Contestación a Lino C. Vila a cuento de la (in)comprensión del Cénit del petróleo por parte de la izquierda

Manuel Casal Lodeiro

Rebelion.org publicó el día 1 de enero una contestación a un reciente artículo mío [“Es urgente que la izquierda comprenda las implicaciones del cénit del petróleo"] firmada por Lino C. Vilas bajo el título Unos apuntes al artículo de Manuel Casal: “es urgente que la izquierda comprenda las implicaciones del cénit del petróleo". Quisiera aprovechar el derecho a réplica para aclarar algunas cuestiones que espero aporten más luz sobre el problema al que nos enfrentamos.


Para empezar, en ningún punto de mi artículo propongo que “rechacemos la tecnología”, como da a entender C. Vila. Simplemente advierto contra nuestra dependencia de aquellas tecnologías que dependan a su vez de fuentes de energía de las que vamos a carecer en un tiempo más o menos corto, pero en cualquier caso de forma irreversible. Así, un coche a gasolina y una bicicleta son ambos productos de la tecnología, pero el primero no tiene sentido en un mundo sin petróleo y la segunda tiene más sentido que nunca. Podríamos pensar en cientos de ejemplos como este pero me limitaré a señalar la conveniencia (y urgencia) de recuperar el concepto de “tecnología apropiada” (“appropriate technology”, AT) que surgiera en los 70 como respuesta a las crisis (políticas) del petróleo. Cita C. Vila la avanzada tecnología médica de que disfrutamos en las sociedades industrializadas, pero no debí alcanzar a explicar bien la relación entre tecnología y energía, porque el autor pasa por alto cómo hacer funcionar esa tecnología y cómo mantenerla (repuestos, mantenimiento, final de vida útil...) sin energía. Porque lo queramos ver o no, la práctica totalidad de los elementos que conforman nuestra vida diaria en estas sociedades de la opulencia energética (la era de la “hibris”, que diría William Catton), dependen directa o indirectamente de la disponibilidad continua y a precio módico, de combustibles fósiles. Así que no se trata de estar o “no estar dispuestos a renunciar” (palabras de Lino C. Vila) a nada, sino de ser conscientes de qué partes de nuestra sociedad dejarán de funcionar a medida que el petróleo sea más escaso y más caro, y qué significará ese importante colapso funcional para el conjunto del sistema. Cualquier planteamiento social, político o personal realizado sin tener ese hecho en cuenta será inútil e incluso contraproducente pues caminará en direcciones sin salida que tarde o temprano habrá que desandar, si quedan fuerzas (o sea, energías).


