Decrecimiento justo o barbarie

Yayo Herrero y Luis González ReyesViento Sur

Tradicionalmente, se defiende que la distribución está supeditada al crecimiento de la producción. La economía neoclásica presenta una receta mágica para alcanzar el bienestar: incrementar el tamaño de la “tarta”, es decir, crecer, soslayando así la incómoda cuestión del reparto. Sin embargo, hemos visto que el crecimiento contradice las leyes fundamentales de la naturaleza. Así, el bienestar vuelve a relacionarse con la cuestión esencialmente política de la distribución.

El reparto de la tierra será en el futuro un asunto nodal. La tarea será sustraer tierra a la agricultura industrial, a la especulación urbanística, a la expansión del asfalto y el cemento, y ponerla a disposición de sistemas agroecológicos locales.

La exploración de propuestas como la renta básica de ciudadanía o los sueldos complementarios se hace urgente. Igualmente sería interesante considerar la posibilidad de establecer una renta máxima.

Reducir las desigualdades nos sumerge en el debate sobre la propiedad. Paradójicamente nos encontramos es una sociedad que defiende la igualdad de derechos entre las personas y que sin embargo asume con naturalidad enormes diferencias en los derechos de propiedad. En una cultura de la sostenibilidad habría que diferenciar entre la propiedad ligada al uso de la vivienda o el trabajo de la tierra, de aquellas otras ligadas a la acumulación, ya sea en forma de bienes inmuebles o productos financieros, y poner coto a éstas últimas.

En definitiva, se trata de cambiar los criterios que hoy prevalecen por otra racionalidad económica que se someta a las exigencias sociales y ambientales que permiten el mantenimiento de la vida. Orientar las decisiones económicas hacia la igualdad no es sólo cuestión de normativa o instrumentos económicos, sino de impulsar también cambios culturales.

Extraído del artículo: Decrecimiento justo o barbarie



9 razones para utilizar la palabra decrecimiento

Yves-Marie Abraham

1. Una palabra defensiva que está en contra de lo obvio que queremos pulverizar: la necesidad de crecimiento económico continuo.

2. Una palabra iconoclasta cuya adopción requiere la descolonización de nuestra cultura basada en crecimiento.

3. Una palabra que no puede ser reciclada por aquellos que buscan prolongar el modelo de sociedad que ya no queremos (contrariamente a "desarrollo sostenible").

4. Una palabra dura que ataca la raíz de la mayoría de nuestros problemas; la búsqueda del crecimiento continuo.

5. Una palabra que desafía nuestro mundo productivo-consumista de modo inequívoco, pero abre espacio para una discusión sobre como construir el nuevo mundo que buscamos.

6. Una "palabra sucia" que molesta, que genera una reacción y que da inicio a un debate sobre el dogma del crecimiento, la preocupación principal de quienes se oponen al crecimiento.

7. Una palabra sobre la cual no se puede y no se debe llegar a un consenso en un mundo que sigue siendo fundamentalmente basado en crecimiento.

8. Una palabra que es más fácil de pronunciar que "a-crecimiento" que es posiblemente más apropiada semánticamente.

9. Una palabra simple, con valor como lema, como consigna y como llamada a la unión – más que como concepto o programa – para todos aquellos quienes se rehúsan a aceptar nuestro modelo actual de sociedad productiva-consumista.

Pequeño vade mecum para quien se opone al crecimiento

Vivir mejor con menos

Las restricciones que impone la crisis a las economías domésticas son una oportunidad para recuperar el valor del tiempo y vivir de forma más sencilla, consciente y frugal.

Francesc MirallesRevista Integral

La escoba de una crisis económica interminable ha barrido millones de puestos de trabajo, mientras que las personas que siguen en activo están viviendo ajustes de todo tipo. Tras varias décadas de excesos por parte de los que mueven los hilos del casino financiero, nos hallamos ante un primer mundo empobrecido. El crédito ha dejado de fluir libremente y ya no podemos “comprar con dinero que no tenemos cosas que no necesitamos para impresionar a gente que no nos cae bien”, en palabras del economista y escritor Álex Rovira.

La buena noticia es que la situación actual nos permite reformular nuestro modo de vida y, muy especialmente, la manera en la que invertimos nuestros recursos. La cuestión fundamental sería: ¿es posible vivir mejor con menos?

Los analistas de un concepto en boga, la Felicidad Interior Bruta, aseguran que cuando están cubiertas las necesidades básicas, el bienestar personal no aumenta con la prosperidad material. Esto explicaría que, sobre el papel, los habitantes de Bután, con una de las rentas por cápita más bajas del mundo, superen en grado de satisfacción personal a los de países que lideran la tabla de ingresos.

Si este dato es cierto, significaría que, hasta la explosión de la burbuja inmobiliaria, habíamos errado en nuestra búsqueda de la felicidad, aunque algunas personas, como veremos a continuación, ya habían renunciado a la fórmula de máximo enriquecimiento en el menor tiempo posible.

‘Downshifting’

Hace tres años, John Naish publicaba en nuestro país su libro ¡Basta!, cómo dejar de desear siempre algo más. Este periodista británico, colaborador habitual del Times o el Daily Mirror, reflexionaba así sobre nuestra fijación por el consumo:

“A lo largo de la historia de la humanidad, hemos sido capaces de sobrevivir al hambre, las enfermedades o los desastres gracias a nuestro instinto de desear y buscar siempre más cosas. Nuestra mente está programada para temer la escasez y consumir lo que podamos. Sin embargo, hoy, gracias a la tecnología, tenemos todo lo necesario para vivir cómodamente, e incluso más de lo que podemos llegar a disfrutar o utilizar. Pero esto no detiene nuestro deseo innato de ir a por más. Todo lo contrario, nos vuelve adictos al trabajo, nos ahoga en un mar de información, nos hace atiborrarnos de más comida y nos embarca en una constante, y frustrante, búsqueda de más ‘felicidad”.

Este ensayo aparecía pocos meses antes de la quiebra de Lehman Brothers, en un momento en el que el crecimiento parecía ilimitado. Sin embargo, algunos ejecutivos ya se habían desencantado de la cultura consumista y se apuntaban al downshifting, un fenómeno que se inició en la década de los 80 en plena cumbre de la cultura yuppie. Directivos de grandes empresas que habían vivido por y para el trabajo renunciaban a sus cargos y aceptaban puestos más bajos en el organigrama para ganar tiempo y calidad de vida.

Ahora que muchos trabajadores han tenido que aplicarse el downshifting a la fuerza, debemos plantearnos cómo podemos vivir igual o mejor con menos. Vicki Robin, una militante de la vida simple en EEUU, propone un principio para separar el grano de la paja: “Lo primero que hay que hacer es averiguar el grado de satisfacción que nos producen las cosas, para distinguir una ilusión pasajera de la verdadera satisfacción. Con esta fórmula cada uno puede detectar los valores que le proporcionan bienestar y descubrir de qué puede prescindir, y así alcanzar paso a paso un nuevo equilibrio vital más satisfactorio”.


El juicio final

Ken Booth emplea la imagen del juicio final, en el sentido siguiente: “Un ‘juicio’ es una situación en la que los seres humanos, como individuos o como colectividades, nos encontramos frente a frente con nuestras formas de pensar y de comportarnos arraigadas pero regresivas. Ante un juicio, tenemos que cambiar o pagar las consecuencias. Lo que llamo el ‘juicio final’ es la manera que tiene la historia de ajustar cuentas con las formas de pensar y comportarse establecidas –y en mi opinión regresivas—de la sociedad humana a escala global”. Estas formas de pensamiento y acción, a las que Booth se refiere, pueden cifrarse en:

• Cuatro mil años de patriarcado (la idea de que los varones son superiores y deben dominar la sociedad);

• Dos mil años de religiones proselitistas (la convicción de que nuestra fe es la verdadera y merece ser universalizada);

• Quinientos años de capitalismo (“un modo de producción de increíble éxito, pero que exige que haya perdedores además de triunfadores, siendo la naturaleza uno de los perdedores
más destacados”)

• Unos trescientos años de estatismo-nacionalismo (el juego de la soberanía acoplado con el narcisismo nacional, que genera una política internacional concebida como lucha competitiva de unas naciones contra otras, en el contexto de la desconfianza humana y la institución de la guerra)

• Unos doscientos años de racismo (la ideología según la cual hay seres humanos superiores e inferiores, basada en diferencias biológicas menores);

• Y casi cien años de “democracia de consumo” que ha conducido a lo que JK Galbraith llamó una cultura de la satisfacción para los triunfadores dentro de cada sociedad y entre unas sociedades y otras, mientras que los perdedores viven en condiciones de opresión y explotación.

El juego histórico de estas ideologías e instituciones nos ha llevado a un mundo crecientemente disfuncional, donde cientos de millones de seres humanos, y la naturaleza, se encuentran cada vez peor.

Homo sapiens sapiens lleva –llevamos— unos 200.000 años en este planeta; pero han bastado apenas siglo y medio de sociedad industrial –menos de una milésima parte de ese lapso temporal– para situarnos frente al abismo. Aún no hemos aprendido a vivir en esta Tierra.

“No hemos sabido afrontar el conflicto básico entre la finitud de la biosfera y unos modelos socioeconómicos en expansión continua, profundamente ineficientes, impulsados por un patrón de crecimiento indefinido.”

Con una simplificación que creo no traiciona a la realidad, cabe decir que la pregunta decisiva para los seres humanos sigue siendo la misma que hace cincuenta mil años: ¿dominio del fuerte sobre el débil, o cooperación entre iguales?

Extraído del trabajo de Jorge Riechmann. 'Frente al abismo'.

La lotería como metáfora de una sociedad desigual y competitiva

"La lotería funciona como metáfora de este mundo conformista de supuestas posibilidades al alcance de todo el mundo. Con la suerte en la lotería cualquiera puede ganar y acceder al tren de vida de los ricos. Que la probabilidad sea escasa resulta secundario: lo que cuenta es que hay, efectivamente, alguna posibilidad y que, por tanto, se puede alimentar la ilusión. Como dice Balzac en “La rabouillenuse” a propósito de la lotería semanal, mientras el jugador espera el sorteo, el billete de lotería le ha hecho feliz durante cinco días de la semana y le ha entregado idealmente todas las maravillas de la civilización:

‘Esta pasión, tan universalmente condenada, no ha sido nunca objeto de estudio. Nadie ha visto en ella el opio de la miseria. Acaso la lotería, el hada más poderosa del mundo, no alimenta esperanzas mágicas? El gira de la ruleta, que hacía vislumbrar a los jugadores enormes cantidades de oro y objetos de goce, no duraba más que un destello: en cambio la lotería daba cinco días de existencia a ese destello. ¿Cuál  es la potencia social que a cambio  de cuatro chavos puede haceros felices durante cinco días y entregaros ídealmente todas las maravillas de la civilización?.’

Siempre hay alguien a quien le toca el premio, y la posibilidad se realiza, mostrando que el azar puede beneficiar a cualquiera y, en su caso, corregir la distribución aleatoria de los individuos en la escala social. El sueño del enriquecimiento funciona como un consuelo. Así los jugadores de azar alimentan la ilusión de la movilidad vertical y de la igualdad de oportunidades.

(...)

La lotería, además, transmite la idea de que la riqueza no es fruto del trabajo colectivo sino algo que está ahí, disponible, sin que importe cuál sea su origen, y susceptible de ser apropiado individualmente –como ocurre también con la operación especulativas o las grandes estafas-. Este significado metafórico se acentúa cuando las sumas que se pueden ganar con la lotería dejan de ser sumas modestas y alcanzan dimensiones desmesuradas."

Extraído del libro: Mejor con menos. Necesidades, explosión consumista y crisis ecológica. Joaquim Sempere

Simplicidad voluntaria

Duane Elgin  - Mundo Nuevo

Simplicidad en el vivir, en el consumo, en nuestras relaciones, y en todas las esferas de nuestra vida diaria; el movimiento de la simplicidad voluntaria aboga por eliminar todo lo superfluo e innecesario en nuestras vidas para liberar tiempo y recursos para vivir un vida más conciente, libre y plena.

La simplicidad en el vivir no es una idea nueva. Tiene profundas raíces en la historia y encuentra su expresión en todas las tradiciones de la sabiduría ancestral. Más de 2.000 años atrás, en el mismo período en el cual los cristianos decían “Oh Señor, no me concedas ni pobreza ni riqueza” (Proverbios 30:8), los taoístas señalaban que “aquel que sabe lo que es suficiente, es rico” (Lao Tsé); Platón y Aristóteles proclamaban la importancia en la sociedad del “hombre de oro”, cuyo sendero en la vida no tenía excesos ni carencias; y los budistas promovían “el sendero medio” entre la pobreza y la acumulación sin sentido. Claramente, la vida simple no es una invención social nueva. Lo que es nuevo son los cambios radicales, tanto ecológicos y sociales como psicoespirituales de las circunstancias del mundo moderno.

Una tendencia hacia una forma más sencilla de vida fu e descrita en 1992, cuando más de 1.600 científicos de primer nivel, incluida a la mayoría de los premios Nobel en ciencias aún vivos, firmaron un documento sin precedentes llamado “Advertencias para la Humanidad ” (ver Mundo Nuevo Nº 3, ene/feb 1999). En esta histórica declaración, señalaron que “los seres humanos y la naturaleza están en vías de colisionar….y esto podría alterar el mundo viviente de tal manera que éste fuera incapaz de sostener la vida tal como la conocemos”. Los firmantes concluyeron que se requiere un gran cambio en nuestra relación con la Tierra y la vida en ell a si se desea evitar una amplia miseria humana y que nuestra casa global en el planeta no sea irremediablemente mutilada.

Aproximadament e una década después, apareció otra advertencia de 100 ganadores de premios Nobel , que señalaban que “El peligro mayor para la paz mundial en los próximos años no vendrá de actos irracionales de los estados o individuos, sino de la legítima demanda de los desposeídos”. Tal como se ha indicado en estas dos advertencias de destacados científicos, poderosas tendencias adversas (como el cambio climático, el agotamiento de los recursos naturales claves como el agua y el petróleo barato, una creciente población mundial y un aumento en la diferencia entre pobres y ricos) están convergiendo en una crisis del sistema a nivel global, creando la posibilidad de una caída evolutiva humana dentro de esta generación. Si en lugar de ell o establecemos un salto evolutivo, éste seguramente incluiría un cambio hacia formas de vida más simples, sustentables y satisfactorias.

