo el mundo?


Sí, está pensado para gente que aspira a acceder a algo complejo de la mano de argumentos más sencillos.

Parece que muchos caminos llevan a Roma, relacionados entre sí, como los bancos de tiempo, autoproducción, cooperativas de consumo... a la par del decrecentismo.


En realidad lo que llamamos decrecimiento no es una cosa nueva. Es el producto de un amasijo de movimientos e iniciativas que tienen ya un lapsus temporal bastante prolongado. Pero es verdad que el decrecimiento bebe de muchos de esos movimientos que mencionas, y de manera más precisa de la idea de que cada vez es más urgente generar espacios autónomos en los cuales no dominen las reglas de los sistemas que padecemos. Creo que es una vieja idea de cariz libertario, anarquizante.

Precisamente en 2010 publicó Libertari@s. ¿La anarquía sería la fórmula más total para sentirse libre?


En ese libro recogí el adjetivo libertario, aunque la mayor parte de las fuentes de ese pensamiento son anarquistas o anarquizantes. Lo de libertario me parece más interesante porque no reclama una adhesión ideológico-doctrinal. Hay gentes que deciden apostar con descaro por la democracia de base, por la autogestión, que recelan de la delegación del poder, que cuestionan las jerarquías, sin haber leído a Bakunin.

Muchas voces dijeron al desencadenarse esta crisis económica que el sistema capitalista está obsoleto, pero no parece que la clase dirigente esté aplicando otras metodologías. ¿Eso nos aboca a reincidir, en crisis cíclicas?


En efecto. Hay problemas, pero para resolverlos se aplican las mismas terapias que nos condujeron a ellos, con un escenario en términos ético-morales indefendible. Alguien podría decir "bueno, es que hay que reducir el gasto público en sanidad y educación porque es muy alto". No, la mayoría pensamos que es muy bajo, lo que ocurre es que hay que tapar los agujeros que han dejado las operaciones de especulación financiera, bursátil, inmobiliaria registradas en los últimos diez años. Cuando hay beneficios, se privatizan; cuando llegan las pérdidas, en cambio, las pérdidas se socializan.

Televisiones y móviles que se estropean deliberadamente, eficiencia anulada por el consumo... Este sistema es demencial.


Sí, hay una maquinaria para engañarnos, la obsolescencia programada, pero es llamativo que la aceptemos resignados. Nuestros gobernantes no están interesados en frenar esos abusos y las propias asociaciones de consumidores no les prestan particular atención. Por otra parte, cualquiera convendrá que es preferible que utilicemos coches menos contaminantes, pero claro, hay que preguntarse si su elaboración es tan gravosa como la de los convencionales. Y más allá: tenemos que responder si precisamos objetivamente de coches. El primer paso será no utilizarlos, y de hacerlo, que sean lo más ecológicos posibles.

Las armas y las nuevas tecnologías se sofistican mientras miles de personas mueren por desnutrición...


Lo que estamos discutiendo son las presuntas virtudes del crecimiento económico. Decimos que no genera necesariamente cohesión social, que tampoco se traduce en creación de empleo, que aboca en muchas ocasiones a agresiones medioambientales irreversibles, que en los países ricos se asienta en el expolio de los recursos humanos y materiales de los países pobres y en el terreno individual potencia un modo de vida esclavo que nos hace pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos y más bienes consumamos. Disponemos de 20 años lamentables para demostrar que eso no resuelve el escenario de exclusión y pobreza que comentas y nos sitúa ante un abismo medioambiental.

¿Cómo nos salvaría el decrecimiento de los expolios de recursos y las abismales diferencias entre clases?


Creo que está logrando poner en el mapa una actitud cada vez más recelosa hacia las promesas que nos hacen los dirigentes políticos, los economistas y la abrumadora mayoría de los sindicalistas. De forma más precisa, habría que reducir la actividad productiva; en su caso, clausurarla (del automóvil, la militar, la publicidad...). Alguien replicará de inmediato: "Si hacemos eso generaremos millones de parados en la UE". ¿Cómo encarar ese innegable problema? Echaremos mano de dos fórmulas. Una, propiciaremos el desarrollo de las actividades económicas relacionadas con la atención de las necesidades sociales insatisfechas y el respeto del medio natural. Dos, en los sectores económicos convencionales que persistan procederemos a repartir el trabajo. ¿Cuál será la secuela? Trabajaremos muchas menos horas, dispondremos de mucho más tiempo libre y reduciremos nuestros a menudo hilarantes y estúpidos niveles de consumo.

En un mundo dominado por la codicia, eso es difícil.


Sí, aunque hay partes vírgenes en nuestra cabeza que convenientemente estimuladas conducen a conductas distintas. Otorgar primacía a la vida social frente a la lógica frenética de la producción, del consumo; establecer rentas básicas de ciudadanía; recuperar la vida local, frente a la globalización desbocada; restaurar formas de democracia directa y autogestión, y en el terreno individual, pronunciarnos en provecho de la sencillez, la sobriedad. Aunque este no es un proyecto que invite a la infelicidad, hablamos de un incremento sustancial de las relaciones sexuales en una primacía de una vida social alejada del consumo.

Haz el amor y no la guerra, ¿no?


Sí, precisamente la vida que tenemos hoy está marcada por el blanco y negro, pretendemos ampliar el espectro del arco iris.

¿En sus clases en la UAM suele introducir estos términos?


No, porque allí de lo que hablo es una cosa mucho más convencional y técnica, de partidos, de burocracias, de elecciones. En algún caso se presta, pero por lo general la disciplina va por otros caminos.

Pero, ¿sus alumnos se interesan por ello?


Hay una minoría que se interesa, sí.

¿Qué le gustaría transmitir>?


(Medita) Me gustaría transmitir la idea de que lo del decrecimiento es un proyecto provocador, original y que tiene respuestas objetivas a muchos de los problemas que debemos afrontar en este escenario de crisis, frente a lo que es común en los discursos oficiales, que me parece que no hacen otra cosa que volver una y otra vez sobre sí mismos y sus miserias. Creo que no deja indiferente, y que abre un horizonte de reflexión que es cada día más urgente.

