La tinaja mágica de Wang


Santiago Alba Rico - Para una psicología del consumidor

Wang, un campesino pobre que apenas si podía alimentar a su familia, encontró un día una gran tinaja vacía y la llevó a su casa. Mientras la limpiaba, el cepillo se le cayó dentro y la tinaja de pronto se llenó de cepillos: cepillos y más cepillos y, por cada uno que sacaba Wang, otro surgía mágicamente de su interior. Durante algunos meses, la familia Wang vivió de vender cepillos en el mercado y su situación, sin llegar a ser ni siquiera desahogada, mejoró notablemente. Pero un día, mientras sacaba cepillos de la tinaja, a Wang se le cayó una moneda y entonces la tinaja se llenó de monedas: monedas y más monedas que se reproducían y multiplicaban a medida que Wang las sacaba a manos llenas.

La familia Wang se convirtió así en la más rica de la aldea y, tantas eran las monedas que producía la tinaja y tantas las ocupaciones de la familia, que los Wang encargaron al abuelo, ya inservible para los placeres del mundo, la tarea de sacarlas con una pala y acumularlas sin cesar en un rincón, montañas y montañas de oro que aumentaban y se renovaban a un ritmo que ningún despilfarro podía superar. Durante algunos meses más la familia Wang fue feliz. Pero el abuelo era viejo y débil y un día, inclinándose sobre la tinaja, sufrió un desmayo, cayó en el interior y se murió dentro. Y entonces la tinaja se llenó inmediatamente de abuelos muertos: cadáveres y cadáveres que había que sacar y enterrar sin esperanza de acabar la tarea, infinitos viejitos sin vida que seguían apareciendo en el fondo inagotable de la tinaja. Así, la familia Wang empleó todo su dinero y todo el resto de su vida en enterrar un millón de veces al abuelo muerto.

Mientras ha durado el neolítico, hay algo muy básico, muy esquemático, pero en definitiva muy serio, que han compartido todas las sociedades de la tierra, con independencia de sus diferencias ideosincrásicas y de sus fricciones de sentido. Todas las sociedades de la tierra han aceptado que hay tres formas de tratar las cosas o tres clases de cosas, según se las aborde con la boca, con las manos o con los ojos. Digamos que mientras ha durado el neolítico todos hemos distinguido, más allá de las convenciones y arbitrariedades taxonómicas, entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar.

Las cosas de comer u objetos propiamente de consumo ciñen el reducto del hambre. Los "comestibles" o "consumibles" son aquellos entes que no llegan nunca a tener suficiente consistencia ontológica porque su aparición es casi simultánea a su desaparición; no llegan a ser cosas porque su cumplimiento es su destrucción y nunca llegan a salir, pues, de la naturaleza de la que proceden. El alimento es el medio inmanente de la supervivencia biológica y el hambre, siempre renovada, siempre ilimitada, siempre encima del objeto, siempre con el objeto dentro, siempre rápida, siempre imparable, siempre individual, siempre presente, define el ámbito de los ciclos y repeticiones naturales, del trabajo penoso y la reproducción sexuada contra el que los griegos trataron de construir un espacio público. Para los griegos, en efecto, la ausencia de límites asociada a la pura supervivencia (apeirón) era subhumana, impropia de una "vida buena", y la confinaban por eso en el gineceo y en la ergástula, lugares de la pura reproducción de la vida a partir de los cuales imaginaron los castigos infligidos a los condenados en el Hades (Sísifo, Tántalo, las Danaides, Erisictión). Al contrario que el arte o la política, el hambre es privada (idiotés) y no ocupa ni reclama ningún espacio común. Para que una manzana esté en algún lugar hay que pintarla; para que esté fuera y podamos verla hay que dedicarle un poema. Ver es renunciar a comer. Comun-icarse es renunciar al canibalismo. En su sentido más amplio -guerra, sexo, alimento-, el hambre es la victoria de lo que Freud llamaba el ello.

Las cosas de usar u objetos fungibles son el resultado y la causa de una mediación entre el hombre y la naturaleza a partir de la cual el flujo biológico se convierte propiamente en un "mundo"; es decir, en una exterioridad frente a la cual el hombre toma conciencia de sí mismo. Los instrumentos salidos de la mano y los utensilios que producen, dotados de forma, introducen depósitos materiales de memoria y pro-yectos organizados que mantienen al hombre en una perspectiva temporal continua en ambas direcciones. Usar un objeto es recordar con los dedos el conocimiento y las relaciones sociales -cristalizadas en tradiciones, enseñanzas y ceremonias comunes- que lo han producido y que él determina. Pero usar un objeto es olvidar también su presencia objetiva y que este olvido, fruto de la proximidad del cuerpo, lo desgaste, lo erosione, lo envejezca. En otras sociedades el uso, que devuelve lentamente el objeto a la naturaleza de la que procede, aprecia y valoriza -como soporte de personalidad añadida- el objeto usado.