Por otro lado me parece muy interesante el planteamiento que realiza C. Vilas acerca de la situación que se produciría entre sociedades que avanzasen hacia la autosuficiencia local que propongo y otras que acaparen los últimos restos del oro negro y traten así de mantener un poco más el nivel tecnológico industrial. Sobre este aspecto recomiendo estudiar el Protocolo de Uppsala, propuesto por científicos y activistas del “peak oil” y que defiende que una renuncia voluntaria y anticipada al petróleo no sólo no sitúa a una colectividad en peor situación que una que insista tozuda en mantenerse en la vía imposible del consumo creciente, sino que en realidad le aporta una ventaja. De hecho, un aspecto muy valioso de este protocolo es que no hace falta que todos los países lo asuman para que funcione —como sucede por contra con el de Kyoto— sino que desde el momento en que un país —o comunidad, o ayuntamiento, o empresa— lo adopta, se sitúa en mejor punto de partida para resistir la escasez que tarde o temprano alcanzará a todos: en otras palabras, aumenta su resiliencia. No olvidemos que los cambios sociales, económicos y energéticos que implica pasar del modelo basado en el petróleo a otro basado en energías renovables y locales necesitan décadas para realizarse, y eso en el mejor de los casos: es decir, en el caso de que haya suficiente financiación y suficiente energía para llevar a cabo tan ciclópea labor, sin precedentes en la historia humana. Por tanto, aunque parezcan disponer de una ventaja en el corto plazo aquellos que no renuncien al petróleo hasta el último momento, serán en realidad los peor preparados cuando inevitablemente a ellos también se les cierre el grifo. Así que no se trata de “razón” vs. “fuerza” como plantea mi crítico, sino de “anticiparse” vs. “cerrar los ojos”: esta fábula no va de corderos y lobos, sino más bien de hormigas y cigarras. C. Vilas no menciona —aunque es también crucial para prever lo que va a suceder a nivel geopolítico— la situación que se dará entre países exportadores y países importadores. De una parte, la gran mayoría de los países industrializados son ya importadores netos de esta sustancia que fundamenta sus economías, y de la otra, los países productores (“extractores” estaría mejor dicho) comienzan a dar avisos de que los últimos barriles se los reservarán para sí mismos. Si las economías occidentales tuviesen un crecimiento del PIB del 1% de aquí a entonces, se estima que para 2015 las exportaciones netas de los países productores ya no llegarían para abastecerlos (y eso contabilizando sólo las necesidades de EE.UU., Europa y Japón). Los principales países productores cada año consumen más y más de su propio petróleo, agotando las reservas y dejando menos petróleo disponible en el mercado para exportar. Es decir, el pico de las exportaciones netas precede al pico total del petróleo, y sus consecuencias nos están comenzando a llegar ya a los países importadores. Lógicamente la organización que más petróleo consume del planeta tendrá también algo que decir en este reparto: el ejército de los EE.UU. O ¿es que alguien tenía duda de los verdaderos motivos de la política estadounidense en Oriente Medio? En este sentido resulta muy clarificador ver la coincidencia de fechas entre los primeros informes científicos sobre los síntomas de agotamiento del petróleo y la preparación de las invasiones de Afganistán e Irak, sin olvidar que los Bush y su círculo provenían del negocio del petróleo.


Lino C. Vilas ilustra una vez más una de las carencias, no voy a decir solamente de la izquierda, sino de nuestra especie en conjunto. Dice, refiriéndose a mi artículo: “Olvida aquí que la izquierda tiene que dirigirse a la clase trabajadora que existe actualmente, que será rural o industrial dependiendo de las zonas. Que las propuestas de la izquierda deben estar contextualizadas en un lugar concreto y en un momento concreto.” Si el contexto temporal de referencia de la izquierda no es capaz de incluir las próximas décadas, entonces estamos incurriendo en uno de los fallos estructurales del capitalismo: el cortoplacismo. Pero creo que existen pruebas de que no tiene necesariamente que ser así: en el caso del cambio climático buena parte de la izquierda sí que ha sabido escuchar las voces de alarma de la comunidad científica y, aunque no estemos aún sufriendo un contexto de cambio climático catastrófico, sabemos anticiparnos y luchar por evitarlo. ¿Por qué no podemos aplicar también al problema del petróleo esa sabia anticipación, de la cual carece el capitalismo del beneficio a corto plazo y el electoralismo cuatrianual burgués? ¿Qué impide que lo hagamos para prever una carencia de petróleo que está a la vuelta de la esquina, cuando sí lo estamos haciendo para evitar un cambio climático a décadas vista? ¿Por qué asumimos las consecuencias profundas del calentamiento global pero no las consecuencias profundas del fin del petróleo? ¿Nos convierte la lucha por la reducción de las emisiones de CO2 en “una vanguardia tan adelantada que se pierda de vista de la masa” como critica C. Vilas en el caso de la concienciación sobre el Cénit? Ser consciente de los contextos que deberá afrontar la sociedad en un futuro más o menos cercano no significa abandonar las necesarias luchas del presente, sino reorientarlas teniendo en cuenta dicho futuro. Por poner un ejemplo: es totalmente diferente el planteamiento sobre el mantenimiento de puestos de trabajo en la industria del automóvil según se tenga en cuenta o no que nos hallamos al final de la Era del petróleo. Esta necesaria reorientación que reclamo de las izquierdas no sería sino mera coherencia con sus valores diferenciadores y con una solidaridad extendida a las generaciones futuras y a nuestro inmediato mañana. Concretando de nuevo en un caso ilustrativo: el gasóleo que hoy gastan las máquinas de la fábrica en la que trabaja una obrera, no lo tendrá el día de mañana el tractor que podría cultivar el pan que comerá su hijo, ni la ambulancia que podrá llevarla a ella a un hospital, ni el sistema de bombeo que le suministra agua a su vivienda.


