Sólo los pobres tienen cosas


Santiago Alba Rico - La calle del medio

En nuestra vieja casa de piedra, en un pueblecito cerca de Madrid, teníamos una parra que había trepado durante décadas, agarrada al muro, para desplegar sobre el balcón su sombra dulce de hojas y de uvas. Un día, no la encontramos; al pie de la pared dolorosamente desnuda se alzaba un muñón diminuto serrado con violencia, tristísimo cimiento vegetal de la catedral derribada. Al vernos, uno de los vecinos se nos acercó para explicarnos con naturalidad, y casi con reproche:

- Era un engorro. Me he comprado un coche nuevo más grande y tenía que maniobrar mucho para entrar en vuestra calle, exponiéndome además a que la parra me rayara la carrocería. Así que la he talado. Era dura la condenada; he tenido que sudar para cortarla.

Pedía casi que le agradeciéramos el esfuerzo. Tan improcedente le parecía que un árbol obstaculizase el camino de un coche, y tan natural esa jerarquía, que no podía imaginar nuestra contrariedad ni nuestra cólera. Entre coches, la lucha habría estado quizás igualada; pero entre un coche nuevo y una excrecencia natural que nadie había comprado, y que salía de debajo de la tierra, el coche nuevo debía hacer valer rutinariamente todos sus derechos.

Las catedrales a veces crecen solas: se llaman parras o almácigos o colinas o glaciares. Se toman su tiempo en formarse -décadas, siglos o milenios- y desaparecen luego en un minuto porque obstaculizan la multiplicación y disfrute de la verdadera riqueza, fabricada por la Ford o por la Sony y vendida por Wall-Mart o El Corte Inglés.

El modelo mental de nuestro vecino aldeano es el de un mundo, el capitalista, en el que son los coches -las mercancías en general- y no los árboles los que tienen valor. Pero tampoco puede decirse, la verdad, que tengan mucho valor. Que prefiramos los coches y los televisores a las parras y las colinas no quiere decir que coches y televisores revistan a nuestros ojos el valor sagrado que para nuestros antepasados tenían ciertos árboles o ciertas montañas. En este mundo están, por así decirlo, las criaturas que no tienen ningún valor -como los rosales, los ríos y los iraquíes- y las que tienen muy poco valor, como lo son todas las que podemos comprar en el mercado. Lo hemos escrito otras veces: los españoles tiran a la basura sus teléfonos celulares cada tres meses, sus ordenadores cada año y medio, sus carros cada dos años. Tiran ininterrumpidamente los pañuelos, los papeles, las botellas, los encendedores, las cuchillas de afeitar, los bolígrafos, los Cds. Valoran más, claro, un trozo de plástico que un castaño milenario, pero el trozo de plástico lo tratan sin ningún respeto y enseguida lo olvidan, lo arrinconan o lo cambian por otro semejante.

El misterio metafísico del capitalismo se resume en esta pregunta: una mercancía ¿es realmente una cosa? Pero antes que nada: ¿qué es una cosa? Digamos que cosa es todo aquello que se rompe y que tarde o temprano no se puede ya recomponer; todo lo que está desprotegido, todo lo que requiere cuidados, todo lo que se vuelve irreemplazable con el paso del tiempo y cuya ausencia, por eso mismo, deja también una especie de cosa intangible y triste en su lugar. La silla que me ha soportado tantos años, el libro, el jarrón, el mar, el mundo mismo son cosas. Un niño y un amado son cosas. Nos guste o no, en la medida en que somos cuerpos y estamos a merced de todos los demás, los seres humanos somos también cosas . No nos importaría ser tratados como cosas valiosas -o al menos como animales de compañía. Pero el problema es que, bajo el capitalismo, somos tratados como mercancías.

Antes la burguesía acumulaba muchas cosas; ahora sólo los pobres conservan algunas pocas con vergüenza y aspiran precisamente a liberarse de ellas. Las cosas han desaparecido. Cuando algo está a punto de convertirse en una cosa, se corre al mercado a cambiarla por otra. Nada se rompe porque todo lo tiramos mientras aún sirve o funciona; nada llega a estar ausente porque no le damos tiempo para estar presente. El mercado capitalista constituye un “hombre nuevo” porque establece un lugar antropológico sin precedentes en el que todo lo existente -todas las criaturas, naturales y artefactas- se pueden reemplazar. De los costes ecológicos de esta ilusión de intercambiabilidad y reemplazabilidad (que se alimenta de recursos finitos y de un planeta diminuto e insustituible) se habla a menudo; lo que no se dice con tanta frecuencia es que, en un mundo sin cosas, en un mundo en el que los humanos no alcanzamos ni siquiera el rango de cosas, en el que nada nunca llega a romperse, todo se puede tratar por igual sin ningún cuidado. ¿Las parras, los ríos, los iraquíes? Son obstáculos para el mercado. ¿Los coches, los televisores, los trabajadores? Vamos, hermano, a comprar uno nuevo.

