Decrecimiento justo o barbarie

Yayo Herrero y Luis González ReyesViento Sur

Tradicionalmente, se defiende que la distribución está supeditada al crecimiento de la producción. La economía neoclásica presenta una receta mágica para alcanzar el bienestar: incrementar el tamaño de la “tarta”, es decir, crecer, soslayando así la incómoda cuestión del reparto. Sin embargo, hemos visto que el crecimiento contradice las leyes fundamentales de la naturaleza. Así, el bienestar vuelve a relacionarse con la cuestión esencialmente política de la distribución.

El reparto de la tierra será en el futuro un asunto nodal. La tarea será sustraer tierra a la agricultura industrial, a la especulación urbanística, a la expansión del asfalto y el cemento, y ponerla a disposición de sistemas agroecológicos locales.

La exploración de propuestas como la renta básica de ciudadanía o los sueldos complementarios se hace urgente. Igualmente sería interesante considerar la posibilidad de establecer una renta máxima.

Reducir las desigualdades nos sumerge en el debate sobre la propiedad. Paradójicamente nos encontramos es una sociedad que defiende la igualdad de derechos entre las personas y que sin embargo asume con naturalidad enormes diferencias en los derechos de propiedad. En una cultura de la sostenibilidad habría que diferenciar entre la propiedad ligada al uso de la vivienda o el trabajo de la tierra, de aquellas otras ligadas a la acumulación, ya sea en forma de bienes inmuebles o productos financieros, y poner coto a éstas últimas.

En definitiva, se trata de cambiar los criterios que hoy prevalecen por otra racionalidad económica que se someta a las exigencias sociales y ambientales que permiten el mantenimiento de la vida. Orientar las decisiones económicas hacia la igualdad no es sólo cuestión de normativa o instrumentos económicos, sino de impulsar también cambios culturales.

Extraído del artículo: Decrecimiento justo o barbarie



9 razones para utilizar la palabra decrecimiento

Yves-Marie Abraham

1. Una palabra defensiva que está en contra de lo obvio que queremos pulverizar: la necesidad de crecimiento económico continuo.

2. Una palabra iconoclasta cuya adopción requiere la descolonización de nuestra cultura basada en crecimiento.

3. Una palabra que no puede ser reciclada por aquellos que buscan prolongar el modelo de sociedad que ya no queremos (contrariamente a "desarrollo sostenible").

4. Una palabra dura que ataca la raíz de la mayoría de nuestros problemas; la búsqueda del crecimiento continuo.

5. Una palabra que desafía nuestro mundo productivo-consumista de modo inequívoco, pero abre espacio para una discusión sobre como construir el nuevo mundo que buscamos.

6. Una "palabra sucia" que molesta, que genera una reacción y que da inicio a un debate sobre el dogma del crecimiento, la preocupación principal de quienes se oponen al crecimiento.

7. Una palabra sobre la cual no se puede y no se debe llegar a un consenso en un mundo que sigue siendo fundamentalmente basado en crecimiento.

8. Una palabra que es más fácil de pronunciar que "a-crecimiento" que es posiblemente más apropiada semánticamente.

9. Una palabra simple, con valor como lema, como consigna y como llamada a la unión – más que como concepto o programa – para todos aquellos quienes se rehúsan a aceptar nuestro modelo actual de sociedad productiva-consumista.

Pequeño vade mecum para quien se opone al crecimiento

Vivir mejor con menos

Las restricciones que impone la crisis a las economías domésticas son una oportunidad para recuperar el valor del tiempo y vivir de forma más sencilla, consciente y frugal.

Francesc MirallesRevista Integral

La escoba de una crisis económica interminable ha barrido millones de puestos de trabajo, mientras que las personas que siguen en activo están viviendo ajustes de todo tipo. Tras varias décadas de excesos por parte de los que mueven los hilos del casino financiero, nos hallamos ante un primer mundo empobrecido. El crédito ha dejado de fluir libremente y ya no podemos “comprar con dinero que no tenemos cosas que no necesitamos para impresionar a gente que no nos cae bien”, en palabras del economista y escritor Álex Rovira.

La buena noticia es que la situación actual nos permite reformular nuestro modo de vida y, muy especialmente, la manera en la que invertimos nuestros recursos. La cuestión fundamental sería: ¿es posible vivir mejor con menos?

Los analistas de un concepto en boga, la Felicidad Interior Bruta, aseguran que cuando están cubiertas las necesidades básicas, el bienestar personal no aumenta con la prosperidad material. Esto explicaría que, sobre el papel, los habitantes de Bután, con una de las rentas por cápita más bajas del mundo, superen en grado de satisfacción personal a los de países que lideran la tabla de ingresos.

Si este dato es cierto, significaría que, hasta la explosión de la burbuja inmobiliaria, habíamos errado en nuestra búsqueda de la felicidad, aunque algunas personas, como veremos a continuación, ya habían renunciado a la fórmula de máximo enriquecimiento en el menor tiempo posible.

‘Downshifting’

Hace tres años, John Naish publicaba en nuestro país su libro ¡Basta!, cómo dejar de desear siempre algo más. Este periodista británico, colaborador habitual del Times o el Daily Mirror, reflexionaba así sobre nuestra fijación por el consumo:

“A lo largo de la historia de la humanidad, hemos sido capaces de sobrevivir al hambre, las enfermedades o los desastres gracias a nuestro instinto de desear y buscar siempre más cosas. Nuestra mente está programada para temer la escasez y consumir lo que podamos. Sin embargo, hoy, gracias a la tecnología, tenemos todo lo necesario para vivir cómodamente, e incluso más de lo que podemos llegar a disfrutar o utilizar. Pero esto no detiene nuestro deseo innato de ir a por más. Todo lo contrario, nos vuelve adictos al trabajo, nos ahoga en un mar de información, nos hace atiborrarnos de más comida y nos embarca en una constante, y frustrante, búsqueda de más ‘felicidad”.

Este ensayo aparecía pocos meses antes de la quiebra de Lehman Brothers, en un momento en el que el crecimiento parecía ilimitado. Sin embargo, algunos ejecutivos ya se habían desencantado de la cultura consumista y se apuntaban al downshifting, un fenómeno que se inició en la década de los 80 en plena cumbre de la cultura yuppie. Directivos de grandes empresas que habían vivido por y para el trabajo renunciaban a sus cargos y aceptaban puestos más bajos en el organigrama para ganar tiempo y calidad de vida.

Ahora que muchos trabajadores han tenido que aplicarse el downshifting a la fuerza, debemos plantearnos cómo podemos vivir igual o mejor con menos. Vicki Robin, una militante de la vida simple en EEUU, propone un principio para separar el grano de la paja: “Lo primero que hay que hacer es averiguar el grado de satisfacción que nos producen las cosas, para distinguir una ilusión pasajera de la verdadera satisfacción. Con esta fórmula cada uno puede detectar los valores que le proporcionan bienestar y descubrir de qué puede prescindir, y así alcanzar paso a paso un nuevo equilibrio vital más satisfactorio”.


El juicio final

Ken Booth emplea la imagen del juicio final, en el sentido siguiente: “Un ‘juicio’ es una situación en la que los seres humanos, como individuos o como colectividades, nos encontramos frente a frente con nuestras formas de pensar y de comportarnos arraigadas pero regresivas. Ante un juicio, tenemos que cambiar o pagar las consecuencias. Lo que llamo el ‘juicio final’ es la manera que tiene la historia de ajustar cuentas con las formas de pensar y comportarse establecidas –y en mi opinión regresivas—de la sociedad humana a escala global”. Estas formas de pensamiento y acción, a las que Booth se refiere, pueden cifrarse en:

• Cuatro mil años de patriarcado (la idea de que los varones son superiores y deben dominar la sociedad);

• Dos mil años de religiones proselitistas (la convicción de que nuestra fe es la verdadera y merece ser universalizada);

• Quinientos años de capitalismo (“un modo de producción de increíble éxito, pero que exige que haya perdedores además de triunfadores, siendo la naturaleza uno de los perdedores
más destacados”)

• Unos trescientos años de estatismo-nacionalismo (el juego de la soberanía acoplado con el narcisismo nacional, que genera una política internacional concebida como lucha competitiva de unas naciones contra otras, en el contexto de la desconfianza humana y la institución de la guerra)

• Unos doscientos años de racismo (la ideología según la cual hay seres humanos superiores e inferiores, basada en diferencias biológicas menores);

• Y casi cien años de “democracia de consumo” que ha conducido a lo que JK Galbraith llamó una cultura de la satisfacción para los triunfadores dentro de cada sociedad y entre unas sociedades y otras, mientras que los perdedores viven en condiciones de opresión y explotación.

El juego histórico de estas ideologías e instituciones nos ha llevado a un mundo crecientemente disfuncional, donde cientos de millones de seres humanos, y la naturaleza, se encuentran cada vez peor.

Homo sapiens sapiens lleva –llevamos— unos 200.000 años en este planeta; pero han bastado apenas siglo y medio de sociedad industrial –menos de una milésima parte de ese lapso temporal– para situarnos frente al abismo. Aún no hemos aprendido a vivir en esta Tierra.

“No hemos sabido afrontar el conflicto básico entre la finitud de la biosfera y unos modelos socioeconómicos en expansión continua, profundamente ineficientes, impulsados por un patrón de crecimiento indefinido.”

Con una simplificación que creo no traiciona a la realidad, cabe decir que la pregunta decisiva para los seres humanos sigue siendo la misma que hace cincuenta mil años: ¿dominio del fuerte sobre el débil, o cooperación entre iguales?

Extraído del trabajo de Jorge Riechmann. 'Frente al abismo'.

La lotería como metáfora de una sociedad desigual y competitiva

"La lotería funciona como metáfora de este mundo conformista de supuestas posibilidades al alcance de todo el mundo. Con la suerte en la lotería cualquiera puede ganar y acceder al tren de vida de los ricos. Que la probabilidad sea escasa resulta secundario: lo que cuenta es que hay, efectivamente, alguna posibilidad y que, por tanto, se puede alimentar la ilusión. Como dice Balzac en “La rabouillenuse” a propósito de la lotería semanal, mientras el jugador espera el sorteo, el billete de lotería le ha hecho feliz durante cinco días de la semana y le ha entregado idealmente todas las maravillas de la civilización:

‘Esta pasión, tan universalmente condenada, no ha sido nunca objeto de estudio. Nadie ha visto en ella el opio de la miseria. Acaso la lotería, el hada más poderosa del mundo, no alimenta esperanzas mágicas? El gira de la ruleta, que hacía vislumbrar a los jugadores enormes cantidades de oro y objetos de goce, no duraba más que un destello: en cambio la lotería daba cinco días de existencia a ese destello. ¿Cuál  es la potencia social que a cambio  de cuatro chavos puede haceros felices durante cinco días y entregaros ídealmente todas las maravillas de la civilización?.’

Siempre hay alguien a quien le toca el premio, y la posibilidad se realiza, mostrando que el azar puede beneficiar a cualquiera y, en su caso, corregir la distribución aleatoria de los individuos en la escala social. El sueño del enriquecimiento funciona como un consuelo. Así los jugadores de azar alimentan la ilusión de la movilidad vertical y de la igualdad de oportunidades.

(...)

La lotería, además, transmite la idea de que la riqueza no es fruto del trabajo colectivo sino algo que está ahí, disponible, sin que importe cuál sea su origen, y susceptible de ser apropiado individualmente –como ocurre también con la operación especulativas o las grandes estafas-. Este significado metafórico se acentúa cuando las sumas que se pueden ganar con la lotería dejan de ser sumas modestas y alcanzan dimensiones desmesuradas."

Extraído del libro: Mejor con menos. Necesidades, explosión consumista y crisis ecológica. Joaquim Sempere

Simplicidad voluntaria

Duane Elgin  - Mundo Nuevo

Simplicidad en el vivir, en el consumo, en nuestras relaciones, y en todas las esferas de nuestra vida diaria; el movimiento de la simplicidad voluntaria aboga por eliminar todo lo superfluo e innecesario en nuestras vidas para liberar tiempo y recursos para vivir un vida más conciente, libre y plena.