Prosigue el citado autor: “El único actor social con un potencial suficiente para plantar cara al sistema productivo capitalista es el mismo que ha sido siempre: la clase trabajadora. Llegados la este punto, sería un error no apoyar la lucha de la clase trabajadora por sus intereses.” Por supuesto que se debe apoyar la lucha en la clase que más sufre la explotación capitalista: es más, yo diría que más que “apoyarla”, debería “dirigirla”. Pero ¿por qué insistir en su carácter “trabajador” —en cuanto que “asalariado”— si prevemos que a medio plazo buena parte de las industrias en las cuales trabajan desaparecerán junto con el petróleo que las ha levantado? Soy consciente de que plantear una lucha anticapitalista desde supuestos post-industriales no es un reto fácil, pero tampoco lo considero imposible. La izquierda luchaba ya contra la explotación del hombre por el hombre cuando sólo una pequeña fracción de la humanidad era proletaria. Al crecer la masa proletaria en relación a la agraria y en paralelo la urbana con respecto a la rural, la izquierda dejó por el camino otras luchas y otros contextos, pero los tiempos cambian y si la izquierda no se sabe adaptar será barrida por la Historia. No nos obcequemos con la “clase trabajadora” y hablemos mejor de nuevo de la “clase explotada” o del género humano en su conjunto. De cualquier manera el estadio actual de implosión del capitalismo conlleva una masiva trasformación de los procesos de “explotación” en procesos de mera “dominación”, pues sin energía que alimente la gigantesca máquina producción-consumo, les sobramos muchos millones de seres a los actuales “explotadores”. Esta trasformación está en marcha desde hace años con las crecientes masas de excluidos del sistema: paradas/os de larga duración, agricultoras/es desposeídas/os, trabajadoras/es precarias/os, etc. Poco a poco el sistema va expulsando más y más seres humanos de su sistema producción-consumo y le exige a los Estados que los controle, que los anule, que los domine mediante combinaciones maquiavélicas de fuerza coercitiva y control sutil (televisión, droga, consumismo...).


No he debido explicar bien la propuesta decrecentista consciente del fin del petróleo cuando C. Vilas dice: “¿Volvemos a la Edad Media? Esta supuesta solución nos llevaría a la misma situación de decrecimiento traumático, de hambre y miseria, de la que supuestamente nos quiere salvar”. El Decrecimiento —como movimiento— no quiere ser “traumático” sino precisamente evitar el trauma social mediante la planificación anticipada. Quiero creer —y conmigo mucha gente como los cientos de localidades que han apostado en todo el mundo por iniciar una transición (Transition Towns y PostCarbon Cities, por ejemplo)— que el hecho de preparar a la sociedad para el fin del petróleo marcaría la diferencia entre el trauma social más brutal y una escasez más llevadera. ¿Es acaso el mismo trauma el que sufren los pasajeros de un coche cuando quien va al volante no percibe que se aproxima a un obstáculo en la carretera que el que sufren cuando lo ve con algo de tiempo y puede frenar antes del impacto? De eso es de lo que hablamos. Lo cual no quita para que el futuro sí pueda tener mucho de Edad Media, época en la cual por cierto había en Europa ciudades-Estado independientes, núcleo neurálgico de regiones autosuficientes, en algunas de las cuales se practicaba incluso un tipo de democracia directa de base gremial. Quizás no estuviese mal recuperar algo de eso. Todo es cuestión de adaptar la lucha social a las nuevas circunstancias, que es el fondo mi propuesta y no “desactivar” dicha lucha como erróneamente parece haber interpretado C. Vilas.


