Una aproximación revolucionaria: Decrecimiento

El presente artículo pretende contribuir al debate sobre la crisis ecológica, no tanto para proponer posibles alternativas concretas, de las cuales existe abundante bibliografía, como para aportar argumentos desde un punto de vista marxista. Por Oscar Simón.

Serge Latuoche, economista francés, publicó en 2003 en Le Monde Diplomatique un artículo titulado “Por una sociedad del decrecimiento”. En él realizó observaciones muy interesantes: “cabe definir a la sociedad de crecimiento como una sociedad dominada precisamente por una economía de crecimiento, y que tiende a dejarse absorber en ella. El crecimiento por el crecimiento se convierte así en el objetivo primordial, si no el único de la vida. Semejante sociedad no es sostenible, ya que se topa con los límites de la biosfera.”

Esto es rotundamente cierto, la Tierra es una esfera autocontenida, cuyos aportes externos son las radiaciones solares y cósmicas junto a algún meteorito ocasional. Por lo tanto la mayoría de los metales, los combustibles fósiles no son ilimitados, y por consiguiente, tarde o temprano se agotará la explotación comercial del hierro, el carbón, el petróleo, el aluminio etc.

Los fundamentos del decrecimiento

Latouche también introduce el concepto de huella ecológica, un indicador agregado definido como «el área de territorio ecológicamente productivo (cultivos, pastos, bosques o ecosistemas acuáticos) necesario para producir los recursos utilizados y para asimilar los residuos producidos por una población dada con un modo de vida específico de forma indefinida», Wackernagel et al., 1997. Así Latouche afirmaba en 2003 que “un ciudadano de Estados Unidos consume en promedio 8,6 hectáreas, un canadiense 7,2, un europeo medio 4,5. Estamos muy lejos de la igualdad planetaria y más aún de un modo de civilización duradero que necesitaría restringirse a 1,4 hectáreas, admitiendo que la población actual se mantuviera estable.”

En este mismo artículo Latouche también nos habla de la dicotomía entre el desarrollo humano y el crecimiento económico: “Herman Daly estableció un índice sintético, el Genuine Progress Indicator (GPI), que ajusta el Producto Interior Bruto (PIB) según las pérdidas debidas a la contaminación y degradación del medio ambiente. En el caso de los Estados Unidos, a partir de los años setenta el índice de progreso auténtico se estanca o incluso retrocede, mientras que el PIB aumenta. Lo que equivale a decir que, en esas condiciones, el crecimiento es un mito, porque lo que crece por un lado decrece más fuertemente por el otro.”

Por último, Latouche introduce una serie de valores que deberían ser priorizados: “el altruismo debería anteponerse al egoísmo, la cooperación a la competencia desenfrenada, el placer del ocio a la obsesión por el trabajo, la importancia de la vida social al consumo ilimitado, el gusto por el trabajo bien hecho a la eficiencia productiva, lo razonable a lo racional, etc.”

En resumen, Latouche constata la crisis ecológica a la que nos ha conducido el capitalismo, durante sus doscientos años de dominio y aporta una salida: el Decrecimiento.

Esta crisis ecológica puede resolverse de varias maneras. Si los actuales dueños del mundo continúan dominando, el futuro será muy parecido al esbozado en la película Soylent Green (en castellano se llamó Cuando el destino nos alcance) estrenada en 1973, dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Charlton Heston. En ella se describe un futuro distópico, donde una gran mayoría vive hacinada o sin hogar, alienada de una naturaleza arrasada por una permanente ola de calor (lo que ahora conocemos por cambio climático), sin acceso a agua corriente, y que para su alimentación depende totalmente de gran una corporación llamada Soylent. Ésta es la única proveedora planetaria de comida en forma de preparados naranjas, azules, amarillos y el codiciado verde (en inglés “Soylent Green”, de ahí el nombre del largometraje). A la vez una minoría formada por los políticos y los directivos de Soylent viven en lujosos apartamentos con aire acondicionado, resguardados de los pobres por alambradas, zanjas y guardias de seguridad. Esta élite tiene acceso a alimentos naturales y no duda en utilizar camiones excavadora para sofocar los disturbios. La película, basada en la novela Make Room, Make Room de Harry Harrison, autor de Flash Gordon entre otras, es increíblemente premonitoria. De hecho, esta ficción guarda un más que inquietante y a la vez siniestro parecido con las nuevas ciudades descritas por Mike Davis en su obra Ciudad de cuarzo. Arqueología del futuro en Los Ángeles, (Lengua de Trapo, 2003), o en la más reciente Planeta de ciudades Miseria, (Foca, 2007). En resumen, la solución del capitalismo a la crisis sólo puede ser el incremento de la desigualdad, el axioma de socialización de los desastres y privatización de los beneficios se sigue cumpliendo a rajatabla.

