Un planeta de Metrópolis (en crisis)


La nueva metrópoli central se deshumaniza, se fragmenta, se atomiza, se gentrifica en sus espacios centrales, y se polariza, profundizando en su carácter de No-Ciudad. El estrés, el malestar social y la infelicidad colectiva se extienden imparables, y la sociedad urbana sobrevive a costa de una creciente medicalización, la única forma de sobrellevar el auge de la precariedad, incomunicación, soledad, inseguridad, ansiedad y depresión. Las “enfermedades” más extendidas en las metrópolis postmodernas.

El espacio de “encuentro e interrelación” es ahora el de los Grandes Centros Comerciales, que explotan en este periodo y que ejercen su capacidad de atracción y fetichización por el cúmulo de mercancías que allí se ofrecen, impidiendo que la comunicación, el deseo y la fricción ciudadana circule libremente por las calles. Estos No-Lugares intentan recrear falsamente el bullicio de la vida urbana tradicional en sus espacios públicos. Pero en ellos, el espacio público ha quedado totalmente desvirtuado, privatizado, mercantilizado, vigilado y acotado. En los últimos tiempos la vigilancia y el control se traslada cada vez más al conjunto de la nueva metrópoli, en especial a sus espacios centrales, donde todavía pervive el espacio público (calles y plazas), especialmente en Europa.

Sin embargo, este espacio público está en proceso de fuerte degradación y mercantilización, pero en él todavía laten o se expresan las potenciales resistencias o dinámicas autónomas vitales que se quieren yugular. Es la hora de la “tolerancia cero” (nueva estrategia policial que surgió en Nueva York en los noventa), en teoría contra la criminalidad, pero su objetivo último es la represión y el control de lo social. Esta deriva se ha elevado a la enésima potencia tras el 11-S, no sólo en EEUU, sino en todos los espacios centrales, y en el mundo entero, y la “seguridad” se ha convertido en un importante campo de desarrollo tecnológico y empresarial, así como de acumulación de capital. En definitiva, se dispara el gasto de seguridad en la metrópoli, mientras que se descalabra el Estado social.

Por otro lado, en las Megaciudades Miseria de la Periferia la dualización y la crisis social alcanzan la máxima expresión, pues el colchón de las “clases medias” se reduce en muchos casos a su mínima expresión, mientras que proliferan los sectores marginales que viven absolutamente fuera de la economía formal, y por supuesto de la economía global. Además, la jibarización de las clases medias se ha agudizado en el último periodo debido a la imposición de las políticas neoliberales, sobre todo en América Latina y África, mientras éstas han crecido absolutamente pero quizás no tanto relativamente en China, India y el Sudeste asiático.

El desempleo en las Megaciudades del Sur es alarmante oscilando entre el 25% al 50% de su población, y en muchas ocasiones superando ese “techo” (Roth, 2007; Davis, 2005). En estas conurbaciones se constata que el trabajo humano empieza a ser excedente de forma masiva, incapaz de ser absorbido por el empleo asalariado legal o alegal. Las Megaciudades Miseria de la Periferia se convierten pues en el Planeta de los Náufragos que nos describe Latouche (1994), ya que es en ellas donde se plasman espacialmente las consecuencias de un “Desarrollo” que produce más náufragos que navegantes. Y son ellas, esos inmensos Hormigueros Humanos, las que han llevado a que la pobreza y la extrema pobreza tenga un rostro mundial cada vez más urbano-metropolitano, y no rural. Por otro lado, los sectores dirigentes se ven obligados a vivir en verdaderos guetos de riqueza, es decir, en espacios superprotegidos y cada día más militarizados, ante el temor al mar de pobreza circundante; aunque esta tendencia lleva ya también años desarrollándose en las metrópolis estadounidenses (Davis, 1992 y 2001), y de forma muy escasa aún en la Unión Europea.

Extraído de: Ramón Fernández Duran. Un planeta de Metrópolis (en crisis).

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