Punto ciego

La era de la adaptación

Otro mundo es mejor

Fernando de la Riva - Participasión

La construcción de un nuevo tipo de sociedad… depende antes que nada de nuestra conciencia y de nuestra voluntad, o, más sencillamente aún, de nuestra convicción de que el riesgo de que se produzca una catástrofe es real, cercano a nosotros y de que, por tanto, tenemos que actuar necesariamente. Pero esta convicción no se forma por sí misma en cada ser humano… En vez de soñar de forma irresponsable con una salida a la crisis que suele definirse, demasiado alegremente, en función de la reanudación de los beneficios de los bancos, debemos tomar conciencia de la necesidad de renovar y transformar la vida política para que ésta sea capaz de movilizar todas las energías posibles contra unas amenazas que son mortales.”

No, no es un radical antisistema quien hace esta reflexión, es Alain Touraine. Muy mal deben andar las cosas cuando el habitualmente moderado sociólogo francés parece estar de acuerdo en su diagnóstico con Serge Latouche, Fernando Cembranos y con quienes defienden el decrecimiento.
Touraine nos señala dos claves fundamentales para que se produzca la movilización social capaz de hacer frente a las amenazas.
La primera, es la convicción de que el riesgo de que se produzca la catástrofe es real.
Necesitamos que esa convicción sea masiva, que alcance a la mayoría de la población.
Y tal cosa no va a ser fácil, porque a pesar de los indicios crecientes de la gravedad de las crisis, la mayoría social -especialmente en los países enriquecidos- continuamos fascinados por la ficción del crecimiento y el consumo, esperando “la salida de la crisis”.
Como dice Touraine, no es una convicción que se forme por si sola, así que va a ser necesario que, paralelamente al agravamiento de las condiciones de vida, multipliquemos la sensibilización y la concienciación social.
Aquí tenemos una responsabilidad individual -cada uno y cada una- y colectiva -cada organización, cada movimiento social- de contribuir al desvelamiento de la realidad.
A estas alturas, quienes callan o niegan son cómplices.
Y, repito, no será fácil despertar las conciencias, porque a las gentes no nos gusta que nos amarguen la fiesta del consumo, que nos hablen de problemas y riesgos, que nos exploten el globo, la ilusión del crecimiento sin fin.
Una segunda clave es la conciencia -también masiva, mayoritaria- de que tenemos que actuar, de que no podemos esperar a la acción de los gobiernos o los representantes políticos.
De nuevo topamos aquí con las resistencias de una sociedad acomodada, apática, que ha delegado la acción y la responsabilidad política en manos de los partidos.
¿Cómo hacerlo? ¿Cómo poner en pie formas inéditas de organización y acción política, que sean capaces de articular a una nueva mayoría social que está por construir, que será necesariamente plural y heterogénea, que carece de los valores y habilidades sociales necesarios para autoconstituirse?

Se necesitará de grupos capaces de analizar con coherencia la catástrofe y de expresarla en un lenguaje común. Deberán saber abogar por la causa de una sociedad que establece cercos y hacerlo en términos concretos, comprensibles para todos, deseables en general y aplicables inmediatamente.

El que esto decía era Ivan Illich que, hace más de 35 años, ya nos ponía en guardia ante la “Gran Crisis”.
Él nos aporta otra clave fundamental para la movilización social a la que nos convocaba Touraine: la recuperación del lenguaje, que, en palabras de Illich, “es el primer pivote de la inversión política“.
Se trata de recuperar “un lenguaje común, comprensible para todos, que llegue“.
A menudo, nuestros discursos -los de quienes decimos querer cambiar el mundo- suenan oscuros, tristes y lastimeros, dogmáticos y sectarios, a viejo, a retórica del pasado.
Así que hemos de volver a aprender a decir la realidad, a contarla con nuevas palabras, capaces de convencer y seducir a una nueva mayoría social.
No basta con mostrar los problemas que existen, es preciso “formular aquello que queremos, aquello que podemos y aquello que no necesitamos… en términos deseables y aplicables…inmediatamente“.
No es suficiente con denunciar el presente, es necesario anunciar un futuro mejor posible.
Saul Alinsky, otro precursor del cambio social, nos avisaba de que “cuando las personas se sienten impotentes y piensan que no tienen los medios para cambiar la situación, no se interesan por el problema“.
Es lo que se ha llamado la “ideología de la impotencia“: si no podemos cambiar nada, por que molestarnos en hacer algo.
Para poder interesar a la mayoría, convencerla y movilizarla hacia un cambio social tan profundo como el que necesitamos, hemos de demostrar -con nuevos lenguajes- que esta realidad no es inevitable, la única posible, y que el fin de esta sociedad productivista y consumista -incluyendo las limitaciones y renuncias que ello implica- no es necesariamente un desastre, sino que puede ser la oportunidad para construir una sociedad mejor donde los hombres y mujeres podemos ser más felices, conviviendo en armonía entre nosotr+s y con la naturaleza.

“Todo comienza siempre con una innovación, un nuevo mensaje rupturista, marginal, modesto, a menudo invisible para sus contemporáneos… De hecho, todo ha recomenzado, pero sin que nos hayamos dado cuenta. Estamos en los comienzos, modestos, invisibles, marginales, dispersos. Pues ya existe, en todos los continentes, una efervescencia creativa, una multitud de iniciativas locales en el sentido de la regeneración económica, social, política, cognitiva, educativa, étnica, o de la reforma de vida. Estas iniciativas no se conocen unas a otras; ninguna Administración las enumera, ningún partido se da por enterado. Pero son el vivero del futuro. Se trata de reconocerlas, de censarlas, de compararlas, de catalogarlas y de conjugarlas en una pluralidad de caminos reformadores”.

Este mensaje, cuajado de esperanza, es del sociólogo y filósofo Edgar Morín, en su artículo “Elogio de la Metamorfosis”.
Morin coincide en el pesimista análisis de la realidad que hacen Alain Touraine o Ivan Illich, pero se esfuerza en señalarnos razones para la esperanza, pues nos recuerda que “ya no basta con denunciar, hace falta enunciar”.
Efectivamente, es imprescindible soñar y describir otro futuro, sin olvidarse de pelear por hacerlo posible, como nos proponía el maestro Paulo Freire.
Así pues, la clave de la esperanza es fundamental para lograr la movilización social que ha de permitirnos enfrentar las graves crisis que vivimos.
Una movilización para construir un mundo y una sociedad mejores, positivos, alegres, más felices. Vivir con menos no significa vivir peor.
Así pues, necesitamos reconocer y conjugar la multitud de iniciativas locales regeneradoras, y convertirlas en un nuevo actor político capaz de enunciar, con un nuevo lenguaje, claro y sencillo, en términos positivos y deseables- una nueva realidad mejor, posible, de aplicación inmediata. ¿Te apuntas?

Vivir sin petróleo

Patricia Midori - Ecología fácil

En un mundo perfecto, frente al hecho inevitable de que el petróleo se va a acabar empezaríamos a adaptarnos con tiempo suficiente para no vivir una transición traumática.

Durante los últimos 100 años nos hemos acostumbrado a vivir con el petróleo: nuestro coche depende de él, también la agricultura con sus fertilizantes y procesos mecanizados, la industria también depende del petróleo, la calefacción de nuestra casa, los productos de la casa contienen plásticos derivados del petróleo e incluso nuestras ropas tienen derivados del petróleo. ¿Cuánto tiempo necesitaríamos para reconvertir nuestros medios de vida?

No podemos apoyarnos en las energías renovables porque no son tan productivas como el petróleo: la energía eólica y solar solo atienden a parte de nuestras necesidades, los bio-combustibles compiten con los alimentos y, por ejemplo, para atender a toda la necesidad de combustibles del Reino Unido habría que plantar una superficie superior a la del Reino Unido. Además la energía nuclear también tiene fecha de caducidad puesto que el uranio también es un recurso limitado.

Somos inventivos y poderosos pero no somos mágicos: o empezamos la transición ahora mismo o no llegaremos a tiempo. Mi profesor de economía explicaba que la recesión “simplemente” era un período de adaptación entre la capacidad de producción y la demanda. Aun así todos sabemos que las recesiones son duras, es decir, los período de adaptación son duros.

Vivir sin petróleo no significa volver a la Edad Media, como intentan hacernos creer los capitalistas y los neo-liberales. Por otro lado hacer la vista gorda al fin del petróleo o a una subida de precios que lo tornará inasequible y no gestionar la transición sí significará volver a la barbarie.

En un mundo sin petróleo será obligatorio un equilibrio entre consumo y auto-suficiencia; entre tecnología y tradición y; entre globalización y localización. Por ejemplo:
  • En vez de producir toneladas de un producto agrícola destinados a la exportación en un rincón del país, se produciría prioritariamente lo que los habitantes de este rincón necesitan para sobrevivir.
  • En vez de tener una gran fábrica de una gran multinacional que distribuye a toda la península ibérica existirían varias fábricas y talleres cercanos a cada población generando empleo a estas poblaciones y prescindiendo de recorrer kilómetros para llevarles la mercancía.
  • En vez de tener enormes fábricas, que requieren mucha energía, son operadas por ordenadores y apenas generan empleos, existirían fábricas menores con aparatos que nos ayuden y nos protejan de manera que podríamos mezclar energía humana, generando empleos y evitando una vida sedentaria.
  • En vez de pasar toda la tarde jugando la playstation los niños se encontrarían para hacer juegos de rol.
  • Y claro, como no habría energía para desperdiciar no tendríamos una producción superior a la demanda y tampoco haría falta toda la publicidad que nos vende un estilo de vida que necesita toda clase de artilugios superfluos para alcanzar la felicidad.
El drama no está en una vida sin petróleo, está en empezar la transición demasiado tarde. Muchas personas y empresas ya han empezado el cambio súmate a ellas:
  • Difunde esta idea.
  • Consume productos ecológicos y cercanos.
  • Consume productos manufacturados por empresas de tu zona.
  • Reduce paulatinamente el consumo de productos superfluos.

Michela Mayer: gestionar el cambio desde el pensamiento complejo

Una granja para el futuro

Contestación a Lino C. Vila a cuento de la (in)comprensión del Cénit del petróleo por parte de la izquierda

Manuel Casal Lodeiro

Rebelion.org publicó el día 1 de enero una contestación a un reciente artículo mío [“Es urgente que la izquierda comprenda las implicaciones del cénit del petróleo"] firmada por Lino C. Vilas bajo el título Unos apuntes al artículo de Manuel Casal: “es urgente que la izquierda comprenda las implicaciones del cénit del petróleo". Quisiera aprovechar el derecho a réplica para aclarar algunas cuestiones que espero aporten más luz sobre el problema al que nos enfrentamos.


Para empezar, en ningún punto de mi artículo propongo que “rechacemos la tecnología”, como da a entender C. Vila. Simplemente advierto contra nuestra dependencia de aquellas tecnologías que dependan a su vez de fuentes de energía de las que vamos a carecer en un tiempo más o menos corto, pero en cualquier caso de forma irreversible. Así, un coche a gasolina y una bicicleta son ambos productos de la tecnología, pero el primero no tiene sentido en un mundo sin petróleo y la segunda tiene más sentido que nunca. Podríamos pensar en cientos de ejemplos como este pero me limitaré a señalar la conveniencia (y urgencia) de recuperar el concepto de “tecnología apropiada” (“appropriate technology”, AT) que surgiera en los 70 como respuesta a las crisis (políticas) del petróleo. Cita C. Vila la avanzada tecnología médica de que disfrutamos en las sociedades industrializadas, pero no debí alcanzar a explicar bien la relación entre tecnología y energía, porque el autor pasa por alto cómo hacer funcionar esa tecnología y cómo mantenerla (repuestos, mantenimiento, final de vida útil...) sin energía. Porque lo queramos ver o no, la práctica totalidad de los elementos que conforman nuestra vida diaria en estas sociedades de la opulencia energética (la era de la “hibris”, que diría William Catton), dependen directa o indirectamente de la disponibilidad continua y a precio módico, de combustibles fósiles. Así que no se trata de estar o “no estar dispuestos a renunciar” (palabras de Lino C. Vila) a nada, sino de ser conscientes de qué partes de nuestra sociedad dejarán de funcionar a medida que el petróleo sea más escaso y más caro, y qué significará ese importante colapso funcional para el conjunto del sistema. Cualquier planteamiento social, político o personal realizado sin tener ese hecho en cuenta será inútil e incluso contraproducente pues caminará en direcciones sin salida que tarde o temprano habrá que desandar, si quedan fuerzas (o sea, energías).