Tenemos finalmente las cosas de mirar o "maravillas" (del latín mirabilia, literalmente "cosas dignas de ser miradas"). Todos los pueblos de la tierra han decidido colectivamente, en una especie de plebiscito cultural ininterrumpido, renunciar a comerse y al mismo tiempo inutilizar ciertos objetos que por esto mismo, en algún sentido, religiosos o no, tendrán un valor sagrado: objetos de culto, edificios públicos, monumentos, obras de arte y también criaturas de la ciencia (desde los números a las estrellas). Al contrario que las cosas de comer o las de usar, las maravillas no están aquí, no están en mí, sino ahí, lejos del alcance de la boca y de las manos. Que no estén al alcance de la boca ni de las manos no significa que estén sólo al alcance de la mente; al contrario, si están al alcance de la mente es porque, estando ahí y no aquí, están al alcance de todos. Eso es lo que quiere decir el bellísimo y rotundo verbo impersonal "hay" (el "había una vez" con el que todo cobra existencia en los cuentos), fuente de toda objetividad y de toda comunidad. La importancia del monumento no estriba en su significado histórico sino en que genera la distancia a partir de la cual podemos mirarlo; la estatua produce la plaza, funda el espacio donde se reúnen los hombres, se reconocen recíproca existencia y se conceden el mínimo de igualdad y de diferencia para el intercambio. A partir del "hay", por oposición al "fluir", se construyen los "símbolos", en su sentido griego original; es decir, la posibilidad del contrato, la comunicación y la copertenencia: la posibilidad misma de todo conocimiento y de todo acuerdo. Las "maravillas", que nos detienen en el camino, son la garantía última contra el solipsismo; su sola existencia al alcance de la vista presupone las condiciones de una estructura mental compartida, de un espacio público mental en común; a partir de esas condiciones se podrá o no hacer política, pero sin ellas -sin las maravillas- toda política (buena o mala), como toda cultura (mejor o peor), será sencillamente imposible. Es a eso, en términos muy groseros, a lo que Kant llamaba "juicio".

Pues bien, el capitalismo es el primer orden económico-social que no reconoce esta diferencia. Es la primera sociedad de la tierra que no distingue entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar. Es la primera sociedad históricamente conocida que trata por igual una manzana, un hombre, un martillo y una catedral. Es el primer régimen de producción e intercambio que convierte todos los entes por igual –pan, coches, semillas, ciudades y las propias imágenes de estas cosas- en comestibles. Es a esto a lo que llamamos “privatizar” la riqueza; es decir a idiotizarla –según la etimología griega- a la medida del hambre, siempre inmanente y circular. Es a esta locura a lo que llamamos “consumo” como característica paradójica de una civilización que se juzga a sí misma en la cima del progreso: comerse una mesa, comerse una casa, comerse una estatua, comerse un paisaje. Pero una sociedad que no distingue entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar, porque se las come todas por igual, es una sociedad primitiva, la más primitiva que jamás haya existido, una sociedad de pura subsistencia que necesita convocar toda la riqueza del mundo y emplear todos los medios tecnológicos –ellos mismos objetos de consumo- para su estricta y desnuda reproducción biológica.

La indiferencia, insuficiencia e ilimitación del hambre se materializa en la forma mercancía, cuya máxima perfección exige que la aparición y desaparición del objeto coincidan en un solo acto. Las armas, mercancías ideales que sólo pueden usarse una vez o cuyo uso tautológico –más aún- puede consistir en su pura acumulación ilimitada, son el metron o medida de todas las mercancías; la aceleración del proceso de renovación del mercado, la velocidad creciente del vaivén acumulación/destrucción, con el lubricante de la obsolescencia inducida, convierte todas las cosas en puros pasajes o transiciones inasibles para el uso. En este sentido la semilla Terminator de la casa Monsanto cumple y simboliza el destino natural de toda mercancía como un mondo vehículo de autodestrucción. Pero al mismo tiempo las armas, que destruyen lo que miran y al mismo tiempo que lo miran, son también la medida del consumidor hiperindustrial: el consumidor destruye con los ojos el objeto de su deseo y la mirada se convierte así en un puro órgano de digestión.

La tinaja mágica de Wang, que necesita producir y destruir ilimitadamente y que no puede hacer diferencias, es el capitalismo. Pero no es mágica. La tinaja es la tierra y los hombres que la pueblan; y ni la tierra puede ser explotada sin límite ni los hombres pueden ser ininterrumpidamente atropellados sin que opongan resistencia.

Nos piensan


La lucha por el poder es, en buena medida, una lucha por imponer las propias metáforas. Recuerdo el análisis que hacía una doctoranda que estaba trabajando sobre el conflicto entre un grupo de mariscadoras gallegas y la Administración local. Llegados a un punto que reclamaba un diálogo, la Administración impuso la metáfora que para ella era natural: había que constituir una ‘mesa de negociación’. Ya daba igual lo que en esa mesa pudiera acordarse, apuntaba mi alumna, en el mero hecho de haber asumido esa metáfora las mariscadoras ya habían perdido la batalla, como de hecho la acabaron perdiendo.

La mesa es lugar natural de negociación para el burócrata, el habitante natural de los despachos, pero no lo era para aquellas mujeres. Para ellas, el lugar donde se discutían los asuntos comunes, donde se negociaba y se tomaban decisiones, es decir, el lugar propiamente político, era la playa, donde se reunían con ocasión de mariscar. La mesa como lugar político era para ellas un lugar extraño, terreno enemigo. Hubieran debido, concluía la perspicaz doctoranda, acuñar su propia metáfora e imponérsela a aquellos políticos, hubieran debido llevarles a la ‘playa de negociaciones’. Las decisiones habrían sido muy diferentes.

Extraído de: 'Metáforas que nos piensan. Sobre ciencia, democracia y otras poderosas ficciones'. Emmánuel Lizcano.