La simplicidad en el vivir no es una idea nueva. Tiene profundas raíces en la historia y encuentra su expresión en todas las tradiciones de la sabiduría ancestral. Más de 2.000 años atrás, en el mismo período en el cual los cristianos decían “Oh Señor, no me concedas ni pobreza ni riqueza” (Proverbios 30:8), los taoístas señalaban que “aquel que sabe lo que es suficiente, es rico” (Lao Tsé); Platón y Aristóteles proclamaban la importancia en la sociedad del “hombre de oro”, cuyo sendero en la vida no tenía excesos ni carencias; y los budistas promovían “el sendero medio” entre la pobreza y la acumulación sin sentido. Claramente, la vida simple no es una invención social nueva. Lo que es nuevo son los cambios radicales, tanto ecológicos y sociales como psicoespirituales de las circunstancias del mundo moderno.

Una tendencia hacia una forma más sencilla de vida fu e descrita en 1992, cuando más de 1.600 científicos de primer nivel, incluida a la mayoría de los premios Nobel en ciencias aún vivos, firmaron un documento sin precedentes llamado “Advertencias para la Humanidad ” (ver Mundo Nuevo Nº 3, ene/feb 1999). En esta histórica declaración, señalaron que “los seres humanos y la naturaleza están en vías de colisionar….y esto podría alterar el mundo viviente de tal manera que éste fuera incapaz de sostener la vida tal como la conocemos”. Los firmantes concluyeron que se requiere un gran cambio en nuestra relación con la Tierra y la vida en ell a si se desea evitar una amplia miseria humana y que nuestra casa global en el planeta no sea irremediablemente mutilada.

Aproximadament e una década después, apareció otra advertencia de 100 ganadores de premios Nobel , que señalaban que “El peligro mayor para la paz mundial en los próximos años no vendrá de actos irracionales de los estados o individuos, sino de la legítima demanda de los desposeídos”. Tal como se ha indicado en estas dos advertencias de destacados científicos, poderosas tendencias adversas (como el cambio climático, el agotamiento de los recursos naturales claves como el agua y el petróleo barato, una creciente población mundial y un aumento en la diferencia entre pobres y ricos) están convergiendo en una crisis del sistema a nivel global, creando la posibilidad de una caída evolutiva humana dentro de esta generación. Si en lugar de ell o establecemos un salto evolutivo, éste seguramente incluiría un cambio hacia formas de vida más simples, sustentables y satisfactorias.

El Dinero No es Sinónimo de Felicidad (por más que ayude)

Aunque la presión hacia este tipo de vida es fuerte, la alternativa de vivir en forma contraria a ella es igualmente atractiva para bastante gente. Muchas personas no pueden elegir vivir de una manera más simple sin dejar de sentir que ello es un sacrificio; buscan permanentemente mayores fuentes de satisfacción, las que logran a través de un alto estrés en una sociedad obsesionada por el consumo. Para ilustrar el tema, mientras que en Chile, en los últimos 30 años (y en Estados Unidos en la última generación), se dobló el ingreso per cápita, el porcentaje de la población que se declara feliz permanece sin cambios significativos (aproximadamente un 1/3); y en el mismo período, la tasa de separaciones matrimoniales se dobló y la de suicidios adolescentes se triplicó (Estados Unidos). Una generación completa ha probado los frutos de una sociedad con más bienes de consumo y ha comprobado que el dinero no compra la felicidad. En su búsqueda por la satisfacción, millones de personas han sido desvinculadas de las empresas donde trabajaban, siendo empujadas a un ritmo frenético de trabajo y consumo, o bien finalmente impelidas a dar un paso hacia adelante en sus vidas, esto es, vivir en forma materialmente más modesta, pero rica en relaciones familiares, amigos, vida comunitaria, trabajo creativo y con una conexión más completa de su alma con el universo.


Novedades literarias sobre la temática del decrecimiento

La hora del decrecimiento. Serge Latouche y Didier Harpages

Los hombres de la modernidad habían manifestado una fe ciega en el progreso espontáneo. Persuadidos de que el tiempo de la innovación no podía suspender su vuelo, afirmaban con autoridad lo que era a la vez una evidencia y una certeza: «¡el progreso no se detiene!» Y aquellos que se atrevían a llevarles la contraria eran calificados de horribles reaccionarios.

¡Todavía más lejos, todavía más alto, todavía más rápido! Este lema olímpico se había inmiscuido en el imaginario colectivo. Los hombres tenían que ser competitivos e inscribirse a diario en una loca carrera contrarreloj. Nicholas Georgescu-Roegen, en su época, había denunciado este frenesí con la parábola del «ciclóndromo de la afeitadora eléctrica». Esto «consistía en afeitarse más rápido con objeto de tener más tiempo para trabajar en la concepción de un aparato que afeitara más rápido aún, y así continuamente hasta el infinito».

Muestra descargable



Decrecer con equidad: nuevo paradigma civilizatorio. Coordina Lucio Capalvo

Esta compilación coordinada por Lucio Capalvo  contiene cinco trabajos:

Ervin Laszlo - Fomentando un Cambio en el Mundo Contemporáneo.

Antonio Elizalde  - Un Futuro Inconcebible.

Ezequiel Ander Egg - Los Estragos Ecológicos de ... la Globalización.

Miguel Grinberg - La Hora del Sur. Tiempo de Refundación.

Lucio Capalvo - La Gran Travesía de la Humanidad.

"Mientras el derrumbe de la civilización materialista se acelera,  otros procesos sutiles, pero de inconmensurable poder han comenzado.  Una nueva actitud, la Conciencia Planetaria, se abre paso,  moldeando nuevas formas de organización humana...

Nos aproximamos a un punto de inflexión, a una situación doble de colapso y advenimiento.  Para superar tan inédito desafío, la humanidad deberá situarse, como sugería Einstein,  fuera de los esquemas economicistas que crearon el problema... Nadie sabe como será, pero la antigua sabiduría amante de la vida  y distribuida en el cuerpo de la Humanidad, abrirá las puertas, proveerá los medios y hará seguro el camino".


Charla de Yayo Herrero

Una aproximación a una realidad poliédrica

decresita

Una aproximación a una realidad poliédrica

Cuando nos preguntamos cómo es la sociedad donde vivimos, nombramos el mundo, y esta forma de entender nuestra realidad está atravesada por una ideología que conforma nuestra forma de habitar ese mundo.

Así las palabras: ‘Crecimiento’, ‘Progreso’, ‘Desarrollo’, ‘Libertad’, ‘Prosperidad’, ‘Riqueza’, ‘Igualdad’, ‘Globalización’, ‘Libre Comercio’, ‘Libre Mercado’, ‘Democracia’, ‘Occidente’… son normalmente utilizadas para describir la realidad en la que nos encontramos, y además como una realidad deseable.

Intentamos definir esa realidad percibida a través de [conceptos, imágenes, modelos, representaciones, símbolos, metáforas, ficciones, utopías, mitos, discursos, tradiciones, hábitos, ritos, cultos, ceremonias, costumbres, supersticiones, teorías, ideas, imágenes, patrones, normas, estructuras, paradigmas, silencios…] que nos atraviesan, diferentes miradas que proyectan como nombramos esa realidad, como se definen las diferentes estructuras que conforman las relaciones entre las personas, las jerarquías que definen el lugar que cada uno ocupa, como se modela ese domino de unas personas sobre otras, como se modelan las interrelaciones entre las diferentes instituciones, como se naturaliza la desigualdad entre los diferentes miembros de esa sociedad , quien toma las decisiones y como se generan las conductas de las hombre y mujeres en el quehacer diario...

Este mundo no es perceptible a simple vista, estamos en él, como los peces en el agua que no la perciben sino que están en ella; por ello debemos hacer un esfuerzo por describir este mundo complejo que habitamos, porque la realidad la percibimos con naturalidad, pero es compleja de definir, de describir… mirar requiere atrevimiento, coraje, trabajo, y voluntad de querer entender.

La era de los Hidrocarburos

Nuestro mundo tiene una base energética, en el cual por una parte entran los recursos materiales y se transforman para producir un modo de vida que debería satisfacer las necesidades humanas [aunque en realidad sirve para la apropiación del mismo por parte de unos pocos], por otro lado se generan residuos en un proceso biodinámico que es movido por la energía que se encuentra disponible en un determinado entorno, sobre el cual se sustenta todo el armazón social, político económico y cultural.

Nuestra sistema económico-productivo, nuestro modo de vida son posibles gracias a la disponibilidad de una fuente de energía abundante y barata que proviene de los combustibles fósiles, siendo su presencia necesaria en los procesos productivos tanto en forma de materia prima como en forma de energía, empleada en el transporte y en la fabricación de los bienes de consumo.

El crecimiento sostenido de la economía mundial durante las últimas décadas ha sido propulsado por un continuo incremento en el uso de los combustibles fósiles. La industria, la electricidad, el transporte, la construcción, el turismo, la agricultura..., están entrelazados indisolublemente con la extracción de petróleo, gas natural y carbón.

Nuestro sistema agroindustrial que nos proporciona la alimentación está sustentado en el uso del gas natural y el petróleo, por la intensiva utilización de pesticidas, plaguicidas, fertilizantes y el uso del transporte motorizado para mover las ‘mercancías agrarias’ de un lugar a otro del planeta.

Si bien la abundante disponibilidad de petróleo ha posibilitado que un tercio de la población mundial disfrute de un alto nivel de vida (y consumo energético), este ha sido a base de sobreexplotar los recursos naturales del planeta, aniquilar culturas, y aprovecharse del uso de mano de obra en condiciones infrahumanas, así como de contaminar los ecosistemas a un ritmo muy superior al que puedan regenerarse.

Esta mayor disponibilidad de energía sustentada en la en la utilización de los combustibles fósiles, principalmente el petróleo, pero también el gas natural y el carbón ha permitido añadir complejidad a nuestra civilización y configurar un sistema productivo termoindustrial basado en la transformación de los materiales a través del calor (mediante la combustión), provocando la contaminación de la atmósfera, las aguas y la tierra.

La ideología Tecnológica

Así, el funcionamiento de nuestro mundo se manifiesta por el ascenso de la sociedad técnica, el carácter maquínico propicia el ascenso de un sistema tecnológico en el cual los humanos nos hemos convertido en un engranaje de este gigante termoindustrial. Nuestra sociedad se ha transformado en una megamáquina cibernética, que se eleva sobre lo social, lo político y lo económico absorbiendo todos los componentes de nuestra cultura.

Los móviles, los ordenadores, la televisión, los automóviles, se han hecho objeto omnipresentes en nuestro paisaje cotidiano, se presentan ante nosotros como fruto del progreso [el cambio a mejor, la eficacia, el ir hacia delante]; La tecnología inspira respeto y fascinación, se nos ofrece como solución a todos nuestros problemas: acabarán con el hambre en el mundo (primero con la revolución verde, ahora con los transgénicos), habrá energía ilimitada (primero con la energía nuclear, ahora con las energías limpias), iremos a Marte (primero con la carrera aeroespacial, próximamente con el teletransporte)…

Se conforma en el imaginario colectivo un conjunto de ideas, creencias y opiniones que van acondicionando a las personas para la convivencia con el aparato tecnológico, aprendiendo a hacer la compra ante los ordenadores, a charlar a través de los celulares, a comer alimentos procesados… lo que provoca un aislamiento social que fomenta el individualismo.

El sistema tecnológico en su conjunto sirve a los intereses de las oligarquías dominantes ya que las decisiones sobre la investigación científica y los medios que le son asignados se concentran en manos del Estado y las grandes empresas; también gracias a la deriva tecnólogica se permite un control del trabajo, la división de éste en diferentes jerarquías, y la especialización que conlleva un sinsentido a la tarea de trabajar; por supuesto, el acceso a la utilización de la tecnología como forma de consumo queda en manos de las personas que viven en el mundo occidental y las minorías de los países del sur.

Nuestra capacidad emocional para representarnos el peligro de las herramientas modernas queda obsoleta ante sus descomunales capacidades de destrucción, creando dependencias en su utilización [se hace necesario el vehículo privado para ir a trabajar, que se hace necesario para pagar las letras del coche], y creando estados tecnológicos de carácter irreversible [desaparecen los espacios para que los niños puedan jugar, llevándolos a la utilización de aparatos de pantalla e inmovilizándolos], también aparecen los accidentes totales como las fugas radioactivas de Chernobil o Fukushima.

La sociedad Patriarcal

Podemos definir el patriarcado como una estructura de dominación construida para la apropiación del cuerpo, de la procreación y de la crianza que llevan a cabo las mujeres, por parte de los hombres, convirtiéndose éstos en hegemónicos y ostentando el poder sobre las mujeres, mediante justificaciones ideológicas que ser articulan sobre una base social.