Por otro lado me parece muy interesante el planteamiento que realiza C. Vilas acerca de la situación que se produciría entre sociedades que avanzasen hacia la autosuficiencia local que propongo y otras que acaparen los últimos restos del oro negro y traten así de mantener un poco más el nivel tecnológico industrial. Sobre este aspecto recomiendo estudiar el Protocolo de Uppsala, propuesto por científicos y activistas del “peak oil” y que defiende que una renuncia voluntaria y anticipada al petróleo no sólo no sitúa a una colectividad en peor situación que una que insista tozuda en mantenerse en la vía imposible del consumo creciente, sino que en realidad le aporta una ventaja. De hecho, un aspecto muy valioso de este protocolo es que no hace falta que todos los países lo asuman para que funcione —como sucede por contra con el de Kyoto— sino que desde el momento en que un país —o comunidad, o ayuntamiento, o empresa— lo adopta, se sitúa en mejor punto de partida para resistir la escasez que tarde o temprano alcanzará a todos: en otras palabras, aumenta su resiliencia. No olvidemos que los cambios sociales, económicos y energéticos que implica pasar del modelo basado en el petróleo a otro basado en energías renovables y locales necesitan décadas para realizarse, y eso en el mejor de los casos: es decir, en el caso de que haya suficiente financiación y suficiente energía para llevar a cabo tan ciclópea labor, sin precedentes en la historia humana. Por tanto, aunque parezcan disponer de una ventaja en el corto plazo aquellos que no renuncien al petróleo hasta el último momento, serán en realidad los peor preparados cuando inevitablemente a ellos también se les cierre el grifo. Así que no se trata de “razón” vs. “fuerza” como plantea mi crítico, sino de “anticiparse” vs. “cerrar los ojos”: esta fábula no va de corderos y lobos, sino más bien de hormigas y cigarras. C. Vilas no menciona —aunque es también crucial para prever lo que va a suceder a nivel geopolítico— la situación que se dará entre países exportadores y países importadores. De una parte, la gran mayoría de los países industrializados son ya importadores netos de esta sustancia que fundamenta sus economías, y de la otra, los países productores (“extractores” estaría mejor dicho) comienzan a dar avisos de que los últimos barriles se los reservarán para sí mismos. Si las economías occidentales tuviesen un crecimiento del PIB del 1% de aquí a entonces, se estima que para 2015 las exportaciones netas de los países productores ya no llegarían para abastecerlos (y eso contabilizando sólo las necesidades de EE.UU., Europa y Japón). Los principales países productores cada año consumen más y más de su propio petróleo, agotando las reservas y dejando menos petróleo disponible en el mercado para exportar. Es decir, el pico de las exportaciones netas precede al pico total del petróleo, y sus consecuencias nos están comenzando a llegar ya a los países importadores. Lógicamente la organización que más petróleo consume del planeta tendrá también algo que decir en este reparto: el ejército de los EE.UU. O ¿es que alguien tenía duda de los verdaderos motivos de la política estadounidense en Oriente Medio? En este sentido resulta muy clarificador ver la coincidencia de fechas entre los primeros informes científicos sobre los síntomas de agotamiento del petróleo y la preparación de las invasiones de Afganistán e Irak, sin olvidar que los Bush y su círculo provenían del negocio del petróleo.


Lino C. Vilas ilustra una vez más una de las carencias, no voy a decir solamente de la izquierda, sino de nuestra especie en conjunto. Dice, refiriéndose a mi artículo: “Olvida aquí que la izquierda tiene que dirigirse a la clase trabajadora que existe actualmente, que será rural o industrial dependiendo de las zonas. Que las propuestas de la izquierda deben estar contextualizadas en un lugar concreto y en un momento concreto.” Si el contexto temporal de referencia de la izquierda no es capaz de incluir las próximas décadas, entonces estamos incurriendo en uno de los fallos estructurales del capitalismo: el cortoplacismo. Pero creo que existen pruebas de que no tiene necesariamente que ser así: en el caso del cambio climático buena parte de la izquierda sí que ha sabido escuchar las voces de alarma de la comunidad científica y, aunque no estemos aún sufriendo un contexto de cambio climático catastrófico, sabemos anticiparnos y luchar por evitarlo. ¿Por qué no podemos aplicar también al problema del petróleo esa sabia anticipación, de la cual carece el capitalismo del beneficio a corto plazo y el electoralismo cuatrianual burgués? ¿Qué impide que lo hagamos para prever una carencia de petróleo que está a la vuelta de la esquina, cuando sí lo estamos haciendo para evitar un cambio climático a décadas vista? ¿Por qué asumimos las consecuencias profundas del calentamiento global pero no las consecuencias profundas del fin del petróleo? ¿Nos convierte la lucha por la reducción de las emisiones de CO2 en “una vanguardia tan adelantada que se pierda de vista de la masa” como critica C. Vilas en el caso de la concienciación sobre el Cénit? Ser consciente de los contextos que deberá afrontar la sociedad en un futuro más o menos cercano no significa abandonar las necesarias luchas del presente, sino reorientarlas teniendo en cuenta dicho futuro. Por poner un ejemplo: es totalmente diferente el planteamiento sobre el mantenimiento de puestos de trabajo en la industria del automóvil según se tenga en cuenta o no que nos hallamos al final de la Era del petróleo. Esta necesaria reorientación que reclamo de las izquierdas no sería sino mera coherencia con sus valores diferenciadores y con una solidaridad extendida a las generaciones futuras y a nuestro inmediato mañana. Concretando de nuevo en un caso ilustrativo: el gasóleo que hoy gastan las máquinas de la fábrica en la que trabaja una obrera, no lo tendrá el día de mañana el tractor que podría cultivar el pan que comerá su hijo, ni la ambulancia que podrá llevarla a ella a un hospital, ni el sistema de bombeo que le suministra agua a su vivienda.


Prosigue el citado autor: “El único actor social con un potencial suficiente para plantar cara al sistema productivo capitalista es el mismo que ha sido siempre: la clase trabajadora. Llegados la este punto, sería un error no apoyar la lucha de la clase trabajadora por sus intereses.” Por supuesto que se debe apoyar la lucha en la clase que más sufre la explotación capitalista: es más, yo diría que más que “apoyarla”, debería “dirigirla”. Pero ¿por qué insistir en su carácter “trabajador” —en cuanto que “asalariado”— si prevemos que a medio plazo buena parte de las industrias en las cuales trabajan desaparecerán junto con el petróleo que las ha levantado? Soy consciente de que plantear una lucha anticapitalista desde supuestos post-industriales no es un reto fácil, pero tampoco lo considero imposible. La izquierda luchaba ya contra la explotación del hombre por el hombre cuando sólo una pequeña fracción de la humanidad era proletaria. Al crecer la masa proletaria en relación a la agraria y en paralelo la urbana con respecto a la rural, la izquierda dejó por el camino otras luchas y otros contextos, pero los tiempos cambian y si la izquierda no se sabe adaptar será barrida por la Historia. No nos obcequemos con la “clase trabajadora” y hablemos mejor de nuevo de la “clase explotada” o del género humano en su conjunto. De cualquier manera el estadio actual de implosión del capitalismo conlleva una masiva trasformación de los procesos de “explotación” en procesos de mera “dominación”, pues sin energía que alimente la gigantesca máquina producción-consumo, les sobramos muchos millones de seres a los actuales “explotadores”. Esta trasformación está en marcha desde hace años con las crecientes masas de excluidos del sistema: paradas/os de larga duración, agricultoras/es desposeídas/os, trabajadoras/es precarias/os, etc. Poco a poco el sistema va expulsando más y más seres humanos de su sistema producción-consumo y le exige a los Estados que los controle, que los anule, que los domine mediante combinaciones maquiavélicas de fuerza coercitiva y control sutil (televisión, droga, consumismo...).


No he debido explicar bien la propuesta decrecentista consciente del fin del petróleo cuando C. Vilas dice: “¿Volvemos a la Edad Media? Esta supuesta solución nos llevaría a la misma situación de decrecimiento traumático, de hambre y miseria, de la que supuestamente nos quiere salvar”. El Decrecimiento —como movimiento— no quiere ser “traumático” sino precisamente evitar el trauma social mediante la planificación anticipada. Quiero creer —y conmigo mucha gente como los cientos de localidades que han apostado en todo el mundo por iniciar una transición (Transition Towns y PostCarbon Cities, por ejemplo)— que el hecho de preparar a la sociedad para el fin del petróleo marcaría la diferencia entre el trauma social más brutal y una escasez más llevadera. ¿Es acaso el mismo trauma el que sufren los pasajeros de un coche cuando quien va al volante no percibe que se aproxima a un obstáculo en la carretera que el que sufren cuando lo ve con algo de tiempo y puede frenar antes del impacto? De eso es de lo que hablamos. Lo cual no quita para que el futuro sí pueda tener mucho de Edad Media, época en la cual por cierto había en Europa ciudades-Estado independientes, núcleo neurálgico de regiones autosuficientes, en algunas de las cuales se practicaba incluso un tipo de democracia directa de base gremial. Quizás no estuviese mal recuperar algo de eso. Todo es cuestión de adaptar la lucha social a las nuevas circunstancias, que es el fondo mi propuesta y no “desactivar” dicha lucha como erróneamente parece haber interpretado C. Vilas.


Pero para eso está la izquierda, para ayudar a los trabajadores a recuperar esa conciencia que finalmente lleve a la clase trabajadora a la hegemonía (también hay que decir, a la vista de los resultados, que no lo debemos estar haciendo muy bien). Solamente entonces se podrán plantear políticas ajenas a los intereses del mercado, planificar democráticamente la producción, decidir democráticamente que productos son necesarios y cuales prescindibles y cambiar los modos de producción de manera que caminemos hacia un decrecimiento del consumo de las materias primas.” Le contestaría al compañero C. Vilas que mucho me temo que la geología no espera por revoluciones. El decrecimiento se está comenzando a producir ya y a la clase trabajadora no le queda —en mi opinión— tiempo para hacerse con hegemonías antes de dejar de ser, por la fuerza de los hechos, “trabajadora”. Después del petróleo, ya no existirá mercado capitalista que combatir —al menos tal como lo conocemos— ni producción que planificar, ni seguramente medios democráticos para plantearlo, porque los que estén al mando cuando la nave vaya a pique se habrán convertido en los nuevos señores feudales de una civilización en ruinas.


Insisto y resumo: la izquierda, si quiere ser fiel a los principios y valores que le son propios, debería tener la visión suficiente para comprender los cambios que se avecinan y la valentía para trasmitírselos a las clases trabajadoras y desposeídas. Las reglas del juego cambian radicalmente cuando la civilización más depredadora de la Historia choca con los límites del planeta que la alberga: ya no se tratará de luchar por un trozo más grande de una tarta que siempre crece, ya no se tratará de conservar derechos cuya realización material depende de la abundancia energética... ahora se tratará de sobrevivir y de ayudar a la propia sociedad a autoorganizarse para sobrevivir al colapso de la estructura social y económica tejida sobre el petróleo, es decir al colapso de la propia civilización industrial. La izquierda no debe basarse en previsiones sin base física como las que hemos podido leer recientemente de la mano de Vicenç Navarro —por citar un autor— sobre el “previsible” incremento continuo de la productividad que sería capaz de sostener indefinidamente un sistema de pensiones como el actual. La izquierda, por tanto, no debe dar por supuesto que unos aparatos estatales del bienestar (sanidad, trasporte público, ayudas sociales...) que, o bien dependen directamente de un gran flujo energético para sostener su complejidad y luchar contra su degradación entrópica o bien dependen de unos ingresos estables a través de la política fiscal, son posibles sin la energía básica que mueve todo el entramado económico. Si ha de seguir habiendo un Estado, si ha de proporcionar algún tipo de servicios públicos, debe ser un Estado que no base su sostenibilidad económica en el mito del crecimiento perpetuo y que asuma la necesidad de decrecer ordenadamente. La izquierda, estatalista o no, debería abjurar de esa fe anticientífica y convertirla en su principal enemigo, como cáncer que es para la sociedad y para la propia supervivencia humana. Es un paso difícil porque implica desprenderse de viejos discursos-lenguajes y renunciar a conceptos ya muchas veces vaciados de significado, para adoptar un nuevo paradigma mental que explique el funcionamiento de las sociedades, un paradigma ecológico, antropológico, bioeconómico, físico, energético, termodinámico, entrópico... científico en definitiva; un paso difícil pero imprescindible. Porque por debajo del sistema de organización económica y social que llamamos capitalismo está un tipo de sociedad, industrial, sostenida por una base física que se está empezando a quebrar irremediablemente. Si sólo luchamos contra el capitalismo, sin tener en cuenta la situación de colapso de aquello que lo sustenta, nos hundiremos con él. Y ¿si la izquierda fracasa en este reto histórico, qué otra esperanza le puede quedar a nuestra especie? En ese caso sólo nos quedaría esperar que baste para la supervivencia con la mera autoorganización espontánea de una población desengañada, rebaño cansado de ser pastoreado hacia el abismo por vanguardias de un lado y del otro.



Manuel Casal Lodeiro
Miembro de la asociación Véspera de Nada por unha Galiza sen petróleo


Actualidad sobre el Cénit: www.cenit-del-petroleo.info


Serge Latouche - Entrevista

Entrevista de Xavier Borràs a Serge Latouche

¿Qué diferencía el decrecimiento y el denominado desarrollo sostenible?

Si trazamos la historia del concepto de desarrollo nos encontramos en su origen con la biología evolucionista, que lo sitúa, pues, en la historia de las ciencias occidentales dónde nació. Ya antes de Darwin los biólogos distinguían, para los organismos, el crecimiento del desarrollo. Un organismo nace y crece, es su crecimiento, cuando crece se modifica; una semilla no se convierte en una gran semilla, sino en un roble por ejemplo, y este es su desarrollo. Pero el crecimiento no es un fenómeno infinito y al final de un cierto tiempo el organismo muere.

Los economistas han transpuesto esta palabra de manera metafórica al organismo económico, ¡pero se han olvidado de la muerte! Ya se ve, pues, a partir de aquí que el concepto es perverso porque incorpora en él mismo aquello que los griegos llamaban hubris, la desmesura. Hemos entrado en un ciclo perverso de crecimiento ilimitado, crecimiento del consumo para hacer crecer la producción que, a su vez, hace crecer el consumo y así sucesivamente. Ya no se trata, pues, de llegar a un cierto estadio de bienestar o de satisfacción. Al contrario, esta satisfacción siempre es rechazada hasta el infinito. Es del todo absurdo, sólo podría ser matemáticamente. Efectivamente, una tasa de crecimiento continuo del 2 al 3% anual, conduciría al organismo económico a crecer setecientas veces en un siglo -contando los intereses compuestos. O vivimos en un planeta finito.

