



David Llistar
Los límites físicos de nuestro planeta imponen decrecimiento energético y material a los metabolismos sociales de EEUU, Europa, Japón y el resto de países consumidores industriales. Comemos demasiado y demasiado rápido. Se han constituido así metabolismos construidos contemporáneamente bajo el paradigma de “hidrocarburo bueno-bonito-barato” e infinito (civilización petrolera), y organizados alrededor del máximo crecimiento posible en el menor tiempo posible (turbocapitalismo).
Ahora bien, situando nuestra mirada más hacia el Sur: ¿Acaso se puede exigir decrecimiento en Mozambique, el Ecuador o Vietnam? ¿Debe también respetarse el derecho de los chino/as o los indio/as a crecer anualmente cerca de un 10% de su PIB?
Lo/as teórico/as han ido con cuidado sin profundizar demasiado en esa esquina conceptual del decrecimiento. Autores como Gorz o Latouche sugieren que el esquema tiene sentido en los países del Centro (ás industrializados) desarrollados pero también en los países de la Periferia : “La problemática del decrecimiento ofrece la posibilidad de no pasar por la época industrial y acceder directamente a un ‘equilibrio posindustrial’ dentro de un poscapitalismo” (Latouche, 2008). En países como el Ecuador, ese “poscapitalismo” difícil de visualizar, se debate y pone en marcha en forma de políticas públicas bajo la óptica de que el desarrollo capitalista les ha perjudicado a lo largo de la historia y les sigue perjudicando (SENPLADES, 2009). Por ello han recuperado el término suma kawsay del Pueblo originario quíchwa, es decir, de ‘vivir y convivir bien’, sustituyendo al crecimiento y de mito de desarrollo capitalista por la búsqueda de una ‘vida en plenitud’ como objeto de la sociedad ecuatoriana.
Grupos de interés y no países
En mi opinión, la pregunta planteada más arriba parte de una unidad de análisis -la unidad estatal- cada vez más estrecha e insatisfactoria para comprender nuestro mundo y sacarlo de las n crisis. Se resuelve mucho mejor si se plantea un sistema mundial formado por muy distintos grupos de interés, interfiriendo entre sí y entre los cuales existen asimetrías en términos del poder dependiendo de su ubicación en ese sistema. Una especie de lucha de grupos de interés, muy parecida a la lucha de clases planteada por los marxistas. Algunos grupos de interés son locales, otros regionales, algunos nacionales, y otros estatales. Pero otros muchos son de carácter transnacional, incluso global, y escapan en su mayoría a la lógica del Estados-nación. Por ejemplo, podemos citar el caso de los productores y consumidores europeos preocupados por su dependencia energética. Esta preocupación les lleva a interferir a miles de quilómetros de distancia en la vida de campesinos e indígenas colombianos, indonesios, sudafricanos. Sin saberlo, su necesidad energética implica que estas poblaciones sean arrancadas de sus ecosistemas vitales al serles impuestos monocultivos “energéticos”, destinados a suministrar a Europa con palma africana para biodiesel.
Mi experiencia china
Una vez estuve en China, junto a algunos amigos ecologistas destacados -por cuestiones de imagen no contaré cómo llegamos allí- para discutir asuntos como los conflictos ambientales birregionales entre Asia y Europa. En Beijing, como suele sucederles últimamente a los extranjeros, me quedé con “cara de pollo comprado”, al contemplar el emergente poderío económico urbano chino, en forma de cientos de modernísimos edificios, cantidades asombrosas de Mercedes Benz y Audi ejecutivos, junto a un turbio y enorme smoke que reducía el brillo del sol de la mega-urbe a intensidades sub-árticas.
Vi a miles de consumidores y productores atacados por la misma obsesión productivista y consumista occidental, enamorados de teléfonos móviles de última generación, de marcas y estética de deportistas globales, generadores de residuos y con capacidad de influencia en el mundo similar a la nuestra. Millones de chinos “urbanitas” consumidores y propietarios enamorados de la globalización, chinos del Norte Global, contribuyendo directa y personalmente al cambio climático global al igual que el europeo medio. Fue con ellos con quienes me encontré. No con campesinos ni con los trabajadoras de las maquiladoras chinas. Y conocí a algunos de ellos que eran representantes de su país en distintos foros internacionales, defendían a China ante cualquier reproche proveniente de los ecologistas asiáticos y europeos. Con ellos tratamos de discutir sobre los males del libre comercio, ante la avalancha de tratados de libre comercio que iban a firmar esas clases dirigentes y …fracasamos.
En realidad, esa gente tan parecida a nosotro/as, convivía en un mismo país con “los otros” chinos. Los más de 1.000 millones de chinos entre campesinos, algunos indígenas, mineros de carbón, mujeres y niñas trabajadoras de las zonas francas para la exportación, obreros inmigrados rurales a las grandes ciudades chinas que ocupan los puestos más bajos,… chinos del Sur Global. Vi a cuando menos dos Chinas solapadas, “Primer” y “Tercer” mundo interpenetrados territorialmente y dependientes unos de otros. Bien podrían haber tenido dos banderas distintas, una con el yuang y el smoke, la otra con una gota de sudor y una semilla. Y me recordaron a las dos Indias que conocí, la ‘fast development India’ y la de los adivasi, los tribal expulsados por los megaproyectos productivos, etc.. que en realidad son más de dos. Y las dos Américas Latinas de Ecuador, México, Brasil, que son más de dos…
En definitiva, llegué a la conclusión de que una China no puede representar a la otra. Las cargas ambientales sobre el planeta de unos chinos y los otros nada tienen que ver, ni mucho menos pueden ser parecidos sus intereses.
Clases globales (socioecológicamente )
Así como lo/as ecologistas no solemos aceptar estadísticas demagógicas cuando los países del Norte quieren continuar contaminando, tampoco deberíamos aceptar que nadie se escondiera bajo la excusa de ser parte de un país todavía pobre escudándose en medias aritméticas que amagan las diferencias internas y las alianzas externas. Ejemplo de ello son los indicadores per cápita, sean estos de renta, contaminación, emisiones, ingesta energética o material, etc. Ni en las negociaciones sobre cambio climático, ni sobre conservación de biodiversidad, ni sobre responsabilidad ambiental de cualquier índole, ni sobre otros temas de gobernanza ambiental global. En su lugar, debemos entrar a valorar las distribuciones de los distintos activos y pasivos ambientales entre la población mundial (qué grupos contaminan, cuáles se enferman, cuáles disfrutan de qué, quiénes ganan y quiénes pierden) más allá de los estados a los que pertenecen. La emergente ecología política, herramienta interpretativa clave para nuevos escenarios de justicia ambiental, nos puede ayudar en eso.
Volviendo a nuestra pregunta y desde una perspectiva internacionalista, los ciudadano/as del Sur Global, deberían gritarnos a todos los ciudadano/as del Norte Global un lema conocido: “!No en nuestro nombre!”. Grito y confrontación no sólo ante los “tradicionales ricos” sino también ante los ‘nuevos ricos’ y las oligarquías de países del Sur -algunas que poco tienen de nuevas- porque los enriquecidos se han ampliado y dispersado geográficamente. ¡Qué me importa a mi que el CO2 haya sido generado por una limousina de un apoderado español o la de otro filipino!
