Mujer, poesía, desorden

Silvia Delgado Fuentes - Si vis pacem

Es la mujer la que duerme los sueños del niño recién parido, la que los amamanta, nombrándolos a cada paso, entre canciones y arrullos, entre risas y amor abre al niño las puertas de un mundo hecho de voces y palabras.

Esta relación de intimidad, de profunda unión entre la mujer, la palabra y la vida, se hace añicos con el tiempo.

Aunque ha sido la mujer la que ha sembrado la imaginación al hombre que hoy escribe, se encuentra despojada de su voz, apartada del camino, como si ese hombre nunca hubiera sido niño y nunca hubiera descubierto a través de la mirada de una mujer el universo.
La palabra comienza así su caminar torcido.

*

Ella sale de nuestros úteros, viva, ensangrentada, llena de huesos y de raíces para después crecer en tierra extranjera, en patrias que no son neutras. Nosotras la buscamos con audacia en los infiernos y en los paraísos porque no aceptamos el sacrificio de tenerla alejada, de quedarnos deshabitadas y soñamos con traerla de nuevo a nuestros pechos, como al principio.

Por eso la mujer que escribe, que opta por explicar el mundo con su caligrafía inicia el oficio con las manos vacías y trabaja lentamente rehabilitando una a una cada letra.

Por eso, la mujer que escribe poesía se encuentra sobre arenas movedizas, en una geografía que no reconoce su existencia, que no valida la legitimidad de sus protestas, se encuentra una vez más desahuciada, sola, estrellando su voz contra los cristales. Arrastra soledades pretéritas pero también la soledad de ser poeta en una tierra que bosteza si escucha la voz de las mujeres poetas que se revelan.
Ejercemos nuestro oficio sin perder de vista que una vez y otra vez el olvido se incrusta en nuestros versos y a pesar de tener esto presente, continuamos en esta lucha múltiple, con varios frentes abiertos; el de ser mujer con la palabra expropiada, el de ser poetas, el de vivir en una sociedad necesitada hoy más que nunca de poemas en pie de guerra.

Y continuamos, verso a verso, sin bajar la voz ni el canto.

Continuamos verso a verso caminando con los puños y los dientes apretados, en solitario.
Inundamos el presente con poemas que desafían el orden, que señalan la gangrena del sistema, su feroz violencia. Tenemos mucho que decir, mucho aire por respirar, mucha queja por apuntalar.

Somos mujeres, poetas del desorden, y entre el plomo, el fango, las calaveras, vamos nutriendo la historia.

Nicolas Ridoux: Menos bienes y más vínculos

Nicolas Ridoux (Lyon, 1973), divulgador del movimiento del decrecimiento, recuerda que sus ideas existen desde la antigua Grecia. El propio Epicuro decía: "El hombre que no se contenta con poco jamás estará satisfecho, porque siempre querrá más". Francia es uno de los países donde más importancia está cobrando una corriente de pensamiento que también cuenta con divulgadores en Euskal Herria. Más información en la página web Deshazkundea

La actual situación de crisis parece reforzar aún más sus tesis.

Sí, es una pena que tenga que haber una crisis para que se nos escuche. Y no sólo me refiero a la económica, sino también a la crisis del medio ambiente, a la disminución de la biodiversidad, el calentamiento global, al aumento de las desigualdades entre ricos y pobres, entre naciones... Cuando yuxtapones todas esas crisis te das cuentas de que no son aisladas: hay un problema sistémico de fondo. Nosotros nos hacemos llamar objetores de crecimiento y pensamos que el siempre más -cada vez más rentable, cada vez más rápido, más poderoso- ya no está de actualidad. Hay que cambiar de paradigma, poner todos los elementos sobre la mesa y pensar en el mejor camino de humanización para el desarrollo del ser humano en sus distintas dimensiones. Para nosotros la desmedida no es el mejor camino.

¿En qué consiste el decrecimiento?

Es un movimiento que tiene dos niveles, el individual y el colectivo. El primero consiste en hacer un trabajo personal para desacostumbrarse de la voluntad de ser todopoderosos. Tenemos que volver a una sencillez voluntaria, a una sobriedad feliz. Queremos cultivar la alegría de vivir y la calidad de vida.

¿Cómo se concreta eso en el día a día?

Saboreando la profundidad de cada instante, apreciando la calidad de la relación con las demás personas... El decrecimiento tiene un eslogan: "Menos bienes y más vínculos". También se puede coger menos el coche o no cogerlo si se vive en la ciudad, hay que caminar, andar en bicicleta, pararse a hablar con la gente, comprar verduras de temporada a los productores locales y desarrollar con el vendedor una relación personal. Otro ejemplo de objeción al crecimiento es no tener televisión e informarse a través de medios independientes, lo cual es dificilísimo porque, en Francia, como en España, la mayor parte de los medios pertenecen a grandes grupos privados.

¿Y el nivel colectivo del decrecimiento cuál sería?

Entrar en la vida política y participar en la vida asociativa. En Francia tenemos las llamadas asociaciones de mantenimiento de agricultura campesina, que establecen vínculos directos entre el consumidor y el agricultor. Hay unas suscripciones anuales y cada semana el suscriptor recibe una cesta con los productos de temporada de esos agricultores. Suelen ser ecológicos y de buena calidad.

¿Entrar en política no choca con la esencia del movimiento?

Hay un partido del decrecimiento que es pequeño y presentó candidatos en las últimas elecciones. Por el momento, la acción política se desarrolla en pequeños grupos independientes que son objetores de crecimiento y forman una asociación. Hemos hablado con los partidos institucionales, con la derecha y con la izquierda, para que conozcan esta corriente.

¿El presidente Sarkozy se ha pronunciado sobre el decrecimiento?

Ha dicho muchas cosas, sobre todo para criticarnos, y eso ya es una manera de existir. Gandhi decía que al principio te dan golpes y palos, pero ya es el principio. Si tus ideas son justas acaban saliendo a la luz.

¿Tiene el decrecimiento muchos seguidores en todo el mundo?

En Francia, por ejemplo, se están desarrollando muchos grupos a favor del movimiento. En las últimas elecciones, los defensores del decrecimiento lograron el 13% de los votos en la ciudad de Lyon, lo cual es un buen resultado para nosotros, que no tenemos medios económicos. En Norteamérica hay también muchos seguidores, ejecutivos que podrían tener una carrera profesional brillante y que deciden que ya no tiene sentido continuar, que son menos felices que antes. Voluntariamente reducen su volumen de trabajo y sus ingresos. Tienen la valentía de reducir su nivel de seguridad, pero a cambio tienen más tiempo para ellos y sus actividades sociales.

Renunciemos a la palabra "Sostenibilidad"

Manuel Casal Lodeiro 'Casdeiro' - De Casdeiro

Cuando uno ve que la capacidad de recuperación y apropiación del léxico que muestra el conglomerado dominante semióticamente en nuestras sociedades (es decir el sistema binario publicitario-capitalista / publicitario-estatal) llega al punto de que se promulguen Leyes denominadas de Economía Sostenible basadas
en el imposible crecimiento perpetuo, o de que unos grandes almacenes ofrezcan un catálogo exclusivo de productos eco para hacer más sostenible nuestro hogar a precios especiales, parece claro que ha llegado la hora de renunciar al adjetivo sostenible. Es un término quemado, viciado y absorbido por el sistema insostenible que lo vacía de significado para neutralizarlo. Ahora todo es sostenible, como todo ayer se convirtió en ecológico.

Ambos conceptos tenían, en mi opinión, una tara desde su origen que los hacían propicios a este proceso de desactivación: son poco simples, poco directos. Son conceptualizaciones abstractas modernas, difíciles de explicar, de captar sin lugar a dudas por la mente de un(a) ciudadano/a común, y por tanto proclives a que otros les den los significados que quieran. En el caso de lo sostenible (o lo sustentable, que también se dice) se trata de un término nacido en las altas esferas académicas y políticas para hablar de un concepto que siempre existió pero que ahora parecía preciso etiquetar con una terminología nueva, ante los nuevos y agravados problemas que padecía.

Pero ¿qué persona con una formación media es capaz de definir sin duda y de manera precisa lo sostenible? Y no hablemos de su sustantivización, la sostenibilidad, en la que el grado de abstracción ya roza una compresión inasible.

Basándome en la función del lenguaje como mediador entre el pensamiento y la percepción de la realidad (J.M.Naredo, "Raíces económicas del deterioro económico y social") considero que los conceptos que intentamos trasmitir con toda nuestra buena voluntad con este tipo de términos merecen una mayor potencia, claridad e insubvertibilidad; características de las que sí goza, por contra, el término Decrecimiento. Además buena parte de la fuerza del concepto decrecimiento reside en que es, ya de origen, un sustantivo... O más bien cabría decir que es en realidad un verbo que define una acción simple y comprensible intuitivamente al estar muy directamente relacionada con conceptos bien tangibles como son el crecer y el decrecer. Por si esto fuera poco, la palabra decrecimiento se beneficia, invirtiéndola, de la claridad y extensión que ha alcanzado el concepto contrario del crecimiento, que el propio industrialismo capitalista se ha encargado de difundir. Es por tanto una jugada maestra comunicativa, que deberíamos tener muy en cuenta para criticar y rechazar el uso de lo sostenible. El problema de esta palabra comienza por el hecho de ser un adjetivo, ya que como tal es fácilmente acoplable a todo tipo de sustantivos (movilidad, explotación, energía, desarrollo, empresa, productos, turismo...) que llegan al extremo de la contradicción absoluta como en crecimiento sostenible. De hecho un simple muestreo en un buscador de Internet nos demostrará que las apariciones más frecuentes y notorias del adjetivo son acompañando a un sustantivo que en buena medida invierte su significado: desarrollo sostenible. Es un problema muy similar al que afecta a lo eco-, que de manera más potente aún, es fusionado con todo tipo de nombres que lo vacían de su pretendido significado. Podríamos concluir que el adjetivo sostenible se ha desactivado tanto que incluso podríamos tildarlo de contraproducente ya que su vaciado de significado se trasmite en la mente de muchas personas vaciando de contenido muchas luchas que la han convertido en su bandera.

