Construyamos una alternativa colectiva al capitalismo: integrando activismo y necesidad en los barrios

Enric Durán

Si hay una solución común para todos los colectivos afectados por la crisis que sea al mismo tiempo un paso hacia una alternativa de sociedad, ésta pasa por la organización colectiva en el ámbito vecinal y comunitario. Reforzar las relaciones comunitarias es un medio contra la precariedad vital y al mismo tiempo una finalidad en sí misma. Volver a la comunidad es uno de los referentes básicos del movimiento por el decrecimiento, ya que quien aprende a compartir y a moverse en un entorno solidario, se da cuenta de que el consumismo ha sido una práctica sin sentido que creó adicción cuando olvidamos que los lazos sociales no tienen precio. En cambio, la generación de espacios y bienes compartidos ayudará a reducir el impacto ecológico de nuestra presencia en la Tierra al mismo tiempo que hará aumentar nuestra calidad de vida.

En este contexto, las cooperativas me parecen el método legal idóneo para agregar voluntades a una práctica poscapitalista que haga abandonar la propiedad privada en bien de la colectividad. Además, esta forma jurídica nos permite al mismo tiempo construir economías colectivas y autogestionarias y protegernos de los embargos de los bancos y de los estados, estos últimos cada vez más incisivos con la práctica de las penas-multa como forma de represión.

El reencuentro entre los vecinos en sus barrios debería servir para potenciar, en amplias capas de población, la autogestión de sus necesidades. Como miembros de una cooperativa en que cada cual aporte su profesión, oficio, habilidad o simplemente su tiempo, pueden poner en común productos y servicios entre los asociados cubriendo comunitariamente parte de sus necesidades y al mismo tiempo venderlos fuera para poder adquirir los ingresos que les permitan cubrir los gastos monetarios de su día a día. Este espacio de socialización también puede servir para romper con las relaciones verticales y mercantiles que han marcado en el capitalismo actual el acceso a necesidades básicas como la educación y la salud; y que entre todos podamos poner en común la práctica de aprender a aprender, para así poder autogestionar nuestra vida cotidiana.


Obsolescencia

Bolívar Hernández Estrada - Freud en el parque de México

Los romanos construyeron puentes que, dos mil años después, siguen ahí. Y en la localidad de Livermore (California) funciona una bombilla que ilumina un cuartel de bomberos desde 1901. Sin embargo, en general, el engranaje industrial desarrolla equipos de electrónica de consumo, móviles y otros aparatos con una vida tan fugaz que ni deja rastro en nuestra memoria. Se hacen perecederos al poco de nacer.

Diseñados para tener una vida corta, frecuentemente ni siquiera tienen una segunda oportunidad tras estropearse. Desaparecen los servicios de reparación (o es muy complicado acudir e ellos), lo que demuestra una concepción basada en la idea de usar y tirar. En la vida cotidiana, apenas se habla de reparar, reponer o reutilizar ante unas pautas que hacen que todo sea rápidamente viejo y fugaz.

Pero acortar el ciclo de vida comporta un agotamiento de recursos naturales, derroche de energía y una producción de desechos imparable.

La caducidad planificada caracteriza nuestro modelo económico, y forma parte consustancial de él. Ha sido históricamente la palanca que ha activado la compra y el crédito. "La obsolescencia programada surgió a la vez que la producción en serie y la sociedad de consumo", sostiene Cosima Dannoritzer , directora del documental "Comprar, arrojar, comprar", producida por Mediapro en colaboración con otras seis televisiones.

El problema es que ahora es una práctica sistemática que “está teniendo efectos ambientales terribles", sostiene.

Por eso, los productos tienen una historia marcada en origen. En Livermore (California) se preparan para festejar los 110 años de vida de su bombilla de gruesos filamentos. Pero esa bombilla, que ha sobrevivido a dos webcams, es una excepción. De hecho, la bombilla es tal vez el primer exponente del deliberado acortamiento de la vida de un producto de consumo.

En 1924 se creó el cártel de “Phoebus”, integrado por diversas compañías eléctricas, con la finalidad de intercambiar patentes, controlar la producción y ...reorientar el consumo. Se trataba de que los consumidores compraran bombilla con asiduidad. El resultado de esta actividad es que en pocos años la duración de las bombillas pasó de 2.500 horas a 1.500 horas, según el documental.

El cartel incluso multaba a los fabricantes que se salían del camino. El asunto dio lugar en 1942 a una denuncia del gobierno de EE.UU. contra General Electric y sus socios pero, pese a la sentencia, las bombillas corrientes siguieron funcionando una media de 1.000 horas.

Coches, medias e iPods

Y en la misma dinámica entraron los coches o las media de nylon. La mitad de los vehículos del mundo en los años 20 eran el modelo T, de Henry Ford, fiables y duraderos pero sucios y ruidosos. Sin embargo, su competidor, General Motors, le arrebató el mercado con un nuevo Chevrolet que sólo incluía modificaciones espectaculares y formales.

La historia de esta obsolescencia anticipada llega hasta nuestros días. Una abogada de San Francisco denunció a Apple por juzgar que en los primeros modelos de iPod habían aplicado la obsolescencia antes de tiempo con baterías de poca duración. Y en España también los clientes que se quejan de la generación de las impresoras que dejan de funcionar una vez que lanzan un número determinado de rayos de tinta para limpiar los cabezales.

Los partidarios de esta estrategia afirman que son fuente de bienestar, mientras que sus críticos denuncian que de esta manera se hurta al consumidor de las ventajas de nuevas aplicaciones tecnológicas, que siguen el ritmo y los vaivenes caprichosos de los intereses comerciales. La caducidad programada de los productos cimentó el desarrollo norteamericano y renovó una encorsetada cultura de consumo europea basada en la premisa de que la ropa o los artículos "eran para toda la vida"; incluso se heredaban.

En la cultura norteamericana

La muerte prematura de los productos fue un asunto popular. En la película “El hombre del traje blanco” (1951), de Alexander McKendrick, su protagonista da con la fórmula de un revolucionario tejido que ni se ensucia, ni se desgasta, lo cual lo hace irrompible. Tras la alegría inicial, su descubrimiento le lleva a ser perseguido por los propios empleados, temerosos de perder las ventas y perder sus puestos de trabajo. De la misma manera, la película "La muerte de un viajante" (1949), de Arthur Miller, recoge un impagable diálogo en el que el protagonista se queja de la nevera o el coche dejan de funcionar al poco de pagarlos a plazos.

Tipos de caducidad

Existe una obsolescencia técnica, relacionada con la duración de los materiales y componentes, pues su diseño define su vida. Muy frecuentemente, el coste de una reparación (y la mano de obra) es tan elevado que a final sale más a cuenta comprar un aparato de nueva factura. La creación de diversas gamas de productos que no interactúan con el viejo equipo ayuda a que quede obsoleto.

"Normalmente, los productos se diseñan con un equilibrio para que todos sus componentes tengan una vida parecida. No sería lógico tener un elemento con una vida infinita, y muy costoso, y otros de vida muy corta. La estrategia sería que cuando un parte falla, fallen las demás", indica Carles Riba Romeva, director del Centre de Disseny d'Equips Industrials y profesor de la UPC.

Por eso, ¿podrían diseñarse piezas especialmente frágiles de manera intencionada?. "Yo no digo que ninguna empresa no lo haga, pero es delicado. Si alguien lo hace deliberadamente, no sería correcto éticamente" agrega.

Algunas excepciones

¿Se crean aparatos eléctricos y electrónicos para que duren poco? "En general, no es así, aunque hay excepciones", opina Pere Fullana, director del grupo de investigación en gestión ambiental de la Escola Superior de Comerç Internacional de la UPF. Fullana relata el descubrimiento que hizo en una ocasión al revisar un juguete eléctrico de China que se estropeó al poco de ser regalado a su hijo por Reyes.

Siguiendo el circuito eléctrico descubrió que el fusible que se había fundido estaba dentro de una cavidad de plástico, sellada e intencionadamente inaccesible.

La caducidad se impone además cuando las innovaciones tecnológicas se implantan sin que los productos tengan las mismas capacidades que los viejos. Por ejemplo, las empresas que estaban vendiendo vídeos mientras se desarrollaban los DVD pudieron estar participando de una obsolescencia planificada.

Práctica sistemática

La caducidad se hace sistemática cuando se altera los productos para hacer difícil su uso continuado. La falta de interoperatividad fuerza al usuario a comprar nuevos programas En el mundo del software hay dos variantes para obligar al usuario a comprar nuevas versiones.

Una es perder la compatibilidad hacia atrás forzando la reconversión de todo lo antiguo para funcionar con lo nuevo. La segunda, menos agresiva, consiste perder la compatibilidad hacia adelante con novedades que no pueden ser manejadas por las versiones anteriores. De hecho, en algunas ocasiones "se ha visto cómo una compañía improvisaba inusuales módulos de compatibilidad para el programa antiguo, con el fin de manejar archivos de la nueva versión, por el temor de que los clientes pudieran migrar al tensar tanto la cuerda", dice Xavier Pi, profesor de ingeniería de software y périto informático.

“En el momento en que la tecnología evoluciona rápidamente, los productos se hacen efímeros", dice Carles Riba Romeva, profesor de diseño industrial (UPC).

Otro modo de jubilar los productos es el diseño y la moda, la maquinaria de crear objetos que ilusionen con el ánimo de que el cliente se sienta desfasado si no compra. El diseño unido al marketing multiplica la seducción para crear un imaginario de libertad sin límites.

La moda, lo imaginario

"No podemos pensar que la obsolescencia planificada como una teoría conspirativa en la que los productores que nos engañan escondiendo información. Tenemos que mirar el plano estético y simbólico y pensar en la dinámica de la publicidad, que te hace ver algo nuevo para que lo tuyo parezca viejo.

Todos somos corresponsables”, dice Federico Demaria, un investigador sobre decrecimiento de la UAB licenciado en ciencias ambientales. Demaria habla de la "colonización de lo imaginario" y cómo lo nuevo ocupa un papel estelar en la escala de valores. “Todos somos víctimas y promotores de este fenómeno. La manera en que opera la obsolescencia te hace partícipe de este proceso", añade.

Historia de un concepto

1932. Bernard London, un promotor inmobiliario, propuso reactivar la economía con una obsolescencia legal obligatorio. Lo hizo en el opúsculo titulado "Acabar con la Depresión a través de la obsolescencia planificada". Su idea era que los productos, una vez usados un tiempo, se entregarán a la Administración para eliminarlos. Una prolongación extra de su uso estaría penalizada con un impuesto.

