Decrecimiento 10 preguntas para comprenderlo y debatirlo

El término “decrecimiento” hace referencia a un movimiento intelectual y militante que estima que la crisis climática y el callejón sin salida del modelo capitalista sólo podrán ser superados al precio de abandonar el actual modelo de desa­rrollo productivista y de sus fundamentos: el culto fetichista del crecimiento y la creencia ciega en los inacabables beneficios del progreso tecno-científico.

“Peligrosa utopía”, “proyecto reaccionario”, “tonta ilusión” son calificativos que se han utilizado para desacreditar este movimiento, el cual ha suscitado una condescendiente sonrisa irónica o una instintiva desconfianza en el medio político tradicional y en buena parte del mundillo intelectual.

Lo que convierte a este libro en un instrumento definitivo para comprender de qué se habla cuando se habla de decrecimiento, rompiendo malentendidos y prejuicios, es que responde con argumentos a una serie de cuestiones clave de forma diáfana, sencilla pero rigurosa. Diez preguntas tales como:

1. ¿Qué significa “decrecimiento”?
2. El decrecimiento, ¿una idea nueva o una idea reaccionaria?
3. ¿Por qué decrecimiento y no “desarrollo sostenible”?
4. ¿Constituye el decrecimiento el final del progreso científico y técnico?
5. El decrecimiento ¿es un malthusianismo?
6. El decrecimiento ¿es privación o alegría de vivir?
7. ¿Significa recesión, desempleo, el fin de la economía de mercado?
8. ¿Es aplicable a los países del Sur?
9. ¿No implica una visión dirigista o autoritaria de la política?
10. ¿Qué significa concretamente una política de decrecimiento?

El decrecimiento 10 preguntas para comprenderlo y debatirlo. Denis Bayon/Fabrice Flipo/François Schneider.


PD: En un tiempo para la reflexión y el descanso, volvemos para el otoño.


Abuela grillo

Sobre los escombros del crecimiento emerge el descrecimiento

Sobre Los Escombros Del Crecimiento Emerge El Descrecimiento

¿Cuánto y cómo queremos crecer?

La sociedad actual persigue el crecimiento económico porque lo asocia a mayor bienestar y felicidad. Sin embargo, una vez superadas las etapas iniciales del progreso económico, las evidencias no son claras en este sentido. El crecimiento permanente comporta perjuicios en lo individual (estrés, adicción al consumo, falta de tiempo para la familia, etc.) y en lo colectivo (salud ambiental, consumo insostenible de los recursos naturales, privación a generaciones futuras, etc.). Por tanto, el objetivo principal no debería ser el crecimiento económico per se (que no es positivo ni negativo), sino la mejora del bienestar individual bajo el respeto del bienestar colectivo, tanto actual como futuro.

El PIB, el bienestar y los recursos naturales

El crecimiento económico se suele medir por la evolución del Producto Interior Bruto (PIB) de un país o zona de referencia. Es habitual identificar crecimiento del PIB con desarrollo y este con bienestar, sin definir qué entendemos por desarrollo o progreso. Sin embargo, el PIB no es un buen indicador del bienestar colectivo porque no mide determinados aspectos que son difíciles de cuantificar. En este sentido, no tiene en cuenta las externalidades, ni la distribución de la renta, ni los costes no monetarios o difíciles de valorar (medioambientales, sociales, psicológicos…), ni determinadas actividades (trabajo doméstico, voluntariado…). Con el objetivo de paliar dichas lagunas, en la actualidad existen indicadores alternativos al PIB. Algunos de ellos, como el índice de desarrollo humano (IDH) o el índice de calidad de vida (ICV), tratan de incluir indicadores sociales del bienestar individual. Otros índices añaden también la consideración del efecto negativo sobre el medio ambiente y tienen en cuenta la contaminación y el consumo de los recursos naturales del planeta. Entre estos últimos se encuentran el índice de bienestar económico sostenible (IBES), el PIB verde y el índice de progreso real (IPR, IPG o GPI). La evolución de estos indicadores se ha estancado o incluso ha disminuido en algunas sociedades industriales desde los años setenta, lo que revela que estas han sobrepasado el nivel a partir del cual el crecimiento económico ya no se relaciona de manera directa con un aumento de la calidad de vida colectiva, entendida esta de un modo amplio.

Aunque el crecimiento representa a priori un término positivo, el crecimiento material incontrolado está más cerca de lo que podríamos considerar un tumor maligno, que se expande a costa de devorar el organismo. No es posible un crecimiento basado en el consumo permanente de los recursos de un planeta finito, en el que parece que ya hemos superado los límites ambientales de regeneración. Las estimaciones realizadas sobre nuestra huella ecológica apuntan que desde el año 1990 estamos viviendo por encima de la capacidad de carga del planeta. Los países desarrollados vivimos a costa de los recursos que la naturaleza conservó durante millones de años. Actualmente, se estima que la demanda de la humanidad excede en cerca de un 30% la capacidad regeneradora del planeta. Si esto es así, el nivel de consumo de recursos ha sobrepasado el nivel sostenible y, por tanto, afecta a las generaciones futuras. Sería recomendable que los países, cuyo impacto sobre el planeta supera su capacidad de regeneración, ajustaran la producción desde el punto de vista de la sostenibilidad.

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Acoso al movimiento 15-M


Carlos Taibo - Rebelión

En el transcurso del último mes el movimiento 15-M ha sido objeto de dos grandes operaciones de acoso articuladas en los circuitos del poder político, económico y mediático. La primera, ya concluida, tuvo como objeto transmitir una imagen del movimiento que hacía de éste una simpática fiesta de jóvenes enfadados que poco más pedían que unas cuantas palabras de comprensión de nuestros magnánimos dirigentes. La dimensión del rechazo frontal a un sistema infumable, que estaba claramente presente en los cimientos del movimiento, parecía no existir a los ojos de los portavoces del orden establecido. Si algunos de ellos han llegado a decirnos que esos jóvenes airados no hacían sino volver a poner sobre la mesa el programa que Rodríguez Zapatero había promovido, para después olvidarlo, en 2004 -cuánta estulticia concentrada en un solo argumento-, en los últimos días ha corrido por ahí una hilarante publicidad de la Fundación Alternativas -uno de sus patronos es ese trilero de la política llamado Felipe González- que nos recuerda que desde esa institución ya se habían propuesto alternativas objetivas a la indignación… Entre ellas, cabe suponer, la de reclamar que en adelante se prohíba que un ex presidente del Gobierno pueda cobrar sumas ingentes de dinero de inmorales empresas privadas del sector energético.

La segunda ofensiva se ha desplegado con singular fuerza en los últimos días. Tengo delante un ejemplar del diario El País del jueves 16 de junio, el día siguiente al de los hechos que se sucedieron en los alrededores del Parlament catalán. Lo más normal que hay en unas páginas inundadas de intoxicación y dobleces es la pastoral sugerencia de que no puede confundirse el todo de un movimiento pacífico con la parte de unos presuntos manifestantes entregados a la violencia. Interpreto esas páginas como una declaración de guerra contra unas gentes que, tras demostrar sobradamente que van en serio y que tienen cuerda para rato, han empezado a resultar inevitablemente molestas.

Creo que en estas horas, y a la vista de lo que recogen varias filmaciones que han corrido por ahí, no hay duda en lo que se refiere a la presencia de provocadores policiales en muchas concentraciones y acampadas. Pero, más allá de ello, me resulta imposible dejar de lado lo que ya sabíamos gracias a lo ocurrido al calor de muchas de las manifestaciones que, en los últimos años, han protestado por la miseria de la globalización capitalista. Esos lamentables medios de incomunicación que padecemos concentraban su atención en el apedreamiento del escaparate de unos grandes almacenes para, consciente y pudorosamente, olvidar todo lo demás. Y entre todo lo demás que olvidaban estaba, claro, la violencia constante que caracteriza a los sistemas que padecemos: la de muchos empresarios sobre sus trabajadores, la de tantos varones sobre sus mujeres, la de nuestros policías sobre los sin papeles , la que todos desarrollamos contra la naturaleza y, por dejarlo ahí, la que asume la forma de genuinas guerras de rapiña encaminadas a privar de recursos básicos a los pueblos más pobres. Hoy como ayer este culpable y llamativo olvido merece nuestra repulsa más enérgica, que no podemos hacer otra cosa que trasladar a tantos profesionales del periodismo que, con toda certeza, podrían hacer mucho más de lo que hacen.