¿Cuál sería, entonces, la alternativa? Creo que si volvemos la vista atrás tan sólo unas pocas décadas veremos que los pensadores y los activistas trataban estos mismos problemas pero sin hacer uso de esa palabra. Un análisis lingüísticos de propuestas ecologistas de los años 70 u 80, sin irnos más lejos, nos demostraría que se utilizaban estructuras gramaticales bien diferentes basadas en conceptos como permanente, riqueza natural, futuro, posteridad, continuidad, capacidad, respeto, contención, frugalidad vs. exceso, ahorro vs. gasto, mantenimiento vs. agotamiento, conservación, fertilidad, renovable vs. agotable, etc. Hablar de todo eso es hablar de sostenibilidad, pero si lo reducimos todo a una única palabra-fuerza, nos exponemos a que nos la roben, como así ha sucedido. Si nos remontamos más atrás en el pasado, a épocas previas a la ciencia ecológica moderna, veremos que había otras maneras de hablar de estas mismas cuestiones por parte de pioneros de las ciencias naturales y sociales, e incluso de líderes campesinos. Y si queremos aprovechar términos que conecten de manera más efectiva con la gente común, casi cabría mejor echar mano de la literatura popular, de la poesía y la narrativa de siglos pasados, y -¿por qué no?- de los refranes y dichos populares. Algo así hizo el EZLN con la comunicación popular de cuestiones políticas y sociales. Así pues creo que deberíamos realizar un esfuerzo comunicativo importante para recuperar (al menos en la comunicación divulgativa y activista) maneras más directas, simples y humildes de referirnos a los problemas de la sostenibilidad, dándole la vuelta a ciertos esquemas gramaticales. Intentaré poner algunos ejemplos: en lugar de hablar de la vuelta a una agricultura sostenible podríamos hablar de volver a cultivar de tal manera que siga habiendo cultivos el día de mañana; en lugar de la sostenibilidad en la construcción, hablar de maneras de construir sin agotar los materiales ni la energía; en vez de economía sostenible, hablar de formas de vivir que no roben el futuro a nuestros hijos; etc. No es buscar perífrasis, sino renunciar a la abstracción y decir las cosas claras, con verbos que concreten acciones inteligibles que nos impliquen emocionalmente porque entendemos que son parte de nuestra vida diaria, esas acciones que necesariamente debemos promover para llegar a ser sostenibles, o -mejor dicho- para poder sobrevivir y legar un futuro digno a nuestros descendientes.

El cambio de paradigma que necesitamos requiere -lo han explicado diversos autores a lo largo de estas últimas décadas- un cambio de imaginario colectivo. Para esa labor hay palabras que ya no sirven, que contaminan ese imaginario llenándolo de coches ecológicos o cortacéspedes sostenibles. No usemos el mismo esquema mental publicitario del slogan o la marca novedosa para arreglar los problemas que ese mismo esquema mental ha causado. No inventemos lo innecesario porque se puede volver contra nosotros. Simplifiquemos el lenguaje, renunciemos a palabras complejas y ya vacías, apoyémonos en palabras imposibles de retorcer, que conecten rápidamente en la mente de cualquiera con las realidades necesarias, con ese pasado que necesitamos recuperar y ese futuro que queremos preservar. Alejémonos de las modas de los nuevos significantes, por muy eco que pretendan ser, por muy correctos que sean académicamente, y recuperemos el significado. Ahí está la verdadera revolución de las palabras insobornables.

El altruismo como núcleo de la construcción social

Javier Arias - Alterglobalizacion's weblog

A lo largo de la historia de la humanidad la familia ha constituido una célula de importancia radical para el futuro de los individuos y de la especie. Son ya clásicos los estudios de Engels y otros autores al respecto. Por supuesto entendemos aquí el concepto familia en un sentido amplio y milenario, en una secuencia mutable a lo largo de las épocas y los lugares, en donde la variante tradicional occidental es sólo una de las múltiples alternativas posibles.

Lo que define de manera esencial a la institución
familiar, entendida ésta de una manera tan abierta y pluriforme como seamos
capaces de imaginar (poliándrica, poligámica, sindiásmica, comunal,
tradicional, monoparental, homosexual…), es el componente ALTRUISTA en la
prestación de servicios que se establece entre cuidadores y prole. La
relación, hasta que el indivíduo alcanza unas mínimas capacidades para llevar
una existencia independiente, es plenamente desinteresada, desprovista de
cualquier componene relacionado con la búsqueda del lucro o el beneficio ante
un futuro lejano y completamente incierto. Sólo un intangible sentimiento de
“solidaridad intergeneracional” puede explicar una conducta tan poco sujeta a
recompensas materiales inmediatas como los cuidados que los adultos
proporcionan a sus descendientes. Gracias a este vínculo los sujetos jóvenes
desarrollan una “urdimbre afectiva” (siguiendo el concepto acuñado hace
décadas por el médico español Rof Carballo) que les dará la seguridad
psicológica necesaria para desarrollar una vida futura satisfactoria. La
familia transmite al infante, mediante transacciones genuinamente altruistas,
las herramientas mentales y conductuales necesarias para seguir manteniendo la
cadena social sobre la que se edifica la propia supervivencia de la especie.

Nadie “se ha hecho a si mismo”, ninguna persona “ha conseguido todo lo que
tiene sin que nadie le regale nada”. Estas afirmaciones tan propias del
individualismo neoliberal son intrínsecamente falsas. Somos lo que somos
porque hemos tenido una familia biológica y social que nos ha regalado
prácticamente todo sin exigirnos ninguna compensación monetaria o material a
cambio. Como decía el propio Rof “el hombre está constituido de manera
esencial por su prójimo“. A buen seguro que un gigante del pensamiento llamado
Piotr Kropotkin, autor de esa imprescindible obra titulada “el apoyo mutuo”,
hubiera compartido dicha afirmación. Cualquier sistema económico que olvide
esta realidad altruista y mutualista constitutiva de toda especie viva,
despreciando este pacto fundacional y atávico contraido para con sus
semejantes, lleva en su seno la semilla de su propia destrucción."

¿Arquitectura sostenible?

Ethel Baraona Pohl - dpr-barcelona

“Seguimos en el mismo lugar que hace 10 años, porque se ha conservado toda esa mitología del crecimiento y se ha manejado de manera ambigua y engañosa esa idea de la sostenibilidad.” -José Manuel Naredo[1]

Parece paradójico que uno de los términos más utilizados y debatidos de los últimos tiempos, es una palabra que ni siquiera existe en el diccionario: sostenibilidad. Nos encontramos ante un amplio espectro de referencias y alusiones. Palabras como bio-construcción, eco-diseño, biomímesis se escuchan cada vez con mayor frecuencia. ¿Pero realmente sabemos cual es el camino correcto a seguir desde el ámbito de la arquitectura y el urbanismo?

Podríamos decir que en la última década, hablar de medio-ambiente es lo mismo que hablar de sostenibilidad, esa palabra ambigua y que se relaciona con múltiples disciplinas. Desde el ámbito de la arquitectura y el urbanismo hemos caído dentro de una espiral de culto por la tecnocracia y se piensa que el uso e investigación de las más altas tecnologías pueden acercarnos a lo que pretende llamarse “arquitectura sostenible”.

El gran ejemplo del siglo XXI son las nuevas ciudades sostenibles, tales como el proyecto de Masdar City, la gran ciudad ecológica diseñada y ubicada en Abu Dhabi. Alimentada por completo con energía solar, se planta un sistema de transporte público que se desplazará en vagones sobre carriles magnéticos y las calles peatonales estarán cubiertas con paneles fotovoltáicos, diseñados para generar sombra así como abastecer de energía a la ciudad. Masdar no es el único proyecto de este tipo en marcha, pues iniciativas de modelos de ecociudades existen por todo el mundo, tales como la ciudad Dongtan, en China, que compite con Masdar en términos de tamaño y que aparentemente ha sido un proyecto fallido. Todo esto suena muy bien, la pregunta que surge es ¿Realmente son necesarias todas estas infraestructuras?

El sociólogo y filósofo Slavoj Žižek se cuestiona acerca de estos temas en su texto Censorship Today [Violence, or Ecology as a New Opium for the Masses]. En este texto, Žižek narra la “naturalización del capitalismo” y hace énfasis en la forma en que la ecología se ha transformado en el nuevo campo de desarrollo capitalista. En la actualidad “ser ecológico” vende… y se vende bien.

Pese a todos los esfuerzos por acercarse al diseño urbano “ecológicamente más acertado”, parece que los arquitectos y urbanistas hemos aprendido poco en los últimos 50 años. Existen conceptos importantes como el metabolismo urbano que son ignorados totalmente en estos nuevos proyectos. Ya desde 1961, Jane Jacobs criticaba el diseño de ciudades [en este caso, modernistas] al considerarlas contrapuestas a la naturaleza viva de sus habitantes, quienes se relacionan en comunidades caracterizadas por capas complejas y en caos aparente y no según criterios de ordenacion basados en el uso estático del suelo.

Si entendemos metabolismo urbano como el intercambio de materia, energía e información que se establece entre el asentamiento urbano y su entorno natural o contexto geográfico[2], no cabe más que preguntarse ¿cómo es posible que este tipo de ciudades, aisladas del resto del mundo, construidas por una fuerza laboral importada y formada por inmigrantes de diversas procedencias, sean sostenibles?

Crecimiento urbano en el mundo. Worldmapper[3]. “Massive urbanisation means hundreds of already near-bankrupt cities trying to cope in 20 years with the kind of problems London or New York only managed to address with difficulty in 150 years.” John Vidal.

El impacto de estas ciudades sobre la biósfera es enorme, ya que las relaciones entre materiales y procesos sociales es casi nula.

Ahora sabemos que no es posible diseñar bajo parámetros sostenibles sin tomar en cuenta lo que Óscar Carpintero define como “flujos ocultos”, ya que el problema ecológico aparece al comprobar que la presión que las economías realizan sobre el medio ambiente se debe, en gran medida a la dimensión alcanzada por estos flujos ocultos no valorados[4]. Gran parte de este problema surge al constatar que un alto porcentaje de los flujos ocultos es importada de otros territorios.

Carpintero lo plantea de esta forma:

Esto nos recuerda que son precisamente este tipo de flujos los que suponen la mayor parte del metabolismo económico en cantidad, por lo que las estrategias de reutilización y reciclaje de los residuos de construcción y demolición deberían ser prioritarios si queremos reducir el consumo en origen de dichos recursos y la consiguiente generación de vertidos al medioambiente.

El problema aparece cuando se comprueba que la sostenibilidad de un país a veces se logra a costa de importar la sostenibilidad del resto de los territorios.

Recientemente, hablábamos en otro post acerca de las diversas tendencias acerca de la arquitectura sostenibile que existen en la actualidad:

Existen dos claras posturas cuando hablamos de este tema, la primera es la que sostiene que para hacer arquitectura sostenible debemos hacer uso de las nuevas tecnologías en toda su amplitud, llamando al concepto de biomímesis, es decir, imitar a la naturaleza. La otra aboga por el decrecimiento y rescatar de la arquitectura tradicional aquellos parámetros que son necesarios para poder construir con el menor impacto ambiental posible, respetando el clima, los materiales y los habitantes del lugar. El término decrecimiento nace de pensadores críticos con el desarrollo y con la sociedad de consumo, como el economista Nicholas Georgescu Roegen, que apuesta por la bioeconomía al intentar situar a la economía como un subsistema de la biósfera. Ya en los años 70 hizo propuestas que en aquel tiempo resultaban muy premonitorias: dejar de fabricar armamento, relocalizar las actividades y que la producción se sitúe cerca del consumidor y otras más que son plenamente aplicables en los tiempos actuales.

Lo que queremos proponer con este post es simplemente comenzar a cuestionarnos. ¿De qué forma podemos concebir mejores ciudades? O en realidad, ¿Es necesario concebir nuevas ciudades? No sería más sensato detener por un momento las ansias de crecimiento y evaluar todo ese enorme campo urbano que existe ya y buscar nuevas vías para adecuar las ciudades existentes a los nuevos requerimientos sociales, culturales y espaciales de este siglo.

César Reyes, co-autor del libro Arquitectura Sostenible, nos planteaba esta pregunta hace unos días: ¿Puede existir desarrollo sostenible utilizando los mismos modelos de producción y consumo surgidos de la Revolución Industrial? ¿Es posible salvar el entorno a golpe de retroexcavadoras movidas por biocombustibles?

[1] Entrevista a José Manuel Naredo
[2] Metabolismo Urbano
[3] Worldmapper
[4] El metabolismo de la economía española: recursos naturales y huella ecológica (1955-2000), Óscar Carpintero.

Extraído de La Civdad Viva


Buena crisis. Jordi Pigem

"Lo que ha entrado en crisis no es solo el neoliberalismo, ni siquiera el capitalismo. Podríamos decir que ha entrado en crisis el economicismo, la visión del mundo que considera la economía como el elemento clave de la sociedad y el bienestar material como clave de la autorrealización humana. El economicismo es común al capitalismo y el marxismo, y durante mucho tiempo a la mayoría de nosotros nos pareció de sentido común —pero hubiera sido considerado un disparate o una aberración por la mayoría de las culturas que nos han precedido, que generalmente veían la clave de su universo en elementos más intangibles, culturales, religiosos o éticos.

En el fondo, sin embargo, no sólo ha entrado en crisis el economicismo, porque la crisis actual es sistémica y no sólo económica. Tiene una clara dimensión ecológica (pérdida de biodiversidad, destrucción de ecosistemas, caos climático), pero también hay crisis desde hace tiempo en la vida cultural, social y personal. La sociedad, los valores, los empleos y hasta las relaciones de pareja se han ido volviendo cada vez menos sólidos y más líquidos, en la acertada expresión del sociólogo Zygmunt Bauman. Disminuyen las certezas y crece la incertidumbre en múltiples ámbitos, incluso en las teorías científicas que en vez de volverse cada vez más simples y generales se vuelven más parciales y complicadas.

Vivimos una crisis sistémica, que habíamos conseguido ignorar porque el crecimiento de la economía nos hechizaba con sus cifras sonrientes y porque los goces o promesas del consumo sobornaban nuestra conciencia. Pero el espejismo del crecimiento económico ilimitado se desvanece y de repente nos damos cuenta de que no podemos seguir ignorando la crisis ecológica, la crisis de valores, la crisis cultural. Tenemos cantidades ingentes de información, centenares de teorías y muchas respuestas, pero la mayoría sirven de muy poco ante las nuevas preguntas. Lo que ha entrado en crisis es toda la visión moderna del mundo, que de repente se nos aparece obsoleta y pide urgentemente ser reemplazada por una visión transmoderna, más fluida, holística y participativa.

Una visión del mundo no es una simple manera de ver las cosas. Determina nuestros valores, dicta los criterios para nuestras acciones, impregna nuestra experiencia de lo que somos y hacemos. En el fondo podríamos decir que lo que finalmente ha entrado en crisis es el ego moderno, toda una forma de estar en el mundo basada en un complejo de creencias que inconscientemente compartíamos. Por ejemplo, que el ser humano es radicalmente diferente y superior al resto del universo. O que cada ser humano es también radicalmente diferente de los demás, contra los que ha de competir para prosperar. O que el universo es básicamente inerte y se rige por leyes puramente mecánicas y cuantificables. El ego moderno se siente como un fragmento aislado en un universo hostil, y de su miedo interior nace su necesidad de certeza y seguridad, de objetivar y cuantificar, de clasificar y codificar, de competir y consumir.

Pero el ego moderno no puede ser sustituido por un ego transmoderno, porque no hay tal cosa. La crisis nos invita (o nos acabará obligando) a ir más allá del ego y a descubrir que nuestra identidad es en el fondo relacional, que no estamos aislados sino que cada persona y cada ser es una ola en un océano de relaciones en el que todos participamos y en el que también fluyen la sociedad, la naturaleza y el cosmos.

Por ello la crisis no solo es una oportunidad para avanzar hacia economías y sociedades que sean más justas, sostenibles y plenamente humanas. También es una alarma que ha saltado porque ya es hora de despertar. Porque la economía global era como un gigante sonámbulo, que avanzaba a grandes zancadas sin saber a dónde iba, sin saber lo que estrujaba bajo sus pies, inmerso en las ensoñaciones de una visión del mundo caduca. Por ello la crisis es como una vigorizante ducha fría. Una oportunidad para despertar."

Buena crisis. Jordi Pigem. 2009

La filosofía slow

‘Slow cities’, ‘slow sex’, ‘slow food’, ‘slow life’, ‘slow work’, podemos hablar del movimiento slow como una filosofía de vida, una filosofía de la lentitud; no olvidemos quien ganó la carrera entre la tortuga y la liebre. Prueba a ir más despacio.

El capitalismo ofrece un billete de ida hacia la extenuación, para el planeta y quienes lo habitamos. Podemos vivir mejor si consumimos, fabricamos y trabajamos a un ritmo más razonable. Al centrar la puntería en el falso dios de la velocidad, alcanza el corazón de lo humano en la era del chip de silicio. El beneficio máximo del movimiento Slow sólo se conseguirá si vamos más allá y reflexionamos sobre nuestra manera de hacerlo todo. Un mundo realmente lento requiere nada menos que una revolución del estilo de vida.

El tiempo no puede colonizar nuestras vidas, sino que hay que devolverlo a las personas para que pueda ser un tiempo vivido plenamente. /Más/, /antes/ y /más rápido/ no son sinónimos de /mejor/, y educarnos para la lentitud significa ajustar la velocidad al momento y a la persona.

Partidarias del buen vivir, las denominadas ciudades Slow tienen como premisa adueñarnos del tiempo para disfrutarlo de un modo inteligente. El movimiento de Slow Cities (Cittaslow) se organiza para certificar aquellas ciudades donde la obligación es comer bien, dedicarnos al placer, el cuidado del medio ambiente, el patrimonio y sobre todo la filosofía de disfrutar la vida en todo momento, y optimizando nuestro tiempo

Slow Food es la respuesta de vanguardia a los efectos degradantes de la cultura de la comida industrial y rápida -fast food- que estandariza las técnicas de producción y la oferta de productos, nivelando y homogeneizando los sabores y los gustos.

El movimiento por una comida lenta promueve una nueva cultura del placer basada en la lentitud, el conocimiento, la hospitalidad y la solidaridad. Sus objetivos son claros: reencontrar el placer de la buena mesa, incentivar la buena gastronomía y el buen vino, y propiciar la educación de los sentidos para redescubrir la riqueza de los aromas y los sabores.

Protege la biodiversidad profundamente amenazada por el uso de agroquímicos, agrotóxicos y transgénicos, apoyando y promoviendo la producción orgánica. Intenta impedir la desaparición de alimentos y sistemas de producción artesanal, favoreciendo el desarrollo de innumerables microeconomías de regiones marginales. Enfrenta la estandarización de la comida y los sabores artificiales de una cultura que impone el consumo a la vez que el empobrecimiento de los sentidos.

El slow sex una forma de disfrutar de nuestros cuerpos donde se valora más la calidad que la cantidad, extenso juego previo, mientras susurramos a nuestras parejas y miramos a los ojos, emparentado con el sexo tántrico, la seducción se empareja con el placer de descubrir a través de los sentidos.

El coste humano de este ‘turbocapitalismo’; actualmente existimos para servir a la economía, cuando debería ser a la inversa. La actual cultura del trabajo está minando nuestra salud mental.

“ ¿No pueden comprender los trabajadores que, al trabajar en exceso agotan sus fuerzas y las de su progenie que están extenuados y, mucho antes de que les llegue el momento, son incapaces de hacer nada; que absorbidos y brutalizados por ese vicio, ya no son hombres sino fragmentos de hombres que matan todas las bellas facultades de su interior para no dejar viva y floreciente más que la furiosa locura del trabajo?”