La aparición del patriarcado pudo llevarse a cabo por la necesidad de hombres para la guerra, acto para el cual los miembros masculinos de la raza humana más aptos para esta función, valorándose más las actividades masculinas en la división de tareas que realizan las mujeres y los hombres.

En los diferentes contextos históricos y sociales siempre las actividades masculinas [negadas a las mujeres en función de costumbres y creencias] serían más valoradas, invisibilizando los trabajos que llevan a cabo las mujeres [principalmente el cuidado de las personas], negándose los hombres a realizar este tipo de tareas que se presentan como tareas de orden inferior; Se llega a naturalizar este reparto de ocupaciones en función del conjunto de ficciones, mitos y discursos que construyen la realidad que favorece a la población masculina.



Prosigue la discrepante polémica sobre el decrecimiento

PROSIGUE LA DISCREPANTE POLÉMICA SOBRE EL DECRECIMIENTO QUE PROVOQUÉ YA HACE UN MES    JULIO GARCÍA CAMARERO (3 dic-2011)

Estoy satisfecho y contento de haber suscitado el día 1-noviembre-2011 un debate plural sobre el decrecimiento. Y digo plural porque en este debate hemos participado ocho polémicos. Los cito por  por orden cronológica de aparición: 1. Juan Torres López, 2. Félix Rodrigo Mora (no crítico con el anterior), 3. El blog de Onibl, (no crítico con los anteriores) 4. Julio García Camarero (critico con los 3 anteriores [“tetradialogo”], comienza la polémica) 5. Toño Hernández (“bidialogo”),  6. Juan Torres López (“bidialogo”), 7. Pedro Pérez Prieto / 8. Manolo Taslens (“tridialogo”).

Y es causa de satisfacción el que la polémica sea plural, aunque todos los “criticados” (y pese a que  hay sido yo el inicial provocador”) hayan optado por ignorarme en sus artículos de contestación. No importa, lo importante es que se haya creado un debate vivo sobre el decrecimiento. Pero Juan Torres y casi todos los demás parece que quieren reconducir la polémica hacia un debate dualista (a lo debate bipartidista). Y es cierto que desde el principio en estos tres artículos de polémica que llevo escritos en lo que va de mes, en todos he tenido la deferencia de citar a todos y cada uno de los debatientes. Personalmente pienso que sólo el pluralismo es democrático. Y creo que un verdadero debate sobre el decrecimiento no debe de ser bipartidista. Pues la pluralidad de contrastes enriquece la polémica.

Además, no debemos de ver enemigos por todas partes, aunque por alguna sí que los haya.
No podemos considerar enemigo a todo el que se acerque al pensamiento decrecentista y lo critique en algún aspecto. No se puede pedir a todo el que se haya acercado recientemente a este pensamiento, no tenga alguna laguna o mal configuración de algunos de los aspectos de la idea de decrecimiento. Tampoco, como muy bien dice Torres, debemos considerar al decrecimiento como una religión intocable y estática.

Aunque, como nos indica Pedro Pérez Prieto[1] citando al famoso torero “El Gallo”, éste sentenciara adecuadamente: Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Y es que, como muy bien dice Pérez Prieto: se reconozca o no, el modelo actual [de crecimiento económico] está agotado. Punto final. Y aún se puede añadir: no puede ser, y además es imposible.

Yo mismo, por ejemplo, cuando me acerqué por primera vez a la idea de decrecimiento, para mi esta idea se presentaba (como no podía ser de otra forma) llena de lagunas y de desenfoques. Y solo a base de leer mucho y de reflexionar mucho sobre el tema, he ido rellenando y reconfigurando (aunque aún solo en parte) este complejo concepto del decrecimiento; que, desde luego, nada tiene que ver con el concepto del que nos habla Juan Torres:   “el problema del concepto de decrecimiento es que, al utilizar también el PIB como magnitud de referencia, se está asumiendo también esa ficción, aunque los decrecentistas no quieran reconocerlo”, o “Quienes defienden el decrecimiento pueden decir que están pensando en otra cosa, pero es innegable que cuando utilizan ese término están hablando de disminuir los indicadores que miden la dimensión cuantitativa y monetaria de la actividad económica y más concretamente el PIB”. Ello supone una simplificación del concepto de decrecimiento, simplificación  que sólo puede navegar en una laguna del conocimiento sobre el decrecimiento.

Por eso creo que el ejercicio de la polémica y debate decrecentista (sin que llegue a convertirse en  combate) nos servirá de ayuda para ir construyendo y configurando la idea del decrecimiento.
Y ahora paso a comentar lo (en mi opinión) acertado y des acertado del último artículo de Juan Torres en el que responde a la crítica de Toño Hernández y que se titula, Acuerdos y des acuerdos sobre el crecimiento y el decrecimiento (aparecido el 12-nov.-2011).

Primero comentaré los párrafos con acierto (según mi opinión) de Juan Torres:

1. Es del todo acertada su frase: lo que mi importa es acercar posiciones y tratar de superar las diferencias que se puedan estar dando en el ámbito de las interpretaciones. [Interpretaciones del decrecimiento parece que se refiere]. Desde luego me parece correcto que lo de esta polémica (la cual me gustaría que continuara viva mucho tiempo) no se plantee como un foro de acusaciones y de búsqueda de culpables, condenables e irreconciliables. Todo lo contrario, como dice Torres, se debe de tratar de superar las diferencias.

2. Torres nos dice que: “el término decrecimiento es desmovilizador”. Pero luego se retracta de lo dicho, pidiendo amablemente escusas por ello, y dice que: le parece injusto afirmar que la utilización del término es des movilizador. “Chapeau” a quien tiene la inteligencia y la valentía de desdecirse.

Y personalmente estoy de acuerdo en que, en un principio, hablarle a un parado o a un precario de decrecimiento pueda parecer un completo contrasentido. Pero si este término y concepto se explica también y de forma tan amena como lo explica Carlos Taibo, el resultado es conseguir arrastrar a las masas (como conseguía arrastrar a los ratones el famoso flautista). Es una realidad que a mí me ha pasado en la asamblea del 15-M; en la que, en una alocución a micrófono abierto, al mencionar al palabra decrecimiento un conjunto de jóvenes con aspecto de parados y precarios sólo querían oír hablar del decrecimiento. También he podido contemplar, complacido, como Carlos Taibo hacia rebosar inmensas aulas de la universidad al hablar del decrecimiento.

3. Es muy acertado lo que dice Torres cuando afirma que: “el decrecimiento necesita un adjetivo” […] “creo sinceramente que conduce a la confusión”. Yo caí en esta reflexión hace ya algún año, y por eso puse en el título de mi segundo libro el calificativo de feliz a la palabra de crecimiento[2] (el título completo es “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano”).

4. También es de lo más acertada la frase de torres: “lamento que esto no se me entienda y se me ataque como una especie de infiel que pusiera en cuestión el núcleo central de creencias sagradas”. Desde luego el pensamiento decrecentista no debe tener ideas sagradas intocables, estáticas y sectarias. Todo lo contrario, debe de estar conformándose continuamente en el devenir histórico.

5. “También sé que hay diversas corrientes y que el decrecimiento no es un cuerpo cerrado”.
Correctísimo, pero no sólo eso, si no que se encuentra en ebullición y en continua configuración.

6. Es correcto lo que dice de “si se distribuyese con más justicia, será suficiente con producir menos”.

7. Me congratula que Torres realice una citación de Carlos Marx: "La alternativa no puede ser simplemente disminuir cuantitativamente la actividad económica sino distribuir con justicia y para ello reorientar la actividad económica hacia la satisfacción que tiene que ver con la vida humana en el oikos, liberándola de la esclavitud que le impone el mercado al universalizar el intercambio mercantil y el uso del dinero (la “puta universal”)”. En efecto, creo que es necesario que se considere a Marx como uno de los precursores del pensamiento decrecentista. Pero ojo, Marx nos habla sólo de crecer en satisfacción de vida humana, y se muestra enemigo de “la esclavitud que supone el mercado al universalizar el intercambio mercantil y el uso del dinero (la “puta universal”). Es decir se muestra opuesto de que prevalezca el crecimiento del PIB (la puta universal, insisto).

8. Es un acierto que Juan Torres diga que: “hay que cambiar de modo de producir, de consumir y de pensar y en muchas ocasiones -concretamente al abordar el tema de la crisis actual- he afirmado que para salir de los problemas sociales, económicos, ambientales... en los que estamos, es preciso salirse del sistema porque no tienen solución dentro de él. Por tanto, sencillamente no es verdad que yo defienda, como dice Toño Hernández, "“hacer crecer la tarta” para que haya más que repartir". Me alegro un montón constatar que Juan Torres declare que es necesario salirse del sistema capitalista, (aunque en esto en ocasiones se contradice) pues de los diferentes artículos suyos que he leído saqué la impresión de que se trataba de un Keynesiano reformista, aunque también es cierto que mucho hemos evolucionado desde esas posiciones totalmente insuficientes, por ser sólo coyunturales en una crisis sistémica como ésta.

9. Torres dice que ha escrito un libro: “He dedicado un libro: "Desigualdad y crisis económica", a analizar y criticar el Estado de Bienestar y a poner de relieve que, como una expresión que es del sistema capitalista, conllevaba en su interior las contradicciones que darían lugar a mayor explotación del trabajo, a mayor destrucción del planeta y a peores condiciones de vida. Me parece que este libro debe de ser interesante, lo leeré con el mayor interés.

Pero también voy a pasar a comentar los desaciertos Juan en su artículo, que creo que tenerlos los tiene:

1. “Han sido diversos los decrecentistas, que aquí no voy a citar para no alargar este texto, los que han vinculado expresamente el decrecimiento a una caída del PIB y tampoco yo tengo culpa de ello”. Y leyéndolo me parece que Juan Torres quiere echar la culpa al gato (de “algunas corrientes decrecentistas) de sus lagunas o desconfiguraciones con respecto al concepto del crecimiento. Creo que aún tiene la fijación (que yo también tenía) de que lo importante y progresista es crecer para la satisfacción de los insatisfechos a base de aumentar el PIB. Equivocación que es similar a la que sufrió Fidel Castro cuando aún tenía la obsesión de aumentar aceleradamente y monopolísticamente la zafra del azúcar. El también salvó esa laguna; y desde ya hace algún tiempo en Cuba se están eliminando plantaciones de caña, que producía divisas para el PIB, y sustituyéndolas por policultivos ecológicos, que produce alimentos biodiversos y saludables.

Pero hoy pienso que no hay que confundir el progreso con el crecimiento y el aumento de los productos materiales. El verdadero progreso debe de encontrarse en el desarrollo humano. Y Juan no debe preocuparse por ello, yo ya he dicho que al principio de acercarme a la idea de decrecimiento también tenía desconfiguraciones. No hay que avergonzarse por ello,solo rectificar el enfoque, y todo arreglado.

2. Es desacertado que Juan diga que: implicar que unas actividades crezcan y otras no, pues sería imposible centrar la estrategia solo en el decrecimiento de todo tipo de actividad de producción o consumo. Pues pienso que no, que  sí que  hay que decrecer en todo tipo de actividad. Y hacerlo hasta que  deje de caer en tener un carácter consumista-productivista (innecesario). La tarea (y es una difícil tarea) estará en determinar en donde se encuentra el límite entre consumo-producción sanos y el consumismo-productivismo depredadores de la materia y del espíritu. Todo necesita un cierto mesuramiento y equilibrio.

3. Y continua Juan: “No estoy seguro, que tuviera que decrecer el consumo de la energía solar”.  Yo hasta hace no mucho pensaba lo mismo: ¡benditas energías alternativas! Hasta que un día reflexionando concluí que sí que eran benditas por ser limpias, pero sólo hasta un límite, porque un crecimiento ilimitado de energía solar (aunque esta sea ilimitada) tampoco es defendible, pues ocasionaría una esquilmación acelerada de materia, que esta sí que es ilimitada. Sería una especie de “efecto rebote”.

4. Es desacertado considerar que no es admisible el decrecimiento demográfico y que Torres diga:

 “No entraré ahora en las implicaciones de tesis más fatalistas del decrecimiento que estiman que lo que sobran son personas y que también la población debe decrecer”. Pues afirmar esto es caer en un prejuicio debido principalmente a la fuerte presión antimalthusiana generada hacia los años 60 del siglo XX debida principalmente a los impulsores de la “revolución verde” que nos prometieron que a base de insumos agrícolas derivados del petróleo se iba a conseguir que los alimentos también crecieran en forma de sucesión geométrica, como, lo hace el decrecimiento demográfico. Pero, precisamente, desde la revolución verde se está dando el caso de que en el planeta mueren 5 veces más personas por hambruna, que antes de ella.