Elogio de la metamorfosis


Edgar Morin

El objetivo ahora es salvar a la humanidad. Para ello urge cambiar nuestros modos de pensar y vivir. La idea de metamorfosis, más rica que la de revolución, aporta la esperanza en un mundo mejor

Cuando un sistema es incapaz de resolver sus problemas vitales por sí mismo, se degrada, se desintegra, a no ser que esté en condiciones de originar un metasistema capaz de hacerlo y, entonces, se metamorfosea. El sistema Tierra es incapaz de organizarse para tratar sus problemas vitales: el peligro nuclear, agravado por la diseminación y, tal vez, privatización del arma atómica; la degradación de la biosfera; una economía mundial carente de verdadera regulación; el retorno de las hambrunas; los conflictos étnico-político-religiosos que tienden a degenerar en guerras de civilización... La ampliación y aceleración de todos esos procesos pueden considerarse el desencadenante de un formidable feed-back negativo, capaz de desintegrar irremediablemente un sistema.

Se trata de potenciar la economía plural, social y solidaria, de fomentar las energías verdes.

Una conciencia de que la Tierra es la patria común no es contraria al vigor de las colectividades locales.

Lo probable es la desintegración. Lo improbable, aunque posible, la metamorfosis. ¿Qué es una metamorfosis? El reino animal aporta ejemplos. La oruga que se encierra en una crisálida comienza así un proceso de autodestrucción y autorreconstrucción al mismo tiempo, adopta la organización y la forma de la mariposa, distinta a la de la oruga, pero sigue siendo ella misma. El nacimiento de la vida puede concebirse como la metamorfosis de una organización físico-química que, alcanzado un punto de saturación, crea una metaorganización viviente, la cual, aun con los mismos constituyentes físico-químicos, produce cualidades nuevas.

La formación de las sociedades históricas, en Oriente Medio, India, China, México o Perú, constituye una metamorfosis a partir de un conglomerado de sociedades arcaicas de cazadores-recolectores que produjo las ciudades, el Estado, las clases sociales, la especialización del trabajo, las religiones, la arquitectura, las artes, la literatura, la filosofía... Y también cosas mucho peores, como la guerra y la esclavitud.

A partir del siglo XXI, se plantea el problema de la metamorfosis de las sociedades históricas en una sociedad-mundo de un tipo nuevo, que englobaría a los Estados-nación sin suprimirlos. Pues la continuación de la historia, es decir, de las guerras, por unos Estados con armas de destrucción masiva conduce a la cuasi-destrucción de la humanidad.

La idea de metamorfosis, más rica que la de revolución, contiene la radicalidad transformadora de ésta, pero vinculada a la conservación (de la vida o de la herencia de las culturas). ¿Cómo cambiar de vía para ir hacia la metamorfosis? Aunque parece posible corregir ciertos males, es imposible frenar la oleada técnico-científico-económico-civilizatoria que conduce al planeta al desastre. Y sin embargo, la historia humana ha cambiado de vía a menudo. Todo comienza siempre con una innovación, un nuevo mensaje rupturista, marginal, modesto, a menudo invisible para sus contemporáneos. Así comenzaron las grandes religiones: budismo, cristianismo, islam. El capitalismo se desarrolló parasitando a las sociedades feudales para alzar el vuelo y desintegrarlas.

La ciencia moderna se formó a partir de algunas mentes rupturistas dispersas, como Galileo, Bacon o Descartes; luego, creó sus redes y sus asociaciones; en el siglo XIX, se introdujo en las universidades y, en el XX, en las economías de los Estados, para convertirse en uno de los cuatro poderosos motores del bajel espacial llamado Tierra. El socialismo nació en algunas mentes autodidactas y marginalizadas del siglo XIX, para convertirse en una formidable fuerza histórica en el XX. Hoy, hay que volver a pensarlo todo. Hay que comenzar de nuevo.

De hecho, todo ha recomenzado, pero sin que nos hayamos dado cuenta. Estamos en los comienzos, modestos, invisibles, marginales, dispersos. Pues ya existe, en todos los continentes, una efervescencia creativa, una multitud de iniciativas locales en el sentido de la regeneración económica, social, política, cognitiva, educativa, étnica, o de la reforma de vida.

Estas iniciativas no se conocen unas a otras; ninguna Administración las enumera, ningún partido se da por enterado. Pero son el vivero del futuro. Se trata de reconocerlas, de censarlas, de compararlas, de catalogarlas y de conjugarlas en una pluralidad de caminos reformadores. Son estas vías múltiples las que, al desarrollarse conjuntamente, se conjugarán para formar la vía nueva que podría conducirnos hacia la todavía invisible e inconcebible metamorfosis. Para elaborar las vías que confluirán en la Vía, tenemos que deshacernos de las alternativas reductoras a las que nos obliga el mundo de conocimiento y pensamiento hegemónico. Así es necesario, al mismo tiempo, mundializar y desmundializar, crecer y decrecer, desplegar y replegar.

La orientación mundialización-desmundialización significa que, si bien hay que multiplicar los procesos de comunicación y "planetarización" culturales, si bien necesitamos que se constituya una conciencia de "Tierra-patria", también hay que promover, de manera desmundializadora, la alimentación de proximidad, los artesanos de proximidad, los comercios de proximidad, las huertas periurbanas, las comunidades locales y regionales.