El Norte/Sur Globales son categorías que describen mucho mejor la realidad de todos esos grupos de interés en conflicto, que no la dicotomía Norte/Sur geográficos basada en la comparación entre países. También en los conflictos por la distribución de cargas ambientales. Ejemplo de ello fue el resultado de la Cumbre de Copenhagen en diciembre 2009 en la que se impusiera la voluntad de llegar al mínimo acuerdo posible de un paradójico eje crecimentista EEUU-China-Sector privado petrolero. Existen otras categorías socioecológicas interesantes como la de “clase consumidora mundial” a la cual se estimaba que en 2002 pertenecían 1.400 millones de personas distribuídos de forma irregular por todo el mundo, no sólo en el Norte (400 de ellos en tre China e India, 168 millones en América Latina y Caribe, 34 millones en África Subsahariana) (2004, Worldwatch Institute).
Conclusión: el decrecimiento se debe exigir en el Sur a los ricos y a las clases medias
Por todo ello, la pregunta inicial se responde afirmando primero que quien debe decrecer y reorganizarse son todos y cada uno de los grupos de interés que conforman el Norte Global, quieran ser estos transnacionales, europeos, chinos, rusos, marroquíes, peruanos, angoleños o apátridas.
En segundo lugar, el Sur Global no tiene porqué decrecer material y energéticamente. Lo cual no significa que se olvide de los límites de la naturaleza, ni que deba organizarse bajo lógicas de crecimiento y desarrollo capitalista, soviético incluso socialistas del s.XXI. Cosmovisiones y lógicas organizativas propias de culturas indígenas y campesinas como las asociadas a la ‘vida en plenitud’ andinas (suma kawsay en quíchua, suma q’amaña en aymara), plantean el vivir bien en contraposición al vivir mejor occidental (vivir mejor que el prójimo), y definen una relación de reciprocidad y armonía con la naturaleza. Por tanto se encuentran en plena sintonía con las ideas del decrecimiento -con ese equilibrio postindustiral al que se refiere Latouche- incluso las puede inspirar junto a muchas otras visiones hermanas similares procedentes de la periferia del sistema.
Finalmente y en términos políticos, como apunta Joan Martínez Alier, “Los movimientos de Justicia Ambiental y del Ecologismo de los Pobres del Sur son de hecho los mejores aliados del Decrecimiento Sostenible del Norte” (Martínez-Alier, 2008). Muchas comunidades del Sur Global, sin concebirse a si mismos como ecologistas, luchan contra distintas formas de anticooperación procedente de grupos de interés que presionan para expandirse, para crecer en espacio ajeno, y garantizar sus suministros de materiales y energía (Llistar, 2009). Luchan, aunque a menudo sea por propia supervivencia de sus comunidades, por el decrecimiento.
Bibliografía:
- Acosta, A. (2008). El buen vivir. Una oportunidad por construir. Revista Ecuador Debate. (disponible en http://www.economiasolidaria.org, visitado 4/5/2010)
- Martínez Alier, J. (2008). Decrecimiento Sostenible. Revista Ecologia Política, n. 35. Barcelona: Icària editorial.
- Latouche, S. (2008). La apuesta por el decrecimiento. Barcelona: Icària editorial.
- Llistar, D. (2009). Anticooperación. Interferencias Norte Sur. Los problemas del Sur no se resuelven con más ayuda internacional. Barcelona: Icaria editorial.
- Senplades (2009). Plan Nacional de Desarrollo del Buen Vivir. Gobierno del Ecuador.
- Worldwatch Institute (2004). El estado del mundo. Barcelona: Icària editorial.
David Llistar, Observatoio de la Deuda en la Globalización. Publicado en Ecologista (n. 65) Mayo 2010
Autor de (2009) Anticooperación. Interferencias Norte Sur. Los problemas del Sur no se resuelven con más ayuda Barcelona: Icària editorial.
Creo que lo más importante es concentrarnos en qué consumimos y cuál es el costo medio ambiental de nuestro consumo. En otra palabras, medir el 'rendimiento' de nuestra economía (esta idea es del economista Herman Daly). Según el científico Ernst-Ulrich von Weiszächer podemos obtener el doble de bienestar si gastamos menos del doble (lo que se conoce como “factor cuatro”), además muchas cosas pueden crecer por siempre, como la cultura, la investigación, el conocimiento y la amistad.
Creo que el 'decrecimiento' es una palabra para convencer a los intelectuales pero no a las masas de gente común que necesitan términos que no suenen a demandas de sacrificios. Nuestros gobiernos están demandando sacrificios, pero nosotros podemos ofrecer la plenitud del crecimiento verde. Existen todos los medios para que eso se haga realidad ya.

La mayor parte de las actividades que generan placer viven ajenas al mercado: un beso, una melodía, un abrazo, un olor que evoca tiempos pasados, una sonrisa, el contacto con la naturaleza, una conversación; actitudes ante la vida como enfrentarse a los problemas con serenidad, con buen ánimo o relacionarse con las personas con buen humor y apreciándolas, encarar la existencia con sabiduría de forma relajada o disfrutar del sexo, son formas de hacer, de relacionarse y de pensar que nos provocan situaciones placenteras que emergen de nuestro interior.
Las emociones, los sentimientos, los afectos que nos inundan estimulan nuestro sistema hormonal. La oxitocina, endorfina, nos hace sentir bien; mientras que la adrenalina, la noradrenalina y el cortisol nos producen malestar, debilitan nuestro sistema inmunitario y deteriora nuestras capacidades cognitivas. Desgraciadamente la aparición del estrés, la angustia o la ansiedad nos producen adicción porque el cuerpo se acostumbra al ritmo impuesto por la segregación de estas hormonas.
La felicidad la llevamos incorporada: El sentir placer y alegría se puede llevar a cabo modificando los niveles químicos de oxitocina y vasopresina, hormonas que provocan sensaciones de bienestar y controlan los lazos emocionales.
Fomentemos aquellas actividades, relaciones y pensamientos que nos generan sensaciones embriagadoras, gozosas y sensuales; que además no degradan la naturaleza, favorecen nuestra buena salud y satisfacen nuestras necesidades. Dejemos de lado las satisfacciones efímeras que degradan nuestra salud y nuestro entorno.
Hagamos el amor.
Para saber más: La buena crisis. Reinventarse a uno mismo: la revolución de la conciencia. Alex Rovira.
Para saber más: Endorfinas, la felicidad que emerge de uno mismo
Paco Puche Bajo el paradigma de que fuera del capitalismo nos sobrará tiempo para la vida Paco Puche traza en este artículo un recorrido histórico, filosófico y económico de los conceptos del trabajo y el tiempo, censurando el significado que han adquirido en la actualidad, y resaltando lo que supondrán -trabajo y tiempo- en una sociedad que avanza hacia el decrecimiento.
Decrecimiento y tiempo para la vida
“Especialmente atacadas se ven aquellas de nuestras prioridades que proceden de la necesidad humana de compartir, legar, consolar, condolerse y tener esperanza”. John Berger
Todo viene de considerar a la economía actual como el “todo” social, político y cultural.
De la economía
Como dice Polanyi (2009:42) “es por la desproporcionada influencia que el sistema de mercado ha ejercido en la sociedad y en nuestra propia experiencia por lo que encontramos difícil comprender el carácter limitado y subordinado de la economía tal como ésta se presenta fuera de dicho sistema”.
La economía ha de entenderse como un proceso institucionalizado de interacción que sirve para satisfacer las necesidades materiales; en este sentido forma parte vital de todas las sociedades humanas. O en un sentido más amplio, como “las formas en que cada sociedad resuelve sus problemas de sostenimiento de la vida” (Carrasco, 2001:12). Toda sociedad, por tanto tiene que tener alguna forma de economía dentro de la concepción anteriormente expuesta.