Luego, también están los prejuicios católicos de que debemos tener todos los hijos que Dios nos dé. Y también hay otros prejuicios que menciono en el capítulo 7º de mi segundo libro decrecentista[2]. Además no olvidemos que, en sólo los últimos 50 años la población mundial se ha duplicado (ha pasado de 3.500 millones  a 7.000 millones de habitantes) ni tampoco:

-Que ya hemos llegado a los 7 mil millones de habitantes.
-Que ya hemos sobrepasado el pico del petróleo. Que prolifera guerras del petróleo por todas partes.
-Que hemos destruido en los últimos 30 años el 30% de los bosques del planeta.
-Que estamos al borde de agotar las reservas pesqueras.
-Que el cambio climático apocalíptico ya está llamando a la puerta.

5. El que Torres haya afirmado que es prioritario crecer en repetidos artículos e incluso en este artículo que ahora comentamos, es algo que tiene que admitir y asumir como una laguna con respecto a la percepción del decrecimiento. Laguna que es perfectamente superable y rellenable.

Como se ve, el balance de sus aciertos (rellenos) frente a las lagunas es positivo. Luego pienso que (como me pasó a mí) su propia reflexión le haga rellenar y configurar esas lagunas.

Y ahora, paso a comentar, brevemente, el mencionado artículo, “crecer o decrecer” de Pedro Pérez Prieto/ Manuel Talens (Taxacla). Ya comenté al principio de este texto un par de ideas muy positivas:

En cuanto a la referencia a una opinión del torero “El Gallo”; y en cuanto a aquello de que el mundo está agotado. Pero a estas aportaciones de Pérez, hay que añadir algunas otras también muy positivas:

1. La crítica a la prima de riesgo y a que Alemania se auto-considere, desde el punto de vista económico, algo así como la “barra de platino iridiado de Paris”, “medida inalterable de todas las economías”.

2. Resulta importante que Pérez Prieto recuerde en sus artículos conceptos fundamentales del decrecimiento como puedan ser los de: capacidad de carga del planeta, el declive productivo, la tasa de retorno energético,  la energía neta disponible, etc.

3. Que anuncie que la cuestión no es elegir entre la verdad incomoda del decrecimiento y la mentira reconfortante del crecimiento.

4. Está muy bien descrito el gran peligro que entraña el considerar como solución energética suplir los 509 exajulios de energía mundial que gastamos actualmente a base de la implantación de centrales  nucleares, pues ello supondría tener que construir 14.000 centrales nucleares de un Giga vatio, existiendo reservas mundiales de uranio solo para la centésima parte de este número de centrales.

5. Es muy instructivo la declaración de Pérez en cuanto a lo que dice de que el plantearnos continuar limitadamente con un modesto crecimiento económico de un 3% (aparentemente inofensivo), nos llevaría inexorablemente en menos de un siglo a necesitar en España por ejemplo: la fabricación de 50 millones de vehículos en lugar de la fabricación de los 3 millones actuales, o bien a recibir anualmente a 800 millones de turistas en lugar de los 50 millones actuales, o bien que tengamos que abrir 16 veces más sucursales bancarias, que las actuales.

Así que el artículo de Pérez Prieto tiene un balance muy objetivamente positivo y un efectivo carácter didáctico. Pero adolece solo de una cosa:

Cae en ser un poco mecanicista, pues olvida que no solo de energía vive el hombre; aunque es cierto que ella es indispensable, pero no suficiente apara un desarrollo humano que debe de impregnar a todo decrecimiento feliz. El ser humano también necesita indispensablemente de los “bienes relacionales” que es un elemento del decrecimiento de los más básicos, pero que, por desgracia, resulta olvidado por muchos decrecentistas.

En cualquier caso debo de expresar mis felicitaciones a P.P.P. por su esplendido artículo.

Y para terminar quiero indicar que quienes deseen acceder a la polémica pueden hacerlo en estos enlaces:

23 de noviembre de 2011 Pedro Pérez Prieto, crecer-o-decrecer-that-is-cuestion.- Tlaxcala  Presentación del editor (Manuel Talens, critica a Torres y a Toño)

17 de noviembre de 2011 Toño Hernández - mas-acuerdos-que-desacuerdos-en-torno al decrecimiento (critica a torres)

 13 de noviembre de 2011 Julio García Camarero El 'decrecimiento' debe tender al 'mesuramiento' (critica a torres)

12 de noviembre de 2011  Juan Torres López Acuerdos y desacuerdos sobre crecimiento y decrecimientocrítica (critica Toño)

8 de noviembre de 2011 Toño Hernández Sobre algunas críticas incorrectas a la idea del decrecimiento

1 de noviembre de 2011 Julio García Camarero Sobre opiniones y reflexiones sobre el decrecimiento

29 de octubre de 2011  El blog de Onibl  Reflexiones personales sobre el decrecimiento 

27 de octubre de 2011  Félix Rodrigo Mora Controversia con Serge Latouche: ¿Revolución integral o decrecimiento?

25 de octubre de 2011   Juan Torres López -Sobre el concepto de decrecimiento

_______________________
[1] Pedro Pérez Prieto, crecer-o-decrecer-that-is-cuestion.- Tlaxcala  Presentación del editor Manuel Talens (critica a Torres y a Toño)  23 de noviembre de 2011
[2] Julio García Camarero El decrecimiento feliz y el decrecimiento humano, La Catarata, 2010



La Cooperativa Integral "Una Aplicación del Decrecimiento" - Enric Durán

Enric Durán convierte su juicio por impago en un alegato contra la banca

Enric Duran Giralt, el Robin Hood de la banca, ha convertido hoy un juicio contra él por impago en un alegato contra la banca, a la que ha acusado de provocar el endeudamiento de miles de familias. El juicio se ha celebrado en Vilanova (Barcelona) por una demanda del BBVA, que le reclama la devolución de casi 25.000 euros por unos reintegros de dinero que no devolvió. Según ha explicado Duran ante la juez, el contrato debe declararse "nulo" porque el banco no le informó de las condiciones ni de los riesgos del producto.

Entre 2006 y 2008, el Robin de la banca estafó casi medio millón a 38 entidades bancarias accediendo a distintos préstamos que nunca devolvía. Duran pretendía denunciar el sobreeendeudamiento provocado por las entidades bancarias. Media docena de entidades le denunciaron por la vía penal, lo que motivó su ingreso en prisión provisional. La causa sigue en fase de instrucción. Hoy, por primera vez, Duran se ha presentado a un juicio civil donde se le reclama la devolución de las deudas.

En una de sus últimas acciones reivindicativas, en marzo de 2008, adquirió un producto financiero, la tarjeta "tres meses sin". El contrato dejaba a las claras que no podría extraer más de 600 euros de dinero al día. Y que solo podría hacerlo una vez al mes. Sin embargo, ha explicado en la vista, se sorprendió al darse cuenta de que podía sacar dinero de forma ininterrumpida. Lo hizo durante casi un mes, a razón de entre 1.200 y 1.500 euros diarios.

"Seguí sacando dinero durante varios días y en la web del banco solo me decía que la operación había sido financiada. El banco no me reclamó nada. Solo a final de mes vi las cantidades". A preguntas de su abogada, Montserrat Serrano, Duran ha recalcado que el banco no le dio "demasiadas explicaciones" y que en ningún momento le informó de que se había excedido sobradamente en el crédito. Para poner de relieve la contradicción del banco, Duran ha dicho que, meses más tarde, en agosto, pudo contratar un crédito con el BBVA sin problemas.

El abogado del banco, Isaac Carbonell, ha alegado en el juicio que debe separarse la ley de la política. "Queda acreditado que hubo un contrato de préstamo y que este se ha de devolver. Si bien el activismo político y social es encauzable por otras vías, en la vía jurídica debemos atenernos a la ley. Y las deudas hay que retornarlas", ha explicado.

Serrano ha rechazado tajantemente ese argumento. A su juicio, el contexto social y la justicia deben ir de la mano. "A estas alturas, ha quedado demostrado de sobras que los bancos han sido corresponsables de esta crisis terrible" "Es un ejemplo clarísimo de que los bancos han promocionado exageradamente el consumo", ha insistido.

Más allá del discurso más ideológico, la abogada ha subrayado por qué, en este caso en concreto, el contrato debe ser declarado nulo. Primero, porque el contrato no permitía exceder los 600 euros al mes y, en cambio, Duran pudo obtener una cantidad muy superior. "No había límite. Duran se paró en los 20.000 euros como se podría haber parado en los 90.000". Y segundo, porque el banco reclama unos intereses de demora que, "en la publicidad del producto no aparecen".

"Cuando contraté el producto, muchas familias ya estaban endeudadas. Y los bancos seguían promoviendo, con mucha publicidad, esa clase de productos financieros. Y sabían que no se podrían devolver", ha subrayado Duran en la vista oral.

Más acuerdos que desacuerdos en torno al decrecimiento

Toño Hernández - Rebelión


Previo: después de leer el artículo de Margarita Mediavilla, pensamos en no enviar esta respuesta ya que plantea bien nuestras principales preocupaciones en este debate, pero hemos creído conveniente hacerlo para quitarnos un cierto mal sabor de boca por la percepción que tuvo Juan Torres de nuestra primera respuesta.


Comenzábamos el anterior artículo señalando que era bueno y necesario debatir con personas que estamos muy cercanas en la mayor parte del diagnóstico y las propuestas. Y que por tanto los puntos de discrepancia implican no considerar en ningún caso al discrepante ni como “adversario” ni como “enemigo” ni nada parecido.

Justamente el objetivo de acercar posiciones nos llevó a la crítica de lo planteado por Juan en su artículo. Es evidente que no hemos leído todo lo que ha escrito Juan Torres, pero sí bastante; de la misma manera que no creemos que nadie se haya leído todo lo que hay sobre decrecimiento.

Desde que surgió en España con fuerza el asunto del decrecimiento, las críticas de personas muy cercanas han sido constantes y eso no nos ha impedido seguir debatiendo y trabajando juntos. Y las personas que estamos defendiendo ese concepto tampoco hemos entrado a contestar a muchas de las críticas porque hemos entendido que eran fundamentalmente terminológicas.

Decidirnos a responder a Juan no ha sido por “combatirle” sino por que vemos que hay alguna diferencia más sustancial que es necesario seguir debatiendo. Si en algún momento ha parecido que entendíamos su artículo como un ataque a todo lo que hay detrás del decrecimiento, seguramente nos hayamos explicado mal, pero nos parece un exceso de dramatismo decir que eso es alimentar grietas; su respuesta, no obstante, nos ratifica en algunos de los argumentos que planteábamos.

Primero nos gustaría matizar que es posible que hayamos achacado a Juan propuestas que no son suyas, al igual que nosotros consideramos que Juan achaca al decrecimiento cosas que éste no plantea. Quizá esto tenga que ver con las limitaciones en extensión de lo que se escribe en un momento determinado, y que muchas veces tendemos a “inferir” lo que hay detrás de algunos párrafos, bien porque no se explican lo suficiente, bien porque dejan de decir algo que consideramos fundamental. Además nosotros nos apoyamos en citas textuales que Juan escribía en dicho artículo.

Un ejemplo de cierta “subjetividad” del propio Juan es su inferencia de que el decrecimiento es lo contrario del crecimiento y que por tanto se tiene que medir en términos de PIB. Desde el decrecimiento no se dice eso, y suponer que una frase de Taibo sobre el “cómputo final” daría muestra de esa visión, nos parece un argumento cogido por los pelos y que no responde de ninguna manera a todo el discurso decrecentista ni al del propio Taibo, que justamente está hablando de utilizar varios indicadores en la frase que recoge Juan.
Además, el decrecimiento no es un concepto meramente económico. Por eso no hay que medirlo solo en términos del PIB, sino que hay que introducir otras variables socioambientales. Esto ya forma parte del discurso del decrecimiento desde hace tiempo.

Por tanto, al igual que dijimos en el anterior artículo, al que nos remitimos para mayor profundidad, consideramos la “tesis principal” de Juan como una crítica incorrecta que no se ajusta a la realidad de lo que plantea el decrecimiento. Y en este sentido podemos alegrarnos de que pensemos lo mismo sobre la necesidad de disponer de más indicadores.

