¿Me puedo fugar de esta crisis?

Ángel Calle Collado - Crisis y política de los vínculos

¿Me puedo fugar de esta crisis?

Estamos dentro y lo seguiremos estando. Por dentro quiero comenzar señalando que, sobre todo en los grandes oasis de consumo que se dan en Occidente, la creciente mercantilización de relaciones nos lleva a que alimentación, salud, vivienda, ocio o incluso participación (que presupone información, tiempo para construir confianzas y reflexiones, etc.) sean necesidades a satisfacer desde ámbitos que han contribuido a la explosión del desorden: deseo y diversión sujetos a superficies y patrones de consumo y de crédito; inversiones y futuros pensados o administrados en clave de fondos especulativos; necesidades materiales subordinadas a un centralizado e insostenible mercado global; etc.

Por dentro quiero expresar también que nacemos y vivimos en red. Al nacer, nuestra estructura cerebral aparece predispuesta para el lenguaje, que luego el contexto, y por ende otros y otras, nos pondrán en marcha a ritmo de palabras, acentos y gramáticas. Abrimos los ojos, los oídos y los poros de la piel y ya está por allí pululando la posibilidad de empatizar con lo que otros sienten, y también la potencialidad de asustarnos cuando nos estimulen desde algo que consideremos una amenaza. Aprendemos emociones desde las ya heredadas. Tenemos nuestra primera sensación de hambre, y ya movemos las manos y nuestros labios a ritmo de una potencialidad de succionar (de reclamar de otras), que viene impulsada por unos niveles de oxitocina (la hormona del amor) que conectan madre e hijo.

Y viviremos como hemos nacido, en red. La satisfacción de nuestras necesidades básicas, sean materiales (subsistencia), expresivas (libertades y creatividad), afectivas (identidades y lazos emocionales) o de relación con la naturaleza (somos una especie más), nos conducen a convivir, a conversar y a construir herramientas con los demás. Por activa o por pasiva, por acción o por omisión, conscientes de nuestra interdependencia o crédulos de una posibilidad de autonomía que nos haga dioses (si no bestias), nuestro hacer o nuestro decir es siempre una modificación del flujo de relaciones (de intercambios materiales, simbólicos, emocionales) para construir nuestra dignidad, a costa o en consideración de los otros. Permanentemente recreamos, acatamos o nos oponemos a las instituciones sociales (familiares, políticas, afectivas, culturales, económicas, etc.) en las que se recrean, a la vez que se utilizan, normas, valores, hábitos.

Trato de salir, pues, de un debate de esencias, de si somos animales sociales. Estamos dentro. Habitamos redes. Nos construimos desde, para y a través de los otros. Como especie, Gaia nos conecta al resto de seres vivos para formar un gran organismo que se esfuerza por autorreproducirse; y nosotros y nosotras, por salirnos de él. Si nos pensamos, es sólo como paréntesis de conversaciones que nos han ido legando una forma de decir, de hacer, de valorarnos.

¿Fugas? No puedo salirme, no plenamente. Sí puedo considerar esas fugas como fisuras, enredos, recreación de otros vínculos más habitables. Y que, cualitativamente, puedan representar un salto en alguno de los planos de satisfacción de necesidades básicas de tal manera que se reconozcan como un “hito revolucionario”. Pero estamos, ante todo, en la recreación constante de lo que Maturana define como conversaciones (intercambios, enunciados, propuestas) que caminan bien hacia ese deseo de vida y hacia esa democracia; bien hacia formas de sometimiento, de entierro de potencialidades, de autoritarismos. Recreación que va de la mano de la legitimación, el acatamiento aparente o la abierta desobediencia de los dispositivos de micropoder en los cuáles se nos interroga constantemente sobre las rutas a seguir (Foucault). Ahora bien, no todo es cotidianeidad, no todo es flujo. Las dinámicas de cooperación o de enfrentamiento social se entrelazan constituyendo conversaciones sistémicas (grandes enunciados, macropoderes, tendencias) que vuelven hacia los individuos como “poderes externos”. No son dinámicas trascendentales, no surgen de una metafísica de lo político (en clave de pueblos destinados, clases emergentes o multitudes teleológicas), sino de nuestra disposición (voluntad, creatividad, deseo) para remar en la vida de manera que situaciones (y después redes y prácticas más estables; y más tarde poblaciones y tendencias; y por último, metabolismos sociales) puedan ir asentando otras condiciones para nuestro hacer y nuestro decir. Las grandes crisis, al zarandear bruscamente los referentes “normales” de nuestras lecturas del entorno, son momentos con mayúscula para (re)leer nuestros mundos próximos y lejanos; en primer lugar, desde otras direcciones emocionales, corporales, racionales; y en segundo lugar, desde la construcción de satisfactores y relaciones (laborales, políticos, medioambientales, alimentarios, etc.) que desanden lo andado (Jorge Riechmann) o reinventen los caminos (zapatismo).

Esto no es intento de elaborar un curso de filosofía. Esto es una (auto)crítica hacia quien pretenda unir los conceptos de cambio integral y recetas de microondas, democracia y necesidad de autoritarismos por mor de alguna urgencia, satisfacción de necesidades básicas y aproximación parcial a las mismas (siendo el materialismo el sesgo más frecuente), metabolismos más sostenibles y economías basadas en la depredación infinita.

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