Aquí nos enfrentamos al famoso «teorema del nenúfar». Si un nenúfar coloniza un estanque doblando su superficie todos los años, quizás tardará cincuenta años en colonitzar la mitad, pero sólo le hará falta un año para ocupar la mitad restante. Estamos en este punto, es lo suficiente claro con el petróleo, los bosques, la pesca, el cambio climático. Nos hemos creído que lo podíamos colonizar todo sin problemas y hoy comprendemos que ahora todo desaparecerá en muy poco tiempos.

«El concepto de desarrollo es perverso, porque incorpora lo que los griegos llamaban hubris, la desmesura.»


La idea de un desarrollo sostenible no es, entonces, un principio de solución. Al contrario, es el oxímoron por excelencia. El modelo de desarrollo seguido por todos los países hasta hoy es fundamentalmente no sostenible. Se puede, como se hizo en una época comparar el socialismo soñado con el socialismo realmente existente, comparar el desarrollo soñado con el desarrollo realmente existente. El desarrollo, el único que se conoce, finalmente se resume en «siempre hacer más de la misma cosa», sea el que sea el adjetivo que se adjunte. En treinta años de participación personal en proyectos en el Tercero Mundo y esencialmente en África, he visto el desarrollo -denominado sucesivamente socialista, de participación activa, cooperativo, autónomo, popular- tener los mismos resultados catastróficos.

Hace falta recordar a menudo que, como dijo Nicholas Georgescu-Roegen, «el desarrollo sostenible no puede ser en caso alguno separado del crecimiento económico», incluso si un no se puede reducir al otro, como el desarrollo de la planta reposa sobre el crecimiento de la semilla, y que esta lógica de crecimiento es incompatible con la finitud del planeta. El desarrollo no sabría ser ni duradero ni sostenible. Si se quiere construir una sociedad duradera y sostenible, hace falta salir del desarrollo y en consecuencia salir de la economía puesto que ésta incorpora, en su misma esencia, la desmesura.

¿Cuáles han sido y son los teóricos del decrecimiento?

El proyecto de una sociedad autónoma y ecònoma que abraza este eslogan no es de ayer. Sin remontarnos a ciertas utopías del primer socialismo, ni a la tradición anarquista renovada por el situacionismo, ha sido formulada bajo una forma próxima a la nuestra desde finales de los años sesenta por Ivan Illich, André Gorz y Cornelius Castoriadis. El fracaso del desarrollo en el Sur y la pérdida de referentes en el Norte llevó a muchos pensadores a cuestionar la sociedad de consumo y sus bases imaginarias: el progreso, la ciencia y la técnica. La toma de conciencia de la crisis del medio ambiente que se produce en el mismo momento, aporta una nueva dimensión.

Los autores del informe del Club de Roma (Meadows, Randers y Behrens) ya tenían la convicción, en 1972, que la toma de conciencia de los límites materiales del medio ambiente mundial y de las consecuencias trágicas de una explotación irracional de los recursos terrestres era indispensable para hacer emerger nuevas maneras de pensar que debían conducir a una revisión fundamental, a la vez del comportamiento de los hombres, y, por consecuencia, de la estructura de la sociedad actual en su conjunto.

La idea de decrecimiento tiene, pues, una doble filiación. Se forma, de un lado, en la presa de conciencia de la crisis ecológica y, de otro, al filo de la crítica de la técnica y del desarrollo.

La simplicidad radical preconizada, entre otros, por Jim Merkel, desde los Estado Unidos, se acerca al decrecimiento de Serge Latouche? Es decir, se podría hablar d-una ideología y de un decrecimiento global a nivel planetario?

Sí y no. En su libro La convivencialedad (Cuaderno CIDOC, Cuernavaca, México, 1972; Joaquín Mortiz ed., Planeta, 1985), Ivan Illich preconiza la «sobria embriaguez de la vida». Illich dice que en la condición «humana» actual, en la cual todas las tecnologías se hacen tan invasoras, él no sabría encontrar más alegría que en lo que diría un tecno-joven. La limitación necesaria de nuestro consumo y de la producción, el paro de la explotación de la natura y de la explotación del trabajo por el capital, no significan un «regreso» a una vida de privación y de trabajo. Esto significa, al contrario -si se es capaz de renunciar al confort material- una liberación de la creatividad, una renovación de la convivencialitat, y la posibilidad de llevar una vida digna.



La búsqueda de la simplicidad voluntaria, o si se prefiere, de una vida austera, no tiene nada que ver con un prejuicio de frustración masoquista. Es la elección de vivir de lo contrario, de vivir mejor de hecho, y más en armonía con las propias convicciones, reemplazando la carrera de los bienes materiales por la búsqueda de valores más satisfactorios. Las raras familias que escogen vivir sin televisión no son de lamentar. A las satisfacciones que les podría ofrecer el tragaluz mágico, prefieren otras: vida familiar o social, lectura, juegos, actividades artísticas, tiempo libre para soñar y simplemente disfrutar la vida Este camino es evidentemente, en general, progresivo, aunque las presiones contrarias de la sociedad sean fuertes. Es un camino que pide dominar los propios miedos, miedo al vacío, miedo a la carencia, miedo al futuro, miedo también a no estar de acuerdo con los moldes prefabricados, miedo de desmarcarse con relación a las normas en vigor. Es la elección de vivir ahora más que no sacrificar la vida presente al consumo o a la acumulación de valores sin valor, a la construcción de un plan de ahorros o jubilación encargado para hacer frente al miedo de no tener lo suficiente. Una reflexión más reposada sobre la huella ecológica permite, aun así, captar el carácter sistémico del «sobreconsumo» y los límites de la simplicidad voluntaria.

La apuesta del decrecimiento es empujar a la humanidad hacia una democracia ecológica.


En 1961, todavía, la huella ecológica de Francia se correspondía apenas a un planeta contra los tres de hoy. ¿Quiere decir esto que en los hogares franceses comían tres veces menos carne, bebían tres veces menos agua y vino, quemaban tres veces menos electricidad o gasolina? Seguramente no. Solamente que, ¡el pequeño yogur con fresas que comemos hoy todavía no incorporaba sus 8.000 km! La ropa que llevamos tampoco y el bistec devoraba menos grasas químicas, pesticidas, soja importada y petróleo.

De cualquier manera, el cambio de imaginario, si no nos decidimos, comporta igualmente, múltiples cambios de mentalidades que en parte están preparadas por la propaganda y la imitación. Hace falta que las mentalidades «basculen» para que el sistema cambie. La clase de círculo, tipo huevo y gallina, implica iniciar una dinámica virtuosa.

¿Debería pasar alguna especie de catástrofe natural o accidental para que los gobiernos se tomen seriamente la idea de decrecer?

Desgraciadamente, es probable. No sé si del fin del petróleo, por ejemplo, podemos decir que es una catástrofe. Para mí más bien sería una buena nueva. El petróleo habrá sido una catástrofe para la humanidad cuando se ve la cantidad de sangre y de lágrimas que habrá hecho derramar. Hay fenómenos límite y el agotamiento de los recursos naturales es uno de ellos. También puede haber, efectivamente, catástrofes naturales engendradas por el desajuste climático, países que desaparecerán bajo el agua, otros que se helarán, generando cientos de miles de emigrantes por el medio ambiente. Se perfilan otros fenómenos. Se habla poco de ello, pero la industrialización en China provocará (a imagen de la de Inglaterra, que condujo a la emigración a Australia, Nueva Zelanda o los Estados Unidos de entre dos a tres millones de proletarios) la salida de los campos de tres a quinientos millones de chinos, que se convertirán en vagabundos -que ya empiezan a serlo, que se sublevan o se suicidan.

Asistiremos al más gran desarraigo planetario de toda la historia. Esto puede provocar efectos de quiebra considerables. Empezamos a sumar efectos ecológicos, sociales y catástrofes más o menos naturales en los desajustes de la economía misma. Vivimos, en efecto, en una economía de casino, en una especie de burbuja mantenida artificialmente por una huída hacia delante, en una economía de crédito, de anticipación -la economía americana, a manera de ejemplo, vive aproximadamente a tres años vista. Es el equilibrio del ciclista, siempre se debe pedalear más deprisa para poder mantenerse, incluso si se sabe que aquello acabará contigo. Si todo se estropea, esto puede hacer mucho daño.

Lo que mejor se puede desear es que las catástrofes sean lo suficientemente fuertes para desvelar a la gente, hacerles cambiar la manera de ver las cosas, pero que no acontezca la sexta extinción de las especies, de la cual seríamos los autores al mismo tiempo que las víctimas.

Recopilación de entrevista de Xavier Borràs a Serge Latouche: profeta del decrecimiento en Solclima.

Grupo de comunicación de la Cooperativa Integral catala.

http://cooperativa.ecoxarxes.cat

Serge Latouche: ¿Decrecimiento o barbarie?


Resumen de la charla pronunciada por Serge Latouche, ayer, 10 de febrero de 2011 a las 8 de la tarde, en el Colegio Mayor Larraona, en Pamplona-Irunea, organizada por el COLECTIVO DALE VUELTA – BIRA BESTE ALDERA (MOVIMIENTO POR EL DECRECIMIENTO)

Asistentes: entre 200 y 250 personas.

El acto empieza puntualmente, tras los cinco minutos de cortesía de rigor.

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Después de una breve, pero centrada, intervención del portavoz de DALE VUELTA, en euskera y castellano, toma la palabra Serge Latouche, que nos saluda en castellano, advirtiéndonos que esas serán sus únicas palabras en esa lengua, y empieza su charla en francés, que es traducida muy correctamente al castellano, por un voluntario.


¿DECRECIMIENTO O BARBARIE?

Comienza la charla con la anécdota de su comida en Bilbao, en el transcurso de las Jornadas sobre Decrecimiento, “Decrecimiento y Buen Vivie”, en las que acaba de participar. En el restaurante había grabados de Marx, Groucho, no Karl, lo que le trajo a la memoria las palabras pronunciadas por ese humorista:

“¿Por qué nos tenemos que preocupar por el futuro? ¿Acaso el futuro se preocupa por nosotros?

Para quienes compartan esa frase, poco les importa el “decrecimiento o la barbarie”.

¿Qué es la barbarie?

La barbarie la estamos experimentando ya, incluso en nuestros países, en los países más desarrollados y ricos del planeta. Especialmente en los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia, España). La política de corte neoliberal y reaccionario aplicada, por ejemplo, en España y Grecia, por gobernantes socialistas, en cuyos programas electorales y en sus políticas de partido, estaban contempladas medidas absolutamente contradictorias con las que se están aplicando, van en la dirección de sumir a grandes masas de la población de esos países en la más absoluta miseria.

Estamos ya caminando hacia la barbarie.

Pero, ¿cómo evitarla?

Para ello, lo primero es identificar la naturaleza de la actual crisis.

La crisis actual no es sólo una crisis económica, sino una crisis de civilización.

La actual civilización, la civilización occidental capitalista, que prácticamente se ha extendido por todo el mundo, se basa fundamentalmente en el crecimiento.

Justamente, el decrecimiento es la vía para evitar esa crisis global, el colapso de la sociedad a la que nos dirigimos inexorablemente, a causa de ese crecimiento exponencial que está agotando los recursos limitados de nuestro planeta.

¿Qué es el decrecimiento?

“Decrecimiento” es una palabra de uso habitual relativamente reciente. Antes de 2002 dicha palabra no se utilizaba con la cotidianeidad con la que se utiliza actualmente.

Es una palabra provocadora, que pretende lanzar un misil a la línea de flotación del actual sistema capitalista cuya “religión” neoliberal tiene un Dios: el crecimiento por el crecimiento para maximizar los beneficios del capital.

La palabra “decrecimiento” es, y eso se pretendió al utilizarla, una bomba semántica.

Surge como una respuesta al slogan del “crecimiento sostenible” lanzado por las minorías dirigentes mundiales.

Este concepto fue acuñado por El Club Mundial del Desarrollo Sostenible, que está apoyado por los mayores criminales ecológicos del planeta (Monsanto, Nestlé,…)

Y la sociedad ha caído en esa trampa semántica, la del desarrollo sostenible, la del crecimiento sostenible (términos contradictorios en sí mismos, habida cuenta del carácter limitado de los recursos de los que podemos disponer la humanidad en un planeta finito como es la Tierra).

Fruto de la colaboración (de Latouche), con un grupo de pensadores-activistas sudamericanos, constataron, que el desarrollo del hemisferio Norte era posible gracias a la destrucción del hemisferio Sur.

Después de la caída del muro de Berlín, el primer mundo, el bloque occidental, y el segundo mundo, el bloque socialista, se unificaron, y de hecho se convirtió en un solo mundo dirigido por el pensamiento y las políticas neoliberales.

Pero ese necesario decrecimiento no hay que extenderlo a todas las categorías de la realidad.

Hay que crecer en la calidad del agua en el mundo.

Hay que crecer en la calidad del aire que respiramos. (Alusión a lo que está pasando ahora mismo en Madrid, Barcelona, y otras ciudades españolas)

Hay que crecer en calidad de vida, en la alegría, en la felicidad.

Hay que crecer en la producción de trigo en el mundo, no para alimentar a los cerdos, a los animales, sino para alimentar a los humanos.

Hay que decir NO, al crecimiento por el crecimiento.

La sociedad occidental del crecimiento ha sido fagocitada por la economía, por el sistema capitalista.

El crecimiento es absolutamente imprescindible para aumentar los beneficios de los capitalistas. El proceso de acumulación del capital, descrito hace casi más de 150 años por Karl Marx, no Groucho, para el cual es imprescindible el crecimiento, sin importar si ese crecimiento es beneficioso o no para los seres humanos individuales o para la humanidad en su conjunto, es el motor del sistema capitalista.

Desde la II GUERRA MUNDIAL, un poco más tarde en el caso español debido al franquismo, se implantó en el mundo occidental la sociedad de consumo de masas.