No vamos a negar que el término decrecimiento puede tener limitaciones porque nos obliga a especificar qué queremos que decrezca. Pero si estamos de acuerdo en la necesidad de un cambio de modelo productivo que utilice menos recursos materiales, lo mismo ocurre si hablamos de crecer (“Lo que yo digo es que no es malo que crezca aquello que los seres humanos necesitan, pero eso no es 'el crecimiento' al que se refiere la economía convencional ni, creo yo, las tesis del decrecimiento”): también hay que decir qué queremos que crezca y qué no, e igualmente hay que dar explicaciones sobre que tipo de “crecimiento” queremos o qué entendemos por “crecer”. El problema es el mismo desde el lado que se mire. Las cosas complejas siempre hay que matizarlas y adjetivarlas.

Entonces, si el asunto se limita a decidir qué es más conveniente desde el punto de vista político para conseguir mayorías, no creemos que tengamos una respuesta clara. Seguimos convencidos de que es mucho más difícil que la idea de “crecer” (e incluso “desarrollo” como plantea Naredo) sirva para hacer el cambio cultural e ideológico necesario; y por tanto conviene explorar nuevas ideas y simbologías. Y esa es la gran virtud que tiene el término decrecimiento en estos momentos. Por otra parte nos parece una discrepancia poco relevante: vayamos viendo qué términos (no tiene que ser uno sólo) atraen a más gente a nuestras ideas y propuestas y actuemos en consecuencia.

Creemos que en un debate tranquilo y sosegado estaremos muy de acuerdo en qué cosas tienen que crecer y cuáles tendrán que decrecer. Seguramente habrá puntos de desacuerdo pero será más por lo que cada persona consideremos “necesario” que debidas a las diferentes opiniones sobre el término decrecimiento.

Aunque derivadas de este asunto es donde vemos las mayores diferencias de enfoque que creemos necesario seguir debatiendo con el objeto de encontrar soluciones compartidas. Nos referimos al asunto de las necesidades, el consumo y la resolución de las desigualdades, y por tanto, las propuestas que tenemos que hacer para salir de la actual crisis y para dirigirnos hacia otro modelo social y ambientalmente sostenible.

Para nosotros no reconocer claramente que es imposible una salida equitativa global sin una reducción del consumo global de recursos materiales en España y demás países “ricos”, es un diagnóstico peligrosamente equivocado y físicamente inviable. Lo que no significa que todo lo material tenga que decrecer ni que tenga que hacerse en igual proporción para todas las capas de la sociedad; esto es una tesis básica de cualquier decrecentista, especialmente en el asunto de la alimentación.

Pero nos preocupa que bajo ese matiz, se termine aparcando la necesidad del descenso del consumo material: esto no es una “generalidad”, es un imperativo básico para garantizar un mínimo futuro a las amplias mayorías mundiales y españolas.

Y termina siendo más que una posible preocupación cuando vemos las propuestas para la salida de la crisis desde los economistas progresistas. Vamos a aclarar primero que asumimos que lo que vamos a plantear a continuación, es un asunto complicado y difícil de resolver en el actual marco; que lo vemos también como una dificultad práctica a resolver desde el decrecimiento, pero que lo vemos como una contradicción (entendible pero que nos gustaría resolver) desde las propuestas económicas progresistas clásicas.

Un análisis que se está haciendo es criticar la idea de que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”: que los economistas liberales estén utilizando ahora esa idea para descargar la culpa de los principales responsables y exigir sacrificios a toda la población, no significa que no sea verdad que “España” ha vivido y vive por encima de lo razonable. De hecho muchos economistas críticos venían advirtiendo de ese asunto en los años de bonanza. Y eso tampoco significa que, al utilizar genéricos (“España”, “hemos”...), se esté aceptando la idea de que las responsabilidades y las salidas tengan que ser igual para todas las personas.

Ignorar que muchos de los préstamos que se pedían no iban para satisfacer la necesidad básica de la vivienda, sino que bastantes eran para segundas residencias, viajes de turismo, cambiar de coche o comprar otro, comprar otro televisor, cambiar de móvil, etc.., nos parece inadecuado. Y creemos que se ignora esto cuando se plantea que el problema de la crisis es fundamentalmente de debilidad de la demanda y de la capacidad de compra y que por tanto lo que hay que hacer es que la gente pueda comprar y consumir más para salir de la crisis. Es repetir la respuesta keynesiana tras la Segunda Guerra Mundial en un contexto de recursos físicos muy diferente al actual.

Esto nos plantea varios problemas: el primero es que implícitamente se termina aceptando que no hay problemas de “exceso de oferta” o sobreproducción y por tanto de modelo productivo en cuanto al volumen de lo producido. Segundo, seguimos asumiendo que la salida a la crisis consistirá en aumentar la demanda o capacidad de compra, apuntalando una sociedad de consumo altamente intensiva en materiales y energía. Tercero y como consecuencia de lo anterior, esta salida aparca, aplaza, nos aleja y dificulta las radicales decisiones que hay que tomar para variar el modelo de producción y consumo.

Todo esto nos lleva a pensar que aunque se hable de cambio de modelo productivo, de tener en cuenta los límites naturales, de reducir el consumo, etc, cuando se hacen propuestas concretas en las que hay que resolver situaciones difíciles, sacrificamos siempre la variable ambiental a la supuestamente social sin haber sido capaces de plantear un debate de más largo alcance ni propuestas que resuelvan satisfactoriamente la contradicción. Y eso nos va a terminar costando muy caro.

De alguna manera seguimos teniendo la sensación de que, a pesar de lo mucho que se ha avanzado en integrar la variable ecológica en el discurso de los economistas y fuerzas políticas transformadoras, cuando llega la hora de gestionar en lo concreto, casi todo lo ambiental se relega y se reproducen, sin querer, las respuestas económicas típicas.

También es cierto que desde el ecologismo social y el decrecimiento no hemos avanzado aún lo suficiente en traducir en variables económicas algunos de nuestros postulados. Por ejemplo: ¿cuántos empleos vamos a crear con “otro modelo de desarrollo” cuando cierren las fábricas de coches, las centrales nucleares y la industria del cemento? ¿Cómo se concreta el “reparto del trabajo”? ¿Cómo se concreta en números eso de que “hay que volver al campo”? Eso sí, como diría el otro, “estamos trabajando en ello”: algunas aportaciones recientes en este sentido tratan de avanzar, por ejemplo, en las propuestas que relacionen el decrecimiento con el empleo. Aunuqe pensamos que esa debe ser también una labor prioritaria de los economistas (no sólo de los ecológicos como Naredo u otros).

No obstante creemos que en los últimos dos o tres años, en parte gracias a la irrupción del término decrecimiento, ha aumentado mucho entre los economistas progresistas la preocupación por incorporar la variable ambiental y de los recursos naturales, y en ese sentido no nos queda más que agradecer este tipo de debates y discrepancias para ir afinando y acercando nuestros discursos y preocupaciones. Y para ir desarrollando nuevos instrumentos que den respuestas realistas a la crisis de recursos que tenemos encima.

Toño Hernández pertenece a Ecologistas en Acción

Decrecer bien o decrecer mal

Margarita Mediavilla Pascual - Rebelión

Juan Torres López, Consejo Científico de ATTAC España criticaba las, a su juicio, inconsistencias del concepto decrecimiento en un artículo publicado recientemente. Aunque comparto algunas de sus opiniones, veo importante contestarle, porque me parece que concibe los problemas del medio ambiente y el decrecimiento desde un punto de vista que debemos empezar a abandonar.

En primer lugar me gustaría aclarar una cuestión. A mi juicio, el discurso decrecentista tiene dos caras. La primera es la que constata que el decrecimiento material es un hecho observable ya en algunos recursos, y, a medio plazo, seguro para muchos otros. La segunda cara, un poco más amable, es aquella que piensa que es posible obtener mayor bienestar humano consumiendo mucho menos y, por tanto, hay un camino de mejora de eficiencia (digamos de decrecimiento “político”) que puede resultar esperanzador. Es preciso distinguir este decrecimiento material y energético, que no gusta a casi nadie y no podemos cambiar, porque concierne a las leyes físicas; del decrecimiento de nuestros deseos y expectativas, (o político), deseable, y que puede conducirnos a una sociedad mejor.

Los partidarios del decrecimiento se sienten tentados de mostrar principalmente la cara amable, pero, al hacerlo, el discurso queda cojo y parece una simple exposición de buenas intenciones, loables, pero, como dice Juan Torres, poco operativas y atractivas para la mayoría. Quizá este defecto tiene su origen en el descrédito que han tenido los estudios sobre los límites del crecimiento realizados desde los años 70. Después de la alarma inicial, sufrieron unas décadas de duras críticas y la opinión general que se tiene de ellos es que se equivocaron y predijeron una escasez que no ha sucedido. El discurso de la escasez que mostraban estos estudios ha sido muy difícil de mantener estas décadas, que hemos vivido una abundancia material sin parangón en la historia humana (muy mal repartida, ciertamente, pero grande). Quizá por ello, los ecologistas hemos abandonado el discurso de la escasez para centrarnos en el daño que el ser humano hace al planeta, lo cual parece un discurso bienintencionado pero poco operativo, como decía Juan Torres.

Sin embargo, 40 años después de estos estudios, y con los datos históricos en la mano, se puede constatar que los informes sobre los límites del crecimiento no se han equivocado, más bien destaca el acierto que están teniendo a la hora de predecir variables como la población mundial o la producción industrial. Esto, y la abrumadora colección de datos científicos que evidencian que hemos superado la capacidad de carga del planeta, hace pensar que sus predicciones tienen muchos visos de convertirse en realidad: en torno a la segunda década de este siglo, con gran seguridad, vamos a encontrarnos con los límites del crecimiento y nos exponemos a algo tan poco agradable como un colapso civilizatorio, que podemos reconducir mejor o peor, pero ya sin posibilidad de una estabilización suave como la que todavía era posible en los años 70. Así pues, nos vamos a encontrar con importantes problemas para mantener a más de 7000 millones de habitantes en un planeta de recursos materiales, energéticos y tierras fértiles en declive...y tenemos muy pocos años para reconducirnos.

El decrecimiento como un hecho, no como una opción.


Ante esta primera cara de la moneda, que, con los datos en la mano, es mucho más rotunda de lo que el ciudadano medio piensa, es importante dejar atrás discursos suaves como los englobados dentro del término “desarrollo sostenible”. El “desarrollo sostenible” que hemos aplicado estas décadas (y que en casi todos los aspectos no se puede considerar sostenible) se ha basado en formas de producir que dañen menos al planeta, pero no ha querido tocar la raíz del crecimiento, y por ello ha terminado convirtiéndose en poco más que un puro maquillaje ambiental.

Por todo esto me parece que hay un problema de enfoque en el discurso de Juan Torres. Dice que, aunque es necesario “un cambio social basado en nuevas formas de producir, distribuir, consumir y pensar” discrepa del término decrecimiento y de su insistencia en el menos. Con este tipo de frases evidencia su esperanza en que eso que hemos llamado desarrollo sostenible todavía sea válido para resolver los problemas ambientales, mientras los datos y los estudios nos muestran que, claramente, no lo es.

El menos, en el terreno material, no sólo es necesario para cuidar el planeta, ahora mismo es un hecho, nos guste o no. Es obvio que tendremos que estabilizar algún día la población humana y el consumo de recursos, pero además, en el plano material, el menos ya está sucediendo.

Si tenemos en cuenta los stocks de recursos materiales renovables, es decir, todo aquello que, como las pesquerías, los bosques, la atmósfera, o las tierras fértiles, nos proporcionan recursos y absorben nuestros desechos; todos los stocks del planeta llevan décadas disminuyendo. Esto es una disminución neta en la capacidad del planeta para sostener la vida humana. Pero eso no es todo, en los últimos años también están disminuyendo los flujos, es decir, estamos teniendo problemas para extraer algunos recursos al ritmo que deseamos. Esto es ya una disminución  del consumo humano forzada por causas naturales. Ya estamos viendo que la extracción de petróleo se ha estancado desde el año 2005 debido al fenómeno del pico del petróleo, y también estamos viendo la disminución de las capturas debido al colapso de numerosas pesquerías. Luego, desde el punto de vista material, consumir menos no es una opción de los partidarios del decrecimiento, es una realidad. Ya estamos decreciendo.