1954. Clifford Brooks Stevens, diseñador industrial."La obsolescencia planificada es introducir en el comprador el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco antes de lo necesario", declaró en una conferencia sobre la publicidad en Minneapolis en 1954. Brooks no inventó el termino, sino que solo lo acuñó y lo definió.

1960.El crítico cultural Vance Packard denunció en Los productores de residuos "el sistemático intento del mundo de los negocios de convertirnos en desechos, en individuos agobiados por las deudas y permanentemente descontentos"

Entrada original: Lo desechable es lo de hoy

Papá Noel, una figura de la globalización mercantil

Florent Marcellesi - Papá Noel, una figura de la globalización mercantil

Cuando San Nicolás nació, vivió y murió en el siglo IV DC en Myre —una región ubicada en la Turquía actual—, no pensaba que su historia iba a convertirle en la estrella de la globalización y del consumismo, reflejando a escala mundial las migraciones humanas y la mercantilización de los símbolos populares.

Vinculado desde el principio al mundo empresarial, el cuerpo del difunto obispo de Asia menor llegó a Europa occidental en el siglo XI mediante unos comerciantes italianos interesados en un negocio bastante frecuente en aquella época: el las de reliquias. Su culto empezó a expandirse sobre todo en los países germánicos donde llegó incluso a sustituir, en algunas partes, al dios Odín que ya se desplazaba en los aires con su caballo. En esta época bendita, San Nicolás tenía principalmente la forma de un obispo que distribuía regalos a los niños buenos el 6 de diciembre y que, según las tradiciones, regañaba, se llevaba en su saco o se comía a las y los niños malos.

Víctima de la reforma protestante del siglo XVI, el culto de San Nicolás quedó reducido, principalmente, a los Países Bajos donde lo llamaban Sintaklaas. De allí, como muchos holandeses en busca de un futuro mejor, emigró a Nueva-Amsterdam que, después de su conquista por los ingleses, no tardó en llamarse Nueva-York. En 1822, ya consumada la independencia de Estados-Unidos, el reverendo americano Moore escribió un poema para sus hijos en el cual hablaba de un duende llamado “Sant Nick”. Procedía de Europa del Norte, era de gran generosidad —al igual que San Nicolás—, tenía una larga barba blanca —por su sabiduría y experiencia—, vestía una prenda roja —color episcopal— y se desplazaba de techo en techo durante la Nochebuena. En 1863, inspirado en el poema de Moore, Thomas Nast dibujó el “Santa Claus” —nombre americanizado de Sintklaas— para la revista “Harper’s illustrated weekly”. Santa Claus aún tenía un tamaño muy pequeño que le permitía pasar por las chimeneas.

De vuelta al viejo continente, el duende-obispo viajador pactó con las grandes tiendas inglesas del siglo XIX que, más interesadas en vender una mayor cantidad de juguetes que en difundir la poesía de Moore y los dibujos de Nast, jugaron un papel fundamental en su mercantilización. Sin embargo, este auge del capitalismo navideño culminó en 1931 con una famosa campaña de publicidad de Coca-Cola que duró hasta 1964 y fijó el aspecto que conocemos hoy de Santa Claus/Papá Noel. La compañía de refrescos, mediante el dibujador Haddon Sunblom, dio al héroe de los tiempos modernos su cara mofletuda y sonriente y una talla humana —¡no me preguntéis cómo pasa por las chimeneas ahora!—.

Molestado por tanta herejía, el obispo francés de Dijon quemó una efigie de Papá Noël frente a su catedral, lo cual intrigó al antropólogo Claude Lévi Strauss quién confirmó en “El suplicio de Papá Noel” que “Navidad es esencialmente una fiesta moderna”: transforma una herencia pagana del culto al sol en una adoración a una neo-divinidad, Santa Claus.

Asimismo esta neo-divinidad es ante todo un gran éxito comercial del “dios-arrollismo” que, tras recorrer el mundo, se ha instalado como una figura de la globalización y de la hegemonía consumista. Por ejemplo en 2009, a pesar de la crisis, el gasto navideño entre regalos, alimentos y viajes fue de 700 euros por hogar europeo. En este contexto, las navidades son básicamente la ocasión de desatar una furia despilfarradora apoyada en campañas de publicidad agresivas, el monocultivo de los árboles de navidad y la reproducción de estereotipos sexistas entre niños y niñas.

Sin embargo, más que nunca en estas fiestas de fin de año, tendríamos que recordar tanto que “debemos vivir con sencillez, para que los otros puedan sencillamente vivir” (Ghandi) y que el “verdadero producto del proceso económico (…) es el placer de la vida” (Georgescu-Roegen).

Notas:

1. ¿Quieres unas alter-navidades? Entra y descubre la campaña de Jóvenes Verdes: “El Otro Regalo”.

2. Si a pesar de todo sigues interesado/a en escribir a este extraño personaje globalizado, hoy existen en el mercado tres direcciones oficiales de Papá Noel en el mundo (Finlandia, Suecia y Alaska) y un centro de correos especial basado en Libourne, al lado de Burdeos en Francia.

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email: fmarcellesi (at) no-log.org

Características del liberalismo


Las principales características que definen el liberalismo son:


- La libertad del individuo como el valor supremo.


- El 'derecho natural' a la propiedad privada.


- El libre mercado como base del crecimiento económico y progreso social


- Y el Estado como garante de estos derechos.


Estas son las ideas más importantes que se desprenden de los autores liberales desde el siglo XVII; destacando entre otros: Tomas Hobbes, John Locke, Adam Smith, Stuart Mill, David Ricardo, etc...


Según Locke en el estado natural resulta difícil una defensa racional de los derechos individuales (y, muy especialmente, el derecho de propiedad); se hace necesario un orden social y una ley objetiva que remedia las desventajas del estado natural. Para Locke las sociedades políticas son algo útil y adecuado para salvaguardar el disfrute pacífico de los ‘derechos naturales’. Para fundamentar racionalmente la sociedad política se vale de la figura del ‘contrato social’: un pacto entre todos los individuos para renunciar a parte de su libertad, para poder gozar de ella con mayor seguridad, aceptando someterse a la voluntad de la mayoría. -Hobbes habla de someterse a una ‘autoridad’ al ser el hombre malo por naturaleza ‘homo homini lupus’-.


Para el liberalismo los derechos son inviolables, nadie puede interferir en ‘lo mío’ y limitar lo que ‘yo puedo hacer’. El Estado y las instituciones deben garantizar los derechos que aseguran que los individuos no se ven interferidos en sus decisiones y sus acuerdos mediante las leyes y haciendo valer su cumplimiento.


La propiedad privada es un 'derecho natural' que debe ser defendido por el Estado. El esfuerzo del individuo en sus tareas está relacionado directamente con el deseo egoísta de progresar económicamente y acumular riquezas en forma personal.


Por consiguiente, la mayor y principal finalidad que persiguen los hombres al reunirse en Estados, sometiéndose a un gobierno, es la protección de su propiedad, protección que es incompleta en el estado de naturaleza.”


John Locke


La justificación del genocidio colonial llevado a cabo por las naciones europeas en África, América, Asia y Oceanía se basaba en la ausencia del Estado de las zonas colonizadas y por tanto el derecho de propiedad sobre ‘todo lo que se tomaba’.


La ‘mano invisible’ es una metáfora que expresa en economía la capacidad autorreguladora del libre mercado, mediante este se consigue distribuir la riqueza de bienes y servicios de manera más eficiente para producir más crecimiento, mas desarrollo y mayor progreso y prosperidad. El libre mercado complace los deseos de los que tienen dinero en función del mecanismo de oferta y demanda.


El liberalismo supone un parapeto intelectual tras el cual se refugia la clase social de la burguesía para defender sus privilegios y justificar así la desigualdad social y los mecanismos de acaparamiento de recursos por parte de una minoría. Se trata de presentar como ‘natural’ una forma de construir el mundo basado en la explotación de la mayoría de las personas y de la naturaleza.


Si cada uno es lo que vale, entonces está donde se merece”.


Lo demás es poesía.

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Cambiando de bando: la opción por la agroecología

Extraído de: Cambiando de bando: la opción por la agroecología. En la revista “Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas”

«Alguna vez, cuando reflexiono sobre lo andado, -continua Belén- pienso que ha merecido la pena llegar hasta aquí. Me hubiera gustado que la agroecología fuera una agricultura mayoritaria, que se hubiera animado más gente a practicarla, pero viendo cómo funciona el ejército de las multinacionales, la propaganda y la información que se da a través de las Cámaras Agrarias u otros medios, es fácil entenderlo. Cada vez veo más claro que la vida se explica desde una cosmovisión y una visión más holística y la agricultura ecológica nos permite esa relación compleja con la naturaleza y la vida, observar: acompañar y ofrecer sus alimentos».

Belén Verdugo


-La agroecología se convierte, para quienes la ejercen, en mucho más que una práctica agrícola. Es un objetivo político, un ejercicio de responsabilidad con el futuro y una nueva relación personal con la tierra y la naturaleza. ‘Los planteamientos habituales se caen desde muy alto’.

-Digan lo que digan las academias convencionales, la práctica demuestra que la agricultura ecológica, en términos de producción de alimentos, ‘no tiene ningún complejo frente a la agricultura bañada de productos químicos’.

-Hacer agricultura ecológica es ganar autonomía, ‘quizás por eso no hay voluntad de apoyarnos, la industria saldría perdiendo’.

-‘La Agroecología viene a ser la agricultura femenina’, donde prima el cuidado y el respeto a la producción, aunque la buena alimentación no cotice en Bolsa

-Sin un buen asesoramiento e investigación pública el camino a recorrer se hace muy poco a poco, y ‘así el conjunto de toda la sociedad no consigue avanzar a nuevos paradigmas’.

-‘La agricultura ecológica se acompaña muy bien con modelos cooperativos’ para demostrar que buenos principios políticos pueden ser éxitos empresariales.

-El campesinado que se decide a trabajar bajo un modelo ecológico se encuentra, inicialmente, con un reto ‘de alto riesgo’: dificultades para ampliar su formación, nulas ayudas (económicas y técnicas) de la administración y [cada vez menos] desconocimiento y poca valoración por parte de la sociedad.


“Puedo afirmar que con el compromiso de gobiernos y universidades se avanzaría muy rápido en el desarrollo de la agroecología, pero con la Iglesia hemos topado, esto no es negocio y por tanto seguramente tendremos que empujar el carro desde abajo con la sencillez y la honradez que nos ampara.”