El Dinero No es Sinónimo de Felicidad (por más que ayude)

Aunque la presión hacia este tipo de vida es fuerte, la alternativa de vivir en forma contraria a ella es igualmente atractiva para bastante gente. Muchas personas no pueden elegir vivir de una manera más simple sin dejar de sentir que ello es un sacrificio; buscan permanentemente mayores fuentes de satisfacción, las que logran a través de un alto estrés en una sociedad obsesionada por el consumo. Para ilustrar el tema, mientras que en Chile, en los últimos 30 años (y en Estados Unidos en la última generación), se dobló el ingreso per cápita, el porcentaje de la población que se declara feliz permanece sin cambios significativos (aproximadamente un 1/3); y en el mismo período, la tasa de separaciones matrimoniales se dobló y la de suicidios adolescentes se triplicó (Estados Unidos). Una generación completa ha probado los frutos de una sociedad con más bienes de consumo y ha comprobado que el dinero no compra la felicidad. En su búsqueda por la satisfacción, millones de personas han sido desvinculadas de las empresas donde trabajaban, siendo empujadas a un ritmo frenético de trabajo y consumo, o bien finalmente impelidas a dar un paso hacia adelante en sus vidas, esto es, vivir en forma materialmente más modesta, pero rica en relaciones familiares, amigos, vida comunitaria, trabajo creativo y con una conexión más completa de su alma con el universo.


Novedades literarias sobre la temática del decrecimiento

La hora del decrecimiento. Serge Latouche y Didier Harpages

Los hombres de la modernidad habían manifestado una fe ciega en el progreso espontáneo. Persuadidos de que el tiempo de la innovación no podía suspender su vuelo, afirmaban con autoridad lo que era a la vez una evidencia y una certeza: «¡el progreso no se detiene!» Y aquellos que se atrevían a llevarles la contraria eran calificados de horribles reaccionarios.

¡Todavía más lejos, todavía más alto, todavía más rápido! Este lema olímpico se había inmiscuido en el imaginario colectivo. Los hombres tenían que ser competitivos e inscribirse a diario en una loca carrera contrarreloj. Nicholas Georgescu-Roegen, en su época, había denunciado este frenesí con la parábola del «ciclóndromo de la afeitadora eléctrica». Esto «consistía en afeitarse más rápido con objeto de tener más tiempo para trabajar en la concepción de un aparato que afeitara más rápido aún, y así continuamente hasta el infinito».

Muestra descargable



Decrecer con equidad: nuevo paradigma civilizatorio. Coordina Lucio Capalvo

Esta compilación coordinada por Lucio Capalvo  contiene cinco trabajos:

Ervin Laszlo - Fomentando un Cambio en el Mundo Contemporáneo.

Antonio Elizalde  - Un Futuro Inconcebible.

Ezequiel Ander Egg - Los Estragos Ecológicos de ... la Globalización.

Miguel Grinberg - La Hora del Sur. Tiempo de Refundación.

Lucio Capalvo - La Gran Travesía de la Humanidad.

"Mientras el derrumbe de la civilización materialista se acelera,  otros procesos sutiles, pero de inconmensurable poder han comenzado.  Una nueva actitud, la Conciencia Planetaria, se abre paso,  moldeando nuevas formas de organización humana...

Nos aproximamos a un punto de inflexión, a una situación doble de colapso y advenimiento.  Para superar tan inédito desafío, la humanidad deberá situarse, como sugería Einstein,  fuera de los esquemas economicistas que crearon el problema... Nadie sabe como será, pero la antigua sabiduría amante de la vida  y distribuida en el cuerpo de la Humanidad, abrirá las puertas, proveerá los medios y hará seguro el camino".


Charla de Yayo Herrero

Una aproximación a una realidad poliédrica

decresita

Una aproximación a una realidad poliédrica

Cuando nos preguntamos cómo es la sociedad donde vivimos, nombramos el mundo, y esta forma de entender nuestra realidad está atravesada por una ideología que conforma nuestra forma de habitar ese mundo.

Así las palabras: ‘Crecimiento’, ‘Progreso’, ‘Desarrollo’, ‘Libertad’, ‘Prosperidad’, ‘Riqueza’, ‘Igualdad’, ‘Globalización’, ‘Libre Comercio’, ‘Libre Mercado’, ‘Democracia’, ‘Occidente’… son normalmente utilizadas para describir la realidad en la que nos encontramos, y además como una realidad deseable.

Intentamos definir esa realidad percibida a través de [conceptos, imágenes, modelos, representaciones, símbolos, metáforas, ficciones, utopías, mitos, discursos, tradiciones, hábitos, ritos, cultos, ceremonias, costumbres, supersticiones, teorías, ideas, imágenes, patrones, normas, estructuras, paradigmas, silencios…] que nos atraviesan, diferentes miradas que proyectan como nombramos esa realidad, como se definen las diferentes estructuras que conforman las relaciones entre las personas, las jerarquías que definen el lugar que cada uno ocupa, como se modela ese domino de unas personas sobre otras, como se modelan las interrelaciones entre las diferentes instituciones, como se naturaliza la desigualdad entre los diferentes miembros de esa sociedad , quien toma las decisiones y como se generan las conductas de las hombre y mujeres en el quehacer diario...

Este mundo no es perceptible a simple vista, estamos en él, como los peces en el agua que no la perciben sino que están en ella; por ello debemos hacer un esfuerzo por describir este mundo complejo que habitamos, porque la realidad la percibimos con naturalidad, pero es compleja de definir, de describir… mirar requiere atrevimiento, coraje, trabajo, y voluntad de querer entender.

La era de los Hidrocarburos

Nuestro mundo tiene una base energética, en el cual por una parte entran los recursos materiales y se transforman para producir un modo de vida que debería satisfacer las necesidades humanas [aunque en realidad sirve para la apropiación del mismo por parte de unos pocos], por otro lado se generan residuos en un proceso biodinámico que es movido por la energía que se encuentra disponible en un determinado entorno, sobre el cual se sustenta todo el armazón social, político económico y cultural.

Nuestra sistema económico-productivo, nuestro modo de vida son posibles gracias a la disponibilidad de una fuente de energía abundante y barata que proviene de los combustibles fósiles, siendo su presencia necesaria en los procesos productivos tanto en forma de materia prima como en forma de energía, empleada en el transporte y en la fabricación de los bienes de consumo.

El crecimiento sostenido de la economía mundial durante las últimas décadas ha sido propulsado por un continuo incremento en el uso de los combustibles fósiles. La industria, la electricidad, el transporte, la construcción, el turismo, la agricultura..., están entrelazados indisolublemente con la extracción de petróleo, gas natural y carbón.

Nuestro sistema agroindustrial que nos proporciona la alimentación está sustentado en el uso del gas natural y el petróleo, por la intensiva utilización de pesticidas, plaguicidas, fertilizantes y el uso del transporte motorizado para mover las ‘mercancías agrarias’ de un lugar a otro del planeta.

Si bien la abundante disponibilidad de petróleo ha posibilitado que un tercio de la población mundial disfrute de un alto nivel de vida (y consumo energético), este ha sido a base de sobreexplotar los recursos naturales del planeta, aniquilar culturas, y aprovecharse del uso de mano de obra en condiciones infrahumanas, así como de contaminar los ecosistemas a un ritmo muy superior al que puedan regenerarse.

Esta mayor disponibilidad de energía sustentada en la en la utilización de los combustibles fósiles, principalmente el petróleo, pero también el gas natural y el carbón ha permitido añadir complejidad a nuestra civilización y configurar un sistema productivo termoindustrial basado en la transformación de los materiales a través del calor (mediante la combustión), provocando la contaminación de la atmósfera, las aguas y la tierra.

La ideología Tecnológica

Así, el funcionamiento de nuestro mundo se manifiesta por el ascenso de la sociedad técnica, el carácter maquínico propicia el ascenso de un sistema tecnológico en el cual los humanos nos hemos convertido en un engranaje de este gigante termoindustrial. Nuestra sociedad se ha transformado en una megamáquina cibernética, que se eleva sobre lo social, lo político y lo económico absorbiendo todos los componentes de nuestra cultura.

Los móviles, los ordenadores, la televisión, los automóviles, se han hecho objeto omnipresentes en nuestro paisaje cotidiano, se presentan ante nosotros como fruto del progreso [el cambio a mejor, la eficacia, el ir hacia delante]; La tecnología inspira respeto y fascinación, se nos ofrece como solución a todos nuestros problemas: acabarán con el hambre en el mundo (primero con la revolución verde, ahora con los transgénicos), habrá energía ilimitada (primero con la energía nuclear, ahora con las energías limpias), iremos a Marte (primero con la carrera aeroespacial, próximamente con el teletransporte)…

Se conforma en el imaginario colectivo un conjunto de ideas, creencias y opiniones que van acondicionando a las personas para la convivencia con el aparato tecnológico, aprendiendo a hacer la compra ante los ordenadores, a charlar a través de los celulares, a comer alimentos procesados… lo que provoca un aislamiento social que fomenta el individualismo.

El sistema tecnológico en su conjunto sirve a los intereses de las oligarquías dominantes ya que las decisiones sobre la investigación científica y los medios que le son asignados se concentran en manos del Estado y las grandes empresas; también gracias a la deriva tecnólogica se permite un control del trabajo, la división de éste en diferentes jerarquías, y la especialización que conlleva un sinsentido a la tarea de trabajar; por supuesto, el acceso a la utilización de la tecnología como forma de consumo queda en manos de las personas que viven en el mundo occidental y las minorías de los países del sur.

Nuestra capacidad emocional para representarnos el peligro de las herramientas modernas queda obsoleta ante sus descomunales capacidades de destrucción, creando dependencias en su utilización [se hace necesario el vehículo privado para ir a trabajar, que se hace necesario para pagar las letras del coche], y creando estados tecnológicos de carácter irreversible [desaparecen los espacios para que los niños puedan jugar, llevándolos a la utilización de aparatos de pantalla e inmovilizándolos], también aparecen los accidentes totales como las fugas radioactivas de Chernobil o Fukushima.

La sociedad Patriarcal

Podemos definir el patriarcado como una estructura de dominación construida para la apropiación del cuerpo, de la procreación y de la crianza que llevan a cabo las mujeres, por parte de los hombres, convirtiéndose éstos en hegemónicos y ostentando el poder sobre las mujeres, mediante justificaciones ideológicas que ser articulan sobre una base social.

La aparición del patriarcado pudo llevarse a cabo por la necesidad de hombres para la guerra, acto para el cual los miembros masculinos de la raza humana más aptos para esta función, valorándose más las actividades masculinas en la división de tareas que realizan las mujeres y los hombres.

En los diferentes contextos históricos y sociales siempre las actividades masculinas [negadas a las mujeres en función de costumbres y creencias] serían más valoradas, invisibilizando los trabajos que llevan a cabo las mujeres [principalmente el cuidado de las personas], negándose los hombres a realizar este tipo de tareas que se presentan como tareas de orden inferior; Se llega a naturalizar este reparto de ocupaciones en función del conjunto de ficciones, mitos y discursos que construyen la realidad que favorece a la población masculina.



Entropía, economía y decrecimiento

Luis Picazo Casariego - No sin mi bici

Si algo tiene de bueno esta crisis, es que puede ser un magnífico laboratorio en el que se pongan en práctica comportamientos de consumo alternativos a un modelo económico de crecimiento continuo. Este modelo, fundamentado en un mecanismo simple de retroalimentación positiva crecimiento-consumo, unido al aumento sin freno de la población mundial, nos esta conduciendo a la depredación de los últimos recursos naturales y a una degradación masiva de la biosfera, todo ello sin solucionar la gran desigualdad en la distribución de la riqueza producida.

Frente a la inviabilidad de tal modelo, aparece la polémica alternativa del Decrecimiento, corriente de pensamiento inspirada en la obra del economista Nicholas Georgescu-Roegen y que está comenzando a popularizarse en una confusión de términos tales como decrecimiento sostenible, anti-productivismo, simplicidad voluntaria, huella ecológica o bioeconomía.

El meollo de la cuestión: la segunda ley de la termodinámica.


Muchas de las leyes de la física nos ayudan a construir modelos realistas en otras disciplinas. Es el caso de las leyes de la termodinámica que, como veremos, son fundamentales para la comprensión de la economía moderna.

La termodinámica tuvo su origen en el estudio de los cambios de determinados parámetros físicos, como temperatura, presión y volumen, en sistemas en los que se transfiere energía como calor y como trabajo. Sus dos principales leyes son:

- Primera Ley de la Termodinámica. Aunque su formulación real es mucho más compleja (al menos para mí) podemos identificar esta ley con el principio de la conservación de la energía, aquello de que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

- Segunda Ley de la Termodinámica . Para entender mejor esta ley, que es la que más nos interesa, imaginemos que ponemos en contacto dos cuerpos, uno caliente y otro frío. El que está más caliente cederá calor, energía, al que está más frío, y pasado un tiempo ambos tendrán la misma temperatura, conservándose la energía total del conjunto (primer principio). Si fuera al contrario, es decir, si pasara energía del más frío al más caliente, resultando el que estaba frío aún más frío y el que estaba caliente aún más caliente, también se conservaría la energía, sin violarse la primera ley. Pero esto es imposible porque se viola la segunda ley de la termodinámica, que ya intuimos de qué va: el flujo espontáneo de calor siempre es unidireccional, desde los cuerpos de mayor temperatura hacia los de menor temperatura, hasta lograr un equilibrio térmico. Para invertir este flujo habría que aplicar energía al sistema.

Esta ley supone la introducción de un concepto que preocupa sobremanera a los economistas, la entropía, que mide la parte de la energía que no puede utilizarse para producir trabajo. De forma simple, una formulación de esta ley podría decir que en un sistema aislado la variación de la entropía siempre aumenta. En nuestro anterior ejemplo, la entropía final del conjunto (los dos objetos habiendo alcanzado la misma temperatura) será mayor que la de los dos objetos por separado. Este aumento de la entropía equivale a un aumento de la energía que no es capaz de realizar un trabajo, o si se prefiere, a una disminución de la energía útil, aunque la energía total del sistema se conserva.

La entropía también se asocia al “desorden” de los sistemas. Según esta segunda ley, los sistemas aislados tienden inexorablemente al máximo desorden. Por ejemplo, cuando quemamos carbón su energía se transformará en calor, humo y cenizas, la energía se dispersa, obteniéndose un sistema más desordenado, de mayor entropía. O si vertemos tinta en el agua, esta se dispersará mezclándose con ella. Y por mucho que esperemos no habrá un reordenamiento (disminución de la entropía) en el que se separe espontaneamente la tinta del agua. Por lo tanto, todo sistema cerrado tiende a un estado de máximo desorden o entropía o, lo que es lo mismo, a una disminución de energía útil.