Tendemos a enfocar demasiado el problema ambiental como una opción moral, algo así como “tenemos que consumir menos para cuidar el planeta”, pero esta idea es antropocéntrica y falsa. No tenemos que consumir menos, vamos a consumir menos, al menos materialmente. Es cierto que la palabra decrecimiento en sí es poco atractiva como slogan y alude a algo en principio netamente negativo; pero no es cuestión de vender algo amable al ciudadano, sino de mostrar una realidad ¿Alguna idea sobre cómo vender esto un poco mejor?

La difícil sustitución de los recursos naturales


Cuando Juan Torres dice:“es necesario, ... que crezca la [producción] de aquellos [bienes materiales] que pueden contribuir a la mejor formación, a la autonomía personal, al buen criterio, etc. de los seres humanos. Aunque, lógicamente, procurando que eso se lleve a cabo sin provocar daños añadidos a la vida, al equilibrio social y al del planeta”, pone en evidencia una visión del medio ambiente muy común, pero que tenemos que empezar a abandonar. Esta visión, concibe el planeta como algo ajeno al proceso económico, e ignora que eso que llamamos economía, producción o tecnología, no son entes abstractos, sino subproductos de los recursos naturales y la energía. Tenemos que empezar a ver que, aunque hay formas de producir más limpias y eficientes, casi toda producción y actividad humana (excepto las más espirituales o artísticas) implica la apropiación de unos recursos que no quedan disponibles para otras especies. El mundo físico siempre es limitado y sujeto al problema del reparto, y el mundo físico son los mimbres con los cuales se hace nuestra economía, no son algo externo y ajeno a ella.

Las teorías económicas clásicas asumen que el papel de los recursos naturales y la energía en la producción son despreciables, y la tecnología permite la sustitución de éstos, pero cada vez son más los economistas que empiezan a dudar de esa visión. Es importante observar que las teorías económicas clásicas fueron concebidas en momentos históricos en los cuales la realidad física y tecnológica era muy diferente de la actual. Surgieron en épocas en que el planeta se encontraba lleno de recursos naturales por explotar (sobre todo combustibles fósiles) y empezaba a existir la tecnología capaz de explotarlos a gran escala. Es lógico que estas teorías conciban la naturaleza como algo ilimitado.

El panorama físico y tecnológico con el que nos encontramos ahora es muy diferente. En estos momentos los recursos empiezan a tocar sus límites y la tecnología está encontrando que, por una parte, muchos recursos naturales no son sustituibles y; por otra, casi todos los sustitutos son técnicamente inferiores. El panorama energético es especialmente relevante porque la energía es el recurso clave que permite utilizar el resto de los recursos. Ahora mismo, el petróleo está empezando a declinar y todos los sustitutos, o bien son claramente inferiores en sus prestaciones técnicas (como las baterías para acumular la electricidad y conseguir mover el vehículo eléctrico), o bien tienen techos de producción muy bajos (como los biocombustibles por su enormes requisitos de tierras y su bajo rendimiento), o bien dependen de materiales escasos (como las baterías, de nuevo), o bien son muy inmaduros y necesitarán décadas de desarrollo para ser comercializables si llegan a serlo, o bien requieren cambios sociales y culturales enormes (como la agricultura biológica como sustituto de la basada en abonos y pesticidas fabricados con petróleo, o el ferrocarril y el transporte público como sustitutos al automóvil).

La necesidad de nuevas relaciones entre la economía y los recursos naturales


Tenemos, por lo tanto, dos ideas: por una parte el decrecimiento material es un hecho, y por otra, la economía no se independiza tan fácilmente de los recursos materiales como hemos pensado. La conclusión de estas dos premisas es clara: es muy probable que el decrecimiento material conduzca, si no lo evitamos con mucha voluntad política, a una disminución muy desagradable de la calidad de vida, de la actividad económica, del bienestar social e incluso de la población humana.

Para evitar esta disminución general y catastrófica, sólo nos queda una opción: desacoplar de forma muy importante la actividad económica del consumo de recursos naturales y energía. Este enorme desacople debe ser un movimiento varios órdenes de magnitud mayor que el tímido aumento de la eficiencia o la intensidad energética que hemos visto en décadas pasadas. No es suficiente con consumir un poco menos energía por unidad de PIB. En estos momentos necesitamos un cambio varias veces mayor que todos los que hemos sabido realizar en los últimos siglos.

Este desacople economía-recursos naturales es un cambio radical en nuestra forma de concebir la producción y el consumo, es decir: un cambio radical del proceso económico. Además, sería deseable que fuera acompañado de modos de vida, valores y relaciones sociales como los que describen los partidarios del decrecimiento. Pero estos cambios personales no son sino una parte de ese cambio que debe ser, sobre todo, económico, si no queremos que el decrecimiento material nos lleve, simplemente, a la catástrofe humana.

Por eso cuando Juan Torres dice “el concepto de decrecimiento o no se puede poner en práctica o significa lo contrario de lo que propone”, si se refiera al decrecimiento material, los hechos le contradicen: ya estamos decreciendo; y se refiere al “político” espero fervientemente que se equivoque, porque, si el decrecimiento político no es posible y el decrecimiento material es inevitable, vamos a tener una caída bastante poco agradable.

Juan Torres también escribe que el decrecimiento es “un concepto ajeno a la realidad del capitalismo actual”. Probablemente tiene razón pero ¿es eso malo? ¿Significa que ecologistas y decrecentistas son idealistas nada conscientes de la realidad? Yo creo que es más bien lo contrario. Significa, simplemente, que el capitalismo es ajeno a la realidad de la tierra física, mientras los decrecentistas ven principalmente esta realidad material limitada. ¿Quién está más equivocado?

Del “más es más” al “menos el más” (a través del “más es menos”)


Durante años, todos los intentos del movimiento ecologista por aconsejar una gestión responsable de los recursos naturales chocaban contra un hecho: sobreexplotar los recursos resultaba rentable. Cuando los flujos de recursos materiales todavía podían aumentar, era muy difícil defender una limitación voluntaria. Los ecologistas defendíamos que degradar nuestros stocks era una pérdida, pero la “realidad” inmediata mostraba otra cosa muy diferente: degradar nuestro entorno no nos empobrecía (aparentemente), sino que conseguía generar mayor riqueza y bienestar para casi todos. En esta situación era lógico que la mayor parte de la población hiciera muy poco caso del ecologismo. Esto cambia radicalmente cuando se alcanza el límite de la explotación de un recurso. Al llegar a los límites, el empresario responsable y consciente sabe que debe cuidar su stock y limitar la extracción si quiere mantener su negocio, la autolimitación no es ya una cuestión moral, es simplemente económica.

En estos siglos nos hemos acostumbrado a una mentalidad basada en el crecimiento y nuestra economía está llena de lazos de realimentación tipo “más es más”, es decir, realimentaciones que conducen al crecimiento. Bajar los impuestos, por ejemplo, conducía a estimular la actividad económica y terminar recaudando más impuestos. Pagar más a los trabajadores conducía a aumentar la actividad económica y mayores beneficios empresariales y, posiblemente, a salarios más altos. Pero ese tipo de dinámicas del crecimiento ¿no se ven cuestionadas cuando los recursos naturales ponen límites externos al crecimiento? ¿Qué pasa si, aunque suban los salarios o bajen los impuestos, no es tan sencillo aumentar la actividad económica porque los recursos son todos muy caros?

Los límites nos ponen en una tesitura nueva, en la tesitura del “más es menos”, donde el crecimiento de unos debe hacerse a costa del decrecimiento de otros y los recursos naturales introducen factores en la economía humana que hasta hace pocos años no estaban. ¿Estamos llegando a ese punto? La verdad es que produce escalofríos pensar que esa pueda ser la explicación gran parte de lo que está pasando en el mundo en los últimos años. ¿Qué está pasando? ¿No estamos viendo que el crecimiento de bancos y grandes empresas no consigue materializarse si no es a base de empobrecer cada vez más a las clases medias? ¿No será que en estos momentos están cambiando los esquemas de la realidad económica porque, simplemente, el paradigma del crecimiento está cambiando?

En estos momentos nos encontramos con un panorama material muy diferente de aquel que vio nacer al capitalismo, al socialismo, a la socialdemocracia o incluso al anarquismo. Nuestros esquemas mentales deben cambiar de forma acorde con este enorme cambio. Debemos ser extremadamente cautelosos a la hora de aconsejar aplicar una receta económica que ha sido válida en el pasado, porque la realidad está cambiando en muy poco tiempo.

¿Son válidas todavía las recetas de la socialdemocracia en este escenario de límites en el que nos encontramos? A mí me gustaría lanzar esta pregunta a todo el colectivo de los economistas críticos. Es posible que dichas recetan ya no sean válidas, porque el keynesianismo que consiguió superar la recesión de principios del siglo XX, tuvo como consecuencia un espectacular aumento del consumo de todo tipo de recursos naturales, recursos que, en estos momentos no pueden volver a crecer de esa forma, e incluso van a empezar a decrecer.

Quizá las recetas clásicas de la socialdemocracia sean muy insuficientes para superar esta crisis. Quizá se deba poner mucho más énfasis en repartir puesto que estamos en un mundo limitado, quizá tengamos que pensar en relocalizar dado que nos estamos quedando sin el combustible principal del transporte, quizá tenemos que pensar en una economía centrada en el territorio, puesto que las energías renovables dependen de él, quizá tenemos que pensar en una economía del estado estacionario y en cómo conseguir realmente el “menos es más”.

Debemos ser conscientes de que aumentar el bienestar humano y la justicia social es hoy mucho más difícil de lo que lo fue en el pasado (aunque no por ello debamos dejar de hacerlo), ya que lo que sucede no depende sólo de nuestros deseos y acciones. A los pozos de petróleo que se agotan les trae sin cuidado si la mayoría de la población mundial espera aumentar su consumo o si es injusto para con la población empobrecida. Los pozos, simplemente, se agotan.

Esto nos sitúa en una tesitura muy complicada. Porque hay que tener en cuenta una verdad muy incómoda. No sabemos si es posible un aumento del bienestar y el crecimiento económico de tod@s en este escenario de mundo limitado, pero lo que sí parece compatible con los límites del planeta (al menos por un tiempo) es el crecimiento de unas pocas élites basado en el decrecimiento de grandes mayorías. Esta escalofriante posibilidad es lo que Jorge Riechmann llama ecofascismo y no puede ser desdeñada. Es, además, una posibilidad que nos podría llevar a un poder muy represor y sangriento, dada la gran población, los millones de hambrientos y las enormes disparidades de consumo.

Sin embargo, la nota positiva viene del hecho de que, incluso un ecofascismo, debería plantearse más tarde o más temprano ese gran desacoplo economía-recursos naturales. Así pues, es preciso ponerse manos a la obra en el desarrollo de nuevas relaciones económicas que nos permitan salir adelante. No podemos dejarnos llevar por la tentación de ignorar una realidad amarga, ni por la tentación de creer en salvaciones tecnológicas milagrosas, ni por el desánimo que conduzca a la inacción.

Al fin y al cabo, estamos empezando la cuesta abajo, pero todavía tenemos muchos recursos naturales y muchas posibilidades de permitir a la toda la población mundial vivir razonablemente bien si sabemos racionalizar nuestro consumo y no basar nuestra sociedad en algo tan absurdo como el usar y tirar. Tampoco es desdeñable la posibilidad de que el decrecimiento político resulte una opción muy interesante para los pueblos empobrecidos del planeta y para sectores sociales de los países desarrollados, que ven cómo el crecimiento y la globalización los margina y explota. El decrecimiento no tiene por qué ser un concepto “ricocéntrico”, como dice Juan, de hecho, ya están surgiendo movimiento similares desde el Sur, como el “buen vivir”.

Pero en una cosa tiene razón Juan Torres; para que el decrecimiento deje de parecer una opción moral y se convierta en un movimiento válido para liderar la cuesta abajo, necesitamos teorías económicas sólidas, y el decrecimiento no las posee. El movimiento por el decrecimiento tienen sus físicos, ecólogos, filósofos y activistas pero todavía le faltan muchos más economistas. Espero que ATTAC, como uno de los movimientos de economía crítica más creativos del momento, sea consciente de este problema y sepa colaborar en la elaboración de una nueva teoría económica que nos permita tratar con esta realidad material que, aunque no nos gusta, se nos está echando encima en el siglo XXI.

El 'decrecimiento' debe tender al 'mesuramiento'

Julio García Camarero

Es tan absurdo el crecimiento ilimitado, como pueda serlo el decrecimiento ilimitado.

