La metáfora lumínica


Quizá no sea exagerado considerar la historia toda del pensamiento occidental como una historia de la metáfora de la luz: la caverna platónica y sus sombras, la ideología de las luces y la ilustración, el propio lenguaje científico (los observables empíricos, lo que se tiene por evidente, las de-mostraciones matemáticas, los des-cubrimientos científicos)... todo nuestro vocabulario científico y filosófico está impregnado por metáforas lumínicas. De ahí la primacía de la idea entre nosotros (hasta en los materialistas: ¿hay idea más ideal que esa de materia?).

“Idea”, como es sabido, en su génesis griega viene de “visión”, ese sentido que nos permite delimitar formas, distinguir figuras (el pensamiento griego es un pensamiento del límite, de la de-terminación). Si uno utiliza cualquier otro sentido que no sea el de la vista, las cosas no tienen forma, pierden sus límites y contornos nítidos, se difuminan: yo cierro los ojos y huelo... y sobre el olfato no hay manera de construir una identidad, no percibo dónde empieza y donde acaba el objeto que huele (si es que hay tal objeto), ni si ese olor corresponde a un solo objeto o es fusión de varios, ni tengo manera de inferir la permanencia de la identidad del objeto cuando el olor empieza variar ...

Por eso, uno de los primeros combates a que se lanzó la burguesía centroeuropea para hacerse con el poder fue el combate contra los olores, porque el olor es un sentido que tiene referentes colectivos más que individuales, sabe de lo informe más que de las formas bien delimitadas. El sistema de alcantarillado en las ciudades y el auge de los desodorantes sustentan toda una epistemología, la que sólo es posible desde el sometimiento de los demás sentidos corporales al imperio de la vista.

Ivan Illich (1989), atribuye un papel fundamental a la generalización del uso del agua, jabones, afeites y desodorantes en la constitución moderna del individuo individual, ése cuyos límites son los que pone el ojo pero borra el olfato: las emanaciones olorosas son partes de uno mismo que, sin embargo, exceden las fronteras que sobre ese ‘uno mismo’ establece el ojo, viniéndose a entremezclar con –los olores de- otros ‘uno mismo’ y -los de- objetos varios en olores específicos que caracterizan a identidades más bien colectivas: el de ese bar y sus parroquianos, el del mercado de verduras (donde no se sabe bien dónde acaba la verdura y empieza la verdulera)... De la persecución moderna a los olores queda constancia en la misma lengua: “oler mal” es ya para nosotros un pleonasmo: basta con decir “¡huele!”

Es curioso cómo a uno se le borran las ideas cuando se le enturbia la visión. Por ejemplo, cuando los ojos se empañan por el llanto, se le difuminan las formas, se le licúan las ideas y las cosas dejan de estar claras: se le mezclan sentimientos e ideas, ya no se razona bien cuando se deja de ver bien.

El mismo concepto de ‘demostración’ es un concepto basado en la visión: el término griego para la demostración, la deîxis, significa ‘hacer ver’, ‘poner ante la vista’, ‘mostrar’. En ocultar esta deuda con la metáfora visual se juega buena parte del prestigio de una racionalidad que, como la occidental, lo extrae de su supuesta pureza respecto de los sentidos y sentimientos. Para ello es necesario escamotear a la vista lo que nació gracias a ella. En este sentido, nuestra epistemología, nuestras matemáticas y tantos otros de nuestros saberes racionales son puro ilusionismo.

Extraído de: 'Metáforas que nos piensan. Sobre ciencia, democracia y otras poderosas ficciones'. Emmánuel Lizcano.

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