Las mentiras de la austeridad

Serge Latouche - Traducción: Carole Charraud - En Diagonal

Original en francés: La double imposture de la rialance

Frente a la sociedad del crecimiento sin crecimiento, el autor plantea una entrada en la sociedad del decrecimiento, o de prosperidad sin crecimiento.


La “ricuperación” es lo que se propuso en la cumbre del G20 de Toronto, un programa que anunció simultáneamente la recuperación y la austeridad. El acuerdo final de esa cumbre se hizo bajo una síntesis errada: la reanudación de la economía controlada por el rigor y la austeridad medida por la recuperación. La ministra de Economía francesa, que no era todavía presidenta del FMI, Christine Lagarde, se arriesgó entonces al neologismo “ricuperación”, una contracción de los términos rigor y recuperación.

1º Rechazo de la austeridad

La crisis griega se inscribe en el contexto más amplio de la crisis del euro y de una crisis de Europa. Y por supuesto de una crisis de la civilización de la sociedad de consumo, una crisis que une crisis financiera, económica, social, cultural y ecológica. Mi convicción es que resolviendo la crisis de Europa y del euro, si no la crisis de la civilización consumista, resolveremos la crisis griega, pero manteniendo Grecia a golpes de préstamos condicionados por curas de austeridad, no salvaremos ni a Grecia, ni a Europa y habremos hundido los pueblos en la desesperación.

Rechazar la austeridad es levantar dos tabúes que son la base de la construcción europea: la inflación y el proteccionismo. Las políticas arancelarias sistemáticas de construcción y reconstrucción del aparato productivo, de defensa de actividades nacionales y de protección social, y las de financiación del déficit presupuestario por un recurso razonado a la emisión de moneda engendrando aquella inflación moderada preconizada por Keynes, acompañaron el crecimiento de las economías occidentales de la posguerra,–a decir verdad el único periodo en la historia moderna en el que las clases trabajadoras gozaron de un bienestar relativo–. Estas dos herramientas fueron proscritas por la contrarrevolución neoliberal.

Como todas las herramientas, el proteccionismo y la inflación pueden tener efectos negativos y perversos –efectos que se observan a día de hoy por su utilización vergonzosa– pero es indispensable recurrir a estos de manera inteligente para resolver socialmente de forma satisfactoria las crisis actuales. Por ello, hoy se necesita probablemente salir del euro, a falta de poderlo corregir. La moneda puede ser un buen servidor, pero siempre será un mal amo. Notamos que la recuperación de la señora Lagarde no es la recuperación productivista de Joseph Stiglitz, es la recuperación de la economía de casino, la de la especulación bursátil e inmobiliaria, esencialmente. Para los gobiernos vigentes, el eslogan “recuperación y austeridad” significa la recuperación para el capital y la austeridad para las poblaciones.

En nombre de la recuperación, ampliamente ilusoria, de la inversión y del empleo, se baja o elimina el producto social y el impuesto sobre beneficio de las empresas. Se renuncia a toda imposición sobre los beneficios bancarios y financieros, mientras que la austeridad asesta un duro golpe a los asalariados y las clases medias e inferiores con descensos de las remuneraciones, reducción de prestaciones sociales, retroceso de la edad de jubilación, etc. Para completarlo y preparar la mítica recuperación, se desmantelan más los servicios públicos y privatizamos de golpe lo que todavía no lo ha sido, con supresión masiva depuestos (enseñanza, salud, etc.).

Asistimos a una extraña competición masoquista de la austeridad. El país A anuncia un descenso de los sueldos de 20%, enseguida, el país B anuncia que lo hará mejor con 30%, mientras que C por no deber nada a nadie se apresura a añadir medidas todavía más rigurosas. Esta política de austeridad estúpida no puede engendrar otra cosa que un ciclo deflacionista que precipitará la crisis que la recuperación puramente especulativa no impedirá; y los Estados, sin substancia, ya no podrán esta vez salvar los bancos a golpes de miles de millones de dólares. El problema,efectivamente, viene dado por el hecho de que en la práctica, la crisis del endeudamiento de los Estados es sólo una parte del problema.

Por lo que concierne a la deuda pública, su anulación correría el peligro de afectar no sólo a bancos y especuladores, sino también directamente o indirectamente a los pequeños ahorradores que confiaron en su Estado y en bancos, que realizaron inversiones complejas a sus espaldas.Una reconversión negociada (lo que equivale a una bancarrota parcial),como ocurrió en Argentina después del desmoronamiento del peso, o después de una auditoria, como propone Eric Toussaint que determine la parte abusiva de la deuda, es sin ninguna duda preferible. En una sociedad de crecimiento sin crecimiento, lo que corresponde más o menos a la situación actual, el Estado está condenado a imponer a los ciudadanos el infierno de la austeridad. Es para evitar eso para lo que es necesario emprender una salida de la sociedad de crecimiento y construir una sociedad de decrecimiento. 

Rechazo de “la recuperación”

Buenos espíritus, como Joseph Stiglitz, preconizan antiguas recetas keynesianas de recuperación del consumo y de inversión para que se reparta el crecimiento. Esta terapia no es deseable. No es deseable, porque el planeta ya no lo puede soportar, no es posible quizás, por el hecho del agotamiento de los recursos naturales. Se trata de salir del imperativo del crecimiento. Dicho de otro modo, de rechazar la búsqueda obsesiva del crecimiento. Ésta no es (y no tiene que serlo) una meta por sí misma; ya que no constituye el medio de suprimir el desempleo. Se debe intentar construir una sociedad de abundancia frugal, o para decirlo como Tim Jackson, de“prosperidad sin crecimiento”.

El primer paso de la transición tendría que ser la búsqueda del pleno empleo con el fin de remediar la miseria de una parte de la población.Esto podría ser realizado gracias a una relocalización sistemática de las actividades útiles, una reconversión progresiva de las actividades parasitarias como la publicidad o dañina como la nuclear y el armamento, y una reducción programada y significativa del tiempo de trabajo. Para lo demás, darle a la máquina de hacer billetes y establecer una inflación controlada (digamos más o menos 5% al año) es lo que preconizamos.