Todo nuestro universo mental y cultural está ya configurado por esta falta radical de cuidado que acompaña a la ilusión fundamental del mercado: la de que todo tiene solución. La publicidad no anuncia productos concretos sino el evangelio -la buena nueva- de esta curación universal: todo tiene arreglo y si usted tiene arrugas, estreñimiento, la piel seca, poco pelo, nadie le quiere, no le dan trabajo, es sólo culpa suya. Es duro ser pobre cuando uno sabe que con un poco de dinero podría dejar de serlo; es duro ser pobre cuando sabemos que podríamos ser incluso inmortales -y con nosotros toda la familia, que tampoco nos lo perdona- si hubiéramos hecho bien la compra.

Pero esta desaparición de las cosas no rige sólo el universo publicitario; también el cinematográfico. Lo que hay que reprochar al esquema de Hollywood no es que oponga de un modo excesivamente sumario el Bien al Mal. Yo también lo hago: para mí René, Antonio, Fernando, Gerardo y Ramón son los “buenos” y -por ejemplo- Kissinger, Bush y Cheney son los “malos”. Lo que tiene de engañoso, enfermizo y corruptor el esquema de Hollywood es su pretensión -puro reflejo del mercado- de que todos los conflictos tienen solución y todas las pugnas conciliación.

No es así: nos rompemos, nos morimos.

No es así: hay luchas en las que sólo puede haber un vencedor.

Porque nos morimos tenemos que cuidarnos los unos a los otros.

Porque el capitalismo nos trata sin cuidado, es necesaria la revolución.

El Viejo Topo: decrecimiento


Decrecimiento: Un debate abierto. Dossier coordinado por Patrick Eser

El Viejo Topo


Desacreditado ya el concepto de “desarrollo sostenible”, su lugar ha sido ocupado – en el imaginario de buena parte del movimiento ecologista, de los restos del movimiento antiglobalización e incluso en sectores de la izquierda política – por el de “decrecimiento”. Una palabra mágica, un eslogan poderoso, un ariete contra la idea del crecimiento ilimitado todavía vigente en las sociedades occidentales. Un concepto que atrae a los jóvenes que pululan por los movimientos. También un concepto que tiene detractores, que le reprochan no ser más que una artimaña para cambiar algunas cosas sin que en realidad cambie nada, al menos nada sustancial.

Sea como fuere, hay que convenir al menos en que el diagnóstico que se hace desde el decrecimiento — y no sólo desde él — es acertado: el mundo no puede seguir así. No es posible seguir destruyendo el planeta como impunemente lo estamos haciendo: pagaremos un precio muy alto, nosotros y sobre todo las generaciones que nos sigan. Hasta ahí, todos de acuerdo; el problema empieza cuando se trata de proponer cuándo y cómo se decrece, y en qué marco se hace.

Según los decrecentistas el reto estaría en vivir mejor con menos. Pero que formas de vida bastante snob, como el “slow food” — un contraconcepto gastronómico contra el fast-food entre producción regional y ecológica y cocina Gault-Millau — puedan adherirse a este lema muestra muy bien la vaguedad del imaginario del decrecimiento.
Los defensores del decrecimiento argumentan, entre otras muchas cosas, que para evitar las crisis que podrían derivarse del crecimiento negativo y para conseguir que nadie fuera excluido, el proceso de decrecimiento debe combinar simultáneamente una reducción del consumo, una reducción de la producción y el reparto del trabajo (y no sólo de éste). Sus detractores preguntan cómo puede hacerse eso sin salir del sistema y sin que se produzca una debacle económica que arrastre a la mayor parte de la población a la pobreza.

Los defensores del decrecimiento creen que de todas formas, por las buenas o por las malas, llegará un momento que a Occidente no le quedará otro remedio que decrecer. Sus detractores creen que para ese viaje no hacía falta alforja alguna (y aquí nos referimos, obviamente, a los que critican el decrecimiento desde un planteamiento de salida necesaria del capitalismo).

Algunos defensores del decrecimiento creen que este puede implantarse suavemente, flexiblemente, alcanzando un consenso con los poderes fácticos. Pero otros creen que esa es una idea ingenua, y que el capitalismo lleva en su esencia la idea de un necesario desarrollo perpetuo, exigencia imprescindible del modo de acumulación capitalista.

El debate, por tanto, está abierto.