Josep Pàmies


Carlos Taibo: En defensa del decrecimiento

Autocontención y decrecimiento

Joaquim Sempere en Ecología Política nº 35


Los escépticos o enemigos del decrecimiento suelen invocar que los pobres, sean países enteros o individuos, necesitan más consumo para acceder a un bienestar que nadie puede legítimamente negarles; en otras palabras, necesitan crecer, necesitan crecimiento económico. Esta objeción tiene tres defectos:


El primero es que se trata de pensamiento desiderativo que no distingue entre lo deseable y lo posible. No basta con desear algo para obtenerlo: hace falta que sea posible.


El segundo defecto de esta objeción es que descarta la idea de redistribución y de reducción de los consumos a los que una parte de la humanidad se ha acostumbrado. Aunque no lo sepamos con certeza, es verosímil que haya recursos suficientes, si se administran bien, para que una población del tamaño de la actual pueda vivir con dignidad (aunque no todo volumen de población humana es viable). En tal caso, bastaría una redistribución para satisfacer las necesidades y las aspiraciones viables de todos, y no haría falta crecimiento.


El tercer defecto es confundir decrecimiento de toda la economía mundial con decrecimiento de todas sus partes. Seguramente el bienestar de sectores muy numerosos de la humanidad requiere crecimiento de algunas dimensiones de la economía en beneficio de los más desfavorecidos: producción de alimentos, de viviendas dignas, de electricidad, de infraestructuras hidrológicas, etc.


Pero esto no es en teoría incompatible con el decrecimiento económico a escala mundial, que supondría un sacrificio compensatorio del consumo de los privilegiados y una substitución de fuentes de energía y de procesos técnicos que redujera la huella ecológica de la humanidad. Justamente el argumento de la equidad hace más imperioso aún el objetivo de decrecer en las regiones del mundo más opulentas y despilfarradoras.


Este último supuesto nos encamina ya hacia la incógnita de si es posible que se modifiquen a la baja —y se estabilicen a un nivel más bajo— las aspiraciones de las personas y, por tanto, de cómo sería aceptado un proceso de transición hacia una economía de estado estacionario o de decrecimiento.


(...)


La evolución técnica nos proporciona medios para satisfacer nuestras necesidades y nuestros deseos y estos medios acaban siendo indispensables para vivir de modo satisfactorio. Por ejemplo, en cualquier ciudad actual se requiere un complejo dispositivo colectivo de captación, depuración, transporte y distribución del agua hasta los grifos de las casas. Del mismo modo, es fácil comprender que entre los seres humanos y la naturaleza se interponen sistemas sociotécnicos que permiten obtener, además del agua, los alimentos, la ropa y todo lo que constituye el conjunto de nuestras necesidades, incluso las más elementales (y evacuar nuestros residuos) pero que nos hemos acostumbrado a satisfacer de determinadas maneras muy complejas, muy poco elementales, que nos resultan necesarias. No es posible hoy imaginar nuestro nivel de vida sin la nevera, el teléfono, el televisor, la red de carreteras y vías férreas, el automóvil, el sistema escolar y el sanitario.


En otras palabras: nuestro «exceso» de consumo no depende sólo de que cedamos al gusto por los caprichos y los lujos «consumistas», sino de la complejidad de los sistemas sociotécnicos que nos permiten satisfacer nuestras necesidades, incluidas las más elementales. Para reducir nuestra huella ecológica no basta con una moral austera que nos empuje a renunciar a lujos y caprichos: hace falta simplificar nuestro entero metabolismo socionatural. Lograr esta hazaña forma parte de cualquier programa imaginable de decrecimiento voluntario.

Por el reparto. Así de sencillo, así de difícil

Lucio tabar. Luisa Jusue y Chema Berro, Miembros del Colectivo Dale Vuelta-Bira Beste Aldera

En NoticiasdeNavarra.com

El colectivo por el decrecimiento Dale Vuelta-Bira Beste Aldera venimos planteando que muchos de los análisis y soluciones que nos venden a los y las trabajadoras desde los centros de poder económicos no son realistas, no responden a la realidad mundial actual y no tienen futuro desde el punto de vista social y ecológico. Se nos presenta el desarrollo, el crecimiento económico como la única solución posible a todos los problemas: paro, pobreza, desigualdad social, etcétera, sin querer ver que:

-El crecimiento ilimitado es imposible en un mundo limitado. Hoy en día estamos por encima de la capacidad del planeta y ya estamos empezando a ver las consecuencias (cambio climático, agotamiento de los recursos, contaminación, desertificación…), aunque las más duras y directas (guerras, hambrunas, migraciones…) las estén pagando principalmente los habitantes de los países pobres.

-El desarrollo económico no garantiza mayor igualdad y justicia ni en nuestra sociedad ni en el mundo, sino que trabaja en su contra. La riqueza del 20% de la población mundial es causa y consecuencia de la pobreza del 80% restante. Nuestro nivel de consumo, el de una persona trabajadora de nivel medio de las sociedades desarrolladas (mucho menos, por supuesto, el de los sectores más pudientes) no es extensible al conjunto de la población mundial. Al mismo tiempo, las desigualdades en el interior de nuestra sociedad son crecientes; los ricos son más ricos mientras cada vez son más los que no llegan a tener garantizada la cobertura de las necesidades básicas.

Frente al consumo, garantías y derechos

No hay más que ver qué medidas se están tomando sucesivamente para intentar salir de la crisis y qué efectos están teniendo: mientras hace un par de años, todo dinero público era poco para salvar a los bancos y a las entidades financieras, hoy, estas mismas entidades obligan a los Estados a disminuir el gasto en servicios públicos. Si hace un par de años la ambición sin límites y el beneficio por encima de todo ponían en cuestión el sistema financiero e incluso los principios del neoliberalismo, hoy en día, una vez recuperado gracias al dinero público, este mismo sistema financiero está realizando un ataque brutal contra la protección social y los servicios públicos en Europa, con la ayuda del FMI y los gobiernos europeos más neoliberales. Con razón, los sindicatos franceses denunciaban el 1 de mayo que detrás de la crisis griega está el intento de privatizar el sistema de pensiones de este país, a los que seguirían los de los demás.

La crisis la están pagando los sectores más desfavorecidos (más cuanto más pobres son) y se están beneficiando de ellas los ricos. Y en el medio, buena parte de la sociedad y los trabajadores establecidos, más preocupados, según parece, por mantener el nivel de consumo individual que por defender los derechos sociales colectivos: salud, educación, condiciones laborales, pensiones…

Nos lo han demostrado claramente, las medidas para salir de la crisis se concretan en ayuda pública para el capital y ajustes para el trabajo, anteponiendo los beneficios sobre el bienestar de la población. Y como consecuencia más grave, el paro, que afecta a todos los aspectos de la vida, no sólo al económico.

No al paro, sí al reparto

Frente a la falsa ilusión de que el crecimiento económico ya creará empleo y terminará con el paro (¿dentro de cinco, diez años, nunca?) nuestra propuesta es empezar a solucionarlo con la única medida que realmente puede acabar con él: repartir mejor el empleo existente, proponiendo, por ejemplo:

1. Erradicar las horas extras, traduciéndolas siempre de forma directa en puestos de trabajo o en compensaciones horarias cuyas libranzas signifiquen siempre nuevas contrataciones.

2. Poner en primer plano reivindicativo reducciones significativas de jornada, con fórmulas de generación del empleo equivalente. Estas reducciones de jornada se impulsarán por encima de los incrementos salariales, e incluso con detrimento de los mismos, reduciendo más los salarios más altos, de forma que se acorten los abanicos salariales.

3. Impulsar reducciones de jornada voluntarias, excedencias, libranzas, contratos de relevo, jubilaciones anticipadas, etcétera, en las formas más flexibles para ser adoptadas por los trabajadores, convirtiendo siempre las horas dejadas de trabajar en nuevas contrataciones.

La única manera que tenemos para combatir el paro es impulsar el reparto empezando por lo más cercano, nuestros propios centros de trabajo. Es decir, estando dispuestos a repartir.

¿Pensar el Mal? El Problema de las Percepciones Contemporáneas del Desarrollo y la Seguridad

Oscar Guardiola-Rivera - Posdesarrollo

Indiferencia

Juan Carlos, un joven profesional Colombiano que trabaja haciendo lobby para uno de los grupos industriales más influyentes del país, me explica de la siguiente manera la razón por la cual la mayoría de la gente acepta hoy el estado de cosas aún si no concuerda con el: ‘Es muy simple, cada uno de nosotros piensa que hacer algo no implica diferencia alguna. Mi voto en contra no va a cambiar el que vuelvan a re-elegir a Uribe; si salgo a la calle a protestar contra el maltrato a los indígenas por parte del gobierno, mi voz se ahogaría en el océano de quienes dicen que la guerrilla es el culpable de todo y que el verdadero problema es el secuestro y la inseguridad, porque previenen el desarrollo y la inversión extranjera. En últimas, si uno intenta hacer algo diferente, es como arar en el desierto. Dirás que soy de derechas, pero lo cierto es que esas diferencias ya no cuentan. Eso es lo que idelistas como tú no entienden: ser de centro es ser razonable y aceptar que hay que empezar por reconocer las cosas tal como son; unos ganan y otros pierden, pero esos costos son necesarios para el progreso’. Antes de terminar mi café y recusar a Juan Carlos por ser indiferente, recuerdo su pasado como activista estudiantil y su interés genuino por la diferencia. Juan Carlos no es un conservador reaccionario a ultranza sino más bien un liberal pluralista: ha estado en numerosas ocasiones en el Sur del país aprendiendo de las comunidades indígenas y respeta su legado, y en su trabajo de lobby en el Senado de la República contribuye con su grano de arena cda vez que puede para que los Parlamentarios garanticen con hechos la declaración constitucional de acuerdo con la cual Colombia es un país pluricultural y tolerante.

Lejos de ser un indolente, él piensa que es necesario hacer algo en pro del bien común, pero reconoce que su acción simplemente no basta y que hay que estar dispuestos a pagar los costes necesarios. La suya es, sobra decirlo, una opinión común. Dicha opinión es el punto de partida de este artículo. Nos preguntaremos qué es problemático en dicha posición, e intentaremos reflexionar acerca de la manera en que ella informa la fusión hoy en curso entre la seguridad y el desarrollo en la práctica tanto como en la teoría. Afirmaremos que, a pesar de su supuesto ‘realismo’, dicha posición en verdad repite en la época actual una de las más características soluciones que el pensamiento religioso ha dado al problema del mal. Finalmente, tras reconocer la continuidad de dicha forma de pensamiento religioso en la vida cotidiana y en la práctica política democrática que asocia la seguridad al desarrollo futuro de la comunidad, pasaremos a exponer su núcleo sacrificial, y a rechazarlo.