El 1 de noviembre escribí en este blog un artículo titulado “Sobre opiniones y reflexiones sobre el decrecimiento”, en él que “me congratulaba y me alegraba de que empezara a iniciarse este tipo de debate y contrastación sobre el decrecimiento”, pues habían aparecido a finales del mes de octubre de este 2011, y casi en días consecutivos, tres artículos críticos con el decrecimiento, debidos a los autores: El blog de Onible,  F. Rodrigo Mora  y Juan Torres López. Pues bien, con fecha del 8 de noviembre ya ha aparecido un crítico más: Toño Hernández con un artículo de titulo: “Sobre algunas críticas incorrectas a la idea del decrecimiento”, esta vez publicado en la web “Rebelión”. Por cierto un titulo muy parecido al al de mi articulo referido, del día 1 de noviembre.

Hay que decir que el principal motivador de esta controvertida polémica fue Juan Torres, y que es a quien únicamente dedica sus dardos Toño.

Entre otras cosas, al comienzo, Toño nos dice, que  “el decrecimiento es una idea en construcción” expresión que tiene cierta coincidencia con lo que manifesté en mi artículo del 1 de noviembre: “La verdad es que al pensamiento decrecentista aún le queda bastante para que se configure como algo completo, sistemático y conciso. Él es un pensamiento aún incipiente (no tiene ni dos lustros, aunque sus precedentes puedan remontarse desde  Aristoteles a Georgescu Roeguen) y necesita posarse”.

Y Toño critica a Torres (adecuadamente) porque infundadamente este último tacha al decrecimiento de tan economicista como el crecimiento (esta afirmación denota un profundo desconocimiento de la teoría del decrecimiento, y sólo ganas de criticarlo).

No, el decrecimiento lo que se plantea, precisamente, es sustituir la simpleza del crecimiento lineal, cuantitativo e ilimitado, por algo más complejo diverso y humano. Y esta idea la remacha muy bien Toño al decir que: “Una de las grandes críticas que hacemos a la economía convencional es precisa-mente esa obsesión por valorar con un único indicador -el dinero-, la complejidad de las actividades económicas y sus interrelaciones”. Como diría Max Neff “no hay que poner al hombre/mujer  al servicio de la economía, sino la economía al servicio del hombre/mujer”.

Pero Torres no deja de obsesionarse con el PIB, pareciéndole un crimen no defender el crecimiento, a capa y espada, para producir los bienes que necesita la población, y en este sentido dice concretamente: “lo que necesita la inmensa mayoría de la sociedad que hoy día está insatisfecha... es que crezca la producción de bienes y servicios a su disposición, y no al contrario. Aunque eso haya que hacerlo, eso sí, con otro modo de producir, de consumir y de pensar”, Y es que lo que le sucede a Juan Torres es que tiene un cierto vértigo a salirse del crecimiento es decir del capitalismo. Porque como muy bien dice Toño, “sin crecimiento no hay capitalismo”.

Y continua Torres: “El error que yo encuentro en el discurso de los partidarios del decrecimiento es que confunden la insostenibilidad que produce un mal modo de producir y una lógica desigual de reparto con un problema de cantidad. Se falla al caracterizar la realidad y entonces se aplica la terapia inadecuada”.

Pero no se trata tanto  de un “mal modo de producir”, (en alguna medida representada por la “calidad de producción”) como de la cantidad producida y de la mala distribución del crecimiento. El problema básico es de cantidad (con despilfarro) y de mal reparto, y de la limitación de recursos del planeta.

Se produce demasiado y para demasiada poca gente, necesitándose además para ello aumentar abultadamente el PIB y en consecuencia caer en la esquilmación  de unos recursos que ya empiezan a ser escasos.

Personalmente creo que podría ser perfectamente compatible  reducir el PIB y a la vez obtener los bienes y servicios necesarios para todos los terrícolas. Y ello siempre que se perfeccionara  la distribución de la riqueza y se terminara con el despilfarro y la obsolescecia programada; y por supuesto con la infinita corrupción financiera.

Pero aparte de estas acotaciones criticas y estas referencias críticas, debemos plantearnos tres o cuatro líneas maestras en torno a las cuales se configure una teoría del decrecimiento estructurada, y una profusa diversidad de  acciones que potencien el decrecimiento feliz (1).

Y estas líneas (o base sistemática del decrecimiento) pueden ser las siguientes:

-Es una quimera un crecimiento ilimitado a partir de recursos limitados.

- Es una quimera un decrecimiento ilimitado sin la extrema depauperización de la población terrícola.

-Sería una quimera criminal masiva plantear un decrecimiento en el Sur.

-En consecuencia a lo que tiene que tender el decrecimiento es a un“mesuramiento”de nuestra actividad  económica. Mesura que por otra parte evitará el sufrimiento de la explotación de la mujer/hombre, la explotación  esquilmadora de la naturaleza y un previsible cambio climático suicida.

Se trata de obtener un mesuramiento que reducirá el consumismo, la explotación y el trabajo enajenado (asalariado) a unos límites mucho menores que los actuales (para ello es indispensable salirse del sistema capitalista, a partir de un periodo de transición) y que facilitarán más horas para la recreación, para los bienes relacionales, y en  una palabra para un indispensable “desarrollo humano” (2).

En resumen: la finalidad del “decrecimiento” será conseguir el equilibrio económico global el cual se podrá lograr a partir del “decrecimiento feliz” en el Norte y del “crecimiento mesurado” en el sur (3). Esta será la única forma de redistribuir entre todos  de forma global, la riqueza material.

Una vez logrado este equilibrio económico global, comenzaremos a estar en muchísimas mejores condiciones para emprender un indispensable desarrollo humano. Y además, con ello, conseguir salvar el planeta (hoy amenazado seriamente) y lograr una felicidad global.

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(1) Hay que distinguir entre “decrecimiento feliz” (con crecimiento humano) y el “decrecimiento infeliz”  (sin crecimiento humano y con aceleración de la acumulación oligárquica y explotación de ser humano y de la naturaleza y con profusión de recortes salariales, y sociales).

 (2) Creo que sólo el titulo de mi segundo y último libro, sobre decrecimiento, es muy sugerente en este aspecto: “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano”.

 (3) Esto último es lo que plantearé en mi tercer libro de mi trilogía decrecentista, titulado, precisamente, “El crecimiento mesurado y el desarrollo humano en el Sur”. Algo que ya anuncié en la contraportada de “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano”



Acuerdos y desacuerdos sobre crecimiento y decrecimiento

Juan Torres López - Rebelión

Agradezco mucho a Toño Hernández que se haya tomado la molestia de leer mi escrito sobre el concepto de decrecimiento (Sobre el concepto de decrecimiento ) y también la crítica que me hace (Sobre algunas críticas incorrectas a la idea del decrecimiento ), que me ayuda a pensar y me proporciona algunas claves que no había tenido en cuenta, aunque la verdad es que también habría preferido que no recurriese a achacarme propuestas que no he hecho en ninguno de mis escritos.

  Como lo que me importa es acercar posiciones y tratar de superar las diferencias que se puedan estar dando en el ámbito de las interpretaciones que cada uno hace de los demás y no en los contenidos auténticos de las propuestas, voy a comentar solo algunas cuestiones de manera sucinta.

1. Empezaré por algo muy importante porque entiendo que siente mal el que lo haya afirmado.

Reconozco que puede parecer injusto afirmar que la utilización del término decrecimiento es desmovilizador. Puede ser injusto porque la verdad es que en torno al decrecimiento se han movilizado un buen número de personas y grupos de muy diversa procedencia a los que valoro y aprecio extraordinariamente por su compromiso y ejemplo y así lo afirmo en el artículo. Acepto con la mayor humildad el haber utilizado esa expresión en un contexto que puede incluso resultar ofensivo cuando, en realidad, yo quería referirme a otro problema y no era mi intención, de ninguna manera, ofender a quienes defienden las tesis del decrecimiento. Pido sinceramente excusas por ello.

Lo que trato de concluir al final es que si la gente entiende por decrecimiento lo que de entrada es, el negativo del crecimiento, puede generar desmovilización, porque ni va a ser capaz de transmitir lo que de positivo tienen los contenidos de las tesis del decrecimiento (austeridad, armonía, equilibrio...) ni de mostrar la inconveniencia del crecimiento. Y creo que eso es así porque, como explico en el artículo y comento en este texto más abajo, creo que el decrecimiento necesita un adjetivo, es decir, ir acompañado de algo que indique qué debe decrecer para que pueda ser inteligible sin confusiones y en qué medida (en esto coincido con Naredo pero no creo que eso sea un guiño, como dice Toño Hernández, pues francamente ni suelo ni necesito guiñarle a nadie).

2. En segundo lugar, quisiera reiterar que yo no dedico el artículo a criticar las tesis del decrecimiento (que una vez más digo que en gran medida comparto) sino el término que las contiene -"decrecimiento"- porque, como acabo de avanzar, creo sinceramente que induce a confusión, entre otros, incluso a algunos defensores de dichas tesis; y porque, como digo en el artículo, me parece que no se puede hacer operativo dado que la puesta en marcha de tesis como las decrecentistas (que yo en gran parte comparto) creo que seguramente implica decrecer en unos aspectos, campos o actividades y crecer en otros.

Puede que yo esté equivocado interpretando eso pero me gustaría que se entendiera que si pongo este asunto sobre la mesa del debate no es para atacar a las tesis del decrecimiento (la mayoría de las cuales comparto, insisto una vez más) sino para hacer ver que éstas pueden perder una gran parte de su capacidad movilizadora e incluso de su atractivo. Lamento que esto no se entienda y se me ataque como a una especie de infiel que pusiera en cuestión el núcleo central de las creencias sagradas.

Y, además de ello, he tratado de mostrar que el uso del término es intrínsecamente confuso porque me parece a mí que (para quienes no conozcan su otra acepción, que no tiene por qué conocerla todo el mundo) el decrecimiento es lo que es: disminución de la cantidad (aunque ya sé que a tiene otra acepción para sus partidarios y el problema que yo pongo sobre la mesa es que quizá ésta no siempre pueda quedar clara para el resto de las personas). Y que muchos economistas críticos (e incluso ya los no tan críticos) ponen en cuestión desde hace años que la simple medida de la cantidad pueda ser un buen criterio para valorar la bondad o eficiencia de los procesos económicos, por muy adecuada que sea cuando solo se trata de medir lo monetario.

En lugar de mostrarme si estoy o no equivocado en este aspecto, Toño Hernández se dedica a reprocharme todas las maldades de la economía convencional, las cuales yo también vengo tratando de combatir, por muy modestamente que sea, desde hace tiempo. Quizá avanzásemos más si viese en mi texto una reflexión fraternal que quiere ayudar a aclarar entre todos los problemas que plantea un término y no una crítica frontal a sus contenidos.

3. En tercer lugar, tengo que señalar que también sé que hay diversas corrientes y que el decrecimiento no es un cuerpo cerrado. Y acepto que yo me he centrado principalmente en las expresiones que han vinculado más estrechamente el término a la evolución del PIB. Pero yo no tengo culpa de eso. Es más bien una prueba de las tensiones, dificultades y problemas que puede provocar el término, como bastantes decrecentistas han reconocido.

Han sido diversos los decrecentistas, que aquí no voy a citar para no alargar este texto, los que han vinculado expresamente el decrecimiento a una caída del PIB y tampoco yo tengo culpa de ello.
Eso no quita, sin embargo, que yo tenga la seguridad de que la inmensa mayoría de quienes defienden las tesis del decrecimiento rechazan la mitificación del PIB, su uso como un tótem cuyas variaciones explican todo.

Mi tesis es otra: las limitaciones y ambivalencia del término decrecimiento, que obliga a señalar qué debe decrecer cuando esto no es fácilmente determinable, son las que llevan a que haya quien reduzca el problema a la vía fácil que es el recurso al PIB. Si se acepta que las propuestas que hay detrás de las tesis del decrecimiento implican que unas actividades crezcan y otras no, sería imposible centrar la estrategia solo en el decrecimiento de todo tipo de actividad de producción o consumo. Si no se acepta eso y se generaliza la estrategia diciendo que toda actividad debe decrecer, entonces es fácil, creo yo, que se caiga en la simplificación a la que me refiero y que critico.

Creo modestamente que sobre esta tesis, que es la que yo sustento y no otras, no se pronuncia Toño Hernández.