Si introducimos energía en el sistema, es decir, si deja de ser cerrado, podemos revertir el proceso entrópico. Por ejemplo, lo hacemos cuando encendemos la calefacción de nuestra casa en invierno para no quedarnos helados: si no lo hacemos, la temperatura de nuestro cuerpo, a causa del obstinado aumento de entropía, se igualará con la de la habitación que está más fría. Pero esto lo haremos a costa de aumentar la entropía en otro lugar. En este caso en una caldera que está quemando gas con el siguiente resultado: calentar agua para nuestra calefacción y producir un residuo en forma de CO2. Por lo tanto, cualquier cosa que se haga por disminuir la entropía en una parte de un sistema será a costa de aumentarla en otra. La energía invertida, para desesperación de los economistas, será en gran medida irrecuperable, a pesar de estar dispersa en algún parte.

Si nos guiáramos solamente por el primer principio de la termodinámica, que declara que la energía no se crea ni se destruye, podríamos pensar que el uso de la energía no reducirá la cantidad de energía que queda disponible para ser usada de nuevo. Pero ahora sabemos que, según la segunda ley de la termodinámica, siempre que se usa energía, la cantidad de energía útil que queda en el sistema disminuye.

No hay forma de invertir este proceso. Quemar un trozo de carbón cambia un recurso natural de baja entropía por un residuo de alta entropía que es mucho menos capaz de realizar un trabajo. Al hacerlo, hemos aumentado la entropía de nuestro sistema, el planeta tierra. Hemos disminuido su energía útil, capaz de producir trabajo. Y ahora una mala noticia: el proceso económico (la producción seguida de consumo) es altamente entrópico.



Decrecimiento, trabajo y renta básica

Héctor Sanjuán, Florent Marcellesi y Borja Barragué - Decrecimiento, trabajo y renta básica

La persistencia de una economía caracterizada por el crecimiento ilimitado y el hiperconsumo ha provocado la crisis ecológica y social de las sociedades industriales que se sustentan en la producción de riqueza material, el pleno empleo y el trabajo pagado principalmente bajo forma asalariada. Este productivismo, como sobre‐valorización de la acumulación, y la idea de que un incremento de los bienes materiales aumenta la felicidad, representa una concepción del ser humano peligrosa para su propia supervivencia. Como lo planteaba Hannah Arendt, la sociedad asalariada es básicamente una sociedad de consumo, que ha pasado de la producción para satisfacer las necesidades al consumo para dar trabajo a los asalariados y hacer funcionar las industrias.

Gracias a indicadores como la huella ecológica, resulta evidente que el fomento de políticas para relanzar el [hiper]consumo o dar más poder adquisitivo a las masas para que adquieran más bienes (y servicios) conlleva la superación de la capacidad de regeneración y de asimilación de los ecosistemas. Además impide un reparto social y ambiental justo de los recursos naturales dentro de una misma región y entre el Sur y el Norte . En resumen, como expresa Harms, en la actualidad «no trabajamos para producir (productos y servicios socialmente necesarios) sino producimos (productos y servicios que en realidad no necesitamos y que cuya comercialización nos cuesta cada vez más) para trabajar» (Harms, 2009a). Esta característica de la sociedad industrial del trabajo asalariado queda ejemplificada en forma de un triángulo virtuoso de «producción‐empleo‐consumo» que tenemos que cuestionar de raíz.

(...)

Avanzar hacia formas de trabajo que contengan la finalidad en sí mismas significa buscar mecanismos para recuperar el tiempo de vida, es decir, para suprimir en la medida de lo posible «la necesidad que tenemos de comprar nuestro derecho a la vida (prácticamente sinónimo del derecho al salario), alienando nuestro tiempo, nuestra vida» (Gorz, 1980:87).

De esta afirmación se desprende un cambio de orientación radical en las demandas tradicionales de los trabajadores. No se trata ya de apropiarse del trabajo ni de asegurar que todo el mundo pueda trabajar tanto como necesita para financiar su «derecho a la vida», sino de liberarse del trabajo-empleo, en tanto actúa cómo lastre para el desarrollo completo de la dimensión humana.

Sin embargo, Gorz, retomando a O. Negt, da justa cuenta de que «la liberación en el trabajo presupone una experiencia práctica de la autonomía, pero ésta es objetiva y subjetivamente denegada a los trabajadores por un trabajo que mutila y deforma sus facultades práctico sensoriales» (Gorz, 1991:110). Con esto afirman que el trabajo no solo nos ha quitado el tiempo para vivir, sino la propia facultad de hacerlo más allá de sí mismo.

Extraído del texto: Decrecimiento, trabajo y renta básica, escrito por Héctor Sanjuán, Florent Marcellesi y Borja Barragué

Mecanismos para un decrecimiento posible

David Peña y Carlos Corominas, miembros de Periodistas en Acción. Revista El Ecologista nº 65

Tres ejemplos prácticos de decrecimiento.

En ocasiones, el decrecimiento es observado como un marco teórico alejado de la realidad cotidiana y con poca aplicación práctica. Sin embargo, son muchas las personas que a título individual o colectivo han optado por caminos diferentes a los trazados tradicionalmente por la sociedad de consumo; promueven con sus actos otras formas de relacionarse con el entorno para conseguir un menor impacto en el mismo y un mayor grado de satisfacción personal.

Como teoría, el decrecimiento se sustenta en unas bases definidas. No obstante, sus manifestaciones prácticas y concretas son muy variadas. Personas muy diferentes y con inquietudes diversas han decidido cambiar su forma de actuar en beneficio propio y del planeta. Debido a la situación de colapso actual en la que vivimos, han aplicado medidas decrecentistas por una cuestión de sentido común. Lo que demuestra que no es necesario tener un conocimiento profundo de las teorías del decrecimiento para llegar a la misma conclusión a través de la práctica.

Dado que el decrecimiento es una teoría integradora de carácter general, las realidades en las que se pueden aplicar procesos decrecentistas son muy diversas. En este sentido, se pueden observar experiencias en ámbitos muy alejados entre sí, como la actividad empresarial, el activismo o la búsqueda de un cambio personal.

Una alternativa de producción


La producción de alimentos no está reñida con el respeto al medioambiente. Un ejemplo es El Cantero de Letur, una quesería ecológica de Albacete que basa su proceso de producción en criterios de sostenibilidad y no agresión a la naturaleza. Antonio Lucena, trabajador en la finca, tiene claras sus intenciones: “lo hacemos por ahorro de energía y ecologismo”. Todos los procesos de la finca se sustentan bajo parámetros de ahorro energético y reciclaje.

Desde hace cinco años han ido introduciendo placas solares para obtener energía fotovoltaica y térmica para los procesos de producción. Lucena destaca el ahorro que supone la energía solar térmica a la hora de calentar el agua para esterilizar las herramientas. “En una quesería ecológica parece coherente instalar este tipo de mecanismos” señala. De esta manera, al tiempo que reducen las emisiones de CO2, ahorran en la factura de la luz.

Otra de las líneas de actuación en esta finca pasa por el reciclaje de agua y de residuos. A través de una balsa de lluvia recogen toda el agua que necesitan para la limpieza de materiales. Una vez utilizada, la mezclan con restos de estiércol para regar los pastos. “Hacer queso y hacer yogur representa obtener mucho suero que puede provocar la eutrofización de la zona” señala Lucena y añade: “lo hemos reciclado para darlo como alimento al ganado y no tirarlo libremente como se hacía en un principio”. Así mismo, el estiércol sobrante lo utilizan para abonar los campos o regalarlo y evitar así procesos de eutrofización.

Antonio Lucena no duda acerca del escenario ideal para la agricultura y la ganadería: “se debe ir hacia esto necesariamente: reducimos el consumo de agroquímicos y el impacto sobre el medioambiente”. Para Lucena, otras granjas deben tener cuidado con los residuos que producen y encaminarse a modos de producción que respeten el entorno. Así mismo, destaca la importancia de una producción y un consumo local que permitan reducir la huella ecológica.

Movimiento de transición: hacia un decrecimiento colectivo


El movimiento de transición constituye una corriente que va calando cada vez más en personas que entienden que es necesaria otra forma de relacionarse en comunidad. Aunque con principios y objetivos similares, las formas que adoptan estos grupos son muy variadas, dadas las diferentes realidades en las que se mueven. Una de estas iniciativas de transición, se está llevando a cabo desde hace más de un año en Vilanova i la Geltrú, Transición VNG, y bebe de las experiencias de otros lugares como Totnes (Gran Bretaña).

“Tras un primer encuentro, empezamos a barruntar si podíamos hacer algún trabajo práctico de transición hacia nuevos modelos de sociedad, de comunidad o de barrio dentro de nuestra ciudad” señala Alfons Pérez, miembro de Transición VNG. En este sentido, es muy importante el trabajo de psicología del cambio personal para adaptar la mirada hacia nuevas posibilidades y permitir así el cambio colectivo.

El aprendizaje de lo ya realizado en Gran Bretaña es muy importante para fijar caminos, aunque con las adaptaciones necesarias a cada realidad concreta. De esta manera, el grupo Transición VNG ha omitido una parte del proceso que consiste en un periodo de reflexión de un año de duración para adaptar la transición al pueblo. “Nosotros teníamos una cierta impaciencia por hacer cosas prácticas y empezamos a montar grupos de trabajo” afirma Alfons. Como primer paso se formó un grupo impulsor, que se centra en una labor de reflexión y coordinación para el resto de grupos. Otro grupo es el de rumiadores y rumiadoras, que analizan iniciativas de otros lugares y su adaptación a la realidad de Vilanova i la Geltrú.

El grupo de Transición VNG entiende que una labor fundamental es la de servir de red para que diferentes experiencias se puedan poner en común y complementarse. Por ello, tratan de acercar a personas que se puedan unir para compatibilizar esfuerzos, como por ejemplo presentar a agricultores ecológicos a personas de las cooperativas de consumo. “Una persona tiene un huerto que no está utilizando y otra persona quiere trabajarlo ¿por qué no unirlos?” se pregunta Alfons y añade: “aunque parezca mentira, en una ciudad de 50.000 habitantes la gente no se relaciona: es importante que la gente se conozca y se vincule en proyectos comunes”. Uno de los trabajos prácticos que ya se está desarrollando consiste en el uso compartido de un huerto de 1.000 m² para su mantenimiento y explotación según los parámetros de la permacultura y con el compromiso de compartir gastos, experiencias y habilidades.

Aunque el movimiento de transición está en una fase inicial en España, puede llegar a tener un impacto real debido al interés de las personas en crear nuevas formas de relacionarse en comunidad y con el entorno. “Si las iniciativas en transición consiguen ofrecer experiencias prácticas para la gente, pueden crear masa crítica; sin embargo, existe el peligro de que se quede en un marco teórico que no consiga implicar a nadie” afirma Alfons y continúa: “este movimiento se perfila como una experiencia práctica dentro del decrecimiento”. La implicación personal y la cooperación entre los miembros son fundamentales para lograr el éxito de estas iniciativas. De forma que el movimiento de transición se consolide como una alternativa real.

Vivir el cambio


Antonio Conejos y Marisol Vázquez eran dos economistas; ella trabajaba de directora en una sucursal de una entidad financiera y él era operador de un broker de mercados monetarios. “Había algo que no encajaba: encontraba un ambiente hostil, muy agresivo y a veces humillante por parte de los jefes pero también de algunos compañeros” cuenta Antonio y añade: “la situación para mí era cada vez más límite y tenía claro que esto tenía poco que ver conmigo”. El acontecimiento que desencadenó el cambio fue el nacimiento de su primer hijo, ya que le hizo plantearse las cosas desde otra perspectiva. Pidió una excedencia paternal, lo que le supuso el descontento de sus jefes que llegaron a amenazarle con despedirle. En ese momento decidió que no quería seguir trabajando en esa empresa: “era una contradicción con lo que estaba pasando en mi vida”.

Tras acordar el despido, Antonio se decanta por la idea de trabajar con las manos. Así comenzó su andadura como carpintero, aprendió el oficio y sus amigos le empezaron a ofrecer encargos. “En un momento determinado empecé a buscar un toque diferente, de respeto por la naturaleza y a aplicar tratamientos ecológicos a la madera” señala Antonio. Fue el nacimiento de su segundo hijo lo que hizo que Antonio y Marisol empezaran a contemplar otros aspectos menos visibles de la realidad. Actualmente, Antonio ha derivado su actividad profesional hacia las terapias energéticas y la sanación.

Paralelamente, Marisol dejó su trabajo como directora de una sucursal bancaria para recuperar su vocación perdida en el ámbito de la psicología y dedicarse por entero a la psicoterapia. “En casa nos hemos apoyado mutuamente, no podíamos vendernos a una idea económica: ir a un sitio sólo por dinero a costa de tu salud no tiene sentido” señala Antonio sobre su relación. En un principio, algunas de las personas cercanas mostraron su discordancia aunque la mayoría les han apoyado y comprendido. En este sentido, el cambio de mentalidad también vino acompañado por un cambio de lugar de residencia: “nos mudamos de Alcobendas a Villanueva del Pardillo y más adelante a Zarzalejo”. Es en este último pueblo de la sierra donde han encontrado un hogar para desarrollar su proyecto de vida. Y allí han encontrado vecinos que comparten visiones similares, lo que permite que se haya creado una red de apoyo mutuo de manera natural.

No obstante, Antonio valora su etapa como broker ya que le permitió “darse cuenta de sus debilidades y en la que se despertaban los miedos de no poder afrontar la realidad como él quería”. Antonio ha comprendido que el hecho de que su empresa fuera tan agresiva ha sido lo que le ha impulsado a llevar a cabo este cambio. “Si te centras en lo que realmente sientes, conectas con tu corazón, la vida se te abre, te lo muestra, te lo ofrece y es realmente satisfactorio”.

Transformar desde la acción


Mediante los actos individuales y colectivos las personas definen lo que son y lo que quieren llegar a ser. A través de la experiencia práctica, se puede observar que el decrecimiento tiene una aplicación más concreta de la que en ocasiones se cree. Por eso, el nexo entre la teoría y la práctica es lo que hace que esta corriente posea la suficiente fuerza como para conseguir transformaciones reales. Es en el carácter integrador del decrecimiento donde experiencias que parecen aisladas cobran una nueva dimensión. Se interrelacionan para crear una base común desde la que inventar nuevos horizontes de convivencia en armonía con el planeta.