Tres son los pilares de la sociedad de consumo en la que vivimos:

• LA PUBLICIDAD, que crea necesidades, en la mayoría de las veces falsas necesidades, que al no poder ser cubiertas por la inmensa mayoría de la población, se convierten en frustraciones. La gente feliz no necesita consumir. La gente frustrada, necesita consumir para conseguir una falsa felicidad. “No es más feliz quien más tiene, quien más consume, sino quien menos necesita”, o como dice un amigo suyo, “es preferible conseguir un nuevo amigo, que un nuevo coche”.

• LA OBSOLESCENCIA PROGRAMADA, esto es producir productos que van a durar un tiempo determinado, para que necesitemos renovarlos, y seguir consumiendo. (Ejemplo de las impresoras, que están programadas para averiarse aparentemente, y que cuando pretendes arreglarlas, resulta que es más barato comprar una nueva, con el consiguiente despilfarro energético y de materias primas, que reparar la que tienes.)

• EL CRÉDITO, proporcionado por esas instituciones filantrópicas, llamadas bancos, que “generosamente” nos facilitan el dinero que no tenemos (y que quizás nunca seamos capaces de tener) para poder comprar una multitud de bienes o cachivaches que no nos hacen ninguna falta. Como se ha podido comprobar los bancos prestan dinero hasta a los NINJAS (NO INCOMES, NO JOBS, NO ASSETS = NO INGRESOS, NO TRABAJO, NO BIENES (PROPIEDADES/GARANTÍAS)
Esos créditos a los NINJAS, o más conocidos como SUBPRIMES, créditos tóxicos, incobrables, son los que han sido el detonante de la crisis financiera, al ser mezclados indiscriminadamente con otros activos contaminando a toda la banca mundial, provocando la caída de Lehman Brothers, y poniendo al borde de la bancarrota a toda la banca mundial que ha debido ser saneada mediante la inyección de ingentes cantidades de dinero. Según estimaciones, la suma necesaria para el saneamiento completo del sistema financiero mundial se requerirán unos fondos equivalentes a entre 10 y 15 veces el PIB mundial.

A partir de la caída del muro de Berlín este modelo de sociedad se mundializa, se globaliza: TODO SE CONVIERTE EN MERCANCÍA.

El decrecimiento es un movimiento que pretende que la sociedad salga de esa “religión”, de la religión del crecimiento por el crecimiento, del crecimiento sostenido, que no sostenible.

Aunque tal vez sería mejor hablar de a-crecimiento, deberíamos convertirnos en agnósticos, o ateos, de la “religión” del crecimiento.

Debemos ser capaces de poner en marcha un proyecto alternativo, de construir otro paradigma.

Esto se hará de forma diferente en cada lugar, en cada país. Cada uno debe encontrar y construir su propia vía, su propia alternativa.

En realidad ese movimiento hacia una sociedad alternativa se inicia ya en la década de los 70: la SOCIEDAD AUTÓNOMA.

En dicha sociedad son los hombres los que forjan su propio futuro, y no dejan, que como ha sucedido en el actual sistema, el proyecto de la modernidad sea traicionado por la economía.

Eso es lo que ha pasado en Grecia, y está pasando en España: son los mercados los que dictan las decisiones neoliberales que deben asumir, o sí o sí, por los gobiernos socialistas, en contra de su propio programa, y lo que es más grave, en contra de la voluntad y los intereses mayoritarios de sus pueblos.

En el pasado, cuando los Reyes o los gobernantes ponían en marcha políticas que sumían en la miseria y la hambruna a sus pueblos, la solución era, relativamente, fácil: el pueblo se
rebelaba y enviaba a la guillotina a los sátrapas.

Pero ahora, ¿cómo guillotinamos a los mercados? ¿Cómo aplicamos la antigua ley de cortar la mano a los ladrones, y cortamos la “mano invisible” del mercado?

Frente a la actual situación, y para hacer frente al colapso que se avecina, no tenemos otra alternativa, para no sumir a la humanidad en la barbarie, que crear una sociedad de “abundancia frugal”, para que el mundo, que es limitado, lo pueda soportar.

Es importante que seamos capaces de crear una abundancia relativa de los bienes indispensables para la subsistencia y felicidad de todos los humanos dentro de un paradigma de frugalidad, de mesura y contención voluntaria y responsable.

¿Por qué es necesario ese cambio?

Porque el actual modelo de sociedad no es sostenible.

Y porque en esa sociedad, a pesar, o mejor, gracias a la frugalidad, viviríamos mejor.

Para entender porque no es posible el actual modelo de sociedad debemos explicar en qué consiste la “huella ecológica” y cuál es su actual dimensión a nivel mundial y a nivel de las distintas regiones y países.

¿Qué es la huella ecológica?

El hombre, las sociedades humanas, los países, la humanidad en su conjunto para vivir, para desarrollar sus actividades vitales, necesita espacio, tierra.

Necesita espacio para cultivar sus alimentos, para construir sus habitáculos, sus ciudades, sus vías de comunicación, necesita bosques y masas verdes para regenerar el anhídrido carbónico y transformarlo en oxígeno,...

Y la tierra, esa gran bola que flota en el espacio, aunque su superficie nos pueda parecer inmensa, es limitada.

En la actualidad cada persona está ocupando un promedio de 2,2 Has, lo que viene a suponer un 40% más de la superficie total disponible (descontando los océanos, las altas cumbres, los desiertos,…). Es decir que estamos ocupando y utilizando más superficie de la que disponemos, y eso es posible porque se la estamos robando (por la sobreexplotación de los recursos – combustibles fósiles y minerales – y el aumento de la contaminación de nuestros deshechos) a las generaciones futuras, a nuestros hijos y nietos.

Pero si vemos cual es la distribución entre los distintos países, vemos que los españoles estamos ocupando 3 tierras, que los estadounidenses ocupan 10 planetas, mientras que todos los países africanos ocupan mucho menos espacio de la Tierra del que les correspondería por su volumen de población; pero a pesar de su “generoso regalo”, en su conjunto los países desarrollados ocupan tanta superficie por encima de sus posibilidades, que en el conjunto, la humanidad necesitaría, en estos momentos, de tener disponible casi otra media Tierra adicional.

Pero veamos con más detalle lo que ocurre con los recursos energéticos.

El principal recurso energético que ha posibilitado el desarrollo de la sociedad actual, ha sido el petróleo. Y el petróleo está alcanzando su pico, su cénit, su máximo de producción, de acuerdo con la curva de Hubbert, geólogo norteamericano experto en extracción de petróleo, que predijo con increíble exactitud la fecha en la que se iba a producir el máximo de producción y posterior declive de los pozos norteamericanos.

Y es una realidad, que ya hemos alcanzado (2005), según unos, o estamos muy próximos, según otros (2012-2015) el pico del petróleo, el “peak-oil”.

La actual producción que se sitúa ligeramente por debajo de los 88 millones de barriles día, va a ser poco probable que se supere, y a partir de ahí es más que probable que empiece a disminuir, a pesar de la demanda creciente de petróleo.

La consecuencia inmediata de ese crecimiento exponencial es que estamos destruyendo, erosionando el suelo, los bosques tropicales en los que se concentra la mayor biodiversidad del planeta.

Según algunos científicos, estamos asistiendo a la SEXTA EXTINCIÓN. La QUINTA fue la de los brontosaurios…

El principal problema es que la velocidad de extinción de especies es en el actual proceso de extinción muchísimo más rápida: se están extinguiendo entre 50 y 100 especies al día.

Y además, este proceso está siendo provocado por el hombre.

Desde otro punto de vista, esta sociedad no es deseable: la desigualdad en el mundo avanza a pasos cada vez más acelerados. Las tres mayores fortunas del mundo equivalen al PIB total de África.

Y lo que es peor, incluso en las sociedades más ricas, más privilegiadas las personas no son felices, hay cada vez más infelicidad, más suicidios, hasta de niños…

Según la nef (new economics foundation, http://www.neweconomics.org), que ha creado y elabora el Índice de Felicidad (http://www.happyplanetindex.org), en el que se tienen en cuenta la esperanza de vida, la huella ecológica y el bienestar de la gente (satisfacción subjetiva en la vida), los países con mayor PIB per cápita, no son los que tienen mayor Índice de Felicidad: por ejemplo, EEUU ocupa el lugar 150, por debajo de China (31), Italia (66), Irán (67), Luxemburgo (74), Bélgica (78), Alemania (81), España (87), India (90), Japón (95), Reino Unido (108), Suecia (119), Francia (129), Grecia (133), Portugal (136).

Mientras que el pequeño archipiélago de Vanuatu, en el sur del Océano Pacífico, 1000 millas al este del norte de Australia, ocupa la primera posición, seguido por un sorprendente segundo puesto de Colombia, y una retahíla de países de Centro América y el Caribe (Costa Rica, Dominica, Panamá, Cuba, Honduras, Guatemala, El Salvador, Saint Vincent y Las Granadinas, Santa Lucía).

No es de extrañar que el puesto 13 lo ocupe un pequeño y no especialmente rico ni desarrollado país, Buthan, cuyo rey Jigme Singye Wangchuk, en 1972, introdujo ese concepto como eje director de la política que debía regir a su país, introduciendo importantes reformas que democratizaron el país que pasó a ser gobernado por un Consejo de Ministros y en el que recientemente se han realizado las primera elecciones para elegir democráticamente a la Asamblea Nacional.

Y el final de la lista lo componen países como Rusia (172), Estonia (173), Ucrania (174), República Democrática del Congo (175), Burundi (176), Suazilandia (177), y Zimbawe (178).

Podemos constatar que la sociedad del crecimiento, incluso en aquellos países que han tenido crecimiento, no es una sociedad feliz.

Pero lo pero, es que a partir de la reciente crisis, la sociedad occidental se ha convertido en una, de manera patente.

Aunque es cierto que este fenómeno, sociedad-del-crecimiento sin crecimiento, ya venía ocurriendo esto, pero de forma oculta, no tan evidente. Uno de los principales artífices de esta falsa sensación de crecimiento ilusorio de las últimas décadas, ha sido Alan Greespan, aunque el tema venga de los años 70, en las que se introdujeron las políticas neoliberales por parte de Reagan y la Tatcher. La fórmula empleada ha sido una reducción impositiva a las rentas más altas y a las rentas del capital, acompañada con una política monetaria expansiva, con unos tipos de interés muy bajos, que han favorecido un alto nivel de especulación.

Pero si hacemos un análisis más detallado de la evolución del PIB mundial de los últimos años, y deducimos del PIB TOTAL, los gastos de reparación, para compensar la destrucción provocada por la actividad económica (incremento de los gastos de sanidad como consecuencia del incremento de enfermedades provocadas por el deterioro del medio ambiente, gastos para la mejora del medio ambiente, o mejor para el menor deterioro del mismo, gastos en armamento para tratar de conservar las fuentes de energía, como el gas y el petróleo,…, actividades todas éstas que se incluyen como sumatorios en el cálculo del PIB tradicional), observamos que a partir de 1970 el PIB REAL, ha ido decreciendo.

Es decir que el decrecimiento real de la economía ya es un hecho que se viene produciendo desde la década de los años 70, aunque se haya mantenido la ficción, la ilusión, de que seguíamos creciendo. De hecho los beneficios de las clases dominantes seguían creciendo vertiginosamente y la concentración de la riqueza en menos manos se ha acelerado.

Aunque la sociedad en conjunto no experimentase en realidad ninguna mejora, hasta la reciente crisis teníamos la falsa “ilusión” de que seguíamos creciendo.

A partir de la presente crisis ya no tenemos ni esa falsa “ilusión” de crecimiento. (Aunque el proceso de progresivo enriquecimiento y concentración de la riqueza en cada vez menos manos se siga produciendo, pero ahora por el trasvase de riqueza de los más débiles de esos poderosos a los más fuertes – véase como Botín sigue haciéndose con el “botín” de muchos bancos extranjeros, y como pronto, y eso es de mi cosecha, le serviremos en bandeja, después de haberlas “acicalado” adecuadamente para la ocasión con el escaso dinero de todos los contribuyentes españoles, la parte más golosa de nuestras Cajas de Ahorro, último reducto de la banca social en nuestro país, aunque en estos últimos tiempos hayan sido objeto del pillaje y bandería de nuestra impresentable clase política).

Y ahora nos encontramos con la peor, la mayor, la más cruel, la más atroz, y la más maquiavélica de las paradojas (que ni Unamuno, genio de las paradojas, hubiese sido capaz de imaginar):

UNA SOCIEDAD DE CRECIMIENTO SIN CRECIMIENTO,

UNA SOCIEDAD DE CONSUMO SIN CONSUMO.

Y este decrecimiento forzoso e imprevisto, no es lo mismo que el decrecimiento voluntario y planificado.

LA AUSTERIDAD IMPUESTA NO ES LO MISMO QUE LA FRUGALIDAD ELEGIDA.

No hay nada pero que una sociedad del crecimiento sin crecimiento, ya que significa un incremento significativo del paro, y de que existan menos recursos disponibles para la sanidad, para la enseñanza, para la mejora del medio ambiente, para la lucha contra la contaminación,…

Estamos en una sociedad controlada por la oligarquía, por “los mercados”. Sege Latouche cuenta que en su reciente visita por Bilbao, le chocó la cantidad de cámaras de vigilancia que había por las calles, vigilándonos a todos, controlándonos a todos.

Eso no es más que una muestra de un fenómeno que se está extendiendo por toda Europa, el INCREMENTO DE LA REPRESIÓN.

Por todas esas razones hay que optar por una sociedad en decrecimiento.