Tengo que prestar atención, por lo demás, a un episodio singular: lo que ocurrió con Cayo Lara, una persona respetable, en la mañana del miércoles 15, con ocasión de una concentración que, en Madrid, permitió frenar un desahucio. El País, el inefable El País , tituló así la noticia: ‘Un desahucio menos, una agresión más’. Un indicador sólido del nerviosismo que acosa a los circuitos oficiales lo aporta, por cierto, el hecho de que El País acuda en presunta defensa del coordinador general de Izquierda Unida. Quién te ha visto y quién te ve. Malo es que haya quien prefiera ignorar lo que ocurrió: nadie reprochó a Lara que estuviese presente en la concentración que me ocupa. ¡Faltaría más! Los reproches -y lo que el sistema entiende que es un reprobable acto de violencia: arrojaron agua al afectado- surgieron cuando Lara no tuvo ningún problema para responder a las preguntas que le realizaban los periodistas. Nuestros dirigentes políticos, incluidos los más sensatos, no parecen percatarse de que las cosas están cambiando rápidamente y de que al militante de a pie -no hay otro- del movimiento 15-M le repugna que alguien se arrogue la facultad de representarlo. Hay quien dirá, claro, con argumento nada despreciable, que buena parte de la culpa de lo sucedido corresponde, una vez más, a los periodistas, que al parecer sobreentienden que nada de interés pueden decir los ciudadanos comunes y que, de resultas, se impone dar la palabra a un responsable político o a un santón intelectual. La orgullosa vena libertaria del 'no nos representan’ saltó como un resorte afortunado. Y lo hizo de tal manera que no me cabe duda de que Cayo Lara ha tomado buena nota.

Sólo me queda enunciar una firme convicción: la de que también en este terreno nos adentramos en un mundo diferente del que hemos conocido durante demasiados años. Si antes la violencia contra los movimientos contestatarios poco más provocaba que miedo y retirada, ahora suscita una franca voluntad de cerrar filas en torno a la protesta. Y se convierte en un interesante estímulo para ésta.

El decrecimiento explicado con sencillez

El decrecimiento explicado con sencillez - Carlos Taibo

El objetivo de este libro es ofrecer una introducción rápida y comprensible del decrecimiento y, con ella, y de manera más general, contribuir a la difusión de muchos de los elementos que configuran la visión crítica del mundo contemporáneo que nace del ecologismo radical. La explicación del proyecto del decrecimiento que aquí se recoge parte de la certeza de que éste exige, por necesidad, salir del capitalismo. Se asienta, por añadidura, en la intuición de que, junto a cambios imprescindibles en nuestra conducta individual, hay que perfilar movimientos que peleen por modificar radicalmente muchas de las reglas del juego imperantes en nuestras sociedades. Y hay que hacerlo para escapar de nuestra condición de estas horas, la de genuinos esclavos de los tiempos modernos, subyugados por los mitos del crecimiento, el consumo, la productividad, la competitividad y las tecnologías liberadoras

Nuestro cerebro altruista

Hoy yo también soy Habiba

Violeta Alcocer - Atraviesa el espejo

Queridos amigos y amigas que seguís Atraviesa el Espejo, no suelo esciribir entradas de este tipo, pero tengo que reconocer que el "caso Habiba" me ha llegado al alma y no quiero dejar de utilizar cualquier vía de expresión que esté en mi mano para dar a conocer no sólo este caso concreto, sino lo que representa, que es aún más grave.

Habiba es el nombre ficticio (inventado para proteger su intimidad) de una mujer de 22 años a la que han retirado la tutela de su bebé de 15 meses por negarse a destetarla y por una supuesta "falta de habilidades maternales".

Ambas estaban acogidas en un centro de la Comunidad de Madrid para jovenes mamás sin recursos (conozco bien estos centros porque precisamente yo hice las prácticas de mi master en psicodiagnóstico en dos de ellos).

Al parecer, la joven no cumplía adecuadamente las normas del centro y tenía conflictos con las educadoras, algunos de ellos relacionados con la insistencia de la madre en mantener la lactancia materna, a pesar de la presión de las educadoras para que destetara. (os recuerdo que la Organización Mundial de la Salud , UNICEF y la Asociación Española de Pediatría recomiendan la lactancia materna -complementada con otros alimentos a partir de los seis meses- a demanda hasta al menos los dos años de edad). Estos conflictos derivaron en la valoración de la madre como carente de habilidades maternales y , todavía no puedo creer cómo, en la retirada de la tutela de su hija.

La separación entre ambas se realizó de forma abrupta hace más dediez días, interrumpiendo no sólo la lactancia sino cualquier contacto entre ambas de la noche a la mañana y desvinculando drásticamente a la niña de su única figura de apego en este mundo.


Nada más ingresar a la pequeña en una institución para menores de la Comunidad, la madre fue expulsada del centro donde ambas habían residido y ahí es donde a través de diferentes conocidos, Habiba entró en contacto con la Fundación Raíces.

A partir de ese momento la madre ha sido evaluada por diferentes profesionales (entre ellos la prestigiosa psiquiatra infantil Ibone Olza, a la que admiro) que descartan cualquier patología, consumo de sustancias o circunstancia que la incapaciten para poder hacerse cargo de su hija.

Actualmente el caso está en manos de abogados y la madre ya tiene alojamiento, trabajo y manutención (todo gracias a diferentes iniciativas privadas y altruistas y especialmente a la Fundación Raíces, que está haciendo todo lo posible por que la situación se revierta) pero la niña permanece aún separada de su madre en dicha institución, en una situación de desamparo emocional desoladora y con un régimen de visitas de una hora a la semana (supuestamente para mantener la lactancia, lo que obviamente es imposible).

Como psicóloga que lleva más de quince años vinculada a la psicología infantil y la crianza (y autora como muchos sabéis de numerosos artículos, muchos de ellos publicados en prensa nacional) puedo asegurar que la forma y el contexto en el que se ha llevado a cabo dicha separación constituyen una grave agresión a la integridad psiquica y física de la menor y de su madre.

Después de haber leído y releído tanto el argumentario de la madre como la incoherente y anónima carta de la Comunidad de Madrid al respecto (en la que , entre otras lindezas,se considera la lactancia a demanda como "caótica") considero que la retirada de la tutela es un flagrante atentado contra los derechos de ambas y un abuso de poder por parte de las instituciones que supuestamente deberían protegerlas.

Este caso es la punta del iceberg del maltrato institucional que sufren los más débiles en nuestra Comunidad, cuyos protocolos incumplen los más fundamentales derechos humanos.

Pero en el fondo hay más:

Me preocupan, me inquietan y me entristecen profundamente los niveles de desamparo a los que estamos expuestas las familias cuando nos enfrentamos a la institucionalización de los hechos más básicos: embarazo, parto, atención a las madres y padres que lo necesitan y atención a los bebés.

Me enfurece la impunidad con la que dichas instituciones, desde su poder, manipulan con indolente ligereza la vida de aquellos a quienes tienen a su cargo y a quienes tienen la obligación de amparar, cuidar, proteger y ayudar.

Tod@s somos Habiba porque tod@s, en mayor o menor medida, hemos sido víctimas de la deshumanización de las instituciones y de la dureza con la que nuestra sociedad en ocasiones juzga a las madres y padres que promovemos una crianza basada en el respeto, el sentido común y el apego.

Es escalofriante que entre todos hayamos creado un sistema feroz y enloquecido (al que contribuimos con nuestros votos y nuestros impuestos) que nos ataca a nosotros mismos y pone en peligro los principales pilares de la naturaleza humana (el embarazo normal,el parto normal, la lactancia, el establecimiento y mantenimiento del vínculo padres-hijos, la crianza basada en unas sanas relaciones de apego).. ¿pero, cómo es posible? ¿en qué clase de mundo vivimos?


¿Cómo se puede penalizar de este modo a una madre que pese a lo adverso de sus circunstancias personales, tiene la lucidez, la madurez y el coraje suficientes como para mantener una lactancia que, lejos de lo contrario,contribuye a afianzar sus competencias maternales y el vínculo con su hija? ¿Cómo es posible que se juzgue tan sesgadamente a una mujer que se encuentra en clara desventaja de poder frente a los que la juzgan, sin aportar juicios médicos o psiquiátricos que avalen tal despropósito? ¿Y como podemos permitir que tras las pertinentes denuncias y demostración de craso error por parte de la Comunidad, madre e hija no estén ya juntas?

¿Estamos todos locos o qué?

Frente a todo ello, miles de voces claman justicia y esa es, precisamente, la única oportunidad que tenemos de recuperar un poquito de nuestra dignidad humana. Por esa dignidad, yo también me manifiesto y os invito a hacerlo desde donde estéis.

Hoy yo también soy Habiba.

La economía de la infelicidad

Borja Vilaseca - El País

La economía no es algo ajeno a nosotros. Los seres humanos formamos parte de ella del mismo modo que los peces forman parte del océano. Tanto es así, que podría describirse como el tablero de juego sobre el que hemos edificado nuestra existencia, y en el que a través del dinero se relacionan e interactúan tres jugadores principales: el sistema monetario, las organizaciones y los seres humanos. Cabe decir que esta partida está regulada por leyes diseñadas por los Estados. Sin embargo, por encima de su influencia, el poder real reside en los ciudadanos: con nuestra manera de ganar dinero (trabajo) y de gastarlo (consumo) moldeamos día a día la forma que toma el sistema.