Paul Lafargue. El derecho a la pereza (1883)

Paul Ariès en debate televisivo

Jornadas alternativas en Mérida

El sábado 22 de mayo, el profesor Carlos Taibo de la Universidad Autónoma de Madrid, dará una conferencia sobre el decrecimiento, en el Centro Cultural La Alcazaba de Mérida a partir de la 18:30. Le acompañará como ponente Jose Manuel Benítez, miembro de Vía Campesina y del sindicato COAG. El acto se enmarca dentro de las Jornadas Alternativas frente a la reunión de los ministros de agricultura de la Unión Europea, que han sido convocadas por más de 40 organizaciones extremeñas, entre asociaciones ciudadanas, grupos ecologistas, asociaciones de consumo responsable, sindicatos agrarios, ONG’s y partidos políticos, bajo el lema ‘Otra agricultura, otra Extremadura, otra Europa’. La reunión de ministros europeos se enmarca en las actividades del semestre de Presidencia española de la UE y tratará de la reforma de la PCA (Política Agraria Comunitaria).

Carlos Taibo es un firme partidario del movimiento antiglogalización, que disertará en el foro extremeño sobre las ‘teorías del decrecimiento’, afirmando la necesidad de cambiar el modelo productivo capitalista fundado en el crecimiento permanente de la economía. Para citar sus propias palabras: En primer lugar, el crecimiento económico no genera - o no genera necesariamente - cohesión social. En segundo lugar, produce agresiones medioambientales que en muchos casos son, literalmente, irreversibles. En tercer término, provoca el agotamiento de los recursos que no van a estar a disposición de las generaciones venideras. En cuarto y último lugar, el crecimiento económico facilita el asentamiento de lo que más de uno ha llamado el "modo de vida esclavo", que nos hace pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos, y sobre todo, más bienes acertemos a consumir.

Al acto asistirá también Jose Manuel Benítez, responsable de Agricultura Ecológica de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), en representación de la Coordinadora Europea “La Vía Campesina”, organización que también es convocante de las jornadas ‘Otra agricultura, otra Extremadura, otra Europa’. La Via Campesina es una organización internacional de agricultores, campesinos e indígenas, compuesta por más de 300 organizaciones de 54 países y cuatro continentes. Esta organización trabaja en todo el mundo, y también en Europa, por los derechos del campesinado y de los y las consumidores/as por un sistema agroalimentario basado en la Soberanía Alimentaria, esto es, en el derecho de los pueblos a decidir qué, como y quién debe producir los alimentos. Y por lo tanto, contra la globalización agroalimentaria y sus impactos: hambre, migraciones masivas y degradación ambiental sin precedentes.

Soberanía alimentaria y ecofemismo

Colectivo feminista Las Garbancitas - Pilar Galindo

La inseguridad alimentaria afecta a media humanidad: más de mil millones de personas con subnutrición crónica y casi dos mil millones enfermas de obesidad, diabetes, estreñimiento, cardiopatías, etc. (1) Millones de muertos anuales por desnutrición y carencia de agua potable, pero también por una alimentación enfermante (exceso de grasas, proteínas de origen animal, productos químicos, sal y azúcar refinada). (2)

La capacidad de una población para disponer de alimentos nutritivos en cantidad y calidad suficiente (seguridad alimentaria), es un derecho humano de primer orden y la condición para el desarrollo integral de las personas. La economía de mercado no persigue la seguridad alimentaria sino obtener beneficios en el mercado mundial. El hambre y la comida basura tienen su origen en la industrialización y mercantilización de los alimentos.

El trabajo de cuidados realizado por las mujeres es la primera víctima de la inseguridad alimentaria. Somos las primeras en sufrir los daños de la desnutrición, las enfermedades alimentarias y el deterioro del medio ambiente sobre niñ@s y enfermos. La desigual condición de hombres y mujeres se agudiza en los países empobrecidos, las clases trabajadoras y los colectivos marginados.

La capacidad de los pueblos para producir, distribuir y consumir sus propios alimentos (soberanía alimentaria) es la condición para la seguridad alimentaria. La mercantilización e industrialización de la agricultura y la alimentación para el mercado global es el principal enemigo de la soberanía alimentaria. No hay soberanía alimentaria sin la autodeterminación de los pueblos y las mujeres para conseguir este derecho.

El capitalismo no ha inventado la separación de la esfera pública (mercado) y la privada (hogar), pero se beneficia de ella y la lleva hasta sus últimas consecuencias. Esta separación implica una dualidad de tareas y funciones hombre/mujer y la subordinación de las mujeres a los hombres, independientemente de su posición social.

La desigualdad de las mujeres respecto a los hombres, anterior al capitalismo, le es funcional. Los cuidados en el espacio doméstico contribuyen a la producción de mercancías con un coste económico oculto. La economía externaliza ese coste que es asumido por las mujeres. Ninguna mujer puede reclamar a la sociedad el trabajo realizado en el ámbito doméstico. Tampoco puede abandonar esas tareas sin que caiga sobre ella la culpa, aunque la mayoría de los hombres lo hacen y no pasa nada.

La economía de mercado considera improductivo el trabajo de cuidados. Pero no puede confundirse la conquista de la igualdad entre hombres y mujeres con la mera emergencia de los costes materiales de dicho trabajo. (3) Si para liberar de estas tareas reproductivas a las mujeres se hace una estricta valoración económica (salarizar el trabajo doméstico), quedan fuera los aspectos inmateriales y no mercantilizables de esta actividad. Los cuidados implican experiencia, afectos, tiempos, no movilizados por un salario. La lucha de las mujeres para conquistar su independencia económica supone entrar en el mercado con la carga de los cuidados. Muchas mujeres entran en el mercado de trabajo global para cuidar a los hijos y mayores de otras mujeres, separándose de sus hijos. Mujeres asalariadas encadenan a sus madres para que cuiden a sus hij@s. La retribución del trabajo de cuidados no es nada sin el reparto del mismo entre hombres y mujeres.

El mercado global es capitalista y masculino. El progreso económico se sustenta en la explotación de l@s trabajador@s y el trabajo invisible de las mujeres. La alianza entre el capitalismo y el patriarcado afianza el dominio sobre trabajador@s, mujeres, pueblos y naturaleza. Por eso la lucha de las mujeres por la igualdad no puede obviar la lucha contra las crisis económicas, los desastres ecológicos, la desnutrición y las enfermedades alimentarias o inmunológicas originadas por la economía global.

El “progreso” industrial disminuye el trabajo de cuidados mediante electrodomésticos que reducen el tiempo de cocinado y limpieza a costa de un gran consumo de materiales y energía. Supone un enorme negocio que daña nuestra salud por ondas electromagnéticas, químicos y emisiones de CO2, no generalizable a toda la población mundial. Los alimentos procesados y precocinados nos alimentan mal, nos enferman y son más caros. El ahorro de tiempo, lo pagamos en cuidados a los enfermos.

Esta modernización se basa en el dominio del ser humano sobre la naturaleza y de los hombres sobre las mujeres.

Ignorar la alianza entre capitalismo y machismo, supone una grave pérdida para la causa de las mujeres, reducida a un feminismo institucional y capitalista. Al igual que para el movimiento obrero supone perseguir un socialismo consumista, contaminante y machista.

La amenaza para la vida en el planeta nos interpela a las mujeres. La lucha por la supervivencia requiere enfrentarse a las multinacionales y sus políticos a sueldo. Pero también, impulsar acontecimientos económicos, asociativos y culturales en defensa de la vida, la naturaleza y la soberanía alimentaria.

Las mujeres de los países ricos, aunque subordinadas a los hombres, estamos del lado de los beneficiados por el capitalismo patriarcal. Con dobles jornadas, nuestras comodidades implican la explotación de la naturaleza y de otras mujeres. El capitalismo patriarcal y la civilización “moderna” desgarran la sociedad y manipulan la noción de bien común. No perseguimos una vida pacífica y segura para tod@s. Las personas beneficiadas lo son a expensas de las perjudicadas. El progreso depende de la subordinación de la naturaleza a la economía, de la mujer al hombre, del consumo básico al consumismo irracional, del trabajo al empleo y de la participación a la delegación.

El ecofeminismo plantea la necesidad de una nueva cosmología y una nueva antropología que nos coloque, como seres humanos, en el lugar que nos corresponde, dentro y no sobre la naturaleza y que potencie la cooperación, el cuidado mutuo, el amor, como formas de relación entre los hombres y mujeres, y entre los seres humanos y la naturaleza. (4) Cuestiona que la libertad y felicidad del “Hombre” requieren de la emancipación de la naturaleza, mediante el dominio y control sobre ella para salir del reino de la necesidad en dirección al reino de la libertad. Esta concepción de emancipación implica el dominio sobre la naturaleza, incluida la naturaleza femenina. El ecologismo, con la denuncia de las catástrofes provocadas por la aplicación de esta concepción de libertad humana, ha cuestionado las aplicaciones científicas y tecnológicas asociadas a estas teorías. El ecofeminismo, para ser ecológico y feminista, debe enfrentarse con la perversa emancipación derivada del progreso económico y tecnológico, sin olvidar que cualquier paso en la buena dirección implica, aquí y ahora, el reparto de trabajos y cuidados con los hombres. Esto significa remover las condiciones de vida de los beneficiarios de la globalización interpelando a las clases medias de los países ricos, incluidos los sectores agrarios “modernos”, el sindicalismo y algunas corrientes feministas cuando celebran, sin matices, la presencia de la tecnología en nuestra vida cotidiana y de las mujeres presidiendo multinacionales, ejércitos y estados agresores.

Debemos poner en primer plano las necesidades fundamentales: alimento, cuidados, afecto, salud, educación, vivienda, trabajo digno, cooperación, cultura y participación. Aprender de las mujeres campesinas una concepción de la supervivencia más austera en el consumo y más rica en las necesidades básicas económicas, sociales y afectivas. Atravesar la lucha feminista con la lucha por la seguridad y la soberanía alimentaria, la defensa de un consumo responsable agroecológico y el fin de la subordinación de las mujeres respecto a los hombres. Denunciar los abusos de las multinacionales y educarnos en una cultura alimentaria que nos defienda de la publicidad engañosa tomando la seguridad alimentaria en nuestras propias manos.

Extracto de la ponencia presentada en las Jornadas Estatales Feministas de Granada 2009. www.nodo50.org/lagarbancitaecologica

1- Informe de la FAO sobre Inseguridad alimentaria mundial 2009.

2- VVAA (Coord. P. G.). Agroecología y Consumo Responsable. Teoría y práctica. Ed. Kehaceres. Madrid, 2006.

3- Sira del Río. “Globalización y feminismo”. Pags.187-212. En El movimiento antiglobalización en su laberinto. Entre la nube de mosquitos y la izquierda parlamentaria. Ed. La Catarata-CAES. Madrid, 2003.