Latouche, economista y en la estela del también economista Nicholas Georgescu-Roegen, ofrece el decrecimiento como una salida a una crisis ecológica de escala planetaria, que a cada año que pasa se agrava. De hecho, en estos momentos, Kiribati, un pequeño país de Oceanía formado por islas coralinas, esta empezando a desaparecer bajo el mar. Unas 110.000 personas observan cómo bajo el influjo del cambio climático las crecientes aguas del Pacífico sur sepultan sus casas.

La palabra “decrecimiento” es provocadora en sí misma, ya que cuestiona uno de los dogmas fundamentales del capitalismo, “crecer o perecer”. Este dogma no es sólo de carácter ideológico, sino que es una de las leyes insoslayables del capitalismo. Como demostró Marx en el siglo XIX, los capitalistas están abocados a crecer, a luchar por acaparar la mayor cuota de mercado posible, ya que de lo contrario otros capitalistas acabarán con ellos. Esto lleva al sistema a una carrera desenfrenada de acumulación competitiva, donde unos devoran a los otros. Hoy, en la era de las fusiones y de los grandes monopolios nadie puede desmentir esta afirmación. Una compañía de software domina el planeta, aunque los valientes de Linux le presenten batalla, cuatro compañías controlan la base de la alimentación mundial, dos compañías más controlan el mercado aeronáutico y constantemente unas empresas son absorbidas por otras. El capitalista que no crece… desaparece.

Así que es necesario ir más allá que Latouche. El crecimiento no es un objetivo de la sociedad, sino una condición sine qua non del sistema socio económico dominante: el capitalismo.

Estrategias del decrecimiento

Compartiendo el diagnóstico de crisis ecológica y los valores a priorizar que hemos citado antes, he de decir que también participo, en parte, de su diagnóstico de cómo salir adelante. Laotuche afirma lo siguiente: “el problema es que los valores actuales son sistémicos. Esto significa que son suscitados y estimulados por el sistema y contribuyen a su vez a fortalecerlo. Por cierto, la elección de una ética personal diferente, como la sencillez voluntaria, puede modificar la tendencia y socavar las bases imaginarias del sistema, pero sin un cuestionamiento radical del mismo, el cambio corre el riesgo de ser limitado.”

Estas cuatro frases son claves. Latouche parafrasea aquello de “las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante”. Pero, sobre todo incide en dos aspectos claves. A saber, que si bien es necesario tener una coherencia ideológica en el consumo, las soluciones a la crisis ecológica deben ser colectivas. Jesús Castillo, profesor de Ecología en la Universidad de Sevilla, en su artículo Luces y sombras del consumo responsable aportaba los siguientes datos que ilustran los límites del consumo personal:

(1) En los hogares del Estado español tan sólo se genera el 12% de los residuos sólidos, lo que limita la capacidad de reducción desde el consumo, así como el margen de reutilización y reciclado.

(2) En el Estado español, el consumo doméstico de agua tan sólo acapara el 10% y la agricultura el 85%. El gasto medio de agua por persona y día es de 140 litros, que con dispositivos de ahorro puede reducirse un 39%. Así, se podría ahorrar como máximo en los hogares un 4% del consumo total de agua. Si a este ahorro le sumáramos un cambio en los hábitos que, por ejemplo, llevara a ducharse tan solo tres días por semana, podría ahorrarse el 50% del agua consumida en los hogares, ¡menos de un 7% del consumo total!