Más allá de cubrir nuestras necesidades, a lo largo de las últimas décadas nos hemos convencido de que debemos tener deseos y aspiraciones materiales de cuya satisfacción dependa nuestra felicidad. Y no es para menos. En 2010, la inversión publicitaria en España superó los 12.880 millones de euros, según la agencia Infoadex. Así, las empresas se gastaron 280 euros por ciudadano con el objetivo de persuadirnos para comprar sus productos y servicios. Cabe decir que esta inversión multimillonaria promueve unas determinadas creencias, valores y prioridades en nuestro paradigma. Es decir, en nuestra manera de comprender y de vivir la vida. Prueba de ello es el triunfo del hiperconsumismo.

Además, mientras seguimos asfaltando y urbanizando la naturaleza, conviene recordar que la economía creada por la especie humana es un subsistema que está dentro de un sistema mayor: el planeta Tierra, cuya superficie física y recursos naturales son limitados y finitos. De hecho, creer que el crecimiento económico va a resolver nuestros problemas existenciales es como pensar que podemos atravesar un muro de hormigón al volante de un coche pisando a fondo el acelerador.

Sin embargo, hoy en día es común escuchar a políticos, economistas y empresarios afirmar que "el sistema capitalista es el menos malo" de todos los que han existido a lo largo de la historia. Y que "afortunadamente" ya empiezan a verse señales de "recuperación económica". Es decir, que la idea general es seguir creciendo y expandiendo la economía tal y como lo hemos venido haciendo. Es decir, sin tener en cuenta los costes humanos y medioambientales. De lo que se trata es de "superar cuanto antes" el bache provocado por la crisis financiera.

Ante este tipo de declaraciones podemos concluir que como sociedad no estamos aprendiendo nada de lo que esta crisis ha venido a enseñarnos. De ahí que sigamos mirando hacia otro lado, obviando la auténtica raíz del problema. No nos referimos a la guerra, a la pobreza o al hambre que padecen millones de seres humanos en todo el mundo. Ni a la voracidad con la que estamos consumiendo los recursos naturales del planeta. Tampoco estamos hablando del abuso y de la dependencia de los combustibles fósiles -petróleo, carbón y gas natural-, que tanto contaminan la naturaleza. Ni siquiera del calentamiento global. Estos solo son algunos síntomas que ponen de manifiesto el verdadero conflicto de fondo: nuestra propia infelicidad.

Cegados por nuestro afán materialista llevamos una existencia de segunda mano. Parece como si nos hubiéramos olvidado de que estamos vivos y de que la vida es un regalo. Prueba de ello es que el vacío existencial se ha convertido en la enfermedad contemporánea más común. Tanto es así, que lo normal es reconocer que nuestra vida carece de propósito y sentido. Y también que muchos confundan la verdadera felicidad con sucedáneos como el placer, la satisfacción y la euforia que proporcionan el consumo de bienes materiales y el entretenimiento.

La paradoja es que el crecimiento económico que mantiene con vida al sistema se sustenta sobre la insatisfacción crónica de la sociedad. Y la ironía es que cuanto más crece el consumo de antidepresivos como el Prozac o el Tranquimazín, más aumenta la cifra del producto interior bruto. De ahí que no sea descabellado afirmar que el malestar humano promueve bienestar económico.

Frente a este panorama, la pregunta aparece por sí sola: ¿hasta cuándo vamos a posponer lo inevitable? Es hora de mirarnos en el espejo y cuestionar las creencias con las que hemos creado nuestro falso concepto de identidad y sobre las que estamos creando un estilo de vida puramente materialista. Si bien el dinero nos permite llevar una existencia más cómoda y segura, la verdadera felicidad no depende de lo que tenemos y conseguimos, sino de lo que somos. Para empezar a construir una economía que sea cómplice de nuestra felicidad, cada uno de nosotros ha de asumir la responsabilidad de crear valor a través de nuestros valores. Y este aprendizaje pasa por encontrar lo que solemos buscar desesperadamente fuera en el último lugar al que nos han dicho que debemos mirar: dentro de nosotros mismos.



Una forma fácil de salirnos de este capitalismo que padecemos

Julio García Camarero

Está claro que el crecimiento económico, en el que el capitalismo nos tiene metidos, a todos los habitantes del planeta, (para bien en muy pocos casos y para mal en casi todos los casos) produce deterioro social y ecológico, mata y promete con acabar en un apocalíptico final.
Podemos poner inacabables ejemplos de ello:

En cuanto al impacto y deterioro social:

-En primer lugar, este despilfarro idiota y asesino de los países ricos, se obtiene en su mayor parte del expolio de de los recursos naturales del sur y de la ultra-explotación de los recursos humanos del Sur.

-Simultáneamente, también se esta aumentando cada vez más la explotación de los trabajadores del Norte (recortes salariales, de derechos sindicales, recortes de gastos en la seguridad social a la vez que se aumenta la “seguridad” callejera, aumento de la precariedad y de la jornada laboral, aumento de la edad de jubilación, aparición del despido gratuito, etc.).

-Imposición del aumento de la productividad como única forma de mantener el puesto de trabajo. Amenazas, por todas partes, para que con el miedo se pueda manipular mejor al personal.

-Someter al individuo a la condición de consumista (ello es indispensable para salvar al sistema capitalista), es decir convertirlo en un ser que destina un alto porcentaje de de sus gastos a seudo-necesidades (objetos que no sólo no son necesarios, sino que generalmente son perjudiciales para la salud corporal o mental y de forma directa o indirecta).

-Además, al “consumista” así conformado, por el marketing y por el poder mediático y económico, le han hecho creer que la felicidad consiste, precisamente, en este “mono” consumista, el cual solo nos conduce a la eterna insatisfacción e infelicidad.

En cuanto a impacto y deterioro ecológico, podemos mencionar:

-Agotamiento de los recursos del planeta (solo en los 30 últimos años hemos terminado con el 33% de los recursos totales del planeta).

-En EEUU, (en el país modélico del “sueño americano”) el impacto y deterioro ecológico es muchísimo más grave que en el resto de los países, por ejemplo: pese al tener solo el 5% de la población mundial, está consumiendo el 30% de los recursos que se consumen en el planeta y creando el 30% de los residuos mundiales. Si todos los habitantes de la tierra consumiéramos como los gringos necesitaríamos los recursos naturales de 3 a 5 planetas (esto es lo que se denomina “huella ecológica” o “huella humana”) y solo tenemos un planeta. Pero una amenaza productivista-consumista aún muchísimo mayor que EEUU, en tan solo un par de lustros, nos vendrá de la China; con su constante crecimiento anual de dos dígitos, y su campeona explotación mundial del hombre por el hombre.

- A nivel planetario ya hemos consumido un billón de barriles de petróleo de los 2 ó 3 billones que se calcula existían en toda la corteza terrestre.

EEUU y la EU se consume sobre unas 20 veces más energía en la obtención de alimentos, que la que en realidad aportan estos alimentos. Esta baja eficiencia les interesa a los suministradores de insumos pues con ella aumentan su ganancia independientemente de que estén ocasionando una crisis alimentaría plagada de hambruna. Además esto significa un despilfarro de energía cuando ya hemos agotado cerca de la mitad de las reservas mundiales existentes.

-Los niveles de aporte de agua potable por habitante se reducirán un tercio en los próximos 20 años. En consecuencia 2.500 millones de personas (casi un tercio de la población mundial) padecerán sed crítica.

- Aparecerá el cambio climático y el ascenso de la temperatura media global, a consecuencia del aumento de los gases de efecto invernadero (GEI) debidos a la frenética actividad consumista-productivista.

- Ya están avanzando los desiertos de entre 3 a 7 km. /año, y ello fundamentalmente a consecuencia del cambio climático.

En cuanto a que el crecimiento capitalista mata, también podemos citar algunos ejemplos:

-En el verano de 2010, en Moscú murieron 5.000 personas por el recalentamiento debido al cambio climático, (la temperatura ascendió a más de 40ºC, en un lugar que rara vez sobrepasó los 30ºC). A parte de estas muertes registradas en la capital a causa del ascenso de la temperatura se produjo un desastre total en el “granero del mundo” que constituye la estepa rusa. El trigo se agostó y su producción bajo por debajo del 50% lo que originó la subida del precio del pan en todo el planeta, lo que acentuó la crisis alimentaría y produjo muchas más muertes por hambruna en todo el mundo que las mencionadas muertes moscovitas.