Por supuesto, este hermoso programa es mucho más fácil de anunciar que de realizar. En el caso de Grecia, supone como mínimo salir del euro y restablecer el dracma, probablemente inconvertible, con lo que ello implica: control de los cambios y restablecimiento de las aduanas. El necesario proteccionismo selectivo de aquella estrategia horrorizaría a los peritos de Bruselas y de la Organización Mundial del Comercio. De esta parte se esperarían represalias y tentativas de desestabilización exteriores asociadas con sabotajes de intereses lesionados desde el interior. Este programa parece adía de hoy muy utópico, pero cuando estemos al fondo del marasmo y de la verdadera crisis que nos está acechando, parecerá deseable y realista. 

Conclusión

En la estrategia griega antigua, la catástrofe es la escritura de la estrofa final. Aquí estamos. Un pueblo vota masivamente por un partido socialista cuyo programa era casi socialdemócrata que, sometido a la presión de los mercados financieros, impone una política de austeridad neoliberal obedeciendo a las conminaciones conjuntas de Bruselas y del Fondo Monetario Internacional. El euro impone a Grecia rechazar democráticamente esta imposición, como hizo Islandia. Está claro que en su mayoría, el pueblo griego probablemente no aceptaría, o en cualquier caso no fácilmente, las consecuencias de la rupturas con el euro (repudio por lo menos parcial de la deuda pública, expulsión de Europa, embargo de los países “expoliados”, huida de capitales, etc.). Pero “la sangre y las lágrimas” siguiendo la fórmula de Churchill, ya están aquí, solo que sin esperanza de la victoria. El proyecto del decrecimiento no puede ahorrar esta sangre y aquellas lágrimas, pero al menos, abre la puerta a la esperanza. La única manera de escaparse de eso, lo deseamos ardientemente, sería lograr sacara Europa de la dictadura de los mercados y construir la Europa de la solidaridad, de la convivencia, este cemento del lazo social que Aristóteles llamaba ‘philia’.

Crecimiento económico

Miguel Valencia Mulkay - Ecomunidades

La búsqueda del crecimiento económico se ha convertido desde hace más de medio siglo en el objetivo principal de los gobiernos del mundo, muy por encima de cualquier otro objetivo; es el mantra de todos los días de los políticos modernos. Persistentemente, han alegado  que el crecimiento económico produce empleos, salud, bienestar social y calidad de vida, entre otras fantasías  que no corresponden con la realidad de los últimos 30 años, tanto en los países ricos como en países como México.


A partir de 1975, de acuerdo a muy diversos estudios internacionales,  el crecimiento económico o su simple persecución (se dan caídas del crecimiento y recesiones) ha  provocado un desquiciamiento social y ambiental en virtualmente todos los países del mundo. El aumento de la violencia y el esfuerzo por lograr el crecimiento económico van juntos en México desde hace muchos años: mientras mayores son los esfuerzos para conseguir este crecimiento económico, por medio de: facilidades para la inversión extranjera, construcción de megaproyectos, reducción de impuestos a los mas ricos, privatizaciones, flexibilidad laboral, desmantelamiento de sindicatos y de prestaciones sociales, aumento en el gasto militar y de seguridad interior, mayor es el aumento en la violencia intrafamiliar, escolar, laboral y en la vía pública.


El Libre Comercio ha favorecido principalmente a las actividades criminales, como el tráfico de armas, de personas, de narcóticos, de lavado de dinero. La violencia, al igual que la depredación ecológica, tiene su origen principal en el culto a los mercados, en los dogmas de la escasez, en el pensamiento económico dominante, en la religión de la economía y la finanza, promovida por las grandes universidades de EUA,  por el Tec de Monterrey, el ITAM, el CIDE; mientras este pensamiento económico dominante no cambie seguirá en aumento la violencia en México y en el mundo.  Las sociedades de crecimiento no pueden dejar de buscar el crecimiento, pues cuando entran en crecimiento lento o negativo se magnifican sus desgracias, como es el caso de México. Es necesario romper este dilema infernal, por medio de una política de descrecimiento (no confundir con decrecimiento involuntario), impulsado por una fuerte corriente política que ponga a la Naturaleza y a las culturas muy por encima de las consideraciones económicas.

Reducir la semana laboral para afrontar los retos del siglo XXI


Florent Marcellesi, coordinador de Ecopolítica, y Aniol Esteban, Responsable del área de economía ambiental de la New Economics Foundation. Ambos son miembros del Consejo de Redacción de la revista Ecología Política
Publicado en El Ecologista, nº70, otoño 2011.


El estudio ‘21 horas: Por qué una semana laboral más corta puede ayudarnos a prosperar en el siglo XXI’, que resume este artículo (1), argumenta que liberar tiempo del trabajo remunerado puede ayudar a vivir de forma mucho más sostenible y satisfactoria.


Los retos ecológicos y sociales del siglo XXI nos incitan más que nunca a promover soluciones innovadoras para iniciar la transición hacia un mundo sostenible y equitativo. En este marco, la crisis sistémica es una oportunidad sin precedentes para poner en cuestión algunas ideas del pensamiento actual hasta el momento intocables. La semana laboral de 35-40 horas es una de estas ideas: estructura las sociedades industrializadas en torno a un modelo que nos empuja a trabajar más, para ganar más y consumir más y convierte el tiempo, así como el trabajo, en una mercancía normal y corriente.

Muchos y muchas de nosotros/as consumimos más allá de nuestras posibilidades económicas y más allá de los límites de los recursos naturales, aunque de formas que no mejoran en absoluto nuestro bienestar y felicidad (en España, las tasas de paro y pobreza superan el 20%). Dicho de otro modo, una economía basada en el continuo crecimiento económico y el pleno empleo en los países de ingresos altos, a su vez basados en el trabajo productivo y remunerado a tiempo completo, hace imposible lograr los objetivos urgentes de reducción de emisiones de carbono o de lucha contra las desigualdades cada vez mayores (2).
Por tanto, apostar por la gran transformación significa romper el poder del viejo reloj del trabajo heredado del capitalismo industrial para liberar tiempo para vivir vidas sostenibles, sin añadir nuevas presiones. Siguiendo los pasos del “informe 21 horas” de la New Economics Foundation, consideramos que una semana laboral mucho más corta es uno de los pilares de esta gran transformación socio-ecológica. Aunque la gente podría elegir entre trabajar más horas o menos horas, proponemos que la norma —que el gobierno, el empresariado, los sindicatos, las personas trabajadoras, y la ciudadanía en general esperan— sea una semana laboral de 21 horas (3) o su equivalente distribuido a lo largo del año. De hecho, los experimentos llevados a cabo con un número menor de horas de trabajo, en Francia o Estados Unidos, parecen indicar que, con unas condiciones estables y un salario favorable, esta nueva norma de 21 horas no sólo tiene éxito entre la gente, sino que además puede resultar coherente con la dinámica de una economía baja en carbono.

