Decrecimiento y lenguaje del mestizaje


Nos encontramos en la “fase semántica” de la propuesta decrecentista; fase colectiva de creación, depuración y difusión de significados y conceptos que sean capaces de ensamblar ese lenguaje del mestizaje sociopolítico con las prácticas de los actores. Hay que comenzar a hablarlo para nombrar las ausencias, reprimidas, y las emergencias, soñadas (B. de Sousa Santos). Fase también de interpretación y de imaginación sin más restricciones que las posibilidades de los deseos expresados por la palabra de los distintos.

Esbozamos aquí las tareas y funciones que, a nuestro juicio, debería asumir el emergente movimiento por el decrecimiento para encontrar su lugar dentro del proceso de reinvención de las prácticas emancipadoras. Creemos que la identidad decrecentista en la actualidad puede organizarse a partir de seis funciones principales, todas ellas muy relacionadas entre sí, a saber: función de develamiento, función de comunicación, función cartográfica, función de traducción, función de innovación y función catalizadora.

Naufragio

Venimos de un naufragio. El de los proyectos de emancipación fracasados a lo largo del siglo veinte. Naufragio histórico, político, económico, cultural y anímico. Como escribimos en otro texto “todas las izquierdas, todas, quedaron tocadas por el desastre del llamado "socialismo real". Ni la comunista, ni la socialdemócrata ni toda la flora y fauna troskista, maoísta o anarquista y sus combinaciones pudieron salvar los muebles del incendio. La comunista se hizo socialdemócrata. La socialista se hizo social liberal o, lisa y llanamente y sin vergüenzas, liberal. Y, en la llamada extrema izquierda, algunos se fueron para la casa, los más, y otros, los menos, iniciaron una loable pero larga travesía por el desierto. En el intertanto, los ecologistas han emergido y se han vuelto a sumergir sin poder asumir el liderazgo de aquello que se ha llamado izquierda social, mientras que los altermundialistas han pataleado en cuanto foro mundial se les ha puesto a su alcance”. En medio del repliegue, desde hace más de una década los neozapatistas son unos de los pocos que han abocetado con imaginación un programa de transformaciones razonable y utópico y viceversa.

Lenguaje

El movimiento por el decrecimiento surge de esas cenizas, de esos lodos y de esas esperanzas. Con el reloj de la historia acelerado, la tarea que tiene por delante es gigante y con muchos frentes abiertos. De todos ellos, uno se revela particularmente crucial: el del lenguaje. Sobado y gastado el lenguaje revolucionario y comprobada su incapacidad para convocar a los nuevos sujetos de las transformaciones, urge la construcción de un lenguaje que defina y critique el desorden y la locura neoliberal desde la imaginación y los deseos colectivos. La palabra decrecentista debe emerger del encuentro entre los conceptos de escritorio y los vocablos de la calle comunitaria en transformación; entre habla de la visión y del habla del deseo.

Desde abajo y a la izquierda (Marcos), las palabras del decrecimiento deberían ser capaces de transformarse en una lingua franca, en una koiné o habla común de intercambio entre los sujetos de las transformaciones. Eso requiere romper la continuidad acústica con los términos gastados y asociados a los fracasos de los socialismos autoritarios del siglo veinte y, sobre todo, vinculados a la cruda teoría leninista. Y esa ruptura exige producir nuevos sonidos y nuevos ecos condensados y transportados por la lengua del mestizaje sociopolítico en la que puede constituirse el discurso decrecentista. Esta koiné decrecentista debe aportar resonancias que acompañen a los actores en sus nuevas y viejas prácticas cooperativas, solidarias, comunitarias y políticas. Una lengua franca y una koiné cumplen la función de comunicar las diferencias; porque son diferentes los hablantes requieren una lengua que permita la traducción de sus conceptos y prácticas. Es un lenguaje de frontera construido para atenuarlas. Es el lenguaje de lo “común”, diferente del lenguaje de lo “único”. El primero se construye, desde abajo, a partir de la necesidad y voluntad de permitir que los distintos dialoguen sobre aquello que comparten sin dejar de ser cada uno lo que es. El segundo, se construye, desde arriba, a partir de un proyecto de imposición que busca anular las diferencias e imponer la visión de unos pocos.

Vivimos ahora el reinado del pensamiento, el discurso y las prácticas de “lo único” en su versión neoliberal. Pero los decrecentistas rechazamos “lo único” en todas sus versiones, sea neoliberal, marxista, anarquista, ecologista y, por supuesto, decrecentista.