-La necesidad de consumir energía nos empuja a construir centrales nucleares, con los incalculables peligros que estas y sus residuos conllevan. Sumando Hiroshima, Nagasaki, Chernovil y Fuku-Shima, ya se han sobrepasado los 100.000 muertos por causa nuclear, pero prosiguen habiendo infinidad de afectados que irán muriendo silenciosa y dolorosamente de cáncer, muertes que no se contabilizarán nunca. El costo de la construcción no las justifica en absoluto. No solo resulta caro en vidas humanas, sino que también desde el punto de vista económico tampoco esta justificada su construcción; pues resultan extremadamente caro en cuanto a su establecimiento, los almacenamientos de residuos y la seguridad nuclear. Por ejemplo, solo el costo de la construcción del nuevo sarcófago para cubrir el ya corroído y resquebrajado sarcófago de Chernovil, costará nada menos que 700. millones de dólares (pero aún puede sobrepasar los 1.000 millones de dólares); una obra faraónica que tal vez haya que repetir cada medio siglo durante milenios.

. La construcción de centrales nucleares sólo las justifica en desorbitado volumen de negocio sucio que generan.

- En el tercer mundo las muertes por escasez de agua (escasez debida fundamentalmente al cambio climático y a la contaminación y agotamiento de los acuíferos), ya es superior a las muertes debidas a todas las guerras producidas desde la primera guerra mundial.

Bueno, he llegado a mostrar algunos pocos ejemplos de los estragos que produce el capitalismo consumista que indican, sobradamente, que ya está siendo urgente salirse de este sistema. Pero estos ejemplos mencionados solos son la punta de iceberg, del problema, podríamos llenar libros y libros describiendo estos males ocasionados por el sistema capitalista y su manía del crecimiento ilimitado. Yo ya llevo escritos dos (1) y aún necesito continuar con unos cuantos.

Además casi todos los autores de la corriente del “decrecimiento” argumentan que para “decrecer” hay que salirse del sistema capitalista, y la razón más importante que argumentan es que crecer ilimitadamente (como se plantea el capitalismo) a partir de unos recursos naturales que son limitados es algo obviamente imposible. Pero pocos autores nos explican que es lo que hay que hacer para salirse de este sistema.

Por otra parte la mayoría del público que tiene cierta sensibilidad ecologista y decrecentista piensa que es una quimera pensar en salirse del sistema capitalista, pues lo tienen clarísimo que es imposible, esto es lo que les ha inculcado en sus cerebros el poder mediático y macroeconómico.

Pero salirse del capitalismo puede resultar insospechadamente sencillo. Y mas ahora que con la crisis está seriamente tocado de un ala.

Puede ser muy sencillo, en efecto: desde el crack de 1929 y sobre todo después de un par de lustros de pos-guerra de la 2º Guerra Mundial; al final los cuales los mercados comenzaron a saturar las necesidades creadas a causa de la destrucción de la guerra, la el capitalismo comprendió que la única forma de superar la crisis de saturación de mercados, era potenciar el “consumismo” de “seudo necesidades”. Es decir convertir al “consumidor” en un “consumista” enajenado y compulsivo.

Pues bien, si en la actualidad, individualmente, pero masivamente, tomamos conciencia de esta nociva estratagema del sistema, y en consecuencia, dejamos de consumir pseudos-necesidades. Es decir regresamos a ser simplemente consumidores en lugar de consumistas enajenados y compulsivos, simplemente con esto, el capitalismo se hundirá estrepitosamente y además dejaremos de joder a la naturaleza, esquilmándola y contaminándola. También, con esta sencilla acción entraremos en un sano decrecimiento, en donde inevitablemente se trabajará menos y habrá mas tiempo para le recreación y las relacionas humanas que son las que realmente producen la felicidad.

Pero esto, que es así de sencillo, no se está llegando a realizarse porque existen dos frenos que lo impiden:

1º No poseemos los medios de difusión masivos y potentes que son indispensables para difundir en todos los rincones de la tierra, la idea de que es urgente y muy sencillo salirse del capitalismo.

2º Nos da vértigo, salirnos del capitalismo (y yo me incluyo en ese miedo)… pues pensamos ¿Qué puede venir después del capitalismo (según aquel refrán ultra conservador que dice más vale malo conocido que bueno por conocer). Y además, de acrecentar este temor ya se ocupa el poder mediático y los fortísimos intereses del poder económico, el cual no desea que se le acabe el chollo de la explotación y del capitalismo.

Pero si consideramos aunque solo sea la punta del iceberg de los males del capitalismo señalados un poco más arriba, nos dará aún mucho más vértigo quedarnos dentro del capitalismo, pues él no es más que un tren veloz que nos está llevando aceleradamente hacia el abismo apocalíptico.

Pero hay que logar superar estos dos obstáculos y si lo conseguimos, veremos que no tenemos que hacer un gran esfuerzo para derribar al capitalismo: simplemente, dejar de comprar seudo-necesidades. Únicamente que todos pasemos de consumistas adictos y compulsivos a simples consumidores dotados de la mínima sobriedad necesaria. Simplemente al no comprar seudo-necesidades el sistema capitalista se derrumbará por si solo. Y con este derrumbamiento, al fin, descansaremos en paz y en felicidad a la vez que nos habremos quitado la losa pesada del capitalismo.

7 junio de 2011
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(1) -Julio García Camarero, El crecimiento mata y genera crisis Terminal. La Catarata, 2009, Madrid.
- Julio García Camarero, El decrecimiento feliz y el desarrollo humano. La Catarata, 2010, Madrid.




Nueva página web: Teoría del decrecimiento

De...crecimiento

Lo primero que habría que esclarecer es el término 'decrecimiento'. Qué quiere decir y qué supone. Como bien dice Latouche, 'decrecimiento' es solo un eslogan, provocativo y llamativo, para hablar de cosas de las que, en realidad, se lleva mucho tiempo hablando. Confirma esta idea Yayo Herrero, de Ecologistas en Acción, pudiendo ella misma corroborar, desde su amplia experiencia en la organización, cómo se les ha empezado a "hacer más caso" al acuñar este término para referirse a un conjunto de teorías que llevan décadas proclamándose. De una manera más divertida, Carlos Taibo relata que se dio cuenta de hasta qué punto esta palabra podía ser eficaz cuando tecleó 'decrecimiento', Google no la reconoció y le propuso "¿Ha querido usted decir: de crecimiento?". Después está a quien no convence, en absoluto, hablar de 'decrecer' ya que suena casi aberrante cuando se habla de los países del Sur del mundo, en los que ya de por sí una buena parte de sus habitantes logran sobrevivir a duras penas. Aunque, esta disminución, sea en la parte del globo que sea, se refiera siempre a los que tienen mucho y no a los que apenas tienen.

Los teóricos insisiten en que no es tan importante el término en sí como que, en este momento de la Historia, es necesario un cambio de paradigma, para el cual sí es adecuado tener una definición que cubra los variados espectros que es urgente y necesario modificar en las sociedades "opulentas" de las que habla Taibo. Así, mientras que la teoría del decrecimiento es bastante reciente, sus bases son sólidas, con orígenes en las diferentes vertientes en las que se fue materializando, ya desde la Revolución Industrial, la preocupación por el medio que nos rodea, por los modos de producción, por cómo conseguir energía para transportarse y llevar luz a cada vez más hogares, por el "progreso" socio-económico que ésta prometía.

NAVEGA POR NUESTRA PÁGINA PARA RESPONDER A LAS SEIS CUESTIONES FUNDAMENTALES SOBRE DECRECIMIENTO

Qué. Quién. Cómo. Dónde. Por qué. Cuándo

El decrecimiento: una oportunidad de cambio

Entrevista a Florent Marcellesi,político y activista ecologista, publicada en la revista Goitibera, número 279, abril 2011.

Actualmente muchos movimientos sociales, asociaciones y entidades diferentes entre sí y con objetivos dispares se han sumado a una de las corrientes más en boga como es el decrecimiento. ¿A qué se debe? (¿Es porque se trata de una apuesta multidisciplinar o porque lo social se hace piña?)

Primero constato una profunda desorientación ideológica y organizativa en los movimientos transformadores. Se caracteriza en estos momentos por un lado por una atomización de dichos movimientos y por otro por una búsqueda de nuevos conceptos e ideas que sustenten otros proyectos sociales y políticos capaces de crear ilusión hacia otros futuros posibles.

Segundo, ha entrado con fuerza un nuevo factor estructurante que está recomponiendo el panorama socio-político: la crisis ecológica. Hoy en día, si todas las personas vivieran como la ciudadanía vasca se necesitarían tres planetas. Se acabó el mito del crecimiento económico como condición sine qua non del bienestar humano: al contrario, no hay crecimiento infinito posible en un planeta finito. Esta profunda crisis (que es climática, energética, alimentaria) se suma a las demás crisis sociales (20% de paro y de pobreza en el Estado Español), económica, de los cuidados, y nos acerca a una verdadera crisis de civilización.