La orientación crecimiento-decrecimiento significa que hay que potenciar los servicios, las energías verdes, los transportes públicos, la economía plural -y por tanto la economía social y solidaria-, las disposiciones para la humanización de las megalópolis, las agriculturas y ganaderías biológicas, y reducir los excesos consumistas, la comida industrializada, la producción de objetos desechables y no reparables, el tráfico de automóviles y de camiones en beneficio del ferrocarril.

La orientación despliegue-repliegue significa que el objetivo ya no es fundamentalmente el desarrollo de los bienes materiales, la eficacia, la rentabilidad y lo calculable, sino el retorno de cada uno a sus necesidades interiores, el gran regreso a la vida interior y a la primacía de la comprensión del prójimo, el amor y la amistad.

Ya no basta con denunciar, hace falta enunciar. No basta con recordar la urgencia, hay que comenzar a definir las vías que conducen a la Vía. ¿Hay razones para la esperanza? Podemos formular cinco:

1. El surgimiento de lo improbable. La victoriosa resistencia, en dos ocasiones, de la pequeña Atenas frente al poderío persa era altamente improbable, pero permitió el nacimiento de la democracia y la filosofía. También fue inesperado el frenazo de la ofensiva alemana ante Moscú, en el otoño de 1941, e improbable la contraofensiva victoriosa de Zhúkov, iniciada el 5 de diciembre, que vendría seguida, el 8, por el ataque de Pearl Harbour y la entrada de Estados Unidos en la guerra.

2. Las virtudes generadoras-creadoras inherentes a la humanidad. Al igual que en todo organismo humano adulto existen células madre dotadas de aptitudes polivalentes (totipotentes) propias de las células embrionarias, pero desactivadas, en todo ser humano, y en toda sociedad humana, existen virtudes regeneradoras, generadoras y creadoras durmientes o inhibidas.

3. Las virtudes de la crisis. Al tiempo que las fuerzas regresivas o desintegradoras, las generadoras y creadoras despiertan en la crisis planetaria de la humanidad.

4. Las virtudes del peligro. "Allá donde crece el peligro, crece también lo que nos salva". La dicha suprema es inseparable del riesgo supremo.

5. La aspiración multimilenaria de la humanidad hacia la armonía (paraíso, luego utopías, después ideologías libertaria/socialista/comunista, más tarde aspiraciones y revueltas juveniles de los años sesenta). Esta aspiración renace en el hervidero de iniciativas múltiples y dispersas que podrán alimentar las vías reformadoras destinadas a confluir en la vía nueva.

Las viejas generaciones están desengañadas de tantas falsas esperanzas. A las jóvenes les entristece que no haya una causa común como la de nuestra resistencia durante la II Guerra Mundial. Pero nuestra causa llevaba en sí misma su contrario. Como decía Vassili Grossman de Estalingrado, la mayor victoria de la humanidad fue también su mayor derrota, puesto que el totalismo estalinista salió victorioso de ella. Hoy, la causa es inequívoca, sublime: se trata de salvar a la humanidad.

La verdadera esperanza sabe que no es certeza. Es una esperanza no en el mejor de los mundos, sino en un mundo mejor. "El origen está delante de nosotros", decía Heidegger. La metamorfosis sería, efectivamente, un nuevo origen.


Edgar Morin es sociólogo y filósofo francés. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

Un dios con prótesis



"Diríase que es un cuento de hadas esta realización de todos o casi todos sus deseos fabulosos, lograda por el hombre con su ciencia y su técnica, en esta tierra que lo vio aparecer por vez primera como débil animal y a la que cada nuevo individuo de su especie vuelve a ingresar -oh inch of nature!- como lactante inerme. Todos estos bienes el hombre puede considerarlos como conquistas de la cultura. Desde hace mucho tiempo se había forjado un ideal de omnipotencia y omnisapiencia que encarnó en sus dioses, atribuyéndoles cuanto parecía inaccesible a sus deseos o le estaba vedado, de modo que bien podemos considerar a estos dioses como ideales de la cultura.

Ahora que se encuentra muy cerca de alcanzar este ideal casi ha llegado a convertirse él mismo en un dios, aunque por cierto sólo en la medida en que el común juicio humano estima factible un ideal: nunca por completo; en unas cosas, para nada; en otras, sólo a medias. El hombre ha llegado a ser por así decirlo, un dios con prótesis: bastante magnífico cuando se coloca todos sus artefactos; pero éstos no crecen de su cuerpo y a veces aun le procuran muchos sinsabores. Por otra parte, tiene derecho a consolarse con la reflexión de que este desarrollo no se detendrá precisamente en el año de gracia de 1930. Tiempos futuros traerán nuevos y quizá inconcebibles progresos en este terreno de la cultura, exaltando aún más la deificación del hombre. Pero no olvidemos, en interés de nuestro estudio, que tampoco el hombre de hoy se siente feliz en su semejanza con Dios."

Extraído de: El malestar en la cultura. Sigmund Freud

Relatos sobre la pobreza


Un padre económicamente acomodado, queriendo que su hijo supiera lo que es ser pobre, le llevó a pasarse un par de días en el monte con una familia campesina; y pasaron tres días y dos noches en una granja de una familia muy humilde.

En el carro, retornando a la ciudad, el padre pregunto a su hijo "¿qué te pareció la experiencia?"… "muy buena" contestó el hijo con la mirada puesta a la distancia.