El decrecentismo no dice nada nuevo y, sin embargo, suena nuevo lo que enuncia. Es una obviedad y una provocación: un inventario de desastres, presentes y futuros, y una llamada a la acción. Pero, no podemos quedarnos en la compilación de los efectos de la locura civilizatoria; es necesaria la sintaxis que permita articular el diagnóstico con las prácticas a través del lenguaje del mestizaje sociopolítico que es el decrecentismo, es decir, el lenguaje de “lo común de lo diverso”.

Funciones

La primera tarea del decrecentismo, entonces, es mostrar lo que esconden las hegemonías del mundo y lo que anuncian las contrahegemonías y las disidencias. Esto corresponde a su función develadora que persigue quitar los velos que cubren los ocultamientos, las simulaciones y las coacciones ideológicas al servicio del poder. Se trata de poner de manifiesto lo soterrado por el imaginario del productivismo y sus excesos. Esta función incluye la función de comunicación o difusión de los develamientos o “comprensiones” que los grupos decrecentistas han obtenido de sus análisis y prácticas. Estos grupos son sujetos colectivos de enunciación que proyectan una identidad y buscan el encuentro con otras identidades. Es importante, no obstante, diferenciar la experiencia del develamiento y comunicación de la aceptación acrítica de una verdad revelada. La enunciación decrecentista debe ser el resultado de procesos dialógicos, racionales, informados y colectivos, sin subordinaciones de ninguna especie, ni siquiera a la misma idea decrecentista.

Otros incluyen el decrecimiento como un componente más de su acción, nosotros hacemos de él, una ética y un proyecto: un punto de referencia, un criterio de valor y una guía para la orientación, siempre provisional, en los escenarios de los cambios colectivos e individuales. Por este motivo, en segundo lugar rescatamos su función cartográfica para localizar y hacer visibles las experiencias ausentes y señalar el camino para las que presionan por emerger. Las muy variables topografías sociales donde transcurren las dinámicas de los actores requieren el dibujo de mapas con sus territorios pero, sobre todo, con sus caminos y senderos que comuniquen lo actual con lo posible, abriendo las zonas de contacto. Pero la cartografía sabe que no puede confundir el mapa con el territorio y que los trazados, las cotas y los relieves dibujados serán siempre provisionales.

Los decrecentistas no tenemos prioridad ni vocación de hegemonía. Somos advenedizos en el espacio de las iniciativas de cambio; otros también han nombrado los desastres y han propuesto alternativas. Podemos hacerlo pero, ubicados en los intersticios de los proyectos de los actores, podemos aspirar también a un rol diferente: al rol de traductores, es decir, desde el lenguaje, desde la koiné sociopolítica, trabajar para “promover la inteligibilidad mutua entre experiencias posibles sin destruir su identidad” (B. de Sousa Santos). Esta función de traducción implica apoyar las interlocuciones entre las diferentes formas de experiencias de conocimiento, de trabajo, políticas, culturales etc. mostrando las equivalencias y haciendo evidentes los encuentros. El decrecentismo apuesta por las diferencias no jerarquizadas, por los espacios de diálogo no subordinados, aquí y a hora, es decir, en un presente ampliado y enriquecido por las iniciativas de todos.

Como una consecuencia directa de la función de traducción aparece, por último, la función catalizadora que debe permitir que críticas y propuestas, teorías y prácticas, imaginaciones e iniciativas, en el amplio campo social, encuentren un sentido mayor engarzadas en el discurso del decrecimiento y sean estimuladas por éste. Se trata de favorecer el trabajo de articulación de las contrahegemonías ayudando a su confluencia en proyectos comunes. No ofrecemos una verdad revelada, repetimos, ni siquiera una certeza, sólo nuestro papel de facilitadores de la voluntad de cambio de los sujetos sociales.

Por último, la función catalizadora incorpora como elemento central la función de innovación que invita a imaginar cómo vivir de una manera diferente, a partir de las prácticas de los actores y sus necesidades. La función cartográfica debe servir para detectar las experiencias sociales ausentes y desperdiciadas por las monoculturas del saber y las hegemonías sociales. La función de innovación lee e interpreta esos mapas, reivindica los saberes de todos, imagina mundos posibles, los pone en diálogo y ayuda a que las energías colectivas concluyan en proyectos concretos. La función de innovación reconoce y extiende la creatividad a todo el campo social, fuera de la ley del valor, de la mercancía y sus servidumbres y forma parte de las necesarias políticas de resistencia y propuesta creativa, frente a las hegemonías. La catálisis decrecentista, realizada a través del develamiento, la comunicación, la cartografía, la traducción y la innovación aspira a ampliar el campo de las experiencias posibles en el presente para aumentar las probabilidades de su realización futura.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada