Una sociedad mejor


Podemos, y sabemos que podemos, estructurar una sociedad nueva, una sociedad mejor. ¿Cómo hacerlo? Leamos a Kropotkin:

Rechazando la ley, la religión y la autoridad, la humanidad vuelve a tomar posesión del principio moral que se había dejado arrebatar a fin de someterle a la víctima y de purgarle de las adulteraciones con que las autoridades la habían envenenado y continúan envenenándolo. Buscamos la igualdad en las relaciones mutuas y la solidaridad que de ello resulta.

Las consecuencias, con ser evidentes, son revolucionarias. Por lo pronto, no buscamos la justicia (a cada quien según su trabajo) sino la generosidad (a cada quien según su necesidad), sin mediadores que terminan asumiendo el papel de benefactores a quien, por darnos lo que colectivamente nos pertenece, les debemos agradecimiento eterno. Todo el problema de la miseria, de la desocupación, de la degradación humana que conlleva se soluciona si, en lugar de dar a cada uno según su trabajo, se le diera según sus necesidades. ¿Qué cómo se hace? Si tenemos resuelto qué hacer, el cómo no es tanto problema y para resolverlo estamos todos, que juntos iremos resolviendo cada caso en cada circunstancia. Lo principal es que adoptemos esa dirección para marchar en lo colectivo. ¿Qué habrá errores? Si, por supuesto, pero ¿acaso ahora es perfecto?. Creo que dada la actual circunstancia, cualquier cambio, mejora.

La preocupación por resolver para el anarquismo, a diferencia del comunismo o del liberalismo que coinciden en centrarse en lo económico, es el de la vida. El anarco sindicalismo siempre tuvo esto claro y decía: Si los trabajadores no han adquirido un grado superior de cultura moral, las transformaciones económicas no tendrán lugar.

La vida no se puede guardar, la vida se vive gastándola. Como los besos, que no se pueden guardar besos para el futuro porque beso que no se da, se pierde. Así deben ser las relaciones entre los hombres, que nos permitan gastar la vida en la generosidad con el otro, que se revierte en al generosidad del otro para conmigo. En esto si que no somos igualitarios, porque la manera de incrementar la felicidad es tratando todos de dar más de lo que se recibe. Si diéramos lo equitativo, entonces la marcha de la sociedad se detiene, porque la vida no es una relación de equilibrio, sino de compensaciones armónicas de progreso indefinido. Como dice Kropotkin, lo que se admira del hombre moral es su exuberancia de vida, que lo impulsa a dar su inteligencia, sus sentimientos, sus actos, sin pedir nada a cambio, pero recibiéndolo de todas maneras porque los otros lo reciprocan. Pero este desequilibrio no puede ser tal que un grupo, el que gobierna, siempre reciba en forma permanente y obligatoria porque son gobierno.

Pero esta generosidad no debemos confundirla con beneficencia, ni el tan elogiado espíritu altruista como contrapuesto al egoísmo, ni tampoco es angelismo. Como dice Atahualpa Yupanqui, despreciamos la caridad por la vergüenza que encierra. No es que debamos sacrificar nuestra individualidad en beneficio de la sociedad, como si la felicidad del individuo fuera algo distinto a la del colectivo, como sostiene el liberalismo. Si pretendemos vivir una vida plena, intensa, de realización de nuestras mayores posibilidades, esto sólo lo podemos lograr en el seno de una comunidad que la haga posible, reunido con todos los otros y no a pesar de los otros ni contra los otros. Por eso la distinción entre altruismo y egoísmo es absurda porque, como dice Godwin, No hay estrictamente derechos sino exigencias de apoyar a los demás bajo una tónica de reciprocidad.

La anarquía, método y moral. Alfredo Vallota

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