Es cierto, como afirma mi amigo Juan Carlos, que para el pensamiento corriente sólo cuentan las consecuencias directas de nuestras acciones u omisiones. En esa dimensión causal corriente, nuestras acciones no son más que gotas de agua en el océano. Lo que hagamos o dejemos de hacer no afecta a los demás ni está afectado por ellos, con los cuales solamente nos relacionamos de manera abstracta, negativa, y a distancia, como las bolas dispersas en una mesa de billar. Si tal es el caso, tan solo podremos evaluar las consecuencias directas de nuestras acciones u omisiones especulando que hemos hecho la mejor elección posible, en términos de sus costes y beneficios, en comparación con las elecciones posibles de otros, sus consecuencias, costes, y beneficios. Procederemos entonces a comparar mundos posibles como si los tales existiesen en un sucesión actual, que podemos contemplar y respecto de la cual podemos pasar juicio. Para ello tenemos que especular además con el conjunto de todos los mundos sucesivos y actualmente posibles, o el conjunto de todas las elecciones posibles y sus consecuencias directas, y con la posibilidad de decidir en favor de una de ellas; la que más nos convenga de acuerdo con un criterio de maximización (el bien general o la felicidad de la mayoría, en contraste con el mal menor). Ello implica, de manera crucial, la necesidad de sacrificar cualesquiera otras. Dicho de manera más simple, tenemos que jugar a ser Dios.

Los métodos de planeación, prevención, y establecimiento de valor que hoy predominan en la economía, en los discursos neo-desarrollistas, en las ideologías de seguridad y democracia, en las relaciones y en el ‘nuevo’ derecho internacionales, pertenecen todos a este estilo comparativo y especulativo. Por ejemplo, cuando George W. Bush afirmó en Marzo de 2008 al cumplirse cinco años de la guerra en Iraq, que los miles de soldados Estadounidenses muertos allí (los únicos contabilizados; nadie sabe a ciencia cierta cuantos Iraquíes han muerto) son un costo necesario y justificado en relación con los beneficios logrados y por lograr (cualesquiera que estos sean) acude precisamente al estilo comparativo y especulativo, puramente abstracto, asimilable a la posición de una divinidad que interviene desde fuera en el universo de los mundos posibles, en el cual las responsbilidades se confunden con sacrificios irresponsables y viceversa. Para utilizar un ejemplo más cercano a la América Latina actual, cuando se asume que el reclamo y la desconfianza de los países vecinos constituyen un precio justo que pagar frente al beneficio que representaría arrasar al enemigo común, el inhumano terrorista, se apela también a la construcción abstracta de los mundos posibles y la posición de la divinidad que decide sobre el mal menor o excepcional.

¿Hemos Olvidado Cómo Pensar el Mal?

En todos estos casos, el juicio que se supone pragmático, político, realista, o apoyado en los hechos y los datos, adquiere la estructura que caracteriza la reflexión teológica cristiana acerca del mal, el fin de los tiempos, y la historia. Por ello no es gratuito que al ser llamados a rendir cuentas nuestros ‘decisores’ políticos acudan a sus convicciones religiosas profundas, o se apuren a responder sin más con una apelación al ‘juicio de la historia’, que es lo mismo que no apelar a juicio alguno. En últimas, se trata de formas más o menos glorificadas, diríase cuasi-religiosas, del análisis de costo-beneficio.

En dicha estructura todo lo que aparece como malo desde un punto de vista mundano o particular, es, desde el punto de vista extra-mundano, universal, o de la totalidad, un sacrificio necesario para el mayor bien de esta última. Se nos dice: es necesario que ocurra ese mal (que mueran cientos de miles de Iraquíes, Estadounidenses y demás; que se irrespete la soberanía de otros países en un ataque militar anit-terrorista, etc.) para que el mundo llegue a ser el mejor de los mundos posibles. Se trata en verdad de un punto de vista que justifica el sacrificio, en la medida en que sólo tiene sentido hablar de sacrificio si puede también hablarse de la mayor perfección, la mayor grandeza posible, o el bien de la mayoría, siendo ésta la prueba contundente de la necesidad del primero. Como puede verse, estamos frente a una argumentación viciosa y circular.

Cabe observar además que, como bien lo revelan los casos de Iraq y Colombia referidos de pasada en los párrafos anteriores, esta estructura que justifica el mal no es más que el otro lado de la integración perfecta entre individualismo y racionalismo moderno; entre Leibniz y Nietzsche, como dirían los filosófos. En esta perspectiva, desde el punto de vista del resultado y el sistema todo está justificado. Se parte del supuesto según el cual vivimos en un mundo en el cual pese a nuestros mejores esfuerzos y las más buenas intenciones, nada de lo que hacemos representa la más mínima diferencia para los demás; que estamos radicalmente incomunicados, como las mónadas individuales de Leibniz, cada una de las cuales ‘constituye una perspectiva particular sobre la totalidad, tal como los habitantes de una ciudad la ven de diferentes maneras aunque se trate siempre de la misma ciudad’ (Dupuy, 1998: 42). ¿Cómo ordenar un caos semejante? Se nos dice que tan solo el todo, portador de un orden inmanente y espontáneo, de una armonía pre-establecida, escaparía al perspectivismo y constituye por tanto una realidad final y objetiva.

Desde este punto de vista, quienes se concentran en el trillón de Dólares que ha costado la guerra en Iraq, en la pérdida de vidas Americanas e Iraquíes, o en los efectos geo-políticos indirectos de las doctrinas de soberanía contingente, auto–defensa y ataque preventivo, ven los árboles pero no el bosque: los movimientos caóticos de los hechos individuales, al parecer desordenados puesto que carecen de vínculos directos, se organizan al final en un todo coherente y pre-diseñado desde siempre. En este punto, este punto de vista del pensamiento religioso se funde con aquel otro de la llamada ‘astucia de la razón’, que es como los filósofos seculares llaman a la argucia espontánea pero inteligente de los propósitos y las causas finales. Esto es lo que algunos entienden en economía y política por ‘la mano invisible’ o ‘la razón de la historia’. Muy importante, este es precisamente el supuesto que anima el discurso y la práctica del desarrollo, fusionado hoy con el discurso de la seguridad y la democracia.

Muchos creen que este tipo de reflexiones en las cuales se justifica el sacrificio de otros como necesario o justificable desde el punto de vista de la totalidad son exclusivos de los defensores utilitaristas del mercado, o de quienes acuden a la intuición común para resolver el caso del conflicto entre principios mínimos o acuerdos ‘acerca de lo fundamental’. Eso no es cierto. Otros, aún más equivocados, piensan que el punto de vista de la totalidad equivale por necesidad al totalitarismo o es exclusivo de éste. En contra de quienes piensan así es necesario afirmar con toda contundencia lo siguiente: no es necesario pasar por el cálculo de utilidad o la agregación de las felicidades a la manera de un liberal utilitarista clásico, o creer en la perfectibilidad intrínseca y espontánea de la historia a la manera del progresismo historicista en sus versiones más o menos izquierdistas, para pensar el mal y la finalidad en los términos de un desarrollo final y estable. De hecho, como he sugerido antes, las versiones más recientes de esta tradición no provienen del utilitarismo o el bienestarismo clásicos, ni del historicismo (más o menos totalitario) de izquierdas. Antes bien, se las puede encontrar entre liberales anti-utilitaristas y neo-conservadores rabiosamente anti-izquierdistas, partidarios del desarrollo con rostro humano y la seguridad con democracia.

En efecto son estos últimos, y no los primeros, quienes dominan el ambiente político actual. De una parte están los ‘nuevos’ liberales, más liberales, tolerantes y multiculturalistas, que proclaman la posibilidad de un consenso sobre lo fundamental siempre que dicho consenso provenga de la razón política libre de toda contaminación; por ejemplo, la que proviene de creencias o afiliaciones ancestrales, políticas, o religiosas, que se rehúsen a separar al hombre del ciudadano. Ocupan esta posición quienes afirman, por ejemplo, que dado el mestizaje y las políticas de protección de los derechos de las minorías presentes en casi todas las constituciones liberales de las Américas, el racismo entre nosotros (que implica una estructura sacrificial) o bien ha dejado de existir, o se encuentra en proceso de corrección definitiva, o es insignificante. Ocupa una posición similar quien afirma la libre asociación y la unión sindical como derechos, siempre y cuando se trate de derechos políticamente nulos, es decir, siempre que el contenido de los mismos sea la ‘pura’ protección de los asociados (e.g. los trabajadores como ciudadanos individuales) incontaminada por perspectivas de transformación política significativa (i. e. los trabajadores como colectividad y hombres políticos). Pero también quien afirma su compromiso con los derechos humanos siempre que los mismos carezcan de tinte político y no comprometan la supervivencia y estabilidad de la comunidad mayoritaria. En todos estos casos, se trata de apostarle a un consenso cuyo contenido sea políticamente ‘puro’, mínimo o razonable.

De otra parte, están los menos liberales, de manera usual conservadores encubiertos o ‘reformados’, que suponen posible y razonable reducir la complejidad de los principios llamados ‘mínimos’ a una jerarquía dentro de una totalidad coherente. Para los tales, la única alternativa estimable frente a la posibilidad de una jerarquía cierta en un todo coherente (en la cual cada elemento se reconoce y conforma con el sitio que le corresponde) es el caos y la fatalidad. En dicha posición se encuentran quienes consideran un así llamado ‘derecho a la seguridad’ (o el llamado ‘deber de protección’ del derecho internacional, supuestamente justificatorio de la intervención militar) como la condición prioritaria del disfrute de los demás derechos, entre ellos la vida y la libertad, con la certeza de una reflexión madura acerca de los principios de una ética y política públicas. Se supone además que tales principios se derivan o disponen al lado del anterior ‘derecho a la seguridad’, la inherencia personal y colectiva de un supuesto principio de auto-defensa. Otro ejemplo es el de aquellos que, habiendo proclamado el respeto pleno a los derechos humanos, enfrentados a la amenaza del enemigo interno o externo consideran razonable ‘suspender’ ciertas libertades o derechos como si se tratase de meras limitaciones a los mismos, necesarias para enfrentar la emergencia.