Asimismo, las razones por las que se proponen las 21 horas semanales se pueden clasificar en tres categorías, que reflejan tres «esferas» interdependientes, o fuentes de riqueza, que derivan 1. de los recursos naturales del planeta, 2. de los recursos, bienes y relaciones humanas 3. de una economía próspera. Estas argumentaciones se basan en la premisa de que debemos reconocer y valorar esas tres esferas y asegurarnos de que funcionan a la vez por el bien de una justicia social y ambiental.

1. Proteger los recursos naturales del planeta.


Avanzar hacia una semana laboral mucho más corta ayudaría a romper el hábito de vivir para trabajar, trabajar para ganar, y ganar para consumir. La gente podría llegar a estar menos atada al consumo intensivo en carbono y más apegada a las relaciones, al ocio (no productivista), y en general a lugares y actividades que absorban menos dinero y más tiempo. Ayudaría a que la sociedad se las arreglara sin un crecimiento tan intensivo en carbono y recursos naturales, y a dejar tiempo para que la gente viva de forma más sostenible. Como lo indica el propio Informe 21 horas (p. 22): “Muchas de nuestras elecciones como consumidores son en nombre de la conveniencia. Compramos comida procesada, platos precocinados, verduras preparadas y empaquetadas, vehículos de motor, billetes de avión, y una serie de aparatos eléctricos porque en principio parece que nos ahorran tiempo. La mayoría de estas compras implican un elevado gasto de energía, carbono, y materiales de desecho. Si pasáramos mucho menos tiempo ganando dinero, tendríamos más tiempo para vivir de forma diferente, y menor necesidad de comprar por la pura conveniencia.”

2. Justicia social y bienestar para todo el mundo.


Una semana laboral «normal» de 21 horas podría ayudar a distribuir el trabajo remunerado de forma más homogénea entre la población, reduciendo el malestar asociado al desempleo, a las largas horas de trabajo y al escaso control sobre el tiempo. Haría posible que tanto el trabajo remunerado como el no remunerado fuera distribuido de forma más igualitaria entre hombres y mujeres; que los padres y madres pudieran pasar más tiempo con sus hijos e hijas y que ese tiempo lo pasaran de forma diferente; que la gente pudiera tener una mejor transición de la actividad remunerada a la jubilación y, en definitiva, tener más tiempo para ocuparse de los demás, de participar en actividades locales, y de hacer otras cosas que sean de la elección de cada uno. De forma crucial, permitiría que la economía «esencial» prosperara gracias a un mayor y mejor uso de los recursos humanos no mercantilizados a la hora de definir y cubrir las necesidades individuales y compartidas.

3. Una economía fuerte y próspera.

Un número menor de horas de trabajo podría ayudar a que la economía se adaptara a las necesidades de la sociedad y el medio ambiente, en vez de que la sociedad y el medio ambiente se vean subyugados a las necesidades de la economía. El mundo empresarial se beneficiaría de que cada vez más mujeres pudieran entrar, a 21 horas semanales, en el mundo laboral; de que los hombres tuvieran una vida más completa y equilibrada; y de que hubiera un menor estrés en el lugar de trabajo asociado con los juegos malabares que supone compaginar el trabajo remunerado y las responsabilidades del hogar. También podría ayudar a poner fin a un modelo de crecimiento económico basado en el crédito, a desarrollar una economía más elástica y adaptable, así como a salvaguardar los recursos públicos de inversión en una estrategia industrial baja en carbono, así como aquellas otras medidas que ayuden a una economía sostenible.

Ahora bien, cambiar de “norma”, es decir ir a contra corriente, no es tarea sencilla. Además de las muy posibles resistencias de las empresas, de las personas trabajadoras y sindicatos o del mundo político, no podemos obviar el riesgo de que la pobreza aumente al reducir el poder adquisitivo de aquellas personas con salarios bajos o de que haya unos pocos puestos de trabajo nuevos ya que la gente que tiene trabajo acepta hacer horas extras. Por otro lado, la propuesta de reducción de la jornada laboral entra dentro de una transición amplia y gradual que afecta a muchos ámbitos a la vez (educación para la sostenibilidad, cambio de modelo productivo, redistribución de las riquezas, reformas democráticas y políticas, etc.).
Por tanto, vemos necesario:

Cambiar las expectativas: en la historia hay muchos ejemplos de normas sociales aparentemente rígidas que cambian muy rápido (el voto de la mujer por ejemplo). Existen algunos signos de condiciones favorables que están empezando a emerger para cambiar las expectativas de lo que sería una semana laboral «normal». Entre los cambios que podrían ayudar se incluyen el desarrollo de una cultura más igualitaria, una mayor concienciación del valor del trabajo no remunerado, un fuerte apoyo gubernamental para actividades no mercantilizadas, y un debate nacional sobre la forma en la que utilizamos, valoramos y distribuimos el trabajo y el tiempo. Por ejemplo, es más que necesario un debate amplio, a nivel estatal y local, sobre lo que definimos como “riqueza”[4] al igual que se empezó, aunque de forma limitada, en Francia (véase los trabajos de la comisión Stiglitz), Reino Unido o en la OCDE (con su indicador del “mejor vivir”).

Lograr un menor número de horas de trabajo: incluyen una reducción gradual de las horas a lo largo de una serie de años en consonancia con los incrementos salariales anuales; un cambio en la forma en que se gestiona el trabajo para desincentivar las horas extras; una formación activa para combatir la falta de aptitudes y para conseguir que las personas que llevan mucho tiempo sin trabajo vuelvan a formar parte del mercado laboral; una gestión de las gastos del empresariado que sirva para recompensar más que para penalizar la contratación de más personal; garantizar una distribución de los bienes más estable e igualitaria; la introducción de regulaciones para normalizar las horas que promuevan acuerdos flexibles a los trabajadores, como por ejemplo el trabajo compartido, ampliaciones de excedencias por cuidados y años sabáticos; así como una mayor y mejor protección para los autónomos contra los efectos de los salarios bajos, muchas horas de trabajo, e inseguridad en el trabajo.