Hay que activar el CIRCULO VIRTUOSO:

RE-EVALUAR
RE-VALUAR
RE-CONCEPTUALIZAR
RE-DISTRIBUIR
RE-UTILIZAR
RE-LOCALIZAR
RE-ESTRUCTURAR
RE-CICLAR

¿Cómo?

Cada país, cada región, cada localidad es diferente, y las vías tienen que ser y serán diferentes: no es lo mismo Texas que Chiapas.

Es necesaria una Revolución Cultural: lo primero que tenemos que cambiar es el propio paradigma de cada uno de nosotros.

Tenemos que cambiar nuestros conceptos tanto en lo relativo al consumo como a la producción de lo que necesitamos para vivir.

Y hay que actuar colectivamente, políticamente.

Este es un esquema del PROGRAMA REFORMISTA que se presentó en las últimas elecciones francesas:

• Conseguir que nuestra Huella Ecológica sea soportable: consumir mejor, relocalizar, evitando consumos energéticos innecesarios en el transporte

• Reducir el transporte internacional incrementando los costes del mismo con ecotasas apropiadas (anécdota del choque en Francia de un camión que transporta tomates españoles al Norte de Europa y de un camión que transporta tomates holandeses a España: resultado del choque, una inmensa salsa de tomate europea)

• Relocalizar las actividades

• Restaurar la agricultura tradicional campesina

• Reasignar los incrementos de productividad, reduciendo el tiempo de trabajo e incrementando el empleo

• Relanzar la producción de bienes “relacionales” que no consumen recursos

• Reducir el consumo energético por 4 (¿Por qué por 4? Simplemente tomaron la cifra de una organización de técnicos francesa NEGA WATT que calculó esa cifra, y que según ellos con esa reducción se podrían mantener prácticamente iguales los actuales estándares de vida)

• Restringir fuertemente la publicidad

• Reorientar el I+D: democratizar sus objetivos

• Reapropiarse el dinero:
- creación de monedas paralelas (locales, regionales)
- que el ahorro local se invierta en proyectos locales

En síntesis se preconiza una vuelta al estoicismo, del que Séneca fue un gran exponente español.

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NOTA FINAL: el presente resumen ha sido realizado en base a las notas tomadas en directo en la charla, y no es una reproducción taquigráfica de la misma. He podido no recoger matices e incluso cuestiones relevantes, pero que por la dificultad de la transcripción, o por la dificultad de su entendimiento y mi capacidad de comprensión, hayan sido omitidos. Igualmente algunas ideas y conceptos al desarrollar las notas tomadas, han podido ser incorrectamente interpretadas, modificadas o ampliadas en función de mi propio punto de vista que puede o no coincidir con el de Serge Latouche, aún cuando esa no haya sido mi intención.

Agradezco al señor Latouche por sus ideas y por su estructurada articulación, por su bonhomía y por la fraternal sinceridad que nos regaló en el “frugal” refrigerio (que sufragamos a escote entre los que nos quedamos con él) y por su espontánea muestra de amistad y convivencia que gracias a los caldos (locales por supuesto) sellamos con los habituales cánticos con los que se suelen cerrar estos actos mucho más informales, pero mucho más “relacionales” en nuestra tierra. Sin ninguna duda, nuestro nivel de felicidad, y con él el de Navarra, se elevó por unos instantes. Y agradezco a los organizadores, DALE VUELTA – BIRA BESTE ALDERA (MOVIMIENTO POR EL DECRECIMIENTO), que nos permitiesen a mí y mis dos amigos, el poder asistir a dicho evento.

Por último pedir excusas a Serge Latouche si se ha deslizado algún error en mi resumen o si he incluido algún concepto en el que discrepe. Si ese fuese el caso, y se diese cuenta, le ruego, te ruego, que me lo hagas saber, para corregirlo.

Navarra, 11 de febrero de 2002

El decrecimiento es, a la vez, un proyecto ecologista y socialista

Serge Latouche es bretón y uno de los precursores del decrecimiento. Para él, Euskal Herria y Bretaña «tienen identidad» y, como dijo, entre ambos pueblos existen «uniones históricas y afectivas». Explicó en Bilbo la filosofía del decrecimiento, dentro de las jornadas «Ideando alternativas. Encuentros decre- cimiento y buen vivir», organizadas, entre otros, por Mugarik Gabe, Ekologistak Martxan, Paz con Dignidad, REAS Euskadi y la UPV-EHU.

Entre otras muchas aportaciones que realizó en la entrevista, Latouche dijo considerarse «agnóstico de la religión del crecimiento por el crecimiento» y admitió que todavía queda mucho trabajo por extender esta filosofía, pero reconoció que «hay tiempo, aunque no hay que perderlo, porque la crisis económica actual permanecerá mucho tiempo entre nosotros», precisó el profesor de Economía.

¿Qué es el decrecimiento?

El decrecimiento es un eslogan que nació en 2001 para oponerse a lo que llaman desarrollo sostenible y que agrupaba a los mayores grupos empresariales mundiales en torno a un consejo de desarrollo sostenible que agrupaba a empresas como Total, Monsanto y, entre otras, a Nestlé. Había que utilizar un eslogan provocador para estar fuera de esa religión del crecimiento.

¿Religión?

Para ser riguroso habría que hablar de «acrecimiento», como se habla de ateísmo, con la `a' privativa. Somos agnósticos de la religión del crecimiento, porque es evidente que, desde la aproximación al Club de Roma en 1992, el crecimiento avanza hacia la destrucción del planeta y los ecosistemas que permiten al hombre vivir.

¿El decrecimiento es revolucionario?

Espero que sea la revolución del siglo XXI.

¿Qué medidas directas contempla y desarrolla?

Es un proyecto global y revolucionario, por supuesto. La principal es el cambio radical de mentalidad ideológica de funcionamiento. Este cambio no se puede concretar de un día para otro, ni tampoco las medidas son las mismas en unos países que en otros. No se podría aplicar de la misma manera en Texas o en Chiapas, en África o en el País Vasco. Cada lugar deberá decidir las mismas. El objetivo es que la sociedad se autolimite para conseguir el bienestar de todos. Los franceses, por ejemplo, deberían reducir la huella ecológica por medio de la relocalización de actividades porque los mercados están mundializados y lo hemos convertido en un vasto supermercado. Es extremadamente destructor para el planeta. Todo lo consumimos y hay que darse cuenta que los productos hacen de media entre 5.000 a 6.000 kilómetros con lo que significa de consumo de petróleo y energía. El efecto es negativo y conlleva el aumento del paro, porque se destruyen miles de empleos. Por eso, la recolocación es muy importante, lo mismo que la disminución del sobreconsumo. Por ejemplo, entre el 30% y 40% de lo que compramos en los supermercados de prisa y corriendo va a la basura.

¿Supone un cambio de vida?

Efectivamente. Poner en marcha esta reorganización de nuestras vidas, la producción, el transporte y el consumo nos llevaría a un cambio en la forma de vida. Viviríamos mejor, no en una sociedad tan desigual como la actual en la que mucha gente vive mal, está estresada y se suicida, por ejemplo. El decrecimiento es un proyecto a la vez ecologista y socialista. Se puede hablar de ecosocialismo. Un proyecto que quiere reintroducir más democracia en la política y, a la vez, ser socialmente más igualitario.

Supongo que con la crisis económica actual, esa filosofía del decrecimiento ha tomado auge.

Se ha propagado el decrecimiento, pero al mismo tiempo se ha intensificado el proceso de los gobiernos por mantener el crecimiento por el crecimiento. Se habla poco del decrecimiento en el discurso político, y cuando se habla del mismo es para denunciarlo. Sólo dos de los diputados franceses apuestan por el decrecimiento. Los gobiernos y los ricos nos dicen que para salir de la pobreza tendrían que producir más. Sin embargo, los pobres son pobres porque los ricos consumen sus recursos. Es así.

¿Es obligado, entonces, el reparto de la riqueza?

Por supuesto. Se acusa al decrecimiento diciendo que va a crear desempleo, que vamos a producir menos, y se destruirán empleos. No es así. Es lo contrario. La primera medida a adoptar sería dar trabajo a todo el mundo. Hoy en día hay gente que trabaja demasiado, más de doce horas al día y, sin embargo, un 20% de la población no puede, aunque le gustaría hacerlo. Esta sociedad de consumo genera paro. Es necesario compartir el trabajo. Trabajar menos para trabajar todos, contrariamente a lo que dice Nicolas Sarkozy, presidente de la República francesa.

¿Con sueldos menores?

No. Cuando trabajas más, ganas menos, como se ha verificado en Francia. Lo normal, es conforme a la lógica económica -la más estricta- si se trabaja más, aumenta la oferta y como la demanda siempre es insuficiente, disminuye el precio. Incluso los economistas más tradicionales denunciarían este escándalo. Por lo tanto, defiendo trabajar menos para ganar más; trabajar menos para trabajar todos; y, sobre todo, para vivir mejor. Porque el trabajo no es la parte de la vida donde más se disfruta. Cuando se es cajera en un supermercado no es realmente enriquecedor. Así, si se trabaja menos, habrá más tiempo para poder cultivarse, ocuparse de la vida, de los amigos, pasear, meditar, soñar... incluso rezar, si se es creyente. Se consumirá menos, y se consumirá mejor. En lugar de ir a un supermercado a consumir frenéticamente lo primero que pillas, tendremos el tiempo de hacer una buena elección, comprobar los buenos productos, tomarnos nuestro tiempo si en la etiqueta figura que están registrados los organismos modificados biológicamente, si está producido en China, o si está producido a nivel local.

A su juicio, ¿por qué los gobiernos apoyan siempre a los poderosos?

Precisamente son los banqueros y financieros los que eligen a los gobernantes actualmente. Para ser senador o diputado en Estados Unidos hay que ser millonario; en Francia, también. De esta forma son los poderes financieros y económicos los que eligen a los gobiernos. Incluso cuando un gobierno ha sido elegido democráticamente, como en Grecia, los mercados financieros imponen su política.

Entonces, ¿cree que queda mucho por hacer en este camino del decrecimiento?

Sin duda. Quedan muchas cosas por hacer. Todavía este proceso está germinando, pero, a la vez, reconozco que nos van a ayudar los acontecimientos.

¿A qué se refiere?

Porque nos encontramos en una fase de la crisis que creo que sólo es el principio. Es una crisis que va a ser muy larga y muy fuerte. En mi opinión, sólo habrá dos formas de salir de ella: llevando a la práctica el decrecimiento en una sociedad más respetuosa con el medio ambiente y las personas o, por el contrario, a la barbarie.

«Elevar la edad de la jubilación es justo lo contrario de lo que habría que hacer»

¿Qué opina del aumento de la edad de jubilación, que en el Estado francés llevó a protestas y huelgas, y que en el Estado español ha contado con sindicatos, empresarios y gobiernos, salvo en Hego Euskal Herria donde se produjo una huelga general ?

Es absurdo. Es justamente lo contrario de lo que habría que hacer. Afortunadamente un gobernante, como el presidente de Bolivia, Evo Morales, parece que lo ha comprendido y ha rebajado la edad de jubilación. En el momento en que Francia se alargó la vida laboral, en Bolivia la redujeron a menos de 60 años, sobre 55 años. Esa es la buena vía. Es esencial. Creo que se debería permitir dejar progresivamente el trabajo, sobre todo en algunos más penosos a los 50 años, y de profesor de la Universidad, como es mi caso, se tendría que trabajar como mucho hasta los 65 años. Lo que han hecho los gobiernos en estos dos casos más recientes, el francés y el español, es atender a las recomendaciones del poder económico, como decía antes.

¿La Europa Social, que fue contrapuesta al modelo de Estados Unidos, se está desintegrando?

No creo que se mantenga la Europa Social por mucho tiempo. Lleva camino de refundar una nueva Europa que no favorecerá a las personas, al medioambiente, a la agricultura, etc. Apuesto por una Europa que cuente precisamente con calidad de vida para todos,pero no la que está en la actualidad que es la Europa del mercado, de la estupidez. La Europa actual es un proyecto destructor, porque todos los países compiten, se ha puesto el carro antes que el caballo. Primero, a mi juicio, habría que construir una Europa política y social, antes que construir una Europa económica.

¿A qué se refiere?

A que se debería consolidar el aspecto social, porque el actual sistema de competencia entre los estados-nación lo que está haciendo es disminuir los derechos sociales, medioambientales y culturales. Se avanza, sí, bajo la ley del mercado, ya no hay regulación, sólo mercado. De esta manera, la economía nos lleva a un estado catastrófico. Está en nuestras manos cambiar esta situación a la que nos han abocado.

Juanjo BASTERRA en Gara

La huerta es femenina

Aunque la agricultura se ha asociado tradicionalmente a una actividad masculina, junto a aquellos hombres fuertes que llevaban la yunta de los bueyes o ahora conducen tractores, siempre ha habido una mujer que ordena los números o planta flores a la puerta de casa.

Mientras el hombre iba al campo a labrar, la mujer cultivaba el huerto que había junto a la casa o cuidaba de los animales. El elemento femenino siempre está presente, anónimo y discreto, tras los grandes tratados de agricultura.

En los países más pobres el huerto que cultiva la mujer alimenta a toda la familia. Y si sobra algo aún puede venderse en el mercado o regalarse a médico a cambio de sus servicios.

La mujer cocina y selecciona. La mujer prueba y elige los frutos más dulces, la frute que se conserva mejor, las acelgas más tiernas, las cebollas menos picantes y los tomates más carnosos. Es ella quien se ocupa de las semillas, las elige y las guarda para el año siguiente. Ella también se encarga del plantel, en un rincón del huerto a resguardo de los vientos o en una maceta dentro de la cabaña, junto a la ventana.