(3) En los hogares se consume directamente menos del 10% de la energía total (el mayor consumidor es el transporte con 35-43%). La Estrategia de Ahorro y Eficiencia Energética en España 2.004-2.012 reconoce que los mayores ahorros de energía pueden darse en el transporte (42%), la industria (16%) y la edificación (16%). El ahorro previsto en equipamientos residenciales y ofimática no llega al 9%.

(4) El consumo energético de turismos privados representa un 15% del consumo energético total, frente al 32% de la industria y el 16% de uso residencial (Fuente: Instituto para la Diversificación y el Ahorro de Energía 2.001). Así, a pesar de que el transporte es el mayor responsable del consumo energético, menos de la mitad corresponde a turismos privados y el resto a camiones de mercancías y autobuses, lo que limita las posibilidades de ahorrar energía en el transporte a través del consumo responsable ya que gran parte se da en el ámbito laboral. Instituto Nacional de Estadística (INE) y del Servicio Europeo de Estadísticas (Eurostat).

Estos datos dejan muy claro que el decrecimiento no puede ni debe tener como objetivo principal una “austerización ” de la mayoría de los habitantes del planeta. De hecho, el movimiento por el decrecimiento actualmente focaliza su acción en el Norte, ya que en el Sur global 2.000 millones de personas viven con menos de dos dólares al día. Por lo cual difícilmente pueden bajar su consumo. A la vez, en los países del norte la mayoría de la población precarizada no goza de grandes lujos superfluos. Es necesario no olvidar que tanto la huella ecológica como los porcentajes de consumos están expresados como medias aritméticas. Esto quiere decir que no contemplan la distribución desigual del consumo según los niveles de renta. Así pues, no consume lo mismo una persona precaria que vive compartiendo habitación en Barcelona, que un ejecutivo que vive en un chalet con piscina situado en una urbanización con campo de golf y rodeada por zonas ajardinadas. En resumen, aunque es necesaria una coherencia en las acciones y denunciar el consumo derrochador, como una burla hacia aquella parte de la humanidad que pasa necesidad y a su vez por ser un atentado contra el medio ambiente, se ha de tener en cuenta que el consumo personal, incluso el de los más ricos, no es la causa principal de la crisis ecológica.

La sociedad en la que vivimos produce colectivamente la mayoría de los útiles y mercancías, lo que lleva a la constitución de una sociedad de consumo, en la que la población se ve obligada a comprar para satisfacer sus necesidades. Ya sean básicas, como la comida, el vestido y el cobijo, o superfluas. Este hecho determina que bajo el capitalismo se mercantilicen todas las necesidades, incluidas por supuesto las básicas. A su vez, la competencia entre empresas provoca que cada capitalista produzca con el objetivo de acaparar el máximo de mercado, lo que lleva a crisis de sobreproducción recurrentes. Ejemplos claros son la crisis de sobreproducción de vivienda que ha llevado a la destrucción del territorio, así cómo a un consumo innecesario de energía, agua, etc., o los millones de teléfonos móviles, ordenadores e incluso alimentos no vendidos que son enterrados para mantener los precios. De hecho se producen suficientes alimentos, medicinas, calzados y ropas para satisfacer las necesidades de toda la humanidad, pero sin embargo éstas no se cubren y la desigualdad crece día a día.