Garantizar un salario justo: entre las opciones para resolver el impacto que una semana laboral más corta pueda tener sobre los salarios se incluyen la distribución de los ingresos y de la riqueza por medio de mayores impuestos progresivos; un salario mínimo más elevado; una reestructuración radical de las prestaciones sociales; un comercio de emisiones de carbono diseñado para la redistribución de la renta a los hogares necesitados; más y mejores servicios públicos; e incentivar la actividad y el consumo no mercantilizados.

Mejorar las relaciones de género y la calidad de la vida familiar: es necesario garantizar que las 21 horas tengan un impacto positivo en vez de negativo sobre las relaciones de género y la vida familiar a través de unas condiciones de empleo flexibles que animen a una distribución más igualitaria del trabajo no remunerado entre hombres y mujeres; un sistema universal y de alta calidad de atención y cuidado infantil que encaje con el horario del trabajo remunerado; un aumento del trabajo compartido y más límites a las horas extras; jubilación flexible; medidas más firmes que impongan la igualdad salarial y de oportunidades; más empleos para hombres relacionados con el cuidado y la enseñanza en escuela primaria; más cuidado infantil, programas de ocio y tiempo libre, así como de cuidado de adultos utilizando modelos producidos de forma conjunta de diseño y prestación; así como el aumento de oportunidades para la acción local de forma que se puedan construir barrios en los que todo el mundo se sienta seguro y pueda disfrutar.

A modo de conclusión, pensamos que plantear una semana laboral de 21 horas no es solo un ejercicio provocativo y prospectivo para alimentar el debate y luchar contra la inercia, es también un ejercicio realista para reconciliar la protección del Planeta, la justicia social y la economía.


(1)           Este artículo se basa en: Anna Coote, Jane Franklin and Andrew Simms (2010): “21 horas: Por qué una semana laboral más corta puede ayudarnos a prosperar en el siglo XXI”, New Economics Foundation. Disponible en su versión original en inglés en: http://www.neweconomics.org. Traducido al castellano por Ecopolítica y disponible en http://www.ecopolitica.org/

(2)                Hoy en día en las economías más industrializadas, conseguir el empleo total trabajando 35-40h/semanas supondría crecer a un 6-7% al año durante 3-5 años. Sin embargo, ni es posible ni deseable porque la competencia de los países emergentes (China, India, Brasil, etc) lo impide y, sobre todo, porque crecer a este nivel tendría un impacto brutal sobre el planeta, más aún del que ya ocasionamos y supera la capacidad del carga del planeta (en un 50% a nivel mundial según WWF, Informe Planeta Vivo, 2010).

(3)           21 horas es una cifra que se aproxima a la media de lo que la gente en edad de trabajar en Gran Bretaña —donde se realizó el informe inicial— pasa en el trabajo remunerado, y es un poco más de lo que de media se pasa en el trabajo no remunerado. En España según el Instituto de la Mujer, de media la gente pasa 24,5 horas a la semana al trabajo remunerado y 29,4 horas al trabajo doméstico.

(4)           Por ejemplo, si el tiempo medio dedicado al trabajo doméstico no remunerado y al cuidado de la infancia en Gran Bretaña en 2005 fuera valorado en términos de salario mínimo, valdría el equivalente al 21 % del producto interior bruto del Reino Unido.

Créditos imagen: sfer

I Encuentro de Colectivos Decrecentistas en Zarzalejo


Se tratará de un encuentro de colectivos decrecentistas del "Estado español", ampliable de manera controlada a otras personas relacionadas con el decrecimiento. No es un encuentro de difusión en sentido estricto. Está concebido como un lugar de debate teórico y práctico y un espacio de intercambio de experiencias entre gente que ya asumido una identidad y una práctica decrecentista. Temas posibles serían por ejemplo: cooperativismo, salud, política, tecnología, urbanismo, educación, agroecología, etc, todos ellos enfocados desde una óptica decrecentista. Se dejará un espacio para la imaginación decrecentista en cada uno de estos temas.



Se plantean los siguientes objetivos:


  • Conocer qué grupos existen en la geografía estatal, cómo entiende cada uno el Decrecimiento, cómo se organizan y qué tipo de actividades hacen.
  • Crear red: es decir, obtener contactos y establecer vías de comunicación para que sigamos comunicándonos y colaborando en adelante.
  • Ser una semilla para posibles proyectos compartidos.
  • O para ayudar a formar grupos similares en otras regiones.

Para ello, se propone un espacio de debate horizontal y participativo que incluiría los siguientes formatos:

  • Bloques temáticos
  • Mesas redondas y debates
  • Talleres
  • Intercambio de experiencias
Más información en: I Encuentro de Colectivos Decrecentistas. 23-25 de Septiembre. Zarzalejo (Madrid).

Arma nuclear

Este ‘arma nuclear’ es el LGM-30 Minuteman, un misil balístico intercontinental con tres cabezas nucleares, de 32 toneladas de peso, 18 metros de largo y 1, 67 metros de diámetro, capaz de alcanzar un objetivo a 9650 kilómetros y la capacidad de destrucción de vida humana de manera inmediata contabilizable en decenas de millones de personas.

Este arma nuclear tiene además una serie de cualidades que los científicos, los políticos y la ciudadanía en general suele pasar por alto.

La primera consideración se refiere a la inocuidad de la imagen que nos representa esta máquina de destrucción; su aspecto, la forma en que se nos presenta no da lugar  a comprender su poder de aniquilación, es a simple vista inofensiva, una parte más de nuestro dispositivo tecnológico, un paso más en el camino del progreso.

Una segunda singularidad tiene que ver con los fundamentos de nuestra existencia moral y política. Es desproporcionado lo que defendemos (principalmente nuestro modo de vida occidental), con los medios con lo que lo defendemos. Esto es la causa de una enfermedad mental colectiva que destruye todos los valores y todo el derecho, vaciando de contenido la democracia, pues ponen las decisiones más importantes en manos de unos cuantos y producen un embrutecimiento generalizado de quienes las poseen, que siempre han de estar decididos y dispuestos a todo. Estas armas logran que los países que cuentan con armamento nuclear pierdan la fe en su propia humanidad y moralidad.