Practica la biodiversidad llenando los huertos de flores que quieren ser decorativas pero juegan un papel muy importante en el control de plagas. Y entre las tomateras coloca la albahaca para que no piquen los mosquitos, y menta para las malas digestiones, tomillo para los resfriados o lavanda para que la ropa huela bien.

La mujer guarda los restos de la cocina (hojas de lechuga, pieles de patata, un poco de sémola que se ha vuelto rancia...) y los da a las gallinas. Así tiene huevos frescos para comer. A cambio, las gallinas también le dan un abono muy rico que habrá que utilizar con cuidado para no quemar las plantas.

Ella corta las camisas de los domingos, que ya no se pueden zurcir más, y con sus jirones ata bien las tomateras, los guisantes y las judías. Y con la gran cosecha de tomates prepara conservas para poder disfrutarlas durante el invierno.

La huerta es femenina. Por eso hay tantos hombres que encuentran la paz en ella.

Extraído del libro ‘El huerto escolar ecológico’ escrito por Montse Escutia

Bonobos

Frans de Waal, el famoso primatólogo holandés, fruto de sus experiencias con primates, ha hecho una aproximación a la naturaleza del homo sapiens sapiens.

Los primates que de Waal ha estudiado con más detenimiento han sido los chimpancés y los bonobos, el denominado género Pan. Ambas especies son las más próximas al homo sapiens, con ellas compartimos la mayor parte de nuestros genes y son nuestros parientes más próximos en el árbol evolutivo del género humano; se separaron de nosotros hace unos 5,5 millones de años (frente a los 7 millones que lo hicieron los gorilas o los 14 de los orangutanes). Tan próximos estamos que algunos científicos, entre ellos de Waal, consideran que deberíamos formar un único género: Homo.

Los chimpancés tienen un comportamiento jerárquico y violento, los bonobos son por el contrario pacíficos y resuelven sus disputas manteniendo relaciones sexuales. La brutalidad y el afán de poder del chimpancé contrasta con la amabilidad y el erotismo del bonobo. Los chimpancés pueden ser violentos como hemos dicho pero sus comunidades tienen, al mismo tiempo, poderosos mecanismos de control, en cambio los bonobos, maestros de la reconciliación, no se privan de pelear, pero los mordiscos y golpes con ensañamiento es raro entre ellos. Hay conflictos pero la supervivencia y la armonía dependen de la capacidad para superarlos.

Las sociedades de chimpancés están dominadas por los machos pero en las de bonobos la dominación colectiva femenina es bien conocida. Esto explica sus diferencias notables en cuanto a la agresividad. En general, la empatía está más desarrollada en el sexo femenino que en el masculino. En efecto, en 180 millones de años de evolución de los mamíferos, las hembras que respondían a las necesidades de sus retoños se reproducían más que las madres frías y distantes, porque el cuidado parental es inseparable de la lactancia, de ahí esta diferencia natural entre los sexos, a efectos de ternura y agresividad, entre mamíferos.

“Entre los bonobos no se producen guerras a muerte, apenas cazan, los machos no dominan a las hembras, y hay mucho, mucho sexo (…) los bonobos hacen el amor no la guerra. Son los hippies del mundo primate”

Concluye De Waal que “que tener afinidades cercanas con dos sociedades tan distintas como la del chimpancé y la del bonobo resulta extraordinariamente instructivo. La brutalidad del chimpancé contrasta con la amabilidad y el erotismo del bonobo. Nuestra propia naturaleza es un tenso matrimonio entre ambas. Nuestro lado oscuro es tristemente obvio: se estima que sólo en el siglo XX, 160 millones de personas perdieron la vida por causa de la guerra, el genocidio o la opresión política (…). Pero también somos criaturas intensamente sociables que dependen de otras y necesitan la interacción con sus semejantes para llevar vidas sanas y felices"

Desde estas nuevas visiones, más complejas y menos deterministas, se caen las visiones unidimensionales del gen o el individuo básicamente egoísta por naturaleza o de la violencia como tendencia innata en los humanos. El altruismo, entendido tanto como ayudar a los otros en perjuicio propio o, en sentido más técnico ayudar a las posibilidades reproductivas de otros, incluso a costa de las propias, ha sido bien documentado y es la base de la teoría de la selección natural de grupos.

Extraído del artículo '¿Por qué cooperamos?' escrito por Paco Puche


El fin del crecimiento

Anticipo condensado del próximo libro de Richard Heinberg, a publicarse en Julio de 2011.
Traducción: Horacio Drago.