En este contexto interviene el término “decrecimiento”. Más que un concepto, es como dice Serge Latouche un “eslogán político” para romper con la ideología del crecimiento o según José Manuel Naredo una “ocurrencia publicitaria provocadora”. Aunque hubiera podido parecer al principio demasiado subversivo como para triunfar en la escena pública, la evidencia empírica nos lleva sin lugar a duda a otra conclusión: el decrecimiento es un “término obús” que tiene una capacidad fenomenal de convocatoria como lo prueba el éxito relámpago de los colectivos Decrecimiento en Euskadi y en el resto del Estado, y la afluencia numerosa a cualquier tipo de charla o conferencia que lleva decrecimiento en su título.

Esta capacidad de convocatoria, cruzada con las ganas positivas de experimentar nuevas ideas, ha permitido crear un ambiente de trabajo propicio al encuentro de diferentes trayectorias políticas, militantes o vivenciales, que han permitido a su vez crear nuevos puentes entre personas o colectivos hasta el momento menos conectados e interrelacionados.

El decrecimiento es un término nuevo que ha cogido impulso gracias, entre otros, a Latouche, pero la esencia del concepto nació hace algunas décadas. Parece haber llegado la coyuntura perfecta para la puesta en práctica ¿Cómo lo ves?

Efectivamente las bases teóricas que dan vida al término decrecimiento son algo más antiguas que el recién apadrinamiento del término por el movimiento social: cogen sus raíces en el movimiento ecologista que surge en los años 60-70. Pero incluso a finales del siglo XIX, el economista John Stuart Mill veía necesario y deseable evolucionar hacia “un estado estacionario del capital y de la riqueza”, sugiriendo que no implicaba “un estado estacionario de la mejora de la suerte humana”. También Keynes pregonaba a principios del siglo XX que cuando hayamos resuelto el “problema económico”, podríamos dedicar nuevas energías a metas no económicas.

Sin embargo, el decrecimiento como tal se apoya ante todo en autores de la ecología política y de la economía ecológica como André Gorz o Nicholas Georgescu-Roegen. Mientras el primero consideraba el decrecimiento como “un imperativo de supervivencia”, el segundo -que no utilizaba directamente este término- proponía en los años 70 un programa bioeconómico para conseguir un nivel de vida decente pero no lujoso. No muy lejos de hecho de la filosofía de Gandhi: “vivir sencillamente para que otros puedan simplemente vivir”…

El decrecimiento ha sido el término idóneo en la coyuntura idónea. Con la suficiente carga ideológica y posibilidad de aplicarlo en la práctica tanto a nivel individual como colectivo, ha canalizado parte de la demanda latente hacia nuevos horizontes. Se ha transformado en punto de encuentro.

El decrecimiento se ha erigido como una apuesta de futuro ¿Qué tiene que ocurrir para que deje de ser una esperanza y convertirse en un modelo económico y social real y viable?

Tiene que seguir acumulando fuerzas y ser un vivero de ideas teóricas y buenas prácticas subversivo e innovador. Al mismo tiempo, tras el fuerte impulso desde los movimientos sociales, tiene que encontrar salidas políticas para que el cambio no sólo venga desde abajo sino también, y de forma complementaria, desde las instituciones.

¿El decrecimiento como herramienta política?

Definitivamente, sí. Al mismo tiempo ¿podrá y será necesario que el decrecimiento sea apadrinado por una corriente política concreta? Por mi parte, creo que el significado profundo del decrecimiento (sólo tenemos un planeta para vivir en paz y de forma equitativa) tendría que ser parte de cualquier movimiento social y político que aspire a la transformación de la sociedad. Mientras el movimiento verde comparte de nacimiento y en mayor o menor medida con el decrecimiento unos mismos referentes y matriz ideológica, las izquierdas –y en primer lugar sus corrientes dominantes donde ha cuajado el mito del crecimiento y del productivismo– se enfrentan a un desafío teórico y práctico tremendo. En este sentido, el decrecimiento va a tener muchas implicaciones sobre las líneas programáticas de los movimientos transformadores, su forma de organizarse o en las relaciones entre movimiento social y político. Va a marcar sin duda recomposiciones y nuevas alianzas dentro del movimiento socio-político que reivindican “otros mundos posibles”.

Y a nivel individual, ¿la simplicidad voluntaria qué pasos conlleva?

Desde la coherencia y teniendo en cuenta que el cambio empieza por ti mismo, conlleva en tu vida diaria buscar el menor impacto ambiental con la mayor satisfacción personal y colectiva. Supone consumir mejor y menos, es decir de forma más responsable, limitando por ejemplo el consumo de bienes materiales a aquellos que realmente necesitas. Significa luchar contra la obsolescencia programada y la sociedad del usar y tirar para orientarse hacia bienes durables y reutilizables. Supone tener un trabajo satisfactorio que dé sentido a tu vida y que suponga consecuencias positivas para la sociedad y la biosfera. Significa preferir una alimentación de temporada, ecológica y comprada a productores locales a unos alimentos procesados y comprados en el supermercado; priorizar una movilidad sostenible (andar, usar la bicicleta y el transporte público) sobre el coche privado; utilizar software libre en vez de programas propietarios, o, frente a valores de competición y de mercado, fomentar otros basados en la cooperación, el disfrute y el vínculo social y comunitario. In fine, la simplicidad voluntaria significa poner la vida en el centro de nuestros objetivos diarios y es un primer paso hacia el necesario cambio colectivo.

Vivir mejor con menos: un cuento chino para algunas personas.

Somos conscientes que no es fácil promocionar lemas de este tipo en tiempo de crisis, cuando la recesión -que pido no confundir con el “decrecimiento”- lleva a más desigualdad, paro o pobreza para las personas y colectivos más desfavorecidos mientras las categorías sociales dominantes siguen encajando beneficios millonarios. Sin embargo, las recetas decrecentistas representan en muchos casos soluciones prácticas para alcanzar la prosperidad personal o colectiva con una mayor calidad de vida. Dicho de otro modo y aún más en tiempo de crisis, una verdadera oportunidad para el cambio.

Desde el ámbito de la transformación social ¿qué logros conseguiríamos?

Digamos que el objetivo del “decrecimiento” es la justicia social y ambiental, para hoy y mañana, en el Norte y en el Sur. A nivel social, supone una sociedad más igualitaria en la que existan diferencias decentes entre sueldos más bajos y más altos (por ejemplo de 1 a 4), donde trabajemos menos y según nuestras necesidades para gozar más y pasar más tiempo con nuestros seres queridos o en pro de la comunidad. En este contexto, la emancipación personal y colectiva es un objetivo mayor, mujeres y hombres comparten trabajos de cuidados y domésticos, cualquier ciudadano/a independientemente de su nacionalidad tiene derecho por el simple hecho de residir donde reside o todo/as tenemos acceso a una vivienda digna…

Aplicar el decrecimiento suponer un nuevo paradigma, y una revisión del concepto de desarrollo ¿qué cambios crees que se deberían dar?

Se debería redefinir términos como el trabajo o la riqueza: necesitamos salir de la dictadura del PIB, utilizar otros indicadores de riqueza que tengan en cuenta todas las riquezas sociales y ecológicas, y preguntarnos ¿por qué, para qué y cómo producimos y trabajamos? Tenemos que apostar también por una relocalización de la producción y del consumo (grupos o cooperativas de consumo, sistemas de trueque, monedas alternativas, etc.) y dar un fuerte empujón a los empleos verdes en la rehabilitación de edificios, energías renovables, agricultura ecológica, etc. Además, repito que un mundo sostenible es un mundo equitativo, lo que supone un reparto de la riqueza (a través por ejemplo de una renta básica y de una renta máxima), del trabajo (semana laboral de 21 horas) o de los cuidados entre hombres y mujeres. Por otro lado, tenemos que actuar con urgencia para evolucionar hacia nuevos modelos urbanísticos, de movilidad y energéticos como las ciudades en transición, que buscan adaptarse al cambio climático y al fin del petróleo barato. Sin olvidar la cuestión central de la justicia ambiental y de unas relaciones Norte-Sur justas, lo que pasa por una reforma profunda de las relaciones comerciales y diplomáticas entre países, de la ONU y las instituciones financieras internacionales. Por supuesto, un cambio de estas características supone una revolución democrática donde existe una verdadera participación directa de la ciudadanía en la res pública a nivel local y global: eso implica una politización de la sociedad y una civilización de la política.

Entrevista con Joaquim Sempere


¿Se puede vivir mejor con menos energía? Si es así, ¿cómo? ¿Estás a favor del decrecimiento económico?

