La crisis sistémica y el decrecimiento como alternativa


Jose Bellver Soroa

El decrecimiento como alternativa

El concepto de decrecimiento constituye un ariete contra la idea mitológica del crecimiento ilimitado que se mantiene vigente en nuestras sociedades. Constituye por otra parte una palabra que trata de romper con el ya desacreditado concepto de “desarrollo sostenible”, tanto por la retórica que con el mismo se suele hacer, como por el simple hecho de que este último está imbuido de la propia idea de crecimiento, que con la añadidura del adjetivo “sostenible” se intenta pintar de verde. Sin embargo, hasta un niño puede comprender fácilmente que en un medio finito, como es la Tierra, nada puede crecer materialmente de forma indefinida. Por otro lado, es un eslogan más provocativo que “detener el crecimiento” o “crecimiento cero”: se suele decir que el concepto de decrecimiento constituye una “palabra bomba” (Sempere, J., 2009). El simple hecho de que hoy en día se esté hablando cada vez más de ello está de hecho demostrando su efectividad… El contexto de una mayor visibilización en la actualidad de la crisis ecológica a colación de la crisis económico-financiera y de la evidencia del cambio climático ha sido en este sentido favorable. A su vez, son cada vez más los signos de que la mayor opulencia de las sociedades, lograda a través del crecimiento económico, tiene cada vez menos que ver con la felicidad de las personas que constituyen dichas sociedades.


La necesidad de crecer indefinidamente es consustancial al capitalismo, debido a la reducción del “valor” representado en la mercancía a medida que la tecnología sustituye la fuerza de trabajo humana que obliga a que la producción sea permanentemente incrementada (Jappe, A., 2009). Así pues, el decrecimiento en el sentido más literal de reducción de la producción (y por tanto del consumo), es incompatible con el capitalismo. El capitalismo constituye por tanto una huída hacia delante, a pesar de que lo que hay delante es un precipicio. Por ello vale la pena volver hacia atrás, pero no de cualquier forma: esto debe hacerse manteniendo todo aquello que sea rescatable entre lo que hayamos aprendido por el camino.


Por otra parte, a pesar de lo que se suele creer desde ciertos sectores de la izquierda tradicional, quienes defienden la idea del decrecimiento no reniegan de la denuncia por la injusta distribución de la riqueza que se produce en el seno del sistema capitalista, ni tampoco de las agresiones a los “derechos humanos” inherentes a su propia dinámica y a las relaciones de poder que lo sustentan, de la misma forma que el análisis decrecentista no se limita a la preocupación por el deterioro ecológico del planeta. Sí es cierto, no obstante, que pariendo de la crítica ecológica, subyace un análisis que se complementa muy bien con los anteriores problemas, y que permite comprender la inviabilidad de alcanzar ese “otro mundo posible” de forma sostenible, especialmente en todas sus vertientes social y ecológica, en el marco del capitalismo. El movimiento por el decrecimiento disiente por tanto profundamente de visión de parte del movimiento ecologista que defiende la vuelta a una senda de crecimiento con “tecnologías verdes”, así como de la visión de parte de la crítica heredera del marxismo que propone una gestión diferente de la sociedad industrial: el decrecimiento no es un “keynesianismo verde”, y mucho menos un “capitalismo verde” (entre otras cosas, porque como ya hemos comentado, es inviable).


El decrecimiento no sólo supone una crítica frontal al capitalismo, sino una ruptura directa con el productivismo (cuyas pulsiones también embaucaron a las experiencias conocidas por la denominación de “socialismo real”). Ello no implica una “vuelta a las cavernas”, sino simplemente un retorno a los límites físicos de nuestro planeta (rebasados hace un tiempo ya) de una forma social y ecológicamente sostenible. No hay que ocultar, sin embargo, que desde esta perspectiva son muchos los aspectos de las formas de vida tradicionales que cabría recobrar, pero no de forma acrítica e infantil, sino de forma inteligente, al igual que el decrecimiento no implica una ruptura con todo lo que hayamos aprendido desde que la huella ecológica de la humanidad superó la biocapacidad del planeta. Simplemente, se rechaza la esperanza ciega de que surja una tecnología mágica que resuelva todos nuestros problemas. Se prefiere más bien repensar si realmente todo desarrollo tecnológico ha sido positivo para la humanidad, o si al contrario, buena parte del mismo no ha sido el causante de muchos de los problemas que acechan a la misma.