Esto nos lleva a dos cuestiones centrales que van a tener mucho que ver con las propuestas de decrecimiento: el trabajo y las necesidades.
Del trabajo
El trabajo puede considerarse una invariante antropológica en el sentido objetivo del segundo principio de termodinámica. Como dice Georgescu-Roegen (1996: 353) “el proceso económico depende de la actividad de los seres humanos que transforman la baja entropía en alta entropía”, esto significa la tarea de ordenar una naturaleza que no está al servicio de los seres humanos en otra que sí pueda servirles, sometiéndose a sus leyes, especialmente a las de la termodinámica, como hemos dicho. Al fin y al cabo la segunda ley mencionada, que dice que la materia y la energía aunque no se crea ni se destruye se transforma en otra de mayor entropía, significa pérdida de utilidad para los seres humanos. Es por tanto una ley en cierto modo antropocéntrica.
Este “trabajo necesario” tiene una finalidad, como la propia economía: satisfacer necesidades, mantener la vida, o el placer de vivir como sostiene Geogescu-Roegen (1996:353). No se debe confundir ni con el empleo remunerado, ni con la penosidad que algunas actividades tienen asociadas, ni con la sociedad salarial, ni con la remuneración, etcétera, que son meras formas históricas de esta actividad necesaria que hemos llamado “trabajo”. El diálogo entre José Manuel Naredo y Jorge Riechmann sobre este asunto resulta esclarecedor (ver Papeles de relaciones ecosociales y cambio global nº 108, 2009, pp 147-161).
La economía feminista no deja dudas sobre la falacia de confundir trabajo con empleo remunerado, porque “esta actividad -los trabajos domésticos y de cuidados- es la que debería servir de referente y no el trabajo realizado en el mercado… por que es el trabajo fundamental para que la vida continúe” (Carrasco 2006:46).
Artículo completo en Ecoportal: decrecimiento y tiempo para la vida
Giorgio Mosangini - Col.lectiu d'Estudis sobre Cooperació i DesenvolupamentEl crecimiento es indisociable de la desigualdad Norte-Sur
Si alrededor de 1500 empieza la historia del crecimiento económico exponencial, también empieza la historia de las desigualdades Norte-Sur. Al inaugurarse el sistema capitalista mundial nace también su estructura jerárquica. El modelo de crecimiento incorpora progresivamente todos los territorios (proceso aún en marcha hoy en día) aniquilando las estructuras culturales, sociales y económicas preexistentes en beneficio de los países del centro y del modelo de crecimiento ilimitado. El incremento de las desigualdades, la pérdida de autonomía y la confiscación de ecoespacios en la periferia son condición indispensable del crecimiento económico. Por tanto deben ser dimensiones centrales de los análisis y las propuestas del decrecimiento.
La responsabilidad de la crisis sistémica en un mundo desigual
La crisis sistémica que atravesamos exige analizar la responsabilidad de las sociedades de acuerdo a la desigualdad existente. El haber superado las capacidades de carga de la biosfera es responsabilidad de los países del Norte y de las élites del Sur (el 20% de la población que consume más del 83% de los recursos). La gran mayoría de la población humana (el 80% restante) no vive por encima de las capacidades del planeta. Para universalizar el estilo de vida de una estadounidense medio necesitaríamos más de 5 planetas (3 en el caso de un español). La mayoría de los países, en cambio, siguen manteniendo su huella ecológica muy por debajo del techo natural.
Aunque no tengan responsabilidad sobre la crisis ecológica y la superación de las capacidades de carga de la biosfera, las poblaciones del Sur global son las principales víctimas de sus consecuencias (cambio climático, incremento de fenómenos naturales extremos, etc.). La sobrecarga sobre el planeta incrementa la presión sobre los ecoespacios del Sur. La acumulación del capital y el crecimiento, para proseguir en una situación de escasez, incrementan la presión sobre la materia, la energía, la biodiversidad, los espacios de cultivo, el material genético, etc., del Sur global. Los picos de explotación de recursos tienen influencia directa en la aparición de nuevas fronteras de explotación, que empeoran las condiciones de vida y agudizan los conflictos sociales en las sociedades del Sur.
Determinismo ecológico vs. decrecimiento como proyecto político
Reconocer que hemos superado las capacidades de carga de la biosfera puede conllevar el riesgo de caer en algún tipo de determinismo ecológico. Hay límites, pero dentro de los límites las sociedades humanas son construcciones sociales y políticas, no son sólo el reflejo de una realidad ecológica. Poner en evidencia los límites ecológicos no nos debe alejar de la política, sino que debería llevarnos a asumir políticamente la construcción de sociedades justas y sostenibles. Para que el decrecimiento en un futuro no se traduzca en un ajuste esencialmente ecológico, cientificista o anti-humano, tenemos que poner en primer término nuestros valores: el cuidado de la vida, de la naturaleza y de los seres humanos. El igualitarismo y la lucha contra las desigualdades (en particular en su dimensión Norte-Sur) tienen que ser un elemento central del decrecimiento.
La deuda del crecimiento: la defensa de la justicia Norte-Sur desde el decrecimiento
Proponemos el concepto de deuda del crecimiento como uno de los posibles enfoques para dotar de contenido político la dimensión Norte-Sur en el marco de las propuestas del decrecimiento. Ante la insostenibilidad ecológica alcanzada por la humanidad, la degradación creciente de materia y energía y el incremento resultante de desigualdades e injusticias sociales, los países del Norte y las élites del Sur son deudores de crecimiento mientras que los países del Sur son acreedores de crecimiento. Consideramos que la deuda del crecimiento debería incorporar el conjunto de deudas definidas a partir del estudio de los impactos del modelo de crecimiento occidental en los países del Sur, tales como:
- La deuda ecológica. La deuda de carbono (el modelo de crecimiento económico del Norte genera emisiones de dióxido de carbono que superan la capacidad de absorción natural y causan impactos ecológicos como el calentamiento global). La biopiratería (las transnacionales del Norte se apropian de la diversidad cultural y biológica registrando la propiedad intelectual de recursos y conocimientos tradicionales existentes en los países del Sur). Los pasivos ambientales (el crecimiento económico en el Norte se nutre de la extracción de recursos a precios muy bajos y con costes ecológicos altos en los países del Sur). La exportación de residuos (residuos del modelo de producción y consumo en el Norte se trasladan a los países del Sur generando graves impactos ecológicos)
- La deuda social (impacto del crecimiento de los países del Norte en las condiciones de vida, de salud, y de derechos humanos de la poblaciones del Sur)
- La deuda cultural (el modelo uniforme de producción y consumo impuesto por el crecimiento económico avanza paralelamente a la destrucción de culturas y formas de vida milenarias en los países del Sur)
- La deuda histórica (el crecimiento económico en el Norte hunde sus raíces en la colonización y las múltiples formas renovadas de dominación)
La deuda económica (el crecimiento económico del Norte se sustenta en el intercambio desigual con los países del Sur)
- Etc.
Aunque el "pago" de la deuda del crecimiento pase esencialmente por cambios en el Norte (decrecimiento), también conlleva responsabilidades de compensación a todos los niveles: social, ambiental, económico, cultural…
La cooperación internacional: un ámbito concreto de incidencia para la perspectiva Norte-Sur del decrecimiento
La cooperación internacional al desarrollo parte substancialmente de un imaginario económico (el del crecimiento ilimitado) y se ve contagiada por la incapacidad del modelo occidental de tener en cuenta a la biosfera. Dos grandes rasgos del discurso de la cooperación pueden ser objeto de una revisión crítica por parte del decrecimiento:
- La cooperación se entiende fundamentalmente como una respuesta a carencias de los países del Sur. Hasta los años 80, identificaba la falta de crecimiento económico como la mayor carencia de los países del Sur. Por ello, el crecimiento económico fue el principal objetivo de la cooperación durante décadas. A partir de los años 80 han ido ganando fuerza análisis que otorgan un papel central también a carencias situadas en la dimensión social u otras dimensiones no estrictamente económicas (promoción del capital humano, de las capacidades y oportunidades humanas, etc.), sin embargo, el crecimiento económico sigue siendo una condición imprescindible para alcanzar el desarrollo humano.
- La ayuda oficial al desarrollo (AOD) no constituye una obligación de los Estados, es voluntaria y discrecional. La propia terminología del modelo de cooperación ("ayuda", "donación", etc.) nos remite a su voluntariedad y no obligatoriedad. En ningún momento aparece el derecho de los países del Sur a reclamar o exigir flujos de AOD. El modelo de cooperación se sustenta en la decisión unilateral del Norte acerca de dónde, cómo, y cuánto "ayudar".
Retomando los análisis del decrecimiento expuestos anteriormente, podemos sacar alguna conclusión sobre la revisión crítica de los dos grandes rasgos de la cooperación internacional señalados:
- La cooperación como redistribución. La "pobreza", el supuesto "subdesarrollo" de los países del Sur, no atañen principalmente a problemas relacionados a carencias propias, sino a la confiscación de sus ecoespacios por parte de los países del Norte. El problema no es el crecimiento de los países del Sur (ya sea en términos estrictamente económicos o desde un punto de vista de capacidades). El problema fundamental es de redistribución del uso de los recursos y de sujeción a los límites naturales. No es que el Sur no crezca o no se "desarrolle", sino que lo hace en función de las necesidades e intereses de los países del Norte y de las élites en el Sur. La reflexión nos llevaría por lo tanto hacia la necesidad de repensar el modelo de cooperación, centrando las estrategias en el ajuste ecológico y social del Norte que permita redistribuir con equidad la utilización de los recursos del planeta entre sus habitantes, así como volver a respetar los límites marcados por la biosfera y las capacidades de regeneración del planeta. Ya no se trataría de enfrentar las carencias del Sur, sino los excesos del Norte global.
- La cooperación como responsabilidad y obligación. Contemplar la cooperación desde la perspectiva de la deuda del crecimiento nos llevaría a sustituir la voluntariedad por la obligación, la caridad por la responsabilidad. Deberíamos reformular entonces un modelo de cooperación internacional basado en una doble obligación: la obligación de devolver y de no exceder. Compensar y remediar, por un lado, todos los impactos negativos que nuestro modelo ha tenido en los países del Sur. Ajustar ecológica y socialmente nuestro modelo, por otro lado, para que occidente ya no viva a costa de los bioespacios de las poblaciones del Sur y superando las capacidades de carga del planeta.
¿Qué propuestas para/desde el Sur?
Si reajustásemos los excesos e injusticias del sobreconsumo del 20% de las élites mundiales, el 80% de la población humana aún tendría un amplio margen de crecimiento en su consumo de materia, de energía, en sus emisiones de Co2, etc., a medida que éstos decrezcan radicalmente en el Norte global. Ahora bien, esta constatación no implica que el Sur global deba seguir la senda del modelo productivista y extender el economicismo a todas las esferas de la vida. Si el decrecimiento concierne esencialmente al Norte global, también implica cambios en el Sur. El cuestionamiento del crecimiento económico y del desarrollo occidental en el Sur global y la búsqueda de nuevos caminos debería partir en primer término de propuestas políticas y análisis ya existentes, que emergen desde o sobre el Sur global, y auguran fecundos cruces teóricos con el decrecimiento. Señalamos algunas perspectivas con las cuales el decrecimiento podría compartir su camino contra la mercantilización y por la defensa del cuidado de la vida como objetivo básico de las sociedades:
- Soberanía Alimentaria. La propuesta política de la Vía Campesina (movimiento que aglutina a organizaciones con casi 200 millones de campesinos/as afiliados) defiende el derecho de los pueblos a definir sus propias políticas ecológicamente sustentables de producción distribución y consumo de alimentos, garantizando su derecho a una alimentación nutritiva, segura y cultural y ambientalmente apropiada, con pleno acceso de las familias campesinas a tierra, agua y semillas. La Soberanía Alimentaria también reclama el derecho a proteger la producción agropecuaria local y nacional y el mercado local, contemplando la comercialización de los excedentes sólo después de garantizar las necesidades de la población local. Comparte agenda con el decrecimiento al enfrentarse al modelo agroindustrial y librecambista, que condena al sector agropecuario a la mercantilización y al productivismo. Defienden la agroecología y la multifuncionalidad del campo.
- Ecofeminismo. El decrecimiento coincide con el ecofeminismo y otras perspectivas feministas críticas en la denuncia del imaginario que sustenta la modernidad occidental y la economía ortodoxa. Imaginario que conlleva la invisibilización y explotación de la naturaleza y de las mujeres. Ambas corrientes ven a la economía hegemónica como un obstáculo para perseguir sus objetivos de cuidado y reproducción de las personas y de la naturaleza.
- Posdesarrollo. El posdesarrollo es una crítica cultural al desarrollo como principio rector de las sociedades. Defiende modelos culturales localmente adaptados frente a las recetas universales del desarrollo y del crecimiento ilimitado.
- Buen Vivir (Sumak Kausay). Diversos países, como Ecuador y Perú, han incorporado cosmovisiones indígenas en sus constituciones que rompen con el productivismo y la insostenibilidad ambiental anclados en la cultura occidental. En la constitución ecuatoriana, por ejemplo, la naturaleza (Pachamama) pasa a tener derechos propios. El Buen Vivir tiene muchas semejanzas con el decrecimiento al entender como un todo la sostenibilidad social y ecológica, la justicia social y los derechos de la naturaleza. Desde el Sur nos llegan así propuestas políticas concretas para poner frenos a la mercantilización de la naturaleza, como la Iniciativa ITT, que propuso en el año 2007 no explotar el petróleo del Parque Nacional Yasuní, apelando a la corresponsabilidad de la comunidad internacional y situando a Ecuador en la vanguardia política mundial para alcanzar sociedades post-petroleras y en la denuncia de los efectos sociales y ambientales del modelo de crecimiento ilimitado.
Documento de trabajo preparado para la Segunda Conferencia Internacional sobre Decrecimiento (Barcelona – marzo de 2010).

El primitivo cazador-recolector pasa en este estado miles de años y un buen día Prometeo le roba el fuego a los dioses, ocurrió hace más de 250.000 años, a partir de entoces se pudo ver en la oscuridad y dormir tranquilamente en las cavernas como si de un vientre materno se tratara.
Luis Martínez Andrade
El pasado 2 de junio fue presentado en la Casa de México de París el texto La décroissance est-elle souhaitable? del pastor y militante ecologista Stéphane Lavignotte. Dicho texto se encuentra inscrito dentro de un proyecto académico iniciado por Philippe Corcuff (miembro de Attac) y Lilian Matthieu que tiene por objeto la creación de una petite encyclopédie critique donde, indudablemente, la cuestión del decrecimiento juega un papel central. De ahí que el autor de la décroissance realice un análisis no sólo del concepto sino del contexto en el que emergió dicho concepto, esto es en la década de los setenta, que para el sistema-mundo representó el inicio de la fase B de Kondratieff, mientras, que para el hexágono francés implicó el final de los “Treinta Gloriosos”. Con la finalidad de mostrar que la noción de “de-crecimiento” implica un serio cuestionamiento al sistema económico –el capitalismo– y al modelo filosófico dominante, el autor intenta rastrear el origen y las ambigüedades de la corriente de la décroissance.