Una tercera reflexión nos lleva a persuadirnos de que las personas no somos responsables de las consecuencias de nuestros actos. Ante la magnitud de las consecuencias de una catástrofe nuclear, nosotros, como humanos, no podemos asumir esa responsabilidad  porque estamos implicados en hechos cuyos efectos somos incapaces de representarnos.

Una cuarta cuestión tiene que ver con la imposibilidad de dar marcha atrás, aunque destruyésemos estas armas y borrásemos su programación, esto no sería más que un aplazamiento de la amenaza nuclear; su fabricación puede llevarse a cabo en cualquier momento. La humanidad está condenada a vivir eternamente bajo la amenaza del monstruo que ella misma ha creado.

Texto basado en ideas de Günter Anders y su libro ‘El piloto de Hiroshima’. Más allá de lo límites de la conciencia.

Introducción al decrecimiento feliz y al desarrollo humano en Valencia

Introducción al decrecimiento feliz y al desarrollo humano

Curso-taller básico destinado a personas sin ningún conocimiento previo de esta temática, y sólo con una cultura general consolidada.

Los días de curso serán todos los primero y tercero sábados de los meses de octubre y noviembre a partir de las diez de la mañana.

La inscripción al curso, es totalmente gratuita y consiste únicamente en remitir tu email (antes del 29 de sep.) en este al correo: valencia@ecologistesenaccio.org. y en avisar si tienes intención de asistir al curso.

Aviso: El aforo es limitado de 70 personas.

El lugar en donde se va a celebrar el curso es: C/ Pie de la Cruz nº 17 (detrás del mercado central).

Más información en Curso Taller: Introducción al decrecimiento feliz y al desarrollo humano




Consumo y consumismo

Julio García Camarero (autor de “El Decrecimiento feliz y el desarrollo humano”)


“En casa del sabio la riqueza es esclava, en la del necio señora”
Lucio Anneo Séneca.

El neoliberalismo global y el marketing nos plantean que el desarrollismo, consumismo y el crecimiento económico es la única fuente de satisfacción y de felicidad, así como la obtención exclusiva de bienes materiales. Lo cual solo se logrará obtener, en el mejor de los casos, a costa de caer en el CONSUMISMO de la eterna insatisfacción e infelicidad, que nada tiene que ver con el sano y necesario CONSUMO. Y solo consigues este consumismo a fuerza de exponerte a una total entrega a un trabajo enajenado, del cual sólo te corresponde una milésima de la riqueza que produces, y todo ello sin que tu intenso trabajo, te aporte la menor sensación de creatividad, que es una de las nueve necesidades básicas del hombre/mujer.

Disminución de la biodiversidad, agotamiento de recursos, contaminación, el cambio climático, etc. todos estos males solo tienen un culpable el despilfarro humano. O lo que es lo mismo, el CONSUMISMO del consumidor de seudo necesidades. Por ello resulta indispensable saber distinguir entre CONSUMO y CONSUMISMO.

Existen dos frases paralelas de pensamiento profundo y de expresión breve. Estas son:

“En casa del sabio la riqueza es esclava, en la del necio señora” (Lucio Anneo Séneca);

“Todo necio confunde valor y precio” (Antonio Machado):

El citado pensamiento de Séneca ha sido es y será de aplicación constante. Es una necedad dar más valor al tener que al ser.

La segunda frase, la de Antonio Machado, nos aproxima al sabio estoicismo de Séneca a la vez que a un mundo actual mercantilizado en donde absolutamente a todo se le pone precio.

También podemos acercarnos a este pensamiento senequiano, y a lo más cotidiano del actual neoliberalismo global, admitiendo que “todo necio confunde consumo y consumismo”. Y es que es una necedad confundir el sano CONSUMO con el asesino CONSUMISMO. Es una necedad condenar el CONSUMO como si de CONSUMISMO se tratara.

Y es que el consumo no solo es necesario, es indispensable para sobrevivir. No se trata de volver al neolítico, y aunque volviéramos tendríamos inevitablemente que consumir. Los indígenas de la selva amazónica consumen iguanas, y viven mucho mejor, y sobre todo mucho más felices, que esas personas del primer mundo que arrastran su pesada obesidad y su eterna insatisfacción consumista, a la vez que el carrito de súper repleto de comida basura, y que a la vez arrastra la desgracia de una hipoteca inacabable y un trabajo enajenado exhaustivo.

Y es que sin consumo no hay vida,… las plantas, los animales, los hombres, consumen alimentos, agua, aire y energía. Es necesario consumir para sobrevivir.

Pero es que no se trata solo de sobrevivir, el objetivo debe de ser vivir bien, y ello no se consigue consumiendo mucho, como nos quiere hacer creer este neoliberalismo galopante, aunque ya próximo a la crisis final.

Es un error confundir la cantidad con la calidad. Se trata de consumir calidad. La calidad viene dada principalmente por la mesura, la diversidad y la espiritualidad. Es necesario consumir liberación, liberación de trabajo enajenado, liberación de complejos de inferioridad, liberación de caer en el consumismo, etc.
¡Claro que hay que consumir!, y lo más prioritario e indispensable es consumir BIENES RELACIONALES. Es decir, los sentimientos compartidos, los verdaderos acercamientos entre personas, el amor, la espiritualidad, la sensibilidad compartida, el apoyo mutuo, la convivencialidad, etc. Es extremadamente importante consumir todos estos bienes, y tener tiempo para ello. Es extremadamente importante no confundir el consumo de bienes de uso y de espíritu con el consumo de bienes crematísticos. Esta confusión está llevando a la humanidad al caos y a su suicidio, al odio generalizado y al crimen.
Y también hay que consumir bienes materiales, son indispensables, hay que consumir alimentos, pero no cualquier alimento basura en cantidad, sino los justamente suficientes en calidad y en cantidad. Hay que vivir bien.

Hay que consumir ropa y utensilios que sean medios de vida y solo los justamente suficientes, en calidad y en cantidad.