"¿Viste que tan pobre puede ser la gente?", "Sí"

"Y… ¿qué aprendiste?, insistió el padre…

"Vi que tenemos un perro en casa; ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una piscina que llega de una pared a la mitad del jardín; ellos tienen un riachuelo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio; ellos tienen las estrellas. El patio llega hasta la pared de la casa del vecino; ellos tienen todo un horizonte de patio. Ellos tienen tiempo para conversar y estar en familia; tú y mamá tenéis que trabajar todo el tiempo y casi nunca os veo".

Al termina el relato, el padre se quedó mudo... y su hijo agregó: "Gracias, papi, por enseñarme lo ricos que podemos llegar a ser".


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Una tarde, un ladrón entró en la cabaña y descubrió que allí no había nada para robar. En aquel momento llegó Ryokan de pasear y lo sorprendió. ‘No es posible que hayas caminado tanto para visitarme y que marches con las manos vacías. Hazme un favor, toma mi ropa como un regalo’. El ladrón quedó perplejo, pero tomó la ropa y se fue corriendo. Ryokan se sentó desnudo, y contempló la luna. ‘Pobre hombre, murmuró. Ojalá pudiera darle esta maravillosa luna”.

Extraído de la conferencia 'La filosofía del decrecimiento'.Joan Surroca i Sens.

Metáfora sobre el capitalismo


"En Portopalo, un pueblecito costero de Sicilia, los pescadores echaban sus redes al mar y sacaban cadáveres; al principio completos, con ojos y cara y todo; después descompuestos o comidos por los peces; luego ya sólo huesos o metonimias duras, briznas de ropa y zapatillas viscosas. Durante meses y meses, los pescadores de Portopalo sacaban cadáveres en sus redes y, tras separarlos de los sargos y rodaballos, los devolvían al mar con la basura.

Quizá les resultaba más fácil porque, como bien demostraba su tez cetrina, no eran «cristianos» como ellos, pero en todo caso no lo hacían por maldad o con desprecio: presionados por la ley del mercado y la competencia japonesa, no podían perder una jornada de trabajo. Durante meses y meses devolvieron los cadáveres al mar y en Portopalo todo el mundo lo sabía. El cura, el alcalde, los carabinieri, todos en el idílico pueblecito lo sabían y todos callaban, en un pacto de silencio que aseguraba, por encima de razones humanitarias y sagradas tradiciones funerarias, la supervivencia confortable de las familias, dependientes del turismo y de la pesca.

Y así el mayor naufragio de la historia de Europa tras la Segunda Guerra Mundial era repetido todos los días, una y otra vez, por los habitantes de Portopalo, que una y otra vez devolvían los cuerpos de las víctimas al mar en el que habían perdido la vida; y todos los días—en un esfuerzo reiterado que formaba ya parte de su trabajo—sumergían su memoria bajo las aguas."

Extraído de Capitalismo y Nihilismo. Dialéctica del hambre y la mirada. Santiago Alba Rico.

Vivir (mejor) con menos


Agustín Moreno

Si la escuela educa, el sistema deseduca. Salimos de unas navidades marcadas, a pesar de la crisis, por los impresionantes atascos en las entradas a los centros comerciales. Frente a esto existen muchas familias en paro o el Gallinero de la Cañada Real Galiana, ese Cuarto Mundo que nadie quiere ver de chabolas, miseria, barro y niños de grandes ojos que sobreviven en la gran ciudad.

Decía Pasolini hace cuarenta años a propósito de la navidad que “para el nuevo capitalismo es indiferente que se crea en Dios, en la Patria o en la Familia. Ha creado su propio mito autónomo: el consumidor que se siente feliz de serlo”. El sistema económico dominante no busca cubrir las necesidades de la humanidad, sino el máximo beneficio empresarial. La producción y el consumo masivo crean necesidades ficticias con consecuencias negativas.

Las respuestas deben ser radicales: cambio de modelo socioeconómico y cambio de vida. Se necesitan soluciones globales o aumentarán la injusticia y la crisis medioambiental. Un concepto nuevo como decrecimiento tendrá que valorarse. Hay que apostar por la reorganización de la sociedad, por la racional utilización de los recursos frente a la concentración de la propiedad, el trabajo alienante y el consumo desaforado. Por un nuevo orden de valores que refuerce la solidaridad y la ayuda mutua, que socialice la cultura. Es la opción por una vida más austera y más sencilla en lo económico, pero con más calidad en la salud, en lo social y en lo humano.

Pero ¿y las actitudes personales? La insatisfacción es directamente proporcional al nivel de frustración de expectativas de consumo. Sobre ello hay que actuar proponiendo otros modelos a la juventud para que entienda que, muchas veces, lo mejor de la vida suele ser gratuito. Que, cubierto lo básico, lo más inteligente que podemos hacer los seres humanos en estos momentos históricos es vivir (mejor y todos) con menos, quedándonos con lo esencial: la libertad, la naturaleza, la amistad, la cultura…

Ser frente a tener. Parece utópico, pero estoy convencido de que es lo más racional y el camino para intentar frenar la destrucción del planeta y evitar la infelicidad de las personas.

Contra el mito del crecimiento económico ilimitado


José Belver - Decrece Madrid

El concepto de decrecimiento es un ariete contra el mito del crecimiento económico ilimitado en una tierra finita, que no ha hecho sino agravar las desigualdades sociales y el deterioro ecológico global. El crecimiento indefinido es a su vez consustancial al capitalismo, que opta siempre por una huída hacia delante. La propia idea de “capitalismo verde” es por tanto una falacia. Lo único posible, a la par que necesario, es un cambio radical de la estructura social y económica.