Introducción: La nueva normalidad
La afirmación central de este libro es tan simple como sorprendente: El crecimiento económico tal como lo hemos conocido ha terminado.
El “crecimiento” así como se ha venido llamando, consiste en la expansión permanente de la economía global, con cada vez más personas atendidas, más dinero cambiando de manos, y mayores cantidades de energía y bienes materiales fluyendo a través de ellas.
La crisis económica que comenzó en 2007-2008 fue tan previsible como inevitable, y marca una ruptura permanente con respecto a las décadas anteriores, período durante el cual la mayoría de los economistas adoptó la visión irreal de que el crecimiento económico perpetuo es necesario, deseable, y además perfectamente posible de mantenerse en el tiempo. Pero en la actualidad ya han aparecido barreras infranqueables a dicha expansión económica, y estamos colisionando con dichas barreras.
Esto no quiere decir que los EE.UU. o el mundo entero nunca más verán otro trimestre o año de crecimiento respecto al trimestre o año anterior. Sin embargo, los golpes se hacen secuenciales y encadenados unos con otros, y la tendencia general de la economía (medida en términos de producción y consumo de bienes reales) estará al mismo nivel o en descenso, pero no en ascenso a partir de ahora.
Tampoco será imposible para cualquier región, nación o empresa continuar creciendo por un tiempo. En un análisis final, sin embargo, este crecimiento será conseguido a expensas de otras regiones, naciones o empresas. A partir de ahora, sólo un crecimiento relativo es posible: La economía mundial está jugando un juego de suma cero, con un premio cada vez más chico a repartirse entre los ganadores.
¿Por qué se acaba el Crecimiento?
Muchos analistas financieros apuntan hacia profundas anomalías internas de la economía, asumiendo que las amenazas inmediatas que impiden retomar la senda del crecimiento económico, son solamente los niveles sobreexcedidos e impagables de las deudas públicas y privadas, y el estallido de las burbujas inmobiliarias. La suposición general es que, con el tiempo, una vez que estos problemas puedan solucionarse, las tasas de crecimiento repuntarán nuevamente. Pero los analistas generalmente no toman en cuenta factores externos a la economía financiera, los que hacen que sea casi imposible la reanudación del crecimiento económico convencional. Esta no es una condición temporaria sino permanente.
Hay tres factores principales que claramente surgen en un contexto de crecimiento económico:
  • El agotamiento de importantes recursos, incluyendo combustibles fósiles y minerales.
  • La proliferación de impactos ambientales como consecuencia de la extracción y uso de los recursos (incluyendo la quema de los combustibles fósiles), que con un efecto bola de nieve provocan aumentos de los costos de dichos impactos en sí mismos, más los esfuerzos para prevenirlos y mitigarlos.
  • Las perturbaciones financieras causadas por la incapacidad de nuestros sistemas monetarios, bancarios y de inversiones, para ajustarse tanto a la escasez de recursos como al aumento de los costos ambientales, y su incapacidad para sostener los enormes volúmenes de deuda pública y privada que se generaron en las últimas dos décadas, dentro del contexto de una economía cada vez más restringida.
Más allá de la tendencia que tienen los economistas para enfocarse solamente en el último de estos tres factores, en los recientes años es posible apuntar literalmente hacia miles de eventos que ilustran cómo los tres factores interactúan y golpean a la puerta cada vez con más fuerza. Consideremos sólo uno: La catástrofe en el año 2010 de la Deepwater Horizon en el Golfo de México.
El hecho de que BP estuvo perforando para extraer petróleo en aguas profundas del Golfo de México muestra una tendencia global: Mientras que el mundo no está en peligro de quedarse sin petróleo en el corto plazo, ya hay muy poco petróleo que se encuentra en tierra, en áreas donde las perforaciones son más accesibles. Estas zonas han sido exploradas y sus ricos yacimientos de hidrocarburos se están agotando. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), en 2020 casi el 40% de la producción mundial de petróleo provendrá desde regiones de aguas profundas. Así como es difícil, peligroso y costoso operar una plataforma de perforación sobre un kilómetro o dos de agua del océano, es lo que la industria petrolera deberá hacer para continuar suministrando el producto. Y eso significa petróleo más caro.
Obviamente, los costos ambientales de la explosión y derrame provocado por la plataforma Deepwater Horizon han sido ruinosos. Ni los EE.UU. ni la industria petrolera pueden permitirse otro accidente de esa magnitud. Así que en 2010 el gobierno de Obama estableció una moratoria de perforación en aguas profundas del Golfo de México, mientras se legislan nuevas normas y regulaciones. Otros países también comenzaron a revisar sus propias reglamentaciones para la exploración petrolera en aguas profundas. Sin dudas que esto hará menos probable que en el futuro ocurran estos desastres, pero aumentan los costos de hacer negocios, y por lo tanto, el ya elevado costo del petróleo.
El accidente de la Deepwater Horizon también ilustra la reacción en cadena, y hasta qué punto los efectos del agotamiento y el daño ambiental han golpeado a las instituciones financieras. Las compañías de seguros se han visto obligadas a aumentar las primas en las operaciones de perforación en aguas profundas, y los impactos en las empresas pesqueras regionales han afectado duramente a la economía de la costa del Golfo. Mientras que los costos para la región han sido compensados en parte con pagos de BP, esos pagos obligaron a la compañía a reestructurarse, y el valor de sus acciones y rendimientos bursátiles se derrumbaron. Los problemas financieros de BP a su vez afectaron a los fondos de pensiones británicos que habían invertido en la empresa.
Este es sólo un evento, ciertamente uno espectacular. Si se tratara de un problema aislado la economía podría recuperarse y seguir adelante. Pero estamos y estaremos ante una galopante sucesión de desastres ambientales y económicos, no directamente relacionados entre sí, que obstaculizarán cada vez más el crecimiento económico. Esto incluye, aunque no está limitado a lo siguiente:
  • Cambio climático que provoca sequías, inundaciones e inclusive hambrunas en diversas regiones
  • Escasez de agua y energía
  • Quiebras bancarias, empresarias y ejecuciones hipotecarias
Cada uno de estos problemas se suelen tratar como casos puntuales, cuestiones que deben resolverse para poder “volver a la normalidad”. Pero en última instancia todos están relacionados entre sí, pues son consecuencia de la creciente población humana que lucha por aumentar su nivel de consumo per cápita de los recursos limitados (incluyendo los no renovables como los combustibles fósiles que impactan sobre el clima), todo ello en un planeta finito y frágil.
Mientras tanto, el despropósito de varias décadas acumulando deuda, ha creado las condiciones para que se produzca la crisis financiera del siglo que ya vemos por todas partes, y que tiene el potencial en sí misma para generar gran inestabilidad política y miseria humana.
El resultado: Estamos viendo una tormenta perfecta de varias crisis convergentes, que en conjunto representan un hito en la historia de nuestra especie. Somos testigos y participantes de una transición desde décadas de crecimiento económico, hacia décadas de contracción económica.
¿Por qué el Crecimiento es tan importante?
Durante los últimos dos siglos, el crecimiento fue prácticamente el único índice de bienestar económico. Si la economía crecía había empleos y las inversiones daban altos rendimientos. Cuando la economía temporariamente paró de crecer, tal como ocurrió durante la “Gran Depresión”, se produjeron sangrías financieras.
A lo largo de este período, la población mundial se incrementó desde menos de dos mil millones de seres humanos en 1900, hasta casi siete mil millones hoy en día. Y estamos sumando alrededor de 70 millones de “nuevos consumidores” cada año. Esto hace que el crecimiento futuro sea algo más crucial aún: Si la economía se estanca, habrá menos bienes y servicios per capita para todos.
Nos hemos basado en el crecimiento económico para el “desarrollo” de las economías más pobres del mundo. Sin crecimiento, debemos asumir seriamente la posibilidad de que cientos (tal vez miles) de millones de personas, nunca alcanzarán ni siquiera una versión rudimentaria del estilo de vida consumista del cual disfrutan los habitantes de las naciones industrializadas.
Por último, hemos creado sistemas monetarios y financieros que requieren crecimiento. Cuando la economía crece, eso significa que hay disponible más dinero y más crédito. Las expectativas aumentan, la gente compra más y más productos, los negocios necesitan más préstamos, y los intereses sobre los préstamos pueden ser devueltos. Pero si no hay nuevas emisiones de moneda que ingresen al sistema, el interés sobre los préstamos existentes no puede ser devuelto. Como resultado se produce una bola de nieve de morosidad, se pierden empleos, disminuyen los ingresos, se restringen las contrataciones, lo cual a su vez hace que las empresas pidan menos préstamos, causando que menos cantidad de dinero ingrese en la economía. Esta situación es un bucle de realimentación destructivo, el cual es muy difícil de detener una vez que se pone en marcha.
En otras palabras, la economía no cuenta con una configuración “estable” o “neutral”: Solamente puede haber crecimiento o contracción. Y “contracción” es justamente una agradable manera de llamar a la “depresión”, es decir, un largo período de pérdidas de empleos en cascada, cierres, morosidad y quiebras. Nos hemos acostumbrado tanto al crecimiento, que es difícil recordar que en realidad es un fenómeno bastante reciente.
Durante los últimos milenios, así como los imperios se levantaban y caían, las economías también avanzaban y retrocedían. Pero la actividad económica global se expandía muy lentamente, y con retracciones periódicas. Sin embargo, con la revolución de los combustibles fósiles de los últimos dos siglos, hemos visto un crecimiento a una velocidad y escala sin precedentes en toda la historia de la humanidad. Hemos aprovechado la energía del carbón, el petróleo y el gas natural para construir y utilizar automóviles, camiones, autopistas, aeropuertos, aviones y redes eléctricas, todas componentes esenciales de la moderna sociedad industrial. A través de este proceso de única vez, al extraer y quemar cientos de millones de años de energía solar almacenada químicamente, hemos construido lo que por un breve y brillante momento parecía ser “la máquina del crecimiento perpetuo”. Tomamos lo que era en realidad una situación única y extraordinaria como algo permanente que dimos por sentado, y así llegó a ser “lo normal”.
Pero a medida que la era del petróleo abundante y barato llega a su fin, nuestros supuestos sobre una continua expansión están siendo sacudidos hasta la médula. Ciertamente, el final del crecimiento es algo muy pero muy grande. Esto significa el fin de una era, y de nuestra manera actual de organizar nuestra economía, nuestra política y la vida cotidiana. Sin crecimiento prácticamente vamos a tener que reinventar la vida humana sobre la Tierra.
Es esencial que reconozcamos y entendamos la significación de este momento histórico: De hecho hemos llegado al final de la era de la expansión económica alimentada por los combustibles fósiles, y los esfuerzos de los políticos para continuar persiguiendo el evasivo crecimiento, en verdad equivale a una fuga de la realidad. Si los líderes mundiales no están bien informados acerca de la situación actual, probablemente retrasarán la implantación de los servicios de apoyo que pueden posibilitar la supervivencia en una economía sin crecimiento, y seguramente luego fallarán cuando quieran hacer los imprescindibles cambios en los sistemas monetario, financiero, alimentario y de transportes.
Como resultado de ello, lo que pudiera ser un proceso doloroso pero soportable de adaptación, podría convertirse en la mayor tragedia de la historia. Podemos sobrevivir al final del crecimiento, pero sólo si reconocemos lo que significa y actuamos en consecuencia.
¿Pero no es normal el Crecimiento?
Las economías son sistemas, y como tales, al menos en cierta medida siguen reglas análogas a las que rigen a los sistemas biológicos. Las plantas y los animales tienden a crecer en forma rápida cuando son jóvenes, pero luego alcanzan un estado más o menos maduro y estable. En los organismos vivos, las tasas de crecimiento son en gran parte controladas por los genes, y también por la disponibilidad de alimentos.
En las economías, el crecimiento aparece ligado a la planificación económica, y también a la disponibilidad de recursos, sobre todo recursos energéticos (que es el alimento de los sistemas industriales), así como del crédito (el “oxígeno” de la economía).
Durante los siglos XIX y XX el acceso a los combustibles fósiles abundantes y baratos favorecieron una rápida expansión económica. Los planificadores de la economía comenzaron a aprovechar esta situación, y los sistemas financieros interpretaron las expectativas de crecimiento como una promesa de altos rendimiento para las inversiones.
Pero así como los organismos vivos dejan de crecer, las economías también deben hacerlo. Inclusive si los planificadores (equivalentes sociales del ADN regulador) dictaminan un mayor crecimiento, en algún punto cada vez habrá más cantidades de “alimento” y “oxígeno” que dejarán de estar disponibles. También es probable que los desechos industriales se acumulen hasta el punto de ahogar y envenenar a los sistemas biológicos que sostienen la actividad económica, tales como los bosques, los cultivos, y los cuerpos humanos.
Sin embargo, la mayoría de los economistas no ven las cosas de esta manera, posiblemente porque las actuales teorías económicas fueron formuladas durante el anómalo período histórico de crecimiento sostenido, el cual está ahora terminando. Los economistas nada más generalizan a partir de la experiencia: Ellos se apoyan en décadas de crecimiento sostenido del pasado reciente, y de manera muy simplista proyectan esa experiencia en el futuro. Por otra parte, poseen formas de explicar porqué las economías modernas de mercado son inmunes a los límites que restringen a los sistemas naturales: Las dos principales son la sustitución y la eficiencia.
Si un recurso útil se vuelve escaso su precio aumentará, y esto crea un incentivo para que los consumidores del recurso encuentren un sustituto. Por ejemplo, si el petróleo se vuelve demasiado caro, las empresas de energía podrían comenzar a fabricar combustibles líquidos a partir del carbón. O también podrían desarrollar otras fuentes de energía inimaginables hoy en día. Muchos economistas afirman que este proceso de sustitución puede continuar para siempre. Es parte de la magia del libre mercado.
Por su parte, el aumento de la eficiencia significa hacer más con menos. En EE.UU. la cantidad –ajustada por inflación– de dólares generada en la economía por cada unidad de energía consumida, se ha venido incrementando sostenidamente durante las últimas décadas. La cantidad de energía requerida en BTU para producir un dólar de PIB se redujo desde cerca de 20.000 BTU por dólar en 1949, hasta 8.500 en 2008. Parte de ese aumento de la eficiencia se ha producido como resultado de la externalización de la mano de obra en otros países, los cuales queman carbón, petróleo o gas natural para fabricar nuestros productos. Fabricando localmente nuestros zapatos y televisores LCD, estaríamos quemando esa energía localmente.
Los economistas también proponen otra forma de eficiencia que tiene menos relación con la energía, al menos directamente: La identificación de los procesos y fuentes de materiales más baratos, y los lugares donde los empleados son más productivos y aceptan trabajar por menor salario. A medida que aumentamos la eficiencia usamos menos energía, menos recursos, menos mano de obra y menos dinero para hacer más. Esto también permite un mayor crecimiento.
Encontrar sustitutos para recursos que se agotan y aumentar la eficiencia son sin lugar a dudas las estrategias de adaptación más eficaces de las economías de mercado. Sin embargo queda abierta la pregunta de cuánto tiempo podrán continuar funcionando dichas estrategias en el mundo real, que ha demostrado regirse más por las leyes de la física que por las teorías económicas.
En el mundo real algunas cosas no tienen sustitutos, o los sustitutos son demasiado caros, o no funcionan tan bien, o no pueden ser producidos con la suficiente celeridad. Y por su parte la eficiencia sigue una ley de rendimientos decrecientes: Los primeros intentos para aumentar la eficiencia suelen ser de bajo costo, pero cada posterior incremento tiende a ser más y más costoso, hasta que resultan prohibitivos.
En última instancia no se puede subcontratar más que el 100 por ciento de la fabricación, no se puede transportar productos con energía cero, y no podemos contar con la capacidad de compra de los trabajadores para adquirir nuestros productos si no les pagamos nada. A diferencia de la gran mayoría de los economistas, la gran mayoría de los científicos y los físicos reconocen que el crecimiento dentro de cualquier sistema acotado, tiene que detenerse en algún momento.
La simple matemática del crecimiento compuesto
En principio, la posibilidad de un eventual fin del crecimiento es un portazo en la cara. Si una cantidad de algo crece sostenidamente un cierto porcentaje fijo al año, esto implica que ese algo se duplicará en tamaño cada determinado número de años. Cuanto más alto el porcentaje de crecimiento, más rápido se duplicará. Un método bastante aproximado para calcular tiempos de duplicación es conocido como “la regla del setenta”. Dividiendo 70 por la tasa de crecimiento porcentual nos da el tiempo aproximado necesario para que la cantidad inicial se duplique. Por ejemplo, si cierta cantidad de algo está creciendo un 1% al año, se duplicará en 70 años. Con un 2% al año de crecimiento, se duplicará en 35 años. Con un 5% de crecimiento al año se duplicará en tan sólo 14 años, y así sucesivamente. Si pretendemos ser más precisos podemos usar la función exponencial de cualquier calculadora científica, pero la regla del setenta funciona bien para la mayoría de los casos.
Vamos con un ejemplo del mundo real: En los últimos dos siglos la población mundial creció a tasas que van desde menos del uno por ciento a más del dos por ciento por año. En 1800 la población del planeta era de aproximadamente mil millones. En 1930 se había duplicado a dos mil millones. Sólo 30 años más tarde, en 1960, se duplicó nuevamente a cuatro mil millones. En la actualidad estamos en carrera para duplicarnos otra vez y llegar a ser ocho mil millones de humanos alrededor del año 2025. Seriamente nadie espera que la población humana pueda continuar creciendo durante siglos en el futuro. Basta imaginar que si lo sigue haciendo a tan sólo un 1,3% por año (esa fue la tasa de crecimiento del año 2000), para el año 2780 habría nada menos que 148 billones de seres humanos en La Tierra. Una persona por cada metro cuadrado de suelo en la superficie del planeta. Por supuesto que tal cosa no va a suceder.
En la naturaleza, el crecimiento tarde o temprano siempre se da de narices contra ciertas restricciones que no son negociables. Si una especie encuentra que su fuente de alimentos se ha expandido, su número de individuos aumentará a partir de las calorías sobrantes, pero entonces luego esa fuente de alimentos comenzará a reducirse proporcionalmente a cuantas más bocas la consuman, y por su parte, sus predadores naturales también serán más numerosos (más sabrosa comida para ellos). Los florecimientos poblacionales caracterizados por períodos de rápido crecimiento siempre son seguidos por colapsos, hambrunas y muerte masiva. Siempre.