Pero para eso está la izquierda, para ayudar a los trabajadores a recuperar esa conciencia que finalmente lleve a la clase trabajadora a la hegemonía (también hay que decir, a la vista de los resultados, que no lo debemos estar haciendo muy bien). Solamente entonces se podrán plantear políticas ajenas a los intereses del mercado, planificar democráticamente la producción, decidir democráticamente que productos son necesarios y cuales prescindibles y cambiar los modos de producción de manera que caminemos hacia un decrecimiento del consumo de las materias primas.” Le contestaría al compañero C. Vilas que mucho me temo que la geología no espera por revoluciones. El decrecimiento se está comenzando a producir ya y a la clase trabajadora no le queda —en mi opinión— tiempo para hacerse con hegemonías antes de dejar de ser, por la fuerza de los hechos, “trabajadora”. Después del petróleo, ya no existirá mercado capitalista que combatir —al menos tal como lo conocemos— ni producción que planificar, ni seguramente medios democráticos para plantearlo, porque los que estén al mando cuando la nave vaya a pique se habrán convertido en los nuevos señores feudales de una civilización en ruinas.


Insisto y resumo: la izquierda, si quiere ser fiel a los principios y valores que le son propios, debería tener la visión suficiente para comprender los cambios que se avecinan y la valentía para trasmitírselos a las clases trabajadoras y desposeídas. Las reglas del juego cambian radicalmente cuando la civilización más depredadora de la Historia choca con los límites del planeta que la alberga: ya no se tratará de luchar por un trozo más grande de una tarta que siempre crece, ya no se tratará de conservar derechos cuya realización material depende de la abundancia energética... ahora se tratará de sobrevivir y de ayudar a la propia sociedad a autoorganizarse para sobrevivir al colapso de la estructura social y económica tejida sobre el petróleo, es decir al colapso de la propia civilización industrial. La izquierda no debe basarse en previsiones sin base física como las que hemos podido leer recientemente de la mano de Vicenç Navarro —por citar un autor— sobre el “previsible” incremento continuo de la productividad que sería capaz de sostener indefinidamente un sistema de pensiones como el actual. La izquierda, por tanto, no debe dar por supuesto que unos aparatos estatales del bienestar (sanidad, trasporte público, ayudas sociales...) que, o bien dependen directamente de un gran flujo energético para sostener su complejidad y luchar contra su degradación entrópica o bien dependen de unos ingresos estables a través de la política fiscal, son posibles sin la energía básica que mueve todo el entramado económico. Si ha de seguir habiendo un Estado, si ha de proporcionar algún tipo de servicios públicos, debe ser un Estado que no base su sostenibilidad económica en el mito del crecimiento perpetuo y que asuma la necesidad de decrecer ordenadamente. La izquierda, estatalista o no, debería abjurar de esa fe anticientífica y convertirla en su principal enemigo, como cáncer que es para la sociedad y para la propia supervivencia humana. Es un paso difícil porque implica desprenderse de viejos discursos-lenguajes y renunciar a conceptos ya muchas veces vaciados de significado, para adoptar un nuevo paradigma mental que explique el funcionamiento de las sociedades, un paradigma ecológico, antropológico, bioeconómico, físico, energético, termodinámico, entrópico... científico en definitiva; un paso difícil pero imprescindible. Porque por debajo del sistema de organización económica y social que llamamos capitalismo está un tipo de sociedad, industrial, sostenida por una base física que se está empezando a quebrar irremediablemente. Si sólo luchamos contra el capitalismo, sin tener en cuenta la situación de colapso de aquello que lo sustenta, nos hundiremos con él. Y ¿si la izquierda fracasa en este reto histórico, qué otra esperanza le puede quedar a nuestra especie? En ese caso sólo nos quedaría esperar que baste para la supervivencia con la mera autoorganización espontánea de una población desengañada, rebaño cansado de ser pastoreado hacia el abismo por vanguardias de un lado y del otro.



Manuel Casal Lodeiro
Miembro de la asociación Véspera de Nada por unha Galiza sen petróleo


Actualidad sobre el Cénit: www.cenit-del-petroleo.info


3 comentarios:

  1. El problema de la izquierda actual es que es plenamente capitalista, espera encontrar un lugar cómodo en el sistema, pero no lo cuestiona en absoluto.
    Creo que el nuevo paradigma de la izquierda debería estar basado en la defensa de los comunes, de la recuperación de los circuitos de producción de los ecosistemas.

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  2. Sin cuestionar el sistema capitalista no tenemos salida, al menos los sitemas vulnerables, entre los que me incluyo.

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  3. Yo creo que tenemos que hacer una masa crítica para que la izquierda nos siga o bien para que surja una nueva fuerza, independiente de la derecha o de la izquierda.

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