4- Shiva y Mies. Ecofeminismo. Teoría, crítica y perspectivas. Icaria, Barcelona. 1997.

¡Qué paren la Tierra, quiero apearme!

Jerónimo Aguado Martínez - Concejo campesino

El título del presente artículo, es el grito que Miguel Delibes no pudo pronunciar al lado del protagonista de una conocida canción Americana, pero que si le sirvió para cerrar el discurso que pronuncio en 1975 para dar cumplido a su entrada en la Real Academia Española, poniendo de esta forma en tela de juicio la AVENTURA DEL PROGRESO, traducida en un aumento de la violencia y la incomunicación, la autocracia y la desconfianza, la injusticia y la prostitución de la naturaleza, el sentimiento competitivo y el refinamiento de la tortura, la explotación del hombre por el hombre y la exaltación al dinero.

Treinta y cinco años han transcurrido desde que Delibes pronosticó con gran clarividencia hacia donde nos conducía la apuesta por la modernidad. Treinta y cinco años donde se han agudizado los pronósticos del hombre que intuyó con suficiente antelación que urgía apearse del carro donde los seres humanos nos habíamos subido durante los últimos ciento cincuenta años.

Otro pensador Francés, Serge Latouche, uno de los Padres de la filosofía del DECRECIMIENTO, preocupado por los grandes problemas que vive hoy la humanidad, nos invita a imaginarnos el infierno como un lugar de abundancia inaccesible y el paraíso como un lugar de frugalidad compartida. En el infierno, dice, reina la más increíble “riqueza”, pero todo o casi todo se pierde porque no puede ser consumido; en el paraíso las provisiones son mucho menos abundantes, pero cada uno tiene finalmente suficiente: es la alegre ebriedad de la austeridad compartida.

Pasar del INFIERNO DEL CRECIMIENTO INSOSTENIBLE al paraíso del DECRECIMIENTO CONVIVENCIAL supone un cambio de los valores en los que creemos y sobre los que hemos organizado la vida.. Y es que mientras los ricos celebran, los pobres aspiran. Un solo Dios, el progreso; un solo dogma, la economía política; un solo edén, la opulencia; un solo ritmo, el consumo; una sola plegaria: CRECIMIENTO NUESTRO QUE ESTAS EN LOS CIELOS.

En todas las partes, la religión del exceso reverencia a los mismos santos (desarrollo, tecnología, mercancía, velocidad, frenesí), persigue a los mismos herejes (los que están fuera de la lógica del rendimiento y del productivismo), y dispensa una misma moral: no tener nunca suficiente, abusar, nunca es poco, tirar sin moderación y después volver a comenzar, y así una y otra vez.

Tanto Miguel Delibes como Serge Latouche coinciden en el diagnóstico del absurdo del modelo de desarrollo de la sociedad actual, un modelo caduco y que hoy expresa su debilidad en las diferentes crisis que padecemos a nivel planetario: crisis económica, crisis financiera, crisis climática, crisis alimentaria, crisis de valores. También ambos coinciden que paremos; uno, propone que pare la tierra; el otro, el crecimiento, ese maldito concepto inviable para abordar la urgente necesidad de un desarrollo sostenible y duradero.

Las medidas que los diferentes Gobiernos Europeos están tomando para solventar la crisis económica provocada por la amplia carta de especuladores (del dinero, del ladrillo, de los alimentos, de los recursos naturales,…..), profesionales todos ellos del saqueo y amparados en la ley del mas fuerte, no reparan para nada en las causas que la generaron, y sólo pretenden afianzar el mismo modelo de desarrollo que de sobra está demostrado que no funciona y que conduce a la humanidad a un callejón sin salida; o, como dice Segre, al infierno del desarrollo insostenible.

Por eso, en una aptitud también un tanto pesimista, me atrevo a decir a sus Señorías, responsables de las Instituciones púdicas, conductores del barco del capital – ismo, que también hagan el favor de parar. No le den más vueltas y váyanse para casa, y reparen en las atrocidades del modelo neoliberal del que no quieren apearse… Paren la máquina del descalabro colectivo, cierren los Estados que sólo soportan el estado del bienestar de unos pocos… Desabróchense los trajes como símbolo del abandono a tanto protocolo y acérquense allí donde huele a tierra, a cloaca, a paro indefinido, a dormir sin techo, a abandono rural y a crecimiento chavolístico. Es ahí donde quizá pueden encontrar una respuesta a las crisis que siempre sufren los mismos.

El cabreo colectivo hacia ustedes no se encuentra a la altura de las circunstancias que lo genera….Los hambrientos del mundo crecen a un ritmo imparable, el derecho al trabajo se hace inaccesible para millones de personas, las cárceles se atiborran de victimas mientras muchos verdugos siguen sueltos, los agricultores y ganaderos seguimos teniendo que abandonar el campo, lo recortes del gasto público sólo se cargan al presupuesto del gasto social.

Todo al mismo ritmo que la sociedad paga las deudas de los descalabros del gran capital.

¡Qué paren la Tierra, yo también me quiero apear!

Ecosofía: el decrecimiento. Nuestra única posibilidad

Luis Tamayo Perez - La Jornada Morelos

Se realizó en el local de la organización Caminemos juntos, el seminario: Para impulsar el descrecimiento en México, organizado por la Red ecologista autónoma de la cuenca de México (Ecocomunidades) animada por el Miguel Valencia Mulkay y con la participación de intelectuales de la valía de Jean Robert, Víctor Toledo, Braulio Hornedo, David Barkin, Jaime Lagunez, José Arias, Rafael Huacuz, Roberto Ochoa, Adriana Matalonga y Roberto Vidales.

El objetivo central de nuestro seminario es pensar alternativas al crecimiento desaforado y depredador que sufren las sociedades humanas (y la nuestra en particular), el cual ha conducido a la catástrofe medioambiental moderna.

A pesar de que Heidegger, desde 1927, sostuvo, en El ser y el tiempo, que el hombre que somos era al par “ser-en-el-mundo”, es decir, que el mundo nos es consustancial, la humanidad continua considerando a su entorno ajeno y, por ende, lo depreda sin piedad. La tierra ya no es “nuestra madre” ni el resto de los seres vivos “nuestros hermanos”. Ahora son, simplemente, “recursos” o “mercancías”.

A consecuencia de nuestra economía depredadora, nuestro planeta se deteriora de una manera acelerada. El uso indiscriminado de hidrocarburos, la “revolución verde” (incremento de la producción agraria gracias al uso masivo de fertilizantes y pesticidas inorgánicos) y la aplicación del modelo productivista en la ganadería (cría de ganado bovino, porcino y aviar) se han revelado, con el paso de los años, más que bendiciones, en callejones sin salida que envenenan la atmósfera y el agua, que hacen estériles los suelos y envenenan nuestros alimentos.

A pesar de ello, es habitual encontrar a nuestros economistas y gobernantes sosteniendo que un desarrollo económico siempre positivo para sus naciones es deseable y posible. Fue necesario que llegara el economista inglés Kenneth Boulding para que abriera nuestros ojos al decirnos que “cualquiera que crea que el crecimiento exponencial es posible para siempre en un mundo finito es, o un loco, o un economista”.

El modelo desarrollista tan mentado, ese que considera posible el desarrollo -incluido el “sostenible”- infinito no es, desde el punto de vista de los ideólogos del decrecimiento (Ivan Illich, Jacques Ellul, Serge Latouche, André Gorz, Dominique Belpomme, Paul Ariès, Cornelius Castoriadis, Miguel Valencia Mulkay, David Birkin), sino un error de concepción pues la noción de “desarrollo”, esa que la economía tomó de la biología implica, en su ámbito de origen, un proceso que inicia con el nacimiento, transcurre con la juventud, la madurez y la vejez y culmina con la muerte.

En la biología, lo reitero, el “desarrollo” implica la decrepitud y la muerte del organismo, elemento que los estudiosos de la economía simplemente excluyeron del desarrollo de las sociedades. Es por tal razón que los economistas y la totalidad de los gobernantes que siguen sus preceptos, consideran sano, posible y deseable que una nación “crezca” a tasas sostenidas y siempre positivas, sin darse cuenta que el crecimiento de unas naciones descansa en la pobreza de las otras.

El decrecimiento, reiteramos, objeta la tesis de la posibilidad del “desarrollo sostenible”, la cual, si bien incluye la preocupación por el equilibrio de los ecosistemas, nos permite creer que podemos conservar el actual modelo económico simplemente maquillándolo con el anhelo de “desarrollo sostenible”.

Raúl García Barrios en su estudio sobre el tema (Instituciones y desarrollo, CRIM/UNAM, 2008) muestra que el concepto de “Desarrollo sustentable” encubre la idea de que es posible seguir depredando el ambiente como hasta ahora, claro, maquillando la codicia con “preocupación por el medioambiente”.

No por otra razón Braulio Hornedo critica tal noción diciendo, burlonamente, que “se trata de la misma gata pero sustentada”.

Ahora podemos afirmar claramente: el desarrollo, incluido el sostenible, no es infinito. Pensar de esa manera es terriblemente peligroso pues nos hace creer que podemos seguir reproduciéndonos como conejos, que siempre habrá más para todos, que para siempre “Dios proveerá” y, tal y como las catástrofes ambiental y alimentaria actuales lo muestran, eso no es posible en un mundo finito, con recursos limitados y cada vez más escasos.

El “crecimiento”, como bien indica Dominique Belpomme (Avant qu’il soit trop tard, Fayard, París, 2007), es un “cáncer de la humanidad”.

Las tesis centrales de los postulantes del decrecimiento son claras: ante un mundo y una economía global que piensa que puede crecer de manera continua y desmesurada, los postulantes del decrecimiento sostienen que tales ideas no son sólo utópicas sino increíblemente peligrosas, pues conducen no sólo a la catástrofe medioambiental sino a la económico social.

La idea del decrecimiento no se refiere al “estado estacionario de la economía” presente en la obra de los clásicos de la economía, ni a una forma u otra de regresión, recesión o crecimiento negativo. El descrecimiento no es un concepto, uno simétrico, aunque negativo, del crecimiento. Como indica Paul Ariès (Décroissence ou barbarie, Golias, Lyon, 2005): el descrecimiento es un “slogan político con implicaciones teóricas”. Su finalidad es objetar las tesis de los productivistas pro progreso ilimitado.