Prosigue la discrepante polémica sobre el decrecimiento

PROSIGUE LA DISCREPANTE POLÉMICA SOBRE EL DECRECIMIENTO QUE PROVOQUÉ YA HACE UN MES    JULIO GARCÍA CAMARERO (3 dic-2011)

Estoy satisfecho y contento de haber suscitado el día 1-noviembre-2011 un debate plural sobre el decrecimiento. Y digo plural porque en este debate hemos participado ocho polémicos. Los cito por  por orden cronológica de aparición: 1. Juan Torres López, 2. Félix Rodrigo Mora (no crítico con el anterior), 3. El blog de Onibl, (no crítico con los anteriores) 4. Julio García Camarero (critico con los 3 anteriores [“tetradialogo”], comienza la polémica) 5. Toño Hernández (“bidialogo”),  6. Juan Torres López (“bidialogo”), 7. Pedro Pérez Prieto / 8. Manolo Taslens (“tridialogo”).

Y es causa de satisfacción el que la polémica sea plural, aunque todos los “criticados” (y pese a que  hay sido yo el inicial provocador”) hayan optado por ignorarme en sus artículos de contestación. No importa, lo importante es que se haya creado un debate vivo sobre el decrecimiento. Pero Juan Torres y casi todos los demás parece que quieren reconducir la polémica hacia un debate dualista (a lo debate bipartidista). Y es cierto que desde el principio en estos tres artículos de polémica que llevo escritos en lo que va de mes, en todos he tenido la deferencia de citar a todos y cada uno de los debatientes. Personalmente pienso que sólo el pluralismo es democrático. Y creo que un verdadero debate sobre el decrecimiento no debe de ser bipartidista. Pues la pluralidad de contrastes enriquece la polémica.

Además, no debemos de ver enemigos por todas partes, aunque por alguna sí que los haya.
No podemos considerar enemigo a todo el que se acerque al pensamiento decrecentista y lo critique en algún aspecto. No se puede pedir a todo el que se haya acercado recientemente a este pensamiento, no tenga alguna laguna o mal configuración de algunos de los aspectos de la idea de decrecimiento. Tampoco, como muy bien dice Torres, debemos considerar al decrecimiento como una religión intocable y estática.

Aunque, como nos indica Pedro Pérez Prieto[1] citando al famoso torero “El Gallo”, éste sentenciara adecuadamente: Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Y es que, como muy bien dice Pérez Prieto: se reconozca o no, el modelo actual [de crecimiento económico] está agotado. Punto final. Y aún se puede añadir: no puede ser, y además es imposible.

Yo mismo, por ejemplo, cuando me acerqué por primera vez a la idea de decrecimiento, para mi esta idea se presentaba (como no podía ser de otra forma) llena de lagunas y de desenfoques. Y solo a base de leer mucho y de reflexionar mucho sobre el tema, he ido rellenando y reconfigurando (aunque aún solo en parte) este complejo concepto del decrecimiento; que, desde luego, nada tiene que ver con el concepto del que nos habla Juan Torres:   “el problema del concepto de decrecimiento es que, al utilizar también el PIB como magnitud de referencia, se está asumiendo también esa ficción, aunque los decrecentistas no quieran reconocerlo”, o “Quienes defienden el decrecimiento pueden decir que están pensando en otra cosa, pero es innegable que cuando utilizan ese término están hablando de disminuir los indicadores que miden la dimensión cuantitativa y monetaria de la actividad económica y más concretamente el PIB”. Ello supone una simplificación del concepto de decrecimiento, simplificación  que sólo puede navegar en una laguna del conocimiento sobre el decrecimiento.

Por eso creo que el ejercicio de la polémica y debate decrecentista (sin que llegue a convertirse en  combate) nos servirá de ayuda para ir construyendo y configurando la idea del decrecimiento.
Y ahora paso a comentar lo (en mi opinión) acertado y des acertado del último artículo de Juan Torres en el que responde a la crítica de Toño Hernández y que se titula, Acuerdos y des acuerdos sobre el crecimiento y el decrecimiento (aparecido el 12-nov.-2011).

Primero comentaré los párrafos con acierto (según mi opinión) de Juan Torres:

1. Es del todo acertada su frase: lo que mi importa es acercar posiciones y tratar de superar las diferencias que se puedan estar dando en el ámbito de las interpretaciones. [Interpretaciones del decrecimiento parece que se refiere]. Desde luego me parece correcto que lo de esta polémica (la cual me gustaría que continuara viva mucho tiempo) no se plantee como un foro de acusaciones y de búsqueda de culpables, condenables e irreconciliables. Todo lo contrario, como dice Torres, se debe de tratar de superar las diferencias.

2. Torres nos dice que: “el término decrecimiento es desmovilizador”. Pero luego se retracta de lo dicho, pidiendo amablemente escusas por ello, y dice que: le parece injusto afirmar que la utilización del término es des movilizador. “Chapeau” a quien tiene la inteligencia y la valentía de desdecirse.

Y personalmente estoy de acuerdo en que, en un principio, hablarle a un parado o a un precario de decrecimiento pueda parecer un completo contrasentido. Pero si este término y concepto se explica también y de forma tan amena como lo explica Carlos Taibo, el resultado es conseguir arrastrar a las masas (como conseguía arrastrar a los ratones el famoso flautista). Es una realidad que a mí me ha pasado en la asamblea del 15-M; en la que, en una alocución a micrófono abierto, al mencionar al palabra decrecimiento un conjunto de jóvenes con aspecto de parados y precarios sólo querían oír hablar del decrecimiento. También he podido contemplar, complacido, como Carlos Taibo hacia rebosar inmensas aulas de la universidad al hablar del decrecimiento.

3. Es muy acertado lo que dice Torres cuando afirma que: “el decrecimiento necesita un adjetivo” […] “creo sinceramente que conduce a la confusión”. Yo caí en esta reflexión hace ya algún año, y por eso puse en el título de mi segundo libro el calificativo de feliz a la palabra de crecimiento[2] (el título completo es “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano”).

4. También es de lo más acertada la frase de torres: “lamento que esto no se me entienda y se me ataque como una especie de infiel que pusiera en cuestión el núcleo central de creencias sagradas”. Desde luego el pensamiento decrecentista no debe tener ideas sagradas intocables, estáticas y sectarias. Todo lo contrario, debe de estar conformándose continuamente en el devenir histórico.

5. “También sé que hay diversas corrientes y que el decrecimiento no es un cuerpo cerrado”.
Correctísimo, pero no sólo eso, si no que se encuentra en ebullición y en continua configuración.

6. Es correcto lo que dice de “si se distribuyese con más justicia, será suficiente con producir menos”.

7. Me congratula que Torres realice una citación de Carlos Marx: "La alternativa no puede ser simplemente disminuir cuantitativamente la actividad económica sino distribuir con justicia y para ello reorientar la actividad económica hacia la satisfacción que tiene que ver con la vida humana en el oikos, liberándola de la esclavitud que le impone el mercado al universalizar el intercambio mercantil y el uso del dinero (la “puta universal”)”. En efecto, creo que es necesario que se considere a Marx como uno de los precursores del pensamiento decrecentista. Pero ojo, Marx nos habla sólo de crecer en satisfacción de vida humana, y se muestra enemigo de “la esclavitud que supone el mercado al universalizar el intercambio mercantil y el uso del dinero (la “puta universal”). Es decir se muestra opuesto de que prevalezca el crecimiento del PIB (la puta universal, insisto).

8. Es un acierto que Juan Torres diga que: “hay que cambiar de modo de producir, de consumir y de pensar y en muchas ocasiones -concretamente al abordar el tema de la crisis actual- he afirmado que para salir de los problemas sociales, económicos, ambientales... en los que estamos, es preciso salirse del sistema porque no tienen solución dentro de él. Por tanto, sencillamente no es verdad que yo defienda, como dice Toño Hernández, "“hacer crecer la tarta” para que haya más que repartir". Me alegro un montón constatar que Juan Torres declare que es necesario salirse del sistema capitalista, (aunque en esto en ocasiones se contradice) pues de los diferentes artículos suyos que he leído saqué la impresión de que se trataba de un Keynesiano reformista, aunque también es cierto que mucho hemos evolucionado desde esas posiciones totalmente insuficientes, por ser sólo coyunturales en una crisis sistémica como ésta.

9. Torres dice que ha escrito un libro: “He dedicado un libro: "Desigualdad y crisis económica", a analizar y criticar el Estado de Bienestar y a poner de relieve que, como una expresión que es del sistema capitalista, conllevaba en su interior las contradicciones que darían lugar a mayor explotación del trabajo, a mayor destrucción del planeta y a peores condiciones de vida. Me parece que este libro debe de ser interesante, lo leeré con el mayor interés.

Pero también voy a pasar a comentar los desaciertos Juan en su artículo, que creo que tenerlos los tiene:

1. “Han sido diversos los decrecentistas, que aquí no voy a citar para no alargar este texto, los que han vinculado expresamente el decrecimiento a una caída del PIB y tampoco yo tengo culpa de ello”. Y leyéndolo me parece que Juan Torres quiere echar la culpa al gato (de “algunas corrientes decrecentistas) de sus lagunas o desconfiguraciones con respecto al concepto del crecimiento. Creo que aún tiene la fijación (que yo también tenía) de que lo importante y progresista es crecer para la satisfacción de los insatisfechos a base de aumentar el PIB. Equivocación que es similar a la que sufrió Fidel Castro cuando aún tenía la obsesión de aumentar aceleradamente y monopolísticamente la zafra del azúcar. El también salvó esa laguna; y desde ya hace algún tiempo en Cuba se están eliminando plantaciones de caña, que producía divisas para el PIB, y sustituyéndolas por policultivos ecológicos, que produce alimentos biodiversos y saludables.

Pero hoy pienso que no hay que confundir el progreso con el crecimiento y el aumento de los productos materiales. El verdadero progreso debe de encontrarse en el desarrollo humano. Y Juan no debe preocuparse por ello, yo ya he dicho que al principio de acercarme a la idea de decrecimiento también tenía desconfiguraciones. No hay que avergonzarse por ello,solo rectificar el enfoque, y todo arreglado.

2. Es desacertado que Juan diga que: implicar que unas actividades crezcan y otras no, pues sería imposible centrar la estrategia solo en el decrecimiento de todo tipo de actividad de producción o consumo. Pues pienso que no, que  sí que  hay que decrecer en todo tipo de actividad. Y hacerlo hasta que  deje de caer en tener un carácter consumista-productivista (innecesario). La tarea (y es una difícil tarea) estará en determinar en donde se encuentra el límite entre consumo-producción sanos y el consumismo-productivismo depredadores de la materia y del espíritu. Todo necesita un cierto mesuramiento y equilibrio.

3. Y continua Juan: “No estoy seguro, que tuviera que decrecer el consumo de la energía solar”.  Yo hasta hace no mucho pensaba lo mismo: ¡benditas energías alternativas! Hasta que un día reflexionando concluí que sí que eran benditas por ser limpias, pero sólo hasta un límite, porque un crecimiento ilimitado de energía solar (aunque esta sea ilimitada) tampoco es defendible, pues ocasionaría una esquilmación acelerada de materia, que esta sí que es ilimitada. Sería una especie de “efecto rebote”.

4. Es desacertado considerar que no es admisible el decrecimiento demográfico y que Torres diga:

 “No entraré ahora en las implicaciones de tesis más fatalistas del decrecimiento que estiman que lo que sobran son personas y que también la población debe decrecer”. Pues afirmar esto es caer en un prejuicio debido principalmente a la fuerte presión antimalthusiana generada hacia los años 60 del siglo XX debida principalmente a los impulsores de la “revolución verde” que nos prometieron que a base de insumos agrícolas derivados del petróleo se iba a conseguir que los alimentos también crecieran en forma de sucesión geométrica, como, lo hace el decrecimiento demográfico. Pero, precisamente, desde la revolución verde se está dando el caso de que en el planeta mueren 5 veces más personas por hambruna, que antes de ella.

Luego, también están los prejuicios católicos de que debemos tener todos los hijos que Dios nos dé. Y también hay otros prejuicios que menciono en el capítulo 7º de mi segundo libro decrecentista[2]. Además no olvidemos que, en sólo los últimos 50 años la población mundial se ha duplicado (ha pasado de 3.500 millones  a 7.000 millones de habitantes) ni tampoco:

-Que ya hemos llegado a los 7 mil millones de habitantes.
-Que ya hemos sobrepasado el pico del petróleo. Que prolifera guerras del petróleo por todas partes.
-Que hemos destruido en los últimos 30 años el 30% de los bosques del planeta.
-Que estamos al borde de agotar las reservas pesqueras.
-Que el cambio climático apocalíptico ya está llamando a la puerta.

5. El que Torres haya afirmado que es prioritario crecer en repetidos artículos e incluso en este artículo que ahora comentamos, es algo que tiene que admitir y asumir como una laguna con respecto a la percepción del decrecimiento. Laguna que es perfectamente superable y rellenable.

Como se ve, el balance de sus aciertos (rellenos) frente a las lagunas es positivo. Luego pienso que (como me pasó a mí) su propia reflexión le haga rellenar y configurar esas lagunas.

Y ahora, paso a comentar, brevemente, el mencionado artículo, “crecer o decrecer” de Pedro Pérez Prieto/ Manuel Talens (Taxacla). Ya comenté al principio de este texto un par de ideas muy positivas:

En cuanto a la referencia a una opinión del torero “El Gallo”; y en cuanto a aquello de que el mundo está agotado. Pero a estas aportaciones de Pérez, hay que añadir algunas otras también muy positivas:

1. La crítica a la prima de riesgo y a que Alemania se auto-considere, desde el punto de vista económico, algo así como la “barra de platino iridiado de Paris”, “medida inalterable de todas las economías”.

2. Resulta importante que Pérez Prieto recuerde en sus artículos conceptos fundamentales del decrecimiento como puedan ser los de: capacidad de carga del planeta, el declive productivo, la tasa de retorno energético,  la energía neta disponible, etc.

3. Que anuncie que la cuestión no es elegir entre la verdad incomoda del decrecimiento y la mentira reconfortante del crecimiento.

4. Está muy bien descrito el gran peligro que entraña el considerar como solución energética suplir los 509 exajulios de energía mundial que gastamos actualmente a base de la implantación de centrales  nucleares, pues ello supondría tener que construir 14.000 centrales nucleares de un Giga vatio, existiendo reservas mundiales de uranio solo para la centésima parte de este número de centrales.

5. Es muy instructivo la declaración de Pérez en cuanto a lo que dice de que el plantearnos continuar limitadamente con un modesto crecimiento económico de un 3% (aparentemente inofensivo), nos llevaría inexorablemente en menos de un siglo a necesitar en España por ejemplo: la fabricación de 50 millones de vehículos en lugar de la fabricación de los 3 millones actuales, o bien a recibir anualmente a 800 millones de turistas en lugar de los 50 millones actuales, o bien que tengamos que abrir 16 veces más sucursales bancarias, que las actuales.