El texto está compuesto por tres secciones. En la primera se aborda la génesis y decadencia del término “decrecimiento”. Después de la publicación del reporte del Club de Roma en 1972 y de la cumbre de Río de Janeiro en 1992 las cuestiones ligadas al problema ecológico han sido asimiladas por el discurso hegemónico (1) contribuyendo a la creación de proyectos políticos y económicos que esconden al verdadero culpable del desastre ecológico. En otras palabras, las Partidos Verdes –sobre todo en América Latina– y las ONG’s de cuño “eco-colonialistas” han servido de simples “costureros” para el diseño del nuevo traje del que precisa actualmente el lobo-capitalista. Por su parte, Lavignotte sostiene que: “la transformación del aparato productivo y la disminución del consumo deben ir a la par” (p. 13).
Lavignotte opta por el término “críticos al crecimiento” (objecteur de croissance) que por el de partisanos del decrecimiento. De ahí que el autor analice dos generaciones de “críticos al crecimiento”, la primera representada por los colaboradores de la revista Entropia, Serge Latouche y Jean-Claude Besson-Girard y, la segunda, en torno a Vincent Cheynet y Paul Ariès.
En esta primera sección se puntualizan los principales argumentos de los críticos al crecimiento: desprecio por la sociedad de consumo, desconfianza por los indicadores macro-económicos (PIB), renuncia a la ilusión del crecimiento ilimitado y un serio cuestionamiento al papel de la publicidad en la sociedad. Las bases teóricas y analíticas de los críticos al crecimiento se encuentran en pensadores de la talla de Nicolas Georgescu-Roegen, André Gorz, Jacques Ellul e Iván Illich –sí, el fundador del CIDOC de Cuernavaca–. Los críticos del crecimiento cuestionan la entelequia hegemónica que intenta imponer la noción de “capitalismo verde” –que otrora fuese, capitalismo con rostro humano– puesto que oculta las dos contradicciones del sistema: capital/trabajo y fuerzas productivas/condiciones de producción (2) (p. 87).
El impacto del movimiento por el decrecimiento puede observarse por ejemplo, en julio de 2005 cuando se realizó una “Marche pour la décroissance” (Caminata por el decrecimiento) que reunió a más de mil jóvenes y terminó en un encuentro en Magny-Cours y que exigió el fin de la Fórmula 1.
La segunda parte del libro aborda algunos señalamientos hechos a los críticos del crecimiento por parte de algunos simpatizantes del eco-socialismo. Llamando la atención la diferencia entre S. Latouche y Jean-Marie Harribey –Profesor de la Universidad de Burdeos– en lo que refiere a la occidentalización del mundo; ya que mientras que para Latouche dicha occidentalización ha sido la causante del deterioro ambiental, por su parte, Harribey sostiene que: “de tanto repetir que la economía fue inventada por Occidente se corre el riesgo de confundir el acto de producción –que es una categoría antropológica– con las condiciones sociales y su reproducción –categorías históricas–, o en otras palabras, no podemos homologar el proceso de trabajo en general con el proceso de producción capitalista” (p. 66).
Asimismo, el acercamiento por parte de Paul Ariès y de Vicent Cheynet a algunas corrientes psicoanalíticas conservadoras –el caso de los trabajos de Jean-Pierre Lebrun– ha sido cuestionado por Philippe Corcuff quien señala: ¿Por qué no re-leer a los clásicos de la antropología como Marx? ¿No fue Marx quien postuló que el encuentro con el ‘hombre completo’ se efectuaría en una sociedad emancipada ya liberada del marco social donde el reino del dinero y el patrón de medida es impuesto por la mercancía?” (p. 79).
Finalmente, la tercera y última parte del libro recupera la provocación efectuada por Paul Ariès en diciembre de 2006 donde criticaba el “productivismo” de la izquierda militante. Sin embargo, como lo muestra Lavignotte, algunos protagonistas del Nuevo Partido Anti-Capitalista (NPA) a través de los textos de Vincent Gay, Cédric Durand y Michael Löwy (3) han analizado y criticado de manera muy aguda al productivismo.
Además, resulta interesante que Paul Ariès –recuperando la utopía concreta de Ernst Bloch– utiliza los términos de “esperanza” y de “mito político”. En este sentido, las preocupaciones pre-ecologistas pueden ser recuperadas por un proyecto ecosocialista que van más allá de los proyectos y programas reformistas.
Lavignotte nos presenta también el esbozo para una ética del decrecimiento donde los aportes de Serge Moscovici, Paul Ricoeur y Olivier Abel son piezas clave en la construcción de un proyecto alternativo. Sin embargo, el autor toma distancia de la posición de Ariès para quien la cuestión central se reduce a la disyuntiva entre “estar a favor o en contra de las instituciones”. Para Lavignotte, las instituciones son el resultado de costumbres comunes que no tienen porque producir siempre un mismo tipo de hombre (p. 111). En ese sentido, el autor hace un llamado a la puesta en marcha de una “política de la pluralidad” donde una revolución molecular (Guattari) puede influir de manera importante en la transformación social.
Por nuestra parte, consideramos el texto de Lavignotte como una valiosa aportación tanto en el plano académico como en el nivel de la militancia política pues es un trabajo que continúa subrayando la relación entre teoría y praxis pero que, además, no omite ni mucho menos intenta ocultar al principal responsable de los males de este mundo: ¡el capitalismo!
(1) Slavoj Zizek ha manifestado su preocupación por la “naturalización del capitalismo”, es decir, por el desarrollo de proyectos eco-capitalistas que simplemente funcionan como paliativos de la contaminación mundial provocada por el sistema de producción capitalista. Cfr. S. Zizek, First as Tragedy, then as Farce, Verso, London, 2009, p. 34.
(2) En marzo se publicó en Francia una excelente compilación sobre las propuestas de una izquierda anti-capitalista donde destacan los artículos de François Chesnais “Ecologie, luttes sociales et projet révolutionnaire” y el de Daniel Tanuro “Marxisme, énergie et écologie:l’heure de vérité”. Cfr. Vicent Gay (comp.), Pistes pour un anticapitalisme vert, Syllepse, Paris, 2010.
(3) Cfr. Michael Löwy (comp.), Ecologie et socialisme, Syllepse, Paris, 2005.

Crisis energética, intereses privados, decrecimiento
Una de las características que han acompañado a los seres humanos ha sido la creación de formas sociales que les permitieran perdurar a lo largo del tiempo captando la energía disponible en el entorno en que vivían. Cada sociedad ha resuelto el satisfacer sus necesidades mediante diferentes formas de compartir con el medio donde se asientan y de esta manera recrear su identidad colectiva e individual. El flujo energético que permite la vida de los grupos sociales establece la base mediante la cual se despliega su forma de estar en el lugar.Hace miles de año los ciclos y procesos de la vida formaban parte de la propia vida cotidiana de las personas. Vivían inmersas en los fenómenos y en los ciclos de la naturaleza. Para Marshall Sahlins, quienes conocían la verdadera abundancia, a pesar de su absoluta ‘pobreza’, eran los cazadores recolectores. Los primitivos no poseen nada propio, no están obsesionados por sus objetos, que van descartando para desplazarse más cómodamente. No hay entre ellos ningún aparato de producción ni de ‘trabajo’: cazan recolectan ‘con tranquilidad’, podríamos decir, y comparten todo entre sí. La prodigalidad es total: consumen todo de entrada, sin cálculo económico y sin almacenar. Confía en la riqueza de los recursos naturales.
La ‘imprevisión’ y la ‘prodigalidad’ colectivas, características de las sociedades primitivas, son el signo de la abundancia real. Lo que funda la ‘confianza’ de los primitivos y lo que hace que vivan la abundancia aun pasando hambre es, finalmente, la transparencia y la reciprocidad de las relaciones sociales.
En la economía del don y del intercambio simbólico, una cantidad escasa y siempre finita de bienes basta para crear la riqueza general, pues esos pocos bienes pasan constantemente de unos a otros. La riqueza no se basa en los bienes, sino en el intercambio concreto ente las personas, por lo tanto es ilimitada, ya que el ciclo del intercambio no tiene fin, aunque se dé entre un número limitado de individuos, pues cada momento del ciclo de intercambio agrega valor al objeto intercambiado.
El ser humano ha sobrevivido sin prácticamente alterar la naturaleza durante cientos de miles de años; visto como una máquina funciona con algo menos de 100 vatios de energía. Esto es las 3.000 kilocalorías de ingesta diaria transformadas en una forma eléctrica de potencia.
“Antaño, el cielo estaba tan cerca de la tierra que bastaba con extender la mano para recortar un trozo de firmamento y alimentarse con él. Entonces los hombres se conformaban con alimentos crudos como los animales, como ellos, ignoraban el pudor. Era la edad de oro”
Mito de los Mossi
La Teoría del Decrecimiento (TDD) es una corriente de pensamiento ecológico, político, económico y social; con antecedentes en la idea del «estado estacionario» de la Escuela Clásica de Economía (sobre todo en David Ricardo y John Stuart Mill), según la cual llegaría un momento en que por falta de beneficios ya no habría más desarrollo. Como también la TDD tiene una deuda con las previas tesis del Club de Roma sobre expansión cero a largo plazo, para así detener el deterioro ambiental.En pocas palabras, lo que el decrecimiento propone es ir a la disminución regular y controlada de la producción para, de esa forma, establecer una nueva relación de equilibrio; no sólo entre la naturaleza y los seres humanos, sino también entre estos últimos. Con la TDD se rechazan, pues, los objetivos desarrollistas del liberalismo vía mercado y del keynesianismo con intervenciones públicas; al menos en los países más avanzados. Así las cosas, el más conocido adalid de la tendencia en cuestión, Serge Latouche, lanza su consigna: «Abandonar el objetivo del crecer por crecer, pues de otra manera la conservación del medio ambiente no será factible» (sic).
No dudando de las buenas intenciones de las tesis expuestas, parece claro que la TDD no resultará conciliable con la producción de bienes culturales, ocio y entretenimiento, ciencia, investigación tecnológica, etc. Actividades, todas ellas, en las que puede crecerse indefinidamente; por atender necesidades muchas veces no materiales, no inmediatamente saturables, y con impactos ambientales bajo control.
Por otro lado, con la TDD ocurre lo que con otros proyectos de cambio: no es una concepción utópica, sino quimérica; por su idea de cambiarlo todo radicalmente y lo antes posible. Prisas que generan aversiones instintivas en las sociedades más desarrolladas, que por lo demás no ven el igualitarismo como algo tan natural. En otras palabras, la sostenibilidad continuará siendo el máximo principio a respetar.
“- ¿Cómo explicaría usted a un niño lo que es la felicidad?
-No se lo explicaría -respondió-. Le tiraría una pelota para que jugara.”
A pesar de que la RAE define el fútbol como “un juego entre dos equipos de once jugadores cada uno, cuya finalidad es hacer entrar un balón por una portería conforme a reglas determinadas, de las que la más característica es que no puede ser tocado con las manos ni con los brazos”, el próximo 11 de junio tendrá lugar en Sudáfrica el Campeonato del Mundo de Fútbol; y lo que es un simple juego se transforma es un espectáculo deportivo, en una exhibición mundial al servicio de un mercado financiero y mediático.
El Campeonato del Mundo de Fútbol recrea un escenario que sirve de estrategia a los Centros de Poder (empresas multinacionales, centros financieros, conglomerados mediáticos…) para asentar unas relaciones de jerarquía y dominación que representan y reactivan prácticas por las cuales se genera un imaginario colectivo que cimenta las bases de una identidad individual y colectiva que da salida a una lógica sociocultural que permite inscribirse en la mitología diseñada por la élite capitalista.
Competición
Los Equipos Nacionales son los grandes protagonistas del acontecimiento. Selección de los mejores jugadores que compiten entre sí, y que representan a los 32 países que superaron las fases previas. A lo largo de la cita irán superando eliminatorias los ‘vencedores’ hasta quedar únicamente el campeón. Cada equipo representa a un Estado.
Los gobiernos utilizan el campeonato para hacer propaganda nacionalista de sus respectivos países identificando al equipo del país con su propio proyecto político nacional.
Fiel a la tautología darwinista el mejor equipo es el que ‘gana’, y ¿quién gana?: el mejor equipo. El campeonato es una metáfora del discurso socialdarwinista donde sólo los mejores, los superiores, los dominantes, los aventajados, los mejor adaptados sobreviven.
Cada selección tiene un cuerpo técnico formado por hombres que le dan una dimensión experta al grupo; diseñan la táctica a seguir y gestionan el vestuario. Tienen como misión buscar la eficacia del grupo mediante la especialización de cada uno de los miembros del equipo.
El árbitro es un hombre que representa la justicia en la sociedad, un elemento más al servicio del juego. Antes vestían de luto (negro), ahora también se iluminan con brillantes colores. Si el equipo (tú equipo) es derrotado, quizás entonces ‘roba’ el partido, y se puede protestar y también insultar de manera libre y catártica.
En el ‘Mundial’ se busca siempre un Dios (un jugador de prestigio que reúne los valores que se pretenden transmitir), anteriormente Pelé, Maradona o Zidane.
Los hombres-masa en su fervor necesitan de líderes carismáticos que admirar encarnados en unos determinados futbolistas (con los ingresos más elevados) para proyectar sobre ellos sus vacíos existenciales o espirituales; mitos que se materializan en torno a imágenes en las cuales todos puedan reconocerse, figuras emblemáticas efímeras que cristalizan toda una serie de sueños, deseos y placeres presentes en el inconsciente moderno.
Estos ídolos encarnan valores que son necesarios proyectar para el buen funcionamiento del engranaje de la sociedad; se redefinen a la luz del acontecimiento palabras como compromiso (con el país), fidelidad (con los colores de la bandera nacional), lealtad (con la camiseta), la humildad (origen sencillo, del barrio, del pueblo…), honradez (con sus sentimientos), valentía (en el juego), solidaridad (para los compañeros del equipo).
Los valores se reinventan en cada momento según las circunstancias (victoria, derrota…), son formulas que se idean para dirimir y concretar valores que rigen y recrean las propias sociedades que son representadas en el terreno de juego.
Estos mitos deben cumplir una primera condición, su origen humilde o popular, para simbolizar un triunfo al que pueda aspirar cualquiera; porque este ‘buen muchacho’, escupe, puede dar un cabezazo a un adversario, conducir un vehículo a una velocidad que ponga en peligro vidas humanas o flirtear con la cocaína; siempre puede entregar su imagen de una manera desinteresada para luchar contra alguna enfermedad, el hambre, o cualquier causa humanitaria, aunque gana dinero a raudales y rinda culto al becerro de oro postrándose ante los amos.
Exhibición
Se trata de una reunión en un mismo escenario de miles de personas (el campo de juego), y millones a través de los medios multimedia (televisión, internet, prensa, radio…) - la inmensa mayoría hombres- para presenciar sobre la hierba el ‘enfrentamiento’ de unos ‘hombres’ que ponen a prueba su capacidad de trabajo y entrega, su habilidad en el manejo del juego y su inteligencia.
A partir de un juego se fabrica un acontecimiento consumible. Al juego se le elimina su propia esencia como actividad lúdica y se transforma en un objeto fabricado, una herramienta para representar una realidad artificial creada e inventada por periodistas y publicistas, una elaboración mítica con apariencia natural.
Los Medios de Comunicación de Masas disponen de dispositivos técnico-organizativos que transmiten mensajes significativos planificados mediante elementos técnicos y personales, están en manos de sus dueños que forman parte de los grupos de poder capitalistas y aseguran una intención comunicativa adecuada a los fines que persiguen.
El transmisor del mensaje selecciona, codifica, interpreta las diferentes informaciones en función de patrones determinados cuyos instrumentos forman parte de un aparato de regulación social. Al espectador sólo le queda la ilusión comunicacional cuando envía un mensaje sms o participa en algún sorteo o encuesta.
La producción de imágenes y comentarios para la televisión, la prensa, la radio o internet orientan su trabajo para la construcción de la representación del evento, seleccionando determinadas imágenes, utilizando diferentes montajes y encuadres, elaborando las narraciones; facturando la explotación simbólica y económica de las victorias y las derrotas.
El ‘Mundial’ es en sí mismo un objeto publicitario, que transmite una forma de vida; un objeto de consumo emocional; una experiencia efímera en busca del siguiente acontecimiento. Cada espectador puede tener la ilusión de ver el espectáculo en su ‘verdad’, pero cada medio de comunicación otorga diferentes espacios de la representación en función de sus intereses políticos, sociales, económicos…
Miles de periodistas de todo el mundo llegan a un fastuoso centro de prensa y muestran un país a ritmo de ‘waka waka’, alegre y feliz, ocultando un realidad desoladora de pobreza y miseria víctima de una colonización europea.
“Mediante una hábil variante táctica de la estrategia prevista, nuestra escuadra se lanzó a la carga sorprendiendo al rival desprevenido. Fue un ataque demoledor. Cuando las huestes locales invadieron el territorio enemigo, nuestro ariete abrió una brecha en el flanco más vulnerable de la muralla defensiva y se infiltró hacia la zona de peligro. El artillero recibió el proyectil, con la diestra maniobra se colocó en posición de tiro, preparó el remate y culminó la ofensiva disparando el cañonazo que aniquiló al cancerbero. Entonces el vencido guardián, custodio del bastión que parecía inexpugnable, cayó de rodillas con la cara entre las manos, mientras el verdugo que lo había fusilado alzaba los brazos ante la multitud que le ovacionaba.”
Galeano
Espectáculo
El ‘Campeonato del Mundo’ es un suceso global que afecta a todo el planeta, en el cual las selecciones nacionales se enfrentan entre sí para dar sentido a un destino común de la humanidad. Cada territorio recrea y adquiere entidad gracias a las interrelaciones que se elaboran entre los diferentes equipos de hombres.
Retransmitido a todo el planeta, no hay lugar, por recóndito que sea, donde hombres ataviados con los colores de los vencedores miren, lean u escuchen la voz que propaga el aparato tecnológico, una voz que transmite la ideología del deseo, la exaltación de occidente.
“El espectáculo entendido en su totalidad es a la vez el proyecto y el resultado del modo de producción existente. No es un suplemento del mundo real, una decoración sobreañadida. Es el núcleo del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares –información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones- el espectáculo constituye el modelo actual de vida socialmente dominante. Es la omnipresente afirmación de una opción ya efectuada en la producción, es su consumación consecuente. La forma y el contenido del espectáculo son, del mismo modo, la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente.”
Guy Debord
Se trata de un hecho cultural perteneciente al mundo simbólico, que une ideas y pulsiones al servicio de una fusión de la estructura económica y la estructura política. No existe posibilidad de réplica ante una realidad implacable. Se puede criticar algunos hechos aisladamente, pero el ‘Mundial’ en sí mismo no puede ser cuestionado.
Cada Mundial es el principio y el fin de sí mismo, se trata de una realidad omnipresente, una banalidad que pretende ocultar una realidad compleja, de difícil acceso e insatisfactoria. El espectáculo organiza la ignorancia de lo que sucede en la realidad, e inmediatamente después, deviene saber estéril (anécdotas, estadísticas, incidentes…)
Se fabrica una realidad que pretende eliminar la memoria histórica – entendiendo ésta como el conocimiento duradero capaz de ayudar a comprender, al menos, parcialmente lo que va a suceder y nos ayuda a comprender la realidad -.
Una diversión, una válvula de salvaguarda de los sistemas represivos, una cana al aire compatible con una sumisión reverenda.
Mercado
“Yo he venido a vender un producto llamado fútbol”
Joao Havelange. Ex-Presidente de la FIFA
La actividad directamente visible del ‘Campeonato del Mundo’ oculta la acción de los otros agentes del evento, el espectáculo sirve de soporte a la actividad comercial. El acontecimiento es un utensilio de una empresa comercial FIFA, dominado por una camarilla de tecnócratas que controlan los derechos de retransmisión y patrocinio; las grandes empresas multinacionales (Adidas, Coca-cola, MacDonals, Sony…) compiten por los derechos de asociación en exclusiva de sus productos con el ‘Campeonato del Mundo’ como proveedores oficiales.
Miles de millones de dólares son las magnitudes económicas en los que se mueve esta actividad. Un espectáculo de luz y color que esconde tras las bambalinas un negocio multimillonario.
“Los deslumbrantes colores de las banderas esconden tras de sí un mugriento olor a dinero”
El Palco en los estadios es el lugar de los elegidos – dirigentes deportivos, políticos, famosos, nuevos ricos, patrocinadores… Se confronta a la élite con la masa y de esta manera se visualiza la jerarquía. Los que juegan, los que controlan, los que dominan y al otro lado, la muchedumbre, espectadores pasivos con derecho a berrear que ejercen la servidumbre voluntaria.
Elaboración de un discurso patriarcal
El ‘campeonato’ elabora un discurso universal que se define como masculino, en el cual los jugadores son hombres, los espectadores son hombres, los dirigentes son hombres, los árbitros son hombres, los técnicos son hombres; desprendiéndose de tal hecho la incapacidad de la mujer para representar un lugar relevante en el contexto del fútbol; y por ello se asume su incapacidad para recrear y decidir sobre los asuntos colectivos que allí se dirimen.
De una manera u otra los hombres tienen su espacio en este espectáculo, pueden gestionar su vivir a través del fútbol; la mujer aparece de vez en cuando con la imagen de alguna aficionada con los colores de su país para goce de la mirada masculina; el sexo se utiliza de esta manera como herramienta de jerarquía y dominio, ya que las cuestiones que se recrean en el campo son de alta importancia para el vivir cotidiano de la colectividad.
Así una elaboración cultural como el ‘Campeonato del Mundo de Fútbol’ define relaciones de jerarquía y dominio sobre las mujeres que se presentan como naturales.