En estos casos se trata de apostarle a la certeza razonable que excluye la contradicción entre principios (o ‘derechos’) así el propio ejercicio de la razón y la madura reflexión sobre puntos especialmente sensibles, en este caso el sacrificio como respuesta a la amenaza excepcional, lleve a resultados que son contradictorios sin que ello implique que el resultado inevitable sea un todo caótico.

¿Por qué he llamado a estas corrientes dominantes más y menos liberales, e incluído en esta última categoría a los conservadores anti-liberales? La primera razón es esta: los opinadores políticos de hoy rara vez aparecen con sus verdaderos colores, en particular los más conservadores y anti-liberales. Si lo hicieran, sus opiniones de seguro dejarían de coincidir con las del promedio mayoritario y ello daría al traste con sus pretensiones políticas. Es una regla reconocida de la política que de manera regular los votantes eligen a aquellos cuyas ideas, propuestas y acciones se parecen más o favorecen a las propias. La otra regla corriente de la política es que los políticos compiten por un número finito de votantes distribuídos a lo largo de un territorio usualmente demarcado como una extensión que va de la izquierda a la derecha del espectro ideológico. Si se juntan estas dos reglas, y se las compone en un solo principio, se entenderá por qué cada vez que alguien comienza una intervención pública diciendo ‘soy de derechas’, como mi amigo al comienzo de este artítulo, terminará afirmando que es de ‘centro’, que ‘derecha’ o ‘izquierda’ no importan (o que esta última se refiere a una utopía o un sueño que ya ha dejado atrás la historia) y que esa indiferencia prueba la posibilidad de un consenso más o menos unánime sobre mínimos razonables.

Conclusión: El Mal y la Democracia

Para concluír, cabe afirmar lo siguiente: un consenso semejante, unánime, lejos de resolver el problema del mal (que es lo que toda construcción política querría resolver, sea que se lo llame violencia desatada o desigualdad o como sea) en verdad lo esconde. La razón de ello es doble: primero, toda unanimidad es en últimas unanimidad menos uno. Solamente se la consigue mediante la unificación de la colectividad en contra su enemigo externo, y depende por ello mismo de la expulsión de este último. Se trata en últimas de una estructura sacrificial. Segundo, como ya he afirmado, la razonabilidad equilibrada –que es lo que supuestamente caracteriza a los procedimientos democráticos- puede permanecer contradictoria respecto de dicha estructura sacrificial. Ello queda demostrado por el hecho de que todas las constituciones en las cuales se incluyen declaraciones de derechos, incluyen también la posibilidad de su condicionamiento, derogación, o suspensión. Los derechos del enemigo externo, si es que los tiene, si es que no se lo representa como simplemente inhumano, pueden ser suspendidos, y la comunidad política puede derogar su compromiso con el respeto a tales derechos si lo que está en juego es su ‘necesaria’ supervivencia.

Siendo así las cosas, se requiere ir más allá de los procedimientos más o menos democráticos de equilibrio racional si es que se quiere comprender por qué las políticas de convergencia y unanimidad –las justificaciones últimas del desarrollo y la estabilidad como una dirección histórica dada- son incapaces de tomar posición en contra del sacrificio en aras del todo social. Lejos de hacerlo, tales procedimientos, sus políticas y sus justificaciones más ideológicas, parecen condenadas a repetir el mal.

Bibliografía

Dupuy J. P. (1998) El Sacrificio y la Envidia. Barcelona: Gedisa.


Publicado en PostDesarrollo el 12 de junio de 2009. El autor es colombiano, y actualmente es docente en la Escuela de Leyes del Birkbeck College, University of London (Inglaterra). Se permite la reproducción del presente artículo siempre que se cite su fuente.

El decrecimiento, una alternativa

Joan Surroca i Sens- Koinonia

El sociólogo francés Edgar Morin ha recapitulado en un libro algunos de sus artículos escritos en la última década. Sorprende que mucho antes de llegar la crisis actual, este intelectual clarividente ya alertaba de que la humanidad corre el riesgo de hundirse por su incapacidad de tratar sus problemas vitales. Cuando la sociedad se encuentra en esta situación “…o bien se desintegra, o bien es capaz en su desintegración de metamorfosearse en un metasistema más rico”[1].

El cambio climático, la carrera armamentística (especialmente la nuclear)[2] y el desfase creciente entre la tecnociencia y la ética[3] son tres grandes retos que muchos auguran como presagios de catástrofes. El mensaje de Morin es claro: “Lo improbable permanece como posible y la historia nos ha demostrado que lo improbable podía reemplazar a lo probable” [4]. El convencimiento de que no todo está perdido alienta la convicción de que es posible crear sociedades alternativas al creciente hedonismo y consumismo occidental que parece extenderse por todos los rincones de la Tierra.

El pesimismo sólo gana nuestro ánimo cuando olvidamos la creatividad positiva que somos capaces de generar. Algo inédito e irreversible está aconteciendo en diferentes puntos del planeta y, de manera especial, en el continente americano. Aquellos temores de vernos absorbidos por la fuerza de la potencia hegemónica se han transformado en posibilidades reales de convivencia pacífica entre culturas milenarias.

La actual crisis mundial, a pesar de ser un flagelo para los más humildes, ejerce un papel de fuego purificador que nos facilita escuchar, que afina nuestra mirada y que permite ralentizar el ritmo alocado que se vive en algunas partes del mundo. Sin embargo, una excesiva confianza sería pecar de candidez. La realidad es que la concienciación avanza lentamente en comparación al discurso persistente en la dirección contraria, es decir, el discurso del crecimiento como solución.

El movimiento que defiende el decrecimiento es uno de los más luminosos que se han puesto en marcha últimamente y ha logrado, en poco tiempo, penetrar en distintos ámbitos de la sociedad europea, si bien con incidencia desigual según los países. El eje fundamental del decrecimiento es disminuir la producción económica y así lograr una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, favorecer un mejor entendimiento entre los seres humanos y propiciar un reparto equitativo de los frutos de la Tierra[5].

El tiempo irá arrojando luz sobre el futuro deseado, que ahora sólo entrevemos parcialmente. Es impensable llegar a buen puerto sin cambiar de sistema económico. La economía debe limitarse a formar parte de un subsistema de la biosfera, tal como advierte Vicente Verdú: “El nuevo sistema que se deduzca de esta crisis vendrá a ser el resultado de un quehacer conjunto donde, a la fuerza, la razón económica dejará de ser la exclusiva matriz”[6].

Desde antiguo se han levantado voces sobre la necesidad de cuidar la Tierra y las especies que la pueblan[7]. Fue a partir de la segunda mitad del siglo pasado cuando en Occidente sonó la alarma ante las formas de vida cada vez más depredadoras. A principios de los años setenta se hizo popular el informe encargado por el Club de Roma[8] a varios especialistas, los cuales denunciaron la extrema gravedad en que se encontraba el ecosistema: “En un mundo finito no se puede crecer de manera infinita”. Sin embargo, el sistema capitalista necesitaba promover el consumo para asegurar la producción indispensable y así garantizar beneficios empresariales substanciosos.

En los años ochenta, con Margaret Thatcher de primera ministra del Reino Unido y Ronald Reagan de presidente de los Estados Unidos de América, el liberalismo económico extremo aceleró todavía más las formas de vida insostenibles. La gravedad de la situación fue contestada por economistas, ecólogos, sociólogos, etc. y por grupos de base.

En el año 2002, los movimientos críticos con el sistema hegemónico occidental, herederos de las tendencias favorables a repensar los valores sociales, la producción, el consumo, etc., se reunieron en París, luego en Lyon, y se constituyeron en “objetores del crecimiento”. Sus integrantes recogen y popularizan el decrecimiento, introducido como concepto por Nicholas Georgescu-Roegen[9] en la década de los setenta, precisamente un año antes que se diera a conocer el Informe Meadows.

Las aportaciones de Georgescu-Roegen eran mucho más radicales y críticas que las de los economistas convencionales. Propuso, entre otras medidas para paliar las desigualdades económicas, permitir la libertad de circulación de personas sin restricciones y también prohibir la fabricación de armamento. Es muy celebrada su ocurrencia para salir del “círculo vicioso de la maquinilla de afeitar”, razonaba: “Queremos afeitarnos más deprisa y así tener más tiempo para idear una máquina de afeitar todavía más rápida, de modo que podamos gastar más tiempo en otra todavía más rápida, y así en un interminable y vacío progreso”.

Nicholas Georgescu-Roegen, además de aportarnos ideas (que han resultado capitales para comprender la crisis ecológica actual) sobre la integración en la economía de las enseñanzas de la termodinámica y la biología, se preocupó de las cuestiones éticas: “…los preceptos éticos, lejos de ser un producto endeble de las emociones, son tan necesarios para el buen funcionamiento de las sociedades humanas como una apropiada dotación de recursos naturales”. O bien: “El nombre de nuestra especie es Homo sapiens sapiens y podemos estar doblemente informados, pero no ser suficientemente sabios. Nuestro destino depende mucho más de nuestra sabiduría que de nuestro conocimiento”[10].

Actualmente, el decrecimiento está presente en los medios de comunicación, se publican libros y revistas, el tema ha penetrado en las universidades y se han creado grupos que cuidan de su difusión. “Decrecimiento” es una palabra con vocación provocadora y deseo de generar debate. Es un intento de contrarrestar el esfuerzo del poder para impulsar nuevamente un crecimiento sin fin. Los intereses codiciosos de los que han acumulado riquezas escandalosas han logrado ejercer un verdadero dominio sobre nuestro pensamiento, hasta colonizarlo con sus valores y lograr que creamos y actuemos como si no hubiera vida más allá del capitalismo. Nos repiten, a través de la publicidad, que la única felicidad posible es acumular dinero o poseer bienes materiales. El decrecimiento cuestiona estas pretendidas certidumbres y aporta nuevos valores sociales para vivir más con menos[11].

Las teorías del decrecimiento nacen observando la realidad: el impacto sobre los ecosistemas debido al consumo de recursos y la generación de residuos por parte de la humanidad superan en un 30% la capacidad de la Tierra. O lo que es lo mismo: el planeta tiene un área productiva de 13.600 millones de hectáreas, que da un resultado de 2,1 ha por habitante. Debido al despilfarro por parte del 20% de los 6.800 millones de seres humanos, precisamos 17.500 ha, es decir, 2,7 por habitante[12]. El déficit aumenta por cuatro causas básicas: por la insaciabilidad de los que ahora malgastan; por la creciente demanda de los que pretenden entrar en el club de los ricos; por la disminución de la biocapacidad de la Tierra -el déficit actual lo subsanamos gastando parte del capital, con lo que cada año tenemos menos capital (menos biocapacidad) y menos rédito-; finalmente, por el crecimiento exponencial de la misma humanidad: en una década hemos aumentado 1.000 millones. Esta cifra era el total de habitantes que poblaba la Tierra a principios del siglo XIX.

Claro está que estas cifras globales no ofrecen toda la verdad. Las diferencias de comportamiento entre países son casi increíbles. Los hay que están muy lejos de llegar a demandar 2,1 ha por persona. Por ejemplo: el Congo tiene una huella de 0,5 ha; Marruecos, de 1,1; Guatemala, de 1,5 y Perú, de 1,6. Sin embargo, Brasil ya superó la barrera y ahora mismo tiene una huella de 2,4 ha. EEUU está muy por encima: 9,4 ha[13]. Si partimos de la idea de que el planeta es de todos, EEUU por ejemplo, debería pagar al Congo una compensación porque su déficit ecológico es enorme y el Congo tiene superávit.

Una diferencia del orden de 1-19 entre los dos países ilustra perfectamente el abismo entre los países deudores y los que disponen de crédito ecológico. El cambio climático, la desaparición de especies, la contaminación de los mares, etc., no conocen fronteras. Todos salimos perjudicados, particularmente los más débiles, aunque unos pocos son los teóricamente beneficiarios a corto plazo. Comprometer la viabilidad de la vida, el futuro humano y el de otros seres vivos constituye un robo a gran escala.

Ante tal cuadro de cifras se comprende fácilmente que la palabra “decrecimiento” cobre su verdadero significado en aquellos países que sobrepasan los límites de consumo que ofrece el planeta. A menudo, los contrastes internos nacionales reproducen los mismos abismos que hemos visto entre los países. Seguro que en el Congo hay personas que superan el 9,4 de la media de EEUU y que en este país hay personas que no llegan a producir una huella del 0,5, la media del Congo. Los obligados ajustes de comportamiento en el consumo y en la producción han de afectar a las capas más dilapidadoras de cualquier país.

Algunas personas se muestran especialmente pesimistas ante el estado actual del mundo y su futuro. ¿Cómo creer que alguien acostumbrado a un determinado ritmo de vida pueda contentarse con otras formas que le rebajen 4 ó 5 veces su capacidad adquisitiva actual? ¿Cómo evitar que la populosa China o la India deseen copiar el itinerario desarrollado por los países occidentales? Nadie dice que sea fácil, ni que vayamos a tener éxito en el intento, pero no queda otro remedio que trabajar en la buena dirección.

Al igual que quien va en bicicleta no puede permanecer parado más allá de unos pocos segundos sin perder el equilibrio, el capitalismo precisa de la alocada carrera del derroche para subsistir. Necesitamos imaginación para inventar otros sistemas económicos y organizativos que escapen del productivismo actual. De la misma manera que en su momento se superaron sistemas que parecían intocables como el esclavismo, el feudalismo y el mercantilismo, también ahora sabremos dar un paso en el buen camino[14].

El decrecimiento no es una ideología cerrada ni tiene un proyecto definido o una hoja de ruta marcada. En principio, esta circunstancia puede parecer un inconveniente porque, siendo gregarios, nos gusta tener un liderazgo claro que nos ahorre el esfuerzo de participar, de proponer y de crear. Sin embargo, los sistemas históricos que se iniciaron practicando el culto a la personalidad de determinados líderes provocan el efecto suflé: se desarrollan rápidamente, pero más pronto que tarde se desvanecen y quedan reducidos a la nada. No hay consolidación posible si no hay una base participativa.

Lo que une a las diversas sensibilidades de los “objetores del crecimiento” es la voluntad de ir modificando el actual sistema hasta fortalecer una alternativa al capitalismo. Por ejemplo, considerar la importancia de la producción, pues sin cambiarla no lograremos reducir el consumo con éxito. Disminuir el trabajo significa repartirlo para no consolidar la sociedad dual a la que parece que estamos abocados. No es nada atractivo que un 50% de la población activa esté trabajando de manera estable y el otro 50% esté en el paro o en trabajos precarios toda la vida. Trabajar menos permite repartir y asegurar empleos para todos y todas. Trabajar menos para vivir más intensamente los valores familiares, creativos, lúdicos y espirituales requiere una preparación y un período de transición sin brusquedades[15].

Otra medida que mantiene la filosofía decrecentista es la de promocionar el transporte público, especialmente el ferrocarril. Esta opción supone prescindir considerablemente de los transportes en vehículos privados con el consiguiente ahorro de gasto energético y poner fin a la incesante construcción de nuevas vías de circulación y contribuir a frenar el CO2. Reducir el transporte de mercancías a lo estrictamente necesario favorecerá la relocalización. Poner punto final a las megacadenas y a las multinacionales[16], acabando con el absurdo de que el 13% de los productos transportados por vía aérea esté relacionado con la alimentación. Son medidas viables: la dificultad no es técnica, sino más bien debida a los grandes intereses que hay en juego.

Necesitamos programas políticos que favorezcan a las pequeñas explotaciones agrarias para acercar nuevamente los productos al consumidor. En Guatemala, un 2,5% de los propietarios acaparan el 65,1% de la tierra. En Colombia el 0,33% de los propietarios pasaron de poseer el 32% de la tierra en 1984 al 48% en el 2000. En Namibia, unos 4.000 blancos (menos del 1% de la población) poseen el 44% de la tierra. En Brasil, un 3% de la población posee dos tercios de la tierra[17]. Con la relocalización de la producción agraria se garantiza la calidad con productos frescos y se abaratan los precios, en contra de la opinión popular, al prescindir de los gastos de autopistas, aeropuertos, almacenes, redes diversas de comunicación y las consecuencias energéticas y medioambientales.

Son gastos que no pagamos directamente cuando compramos los productos lejanos, pero que sí los sufragamos indirectamente con los impuestos. Recaen sobre todo tipo de bolsillos, de manera indiscriminada, mientras los beneficios se reparten entre los pocos titulares de las multinacionales agrarias y de los grandes consejos de administración. Es una verdadera desmesura que algunas multinacionales facturen más que el Producto Interior Bruto de países enteros. Que estas empresas sean más potentes que los gobiernos ya nos da alguna pista del porqué de algunas situaciones incomprensibles a las que hemos llegado.

Una vía por explorar, con posibilidades de futuro, es la de las formas de producción cooperativistas. A menudo, las personas que han optado por esta meritoria manera de organizar el trabajo no han recibido las ayudas ni la formación requeridas para consolidar este tipo de empresas. En todo caso, las pequeñas y medianas empresas con más participación de los trabajadores, parece que pueden ser más compatibles con la Vida Buena deseada para todos, que con los anónimos monstruos de producción a escala mundial.

Otra parcela de la economía que requiere un buen golpe de timón es el de la energía. Los seres vivos que pueblan el planeta se sirven de energía solar: todos, excepto los humanos, que usamos y abusamos de energías fósiles. Si pensamos que entre el año 1960 y el 2000 hemos consumido la misma energía que en el resto de la historia de la humanidad, sobran palabras para descubrir hacia dónde vamos. Tenemos oportunidad de aprender mucho de la naturaleza. El perfecto equilibrio entre los ecosistemas nos brinda pautas de comportamiento razonables.

La «biomímesis» es la ciencia que desarrolla aportaciones novedosas después de tener en cuenta el funcionamiento de los organismos y también de los ecosistemas. Se está evolucionando mucho en esta línea de investigación que puede ofrecernos buenas soluciones a no tardar. Jorge Riechmann pone algunos ejemplos: “Janine Benyus ha señalado que las arañas producen seda, que es tan fuerte como el kevlar (¡fibra sintética empleada en la fabricación de chalecos antibala!). El abalón u oreja marina (un gastrópodo marino) fabrica una concha interior dos veces más resistente que las cerámicas humanas, y las diatomeas convierten el agua del mar en vidrio -ninguna necesita hornos-. Los árboles convierten la luz del sol y el suelo en celulosa, un azúcar más rígido y fuerte que el nilón pero mucho menos denso”[18].

Adela Cortina acierta al decir: “Desde que en los años veinte del pasado siglo irrumpiera la producción en masa en el mercado, la capacidad de consumir fue ganando terreno a las demás capacidades humanas, primero medalla de cobre, después de plata, hasta ocupar el primer puesto en el podium de las capacidades más valoradas en esta nuestra era que ha dado en llamarse con acierto ’era de la información’, y que podría llamarse ‘era del consumo’ con igual o mayor tino”[19]. Que la economía de mercado pase a mejor vida no significa que desaparezca el mercado. Siempre ha existido mercado, el intercambio de productos. Lo que no es razonable es que todo, absolutamente todo, quede mercantilizado.

El mercado tiene la función del intercambio; pero cuando la sociedad “con” mercado se convierte en sociedad “de” mercado, es cuando nace la especulación. El mercado se convierte entonces en fuente de enriquecimiento rápido, a costa de avivar la sed de consumo de las capas de población más vulnerables. Las campañas publicitarias diseñadas con sofisticadas técnicas de manipulación hacen verdaderos estragos[20].

No todo está perdido y todo está por hacer. La crisis puede ser una oportunidad. En la Grecia clásica krinein (crisis) significaba decidir, oportunidad, vacilar, etc. Hay visiones esperanzadas que apuntan un mundo absolutamente insólito[21]. Sólo con una movilización general y entusiasta conseguiremos la llegada a puestos de responsabilidad política de mujeres y hombres dispuestos a ofrecer lo mejor de sí mismos por las causas pendientes de los pueblos, poniéndose al lado de los que sufren y caminando junto a los más débiles y olvidados. Es imprescindible que los políticos y los pueblos marchen unidos para poner fin a la perpetuación del poder en manos de canallas, que se sirven de la política para sus fines privados, utilizando medios fraudulentos y métodos subrepticios.

A pesar de todos los bienes materiales a su alcance, en Occidente la gente está deprimida y triste. El teólogo José I. González Faus lo plantea muy bien: “Cuando estoy de humor, resumo mi vida en esta frase: hubiese querido dedicarme a liberar a los oprimidos, y el Señor me ha limitado a consolar a los deprimidos. Con la seguridad de que la depresión, como la gran enfermedad cultural de nuestro Primer Mundo, que va tomando dimensiones literalmente epidémicas, tiene mucho que ver con la opresión como pecado estructural del mundo rico”. La filosofía del decrecimiento desmitifica el mercado como proveedor de felicidad, y desenmascara la inutilidad del Producto Interior Bruto como índice fiable para medir el grado de satisfacción de un determinado colectivo humano.

En realidad, nada nuevo bajo el sol, porque estos sencillos y elementales principios son los que desde antiguo vienen repitiendo los sabios. Confucio lo comunicaba diciendo: “Sólo puede ser siempre feliz aquel que sepa ser feliz con todo”; Horacio, por su parte, lo resumía así: “Se vive bien con poco”, y Lucio Apuleyo: “Para vivir, como para nadar, cuanto más descargado, mejor”. Asimismo, gracias a su sabiduría, los pueblos originarios, indígenas y tribales, después de 500 años de resistencia, han conseguido conservar sus valores. Debemos prestar atención, porque estos valores tienen muchos rasgos en común con los que en Occidente defiende el decrecimiento económico.

Por otra parte, los sistemas filosóficos y las religiones han mantenido también el sabio criterio de que con la sencillez es mucho más fácil encontrar lo esencial. Este lema es un eje fundamental en las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Cuando dice que no tiene dónde reclinar la cabeza (Mt 8, 20), es lo mismo que decirnos que vive como un marginado o un desinstalado, es decir, sin apego a nada. Cuando da instrucción a los apóstoles, les dice: “No traten de llevar oro, ni plata, ni monedas de cobre, ni provisiones para el viaje. No tomen más ropa de la que llevan puesta; ni bastón ni sandalias” (Mt 10, 9-10). Constituye una clara alusión al desprendimiento necesario para hacer posible la experiencia de Dios. Es esta anticipación de plenitud lo que nos hace superar nuestra cobardía para comprometernos en favor de los olvidados.

Esta misma idea la encontramos en el pasaje en el que un joven pregunta lo que debe hacer para conseguir la vida eterna. Jesús, al ver que era un estricto cumplidor de los mandamientos, lo mira con amor y le dice: “Sólo te falta una cosa: anda, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y así tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme” (Mc 10, 17-27). Estas claras alusiones a la preferencia de ir ligero de cargas no son para favorecer situaciones penitenciales ni masoquistas; es la necesidad de estar libre de todo aquello que nos distrae de dirigir nuestros esfuerzos hacia el núcleo de la vida: construir un mundo nuevo y hacerlo con toda libertad, para que todas y todos podamos gozar de la Vida Buena.

El pluralismo religioso nos demuestra que hay terrenos comunes. Por ejemplo, en todas las religiones encontramos la exhortación a tratar a los demás como a nosotros mismos: es la «regla de oro». Otro de los puntos en el que hay similitudes, es el de la necesidad de sencillez para alcanzar la apertura interior y descubrir momentos de trascendencia. Sin ánimo de ser exhaustivo, valgan estos ejemplos: en el hinduismo, en el Bhagavad Gita 3,19, se lee: “La persona que se mantiene igual en la censura que en la alabanza, silenciosa, satisfecha de todo, sin hogar, llena de firme resolución, es querida por Mí”.

La tradición budista tiene un pequeño cuento interesante: “Ryokan, un maestro Zen, llevaba un estilo de vida muy sencillo en una pequeña cabaña al pie de una montaña. Una tarde, un ladrón entró en la cabaña y descubrió que allí no había nada para robar. En aquel momento llegó Ryokan de pasear y lo sorprendió. ‘No es posible que hayas caminado tanto para visitarme y que marches con las manos vacías. Hazme un favor, toma mi ropa como un regalo’. El ladrón quedó perplejo, pero tomó la ropa y se fue corriendo. Ryokan se sentó desnudo y contempló la luna. ‘Pobre hombre, murmuró. ¡Ojalá pudiera darle esta maravillosa luna!’”.

De la tradición judía también es ejemplar este otro cuento: “En un albergue, un desconocido de aspecto arrogante, tomó por un mendigo al venerable Rabino Zúsia, y lo trató con menosprecio. Más tarde, se enteró de su identidad y fue corriendo a buscarle para excusarse. ‘¡Perdóname, Rabino! Si no, nunca más volveré a dormir tranquilo, ni podré descansar’. Entonces el Rabino Zúsia sonrió moviendo la cabeza: ‘¿Por qué me pides perdón a mí? No es a Zúsia a quien has ofendido, sino a un pobre mendigo. Ve, pues, por todos los lugares y pide perdón a todos los mendigos que encuentres”.

El Islam tiene pensamientos en la misma línea, como este de Farid Ud-Din Attar: “Dios quiera que estés actualmente como estabas antes de existir individualmente: ¡en la nada de la existencia! Purifícate por completo de las malas cualidades; estate dispuesto como la tierra, como el viento en la mano”.

Para terminar, una cita del siglo XX particularmente bella del patriarca de Constantinopla, Atenágoras, jefe de la iglesia ortodoxa: “Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor. Es por esta razón por la que ya no tengo miedo. Cuando no se tiene nada, ya no se tiene miedo. Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, Él, entonces, nos da un tiempo nuevo donde todo es posible. ¡Es la paz!”.

Todas estas reflexiones nos indican que para poder ver realmente los ojos de los demás, uno no debe estar mirándose siempre a sí mismo, tal como ocurre en nuestras sociedades ególatras. Al contrario, ir ligero de equipaje nos permite luchar contra la pobreza y, sobre todo, ser críticos con la opulencia; porque, de lo contrario, lo arreglamos todo olvidándonos de los que sufren y, para acallar la conciencia, damos una limosna periódicamente. Como muy bien dice el poeta: “El señor don Juan de Robles, / de caridad sin igual, /hizo este santo hospital,/ y también hizo a los pobres”.

Es sumamente importante crear oportunidades de encuentro para las 6.000 culturas existentes, formadas por 500 millones de personas, críticas con las desmesuras del neoliberalismo y los abusos del eurocentrismo. Juntas, constituyen alternativas y esperanzas de conseguir otros mundos posibles. Todo confluye: la Vida Buena o Buen Vivir de los Quechua, que hablan de “Allin Kawsay”; los Aymara de “Suma Tamaña”; los Awajun de “Nugkui” o “Biruk”; los Guaraní de “Ñandereko”; los pueblos amazónicos de “Volver a la Maloca”. Y de tantos otros pueblos originarios, filosofías y religiones diversas, las enseñanzas de Jesús, la filosofía del decrecimiento o de pensadores que iluminan con sus propuestas la posibilidad de otras formas de vida[22].

Es restituir el equilibrio, la armonía, la serenidad y la buena relación entre los seres humanos y con todas las especies vivientes, equilibrio que perdimos cuando antepusimos la técnica a la vida. Está en lo cierto Jorge Riechmann: “En la era de la tecnociencia la naturaleza humana depende de la ética”[23]. La ética debe cobrar el valor de antaño para estar presente de manera transversal en todas las esferas de la vida[24]. Entonces, ¿no es cierto que nos encontramos ante una magnífica oportunidad para concretar todo este cúmulo de enseñanzas en una actualizada manera de llevarlas a la práctica?

El tema del decrecimiento, como hemos visto, es crítico con el sistema actual, pero necesita de la fuerza creadora de la Utopía, porque sin ella no lograremos alzar el vuelo que exigen los proyectos revolucionarios. Constituye un filón nuevo muy interesante para educadores de cualquier nivel que quieran estudiarlo y organizar talleres, encuentros, cursillos… en la educación popular, en las actividades formativas de las comunidades y de concienciación popular. Los que quieran profundizar en este tema pueden encontrar bibliografía y cibergrafía en la Agenda Latinoamericana 2010 y en Internet, en la página www.latinoamericana.org/2010/info.

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[1] MORIN, Edgar: ¿Hacia el abismo? Globalización en el siglo XXI, Barcelona, Paidós, 2010, p. 15.

[2] En el mundo hay 27.000 cabezas nucleares almacenadas.

[3] Un buen ensayo sobre ecología, ética y autolimitación: RIECHMANN, Jorge: Gente que no quiere viajar a Marte, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2004, 247 pp.

[4] MORIN, Edgar, op. cit.; p. 14.

[5] La fortuna de Hill Gates equivale el valor total de la de los 106 millones de norteamericanos más pobres, según cita Jean ZIEGLER en su libro: Los nuevos amos del mundo, Barcelona, Destino, 2003, p. 35.

[6] VERDÚ, Vicente: El capitalismo funeral, Barcelona, Anagrama, 2009, p. 189.

[7] Sin embargo no fue hasta el año 1869 cuando se popularizó la palabra ecología introducida por Ernst Haeckel.

[8] Conocido por Informe Meadows por el nombre de su autora principal Donella Meadows.

[9] Para conocer el pensamiento de este autor, véase: CARPINTERO, Óscar (ed.): Nicholas Georgescu-Roegen: ensayos bioeconómicos, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2007, 156 pp.

[10] Ibid., pp. 100 y 104

[11] Véase LINZ, Manfred, RIECHMANN, Jorge y SEMPERE, Joaquim: Vivir (bien) con menos, Barcelona, Icaria, 2007, 119 pp.

[12] Para saber el verdadero impacto humano sobre la biosfera se utiliza el índice de la Huella Ecológica que mide tanto el consumo de recursos como la generación de residuos.

[13] Para más detalles, la página web: http://assets.wwfes.panda.org/downloads/ipv20062.pdf

[14] ARISTÓTELES: La política, Barcelona, Espasa-Calpe, S.A., 1962, pp. 25-31.

[15] Uno de los teóricos del trabajo es André GORZ, véase su libro: Crítica de la razón productivista, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2008, 143 pp.

[16] Véase MONTAGUT, Xavier y VIVAS Esther (coord.): Supermercados, no gracias, Barcelona, Icaria, 2007, 191 pp.

[17] De diferentes fuentes periodísticas, en RIECHMANN, Jorge: Cuidar la T(t)ierra, Barecelona, Icaria, 2003, 623 pp.

[18] RIECHMANN, Jorge: Biomímesis, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2006, p. 190

[19] CORTINA, Adela: Por una ética del consumo, Madrid, Taurus, 2002, p. 21.

[20] La publicidad, en general, no tiene la finalidad de informar, prioriza el objetivo de provocar necesidades artificiales. Lo resume muy bien Clive HAMILTON: “El crecimiento económico no crea felicidad: es la infelicidad lo que sostiene el crecimiento económico”.

[21] Consulten PIGEM, Jordi: Buena crisis, Barcelona, Kairos, 2009, 190 pp. i ROVIRA, Àlex: La Buena Crisis, Madrid, Aguilar, 2009, 208 pp.