Así que el artículo de Pérez Prieto tiene un balance muy objetivamente positivo y un efectivo carácter didáctico. Pero adolece solo de una cosa:

Cae en ser un poco mecanicista, pues olvida que no solo de energía vive el hombre; aunque es cierto que ella es indispensable, pero no suficiente apara un desarrollo humano que debe de impregnar a todo decrecimiento feliz. El ser humano también necesita indispensablemente de los “bienes relacionales” que es un elemento del decrecimiento de los más básicos, pero que, por desgracia, resulta olvidado por muchos decrecentistas.

En cualquier caso debo de expresar mis felicitaciones a P.P.P. por su esplendido artículo.

Y para terminar quiero indicar que quienes deseen acceder a la polémica pueden hacerlo en estos enlaces:

23 de noviembre de 2011 Pedro Pérez Prieto, crecer-o-decrecer-that-is-cuestion.- Tlaxcala  Presentación del editor (Manuel Talens, critica a Torres y a Toño)

17 de noviembre de 2011 Toño Hernández - mas-acuerdos-que-desacuerdos-en-torno al decrecimiento (critica a torres)

 13 de noviembre de 2011 Julio García Camarero El 'decrecimiento' debe tender al 'mesuramiento' (critica a torres)

12 de noviembre de 2011  Juan Torres López Acuerdos y desacuerdos sobre crecimiento y decrecimientocrítica (critica Toño)

8 de noviembre de 2011 Toño Hernández Sobre algunas críticas incorrectas a la idea del decrecimiento

1 de noviembre de 2011 Julio García Camarero Sobre opiniones y reflexiones sobre el decrecimiento

29 de octubre de 2011  El blog de Onibl  Reflexiones personales sobre el decrecimiento 

27 de octubre de 2011  Félix Rodrigo Mora Controversia con Serge Latouche: ¿Revolución integral o decrecimiento?

25 de octubre de 2011   Juan Torres López -Sobre el concepto de decrecimiento

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[1] Pedro Pérez Prieto, crecer-o-decrecer-that-is-cuestion.- Tlaxcala  Presentación del editor Manuel Talens (critica a Torres y a Toño)  23 de noviembre de 2011
[2] Julio García Camarero El decrecimiento feliz y el decrecimiento humano, La Catarata, 2010



Hilos de reflexión sobre ¿la crisis? y la sostenibilidad de la vida

Amaia Pérez Orozco - Rebelión

Este texto es no es más que un intento de recoger por escrito reflexiones varias surgidas al calor de múltiples debates en diversos contextos y forma parte de un trabajo más amplio en preparación. Surge en este momento de ilusión del 15-M (esto es esperanza, y no la presidenta), pero se engarza con historias que venían de mucho antes. No es un texto acabado, redondo, con principio y fin. Es poco más que un borrador que recoge debates que hemos ido teniendo y lanza ideas para debates futuros. Es un texto que se lanza para el diálogo, para sentarse en una plaza y debatir, por eso no va maqueado ni pulcramente planchado; o sea: perdonad los posibles gazapos, los puntos suspensivos, y los argumentos a medio cocinar.


1. La crisis, ¿qué crisis?

El estallido financiero se ha adueñado de la concepción única y absoluta de “LA CRISIS”. Desde perspectivas críticas, llevábamos años denunciando que el proceso de valorización de capital se lograba mediante la puesta a disposición de dicho proceso del conjunto de la vida (humana y no humana). Es decir, convirtiendo la vida y sus necesidades en un medio para el fin de acumulación de capital; en el mejor de los casos, en el peor, la vida constituía un estorbo y lo más rentable era destruirla. A esto lo habíamos denominado conflicto capital-vida. Con esta expresión nos referíamos al tipo de vida que construye el capitalismo (qué formas de vida y qué dimensiones de la vida resultan rentables, productivas –por la doble vía de la producción o del consumo-), y a las dimensiones de la vida que no son rentables, que sobran, o a las vidas enteras que no eran rentables, que sobraban. En el proceso de financiarización de la economía, este conflicto se había agudizado, al producirse una parte creciente del proceso de valorización con una desconexión tremenda de los procesos vitales mismos.

En ese sentido, decíamos que el proceso de valorización se había dado a costa de la explotación del planeta (de la vida no humana). Y también a costa de poner la vida humana al servicio del proceso de acumulación, tanto en el Sur global como en el Norte global (si bien esta explotación tenía características e intensidades muy diversas). Esto había conllevado serios ataques a los procesos vitales, que veníamos luchando que se reconocieran como crisis profundas, sistémicas y acumuladas. Así, hablábamos respectivamente de una crisis ecológica (global); una crisis de reproducción social que afectaba al conjunto de expectativas de reproducción material y emocional de las personas en el Sur global; y una crisis de los cuidados, que afectaba a una dimensión concreta de las expectativas materiales y emocionales de reproducción (los cuidados) en el Norte global.

Luchábamos porque estos procesos vitales truncos se reconocieran como crisis… y nos estaba costando. Estábamos visibilizando las deficiencias estructurales de un sistema depredador (que no solo era capitalista, sino también heteropatriarcal, antropocéntrico e imperialista). Hablábamos de crisis de civilización porque atravesaba el conjunto de las estructuras (políticas, sociales, económicas, culturales, nacionales, etc.), pero también de las construcciones éticas y epistemológicas más básicas (la propia comprensión de “la vida”).
Llega entonces el estallido financiero y automáticamente y sin cuestionamiento alguno, le otorgamos el nombre de crisis. Realmente, lo que se produce es un quiebre en el proceso de acumulación, de valorización de capital, primeramente en los circuitos financieros. No es, de primeras, un quiebre directo de los procesos vitales. En ese sentido no es una crisis (no está –o no tan agudamente- en crisis el proceso vital, que es el que nos importa si ponemos la sostenibilidad de la vida en el centro). Son posteriormente el tipo de políticas que se ponen en marcha para recuperar el proceso de valorización (las llamadas políticas anticrisis, que son más bien políticas de recuperación de la ganancia) las que implican un serio ataque a las condiciones de vida. Esa ahí donde la respuesta política al estallido financiero empieza a devenir en crisis. Así, podemos prever que la recuperación del capital implique, en el Norte global, un agravamiento serio de la crisis de los cuidados (vía reducción de servicios y prestaciones públicas, traslación de carga de trabajo al trabajo no remunerado y flexibilización y desregulación creciente del mercado laboral), así como el comienzo de una crisis de reproducción social para ciertos segmentos sociales (vía hipersegmentación social y vía paso de situaciones de precariedad en la vida a situaciones de exclusión, en un contexto de agudización de la dependencia del ingreso por la desaparición de mecanismos colectivos de absorción de los riesgos de la vida, dificultad de acceso a fuentes estables y suficientes de ingresos, pérdida de la noción de universalidad de los derechos y paso a enfoques asistenciales); y, en el Sur global, que se traduzca en un agravamiento de la crisis de reproducción social (por ejemplo, ya ha ocurrido en lo referente a la crisis alimentaria provocada por la especulación con alimentos).

Así, una primera pregunta es de qué crisis estamos hablando.

Ante la crisis, hay múltiples frentes de intervención, pero me limito a resaltar dos “pres” y dos intervenciones simultáneas.


Los "pres" para intervenir en la crisis

2.1 La "desfinanciarización" de la economía

Someter a los mercados financieros a un control realmente democrático, poner coto a la capacidad de las empresas de crear dinero financiero, exigir responsabilidades a gestores financieros, agencias de calificación, instituciones, etc. Es decir, la reversión del proceso por el cual los mercados financieros estaban alejándose por completo de toda posibilidad de control y de todo vínculo con el resto de procesos socioeconómicos (lo que en palabras de Mertxe Larrañaga podemos llamar "desfinanciarizar" la economía) es una exigencia que no solo toma cuerpo, sino que es compartida una pluralidad enorme de gentes. El problema es si con ello aspiramos a volver a poner a las finanzas al servicio de la producción como fin último de la reivindicación, es decir, que queremos volver a una especie de capitalismo bueno, movido por la demanda, léase el consumo.

Las diversas medidas que nos llevarían a esa desfinanciarización debemos leerlas en términos de aminorar el conflicto capital-vida. Si bien sabemos que este conflicto es inherente al capitalismo heteropatriarcal, puede tener diversas intensidades. Y en el paso de la lógica K-M-K’ a la lógica K-K’ se había agravado. Se trata, por tanto, de exigir esta bajada de intensidad del conflicto a la par que cuestionamos el sistema capitalista en sí.

(Existen múltiples propuestas que dan forma a esta desfinanciarización -entre otras, pueden verse las propuestas del grupo de trabajo de economía de Sol, propuestas de grupos como ATTAC, u otras realizadas desde el ámbito de la economía ecológica- el debate central es si se “limitan” a, digamos, poner algo de orden en el casino global, o si replantean de arriba abajo el papel del sistema financiero, su carácter privatizado, e, incluso el rol del dinero como medio de acumulación de valor).


Feminismo anticapitalista, esa Escandalosa Cosa y otros palabros

Amaia Pérez Orozco - Feministas.org

 La idea de esta ponencia es retomar el hilo de los debates sobre el capitalismo y el patriarcado, sempiternos en el feminismo, a la luz de la crisis civilizatoria que estamos viviendo. Parto de un sentimiento de urgencia, la urgencia de tener, como feministas, una voz incómoda, como dicen algunas compañeras, una postura molestosa, como dirían otras, ante lo que (nos) está ocurriendo. Hace mucho venimos debatiendo si el capitalismo y el patriarcado son dos sistemas distintos, si son uno solo, si se trata de un capitalismo patriarcal o un patriarcado capitalista. Y qué tienen que ver otros ejes de poder, si nos enfrentamos más bien a un patriarcado capitalista blanco, a un capitalismo patriarcal heterosexista racialmente estructurado… Si es que no tenemos ni nombres… porque, como dice Donna Haraway, ¿de qué forma podemos llamar a esa Escandalosa Cosa?

Pues bien, ¿qué hacemos hoy, Granada 2009, con esa Escandalosa Cosa en crisis? Aquí van unas breves líneas para afirmar que, en este momento, necesitamos retomar con fuerza un feminismo anticapitalista (o muchos feminismos anticapitalistas, ya que la voluntad, o el espejismo, de unidad se nos rompió y ahora andamos a la búsqueda de formas potentes de articular la diversidad). Para ello, en este texto (que, justo es decirlo, hace especial referencia al contexto del estado español y probablemente diga poco o suene extraño en otros) comienzo ahondando en la crisis de los cuidados – qué es, qué factores la han desencadenado, cómo está evolucionando – y, sobre todo, retomando brevemente algunos de los debates centrales que el discutir sobre esta crisis nos abría, y que tenían una fuerte potencia para la articulación de un feminismo anticapitalista diverso. Hablo en pasado porque, con el colapso financiero actual, esa articulación, que era frágil, está fuertemente amenazada; estamos a un tris de replegarnos hacia un feminismo productivista de fetichización del trabajo asalariado. Y, sin embargo, esa misma crisis, si le entramos estratégicamente, puede funcionar como acicate de cambio, como catalizador de esa articulación de un feminismo anticapitalista diverso.


Pero, antes de nada, ¿por qué es importante hablar de cuidados? ¿Qué potencia tiene dedicarle una atención específica y prioritaria? Entre otros muchos motivos que podríamos alegar y que de seguro nos vienen a la cabeza, hay uno clave: en los cuidados se produce la materialización cotidiana de los problemas más “gordos”, más estructurales. A fin de cuentas, es ahí donde se esconden todas las posibilidades y trampas del conjunto del sistema. Discutiendo sobre los cuidados, en lo concreto, en la vida del día a día, estamos discutiendo sobre esos grandes “dilemas existenciales del feminismo” que, enfocados desde un ángulo demasiado macro, demasiado abstracto, a veces se nos escapan. Por ejemplo, cuál es la relación entre capitalismo y patriarcado, qué posibilidades de liberación tenemos en los márgenes del sistema, qué significa igualdad en el reparto del trabajo y los recursos y cómo conseguirla, cómo se relaciona el género con otros ejes de poder en lo económico… Los cuidados son algo así como “lo personal es político” en el ámbito económico.


  1. La crisis de los cuidados: qué es y qué la desencadena


¿Qué es la crisis de los cuidados? Es la ruptura del modelo previo de reparto de los cuidados, que sostenía el conjunto del sistema socioeconómico, que de forma clave conformaba la base sobre la que se erigían las estructuras económicas, el mercado laboral y el estado del bienestar. Se trataba de un modelo basado en dos características. En primer lugar, en adjudicar a las mujeres en los hogares la responsabilidad de resolver las necesidades de cuidados. No existían mecanismos colectivos para asumir esa responsabilidad: no eran ni el estado, ni las empresas, ni la comunidad quienes se hacían responsables, sino los hogares y, en ellos, las mujeres. No cada una aisladamente, sino organizadas en redes más o menos extensas, más o menos simétricas o atravesadas de relaciones de poder entre ellas mismas. En segundo lugar, se basaba en la división sexual del trabajo clásica. La que a nivel macro adjudicaba a las mujeres los trabajos de cuidados invisibles, los no-trabajos, y a los hombres el espacio del trabajo reconocido como tal, el asalariado. La que permitía que el ámbito de la economía “real” o “productiva” se construyera sobre la presencia-ausente de las mujeres: las mujeres presentes, activas, pero en los ámbitos económicos invisibles, los de los trabajos gratuitos. Y esa “ausencia”, esa invisibilidad, era requisito indispensable para que el sistema siguiera adelante volcando ahí todos los costes de mantener y reproducir la vida bajo las condiciones impuestas por un sistema que no priorizaba la vida, sino que la utilizaba para acumular capital. Presencia-ausente que, en el caso de las mujeres obreras, se convertía en doble invisibilidad: porque, en el tajo, debían actuar como si no tuvieran responsabilidades fuera de la fábrica; y, en la casa, debían aproximarse lo más que pudieran al modelo de ama de casa volcada en los suyos. División sexual del trabajo clásica que, a nivel micro, erigía en norma social la familia nuclear radioactiva, aquella del hombre ganador del pan / mujer ama de casa. Ojo, decimos que era la norma social, pero no hablamos de familia normal en el sentido de que fuese abrumadoramente mayoritaria, sino de que se imponía como modelo al que aspirar y respecto del cual se desviaban todos los grupos sociales problemáticos: lo rural que debía tender a desaparecer con el progreso, las lesbianas, las madres solas, las mujeres obreras, etc.


Pues bien, este modelo se viene abajo, lo cual en ningún caso significa que se haya descuajeringado algo que estuviera bien. Precisamente desde el feminismo se ha luchado mucho contra la división sexual del trabajo, contra la familia nuclear, por ser una de las piezas clave en la opresión de las mujeres. Pero sí se ha descuajeringado algo que sostenía una falsa paz social. Y aquí está el quid: las tensiones empiezan a salir a flote.