Pero el decrecimiento no se propone como una receta, ya que en él confluyen diversas tradiciones de transformación radical del sistema. El esquema decrecentista se ubica en tres esferas: la individual, la colectiva y el cambio político. En lo personal, propone esencialmente la simplicidad voluntaria, la autoproducción o la reducción de la dependencia del mercado, que se oponen frontalmente a la sociedad de consumo. En lo colectivo (indisociable de lo individual), la autogestión y la autoorganización son fundamentales en iniciativas como cooperativas de producción, de consumo o sistemas de intercambio no mercantil. Pero sin cambio político, todo esto será marginal. Promovemos, pues, la reducción y el reparto del tiempo de trabajo; redistribución de la riqueza; banca pública; sustitución del PIB como referente de progreso; participación colectiva desde lo local; relocalización de la producción; agroecología; rediseño sostenible de las ciudades; fomentar la prevención frente a la reparación; reconversión de los sectores más contaminantes, a nuevas industrias basadas en el reciclaje y el cierre de ciclos... Y, en general, la reducción del consumo mediante incentivos al ahorro y penalización del despilfarro.

En definitiva: el decrecimiento no es ir hacia atrás, sino más bien ‘echar el freno’ y replantear conceptos como ‘felicidad’ y ‘progreso’, que se encuentran más en la justicia social, el desarrollo personal y el equilibrio ambiental que en el crecimiento económico ilimitado.

Publicado en Diagonal

El miserable humanitarismo del desastre

decresita
"En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca (...) La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental.”

Eduardo Galeano


Estados Unidos ha movilizado su poderío militar nuevamente en 2010 y miles de soldados han llegado a Haití, no empuñando sus armas como en 1994, ni formando los escuadrones de la muerte ‘tonton-macoute’, sino cargados de ayuda y con el compromiso de apoyar las tareas de rescate de víctimas y la reconstrucción de la nación luego del terremoto del pasado martes.

Los EEUU que no ayudaron a su propia población cuando la catástrofe ocasionada por el huracán Katrina, se precipitan en una invasión militar disfrazada de ayuda humanitaria.

Se está instrumentalizando un supuesto estado de caos en Haití, al que también podría contribuir la premeditada descoordinación en la distribución de la ayuda humanitaria. El objetivo aquí sería el de crear una imagen de caos y violencia que justifique la invasión ante la opinión pública, y para eso hay que contar con la colaboración estrecha de los grandes medios de información

El objetivo según Heritage Foundation (una fundación o "think-tank" de la elite de la clase dominante estadounidense que formula las políticas e ideologías implementadas por los gobiernos de turno) sería:

"En medio del sufrimiento, la crisis en Haití ofrece oportunidades a EEUU. Además de proporcionar ayuda humanitaria inmediata, la respuesta de EEUU ante el trágico terremoto ofrece la oportunidad para reestructurar el gobierno y la economía de Haití, disfuncionales desde hace tiempo, además de mejorar la imagen de EEUU en esa región"

El pueblo haitiano ha demostrado un alto grado de solidaridad, coraje y compromiso social, ayudándose unos a otros y actuando con conciencia: bajo condiciones muy difíciles, inmediatamente después del terremoto, se formaron espontáneamente equipos de rescate formados por diferentes grupos de personas.

La militarización de las operaciones de ayuda debilitará las capacidades autoorganizativas de los haitianos, y su talento para crear nuevas condiciones de vida. No cabe duda que el apoyo mutuo, en estos momento de dolor, es la receta que mejor cubriría las necesidades personales y materiales del pueblo haitiano.

Monica Di Donato entrevista a Serge Latouche


Decrecimiento o barbarie. Entrevista a Serge Latouche por parte de Monica Din Donato. Traducción del francés por Eric Jalain Fernández.

Pregunta:
Retomando esta última afirmación, lo cierto es que en la actualidad estamos experimentando una grave crisis de los sistemas financieros y una creciente crisis de naturaleza socioecológica. Así que la pregunta es: dentro del modelo actual, ¿es realmente posible el decrecimiento? ¿No cree que justo ahora exista el peligro de confundir una propuesta de decrecimiento con el espectro de una recesión económica? Una confusión que podría resultar muy peligrosa...

Respuesta: No es raro escuchar o leer de la pluma de periodistas planteamientos como: “¿Decrecimiento?, ya estamos en él”, añadiendo que no es precisamente una situación divertida ni serena como afirmamos los partidarios del decrecimiento. Supone evidentemente una ignorancia total del proyecto de sociedad autónoma y sobria que preconizamos los “objetores al crecimiento”. Optar por el decrecimiento no es lo mismo que sufrir un decrecimiento. El proyecto de una sociedad del decrecimiento es radicalmente diferente al crecimiento negativo, es decir, al que conocemos en la actualidad.

El primero es comparable a una cura de adelgazamiento realizada voluntariamente para mejorar nuestro bienestar personal cuando el hiperconsumismo nos amenaza con la obesidad. El segundo es lo más parecido a que nos pongan a régimen forzado hasta el punto de matarnos de hambre. Lo hemos dicho y repetido hasta la saciedad: no hay nada peor que una sociedad del crecimiento sin crecimiento. Se sabe perfectamente que una simple desaceleración del crecimiento hunde a nuestras sociedades en el desconcierto, el paro, la ampliación de las diferencias entre ricos y pobres, la reducción de la capacidad de compra de los más necesitados y el abandono de los programas sociales, sanitarios, educativos, culturales y ambientales que aseguran un mínimo de calidad de vida. ¡Imaginémonos pues la catástrofe que puede suponer que se llegue a tasas de crecimiento negativo! Esta regresión social y civilizatoria es precisamente lo que nos amenaza si no cambiamos nuestra trayectoria.