[22] CAMPS, Victoria: Una vida de calidad, Barcelona, Ares y Mares, 2001, 249 pp.

[23] RIECHMANN, Jorge: Gente que no quiere viajar a Marte, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2004, p. 234.

[24] GOULET, Denis: Ética del desarrollo, Madrid, Iepala, 1999, 247 pp.

Decrecimiento sostenible: buscando una "reducción próspera"

Cuando parecía que, a nivel popular, el concepto de desarrollo sostenible por fin estaba más o menos asimilado, y que casi todo el mundo sabía lo que significa, nuevos indicadores nos señalan que este término ya nos queda corto. De hecho, incluso es posible que ya esté caducado. La expresión, que fue empleada por primera vez en el informe "Nuestro futuro común" que la ex primera ministra noruega Gro Harlem Brundtland dirigió por encargo de las Naciones Unidas en 1987, fue uno de los pilares conceptuales de la Cumbre de Río de 1992. Actualmente, sin embargo, a pesar de haber sido una idea muy fructífera que ha abierto líneas de pensamiento y de acción muy interesantes, el famoso "dúo" ha perdido fuerza y en el contexto actual el enunciado ya no nos es suficiente para gestionar la realidad que nos toca vivir. Ya en 1993, el matemático y economista rumano Nicholas Georgescu-Roetgen, uno de los padres de la disciplina llamada economía ecológica o bioeconomía, argumentó que quizás era un oxímoron. ¿No son, según se mire, "desarrollo" y "sostenibilidad" palabras de significado opuesto?

La expresión sólo tendría sentido, planteó, en caso de que este "desarrollo" estuviera asociado a un no-crecimiento en la escala económica. Para él, la economía debería ser una rama de la biología, porque si no se tienen en cuenta los efectos de las acciones humanas sobre el medio ambiente, los "números" son falsos. El caso es que Georgescu-Roetgen et altri lanzaron sus pensamientos a la arena de los círculos académicos e intelectuales y de allí surgió la teoría del decrecimiento, un concepto que cada vez suscita más interés.

Ahora, un estudio encabezado por el economista Joan Martínez-Alier, catedrático del Departamento de Economía e Historia Económica de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), profundiza en un modelo económico que propone producir menos y reducir nuestro nivel de consumo. Bajo el título de "Decrecimiento sostenible: Delimitación del contexto, críticas y perspectivas futuras de un paradigma emergente", el trabajo analiza los orígenes del llamado decrecimiento sostenible, con raíces tanto en los círculos intelectuales de influencia marxista de Francia como los movimientos ambientalistas y sociales de los países del Norte, y compara los hitos de este con los del paradigma del desarrollo sostenible, aparentemente muy debilitado, estudiando alternativas viables para lograr una convergencia entre las ideas que buscan la vía para encontrar "una reducción próspera" con vistas a evitar un colapso global que muchos ya dan por seguro.

El problema principal, como casi siempre, no es que las propuestas generadas hacia el decrecimiento económico no sean lo suficientemente viables. Quién sabe, es posible incluso que pudieran alcanzar un éxito sorprendente si se pusieran en práctica. Como se expresa en el resumen que en relación al trabajo ha publicado la UAB, "la desventaja obvia es que enfrenta los poderes actuales de la sociedad. Ninguno de los principales agentes económicos, como los líderes gubernamentales y los del sector privado, no tendría interés en considerar una política de no crecimiento. Al respecto, habría que promover las ventajas de la reducción y mejorar los objetivos éticos de la sociedad ", concluye.

En un mundo en crisis en el que "desarrollo" aún es, en la práctica, sinónimo de "crecimiento ilimitado", y donde prácticamente todo el mundo desea poseer cada vez más cosas (y si puede ser más grandes), parece cuando menos esperanzador que expertos cualificados en una disciplina que une economía y ecología como conocimientos intrínsecamente vinculados pongan sobre la mesa pensamientos que miran más allá del PIB, el índice Dow Jones o, por poner un ejemplo más casero, el Ibex 35. Un montón de cifras ininteligibles para casi todo el mundo que, hoy por hoy, influyen en la sociedad de una manera mucho más determinante que todos los estudios científicos del mundo. ¿Hasta cuando? ¿Hasta dónde? ¡Hasta el infinito y más allá!

*Trabajo realizado por Joan Martínez-Alier junto con Unai Pascual, del Departamento de Geografía Económica de la Universidad de Cambridge (Inglaterra), Franck-Dominique Vivien, del Departamento de Economía de la Universidad de Reims Champagne Ardenne (Francia), y Edwin Zaccai, del Instituto de Gestión Ambiental y Planificación del Territorio de la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica.

sostenible.cat - Eva Van der Berg

Publicado en Ecological Economics 69 (2010) 1741-1747

Informe completo en: www.obela.org/system/files/Decrecimiento sustentable.pdf

El Patriarcado

Según Gerda Lerner la constitución del Patriarcado tendría lugar mediante un proceso que se alargó desde el año 3100 al 600 a. De C.

Era lógico que en los orígenes las mujeres ejercieran distintas funciones que los hombres, debido a sus capacidades reproductoras y de crianza, pero eso no las hizo inferiores. Eran recolectoras, poseían importantes conocimientos de plantas, de ecología, de raíces y de sus propiedades alimenticias y medicinales, amén del prestigio que gozaban como reproductoras de la especie.

Más probable es que el desarrollo de la guerra entre tribus durante periodos de escasez económica propiciar el ascenso del poder masculino a través de los triunfos militares. Las guerras son las que dan poder a los hombres sobre otros hombres y sobre todas las mujeres. Es entonces cuando se inicia el intercambio de mujeres con otras tribus como compensación por la derrota o bien el rapto de mujeres pera atender las necesidades vitales de los grupos diezmado por las guerras. En los primeros intercambios fueron las propias mujeres las que colaboraron e incluso las que organizaban las bodas sin prever los resultados finales.

Estos intercambios hicieron que la capacidad reproductora de las mujeres fuera cosificada y que se pasara de estructuras matrilocales a sociedades patrilocales: es la mujer la que es transferida, no el varón. El varón dentro de otra tribu podría resultar un enemigo, no así la mujer ligada a su prole. De este modo, las sociedades más complejas comenzaron a presentar una división del trabajo no basada únicamente en las diferencias sexuales, sino jerárquicas, instituyéndose también así la esclavitud. Es el inicio de los Estados arcaicos, cuyo signo distintivo es la dominación.

Los hombres eran explotados principalmente como trabajadores, pero las mujeres empezaron a ser explotadas como trabajadoras, como prestadoras de servicios sexuales y como reproductoras, lo cual dio origen a un tipo específico de dominio y de sometimiento.

Ya instituido este orden, resultaba que la dependencia del cabeza de familia del rey o de la burocracia estatal se veía compensada por la dominación que ejercía sobre su familia, como podemos comprobar en las recopilaciones jurídicas mesopotámicas.

Así pues, la nueva familia se convierte en la pieza clave que mantiene toda una estructura jerárquica de dominación, no sólo patriarcal, sino paternalista. El dominado cambia sumisión por protección, trabajo no remunerado por manutención. Los únicos privilegios entonces los que algunas mujeres podían aspirar consistían en pertenecer a una clase superior susceptible de dominar a hombres y mujeres de otra inferior, pero nada más.

La fidelidad a este orden impuesto se aseguró por la hegemonía masculina en la creación de símbolos, a través de los cuales los humanos nos comunicamos y conocemos. Y esta hegemonía se afirmó por dos imposiciones: la privación de educación para las mujeres y el monopolio masculino de las definiciones.

“Solo se pueden generar ideas revolucionarias cuando los oprimidos poseen una alternativa al sistema de símbolos y significados de aquellos que los dominan”

Gerda Lerner

Extraído del libro ‘Matria. El horizonte de lo posible’ escrito por Victoria Sendón de León.

¿Qué es la cultura occidental?


Denominamos Cultura Occidental al proceso histórico que apareció en Grecia alrededor del siglo VI a. De C. y que define el modo de percibir y manejar la realidad mediante la razón, lugar común donde diferentes personas construyen su identidad a través de un banco de representaciones mentales compartidas que definen el sentido de la verdad.

Históricamente, la cultura occidental hunde sus raíces en el pensamiento griego, donde la idea de Naturaleza (phisis) [como aquello que las cosas son y que desde ellas mismas determina su modo de comportarse], exige una explicación racional (logos).

Se produce de esta manera la primera herida: la misma naturaleza – que se percibe como única e inmutable - con el proceso lógico de pensamiento deja fuera otras maneras de acercarse a la realidad.

“La racionalización tiene una obsesión: hacer legible lo real. Se ha dado a la palabra realidad un sentido restringido: no se ve en lo real lo indomesticable, aquello que al mismo tiempo somos y nos oprime, estimula, enciende, abruma, aterra o enamora.”

María Zambrano

Otro de los sostenes de esta cultura occidental lo conforma la doctrina cristiana, que integra al hombre occidental en el mundo a través de la fe, mediante la división del cuerpo y el alma y la supremacía de ésta. El pecado fruto del alejamiento de la fe representa el castigo de Dios por tener cuerpo. Un ente superior juzga y obliga mediante el miedo al sometimiento del cuerpo y la represión del placer.

“El ‘alma’ es la unidad imaginaria que compensa el cuerpo realmente despiezado”

Jesús Ibañez

Un tercer soporte histórico lo constituye la ilustración: el conjunto de ideas - cuyos pilares son una visión mecanicista del mundo y el perpetuo mejoramiento - que iluminan nuestra época moderna en la creencia de que la humanidad evoluciona hacia su punto culminante: ‘la civilización cristiana occidental’: el supuesto ‘fin de la historia’ adelantado por Francis Fukuyama gracias a la libertad, la igualdad y el progreso.

“La superstición del progreso es el veneno que corroe nuestro cuerpo”

Simone Weil

Occidente ha organizado el vivir colectivo en torno a la supremacía de ‘la razón’, y en ella se han justificado las diferentes formas de jerarquía y dominación; la invención de estructuras sociales, económicas, políticas, religiosas... son racionales dentro de su propia lógica.

Quien determina que es la verdad mediante ‘la razón’, legitima su poder: el derecho a la propiedad, el derecho a la conquista, el derecho a la colonización... y éste es siempre un hombre, blanco, culto, rico, urbano... los que definen las lógicas del sentido de las diferentes sociedades occidentales, esto es, los que nos dan un nombre, dicen que comemos, que vestimos, ordenan nuestro imaginario colectivo y dan significado a lo que tenemos alrededor.