Aquí hay otro ejemplo del mundo real. En los últimos años la economía china ha venido creciendo tanto como un 8% o más por año. Eso significa que está duplicando su volumen cada diez años, o menos aún. De hecho, China consume más del doble del carbón que consumía hace una década. Lo mismo con el mineral de hierro y el petróleo. El país ahora tiene cuatro veces más autopistas de las que tenía entonces, y casi cinco veces más automóviles. ¿Cuánto tiempo puede seguir esto? ¿Cuántas duplicaciones más pueden ocurrir antes de que China haya utilizado todos sus recursos clave? ¿O acaso simplemente decidirán que ya ha sido suficiente y detengan voluntariamente el crecimiento? Estas preguntas son difíciles de responder con una fecha específica, pero debemos hacerlas.
La discusión tiene implicancias muy reales, porque la economía no es solamente un concepto abstracto. Es la que determina si vivimos en el lujo o la pobreza, si comemos o pasamos hambre. Cuando se detenga el crecimiento económico cada uno de nosotros recibirá el impacto, y serán necesarios varios años para que la sociedad se adapte a la nueva realidad. Por lo tanto, es muy importante saber si ese momento está a la vuelta de la esquina o distante en el tiempo.
El Fin del Crecimiento no debería ser una sorpresa
La idea de que el crecimiento se detendrá en algún momento de este siglo no es nada nueva. En 1972 un libro titulado “Los límites del crecimiento” fue noticia y se convirtió en el libro ambientalista más vendido de todos los tiempos.
Ese libro que se basó en uno de los primeros intentos de usar computadoras para modelar las probables interacciones entre la evolución de los recursos, el consumo y la población, fue también el primer estudio científico que intentó cuestionar el supuesto de que el crecimiento económico podía y debía ser permanente en el futuro.
La idea era una herejía en aquel momento, y todavía lo es. La noción de que el crecimiento no puede continuar y no continuará más allá de cierto punto resultó profundamente perturbadora para algunos sectores, y pronto “Los límites del crecimiento” fue desacreditado y ridiculizado por los interesados en los negocios pro-crecimiento. En realidad, aquella ridiculización sólo tomaba en cuenta algunos pocos datos completamente fuera de contexto del libro, citándolos como “predicciones”, cuando en forma explícita se decía que no lo eran, y luego remarcando que dichas predicciones habían fallado. El ardid fue denunciado rápidamente, pero las réplicas no suelen tener tanta publicidad como las acusaciones, y así hoy en día todavía hay millones de personas que creen erróneamente que el libro quedó desacreditado hace tiempo. De hecho, los escenarios originales del libro han demostrado ser bastante acertados.
Los autores cargaron los datos del crecimiento de la población mundial, las tendencias de consumo, y la disponibilidad de varios recursos importantes. Hicieron correr el programa informático que habían desarrollado, y llegaron a la conclusión de que el fin del crecimiento probablemente ocurriría entre los años 2010 y 2050. Luego la producción industrial y de alimentos se derrumbaría, determinando una disminución de la población.
Esos escenarios estudiados en “Los límites del crecimiento” han sido nuevamente analizados y comprobados en forma reiterada desde la publicación original, usando ahora software más sofisticado y datos basados en información actualizada. Los resultados han sido similares en todos los intentos, y recientemente se publicó una nueva versión del libro llamada “Los límites del crecimiento: Actualización a 30 años”.
El escenario del Pico del Petróleo
Tal como se ha mencionado, el crecimiento finalizó debido a la convergencia de tres factores: Agotamiento de recursos, impactos ambientales y fracaso sistémico monetario-financiero. Sin embargo, una sola cuestión puede estar jugando un rol clave y determinante para el final de la era de la expansión. Ese asunto es el petróleo.
El petróleo tiene un lugar crucial en el mundo moderno. En el transporte, la agricultura, los químicos y los materiales industriales. La Revolución Industrial fue en realidad la revolución de los combustibles fósiles, y el fenómeno entero del persistente crecimiento económico (incluyendo el desarrollo de las instituciones financieras que han facilitado el crecimiento, tales como las reservas bancarias fraccionales), ha sido basado siempre en última instancia en los suministros cada vez mayores de energía barata. El crecimiento requiere más producción, más comercio y más transporte, y todo en su conjunto requiere más energía. Esto significa que si los suministros de energía no se pueden expandir, y la energía por lo tanto se vuelve significativamente más cara, el crecimiento económico fallará, y los sistemas financieros diseñados sobre las expectativas de un crecimiento perpetuo también fallarán.
Ya en 1998 los geólogos petroleros Colin Campbell y Jean Laherrère discutían un escenario del Pico del Petróleo que se tornó real. Ellos teorizaron que, en algún momento alrededor del año 2010, el estancamiento o el declive de los suministros de petróleo podrían provocar un aumento y volatilización de los precios del crudo, y que tal cosa precipitaría un colapso económico global.
Esa rápida contracción económica, a su vez daría lugar a una considerable reducción de la demanda de energía, de manera que los precios tenderían a bajar. Pero tan pronto como la economía pudiera volver a recuperar fuerzas, la demanda presionaría nuevamente al petróleo con consecuencias de nuevos aumentos en los precios, y a resultado de ello la economía sufriría una nueva recaída. Este ciclo es continuo, con cada fase de recuperación siendo más corta y más débil, y cada caída más profunda y más dura, hasta que la economía quede en ruinas. Los sistemas financieros así basados en el supuesto de un crecimiento continuo implosionarían, causando más estragos sociales que las trepadas del precio del petróleo.
Mientras tanto, los precios volátiles y vaivenes del petróleo frustrarían las inversiones en sistemas de energía renovable: Un año el petróleo sería tan caro que casi cualquier otra fuente de energía se presentaría como más conveniente por comparación; al año siguiente, el precio del petróleo habría caído tanto como para que los usuarios vuelvan a basarse en él, restándole sentido a las inversiones en otras fuentes de energía. Pero como los bajos precios desalentarían las exploraciones en busca de más petróleo, surgen así nuevos episodios de escasez más turbulentos que los anteriores. Los capitales de inversión también podrían ser escasos, dado que los bancos serían insolventes debido a la crisis financiera permanente, y los gobiernos caerían por la disminución de los ingresos fiscales. Al mismo tiempo la competencia internacional por la disminución de los suministros de petróleo podría provocar guerras entre países importadores, entre importadores y exportadores, y entre facciones rivales dentro de países exportadores.
En los años siguientes a la publicación inicial de Campbell y Laherrère, muchos expertos afirmaron que las nuevas tecnologías para la extracción de petróleo crudo iban a aumentar la cantidad del suministro que puede ser obtenido de cada pozo perforado, y que las enormes reservas de recursos en hidrocarburos alternativos (principalmente arenas alquitranadas y esquistos bituminosos) serían desarrolladas para reemplazar sin problemas al petróleo convencional, lo que retrasaría por décadas el inevitable pico. También hubo quienes dijeron que el Pico del Petróleo no sería un gran problema, inclusive si ocurriera pronto, pues el mercado podía encontrar otras fuentes de energía y opciones de transporte tan rápido como fuera necesario, sean automóviles eléctricos, de hidrógeno, o nuevos combustibles líquidos fabricados a partir del carbón.
En los años siguientes, los acontecimientos pusieron de manifiesto tanto la validez de la tesis del Pico del Petróleo, como la subvaloración de los optimistas. Los precios del crudo presentaron una marcada tendencia cuesta arriba y por razones completamente previsibles: El descubrimiento de nuevos yacimientos continuaba disminuyendo, y la explotación de la mayoría de los nuevos pozos era mucho más difícil y costosa que los descubiertos en años anteriores. Más y más países productores de petróleo llegaron a su pico de extracción y comenzaron a declinar, a pesar de los esfuerzos por mantener el crecimiento de la producción usando costosos métodos altamente tecnificados para la extracción secundaria y terciaria, tales como la inyección de agua, nitrógeno o dióxido de carbono, para forzar que una mayor cantidad de crudo salga de la tierra. Así se aceleraron las tasas de declinación de la producción en los yacimientos gigantes más antiguos del mundo, que eran los responsables de la parte del león en el suministro global de petróleo. La producción de combustibles líquidos a partir de las arenas alquitranadas comenzó a expandirse lentamente, mientras que el desarrollo de los esquistos bituminosos continúa siendo una vaga promesa para el futuro lejano.
De la teoría del miedo a una realidad que da miedo
En 2008 el escenario del Pico del Petróleo se convirtió en algo demasiado real. La producción global de petróleo permaneció estancada desde 2005, y los precios se mantuvieron en alza. En Julio de 2008 el precio del barril se disparó hasta los 150 dólares, superando en valores ajustados por inflación a los precios alcanzados en los años 70, que habían provocado la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial. En ese verano (boreal) de 2008, la industria automotriz, la industria del transporte, los embarques internacionales, la agricultura y las compañías aéreas estaban tambaleando.
Pero lo que sucedió después impactó en la atención del mundo a tal punto que el alza del precio del petróleo pasó a segundo plano. En Septiembre de 2008, el sistema financiero global estuvo cercano al colapso. Las razones para que esta repentina crisis sucediera, aparentemente tenían que ver con las burbujas inmobiliarias, la falta de una adecuada regulación en el sistema bancario, y el abuso de bizarros productos financieros incomprensibles. Sin embargo, y pese a que fue largamente ignorado, el alza del precio del petróleo ha jugado un papel crítico en el inicio de la debacle (Ver el artículo: Recesión temporaria o fin del crecimiento).
En las inmediatas consecuencias de esa crisis financiera global casi fulminante, los escenarios tanto de la teoría del Pico del Petróleo propuesto una década antes, igual que el del libro “Los límites del crecimiento” de 1972, ambos demostraron confirmarse con una precisión tan asombrosa como aterradora. El comercio global se derrumbaba. Las mayores industrias automotrices del mundo requerían ayuda estatal para sobrevivir. Las empresas aerocomerciales de los EE.UU. se redujeron una cuarta parte. Los disturbios por falta de alimento hicieron erupción en los países pobres alrededor del mundo. La guerra persistente en Irak, el país con las segundas mayores reservas de petróleo crudo del planeta, y en Afganistán, un sitio estratégico disputado para diversos proyectos de oleoductos y gasoductos, continuó provocando una sangría en las arcas de las naciones más dependientes de la importación de recursos petroleros.
Mientras tanto, el debate sobre qué hacer para frenar el cambio climático global, pone de manifiesto la inercia política que ha mantenido al mundo camino a la catástrofe desde principios de los años 70. Para cualquier persona con un modesto nivel de educación o inteligencia, ya se ha convertido en algo obvio que el planeta hoy tiene dos urgentes e indiscutibles razones para detener cuanto antes la dependencia de los combustibles fósiles: La doble amenaza de una catástrofe climática más la inminente restricción al suministro de combustibles. Sin embargo, en la Conferencia del Cambio Climático de Copenhague de Diciembre 2009, las prioridades de los países más dependientes del combustible fósil fueron claras: Las emisiones de carbono deberían ser reducidas, la dependencia de los combustibles también, pero solamente si ello no pone en peligro el crecimiento económico.
El componente financiero de la contracción económica
Si bien los límites de los recursos y los desastres ambientales ya venían poniéndole plazo de caducidad al crecimiento, a los ciudadanos comunes el dolor se le hace más palpable cuando de una u otra forma lo transitan en forma directa mediante la propia experiencia: Pérdida de empleos y colapso del sistema hipotecario.
Tal como se puede ver en los capítulos 1 y 2 de este libro, las expectativas de crecimiento continuo de las últimas décadas se han trasladado al presente bajo la forma de una enorme masa de deudas, tanto de los consumidores como de los gobiernos. Los ciudadanos norteamericanos ya no se hacían ricos inventando nuevas tecnologías y fabricando productos de consumo, sino nada más comprando y vendiendo casas, moviendo dinero desde unas cuentas de inversión hacia otras, o cobrándose honorarios entre ellos.
Cuando comenzó el nuevo siglo, la economía mundial empezó a tambalearse al ritmo de los estallidos de una burbuja tras otra: La burbuja de las economías emergentes del sudeste asiático, la burbuja de las “punto-com”, la burbuja inmobiliaria. Todos sabíamos que ellas finalmente podían explotar, tal como cualquier burbuja siempre lo hace, pero los inversores “inteligentes” planeaban meterse en ellas tempranamente, y salir con suficiente anticipación como para obtener grandes beneficios y escaparle al previsible desenlace caótico.
En los frenéticos días desde el año 2002 al 2006, millones de estadounidenses llegaron a creer que la constante alza en los valores inmobiliarios podía llegar a ser su fuente de ingresos, convirtiendo sus propiedades en “cajeros automáticos” (una frase muy popular escuchada por entonces). Mientras los precios seguían subiendo, los propietarios se sentían entusiasmados para pedir más préstamos y remodelar una cocina o el baño, y los bancos se sentían cómodos ofreciendo más y más créditos. Al mismo tiempo, los magos de Wall Street encontraban nuevas maneras de disfrazar esas hipotecas de alto riesgo como atractivas inversiones en obligaciones de deuda respaldadas, que podían ser empaquetadas, catalogadas y vendidas como “títulos premium” a inversores preferenciales, con muy bajo o nulo riesgo para ellos. Después de todo, los valores inmobiliarios estaban siempre destinados a crecer y crecer. “Dios no está haciendo más tierras” era la muletilla que repetían.
Los créditos y las deudas se expandieron entonces al ritmo de la euforia del dinero fácil. Todo aquel optimismo vertiginoso llevó a un crecimiento inusual de empleos en la construcción y los bienes raíces, enmascarando los quebrantos subyacentes y las pérdidas de empleo en el sector productivo.
Unos pocos expertos financieros sensatos usaron términos tales como “castillos de naipes” y “polvorín” para describir la situación. Todo lo que se necesitaba metafóricamente era una tenue brisa o una pequeña chispa para producir un resultado catastrófico. Puede afirmarse que el alza de los precios del petróleo a mediados de 2008 fue más que suficiente para disparar los fuegos artificiales.
Pero la burbuja inmobiliaria fue en sí misma nada más que un fusible de mayor envergadura: En realidad, el sistema económico entero dependía de las expectativas irrealizables del crecimiento perpetuo y pudo volar entero por los aires. El dinero estaba atado al crédito, y el crédito estaba atado a la suposición de dar por sentado el crecimiento. Cuando el crecimiento se detuvo en 2008, comenzó la reacción en cadena de morosidad, incumplimientos y quiebras. Era una explosión en cámara lenta.
Desde entonces, el esfuerzo de los gobiernos se ha dirigido a tratar de hacer arrancar nuevamente el crecimiento. Pero de manera muy limitada, dichos esfuerzos tuvieron un éxito temporario recién a finales de 2009 y principios de 2010, enmascarando la contradicción subyacente en el corazón de la economía: la suposición de que podemos contar con un crecimiento infinito en un planeta finito.
¿Qué viene después del Crecimiento?
Llegar a comprender que hemos arribado a un punto en el que el crecimiento ya no puede continuar, sin dudas es algo deprimente. Pero una vez que hemos atravesado ese obstáculo psicológico, es una noticia moderadamente buena.
No todos los economistas cayeron en la trampa de creer que el crecimiento seguiría por siempre. Hay escuelas de pensamiento económico que reconocen los límites de la naturaleza, y al mismo tiempo, esas personas y escuelas han sido ampliamente marginadas en los círculos políticos, pero también han desarrollado planes potencialmente útiles que pueden ayudar a la sociedad para adaptarse.
Los factores básicos que inevitablemente reemplazarán a la economía del crecimiento son conocidos. Para sobrevivir y prosperar durante largo tiempo, las sociedades tienen que manejarse dentro de un presupuesto planetario sostenible respecto de los recursos extractivos. Esto significa que, aunque no conozcamos en detalle cómo será la economía del post-crecimiento y el nuevo estilo de vida, sabemos lo suficiente para comenzar a trabajar en dicha dirección.
Debemos convencernos a nosotros mismos que la vida en una economía sin crecimiento puede ser plena, interesante y segura. La ausencia de crecimiento no necesariamente implica falta de progreso. Dentro de una economía de no-crecimiento o equilibrio igual puede existir el desarrollo continuo de habilidades prácticas, expresiones artísticas, y ciertos tipos de tecnologías. De hecho, algunos historiadores y sociólogos sostienen que la calidad de vida en una economía del equilibrio puede ser superior que en una economía de rápido crecimiento: Mientras que el crecimiento crea oportunidades para algunos, típicamente también intensifica la competencia, hay grandes ganadores y grandes perdedores, y tal como sucede en las ciudades gigantescas, la calidad de vida y las relaciones humanas sufren las consecuencias.
Dentro de una economía de no-crecimiento es posible maximizar beneficios y reducir los factores que llevan a la decadencia, pero hacerlo requiere la búsqueda de objetivos adecuados: En lugar de “más” debemos esmerarnos por “mejor”. En vez de promover una mayor actividad económica porque sí, hay que hacer hincapié en aquello que aumenta la calidad de vida sin empujar hacia el consumo. Una forma de hacer esto es reinventar y redefinir el crecimiento como tal.
Es inevitable la transición hacia una economía del no-crecimiento, o más bien hacia una economía en la cual el crecimiento sea definido de una manera fundamentalmente diferente. Pero nos irá mucho mejor si la planificamos, en lugar de limitarnos a contemplar perplejos cómo empiezan a fallar las instituciones de las que dependemos, para luego tratar de improvisar una estrategia de supervivencia ante su retirada.
En efecto, tenemos que crear una “nueva normalidad” deseable, que se ajuste a las restricciones impuestas por el agotamiento de los recursos naturales. Aferrarnos a la “vieja normalidad” no es una opción. Si no encontramos nuevas metas para nosotros mismos y planificamos nuestra transición desde una economía basada en el crecimiento, hacia otra economía saludable del equilibrio, estaremos creando por omisión una “nueva normalidad” mucho menos deseable, algunas de cuyas manifestaciones ya estamos empezando a ver, bajo las formas de altas y persistentes tasas de desempleo, aumento de la brecha entre ricos y pobres, crisis ambientales, y cada vez peores y más frecuentes crisis financieras, todo lo cual se traduce en profundos niveles de angustia para los individuos, las familias y las comunidades.