Pregunta: Los conceptos de crecimiento cero, estado estacionario, etc. ¿Pueden considerarse como las raíces teóricas del paradigma del decrecimiento?

Respuesta: No realmente, aunque hallemos en John Stuart Mill un planteamiento del estado estacionario que recuerda al proyecto del decrecimiento, así como numerosos puntos comunes de éste con los informes del Club de Roma y su concepto de crecimiento cero. La diferencia es que, en ambos casos, se trata de un decrecimiento forzado dentro del mismo sistema en vez de una opción civilizatoria alternativa.

Guadalajara: Charla-coloquio 'Vivir con menos, la idea de decrecimiento'


Lunes 18 de enero de 2010

Charla-coloquio "Vivir con menos: la idea de decrecimiento"

A las 19.00 horas

En el Salón de Actos de la Biblioteca Pública Provincial de Guadalajara (Plaza de Dávalos, 1)

Con la participación de:

- Carlos Taibo Arias, profesor titular de la Universidad Autónoma de Madrid y escritor.

- Yayo Herrero, coordinadora estatal de Ecologistas en Acción.

En tiempos de crisis ambiental, social y económica a nivel global, es necesario reflexionar sobre el sistema actual. Cómo ser felices con menos. Cómo vivir mejor sin consumir más. Cómo hallar la felicidad con los detalles más pequeños. Cómo disfrutar de las cosas sencillas. Todas estas respuestas y muchas más en la charla-coloquio organizada por Ecologistas en Acción, Rincón Lento y Asociación Artico, donde acudirán dos importantes ponentes del panorama nacional expertos en decrecimiento.

Un planeta de Metrópolis (en crisis)


La nueva metrópoli central se deshumaniza, se fragmenta, se atomiza, se gentrifica en sus espacios centrales, y se polariza, profundizando en su carácter de No-Ciudad. El estrés, el malestar social y la infelicidad colectiva se extienden imparables, y la sociedad urbana sobrevive a costa de una creciente medicalización, la única forma de sobrellevar el auge de la precariedad, incomunicación, soledad, inseguridad, ansiedad y depresión. Las “enfermedades” más extendidas en las metrópolis postmodernas.

El espacio de “encuentro e interrelación” es ahora el de los Grandes Centros Comerciales, que explotan en este periodo y que ejercen su capacidad de atracción y fetichización por el cúmulo de mercancías que allí se ofrecen, impidiendo que la comunicación, el deseo y la fricción ciudadana circule libremente por las calles. Estos No-Lugares intentan recrear falsamente el bullicio de la vida urbana tradicional en sus espacios públicos. Pero en ellos, el espacio público ha quedado totalmente desvirtuado, privatizado, mercantilizado, vigilado y acotado. En los últimos tiempos la vigilancia y el control se traslada cada vez más al conjunto de la nueva metrópoli, en especial a sus espacios centrales, donde todavía pervive el espacio público (calles y plazas), especialmente en Europa.

Sin embargo, este espacio público está en proceso de fuerte degradación y mercantilización, pero en él todavía laten o se expresan las potenciales resistencias o dinámicas autónomas vitales que se quieren yugular. Es la hora de la “tolerancia cero” (nueva estrategia policial que surgió en Nueva York en los noventa), en teoría contra la criminalidad, pero su objetivo último es la represión y el control de lo social. Esta deriva se ha elevado a la enésima potencia tras el 11-S, no sólo en EEUU, sino en todos los espacios centrales, y en el mundo entero, y la “seguridad” se ha convertido en un importante campo de desarrollo tecnológico y empresarial, así como de acumulación de capital. En definitiva, se dispara el gasto de seguridad en la metrópoli, mientras que se descalabra el Estado social.

Por otro lado, en las Megaciudades Miseria de la Periferia la dualización y la crisis social alcanzan la máxima expresión, pues el colchón de las “clases medias” se reduce en muchos casos a su mínima expresión, mientras que proliferan los sectores marginales que viven absolutamente fuera de la economía formal, y por supuesto de la economía global. Además, la jibarización de las clases medias se ha agudizado en el último periodo debido a la imposición de las políticas neoliberales, sobre todo en América Latina y África, mientras éstas han crecido absolutamente pero quizás no tanto relativamente en China, India y el Sudeste asiático.

El desempleo en las Megaciudades del Sur es alarmante oscilando entre el 25% al 50% de su población, y en muchas ocasiones superando ese “techo” (Roth, 2007; Davis, 2005). En estas conurbaciones se constata que el trabajo humano empieza a ser excedente de forma masiva, incapaz de ser absorbido por el empleo asalariado legal o alegal. Las Megaciudades Miseria de la Periferia se convierten pues en el Planeta de los Náufragos que nos describe Latouche (1994), ya que es en ellas donde se plasman espacialmente las consecuencias de un “Desarrollo” que produce más náufragos que navegantes. Y son ellas, esos inmensos Hormigueros Humanos, las que han llevado a que la pobreza y la extrema pobreza tenga un rostro mundial cada vez más urbano-metropolitano, y no rural. Por otro lado, los sectores dirigentes se ven obligados a vivir en verdaderos guetos de riqueza, es decir, en espacios superprotegidos y cada día más militarizados, ante el temor al mar de pobreza circundante; aunque esta tendencia lleva ya también años desarrollándose en las metrópolis estadounidenses (Davis, 1992 y 2001), y de forma muy escasa aún en la Unión Europea.