El decrecimiento implica construir una nueva sociedad libre de consumismo y transporte ineficiente (los automóviles), una que piense globalmente pero actúe localmente, una que reduzca, reutilice y recicle sus residuos.

Cornelius Castoriadis (La monté de l’insignifiance, Vol. IV, Seuil, París, 1996) sostuvo en su La monté de l’insignifiance que es menester construir nuevos valores para esa nueva sociedad, es decir, que el objetivo en tal sociedad es que el altruismo prevalezca sobre el egoísmo, la cooperación sobre la competencia, la capacidad lúdica sobre la adicción al trabajo, lo local sobre lo global, la autonomía sobre la heteronomía, el gusto por la obra maestra sobre la producción en cadena y el gusto por lo gratuito (goce de vivir) sobre el gusto por lo raro (el oro, los diamantes).

André Gorz (Capitalisme, socialismo, écologie. Galilée, París, 1991), amplía dichas tesis al sostener que el decrecimiento implica consumir mejor (hacer más con menos), aumentar la durabilidad de los productos (y no piensa sólo en los aparatos electrónicos, puede apreciarse aquí una crítica a las semillas “terminator”, esas diseñadas para sólo permitir una cosecha), eliminar el embalaje innecesario (las ultradepredadoras bolsas de plástico entre otros), sustituir el transporte automovilístico unipersonal por el colectivo, mejorar el aislamiento térmico de las viviendas y estimular el consumo de productos de la región y la estación.

Para Latouche (Petit traité de la décroissence sereine, Fayard, París, 2007) la tarea es clara: el decrecimiento implica, necesariamente, implicarse políticamente, luchar contra la movilidad absurda de las mercancías (que, vgr., en Australia se consuma agua americana y viceversa), contra la rentabilidad a corto plazo y en pro de la calidad y no de la cantidad.

Es necesario, asimismo, enfrentarse a los mass media que clara y definitivamente “destruyen el lazo social”. Implicarse políticamente requiere estar dispuesto a aceptar la responsabilidad de encaminar el futuro de todos.

¿Seremos los humanos capaces de decrecer o tendremos que esperar a que sean las catástrofes “naturales” (pongo este término entre comillas pues, desde mi punto de vista, muchas de las catástrofes denominadas “naturales” no son sino la consecuencia de la sumatoria de pequeños actos humanos depredadores sostenidos por largos periodos de tiempo), económicas y sociales los que nos obliguen a despertar del sueño del progreso infinito?

Entrevista a Jorge Riechmann

Entrevista a Jorge Riechmann por parte de El Contubernio

Contubernio:
Desde determinadas posiciones suele hablarse de un desequilibrio/incompatibilidad o de un trade off entre desarrollo económico y prácticas ecológicas. En este sentido, cómo puede plantearse la situación de los países en vías de desarrollo ante la encrucijada que esto supone, ¿cuál es el modelo de desarrollo que necesitan estos países?

Jorge Riechmann: Vamos a ver, quizá podría objetar un poquito lo primero. No necesariamente cualquier forma de economía es destructiva de la naturaleza, o por lo menos no lo es en la medida que lo son las sociedades industriales contemporáneas.

Por una parte, cualquier actividad humana tiene un impacto ambiental, pero ese impacto puede ser espectacularmente diferente, puede ser muy grande o muy pequeño. De manera general, yo hace años que defiendo que la suma de transformaciones guiadas por 4 principios básicos. Que en la formulación, por ejemplo la que ofrecí en un libro que se titula Biomimesis, serian: un principio de autolimitación, autocontención o suficiencia, en primer lugar. En segundo lugar un principio de biomímesis, o coherencia entre los sistemas humanos y los sistemas naturales. Un principio de ecoeficiencia en tercer lugar. Y un principio de precaución en cuarto lugar.

Digamos, estos 4 principios orientando las transformaciones socioeconómicas nos llevarían por el buen lugar. Si nos fijamos en el principio de biomímesis, se ve esto que decía antes: no necesariamente todas las formas de economía pueden tener los mismos efectos sobre los ecosistemas y con los ecosistemas.

Las ciudades por ejemplo, reorientadas según criterios de urbanismo sostenible, bioconstrucción, construcción ecológica, etc… pesarían menos sobre el territorio del cuál dependen. Una química verde, que renunciase a los excesos de parte de la química de síntesis tal y como se desarrolló en el siglo XX y en cambio tratase de desarrollar, cuando hacen falta, moléculas que no sean incompatibles con la química de este planeta, con la química de los seres vivos, no tendrían el impacto negativo que han tenido muchas moléculas de síntesis fabricadas por la química moderna. Una agricultura y ganadería inspiradas por criterios agroecológicos no tendrían el impacto que tiene la agricultura industrial moderna. Igualmente, una manufactura o sistemas de manufactura reconstruídos de acuerdo con los principios de la ecología industrial no tendrían el impacto que tienen ahora las sociedades industriales.

En todo esto se ven vías por las cuáles las sociedades industriales pueden llegar a lo que se podría denominar como “hacer las paces con la naturaleza”, expresión que empleó el importante ecólogo y ecologista estadounidense Barry Commoner hace ya unos años, en un libro muy bueno [(Making Peace with the Planet. New York : Pantheon, 1990]. Y eso, supondría para las sociedades del sur, esas que llamamos a veces con un eufemismo que es rechazable, que es sociedades en vía de desarrollo. Y digo que es rechazable, por que eso supone una idea de desarrollo único, unilineal, y que esas sociedades tienen de alguna forma que llegar a dónde nosotros ya estamos desarrollados, lo cuál es bastante absurdo en cuanto se analiza un poco.

Entonces, la idea es que esas sociedades del sur podrían desarrollar sus propias formas de economía, con elementos industriales también, dentro de esa perspectiva biomimética por ejemplo que acabo de indicar. De alguna manera saltando por encima de etapas demasiado destructivas, como las que han tenido lugar en el caso de las sociedades industriales modernas, y desarrollando algunas tecnologías necesarias para satisfacer las necesidades humanas en un marco diferente. Si las relaciones internacionales fuesen diferentes. Por ejemplo, un caso paradigmático ha sido la industrialización a base de combustibles fósiles, que ha sido en realidad un desastre tal como podemos ver hoy con perspectiva histórica. Bueno, una sociedad que empezase hoy aprendiendo de esa historia en lugar de buscar construir una sociedad industrial fosilista, basada sobre las energías fósiles, lo haría intentando basarse en energías renovables.

Contubernio: Para efectuar este cambio de paradigma, se ha hablado en los últimos años de la idea del modelo de decrecimiento, ¿cuales serían sus pilares? ¿Qué se podría hacer para ponerlo en práctica?

Jorge Riechmann: Yo particularmente no soy ningún entusiasta de la idea de decrecimiento. En mi propia formulación de este asunto, tiendo más bien a presentarla empleando la idea de autocontención. He escrito una serie de cinco libros, que llamo Pentalogía de la autocontención, intentando explicar estas materias y esbozar una serie de vías, trazar pistas. Pero, un poco es lo que apunte antes, a mi entender sería la conjunción de estos 4 principios: autolimitación o suficiencia, biomímesis, ecoeficiencia y precaución, la que apuntaría hacia ese otro modelo socioeconómico con un impacto ecológico mucho menor. Un aspecto importante ahí, y en eso difieren las propuestas de la gente que prefiere agrupar esto bajo el término de decrecimiento y no bajo otras nociones. Por ejemplo, una de las teorizaciones importantes sobre esto es la de Herman Daly, ya en los años 70, que hablaba de una economía de estado estacionario, una formulación interesante para esto que estamos hablando.

Un aspecto en el que se diferencian todas estas corrientes que buscan ecologizar la economía y la sociedad de las nociones propagandísticas del “desarrollo sostenible” es la consideración que se hace de la ecoeficiencia. Esas propuestas de desarrollo sostenible desde el mundo de la empresa, o de los gobiernos –que están demasiado cerca de las empresas– cuando realmente tienen algo de contenido, siempre reducen las cuestiones de sostenibilidad a cuestiones de eficiencia –ecoeficiencia–, porque eso es lo que encaja con la dinámica del capitalismo. En cambio desde estas perspectivas críticas más profundas se señala que la eficiencia, en general es una buena cosa, a igualdad con las demás circunstancias. Y la ecoeficiencia también, el hacer más con menos es una buena idea. Pero si uno solamente apuesta por estrategias de eficiencia y ecoeficiencia dentro de la dinámica general de estas sociedades capitalistas, a menudo lo que uno gana con esa eficiencia se lo come el aumento de consumo que se produce dentro de esa misma dinámica. Eso es lo que los economistas, desde hace más de un siglo, llaman “efecto rebote” o “efecto Jevons” [1]. Y eso hace que una estrategia de eficiencia sin más, en realidad no nos lleve muy lejos, por ello insisten todas estas perspectivas críticas en la necesidad ciertamente de la eficiencia, pero también advierten sobre las trampas de la ecoeficiencia, y la necesidad de complementarla con esos otros principios a los que antes me refería, como biomímesis, suficiencia, o autolimitación.

Contubernio: Y por ejemplo, incluso en este contexto de crisis evidente, especialmente visible a nivel económico, pero también alimentaria, ecológica, etc… , se intenta vender la quimera del crecimiento económico a toda costa como único modelo. ¿Cómo crees que se podría salir de esta situación de crisis en términos globales? ¿Dónde está el error de este modelo de pensamiento?