Es absolutamente necesario condenar y terminar con la obsolescencia programada y la moda. Si no fuera por el desvarío de la OBSOLESCENCIA PROGRAMADA, conectada directamente a la PLUSVALÍA (que se usa como pretexto y falsa justificación la conservación de los puestos de trabajo (2) y por la “droga de la moda”, no existiría el CONSUMISMO, y de resultas casi no habría que trabajar en trabajos enajenados asalariados, en consecuencia, cada persona dispondría de infinidad de horas libres para poder consumir muchos BIENES RELACIONALES (3).

Pero es que además también hay que consumir bienes materiales sofisticados. No hay que tener recelo de ellos, pues no se trata de volver al neolítico y de tirar por la borda toda la acumulación del conocimiento, retenida y transmitida durante milenios y milenios. Se trata de saber valorar y aprovechar justamente esta acumulación de saber. Porque ello es, precisamente, el verdadero progreso de la humanidad, el verdadero progreso y el admirable desarrollo de la Idea (4).

No hay que caer en la simpleza de rechazar las palabras desarrollo y progreso, por el simple hecho de que estas hayan sido infinitamente maltratadas y desfiguradas, sobre todo en los tres últimos decenios de neoliberalismo. Maltratadas por el capitalismo, a puñetazos, a botazos, y lo que es mucho peor a fuerza de mentiras, de engaños y de hipocresía, y todo para salvar la LLAMA SAGRADA DE LA PLUSVALÍA. Así es la fanática religión del capitalismo. La única religión extendida en todos los centímetros cuadrados de la superficie terrestre.

Tal vez, la labor más urgente para la consecución del DECRECIMIENTO sea hacer un gran esfuerzo para saber reencontrar el verdadero sentido de muchas palabras, que han sido -por este nazi-capitalismo que padecemos- extremadamente desfiguradas, invertidas en su significado, maltratadas y encerradas en el campo de concentración del PENSAMIENTO ÚNICO.

Pongamos algunos simples ejemplos para poder comprender mejor esto:

Nos hacen confundir el progreso de la humanidad con el crecimiento crematístico de la plusvalía.

El desarrollo y la felicidad humana con el crecimiento y la acumulación de capital para una extremadamente minúscula oligarquía.

Desarrollo de una nación con el crecimiento económico de sus caciques o mafiosos, a costa de un aumento de la explotación, la corrupción y de la hambruna.

Nos hacen confundir el consumo para una buena calidad de vida, con el consumismo perjudicial para el que consume, pero muy beneficioso para el que produce esa seudo necesidad a consumir, muy beneficioso para la acumulación de plusvalía.

Y así podríamos seguir poniendo ejemplos de conceptos y palabras a las que les han dado un sentido incluso totalmente opuesto al de su verdadero origen. Palabras que no debemos, confundidos, rechazar, sino rescatar, restituir en todo su verdadero valor.

Y es que, según acabamos de mencionar, también hay que consumir BIENES MATERIALES SOFISTICADOS.

Por ejemplo el mocho, aunque suponga una sofisticación mínima, fue una liberación del hombre, aunque, a decir verdad, más de la mujer que del hombre,… aún friegan los suelos muchísimas más mujeres que hombres. Sin embargo consumir mocho no altera mucho la capacidad de carga de la biosfera.
La lavadora también fue una liberación de la mujer, gracias a ella puede llevar una vida menos dura y gozar de mas tiempo libre de recreación. Pero el tiempo así ganado no debe de emplearse en el aumento de horas de trabajo enajenado, no deseado, aumento solo realizado para cubrir las necesidades monetarias que inducen a una precarización del trabajo, menos seguridad en la continuidad del empleo, menos poder adquisitivo para cubrir las necesidades mínimas, etc.

En sentido completamente opuesto, hay que decir que, por ejemplo y por el contrario, el que una mujer pueda ser guardia civil o soldada en Irak, no debe de considerarse como un consumo de progreso de la humanidad, es más bien es consumir y consumar un terrible retroceso.

También, la mujer debe de consumir la liberación que supone el que su relación con el hombre sea de tipo horizontal; no debe de ser superior ni el ni ella. Pero ello no debe ser motivo de que la mujer deba ser idéntica al hombre, debe de tener sus mismos derechos, pero no debe de ser idéntica al hombre. Hay que defender la diversidad de sexos, la cual está siendo anulada, sin que nos demos cuenta, por el “pensamiento único”. El símbolo de que la mujer se ponga pantalones o que el negro se tiña su piel de blanco, no es en absoluto una liberación de la mujer o del negro, ello solo es un complejo de inferioridad, es la renuncia más profunda al orgullo de ser mujer o negro y una reafirmación de ese complejo de inferioridad.

Hay quien piensa que afirmar todo lo que se ha afirmado en este último párrafo, adolece de un tufillo machista, pero el verdadero machismo es admitir el que para que una mujer se libere debe de imitar en todo al hombre, esto si que es una degradación del orgullo de ser mujer, es una enorme falacia machista.
Es fundamental distinguir entre consumo y consumismo.

Lo difícil es establecer donde está el limite entre consumo y el consumismo. Ello es una cuestión de mesura. La palabra más importante del diccionario es MESURA. Pero no hay que confundir mesura con MODERACIÓN, -y menos aún con moderación salarial. La MESURA tiene su significado en relación con la calidad y la cantidad, mientras que la MODERACIÓN solo a la cantidad.

El utilizar una adecuada mesura, o una desacertada desmesura, puede conducirnos a: una buena o a una mala vida. O conducirnos incluso a la muerte. Es muy simple el ejemplo de la lejía: unas gotas de este líquido en una botella de agua para beber, con patógenos, puede salvar una vida; pero si aumentamos la cantidad de lejía de forma insaciable, no mejoramos linealmente los efectos, como viene a sugerir el CONSUMISMO, sino que lo que sucede es que eliminamos una vida.

¿Y como conseguir la mesura, donde o cuando termina esta y donde o cuando comienza la desmesura? No es fácil, pero, en cuanto al consumo humano, puede ayudarnos el considerar el límite de la huella ecológica y considerar que la libertad de uno termina donde empieza la libertad de otro.

En una palabra, consumir, producir y trabajar menos.

Lo curioso es que incluso la izquierda apuesta por el CRECIMIENTO. ¿Y como convencer a la izquierda que es urgente DECRECER? Gorz nos da alguna pista: "Todos aquellos que, en la izquierda, rechazan afrontar la cuestión de una equidad sin creci-miento demuestran que el socialismo, para ellos, no es sino la conti-nuación por otros medios de las relaciones sociales y de la civilización capitalistas, del modo de vida y del modelo de consumo burgués" (5).