Acabo de decir que se puede vivir “satisfactoriamente” con menos energía. Tal vez se puede vivir, como tú dices, incluso “mejor” que ahora. ¿Cómo? La pregunta me supera. La clave probablemente es reducir las expectativas materiales. Algunos filósofos de la contención –como los antiguos cínicos, estoicos y epicúreos- han dicho que la riqueza consiste no en tener mucho sino en desear poco. Pero no bastan generalidades como ésta. Si disponemos de menos energía, tendremos que trabajar más con las manos, como antes. Viajaremos menos. Tendremos que obtener el alimento de una agricultura de proximidad: será inviable el “lujo” de comer en Madrid calabacines o tomates cultivados en Murcia o en Marruecos. Los artefactos serán más caros y deberemos renunciar a muchos de ellos, o tendremos que aprender a compartirlos (por ejemplo con el alquiler de coches o bicicletas, o el uso compartido de lavadoras). Habrá que echar mucho ingenio en nuevos estilos de vida, que tal vez nos aporten más contacto social, más tiempo libre, menos stress. De todos modos, cuidado con lo del tiempo libre, porque seguramente tendremos que renunciar a muchas máquinas y, por tanto, dedicar más horas al trabajo manual, incluido el trabajo manual doméstico.

Creo que el decrecimiento económico es nuestro destino inexorable. Hemos crecido demasiado. Según los cálculos de la huella ecológica (con todas las incertidumbres y posibles errores que suponen), ya vivimos por encima de nuestros recursos, o sea, ya estamos deteriorando la base de recursos naturales, y así vamos a dejar un mundo menos productivo que el actual a nuestros descendientes. Si no refrenamos voluntariamente nuestras punciones sobre la biosfera, será la biosfera misma la que nos pondrá coto. La alternativa no es: crecimiento o decrecimiento, sino decrecimiento calculado y voluntario o decrecimiento forzoso. En este segundo caso, no hace falta decir que puede suponer un futuro de pesadilla, de colapso de la civilización, de lucha de todos contra todos. Creo que seguir hablando de que el crecimiento es bueno, indispensable para nuestro bienestar, necesario para conservar los puestos de trabajo existentes y aumentarlos, etc. es una irresponsabilidad increíble. Y sin embargo, no hay más que leer o escuchar lo que dicen nuestros líderes políticos y económicos (y también sindicales), que no sólo no luchan contra el dogma del crecimiento, sino que lo alimentan sin cesar. Vamos muy mal.

En tu aportación al volumen sostienes que si no prevalecen principios democrático-igualitarios podemos vernos abocados a ecofascismos o ecoautoritarismos asociados a formas de imperialismo que “exporten“ al Sur, que sí existe para estas “externalidades”, los efectos más destructivos de la crisis ecológica. ¿Este es el futuro que vislumbras? ¿Qué hacer entonces?

¿Qué hacer? Explicar la verdad de lo que nos amenaza y predicar una moral de la frugalidad y la contención. Tratar de lograr una masa crítica de ciudadanos y ciudadanas dispuestos a adaptarse a escenarios de escasez defendiendo lo esencial: la dignidad del ser humano, las libertades políticas, las conquistas democráticas y la equidad. Y dispuestos a construir una organización productiva ecológicamente sostenible, aunque tengan que renunciar a muchas comodidades que hoy damos por supuestas, como si fueran lo más natural del mundo. La equidad es muy importante, pues en un mundo con más escasez las desigualdades serán más intolerables: por eso ahí surgirá una oportunidad nueva para el socialismo. Por de pronto creo importantísimo defender con uñas y dientes lo que nos queda de “Estado del bienestar”, y tratar de ampliar sus prestaciones en la medida de lo posible y razonable. El Estado del bienestar se basa en una filosofía colectivista, no individualista. Es una de las herencias institucionales del siglo XX a defender.

El problema del Sur es aun más complicado de abordar, porque las desigualdades entre Norte y Sur han llegado a ser abismales. No me atrevo a decir gran cosa al respecto. Sólo una: seguramente los países del Sur ganarían si no se interfiriera en sus propios procesos autónomos desde fuera, desde Occidente. El mercado mundial nos destroza a todos, a ellos sobre todo, pero también a nosotros. Lo malo es que cuando toman las riendas de su destino, imitan lo peor de Occidente, como está ocurriendo en China. Hay excepciones, pero afectan a comunidades numéricamente poco significativas.


Dossier sobre decrecimiento en la revista Euskal Herria

Desazkundea

La revista bimensual Euskal Herria ha realizado un dossier denominado "Nuevas formas de consumo", en la que el tema principal es el Decrecimiento. Habla de los mitos del crecimiento, huella ecológica, agricultura ecológica, grupos de consumo, bancos de tiempo, entre otros.

Mediante este enlace podréis ver el documento completo.

Descargar dossier

"Francis Fukuyama, politólogo y ensayista estadounidense, vaticinó en 1992 el ‘fin de la historia’ en cuanto que lucha de ideologías. Terminada la Guerra Fría, la democracia liberal se alzaba triunfante como modelo político; el libre mercado, junto con la ciencia y el progreso servirían para resolver los problemas materiales de la humanidad.

Casi 20 años después, vivimos en unas sociedades pobladas de millones de pobres –cifra ahora creciente–, violencia a muy diferentes niveles y un expolio de recursos naturales a escala planetaria para beneficio de unos pocos que nadan en la abundancia. El libre mercado se estanca en crisis económicas cíclicas y su maquinaria productiva.

Para atajar estas crisis cíclicas, el sistema ha implementado siempre la misma solución: incentivar el crecimiento. Las economías no crecen y ese, se dice, es el problema. Pero, ¿pueden el planeta y sus sociedades soportar tasas de crecimiento indefinidas? ¿Es la falta de crecimiento un problema, o es el crecimiento el problema en sí mismo?"