¿Y por qué esa ruptura? Por muchos factores. De algunos nos hablan por todos lados de forma sesgada y tendenciosa. El envejecimiento de la población es uno de ellos, que es cierto, innegable. Otra cosa es cómo lo miramos, si lo entendemos como un mero aumento de un montón de gente “dependiente” “mercantilmente no productiva”; y cómo lo construimos, si como un simple alargamiento de la cantidad de vida, al margen de la calidad de vida o de la capacidad de decidir sobre la propia vida. El envejecimiento de la población y… la inserción de las mujeres en el mercado laboral. Que, más allá de la reducción cuantitativa del número de mujeres disponibles 100% para las necesidades del hogar, de amas de casa a tiempo completo, es sobre todo importante por reflejar un cambio en la identidad de las mujeres, que nos negamos a renunciar al empleo, a toda vida profesional, a la independencia monetaria, para dedicarnos en plenitud al trabajo no pagado en la familia. El revuelo que se monta socialmente por esta “inserción de las mujeres en el mercado laboral” está asociado también a un proceso de clase: ya había un montón de mujeres en el mercado laboral, todas aquellas mujeres obreras sujetas a la doble invisibilidad que decíamos antes. Eran mujeres que vivían en plenitud esos problemas de “conciliación de la vida laboral y familiar”, pero que no tenían legitimidad social para plantearla como un problema público. El revuelo empieza a formarse porque el feminismo lo saca a la luz, como indudable consecuencia de un ejercicio de dignificación del trabajo asalariado de las mujeres; pero también porque empiezan a ser tensiones sufridas por mujeres de clase media y mayor nivel educativo que tienen mayor capacidad para que sus voces se oigan.


Pero hay otros factores de los que se habla mucho menos, de los que no se quiere hablar. La crisis de los cuidados está íntimamente relacionada con el modelo de crecimiento urbano, que conlleva la desaparición de espacios públicos donde se pueda cuidar de forma menos intensiva (sin el miedo a que atropellen a la cría, ¿no sería más fácil que baje a jugar sola con sus amigos, o dejar que vaya sola a gimnasia sin tener que acompañarla?), y genera una escisión entre los distintos espacios de vida que, además de robarnos una barbaridad de horas en transporte, hace que el curro, la casa, las amistades, la escuela, el centro de salud estén cada uno en una punta, que sea una locura ir de un lugar a otro, que no puedas simultanear tareas, ni pedir a alguien que eche un ojo al abuelo mientras bajas a hacer recados. La crisis de los cuidados está íntimamente vinculada a la “explosión urbana y del transporte motorizado”, sobre la que alertan desde el ecologismo social, y que está en la génesis de la crisis ecológica. Otro factor del que hablamos poco, muy poco, es la precarización del mercado laboral: la flexibilización de tiempos y espacios que, más allá de la retórica que nos quieran vender, responde sistemáticamente a las necesidades empresariales. El baile caótico de tiempos y espacios de trabajo vuelve imposible cualquier arreglo del cuidado medianamente estable. Y esa misma precarización hace que los (escasos) derechos de conciliación que se van reconociendo o ampliando (léanse permisos de maternidad, paternidad, excedencias, reducciones de jornada, etc.) lleguen a una fracción privilegiada de la fuerza laboral y dejen fuera a otra mucha, mucha gente. Por último, la pérdida de redes sociales y el afianzamiento de un modelo individualizado de gestión de la cotidianeidad y de construcción de horizontes vitales, nos deja muy solas a la hora de abordar estas pequeñas grandes dificultades de la vida. El modo individualizado y consumista de apañárnoslas, cada quien consigo y con lo que pueda comprar en el mercado. Y, cuando esto falla, el reiterado recule a la familia tradicional. Imaginamos alternativas de convivencia que no pasen por el mercado ni por los lazos familiares prototípicos, pero no las construimos con solidez. Por qué seguimos ahí estancadas, desde el propio feminismo, es algo que no tenemos claro. La asunción de mayores cotas de libertad en la organización de la vida cotidiana no va unida a la incorporación de la idea de vulnerabilidad, por lo que la libertad no se traduce en la construcción de una responsabilidad compartida para lidiar con nuestras vulnerabilidades inevitables. ¿Estamos derivando, como sociedad, pero también nosotras, hacia una idea de autosuficiencia más que hacia la constatación de la interdependencia vital? ¿Cómo lidiar con el deseo de libertad y la necesidad de compromiso?


La Cooperativa Integral "Una Aplicación del Decrecimiento" - Enric Durán

Crecer o decrecer: That is the question


Pedro Pérez Prieto - Tlaxcala


Presentación del editor (Manuel Talens)


Según la Wikipedia, “el crecimiento económico es el aumento de la renta o valor de bienes y servicios finales producidos por una economía (generalmente un país o una región) en un determinado período. A grandes rasgos, el crecimiento económico se refiere al incremento de ciertos indicadores, como la producción de bienes y servicios, el mayor consumo de energía, el ahorro, la inversión, una balanza comercial favorable, el aumento de consumo de calorías per cápita, etc. El mejoramiento de estos indicadores debería llevar teóricamente a un alza en los estándares de vida de la población.” [1]


También según la Wikipedia, “El decrecimiento es una corriente de pensamiento político, económico y social favorable a la disminución regular controlada de la producción económica con el objetivo de establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, pero también entre los propios seres humanos. Rechaza el objetivo de crecimiento económico en sí del liberalismo. [2]


Este artículo de Pedro Prieto, Vicepresidente de la Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos (AEREN) y miembro del panel internacional de la ASPO (The Association For the Study of Peak Oil and Gas), es una reflexión crítica sobre los retos energéticos que afronta nuestro planeta en esta segunda década del siglo XXI a causa del cada vez más cercano declive en la producción de combustibles fósiles. Parece axiomático que bajo el envoltorio financiero de la crisis económica actual se esconde agazapado un monstruo mucho más feroz que el de las irrestituibles deudas soberanas de prácticamente todos los Estados del mundo: el de la crisis energética. Sin la energía necesaria para mantener en marcha la máquina insaciable del capitalismo será imposible seguir creciendo y, pese a ello, son muy pocas –y poco escuchadas– las voces que se alzan para inyectar sentido común en las mentes de los líderes políticos que, como ciegos, cada día nos acercan más al precipicio de un utópico crecimiento, ignorando –¿o quizá ocultando?– que decrecer ha dejado de ser una opción para convertirse en algo ya tan ineludible como respirar o morir.

Prieto toma aquí como excusa una polémica, a propósito del decrecimiento, que en fechas recientes tuvo lugar en el sitio web www.rebelion.org entre un economista socialdemócrata y un ecologista. Por supuesto, el artículo que sigue a continuación no necesita de dicho contexto y puede leerse de forma independiente. Quienes no obstante deseen acceder a la polémica pueden hacerlo en estos enlaces:

1) Sobre el concepto del decrecimiento (Juan Torres López)
Manuel Talens, Tlaxcala
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Dibujo tomado de The Oil Drum.
  
He seguido con interés el debate que mantuvieron Juan Torres López y Toño Hernández en las páginas de Rebelión a propósito del concepto de decrecimiento y, dado que discrepo con algunas de las propuestas de ambos, me permito aportar un enfoque ligeramente matizado en las líneas que siguen.

Para empezar, tengo por cierto que, según cómo se plantee, el concepto de decrecimiento puede adolecer de inconsistencias. Por otra parte, a pesar de que siento simpatía por aquellos que de buena fe tratan de seguir “creciendo” en este mundo finito, coincido con Torres López y Hernández en que ese tipo de “crecimiento” también adolece de inconsistencias.

En primer lugar, creo obligado fijar unos principios para el planteamiento de mis puntos de vista.
Sobre si es posible crecer más o en qué forma y cómo puede hacerse, lo plantearé desde un punto de vista físico, porque los términos económicos al uso me resultan cada vez más extraños, ininteligibles y, las más de las veces, incoherentes, dicho esto con todos los respetos por quienes de buena fe, como es el caso de Juan Torres López o Vicenç Navarro, escriben profusamente sobre el tema con la intención de enseñar a los mortales no economistas –desde la perspectiva económica moderna– qué es lo que está pasando en este mundo.

Mi elección del punto de vista físico no es casual: cuando mido algo en el mundo real lo hago por medio de patrones inalterables, como el sistema de pesas y medidas. Un kilo, un litro, un metro, un grado centígrado, un vatio, un caballo de vapor son cosas que uno puede medir, valorar y comparar con carácter universal.
Sin embargo, el precio de una compañía como Telefónica o Exxon puede variar su valor bursátil hasta un 5 o un 8%… ¡en un solo día!, y ello tanto hacia arriba como hacia abajo sin que sus bienes tangibles, medibles, físicos, hayan cambiado un ápice en ese breve período de tiempo. La intangibilidad bursátil y el aumento gradual de los vaivenes a que asistimos desde hace tiempo han hecho que algunos pongamos en duda lo que nos dicen personas por otra parte muy fiables cuando nos explican el mundo y estas variaciones a través de “la realidad del capitalismo de nuestros días”.

Pondré un ejemplo: el concepto de la “prima de riesgo país” y la forma en que la economía convencional trata este asunto adolecen de una absoluta falta de rigor. Se fija un valor 100 para bonos del Estado alemán y el resto de países, al menos los de la Unión Europea, tienen que pagar lo que se ha dado en llamar un “diferencial” sobre ese valor; obviamente, esos países suelen situarse varios puntos porcentuales por encima.
Según este principio, la economía convencional supone que el valor alemán es inalterable, mientras que los demás países están sujetos a fluctuación y a pérdida o ganancia de confianza.

Al parecer, las fábricas, los bancos, las empresas de servicios o los sistemas bancario y financiero de Alemania son como la barra de platino iridiado que se conserva en el Museo de pesas y medidas de París y que definió por primera vez al metro como unidad de longitud. Eso sí que es una falta grave de rigor y seguramente nos sucede porque desde la desaparición de un patrón universal, como fue el oro, hemos perdido el norte de las referencias económicas.

La energía como factor de crecimiento

En el sistema escolar de mi juventud (ni siquiera había que llegar al grado universitario), se nos explicaba que la energía es la capacidad de realizar trabajo. Se trata de un principio físico, medible, inalterable y que responde perfectamente a las leyes de la termodinámica que, según Einstein (y algo sabía de esto), eran las leyes más incontestables del universo.

Y si a su vez consideramos que el trabajo es la esencia de la actividad económica, de la creación de bienes y de la prestación de servicios, es evidente que la actividad económica estará ligada, por obligación, a la disponibilidad de energía para llevar a cabo dicho trabajo.
Figura 1. Esta curva muestra que el crecimiento del PIB mundial exige necesariamente que también crezca el consumo de energía primaria en el planeta. Los datos son de la Agencia Internacional de la Energía (World Energy Outlook 2009). La actividad mundial es prácticamente una recta, cuya pendiente está entre los países OCDE (los más ricos), que pueden presumir de tener menos pendiente –esto es, de consumir menos por cada unidad de PIB generado– y los países no OCDE (los menos ricos), cuya pendiente es mayor que la del promedio mundial, esto es, consumen una mayor cantidad de energía primaria por menor unidad de PIB. Esto puede deberse al inferior estadio tecnológico y a la tercerización de las actividades más consumistas y contaminantes de los países del primer mundo en los del tercero, que aparecen como los menos eficientes.

Aunque la economía clásica utiliza muchos parámetros (de hecho, cada vez más) para medir la actividad económica, la forma más conocida para medirla es el Producto Interior Bruto o PIB. Creo entender que tanto Torres López como Hernández están de acuerdo en que el PIB no es necesariamente lo que determina, al menos de forma directa y comprobada, mayor bienestar o felicidad o seguridad para la especie humana. Se ha criticado a la izquierda por referirse también a este parámetro, pero no tanto a la economía clásica por seguir metiéndonoslo a diario con un embudo.

Por todo lo anterior, creo que puede establecerse una correlación según la cual la actividad económica sólo puede aumentar si al mismo tiempo aumenta la cantidad de energía puesta a disposición de la sociedad, sobre todo cuando se utilizan baremos de medida mundiales, no regionales, que podrían falsear los resultados.

Figura 2. Distribución del consumo de energía per cápita por grandes países o regiones y por tipo de energía. La línea roja muestra el PIB per cápita. Las fuentes son el Statistical Review of World Energy de British Petroleum (2010) y los datos de PIB del FMI. La energía primaria está expresada en vatios equivalentes de potencia per cápita. En el eje de abscisas, la población de 2007. La línea negra señala el consumo de energía per cápita promedio mundial. La línea roja muestra el PIB. Se observa una relación muy directa, salvo las singularidades de Rusia y Oriente Medio, explicables en gran parte por tratarse de grandes regiones productoras/exportadoras de energía y los consumos internos de esas gigantescas infraestructuras se les contabilizan a ellos. Es una estructura típica de Pareto de distribución desigual de la riqueza, principalmente energética, donde aproximadamente el 20% de la población utiliza el 80% de los recursos mientras que el 80% de la población debe conformarse con el 20% de los recursos, sobre todo energéticos.
Este inquietante gráfico fue elegido “Gráfico del año” por la prestigiosa revista digital estadounidense “The Oil Drum”.

A partir del hombre de Cromagnon (homo sapiens-sapiens, por fijar un límite), la energía que éste utilizaba provino durante unos dos millones de años de la biosfera, un medio prácticamente bidimensional que comprende la capa fértil de la Tierra y las láminas de agua superficiales. En esos dos millones de años, ninguno de nuestros antepasados tuvo grandes problemas con los conceptos de sostenibilidad/sustentabilidad o con el crecimiento o el decrecimiento.

Predominaba entonces (y parece que en determinados ámbitos todavía predomina) el mandato bíblico del “creced y multiplicaos” y para los pocos millones de individuos de la especie humana la Naturaleza era, por un lado, una amenaza a la que vencer y dominar y, por el otro, una fuente infinita de recursos nutritivos.

De eso se deducía que cuanta más proliferación humana y más actividad hubiese, mejor iba todo. De cualquier forma, era una suerte de imitación y cumplimiento del impulso animal y vegetal de patrón exponencial de reproducción, también inherente a los humanos como animales mamíferos vertebrados superiores. Hasta aquí no hay nada que objetar, porque la experiencia les mostraba que la Naturaleza se encargaba de equilibrar los crecimientos exponenciales de plantas o animales que sobrepasaban las posibilidades de los recursos del entorno que eran capaces de habitar.