Pero esta interpretación desarrollista-productivista es una errónea interpretación del marxismo, pues Carlos Marx Marx realizó un folleto, publicado en 1821, que aseveraba que "una nación es verdaderamente rica si, en lugar de doce horas, trabaja seis”. Por su parte Carlos Taibo experto sovietologo, terminaba su “Historia de la Unión Soviética” con la certificación de que “Marx, en sus años postreros, había mostrado su adhesión a las sociedades comprometidas en la satisfacción de las necesidades humanas y poco interesadas en la producción encaminada a la obtención de ganancias sin límite”. (6)

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(1) Este articulo es una adptación de un fragmento del libro de Julio García Camarero, “El Decrecimiento feliz y el desarrollo humano”, Ed. La Catarata, 2010, pp.50-55.
(2) La OBSOLESCENCIA PROGRAMADA es innecesaria para conservar los puestos de trabajo, pues estos se pueden conservar a partir de un descenso de la jornada laboral a medida que las maquinas se vayan hacinado cada vez más eficientes. Los puestos de empleo se deben de conservar repartiendo el número total de horas-trabajo entre todos y no aumentando la plusvalía, el productivismo, el agotamiento de recursos, los efectos del cambio climático. Por otra parte que la obsolescencia no es necesaria, se ha demostrado en Cuba, al menos en cuanto a los automóviles. No es verdad que un auto deba necesariamente quedarse obsoleto a los 8 ó 10años. No son, en absoluto, necesarios los “planes renove”. En Cuba han demostrado palpablemente que un auto puede seguir funcionando perfectamente más de medio siglo, y sin peligro de accidente. Una vida para un automóvil de 30 o 40 años seria razonable, si se construyeran automóviles sin obsolescencia planificada.
(3) Es cierto que en el consumo de bienes relacionales no se llega a consumir materia, no se llega a entropizar materia; pero pese a todo, no deja de ser un consumo. Y sobre todo si consideramos que el consumo es la utilización de todo bien para lograr cubrir una necesidad. ¡Y que mayor necesidad que la que se cubre con el consumo de BIENES RELACIONALES: la necesidad de la relación humana y del afecto.
(4) Esta “Idea” que aquí se refiere, no coincide con la “Idea” hegeliana, pues esta última es una idea un tanto mística y apriorística, por el contrario a la que me refiero es precisamente consecuencia de la evolución de la propia realidad.
(5) Serge Latuche “Petit traitéda la décroissce » 007, Paris Pág. 205.
(6) Carlos Taibo, “En defensa del decrecimiento. Sobre el capitalismo. Crisis y barbarie”, Los libros de la Catarata, 2009, Madrid. Pág. 66.

Decrecimiento: la única opción posible

 Manuel Casal Lodeiro - Vespera de nada

En un reciente debate organizado en Galicia por la Escola Popular Galega en torno al Decrecimiento realicé una defensa del Decrecimiento como única opción posible ante el colapso entrópico que ha comenzado para nuestra civilización industrial. Este colectivo se mostró contrario al Decrecimiento y algunos de sus miembros llegaron a tildarlo de opción "reaccionaria" y "fascista", aunque los excusaré en el escaso conocimiento que demostraron tener de las propuestas decrecentistas. Lo que me llamó mucho la atención fue su insistencia en que decrezcan los ricos: ponían como ejemplos a Amancio Ortega, y fácilmente hubieran podido incluir a Emilio Botín o a cualquier otro archimillonario gallego, español, europeo o mundial.

En mi opinión esto revela hasta qué punto su fijación por una visión monetarista y ortodoxa de la realidad y de la crisis les impide ver la necesidad del Decrecimiento en todas las capas de las sociedades "ricas". Aunque el 1% de los más ricos decreciese en su consumo personal de energía y recursos, la repercusión sería mínima en el estado actual de carrera hacia el colapso. Claro que existe un reparto escandalosamente desproporcionado de la riqueza en el mundo, pero el reparto del consumo de recursos que hace cada ser humano, es mucho menos desigual. Sí lo es entre diferentes países y estilos de vida (con EEUU a la cabeza con su delirante consumo per cápita), pero no así dentro de cada país y estilo de vida. Lógicamente el Decrecimiento no quiere ser homogéneo, sino ajustado a los excesos de cada uno/a: de cada país, de cada región, de cada organización y de cada individuo. Pero los excesos del Sr. Botín dudo mucho que sean mucho mayores que los de un mileurista español, simplemente porque por mucho que quiera consumir tiene unas limitaciones físicas como ser humano y a no ser que fuera un excéntrico que gastase millones de watios para encender neones que se vieran desde el espacio con su nombre, no supondría una diferencia en el consumo total de energía del país.

Quienes defienden que los pobres de los países ricos no tienen nada que decrecer, y acusan únicamente a los ricos, están de nuevo confundiendo dinero con energía. La desigualdad en el consumo energético es muchísimo menor que en niveles de renta económica. Sin entender eso no podremos encontrarlos como compañeros de viaje en la Revolución urgente hacia el Decrecimiento. Ofuscados en la visión antiecológica de la economía, donde la lucha de clases es la única realidad existente, la base última sobre la que se fundamenta su credo único y verdadero, este tipo de marxistas le hacen un flaco favor a la izquierda.

Como advertí seriamente al final del debate, corremos el riesgo de que este tipo de izquierdistas que se niegan a asumir su cuota de responsabilidad personal y colectiva en el crecimiento sin límites, acaben cambiando de ideología antes que aceptar un cambio en sus hábitos de vida. La izquierda implica solidaridad, y ¿qué solidaridad puede haber más importante hoy día que la que asegure un mañana a nuestros hijos y a los hijos de nuestros demás congéneres? Cada vez que cogemos el coche o gastamos innecesariamente electricidad, gas, o consumimos productos importados, da igual que creamos en el materialismo dialéctico o en la Escuela de Chicago: estamos contribuyendo a robarles ese futuro. No podemos lavarnos las manos y acusar a los plutócratas, porque su cuota de consumo personal es ridícula comparada con la del conjunto de la sociedad.