Bukharin en su libro de los años 30 Arabescas filosóficas, ocultado por el estalinismo, decía que “los seres humanos son productos y parte de la naturaleza”. Con esta afirmación continuaba el hilo de pensamiento marxista que determinaba la relación entre la humanidad y la naturaleza, en la que ésta estaba incluida mediante las actividades o trabajos realizados para conseguir todo aquello que los humanos utilizan. Del balance de esta actividad dependerá el equilibrio. Así, cuando el trabajo, la actividad social, está expropiada por una determinada clase cuyo objetivo es la acumulación, el equilibrio se rompe. Para ilustrar dicha relación entre la humanidad y la naturaleza, Marx introducía el concepto de metabolismo. Esta metáfora hablaba del capitalismo como un metabolismo desequilibrado, en el que el despilfarro ocasionado por la voracidad insaciable del capital producía un deterioro del hábitat, así como una artificial separación, “rift”, de la clase trabajadora respecto a la naturaleza. A este “rift” metabólico Marx lo llamó alienación de la naturaleza. La ascensión del estalinismo llevó al capitalismo de estado en la URSS y sus satélites, hecho que sepultó este hilo de pensamiento, compartido por Lenin y Rosa Luxemburg, bajo toneladas de desarrollismo “estajanovista”. Los marxistas clásicos hablaban del socialismo como una sociedad de crecimiento 0, una vez se alcanzara la capacidad para alimentar, dar casas, educación, sanidad etc., a la población del planeta. Hoy, cuando la capacidad productiva de la humanidad es ampliamente superior a las necesidades de la misma, todo marxista que se precie debe tener claro que el desarrollismo no es ya justificable. China, llamada la “fábrica del planeta”, se ha convertido en una máquina de generar pobres que viven sin papeles en su propio país.

Sin embargo, una economía realmente socialista, autogestionada, orientada, planificada colectivamente hacia las necesidades de las personas y no hacia el beneficio empresarial no sólo no caería en el despilfarro característico del capitalismo, sino que conllevaría una eficiencia cooperativa. Por lo tanto, una sociedad basada en la colaboración de productores asociados haría decrecer el consumo de materias primas no sólo sin reducir el bienestar social, sino aumentándolo.

Es muy interesante la coincidencia entre las descripciones que realizan algunos militantes del decrecimiento sobre cómo deberían ser las ciudades, con la utopía descrita por el socialista revolucionario William Morris en su obra Noticias de ninguna parte, publicada en 1890 e inspirada en la sociedad de productores asociados. En ella, el personaje se despierta en una Inglaterra futura, años después de la revolución social. Asombrado, descubre que el Támesis rebosa vida y que la gente vive al ritmo de las estaciones en ciudades rodeadas de campos agrícolas y bosques. Morris, autor entre otros de los versos “únete a la batalla en la que ningún hombre fracasa, porque aunque desaparezca o muera, sus actos prevalecerán.”, recitados al final de la película Tierra y libertad, intenta describir lo que Marx denominó la sociedad de productores asociados para el bien común. Caracterizada entre otras cosas por la eficiencia y el fin de la subordinación del campo a la ciudad (lo que actualmente se llamaría reequilibrio territorial), que había sido resultado de la necesidad del capital de concentrar la población en grandes centros productivos.

El papel de la clase trabajadora

Ahora bien, parte del movimiento por el decrecimiento centra la mayoría de sus propuestas en llevar un paso más allá los postulados éticos del consumo responsable, olvidando la insistencia de Latouche en la necesidad de un cuestionamiento radical del sistema. Los que defienden el decrecimiento desde postulados anticapitalistas consideran a los trabajadores, en el mejor de los casos, unos sujetos pasivos en este cambio. Este enfoque, por ahora mayoritario, que olvida el potencial de la clase trabajadora como sujeto político soslaya dos hechos claves.