Jorge Riechmann: El crecimiento por el crecimiento es una estrategia suicida, no tiene ningún futuro. Lo tremendo, es que algo que es tan obvio y evidente, el principio básico de la crítica ecologista desde hace más de 40 años es tan sencillo como apuntar al hecho de que una economía no puede crecer de forma indefinida dentro de un medio ambiente finito. ¡Eso es el abc…! es absolutamente básico y eso es lo que hace que el capitalismo a la larga sea inviable en este planeta. Cuanto antes aceptemos las constricciones que nos imponen los límites biofísicos del planeta, menos dura será la transformación que de todas formas hemos de encarar, y ahí es importante darnos cuenta de que lo que realmente importa no es ese crecimiento económico fetichizado; que cada vez da menos de lo que promete, porque los efectos negativos del crecimiento son cada vez más importantes en comparación con los efectos positivos. Si no intentar, además darse cuenta de que el crecimiento en cualquier caso nunca pudo ser otra cosa que un medio, nunca un fin. Es una locura situarlo como un fin porque nunca ha sido más que cuando ha cumplido, al menos en parte, sus promesas un medio para conseguir bienestar y empleo, que se supone que es lo que proporciona, aunque sea discutible que lo haga en todas las condiciones, y ahora en particular. Entonces lo que necesitamos es perseguir directamente los objetivos que si que son metas valiosas en si mismas: los objetivos de ese “hacer las paces con la naturaleza” del que hablábamos antes, objetivos de igualdad social, de equidad de género, de satisfacción las necesidades básicas del ser humano… eso es lo que tiene que proporcionar la economía, no el crecimiento por el crecimiento.

Contubernio: Para ir cerrando, ¿cuales crees que serían las luchas desde uno mismo, y desde los movimientos sociales para romper el conflicto entre el medio ambiente y sociedad humana, como lograr resguardar tanto diversidad cultural como respeto por el medio ambiente?

Jorge Riechmann: Un aspecto que puede resultar problemático en las propuestas de decrecimiento es que tienden a centrarse demasiado exclusivamente en la esfera del consumo, en la idea de reducción de los consumos. No es que no nos haga falta actuar sobre la esfera del consumo, y en toda esa dimensión cultural y simbólica que tiene un peso tan grande en las sociedades productivistas y consumistas contemporáneas. Nos hace falta, pero no basta con eso, hay toda una dimensión de transformaciones institucionales y estructurales, que solamente se pueden abordar –no desde las iniciativas individuales e individualizadas de cambios en los consumos y estilos de vida– desde la acción colectiva para transformar los datos básicos del sistema. Por decirlo de una manera un poco provocadora, si se quiere, no necesito, no nos hace falta solamente disminuir nuestro consumo individual de carne y de pescado, que nos hace falta, nos hace falta autolimitación en este terreno. Si no que nos hace falta también socializar la banca pongamos por caso. Entonces, no podemos descuidar esos objetivos institucionales y estructurales para privilegiar sólo estrategias de modificación de los hábitos de consumo. Ese es un riesgo de las propuestas de decrecimiento y tenemos y que ser conscientes de ello. De ahí que para mi, siga estando a la orden del día, y sea más importante que nunca quizá, la noción de Ecosocialismo.

Entrevista completa

La necesidad del decrecimiento económico

Jonas Nilsson

El suplemento de Lluita Internacionalista nº 101 (enero 2010) publica un artículo con título que crea atención: “¿Decrecimiento o Revolución?”. El titular pone el lector ante la elección entre uno y otro, sin opción de poder combinar los dos conceptos.

En las últimas décadas ha crecido la conciencia sobre los límites de los recursos naturales del planeta y el actual expolio de ellos por el sistema productivo actual, aspecto que durante mucho tiempo fue ignorado por la izquierda tradicional, probablemente porque no entraba en el esquema algo simplificado de la lucha de clases en el que muchos habíamos estado formados. La preocupación ecológica estaba generalmente considerada como un prejuicio pequeñoburgués y una desviación de la lucha de clases. Poco a poco las cosas están cambiando, gracias sobre todo al surgimiento de las movilizaciones internacionales del movimiento altermundista/antisistema, que nos ayudan y obligan a matizar la realidad antes aprendida si no queremos aumentar nuestro aislamiento. Pero este cambio no llega a asimilarse con el mismo ritmo en todas las organizaciones anticapitalistas. Ante esta perspectiva considero que el suplemento está cerrando puertas a una batalla que está tomando un protagonismo político y social cada vez más acentuado.

La tendencia a crecer de la economía capitalista

Al principio no veía otro objetivo con el artículo de Lluita Internacionalista que el de desautorizar a los activistas que se han involucrado en una batalla contra la expoliación de los recursos naturales sin reconocer explícitamente su carácter de clase... una base que en si es pobre para descalificar un esfuerzo de este tipo. Pero creo que el artículo va más allá y se sitúa no únicamente en contra de este planteamiento no-clasista sino incluso niega la importancia del decrecimiento mientras la sociedad sigue estando bajo el dominio del capital. La lógica que conduce el documento es que como los amos de la producción se enriquecen a cuesta de los trabajadores no podemos aceptar ni la idea de un decrecimiento en la sociedad antes de revolucionarla. Para justificar este razonamiento entra en una confusa negación del crecimiento como una tendencia inherente en el capitalismo.

Ya hemos constatado que no todos los movimientos sociales que defienden la necesidad de parar el crecimiento infinito de la producción y la consecuente expoliación de los recursos naturales, tienen claro también la necesidad de acabar con el capitalismo para conseguir este objetivo. Pero en ningún lugar he visto que estos movimientos intenten hacernos escoger entre los dos supuestos caminos, decrecimiento o revolución. Desgraciadamente entre los que intentamos basarnos en el marxismo hay más que una organización que desprecia la defensa del decrecimiento y lo trata más bien como una traba para llegar a derrumbar al capitalismo.

La primera frase del documento deja clara su distanciamiento respeto al decrecimiento: “Los autores que defienden el decrecimiento parten de identificar el crecimiento como motor/objetivo del sistema capitalista.” Los defensores del decrecimiento estamos considerados en tercera persona para el redactor, pero como entre nosotros hay mucha diversidad y algunos que aún no reconocen el capitalismo como el problema principal, estos difícilmente llegarán a sentirse identificados con la afirmación, a pesar de ser a veces más rápidos que otros en detectar las agresiones contra la naturaleza y reaccionar en su defensa. Así que entre ellos creo que no van a convencer a nadie. Yo sí me siento aludido por haber pasado por una trayectoria similar y a veces coincidente con la de varios compañeros de Lluita Internacionalista. Por eso contesto con ánimos de situar nuestras diferencias dentro de un marco que por lo menos permita seguir clarificándolas.

El suplemento considera que “lo esencial es definir lo que realmente mueve la economía capitalista”, e intenta concretar “lo esencial” al principio del texto:

Al capitalista no le importa desarrollar o destruir producción si con cualquiera de las dos acciones genera beneficio, porque es éste y no cómo conseguirlo lo que mueve su economía. Tampoco le preocupa la cantidad mayor o menor de bienes que queden en manos de la gente en sí misma: si desarrolla el consumismo es tan sólo como un medio para ampliar sus ventas y beneficios; pero de nuevo, ante situaciones de caída de venta de su producción, destruirá una parte de la misma antes que entregarla para satisfacer necesidades, pues el objetivo es preservar la tasa de beneficio, no el aumento del consumo en sí” [...]

De nuevo la pregunta era: ¿crecer a toda costa como objetivo o mantener el margen de beneficio? Y la respuesta es sin duda la segunda.

En épocas de crisis como la actual, el discurso dominante es la reducción drástica de la producción, con cierres de fábricas y despidos masivos, y ya no digamos cuando nos empuja a guerras. El capitalismo ha salido de las crisis profundas o estructurales con una enorme destrucción de fuerzas productivas. Si un patrón debe optar entre el crecimiento de la producción (más consumo para la población) y el crecimiento del beneficio, no dudamos que decrecerá la producción y pedirá al consumidor que se “apriete el cinturón”.

Esa falsa identificación de ‘capitalismo = crecimiento o mayor consumo individual’ lleva a la fácil pero equivocada conclusión de que ‘anticapitalismo = decrecimiento’.” (destacados en original)

Es decir, nos explica que lo que “realmente mueve” la economía capitalista es el afán de lucro de cada capitalista, dado que evidentemente no le importa si se hace rico produciendo o quemando su propia fábrica, ni si su producto llega al consumidor o acaba en el vertedero, mientras encuentre la fórmula de preservar o aumentar la tasa de beneficio. Y, por eso considera que los que creemos que hay una relación entre el acelerado despilfarro de los recursos naturales y la necesidad de siempre ir a más en el sistema productivo capitalista, estemos equivocados...

He aprendido el funcionamiento económico del sistema capitalista de otra manera que el redactor del suplemento. Para mi no se puede confundir la aspiración de cada empresario individual con el funcionamiento de la economía capitalista. Por eso no sé a qué lector se dirige cuando explica que “el objetivo [para el empresario] es preservar la tasa de beneficio, no el aumento del consumo en si”. Hasta allí creo que cualquier “decrecentista” –e incluso “crecentista”– haya llegado sin haber leído ni una sola página de Marx... Es que hay que ser muy ingenuo para pensar que el empresario quiera satisfacer las necesidades del pueblo antes que hacerse rico. Resulta difícil entender a quién el suplemento está intentando convencer.

La tendencia a crecer de la economía capitalista está en los gérmenes del mismo sistema productivo y no depende de la voluntad de nadie. La continua competencia intercapitalista fuerza a cada empresario a buscar o abrir nuevos mercados para sobrevivir a sus concurrentes. Se trata de expoliar las materias primas como sea para llegar a ser el primero, o para evitar quedarse en la cuneta. Se trata de una carrera para reducir cada vez más el tiempo de trabajo empleado para producir su mercancía sin reducir la jornada laboral, para así aumentar el beneficio, o por lo menos defenderse ante sus competidores. Se trata de alargar nuestra vida laboral hasta los 67 años para poder mantener un sistema caduco y las pensiones millonarias de los ejecutivos. Es decir, todo se mueve a más –no por deseo o mala fe sino por obligación del mismo sistema– mientras las clases explotadas no encontremos la manera de acabar con el capitalismo. El problema es que mientras tanto nos vamos acercando al precipicio que consiste en acabar los recursos naturales finitos y necesarios para nuestra supervivencia y la de muchas otras especies, y el que no lo reconoce acabará probablemente batallando en un limbo desconectado de la realidad.

Hasta aquí (el primer punto del suplemento) creo que el documento se dedica a discutir con fantasmas en vez de aportar algo importante a un tema candente para la sociedad y la clase trabajadora que no encuentra el camino para superarla.