Practica aquello que piensas

Buenas practicas Gasteiz en Transición

Santiago Alba Rico: El agujero blanco

Santiago Alba Rico - Rebelión

En el centro de Madrid, la ciudad más frívola y regañona del mundo, hay un agujero blanco que amenaza con convertir en una alucinación el Parlamento, el estadio Santiago Bernabeu y El Corte Inglés. ¿Es una revolución? De momento es sólo (¡sólo!) una inversión espacial, material, tangible, diminuta, de la marcha mental del mundo; una costura de realidad intensa en un inmenso desgarrón sin sentido; el punto suelto a partir del cual se podría poner del revés -del izquierdo- el calcetín del universo. La Puerta del Sol, con sus irregulares colinas de lona y su crepitar de papeles, es el primer asentamiento de la civilización. Es el paso de nuevo al sedentarismo, la agricultura, la urbanización, la escritura, la razón. Así avanza la humanidad. En el corazón de la selva se abre hueco una ciudad. Madrid está asediada desde dentro; está cercada desde el interior. Al tumor gigantesco le está creciendo un cuerpo; le está brotando un pulmón; le ha salido un bultito de salud.
Desde hace dos semanas Madrid -como otros lugares de España- es una ciudad doble. Para los extranjeros que ya la conocíamos, llegar a la Puerta del Sol desde la Plaza Jacinto Benavente o desde la calle Preciados es como romper y atravesar el cartón pintado que nos separa del espacio mismo. Por un pasillo de imágenes publicitarias (“hoy estoy más guapa que nunca”, “prometo ser joven para siempre”, “el mundo cambia cada 20 segundos; cambia tú con él”) se desemboca abruptamente en la realidad. El espacio -la condición misma de la sensibilidad común- no existe en todas partes y no existe casi nunca; de hecho, el capitalismo consiste socialmente en impedir su cristalización, en abortar de raíz cualquier abertura, en destruir toda forma de yuxtaposición a la intemperie. “Espacio” no se dice de cualquier sitio; se dice sólo de aquellos lugares que hemos conquistado, de los que nos apropiamos ininterrumpidamente mediante el trabajo, de los que marcamos con nuestros manos y nuestras letras, de aquellos cuyo origen podemos recordar y relatar y cuyo destino podemos modificar. Bajo el capitalismo, el espacio mismo -como los elefantes, las cabinas telefónicas y los regalos- es cada vez más una rareza. Ocurre de milagro, algunas noches, entre dos cuerpos desnudos. Pero habitualmente no nos movemos en el espacio, no ocupamos ningún espacio, no tenemos propiamente espacio. La Puerta del Sol, con sus colinas de lona azul y su crepitar de papeles, desconcierta sencillamente porque se puede medir. Porque está bajo el cielo. Porque aparece. Comparece. Y hasta parece. A su lado, la otra ciudad -en la que han ganado las elecciones Gallardón y Esperanza Aguirre- se destiñe y decolora muy deprisa; no se sostiene; no aguanta la comparación; está radicalmente deslegitimada por su radical falta de espacio. ¿Cómo va a ser democrática una ciudad en la que ningún ser humano y ninguna cosa tienen sitio, tienen su sitio? “Un polvo cada cuatro años no es vida sexual; un voto cada cuatro años no es democracia”, declara un cartel en la plaza. “Error 404, democracia not found”, anuncia otro. El espacio, como la democracia, es sobre toda una decisión colectiva; un compromiso reiterado del cuerpo con su entorno. Por eso un Parlamento puede no ser un espacio; y por eso una plaza puede convertirse a veces en un Parlamento. La Puerta del Sol está llena de gente por una razón muy sencilla: porque, al contrario que el resto de la ciudad, es -oh maravilla- un lugar.
Bajo el capitalismo, el espacio “ocurre” de milagro. Bajo el capitalismo, el movimiento del 15-M sólo puede ocurrir “de milagro”. En general pensamos que “milagro” es todo aquello que se produce en contra de las leyes de la naturaleza. Pero bajo el capitalismo nada sucede de manera natural. ¿Semillas estériles? ¿Casas vacías y gente sin techo? ¿Abundancia e insatisfacción? ¿Pueblos descontentos y al mismo tiempo sumisos? Bajo el capitalismo hace falta precisamente un milagro para que se cumplan de vez en cuando las leyes de la naturaleza: para que las frutas maduren, para que los amantes encuentren una cama limpia y libre, para que los ladrones no sean recompensados, para que a los trabajadores no se les amputen los brazos. ¿Es extraño que, tratados como niños, despreciados, privados de trabajo, subcontratados, sin casa y sin futuro, sobornados y reprimidos, los jóvenes se rebelen contra el “sistema”? Es natural; es un milagro. Lo propio de la juventud no es rebelarse contra los mayores sino rebelarse contra la infancia, en la que el capitalismo trata de retenernos a todos con una combinación de golosinas y reformas laborales. Lo verdaderamente inesperado del movimiento 15-M es que restablece los procesos naturales. ¿Qué reclaman los jóvenes? Su derecho a ser adultos. Entre el Carrefour y la televisión, entre la Warner y Belén Esteban, entre el populismo de las marcas y el de los políticos, la reivindicación de “mayoría de edad” es la más radical, la más revolucionaria, la más política que puede imaginarse.
Madrid es, sí, una ciudad doble. No nos engañemos. En una de sus mitades, la falsa democracia introduce efectos reales desde el Parlamento, el Ayuntamiento y la Comunidad. En la otra, la democracia real peina y despioja el aire; embellece el viento. ¿No introduce ningún efecto? La emancipación recíproca de estas dos ciudades, que se desarrollan en paralelo sin apenas roces (una vez descartada la intervención policial), facilita la inmensa levadura de una “ilusión constituyente” que se expande, más allá de Sol, por Jacinto Benavente, la plaza de Carmen, Ópera y Montera. Decenas, centenares de jóvenes -y no tan jóvenes- ocupan en corro las aceras, pegan pizarras de papel en los árboles o en los escaparates de El Corte Inglés, se educan, se respetan, imaginan en todo detalle una alternativa al “sistema” que quiere convertirlos en mercancías. Redactan una constitución. La liberan en la atmósfera. La hacen galopar sobre los árboles. ¿Nada? El ejercicio de la seriedad, de la madurez democrática, del debate político, ¿no es nada? ¿La belleza de un cuerpo o de un poema mejora nuestra vida y la belleza de la democracia viva -la belleza kantiana de la sensibilidad común- no nos deja ninguna huella? En los corros de las plazas, donde se discute sobre enseñanza, economía y cultura, todas las asambleas de las comisiones comienzan con la advertencia: “No nos demos prisa; tenemos todo el tiempo del mundo”. No es verdad, no lo tenemos, pero esta declaración, como la reivindicación del derecho a la “madurez”, es la subversión misma de la lógica que domina el intercambio de mercancías, la televisión y la guerra. Durante horas y horas, jóvenes formateados por el consumo, aislados y desiderativos, ajenos desde el nacimiento a toda noción de colectividad y organización, han permanecido bajo el sol, en vilo, sin cambiar de postura sobre el suelo, conscientes de pronto de que ningún polvo, ninguna lanzadera, ninguna telenovela, ningún programa de televisión, ninguna droga de diseño, es tan apasionante e interesante como una asamblea.
Más acá de la belleza misma, más allá del aprendizaje acelerado y de la ralentización de Madrid (que flota vertiginosamente a la deriva), la ilusión constituyente de decenas de miles de personas reunidas en una plaza ha constituido ya su propia legitimidad. Todo poder, a condición de que sea lo suficientemente grande, es fundacional (y por lo tanto disolvente). El de Sol lo es. A su lado, la otra ciudad -en la que han ganado las elecciones Gallardón y Esperanza Aguirre- se destiñe y decolora muy deprisa; no se sostiene; no aguanta la comparación; está radicalmente deslegitimada por su radical falta de realidad. ¿Ningún efecto? Las movilizaciones y asambleas de estos días, constituyentes de su propia legitimidad, "desconstituyen" el poder que denuncian y al que se oponen. Pase lo que pase, el Parlamento y El Corte Inglés son ya casi una alucinación; se desvanecen en el aire; tienen de pronto algo inconsistente y espectral. El movimiento 15-M ha golpeado la línea de flotación misma del sistema; y el sistema ha acusado el golpe y se ha asustado. Y eso -como la fórmula de la relatividad o la composición de Las Meninas- es inolvidable para la humanidad.
Todos los poderes constituyentes surgidos de la movilización cabalgan siempre la urgencia de la utopía. Y las utopías siembran, activan, tropiezan en paradojas. En este caso -paradójicamente, sí- la utopía revolucionaria del 15-M invoca una especie de tiranía de la no-confrontación. Los sueños de transformación radical asumen en la asamblea general de Sol el lenguaje y el contenido de los discursos políticamente correctos: respeto, responsabilidad, convivencia, consenso, conceptos que se traducen también en ese código gestual, sumariamente plebiscitario, con el que aprueba o condena la multitud las intervenciones de los oradores. Es interesante reparar en este impulso. Las democracias capitalistas han insistido en “educar en valores” porque pretenden ser democracias; pero no pueden dejar de violarlos (los valores) porque son capitalistas. ¿Respeto guerrero? ¿Responsabilidad corrupta? ¿Convivencia explotadora? ¿Verdad mentirosa? ¿Consenso asesino? ¿Honestidad ladrona? Lo normal habría sido que esta hipocresía estructural hubiese inutilizado para siempre los valores mismos y que los jóvenes hubieran dejado de creer al mismo tiempo en el capitalismo y en la democracia. Pero como para dar la razón a Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, y con una lucidez inesperada, los jóvenes del 15-M se han apoderado del lenguaje políticamente correcto que invocan y patean los políticos y se lo han tomado en serio contra ellos. “Seamos imposibles”, dice una pancarta que invierte el famoso eslogan del 68, “pidamos realismo”. La spanish revolution no es ni postmoderna ni prefascista: es ingenuamente ilustrada. Es radicalmente moderada. Ha entendido precisamente que la utopía está del otro lado, allí donde se pretende ser honesto y capitalista, responsable y bombardeador, pacífico y millonario, y que en ese marco de hipocresía estructural la verdadera utopía es la del realismo, la de pedir cosas sencillas, naturales, normales, sensatas. Mientras el capitalismo materializa criminalmente los sueños, la asamblea de Sol sueña colectivamente pequeñeces de sentido común.
Pero la utopía de la no-confrontación se enreda enseguida en paradojas.