Así transcurrieron esos dos millones de años, con algún salto en los consumos, como cuando los humanos descubrieron el fuego hace aproximadamente medio millón de años y se apropiaron por primera vez de energía exosomática, que los griegos tan bien reflejaron con el mito de Prometeo; o como cuando, hace unos 7 o 9.000 años, inventaron la agricultura y empezaron a domesticar animales en su propio provecho.

Sin duda aquellos fueron saltos cuantitativos en el aumento del consumo y también en una cierta mejora del bienestar material de la especie, todos ellos a costa de una mayor capacidad de transformación (en definitiva, de un deterioro) de la Naturaleza que, sin embargo, todavía estaba lejos de mostrarnos sus límites planetarios.

En este punto, quizá convenga añadir que existen revisiones antropológicas y sociológicas de los conceptos de “evolución” y “progreso”, según las cuales el inicio de los cultivos de plantas y de la domesticación de animales por parte de los humanos quizá no se debiesen tanto a su inteligencia superior como al agotamiento de las fuentes tradicionales de suministro que aquellos cazadores-recolectores tenían a su alcance.
En cualquier caso, ha sido apenas en los últimos 150 años cuando el mundo ha sufrido la transformación más radical de su historia: primero con la llegada de los motores de vapor y, más tarde, con los de explosión en sus dos grandes versiones (Otto y Diesel). La máquina de vapor inicialmente funcionaba con madera y muy pronto pasó a hacerlo con carbón, cuando el ritmo de explotación de los bosques se hizo insostenible en la Inglaterra del siglo XIX.

Figura 3. Evolución humana desde el punto de vista energético, expresada en vatios de potencia per cápita de las distintas culturas y estadios de dicha evolución, con discriminación de la energía invertida en satisfacer determinadas actividades humanas. Obsérvese que la civilización industrial y tecnológica más moderna destina muy poco porcentaje de energía (aunque una gran cantidad) a la alimentación y a la economía doméstica.

Figura 4. Evolución del consumo humano de energía en los últimos 160 años. Datos del World Economic and Social Survey UN. Páginas V y VII del overview y elaboración propia.

Esto provocó la primera explotación masiva de los recursos energéticos del subsuelo. Por primera vez en su historia, los humanos empezaron a utilizar masivamente recursos energéticos de la litosfera.

Hoy en día las máquinas multiplican la capacidad de realizar trabajo del propio metabolismo de los seres humanos hasta extremos que dañan aceleradamente la propia base del recurso que les permite vivir: la biosfera.

En la actualidad, la sociedad humana se mueve, con los desajustes y desequilibrios en el reparto de los recursos que todos conocemos, con prácticamente un 82% de los aportes energéticos que obtiene de la litosfera. Es preciso destacar que se trata de fuentes energéticas limitadas, finitas.

El 18% restante, que proviene de la biosfera, está constituido por los saltos hidroeléctricos, que en algunos continentes, como el europeo, están agotados en un 85% de las grandes cuencas fluviales, así como en el uso tradicional de la biomasa (madera, leña, residuos agrícolas, bostas de vaca, etc.), que todavía para muchos países pobres representan un 30% de su uso energético total, mientras que para otros más avanzados apenas suponen el 3%. En el ámbito mundial, la biomasa constituye aproximadamente un 10% de la energía primaria que el mundo consume, pero no deberíamos esperar aumentos en los aportes de esta fuente bidimensional, porque ya hemos hecho desaparecer el 50% de los bosques originales del planeta y el ritmo de destrucción neta de los mismos (deforestación, menor crecimiento natural e insuficiente reforestación artificial) se sitúa en un 1% anual.

Llegados a este punto, añadiré que quienes estamos preocupados por los aportes energéticos en este mundo solemos citar al célebre economista Kenneth Boulding, de la American Economic Association y de la American Association for the Advancement of Sciences: “Quien crea que el crecimiento exponencial puede continuar para siempre en un mundo finito es un loco o un economista”.

La energía y los economistas de la Tierra plana

En la economía clásica todo tiene un valor de mercado, incluida la energía que hoy mueve a la sociedad mundial. Pero muchos economistas de esos que en biofísica denominamos “de la Tierra plana” (es decir, aquellos que entienden que el crecimiento no tiene límites, por lo menos visibles o inmediatos, de la misma manera que los navegantes anteriores a Colón pensaban que la Tierra era plana y siempre había un “más allá”) no son conscientes de la terrible asimetría que supone la relación entre la energía y todos los bienes y servicios que la energía disponible facilita a la sociedad.

Pondré un ejemplo didáctico: supongamos que un automóvil cuesta 20.000 euros y que el litro de la gasolina que utiliza su motor cuesta 1 euro. Parece lógico llegar a la conclusión de que ese automóvil y 20.000 litros de gasolina son equivalentes.

Sin embargo, la energía no es un bien de consumo más, por mucho que la economía clásica así lo considere y que la ciudadanía se haya acostumbrado a que así sea. Muy al contrario, la energía es el requisito previo e imprescindible para que se puedan dar todos los demás bienes y prestar todos los demás servicios, pero no al revés.

Éste es un aspecto crucial que parece incomprensible para muchos economistas de la Tierra plana, un aspecto que sí tienen claro los economistas biofísicos, como José Manuel Naredo, a quien por fortuna ni Torres López ni Hernández discuten, o Joan Martínez Alier, otra figura de reconocido prestigio mundial en la economía del sentido común vinculada a las realidades físicas o, más recientemente, Oscar Carpintero, por citar sólo a tres. La disponibilidad de energía predetermina la posibilidad de realizar trabajo y, por lo tanto, predetermina la actividad económica. Esto no es algo reversible ni simétrico, por más que algunos economistas se empeñen en que para que la energía surja y quede a nuestra disposición sólo hace falta fijar un precio de mercado lo suficientemente alto como para que el mercado la provea.

Es muy habitual que los economistas –y no sólo los denominados neoclásicos– asuman, supongan o crean que la economía mundial se mueve con dinero en vez de con energía, lo cual hace que algunos científicos consideren que han perdido el contacto con la realidad.

Si la energía de que dispongo es exclusivamente la que tenía el homo sapiens-sapiens, es decir, la que podía ingresar de la ingesta de alimentos, mi capacidad de transformación de la Naturaleza y de creación de bienes y prestación de servicios se reduce a la de mi aparato musculoesquelético, es decir, a la de una máquina de apenas unos 100 vatios de potencia.

Si además utilizo la energía exosomática del fuego, podré realizar transformaciones algo mayores y aumentar la actividad. Si sobre ella añado la domesticación de animales puestos a mi servicio y la obtención de alimentos de forma más fácil mediante el cultivo, alcanzaré mayor capacidad de transformación de la Naturaleza en lo tocante a la producción de bienes o prestación de servicios.

Hoy consumimos unas 20 veces más energía que a principios del siglo XX. La población humana se ha multiplicado desde entonces por un factor algo superior a 6, lo cual quiere decir que los 7.000 millones de seres humanos actuales consumimos, en promedio, unas 3 veces más energía per cápita que el ser humano de principios del siglo XX.

Esta ingente capacidad de movilización humana es posible porque el 82% de la energía se extrae de fuentes no renovables de la tercera dimensión, de la litosfera. No es por factores monetarios o financieros. Se trata de fuentes de energía que están sujetas al agotamiento. Incluso la parte correspondiente al 10% de la energía primaria mundial, que proviene de la biomasa y se supone renovable, tiene también un elevado porcentaje de agotamiento y no renovabilidad, porque se explota a mayor ritmo que el de reposición natural. Por ejemplo, si un bosque se poda a una velocidad inferior a la del crecimiento de sus ramas, el recurso es renovable; si en cambio se expolia a una velocidad superior, el bosque desaparece y deja de ser un recurso renovable. Podría decirse que es cosa de Perogrullo, pero algunos economistas no parecen entenderlo.

Por si fuera poco, las últimas mediciones indican que ese consumo de energía que propicia una transformación tan brutal de los recursos naturales para la obtención de bienes y para la prestación de servicios ya sobrepasa entre un 40 y un 50% lo que se ha dado en llamar la capacidad de carga del planeta; esto es, la capacidad que tiene la biosfera de regenerarse a su ritmo natural de reemplazo para seguir manteniendo la base de recursos vitales que dan vida a este mundo. Por su parte la litosfera, si es que se regenera, lo hace a ritmos geológicos, que quedan fuera de nuestra escala.

Por todo lo anterior, creo que el debate entre Juan Torres López y Toño Hernández sobre las interpretaciones que se dan a los conceptos de decrecimiento o de crecimiento es un ejercicio algo retórico, ya que una vez más se los saca de su contexto natural y se olvida el concepto clave de la ecuación, la energía.

Es obvio que el crecimiento no es algo malo y, como bien dice Torres López, es mucho más convincente y agradable como concepto que el decrecimiento. Pero la Naturaleza ha dispuesto que todo ser vivo crezca, llegue a un pico o cenit vital y luego venga su declive, su decrepitud progresiva, su envejecimiento y su muerte. El hecho de que los individuos estén sometidos a ese ciclo es lo que permite que las especies se sostengan de forma estable. Nunca antes de nuestra civilización actual se había ignorado, despreciado o ninguneado hasta tal punto este principio inmutable, inexorable y natural.

Nunca tantos seres humanos nos habíamos equivocado tanto al olvidar que los crecimientos infinitos no existen en el mundo finito. Ningún ser vivo puede crecer de manera indefinida. Lo hace hasta que agota el medio del que vive, y, luego, se colapsa. O bien lo hace siguiendo los ciclos o ecuaciones de Lotka-Volterra de relación entre predador y presa, en los que la especie del predador crece hasta que se agota la base de su recurso y entonces decae hasta que el ciclo se vuelve a repetir si es que la especie predada –o la predadora– no terminan de extinguirse.


Figura 5. Ciclos típicos de Lotka-Volterra entre poblaciones de presas y predadores, según el recurso de las presas va dejando sin alimento a los predadores. Se observan crecimientos y decrecimientos cíclicos de ambas poblaciones.


Podemos ignorar esto y seguir pensando que crecer sin tasa (o incluso como algunos buenistas proponen, hacerlo de forma moderada, para aguantar más) es algo bonito… pero no es realista.

Decrecer o morir

El decrecimiento ha dejado de ser una opción o una alternativa y empieza a ser una circunstancia inexorable. Los síntomas de llegada al cenit de los principales combustibles fósiles que alimentan la actividad humana (la economía bien entendida, en suma) son cada vez más evidentes. Y al cenit de la producción o el flujo de un combustible finito sólo puede seguir un declive productivo irreversible.



Figura 6. Visión general del cenit y posterior declive de la producción mundial de petróleo y gas.
The Association for the Study of Peak Oil and Gas (ASPO). www.peakoil.net.

 
Figuras 7, 8, 9, 10 y 11. Visiones de grandes multinacionales del petróleo y de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) sobre el futuro de la producción mundial: Exxon Mobil, Total, el ENI italiano, Repsol YPF y la AIE. Nótese que estas grandes empresas no suelen admitir pública y abiertamente que el cenit de la producción mundial es inminente, pero a veces sus gráficos en momentos muy particulares parecen indicar lo contrario.


Figura 12. El llamado Oil-i-Gator o la brecha creciente. El economista jefe de la Agencia Internacional de la Energía ha terminado por reconocer que el declive productivo promedio de los 580 mayores pozos de petróleo del mundo no era en realidad del 3,6% anual, sino del 6,7%. Eso significa, en sus propias palabras, que sólo para compensar el declive de dichos pozos, durante los próximos 20 años habría que descubrir, desarrollar y poner en producción yacimientos equivalentes a Tres Mares del Norte (18 millones de barriles diarios de nuevos yacimientos); y que para mantener un crecimiento sostenido mundial habría que descubrir, desarrollar y poner en producción yacimientos equivalentes a seis Arabias Sauditas (unos 60 millones de barriles diarios de nuevos orígenes). La AIE ha reconocido en su World Energy Outlook de 2010 que el cenit o producción máxima mundial del petróleo convencional tuvo lugar… ¡en 2006! Curioso silencio, durante un trienio, por parte de una agencia mundial de la energía que hace informes anuales.

Desde el año 2006, el petróleo convencional ha llegado a su cenit y la suma de todos los denominados “combustibles líquidos” (una equívoca expresión utilizada en fechas recientes por la Agencia Internacional de la Energía o AIE) se ha mantenido en un angustioso bumpy plateau, es decir, en una ondulante meseta productiva de unos 85 millones de barriles diarios.




Figuras 13
y 14. La meseta de la producción mundial de petróleo, constatable desde 2006, donde el petróleo convencional (el de mayor calidad y contenido neto de energía) muestra un inquietante estancamiento o incluso una caída). El resto del petróleo no convencional apenas llega a cubrir el hueco de la producción convencional, formando la llamada y temida “meseta ondulante”.

Llegados a este punto, creo que vale la pena recordar aquí el concepto de Tasa de Retorno Energético o TRE (en inglés, Energy Return on Energy Invested o ERoEI), que es el cociente entre la cantidad de energía neta que queda a disposición de la sociedad y la que hay que consumir en el proceso de obtenerla).

Ese cociente no ha cesado de disminuir desde hace décadas, por la lógica elemental de que se empezó por extraer petróleo de los yacimientos más grandes, de más fácil acceso, más superficiales y de mejor calidad de crudo. Una vez agotados éstos, para extraer la misma cantidad de petróleo se va necesitando cada vez más energía (nótese que digo “más energía”, no “más dinero” como dirían los economistas de la Tierra plana) a medida que hay que desplazarse a campos petrolíferos más lejanos, más profundos, más pequeños, de peor calidad, más inseguros o más inaccesibles.

Esto supone una disminución de la energía neta disponible para la sociedad mundial, ya que el complemento compensatorio se reemplaza con fuentes de energía de mucho menor rendimiento neto o “no convencionales”, es decir, con petróleos de aguas ultraprofundas, de esquistos o pizarras bituminosas, de zonas polares o de líquidos provenientes del gas natural o de la exasperante utilización masiva de biocombustibles provenientes de cultivos que en muchos casos compiten con la alimentación humana para nutrir los estómagos de las máquinas.

Figura 15. Muestra de cómo una mayor producción nominal de combustibles líquidos no supone automáticamente más energía puesta a disposición de la sociedad, pues a medida que avanza la explotación de un recurso finito empeora la calidad promedio del mismo y ofrece menos energía neta para el mismo volumen extraído.