No obstante, el decrecimiento no se propone como una receta ni se plantea como una doctrina cerrada, más bien aspira a la confluencia de diversas tradiciones de transformación radical del sistema (Mosangini, G., 2009). El esquema de transición decrecentista se ubica en tres esferas: la individual, la colectiva y la del cambio político. En lo que a la persona se refiere, ideas como la simplicidad voluntaria, la autoproducción o la reducción de la dependencia del mercado son elementos esenciales y que se oponen frontalmente a la sociedad de consumo. Como seres sociales que somos los humanos, lo individual no puede disociarse de lo colectivo, en donde la autogestión y la autoorganización resultan fundamentales en el planteamiento de iniciativas alternativas como son las cooperativas de producción y las de consumo, los sistemas de intercambio no mercantil, etc.


Finalmente, si todo ello no es acompañado por un cambio político, todas esas iniciativas individuales y colectivas quedarán como reductos marginales y a la larga estarán abocados a desaparecer. Cabe por tanto aquí rescatar y reivindicar múltiples propuestas políticas formuladas desde diversos ámbitos: reducción y reparto del tiempo de trabajo; redistribución de las riquezas (política de salarios máximos; renta mínima como ciudadano (renta básica); banca pública; incremento de la transparencia de la información que atañe a los ciudadanos (información real y comparada sobre los niveles de contaminación y sus consecuencias; cambio de indicadores-referente como el PIB por otros que reflejen mejor la calidad de vida y el bienestar); incremento de la participación colectiva en la toma de decisiones desde lo local; limitación de la publicidad (e instrumentalización con el fin de fomentar la autolimitación y la responsabilidad frente al consumismo desenfrenado); relocalización de la producción (limitar el comercio a larga distancia) y retoma de la agroecología (frente a la actual agricultura tecnificada híper-dependiente del petróleo); rediseño de las ciudades (políticas urbanísticas) conforme a criterios de sostenibilidad medioambiental, en especial en lo que atañe a la movilidad; fomento de tecnologías limpias (basadas en energías renovables); fomento de la prevención frente a la reparación; reconversión de los sectores más contaminantes (aumento de la industria del reciclaje, aprovechamiento de las plantas de fabricación de automóviles para la fabricación de sistemas de cogeneración eléctrica, sustitución de la construcción por la reforma y el mantenimiento inmobiliario, eliminación del uso de sustancias tóxicas en la industria química, lo cual favorecería a todo un tejido industrial basado en la química verde, etc.). Y todo ello debe necesariamente de un fomento de la reducción del consumo en general mediante políticas de gestión de la demanda, incentivos al ahorro, penalización del despilfarro, etc. En definitiva: el decrecimiento no tiene porque significar recesión ni regresión. Es el abandono del objetivo único del crecimiento por el crecimiento y sus consecuencias desastrosas para las personas y el medio ambiente. Se trata finalmente de evitar un decrecimiento forzoso e inequitativo, al que el capitalismo nos está llevando de cabeza, construyendo entre todos y todas un decrecimiento equitativo y socialmente sostenible.


¿Es el decrecimiento por tanto un movimiento anticapitalista revolucionario? La respuesta es que en la medida en que por ello entendamos el hecho de defender la necesidad de una transformación radical de nuestra sociedad y una ruptura con las estructuras establecidas, desde luego que sí. Pero podríamos decir, como lo haría Carlos Taibo (2009) que se trata también de un movimiento de gentes tranquilas que de forma pacífica manifiestan una necesidad de que su felicidad no se reduzca a valores mercantiles.

Extraído de: La crisis sistémica y el decrecimiento como alternativa. Jose Bellver Soroa

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