La primera revolución energética: el fuego

El primitivo cazador-recolector pasa en este estado miles de años y un buen día Prometeo le roba el fuego a los dioses, ocurrió hace más de 250.000 años, a partir de entoces se pudo ver en la oscuridad y dormir tranquilamente en las cavernas como si de un vientre materno se tratara.


A partir del momento en el cual el ser humano transforma la materia mediante el fuego la realidad cambia y se organiza de una nueva manera, la experimentación mediante esta forma de energía modifica las condiciones de existencia del animal humano.

Aparece la primera diferencia en base al uso de la energía: los que comen ‘crudo’ y los que comen ‘cocido’; la transformación de ‘lo frío’ a ‘lo caliente’, la transformación de ‘lo salvaje’ en ‘lo civilizado’. Por una parte ‘la naturaleza’ por la otra ‘lo específicamente humano’. La aparición de la cultura. El elemento culinario como forjador de un sistema social en el cual la forma de cocinar determina el ‘prestigio’.

El ser humano se hace consciente de un proceso de transformación; éste se hace patente en forma de ritos y ceremonias con la aparición de un nuevo lenguaje ya no únicamente gutural u onomatopéyico. Un proceso trascendente en el cual los miembros de una comunidad se constituyen solidariamente.

Colectivamente se expresa a través de celebraciones mítico-mágicas, en las cuales se transmite el imaginario simbólico común; así observamos la aparición de adornos personales y de un arte representativo y decorativo, un tipo de símbolos compartidos que entrañan líneas grabadas o estatuillas, que necesitaban de alguna manera ser explicados.

El lenguaje es una fuerza instrumental activa en la creación de la actividad social cada vez más compleja que la evolución cultural impone a la vida cotidiana. La competencia lingüística posibilita la formulación de reglas para actuar de modo adecuado en situaciones lejanas en el espacio y en el tiempo; la vida social de los humanos se compone de pensamientos y conductas coordinados y gobernados por dichas reglas.

El ser humano, que utiliza el fuego, visto como una ‘máquina de transformar’, se convierte en un ‘dispositivo’ que necesita una aportación energética de 175 vatios para sostenerse en su entorno natural.

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