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En el año 1982 en un Instituto de Bachillerato se exponen los trabajos sobre el Mundial de Fútbol de España. Un grupo de chicas elabora una cartulina a la que pega unos cromos con los jugadores más famosos.
A la hora de presentar el trabajo le penden fuego a la cartulina.
“A ellas”
Bibliografía
Baudrillard, Jean. La sociedad de consumo
Bordieu, Pierre. Sobre la televisión
Debord Guy. La sociedad del espectáculo
Fernández Martorell, Mercedes. La semejanza del mundo
Galeano, Eduardo. El fútbol a sol y sombra
Maffesoli, Michel. Iconologías
Marina, José Antonio. Las arquitecturas del deseo
Vázquez Montalbán. Una religión en busca de un dios
Por Florent Marcellesi, publicado en El Viejo Topo, n267«Cada pancarta que proclama “queremos trabajo” proclama la victoria del capital sobre una humanidad esclavizada de trabajadores que ya no son trabajadores pero que no pueden ser nada más»: esto escribía el filósofo André Gorz al analizar la sociedad asalariada del pleno empleo. Ahora que la crisis económica está dejando a casi cuatro millones de personas ‘paradas’ en toda España y que por doquier se piden más puestos de trabajo para salir de la depresión, es un buen momento para volver a reflexionar sobre la aserción de Gorz. De hecho, ¿hasta qué punto la transformación social, ecológica y económica en curso hace posible y deseable el restablecimiento de una situación de pleno empleo? ¿No implican la profunda crisis ecológica y la mutación del sistema productivo hacia la economía del conocimiento una nueva forma de entender el trabajo, la riqueza e in fine una nueva política de (re)distribución y de la renta?
Como respuesta, primero es necesario recordar que nuestra sociedad asalariada está intrínsecamente vinculada a una sociedad del hiperconsumo que explota la Tierra por encima de su capacidad de regeneración y asimilación. Si queremos alcanzar la justicia social y ambiental hoy y mañana, no podemos seguir subordinando la actividad humana a la lógica del desarrollo de las necesidades consumistas basadas en el círculo vicioso ‘producción, empleo, consumo’. Así, una sociedad sostenible, más allá de la cuestión de la propiedad de los medios de producción, debe romper con un sistema productivo y laboral que promociona de forma indiscriminada el consumo a través de cualquier tipo de empleo y producción, y con afirmaciones planteando que «el pleno empleo debe ser un objetivo en sí mismo» (Patxi López, El Correo, 27-11-30). Como prototipo de esta visión, el Plan 2000E prefiere –a pocos años del techo del petróleo– apoyar el sector del automóvil en lugar de reconvertir los ‘know-how’ de sus trabajadores hacia otros sectores de la economía sostenible (como puede ser el transporte público).
Segundo, este modo de producción y consumo de masas sigue equiparando el bienestar de las personas con una creciente acumulación material y pone en el centro de la economía el trabajo ‘productivo’, concepto puramente material, cuantificable y mercantil. Sin embargo, de la misma manera que para la economía ecológica un subsistema (el económico) no puede regular un sistema que lo engloba (la biosfera), el ‘empleo productivo’ no puede pretender representar el conjunto de las actividades humanas necesarias para el desarrollo personal y colectivo de una sociedad en armonía con sus componentes y la naturaleza. La ‘dictadura del PIB’ olvida que hay otros fines distintos del crecimiento y que el ser humano tiene otros medios de expresarse además de la producción y el consumo. Las actividades domésticas, voluntarias, artísticas, asociativas, etc., a pesar de no ser –siempre– remuneradas o reconocidas, son fuentes centrales de riqueza social y ecológica.Tercero, aunque el tiempo de trabajo haya dejado de ser la medida de la riqueza creada, el imaginario colectivo y los sistemas de redistribución continúan girando de forma paradójica en torno a él. Asimismo, todos los mecanismos de protección social se basan en la vuelta de los individuos al mercado laboral, de modo que se ven forzados a trabajar sin que importen las condiciones sociales y ecológicas (los llamados ‘working poors’). En esta situación, la ausencia de un sueldo y de un trabajo casi siempre desemboca en un proceso de frustración personal y exclusión social. De hecho, es triste constatar que la valoración del trabajo como socialización se ha impuesto de forma negativa a través del paro de masas, verdadero rasgo estructural del productivismo liberal.
Sin embargo, si postulamos que hemos entrado en una economía del conocimiento, las nuevas fuerzas productivas decisivas pasan a ser la inteligencia, el saber y la creatividad. Esta mutación hace imposible medir los esfuerzos que se han invertido en la sociedad en su conjunto para producir el ‘valor conocimiento’, y el trabajo pasa a tener poca relación con la renta o el salario. Es por tanto necesario abogar por una reforma radical del sistema de redistribución heredado de la sociedad industrial, lo que pasa por una nueva política de la renta adaptada a la nueva situación socioecológica y productiva.En este marco, la Renta Básica de Ciudadanía –es decir, un ingreso desconectado del trabajo, universal, incondicional y que cubre las necesidades básicas– es una apuesta clave ante el tambaleo de un sistema económico injusto e insostenible. De hecho, si entendemos la actual crisis como una oportunidad para dar un giro copernicano a nuestro modelo de desarrollo, la renta básica permite reorientar la economía sobre bases más sostenibles y humanas. Al reconocer el trabajo no remunerado y efectuar una redistribución de la riqueza priorizando actividades ecológicas, sociales, de la economía social y solidaria, etc., esta renta plantea de forma directa e indirecta una reorientación socioeconómica. A través de ella, se deja un sitio cada vez mayor a una producción no mercantil, social y ecológicamente útil, cooperativa, autónoma, es decir, a una economía plural a escala humana y respetuosa de la biosfera.
Además, la renta básica rompe con la dinámica de alienación laboral al garantizar a cada cual su autonomía financiera y permitir rechazar cualquier trabajo no digno, no solidario, peligroso para la salud y/o el medio ambiente… Invierte la relación de fuerzas entre empresa y persona trabajadora y supone un escudo de protección a la hora de reivindicar mejoras laborales. Mediante esta renta, cada cual recupera la propiedad de sus fuerzas de trabajo y de invención para decidir dónde dedicarlas: se invita al individuo a elegir su modo de vida y a reorientar sus hábitos de consumo y de producción hacia el ‘vivir mejor con menos’. Por último, tampoco olvidamos que el conocimiento adquirido a través de los siglos es una obra colectiva y que los recursos naturales son un bien común. Al repartir los réditos de este patrimonio, la renta básica equivale a una puesta en común de las riquezas naturales y socialmente producidas: se convierte en un derecho fundamental de cualquier persona por el mero hecho de existir.En conclusión, ante la crisis económica, que es ante todo un reflejo de la crisis estructural y socioecológica actual, una renta básica para la ciudadanía, además de ser posible (a través del IRPF, IVA, ecotasas, tasa Tobin, etc.), es una apuesta sensata y necesaria. Entendida como una herencia de la riqueza social y natural, como una forma de mejorar nuestra relación con el trabajo, como una herramienta para liberar las nuevas fuerzas productivas y como una inversión para las generaciones futuras, es una reivindicación del siglo XXI.
Florent Marcellesi es coordinador del centro Ecopolítica y miembro de Bakeaz. Ha sido también miembro organizador del IX Simposio de la Red Renta Básica (Bilbao, 20-21 de noviembre) donde presentó la ponencia “Renta básica de ciudadanía y Ecología política“. Más información: http://florentmarcellesi.eu/