Los límites de la naturaleza

Todo el documento está orientado a convencer el lector de que las masas trabajadoras tenemos que acabar con el capitalismo y a partir de allí –no antes– considerar si hay que frenar la producción de bienes de consumo, por lo inútiles y dañinos que sean. Este razonamiento no tiene en cuenta que el capital hace su beneficio derrochando recursos no renovables a un ritmo superior a su renovación y generando residuos que la naturaleza es incapaz de asimilar. Lo que importa es la justicia intrahumana, luego veremos lo que pasa fuera de nuestra especie. Creo que el agotamiento de varios recursos naturales esenciales y la desaparición de especies tanto animales como vegetales como resultado de la intervención humana nos obliga a revisar la relación entre nuestra especie y la naturaleza de la que somos totalmente dependientes.

La falta de esta perspectiva más amplia limita el documento a intentar convencer al lector de que unos (la burguesía) gasta más que otros (la clase trabajadora) pero sin reconocer en ningún sitio que la suma total pone en peligro la subsistencia humana y de otras especies:

“Para la mayoría de la población y de los pueblos del planeta lo que se impone no es el despilfarro, sino las terribles hambrunas y enfermedades que empujan a millones a la inmigración poniendo en riesgo sus vidas. La respuesta de los decrecentistas es que se debe hablar de desarrollo y no de crecimiento; pero la realidad es que sin un crecimiento real del consumo en muchas vertientes, esta población está condenada.
Y ahí no vamos a hacer nosotros la lista de lo que sí pueden tener y lo que no, pero más adelante volveremos sobre este tema. Serán los propios pueblos y trabajadores/as quienes, rompiendo con la dependencia del imperialismo y las multinacionales, puedan definir cuáles son sus propias necesidades y cómo cubrirlas.”

Naturalmente coincido en denunciar el despilfarro de unos que lleva otros a la hambruna, pero cuando el documento se cree discrepar de los “decrecentistas” sobre la necesidad de sacar a los hambrientos de la miseria mediante un aumento de su consumo, sólo puedo constatar que o conocemos “decrecentistas” de distinto tipo o el redactor nunca se acercó a este movimiento. Sin saber nada del materialismo dialéctico es relativamente fácil entender que la riqueza de unos se explica por la pobreza de muchos, y también que los muchos necesitan aumentar su consumo a cuesta de los pocos que poseen mucho. Creo que se trata de conocimientos bien asumidos entre la mayoría de ecologistas. Seguramente existe algún fanático que quiere aplicar el decrecimiento igual para todos sin matices sociales. Sólo puedo afirmar que si este fenómeno se da en este aspecto, destaca poco y no merecería tanta alarma. Creo que aquí también el documento está dando golpes en el vacío.

Es de agradecer que el suplemento no quiera definir una lista de lo que cada uno debería tener o no tener, y cuando dice que serán “los propios pueblos y trabajadores/as quienes, rompiendo con la dependencia del imperialismo y las multinacionales, puedan definir cuáles son sus propias necesidades y cómo cubrirlas” me suena radical comparado con lo que hay ahora. Pero a mi me falta una perspectiva que no se limite a la contradicción de clases si los recursos naturales del planeta se están deteriorando. La lucha de clases no hay que verla únicamente como la herramienta para resolver las injusticias entre la especie humana, sino también como medio para superar un conflicto que va más allá, que pone en peligro la vida planetaria. Esta perspectiva luce por su ausencia en las frases siguientes: “Hasta que no sean los trabajadores mismos quienes controlen y decidan sobre la producción no apoyaremos la reducción de la capacidad de producción destinada al consumo. [...] de lo que estamos hablando nosotros es de un cambio sustancial de la distribución de la riqueza y de poner su control en manos de los trabajadores, antes de decidir si esa riqueza es excesiva o no. Estamos hablando de la necesidad de una revolución que continúe la tarea iniciada hace 70 años.”

Suena como la continuación del pensamiento liberal, empleado desde abajo. Mientras la clase obrera no esté en el poder no opinamos sobre eventuales riquezas excesivas. No importa el total... el movimiento solucionará todo al final, el “laissez-faire” será válido también para la clase trabajadora. Parece que duela menos que el planeta vaya al carajo ahora, que el hecho que las masas no entiendan quien es su enemigo. Me parece un razonamiento reductor, irresponsable, poco marxista, y en cambio muy idealista. En el documento se insiste en que primero los trabajadores tienen que controlar y decidir sobre la producción, es decir tomar el poder, y luego veremos si la “riqueza es excesiva o no”. “Alguien puede pensar que no importa el orden de estos dos factores: acabar con el capitalismo y comenzar una reestructuración de la producción, pero el orden de los factores sí altera el producto”... y quizás también el resultado de las luchas. Si la vía revolucionaria sigue tapada mientras el capitalismo vaya aumentando la riqueza para los suyos a base de terminar con varios recursos naturales ¿el redactor del documento seguirá insistiendo en primero la toma de poder, luego veremos? Eso de primero por aquí, luego por allá, cierra en esto caso muchas puertas para los que están “allá” en tiempos que más valdría tener las puertas abiertas para nuevas aportaciones. El problema de los recursos naturales no lo podemos dejar para después porque es de rabiosa actualidad ahora. La ecología y el decrecimiento son campos de lucha por el socialismo, no tareas para después, porque nos ayudan a dar contenido en un marco más amplio a la misma necesidad de acabar con el capitalismo. Naturalmente coincidimos con el documento en situar el sistema productivo capitalista como el obstáculo principal para avanzar en todos los demás terrenos, pero tanto la historia como el mismo marxismo nos enseñan que el orden entre las luchas democráticas (y ecológicas) y revolucionarias no se pueden preestablecer, y es inútil (además de erróneo) intentar sustituir su relación dialéctica por una de lineal.

La conclusión que se saca en otro sitio del documento para suavizar su postura antidecrecimiento suena poco convincente y algo contradictoria después de todo dicho anteriormente: “Hay que integrar en la lucha de clases la denuncia de los desastres ecológicos, la defensa del medio, como un elemento más para combatir el capitalismo.” También creo que se tendría que extender la lucha de clases a las batallas ecológicas para que se vea la reciprocidad y la dialéctica en las batallas reales y existentes. No es necesario integrar una en la otra, el respeto mutuo es importante y su combinación deseable a pesar de –o más bien, gracias a– ciertas diferencias. Creo que hace falta bajar los prejuicios en general para evitar la descoordinación actual entre los diversos movimientos en activo. El primer problema con esta propuesta es justamente que no incluye la lucha por el decrecimiento en la “integración”. ¿Qué es la denuncia de los desastres ecológicos y la defensa del medio, sino una lucha por el decrecimiento, dirigida –con o sin voluntad expresa– contra el capitalismo? El razonamiento anterior de que para el capitalista es igual crecer o decrecer mientras haga beneficio parece haber situado el suplemento en una situación de no querer reconocer la tendencia expansionista del capitalismo. ¿Es necesario esperar que los trabajadores hayan llegado a poder “decidir sobre la producción” antes de veros implicados en el reconocimiento de esta batalla? Un segundo problema es que tiende a convertir –visto el artículo entero– la lucha de clases en un concepto antropocentrista, si no acepta que también es un medio para solucionar un conflicto que no se limita a una sola especie y que puede aportar mucho para evitar el agotamiento de los recursos naturales del planeta. El documento tiende a elevar la lucha de clases a un nivel eclesiástico que condiciona todas las demás batallas. En perspectiva histórica la existencia de clases es un pequeño paréntesis en la evolución de la especie humana –que nos ha tocado vivir nosotros–, y aún más pequeño si lo miramos en función de la evolución del planeta. Hay que cuidar esta perspectiva que nos enseñó Copérnico, Newton, Darwin, Marx, Engels, y muchos más, para no volver a reducir nuestras perspectivas. Este peligro, presente en el suplemento, es para mi más real que el de la vuelta a modelos de producción anteriores si los “decrecentistas” llegan a convencer. Aquí parafraseo el documento y devuelvo la frase a su autor: “No basta con empezar a construir un mundo paralelo en el pensamiento (“decrecimiento” en el suplemento), porque el mundo es único y o nos hundimos o nos salvamos todos y todas.” Frase que me produce la siguiente asociación de ideas: Los dinosaurios no tuvieron ninguna culpa de su extinción pero con la especie humana sería seguramente diferente.

Hay muchos más puntos por comentar (relación entre producción local y producción globalizada, decrecentististas y posiciones malthusianas, concepto de fuerzas productivas, la contraposición de “decrecimiento o crecimiento” al “socialismo o barbarie”...) pero creo con esto hay suficiente para seguir el debate si hay voluntad.

La crisis

La crisis que nos aqueja es el indicativo de un tiempo que expira, un rito de paso hacia una nueva época; presentada como una burbuja financiera, una regulación de mercados o un crash económico, para mejor digestión de unas masas aturdidas por los acontecimientos mediáticos, en realidad nos hallamos inmersos en la metamorfosis de una civilización que se descompone.

Crisis: ‘momento decisivo, situación inestable’. Del latín crisis. Del griego krísis, ‘punto decisivo’, de krinein, ‘separar, decidir’, del indoeuropeo krin-yo, de kri, de krei, variante de skeri-, ‘cortar, separar’.

El mundo moderno-occidental-capitalista se ha sentido reconfortado por la creencia de que el progreso material nunca concluirá - el mito del crecimiento ilimitado-. La medidas que se toman para seguir manteniendo el sistema con vida no son más que el intento de mantener la actividad de un moribundo.

Este mundo sin 'afuera' al cual todo le pertenece y que se nutre de su misma esencia, no está siendo liquidado por vanguardias revolucionarias ni por fuerzas externas, se consume devorándose a sí mismo.

Enfocada la crisis como una faceta de transformación, resulta esclarecedor que el ideograma chino para 'crisis' [wei-ji] se construya por yuxtaposición de los correspondientes a 'peligro' y 'oportunidad'.

Ciertamente el peligro existe, tengamos en cuenta que los campos de concentración nazi o los gulags soviéticos fueron producto de la civilización occidental; que no hacerse preguntas y obedecer es una actitud muy común en las sociedades actuales, o que el miedo invade los espacios...

Pero quizás, por donde menos se espera, una luz ya alumbra el camino...