El primero es que los trabajadores ya sean oficinistas, teleoperadores, informáticos, camareros, metalúrgicos, etc., son los que más sufren los impactos tanto del deterioro ecológico global como de la polución generada en sus puestos de trabajo. El segundo es la capacidad de los trabajadores de paralizar la industria, ya sea por una mejora económica o ambiental. Es cierto que en determinadas ocasiones los trabajadores chantajeados por la patronal se enfrentan a los ecologistas, como en el caso de las plantas de celulosa ENCE y Botnia en Uruguay. Sin embargo, también se puede citar casos de lo contrario. Así, los trabajadores de una importante cementera en Buñol (País Valencià) presionaron a la multinacional afirmando que en caso de que ésta iniciara la quema de residuos tóxicos ellos iniciarían una huelga indefinida, aún bajo la amenaza de deslocalización. O como los vecinos, todos ellos trabajadores de Sant Feliu de Llobregat, han presionado a las instituciones para que otra cementera detenga la quema de residuos tóxicos. Aunque esté mal decirlo y sea un modesto ejemplo del poder obrero, un compañero de trabajo y yo mismo denunciamos a la empresa por verter productos tóxicos. Éramos conscientes de que nos jugábamos un buen trabajo, y de hecho fuimos despedidos, pero a partir de ese día la empresa dejó de realizar vertidos tóxicos. Un ejemplo de implicaciones mucho más importantes fue la exitosa lucha llevada adelante por la clase trabajadora vasca en contra de las nucleares. Consiguieron que no hubiera centrales en Euskadi y Nafarroa, a pesar de que en plena recesión económica la patronal vendía los numerosos puestos de trabajo que iban a generar. Sin olvidar el trabajo de las asociaciones ecologistas, en aquel momento muy pequeñas, la movilización de las bases obreras de Herri Batasuna y LAB fue clave en esta victoria.

No existe ningún currante al que le guste “tragar mierda” en su trabajo, ni vivir en áreas contaminadas. Lo que sucede es que el control de los medios y mecanismo de producción está en manos de aquellos que tienen segundas residencias en paraísos naturales. Por lo tanto, cuanto más desorganizados se encuentran los trabajadores menor es su fuerza frente a los patrones en todos los sentidos.

En resumen, para poner las personas y el planeta por delante de los beneficios económicos de unos pocos, es decir, para un “decrecimiento real” es necesario cambiar las prioridades del sistema.

Estos pocos son muy poderosos y no van acceder porque sí a un cambio radical de sistema. Tienen los mass media para crear ideología, la policía y las leyes de su parte. Nosotros “sólo” tenemos nuestra capacidad de resistencia. Hay quien dice que ésta se basa en la capacidad de controlar nuestro consumo y obligar a las empresas a cambiar su política. El consumo es un acto individual, miles de personas saben que McDonald apesta y que su comida no es sana, y sin embargo, esta multinacional cada vez es más poderosa. Millones de personas son pobres y no destruyen el planeta, otros millones reciclamos y tenemos un consumo reducido, y sin embargo la crisis ecológica se agudiza día a día. Donde debemos buscar la fuerza es en nuestra capacidad para paralizar el sistema. Un grupo de sin papeles en Francia ha decidido reivindicar sus derechos como seres humanos, no dejando de migrar, sino yendo a la huelga. Así han logrado paralizar un buen número de restaurantes de París y apretar las tuercas al gobierno Sarkozy.

No estoy diciendo que las acciones ecologistas no sean importantes, de hecho son claves y necesarias para despertar consciencias. Luchas como la antitransvasista, la solidaridad generada por el vertido del Prestige, la campaña contra los transgénicos, contra la MAT, las luchas en defensa del territorio, contra los agrocombustibles, etc., son muy importantes para defender la naturaleza de la que formamos parte. Sin embargo, si no queremos un futuro a lo Soylent Green o Mad Max; si queremos una auténtica sociedad sostenible, no secuestrada por el paradigma del desarrollismo a ultranza y arrastrada a una espiral de autodestrucción; si queremos una sociedad eficiente, que no destruya el planeta; si queremos un futuro donde las personas no están esclavizadas por el trabajo, donde exista una relación equilibrada entre humanidad y naturaleza, donde la población no se vea obligada a concentrarse en megalópolis, donde el deshielo del Ártico no sea visto como una oportunidad para buscar petróleo; si hacemos nuestro aquello de “bajo los adoquines está la playa”; si queremos todo esto, no nos basta con reformas graduales, necesitamos una fuerza capaz de poner el mundo patas arriba, una fuerza capaz de cambiar la sociedad desde la raíz, una fuerza revolucionaria. Esta fuerza sin duda se encuentra mayoritariamente en la clase trabajadora consciente

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