4. No es verdad, por otro lado, que yo insinúe -como afirma Toño Hernández- que de lo que se trata es de “disponer de un indicador que proporcione ese 'cómputo final' que nos indique lo que ocurre con 'la economía en conjunto'” .

Precisamente es Carlos Taibo el que se refiere a ese tipo de cómputo para el conjunto de la economía:
"Harina de otro costal es, claro, lo que sucedería si utilizásemos indicadores alternativos que valoren en su justo punto las actividades -enunciemos su condición de manera muy general- de cariz social y medioambiental. No hay ningún motivo para rechazar que, entonces, el retroceso de los sectores económicos cuya actividad queremos que se reduzca se vería compensado por el impulso que recibirían esos menesteres sociales y medioambientales, con lo que, en el cómputo final, la economía en conjunto podría, con arreglo a esos indicadores, no decrecer". Carlos Taibo, "Sobre el término decrecimiento y sus usos", Diagonal 16 de abril de 2009 ).
Lo que yo digo en el artículo es todo lo contrario: que es imposible disponer de un indicador de esa naturaleza. Y lo afirmo por una razón que señalo en el artículo:

"los factores que inevitablemente hemos de tomar en consideración si queremos poner sobre la mesa una propuesta política integral de progreso social (monetarios, materiales, físicos, energéticos, éticos, emocionales...) y no una puramente economicista (basada en una simple medición de la actividad con expresión monetaria), son heterogéneos y no se pueden integrar en una magnitud homogénea que proporcione un resultado de crecimiento o decrecimiento que sea inequívocamente satisfactorio o indiscutible".  


Si esto es así, entonces el término decrecimiento es tan poco útil o deseable como el de crecimiento.
Esta es mi tesis principal y lo que me gustaría es que Toño Hernández, o cualquier otra persona, me dijese si es correcta o no pues yo estaré dispuesto a cambiar mi opinión si encuentro que su criterio es más razonable que el mío.

5. En quinto lugar me parece que Toño Hernández me malinterpreta lamentablemente de una forma bastante burda, aunque estoy seguro que no malintencionada, cuando escribe el siguiente párrafo refiriéndose a mí:
"la constatación de las enormes desigualdades provocadas por el “capitalismo neoliberal” le lleva a reivindicar el crecimiento como única manera operativa de resolverlas. Ésta, seguramente sea la principal diferencia con algunos economistas progresistas: la de que el problema sólo es de distribución y del modo de producción capitalista".  


En contra de lo que me achaca Toño, me parece que es sencillamente falso de toda falsedad que yo defienda " el crecimiento como única manera operativa" de resolver las desigualdades, entre otras cosas, porque no estoy tan ciego como para no ver el despilfarro continuo que hay a mí alrededor. En contra de los que me achaca Toño, tengo la seguridad, y así lo he escrito muchas veces, que si se distribuyese con más justicia sería suficiente con producir menos, aunque en todo caso es igualmente obvio que con distribuir mejor no basta para resolver los problemas a los que nos estamos refiriendo.

Lo que yo digo es que no es malo que crezca aquello que los seres humanos necesitan, pero eso no es "el crecimiento" al que se refiere la economía convencional ni, creo yo, las tesis del decrecimiento. No solo porque no se refiere solo a lo monetario sino, entre otras cosas, porque en esa satisfacción humana que propongo que crezca entiendo que debe descontarse la insatisfacción que produce destrozar nuestro medio ambiente, inutilizar nuestros recursos, etc.

También es falso que yo diga que el problema sea solo de distribución (entre otras cosas porque no hay problema de distribución que sea separable de el de la producción). Yo afirmo que hay que cambiar de modo de producir, de consumir y de pensar y eso tiene muy poco que ver con la simple distribución, con el aumento del PIB que defiende la economía convencional o con meros cambios en el modo de producción.
Toño se inventa que yo defiendo el crecimiento indefinido para criticarme y sin embargo soslaya lo que lo yo dejo escrito claramente para expresar mi pensamiento contrario al crecimiento convencional:

"La alternativa no puede ser simplemente disminuir cuantitativamente la actividad económica sino distribuir con justicia y para ello reorientar la actividad económica hacia la satisfacción que tiene que ver con la vida humana en el oikos, liberándola de la esclavitud que le impone el mercado al universalizar el intercambio mercantil y el uso del dinero (la "puta universal", como Marx recordaba que lo llamó Shakespeare) como equivalente general.

Ni siquiera debería darnos miedo el verbo crecer. Todo lo contrario. Es deseable crecer (e incluso creo que ello comporta un mensaje más humano y optimista) en la satisfacción de las necesidades humanas, en la producción de todo aquello que las satisface de un modo equilibrado. Hacer crecer la satisfacción solidaria y pacífica de las necesidades humanas no es algo indeseable sino una aspiración lógica que no tenemos derecho a frustrar, aunque, eso sí, tenemos que aprender a conjugarla en la práctica con la austeridad, con el equilibrio, con el amor a la especie y a la naturaleza y, sobre todo, con el respeto indeclinable al derecho que todos los seres humanos tenemos a estar igual de satisfechos que los demás y que es el que obliga a negociar y establecer de un modo democrático la pauta del reparto de la riqueza".

Esta es mi tesis, y no la que me achaca Toño, y me parece que si me quiere criticar (que está en su derecho y yo se lo agradezco) lo que debe hacer es referirse a lo que yo exactamente afirmo pero no a otra cosa que yo no digo.

5. Por otro lado, Toño tiene mucha razón en que hay una pregunta central y reconozco que yo debiera de haberle dado respuesta de una manera más explícita en el artículo que él critica. Es la de si es posible "que crezca la producción de bienes y servicios con un decrecimiento del consumo de energía y materiales".

No sé si está perfectamente planteada (porque no estoy seguro, por ejemplo, de que tuviera que decrecer el consumo de energía solar o el de todo tipo de materiales) pero mi respuesta, en todo caso, es triple:

a) que el objetivo no debería ser -como hace la economía convencional- el crecimiento de la producción de bienes y servicios sino el de la satisfacción humana en el sentido integral al que me he referido.

b) que la producción de bienes y servicios no puede computarse con independencia (como hace la economía convencional) del consumo de energía, materiales o incluso de ecosistemas que lleve consigo.

c) que aunque no estoy muy seguro de ello, yo tiendo a creer (y de ahí también mi crítica al término decrecimiento) que las dos respuestas anteriores implican disponer de una fórmula o criterio de utilización de los recursos y de las estrategias de consumo y producción algo más compleja que la que consistente simplemente en afirmar que se debe crecer o decrecer.

Esta es mi tesis y también me gustaría que Toño me indicara en qué me equivoco pero sin imputarme ideas o afirmaciones que yo no hago ni creo haber sostenido nunca.

6. También creo que Toño Hernández hace una serie de afirmaciones que a mí modesto modo de ver no me parecen del todo bien fundadas. Por ejemplo, cuando afirma que " no podemos estar hablando de justicia, de igualdad y de solidaridad, sin reconocer que la consecución efectiva de esos ideales pasa por una disminución drástica de nuestro consumo de recursos materiales".

Yo creo que decir eso así, de una manera tan generalizada, es equivocado y es lo que me lleva a opinar que el término decrecimiento es desafortunado. La lucha contra el hambre (y seguramente en general contra las principales carencias que sufre la inmensa mayoría de la población mundial) creo que muestra lo contrario siempre cierto, como eierto, como el queidoasta para resolver los problemas a los que nos estamos refiriendo.gia dicieión . En contra de lo que dice Toño, yo creo que podemos hablar de justicia, igualdad y solidaridad para acabar con el hambre y la desnutrición aumentando el consumo de materiales (por la mayor y mejor alimentación de miles de millones de personas). Lo bueno es que imponer un régimen global de seguridad y justicia alimentarias seguramente llevaría consigo paralelamente la disminución de la producción total (algunos estudios estiman que se produce suficiente para el doble de la población mundial, es decir que sobran alimentos a pesar de que hay tanta hambre porque se despilfarra) y un modo diferente de producir, distribuir y consumir los alimentos que igualmente implicaría (debería implicar) menos gasto energético, material o incluso financiero. Por tanto, quizá no todo consumo de materiales decrecería ni todo crecimiento en el consumo de materiales tendría por qué ser indeseable.

(No entraré ahora en las implicaciones de tesis más fatalistas del decrecimiento que estiman que lo que sobran son personas y que también la población debe decrecer)

Es por eso que creo que también se confunde Toño Hernández cuando identifica la satisfacción global de las necesidades (entendidas éstas últimas como he señalado antes) que yo defiendo con el " aumento del consumo de forma global" porque las necesidades humanas no solo se satisfacen disponiendo de más cosas.


7. Para terminar, me resulta obligado señalar que creo que es completamente injusto y desconocedor de mi pensamiento que Toño Hernández afirme que lo que " Juan Torres propone es la necesidad de seguir creciendo, más o menos con los mismos fundamentos que posibilitaron el “Estado de bienestar” en un número reducido de países". Eso es un invento suyo, no una propuesta mía.

Creo que bastaría con leer mis trabajos, mis libros, mis manuales o el propio articulo último sobre el decrecimiento para deducir claramente que eso no es eso lo que yo propongo.

He dedicado un libro ("Desigualdad y crisis económica") a analizar y criticar el Estado de Bienestar y a poner de relieve que, como una expresión que es del sistema capitalista, conllevaba en su interior las contradicciones que darían lugar a mayor explotación del trabajo, a mayor destrucción del planeta y a peores condiciones de vida. En el artículo sobre decrecimiento afirmo concretamente que hay que cambiar de modo de producir, de consumir y de pensar y en muchas ocasiones -concretamente al abordar el tema de la crisis actual- he afirmado que para salir de los problemas sociales, económicos, ambientales... en los que estamos es preciso salirse del sistema porque no tienen solución dentro de él. Por tanto, sencillamente no es verdad que yo defienda, como dice Toño Hernández, "“hacer crecer la tarta” para que haya más que repartir" y mucho menos hacerlo con los mismos fundamentos que lo hiciera el Estado de Bienestar de la postguerra. No es verdad y creo que Toño debería haber leído algo más de lo que escribo antes de caricaturizar así mi pensamiento.

Por otro lado, es verdad que yo no me dedico a la economía ecológica, por simples razones de especialización, pero también es falso que yo me niegue " a introducir la base física material en sus ecuaciones y propuestas económicas". Acepto que se me critique que no sepa hacerlo o que no lo haga bien o suficientemente pero no el que me niegue a ello porque es eso justamente lo que he propuesto que se debe hacer en diversos trabajos, desde los más especializados hasta los más divulgativos, como las manuales de economía para la universidad o el bachiller en los que enseño que uno de los retos más importantes de la economía es, precisamente, contar con la base material de los procesos económicos, que hasta ahora se han considerado solamente en su expresión monetaria.

Lo que justamente critico desde hace años es que la economía convencional se centre en la cantidad y en la expresión monetaria de los procesos económicos y que se haya apartado del verdadero objetivo primario de la actividad económica que, como dice Georgescu-Roegen, no puede ser otro que "l a conservación de la especie humana".

En definitiva, lo que yo he tratado de plantear es lo que piensan también algunos decrecentistas como Spangenber cuando dice:

"La cuestión no es si queremos o no más crecimiento, sino qué tipo de desarrollo queremos alcanzar (...) tenemos que hablar de objetivos reales en lugar de objetivos intermedios como el crecimiento. El crecimiento no es un fin en sí mismo, ni siquiera un medio, solo es una consecuencia (...) Esta es mi principal preocupación en lo que se refiere al debate sobre el decrecimiento: no quiero hablar de crecimiento. Me preocupa que el concepto de decrecimiento produzca un mayor enfoque en el concepto de crecimiento. Es como ir en el mismo tiovivo intentando cambiar de sentido" (Marta Jofra Sora, "Conversaciones con Joachim Spangenberg". En Ecología Política, nº 35, p. 10. Subrayado mío)

8. Algunas personas que me conocen saben que he mantenido sin publicar estos textos sobre el término decrecimiento durante casi dos años. Incluso pensé que definitivamente no iban a ver la luz, precisamente, porque temía que una propuesta de debate sobre el concepto se entendiera como un ataque a una práctica o a la filosofía que hay detrás de él. No me he equivocado pero hubiera preferido estarlo, o quizá no haber escrito lo escrito, porque es descorazonador comprobar que todavía confundimos el debate con el combate y la facilidad que tenemos para convertir nuestras naturales diferencias en grietas abiertas entre nosotros.