Si consideramos que el petróleo mueve el 95% del transporte mundial, resulta muy inquietante que apenas algún economista haya sido capaz de intuir siquiera la posibilidad de una mínima relación entre este estancamiento del aporte energético global y neto a la sociedad mundial y la crisis económica y financiera también global que se desató en 2008, justo pocos meses después de que los “mercados” estableciesen el precio del petróleo en 148 dólares por barril. Como si la energía y la economía fuesen conjuntos absolutamente ajenos entre sí…

El petróleo, por ser el combustible más potente, manejable y versátil, además del de mayor volumen de toda la cesta energética mundial, tiene una relación todavía más directa con la actividad económica que el resto de la energía primaria.

En consecuencia, por mucho que las masas desinformadas prefieran las mentiras piadosas a las verdades como puños, en la actualidad ya no se trata de “preferir” el crecimiento al decrecimiento ni de elegir entre la “verdad incómoda” del decrecimiento o la “mentira reconfortante” del crecimiento, sino de analizar y orientar los posibles e inexorables caminos que se abren ante nosotros para decrecer, porque como bien decía Margarita Mediavilla en su excelente artículo “Decrecer bien o decrecer mal”, el decrecimiento es un hecho, no una opción.

O decrecemos voluntariamente y de la forma más organizada posible hasta niveles que permitan una vida verdaderamente sostenible sobre el planeta (que no tiene por qué ser indigna, pero desde luego va a ser mucho menos intensa que la actual en la capacidad de transformar el medio) o la Naturaleza se encargará de hacerlo por nosotros de forma mucho más dolorosa para la Humanidad.
Cuando Torres López dice:

Simplemente discrepo del concepto de decrecimiento que utilizan para definir tales estrategias porque creo que carece de rigor, que no puede hacerse operativo, porque creo que no responde a la realidad del capitalismo de nuestros días y porque, por esas razones, me parece que solo puede servir para estimular una creencia o simples acciones testimonialitas pero no para combatir eficazmente el capitalismo.

creo que quien carece de rigor es él. En el mundo físico, cuyas leyes están por encima de las leyes económicas, sólo se crece en actividad y capacidad de producción de bienes y prestación de servicios si existe la disponibilidad energética para hacerlo. El hecho de que en los últimos 150 años haya habido importantes crecimientos sostenidos, que se han basado en la explotación creciente de los combustibles fósiles y cuyos datos son tan públicos como rigurosos, no implica en absoluto que esto pueda seguir así de forma indefinida.

Es más, no sólo se acumulan las pruebas de que el petróleo está ya en su cenit o pico de producción mundial, sino que también empieza a estar claro que el gas natural será el siguiente en llegar a su cenit dentro de una o dos décadas y que un poco más adelante le tocará el turno al carbón. Sobre todo en lo que respecta a los aportes energéticos netos reales, que son cada vez menores a medida que hay que ir a explotar recursos de menor contenido energético y calidad, más lejanos, más profundos y de yacimientos cada vez más pequeños e impuros.

¿Nos salvarán las energías llamadas renovables o la nuclear?

Hay quienes tienen la esperanza de que las energías renovables o la nuclear puedan compensar con sus propios aportes la progresiva disminución de energía fósil en tiempo real, es decir, aumentando sus flujos en proporción inversa a la mengua de combustibles fósiles.

No me extenderé mucho en este aspecto. Señalaré solamente que el mundo consumió en 2005 unos 509 Exajulios de energía. Expresados en valores energéticos comprensibles para el lector, esos 509 Exajulios equivalen a unas 15.000 centrales nucleares de 1 Gigavatio o a unos 12.000 millones de toneladas de petróleo equivalente.

Lo curioso es que pocos son conscientes de que, de toda esa gigantesca cantidad, apenas 59 Exajulios (es decir, un 10,6%) fueron el aporte energético eléctrico a la sociedad mundial. Eso significa, ni más ni menos, que nuestra sociedad industrial y capitalista actual en su conjunto es fundamentalmente no eléctrica. Y como las energías renovables modernas y la nuclear sólo producen electricidad, el cambio de las infraestructuras mundiales desde la energía fósil a la eléctrica sería una tarea titánica cuya existencia sólo es posible en las pizarras de algunos ilusionistas.

Pero, además, lo cierto es que las reservas probadas de uranio dan para unos 60 años de consumo en las 440 centrales nucleares que operan en la actualidad (y eso si nos olvidamos de la inolvidable Fukushima y de las que todavía siguen detenidas en Japón como consecuencia del terremoto y el tsunami posterior). Si consideramos que una central nuclear suele tardar unos diez años en generar el primer vatio desde que se planifica hasta que empieza a funcionar, la tarea de construir varios miles de centrales nucleares es algo insensato, porque antes de tener a punto los primeros centenares se habrían agotado todas las reservas mundiales existentes de uranio... por no hablar de que su cenit mundial de producción será muy anterior al agotamiento total, como hemos visto que sucede con el petróleo.

Con respecto a la posibilidad de que las modernas energías renovables (eólica y solar, fundamentalmente) cumplan la tarea, por mucha buena voluntad que tengamos y por mucho informe que alguna organización ecologista haya publicado, la realidad es que los 200.000 MW de potencia eólica que había instalada en el planeta a finales de 2010 produjeron un 1,8% de la electricidad que el mundo consumió ese año.

A esto se le añade el agravante de que entre el año 2009 y el 2010 el consumo eléctrico mundial aumentó un 5,9%. Si se considera que toda la capacidad mundial de producción de aerogeneradores llegó a suministrar en 2010 unos 40.000 MW, las matemáticas indican que sólo para cubrir el aumento del consumo eléctrico mundial de 2010 habría que haber multiplicado por 15 la producción mundial de aerogeneradores.

Si, además, lo que se pretende –en el poco tiempo de que ya disponemos– es sustituir la generación eléctrica de origen fósil o nuclear por la eólica, sería necesario aumentar esa capacidad fabril entre 50 y 100 veces. Y aún así, lo único que se estaría resolviendo –en las pocas décadas de que ya tampoco disponemos– es el problema del suministro eléctrico (que, recuérdese, fueron sólo unos 54 de un total de 509 Exajulios). Por supuesto, si lo que se pretende es resolver el problema del aporte de la energía fósil en todos los ámbitos las escalas se multiplican hasta lo utópico.

A nadie se le oculta que estos sistemas renovables, por más deseables que sean, han sido instalados fundamentalmente en países muy desarrollados (el 67% en Europa o en América del Norte) y el 28% en países emergentes, todos ellos con políticas de primas y subvenciones.

Tales primas y subvenciones son posibles en las sociedades con excedentes dinerarios y, por lo tanto, energéticos (por supuesto, fundamentalmente de origen fósil), lo cual hace muy dudoso que, si estas sociedades empiezan a declinar por falta de los combustibles que ahora las alimentan, vayan a poder seguir destinando los ingentes recursos mencionados a esos reemplazos.

Por último, tampoco los partidarios de estas energías se han visto jamás ante la tesitura de tener que analizar el impacto de estos desarrollos elefantiásicos desde una visión de arriba abajo (top-down). Hasta ahora se han contentado con hacerla de abajo arriba (bottom-up), es decir, se instala un anemómetro en un campo y si produce x energía, se multiplica x por el número de aerogeneradores y eso es lo que se espera obtener de dicho campo.

En una reciente publicación de la prestigiosa revista Energy Policy, titulado “Global wind power potential: Physical and technological limits” [El potencial global de la energía eólica: límites físicos y tecnológicos], los profesores Carlos de Castro, Margarita Mediavilla, Luis Javier de Miguel y Fernando Frechoso, investigadores de la Universidad de Valladolid, concluyen que el límite técnico superior a escala mundial que se podría llegar a captar de forma eólica sería del orden de 1 TW, totalmente insuficiente para pensar en cubrir las fauces de ese ominoso Oil-i-Gator: la llamada “brecha creciente” que van a ir dejando los combustibles fósiles.

Y en cuanto a la energía solar, a la que se concede un mayor grado de potencial teórico, sin lugar a dudas la situación es similar en los aspectos analizados para la energía eólica: el 75% de todas las instalaciones mundiales se han llevado a cabo en Europa y el 15% en USA y Japón, es decir, en sociedades (hasta ahora) muy excedentarias en poder económico y financiero (y, por lo tanto, en excedente energético) que podían permitirse destinar sus excedentes a estos menesteres. Y, aún así, en 2010 apenas produjeron el 0,28% de la electricidad mundial. Sus menos de 20.000 MW de capacidad fabril anual deberían multiplicarse como los panes y los peces para poder obrar un milagro.

Lo peor es que, por poner un ejemplo concreto, ni los gobiernos griego, portugués, irlandés, español o italiano, que han impulsado considerablemente estas energías en Europa, parecen estar en condiciones de seguir haciéndolo tras la aparición de los primeros síntomas de agotamiento o llegada al cenit económico (y energético) de sus sociedades, alimentadas principal y básicamente por energía fósil. Otro de los detalles que está siendo sorprendentemente ignorado por la mayor parte de la economía convencional, es que son precisamente esos países europeos con mayor crisis los que sufren las mayores dependencias energéticas, especialmente de petróleo, de toda la UE.

Y, por supuesto, también la energía solar adolece del grave problema de que hasta ahora nadie ha hecho estudios de “arriba abajo” para ver si estos sistemas también tienen límites técnicos y ecológicos inferiores a los que se les supone. Los primeros estudios en borrador parecen apuntar a límites considerables, incluso si el orden de su magnitud es superior al de los eólicos.

Sus rendimientos netos, algo que debería preocupar a todo científico o economista antes de lanzarse al vacío de una producción masiva, parecen dejar mucho que desear, aunque los estudios publicados hasta la fecha indiquen que tienen Tasas de Retorno Energético (TRE) de entre 8 y 20. Los estudios que está acabando quien esto suscribe, revisados por varios profesores de distintos países expertos en la materia, incluyen los costes energéticos de los entornos sociales –imprescindibles para que estos sistemas se puedan producir y mantener– e indican una TRE por debajo de 3. Esa Tasa de Retorno Energético no podría sostener a una sociedad con una intensidad de consumo como la actual, aunque no hubiese otros límites técnicos o ecológicos.

Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible

Es evidente, sin ningún género de dudas y sin tener que decirlo con cierta vergüenza, que abogar por el decrecimiento es abogar por la disminución de la magnitud energética que predetermina la producción, el consumo o ambas cosas a la vez.

Es cierto que algunos partidarios del decrecimiento no se han planteado qué volumen de decrecimiento proponen para alcanzar sus objetivos. Además, hay que plantearse el lapso temporal para llevarlo a cabo, porque el tiempo se acaba inexorablemente.

Es cierto que muchos grupos ecologistas han perdido demasiado tiempo hablando de “desarrollo sostenible”, algo que es físicamente imposible. Y lo peor es que, además, el mundo industrial, empresarial y financiero no ha dudado en apropiarse del concepto para sus propios fines.

Es cierto que todavía hay grupos ecologistas que siguen insistiendo en que con las llamadas energías renovables, que en realidad son sistemas no renovables capaces de captar parte de los flujos de energía renovable del planeta, podemos seguir la senda de la llamada sostenibilidad en estos niveles insostenibles.

Pero no es menos cierto que los economistas que abogan por crecimientos sostenidos y moderados también adolecen de una extrema ausencia de rigor, pues olvidan o ignoran una máxima incuestionable que el vulgo atribuye al legendario torero Rafael Gómez Ortega, apodado “El Gallo” (1882-1960): “Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible”.

En la economía actual o convencional, los economistas consideran que crecer un 9% anual, como hace China, es la prueba de una economía floreciente; que crecer un 3% anual no sólo es lo normal sino que, por alguna razón que desconozco, es la frontera mínima para empezar a “crear empleo” (la obsesión de vincular el empleo al crecimiento, cuando existe constancia histórica de sociedades humanas sin crecimiento económico perceptible durante largos periodos de tiempo y, sin embargo, con niveles de empleo generalizados). Y, por último, el simple hecho de no crecer lleva a cualquier partido político a la derrota electoral en esta democracia representativa que impera en Occidente.

Proyecciones para un futuro incierto

Con tales premisas, cabe plantear lo siguiente:

Supongamos que se acepta que el crecimiento de una economía nacional, como la española, sea de un moderado 3% anual (que siempre es acumulativo) y proyectemos luego matemáticamente ese 3% a lo largo del tiempo: al cabo de 25 años la actividad económica actual se habrá duplicado; al cabo de 50 se habrá cuadruplicado y al cabo de 100 se habrá multiplicado por 16.

Estas cifras hacen que surjan las siguientes preguntas: ¿Podrá España producir en 2110 16 veces más autovías que hoy; 16 veces más líneas de alta velocidad; 16 veces más túneles, obras públicas o edificios que hoy? Si hoy en día tenemos capacidad fabril para cerca de 3 millones de vehículos privados al año, ¿podremos permitirnos la fabricación de 50 millones de vehículos privados anuales, aunque sean eléctricos? ¿Botellines o latas de cerveza, aunque sean reciclables? Y así con cualquier actividad económica productiva o de servicios. ¿Podremos acoger a 800 millones de turistas al año, 16 veces más de los 50 que ahora acogemos? ¿Podremos tener 16 veces más sucursales bancarias?

Se reconozca o no, el modelo actual está agotado. Punto y final. Finiquito. No es aceptable la vaguedad con que se despacha esta grave contradicción del crecimiento exponencial posible vendiendo entelequias de actividad económica intangible para suplir esta monstruosa capacidad de transformación del mundo físico que hemos alcanzado con conceptos etéreos que, supuestamente, ni alteran ni manchan la naturaleza y que, también supuestamente, permitirán que la máquina siga funcionando. El mundo no funciona así.

Y en cuanto al volumen de decrecimiento, si existe un mínimo de seriedad y compromiso hay que ir más allá de la vaguedad del “hay que hacerlo”. En un artículo que publiqué recientemente, titulado “Un mensaje a los indignados occidentales”, expuse con la ayuda de datos del mundo físico cuál es el volumen de decrecimiento que sería necesario para alcanzar un mundo sostenible y sugerí por dónde empezar: lógicamente por los que más consumen. Sin duda los datos son muy preocupantes, pero a veces es mejor decir la verdad de una vez por todas que seguir instalados en el sopor del sueño del crecimiento infinito.

Por otra parte, los economistas anclados en el crecimiento también tienen la obligación de hacer examen de conciencia. Ya está bien de abogar por crecimientos más o menos limitados sin explicar las consecuencias a largo plazo y mirando únicamente las hipnóticas pantallas giratorias de la bolsa de valores, los indicadores bursátiles, los Presupuestos Generales del Estado o la mera satisfacción del placer, del confort o de la comodidad de sus conciudadanos a toda costa.

Notas




Gracias a: Tlaxcala
Fecha de publicación del artículo original: 20/11/2011
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