Extraído de: Ramón Fernández Duran. Un planeta de Metrópolis (en crisis).

Comunismo sin crecimiento


La realización social de las recomendaciones del Club [de Roma] tiene las siguientes premisas: el derrocamiento de la burguesía, la instauración de la dictadura del proletario, y la construcción del comunismo. No veo que la socialdemocracia quiera ni pueda dar cumplimiento a estas premisas. Sin embargo, la tarea de luchar por la supervivencia de la humanidad sobre nuestro planeta se eleva hoy por encima de todas las fracciones del movimiento obrero internacional, sin que importe demasiado, a este respecto, si albergan una concepción revolucionaria o reformista y ha sido precisamente un hombre de estado socialdemócrata, Sicco Mansholt, el primero en vincular, a la vista de esta tarea, las propuestas formuladas por el Club de Roma a las ideas socialistas.

La humanidad solo sobrevivirá si consigue detener el alud demográfico, poner límites al crecimiento económico, proteger a la naturaleza de los perniciosos efectos derivados de la producción industrial, mostrarse extremadamente ahorrativa con los recursos naturales, en particular con las materias primas y con los combustibles no regenerables, superar rigurosamente el desnivel social entre el Norte y el Sur así como llegar a un desarme total y absoluto. Todos los planes y medidas orientados a conseguirlo están orientados al fracaso sino están orientados por la clase obrera. Ahora bien, ésta escucha, en medida variable según los países, la voz de los partidos comunistas y socialdemócratas. A ellos les corresponde, por tanto, conducir a los trabajodores por este camino. Si la socialdemocracia sigue el ejemplo de Mansholt contribuirá decisivamente a ello, aun cuando su ‘socialismo democrático’ pueda ser contrario alas soluciones radicales que resultan históricamente inaplazables.

(…)

Los jóvenes trabajadores holandeses con los que habló Sicco Mansholt lo entendieron tan bien que ellos mismos fueron quienes propusieron al decir: ‘Sacrificios sí, pero primero, fuera el capitalismo!’. Esta es la fórmula que en adelante deberían poner los partidos de izquierda en el centro de su agitación y propaganda. Los ideales ascéticos como tales están bastante lejos del proletariado. Pero siempre que ha sido necesario, el proletariado ha sabido demostrar que es una clase heroica: en los días de la Comuna de París, en las tres revoluciones rusas, en la Guerra Civil Española, en la resistencia contra Hitler, en los innumerables levantamientos y huelgas políticas de masas y últimamente, de nuevo en París, en el glorioso mayo-junio de 1968. El proletariado estará dispuesto a hacer cualquier sacrificio que la ciencia demuestre que es necesario a favor de la conservación de la biosfera, por la salvación de la humanidad de la salvación, así como también por una vida mejor, mas humana de los pueblos del Tercer Mundo.

Pero la burguesía no va a sacrificar nada, ni tiene por qué. La exigencia de contentarse en el marco del sistema capitalista con una vida sencilla y modesta será rechazada y con toda razón. E incluso suponiendo que el proletariado se dejara manipular por demagogos explotadores de los argumentos de la ecología o de los llamamientos a una mayor calidad de vida, de tal modo que acabara aceptando la necesidad de hacer sacrificios.

(…)

El movimiento obrero económico, representado por los sindicatos, no puede tener otros objetivos que luchar, en el marco del sistema capitalista existente, por los intereses materiales inmediatos de los trabajadores y empleados, por la mejora de su nivel de vida, por salarios más altos, por condiciones de trabajo más humanas, por la protección frente al despido, etc. El movimiento obrero ‘político’ ha de solidarizares con estas reivindicaciones, han de apoyarlas, pero además ha de tener también en todo momento una clara concepción del o que es la transformación de la sociedad en su conjunto y asumirla abiertamente en todo lugar, una concepción cuyas metas vayan más allá del estrecho horizonte de las relaciones burguesas. Esta concepción hoy sólo puede ser realista si inserta en sus cálculos las predicciones de la ciencia y éstas indican que si el ritmo actual del desarrollo mundial prosigue sin alteraciones, la humanidad desaparecerá en dos o tres generaciones.

Y esa concepción solo puede ser humana, es decir, digna de las tradiciones del movimiento obrero, si impide que esta perspectiva desaparezca de la consciencia pública con casos mentales como el de ‘después de nosotros’. O sea, sólo puede ser humana si, penetrada de una voluntad apasionada, pone en juego todos los recursos disponibles para poner freno al fatal curso de las cosas. Para eso se necesita de un gran objetivo estratégico; se precisa, en concreto, de la voluntad de articular definitivamente a la sociedad humana y su cultura, para siempre, de un modo armónico con la biosfera, Y se necesita para ello un programa de acción con plazos precisos, calculado a largo plazo, que advierte de las catástrofes que nos amenazan, que desvele sin concesiones sus causas determinantes y que desarrolle un sistema científicamente fundamentado de medidas capaces de garantizar que esas causas van a ser radicalmente suprimidas.

Extraído de: Wolfgang Harich. ¿Comunismo sin crecimiento?. 1975.

Bibliografía del sitio decrecimiento


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