El movimiento 15-M es apartidista. Las siglas, las banderas, las filiaciones ideológicas están excluidas de Sol con la fuerza represiva (casi forclusiva) de un tabú. Es inquietante y a veces irritante. Es también injusto con los jóvenes -o no- que llevan años luchando dentro de organizaciones extraparlamentarias y que ahora ven penalizado, en vez de reconocido, su tesón. Pero forma parte de la levadura misma de la movilización contra una pseudo-democracia que no puede distinguir entre partidos, todos ellos orgánicamente funcionales a su reproducción. Y tiene una dimensión muy bonita, una conmovedora potencia revolucionaria. El tabú de las filiaciones suspende e invierte de hecho, en la acampada de Sol, en el trato recíproco entre los acampados, en el seno de las comisiones y en las discusiones de la asamblea, el principio de desconfianza vigente en la sociedad exterior. El mandamiento “confía sólo en los conocidos” se transforma en su contrario, y en forma también imperativa: “sólo podemos confiar en los desconocidos”. Sólo cualquiera puede hablar en las asambleas, sólo cualquiera puede ser escuchado, sólo cualquiera tiene autoridad para hacer una propuesta. Es difícil no emocionarse ante esta decisión radical de impersonalidad y universalidad que reivindica la objetividad de los discursos (junto al derecho de todos a ser amados y bien tratados) y que, en un contexto de activa desconfianza hacia los partidos, permite a los militantes de izquierdas enunciar sus argumentos sin prejuicios ni resistencias.
La consecuencia natural de esta utopía de la no-confrontación, que iguala a todos los desconocidos, es la voluntad de consenso. Pero reprimir la confrontación en una asamblea abierta y universal convocada contra la otra ciudad -donde han ganado las elecciones Gallardón y Esperanza Aguirre y donde Rubalcaba embrida a sus policías-; forcluir las filiaciones ideológicas en un mundo en carne viva, dividido por intereses de clase y de facción, entraña muchos riesgos. El consenso entre 5.000 desconocidos -principio rector de las asambleas generales de Sol- aboca a la exclusión de todas las propuestas radicales, frente a las cuales cuenta más un veto que 4.999 votos. Cualquier desconocido, digamos, puede impedir un acuerdo. Y esta paralización, a su vez, sólo puede ser conjurada rebajando el contenido de las propuestas y aumentando el nivel de manipulación, populismo y liderazgo de los moderadores asamblearios. El consenso, concebido como el instrumento más radicalmente democrático, acaba conduciendo paradójicamente a la in-decisión y la demagogia. La confrontación con el enemigo es inevitable; y la unión con el compañero está mejor garantizada, como sugiere Ernest Favil en una de sus magníficas crónicas, por el derecho al voto que por el derecho al veto.
Utopías y paradojas. Como los levantamientos populares en Túnez y en Egipto, el movimiento 15-M demuestra que lo propio de la libertad es ponerse límites a sí misma; que lo propio de la espontaneidad es organizarse. “Por un mundo más organizado y menos ordenado”, dice una consigna de Sol. Contra toda la propaganda interesada, contra todas las pretensiones de un caos original, los jóvenes de la acampada -de las acampadas en toda España- han demostrado que lo más profundo, lo más espontáneo, lo más original es la disciplina y la organización y que hace falta mucha violencia para desordenar el mundo. Pero la paradoja de la espontaneidad es que, abandonada a su propio impulso, resulta demasiado organizada. La espontaneidad es tan disciplinada, meticulosa, clasificatoria y reguladora que, si no es reprimida, desemboca en una hipertrofia burocrática. Como extranjero interesado en el movimiento, traté una tarde de trazar el organigrama de las comisiones y grupos de trabajo (Respeto, Comunicación, Coordinación Interna, Alimentación, Infraestructura, Economía, Cultura, Pensamiento a Largo Plazo, Espiritualidad, Medioambiente, Feminismo, Migración y Personas, etc.). Fue imposible. No hay ningún gobierno del mundo que tenga tantos ministerios, secretarías de Estado y departamentos como la Asamblea de Sol. Se ha creado ya una Comisión de Comisiones y, fruto de la opacidad burocrática, ha habido que poner en marcha una auditoría contra la comisión de Comunicación. Todo ello debería hacernos reflexionar quizás sobre esta relación de recíproca excitación entre espontaneidad organizadora y frondosidad burocrática. Lo espontáneo es la organización; y lo más espontáneo, apenas se complican las relaciones, es la burocracia. Frente a ella y como principio político libertario, es necesario -otra paradoja- introducir instituciones estables. La Puerta del Sol, con sus irregulares colinas de lona y su crepitar de papeles, es el primer asentamiento de la civilización. Es el paso de nuevo al sedentarismo, la agricultura, la urbanización, la escritura, la razón. Espontáneamente ha recorrido en quince días todas las estaciones de la evolución humana. Pero este proceso emocionante y rapidísimo nos enseña también que para detenerse hace falta más disciplina que para dejarse llevar por la disciplina.
Y está el amor. No hablo de la comisión de Espiritualidad ni de la subcomisión de Abrazos Forzados, de la que hay que huir como de la peste. La única cosa que debe ser verdaderamente espontánea es un abrazo y no hay ninguna diferencia entre imponer una caricia o imponer un látigo. Pero el amor es central en la acampada de Sol, como lo fue en la plaza de Tahrir en El Cairo o en la Qasba de Túnez. Lo espontáneo es, sí, la organización; y lo espontáneo, apenas uno se siente parte de otro cuerpo, es la solidaridad, la paciencia, la delicadeza, la atención, el cuidado, el sacrificio, los buenos modales. Lo dijo Aristóteles hace 23 siglos: “lo propio del enamorado es sentirse y querer ser bueno”. Hay que cambiar el mundo, “desordenarlo” mucho, para que nos volvamos organizados; hay que cambiar el mundo, “desordenarlo” mucho, para que nos sintamos y queramos ser buenos. Toda revolución es un enamoramiento colectivo que, al mismo tiempo que transforma las formas de gobierno, transforma el marco de la sensibilidad común. Eso también es política. De ese “hombre nuevo” que preconizan los revolucionarios todos los hombres viejos han tenido un atisbo aislado -un chispazo- dos o tres veces en su vida. Es lo más viejo del mundo y sólo se trata, paradójicamente también, de crear las instituciones que lo desmientan y lo conserven. Estar enamorado de todos al mismo tiempo es algo que un cuerpo humano sólo puede hacer durante quince días; bendito sea el amor que demuestra que el amor es posible; bendito sea el amor que impugna en una plaza el pesimismo antropológico de los liberales y los banqueros; bendito sea el amor que se presenta, cuando menos se lo espera, como el logos primero. Pero no basta. Hay que ir más allá. Ahora de lo que se trata es de derrocar el gobierno, los gobiernos capitalistas, para que gobierne el amor. Cuando gobierne, es verdad, ya no será nuestro amor sino nuestro gobierno y no estaremos enamorados de él (¡Dios nos libre!), pero podremos exigirle que deje madurar las frutas, que permita encontrarse a los amantes en una cama limpia y libre y que garantice a los trabajadores el uso de sus brazos y de su inteligencia. Cada cierto tiempo, en una sacudida, todos debemos recordar el amor, lo más antiguo y generador que existe; pero nuestra bondad de enamorados, nuestra libertad de adultos ilustrados, si quiere decidir el destino del mundo, debe volcarse y olvidarse en un buen gobierno. A ese gobierno, cuando lo hayamos constituido, habrá que recordarle de vez en cuando -porque será reformable- que el único tirano ante el que nos inclinamos, y ante el que deben inclinarse todos los poderes, son el amor primero y la razón común.
Para conservar el amor y el deseo de ser buenos, para conservar el asambleísmo y la democracia real -amenazadas ya por la fatigosísima espontaneidad organizadora- quizás ha llegado el momento de abandonar la Puerta del Sol. ¿Quiénes están allí? Un poco todos: desempleados que por primera vez se sienten útiles, hippies enganchados a la felicidad del instante, militantes de todos los colores aferrados a la oportunidad de su vida, jóvenes sin futuro que pasaban por allí y quedaron absorbidos para siempre en el agujero blanco. Todos sienten lo mismo. Son los nuestros; somos nosotros. Es difícil renunciar al único lugar del mundo; es difícil renunciar al amor; es difícil renunciar a una experiencia que nadie preparó y que nadie puede asegurar que se repita. Es un riesgo partir; pero es un riesgo quedarse. Como extranjero de paso, yo mismo siento la fortísima nostalgia -como me ocurrió en la Qasba- de esta inversión espacial, material, tangible, diminuta, de la marcha mental del mundo; de esta costura de realidad intensa en un inmenso desgarrón sin sentido; de este punto suelto a partir del cual se podría poner del revés -del izquierdo- el calcetín del universo. Pero la victoria ha sido tan grande -el poder fundacional de otra legitimidad que decolora el Parlamento y El Corte Inglés- que quizás, si se quiere seguir adelante, radicalizar y politizar de verdad el movimiento y fundamentar una alternativa, es necesario apostar por los Soles de los barrios y los pueblos, por el trabajo constituyente de las comisiones y los grupos de trabajo y por la coordinación a nivel estatal e internacional. El momento antropológico fundacional -el recuerdo de ese amor primero, el poder de los muchos- debe dejar paso ya, aún a riesgo de perderse, si no quiere perderse, a una política que plantee las modalidades y las estrategias de la inevitable confrontación. Porque lo que es seguro es que habrá que volver, quizás todos los meses, como ya se ha propuesto; y entonces necesitaremos más poder, más amor y más propuestas.
Es increíble. Incluso en los tiempos de facebook y twitter, lo que caracteriza a una revolución es que sacraliza los nombres; es decir, los convierte en espacio. Los pone en el espacio. En la época de los no-lugares -los pasillos rápidos de las mercancías y los turistas- las revueltas contra la tiranía reconstruyen rápidamente los lugares, esas decisiones colectivas de tres dimensiones. Muchos pasillos han vuelto a ser lugares en los últimos meses: Tahrir, La Qasba, La Perla, Puerta del Sol, Plaza de Catalunya, Plaza Sintagma, La Bastilla.
El sol es un agujero blanco; sigamos agujereando de luz las noches del mundo.