Sólo en este 2009, se han publicado ya en España al menos cuatro libros sobre el tema: de Serge Latouche, Decrecimiento y Posdesarrollo. El pensamiento creativo contra la economía del absurdo (en El Viejo Topo) y Pequeño tratado del de crecimiento sereno (Icaria). De Nicolas Ridoux, Menos es más. Introducción a la filosofía del decrecimiento (Los libros del Lince). De Carlos Taibo, En defensa del decrecimiento: sobre capitalismo, crisis y barbarie (Catarata). Probablemente en los meses próximos aparecerán algunos más. Existen además, distintas redes sociales consagradas a difundir las teorías decrecentistas, redes que se incrustan en los movimientos sociales alternativos y que tienen un gran poder de atracción entre los jóvenes movimentistas.

Para debatir sobre esta idea, novedosa para algunos y algo menos para otros, El Viejo Topo ha reunido a ocho personas: Carlos Taibo, Joaquín Sempere. Miguel Amorós. Anselm Jappe, Miren Etxezarreta, Jorge Reichmann, Jose Iglesias y Giorgio Mosangini. Los ocho abordan la cuestión desde puntos de vista bien diferenciados, cuando no claramente opuestos, demostrando en sus intervenciones que se trata de un debate vivo y, por encima de todo, necesario.

Entrevista a Anselm Jappe



Entrevista a Anselm Jappe en el dossier dedicado al decrecimiento en El Viejo Topo.

¿A qué atribuye usted el “boom” del discurso sobre el decrecimiento?


En realidad, la parte del público que actualmente es sensible al discurso del decrecimiento es aún bastante restringido. Sin embargo, esta parte está creciendo. Ello refleja una toma de conciencia frente a los desarrollos más importantes de los últimos decenios: sobre todo la evidencia que el desarrollo del capitalismo nos arrastra hacia una catástrofe ecológica y que no serán unos nuevos filtros o unos coches menos contaminantes los que resolverán el problema. Hay un recelo difuso incluso respecto a la idea de que un desarrollo económico perpetuo sea deseable y al mismo tiempo una insatisfacción con las críticas al capitalismo que reprochan esencialmente su distribución injusta de la riqueza o solamente sus excesos, como las guerras y las violaciones de los “derechos humanos”. El interés por el concepto de decrecimiento traduce la impresión creciente de que es toda la dirección del viaje emprendido por nuestra sociedad la que es falsa, por lo menos desde hace unos decenios. Y que estamos ante una “crisis de civilización”, de todos sus valores, también en el nivel de la vida cotidiana (culto al consumo, la rapidez, la tecnología etc.).

Hemos entrado en una crisis que es económica, ecológica y energética al mismo tiempo y el discurso sobre el decrecimiento considera todos estos factores en su interacción en vez de querer reactivar el crecimiento con “tecnologías verdes”, como lo hace una parte del ecologismo, o de proponer una gestión diferente de la sociedad industrial, como lo hace una parte de la critica heredera del marxismo.

El decrecimiento gusta también porque propone modelos de comportamiento individual que se pueden empezar a practicar hoy y aquí, pero sin limitarse a ellos, y porque redescubre virtudes esenciales como la convivialidad, la generosidad la sencillez voluntaria y la donación. Pero atrae igualmente por su rostro amable, que hace creer que se puede alcanzar un cambio radical con un consenso generalizado, sin atravesar antagonismos y evitando fuertes enfrentamientos. Se trata de un reformismo que se quiere auténticamente radical.

¿Cómo se sitúa usted en relación con los debates decrecentistas? ¿Le convencen sus análisis y propuestas?

El pensamiento del decrecimiento tiene sin duda el mérito de querer romper con el productivismo y el economicismo que constituyeron durante mucho tiempo el fondo común de la sociedad burguesa y de su crítica marxista.

La crítica profunda del modo de vida capitalista parece estar, en general, más presente en los decrecentistas que, por ejemplo, en los partidarios del neo-obrerismo, que continúan creyendo que el desarrollo de las fuerzas productivas (particularmente en su forma informática) conducirá a la emancipación social. Los decrecentistas intentan descubrir elementos de una sociedad mejor en la vida de hoy — a menudo procedentes de la herencia de sociedades precapitalistas, como la actitud frente a la donación. Pues no corren el riesgo, como otros, de apostar por perseguir la descomposición de todas las formas de vida tradicionales y la barbarie que supuestamente prepare un renacimiento milagroso (como por ejemplo la revista Tiqqun y sus sucesores en Francia). EI problema es que los teóricos del decrecimiento se pierden en vaguedades en lo que concierne a las causas de la dinámica del crecimiento.

En su crítica de la economía política, Marx ya ha mostrado que la sustitución de la fuerza de trabajo humano por el empleo de la tecnología reduce el “valor” representado en la mercancía, lo que empuja al capitalismo a aumentar permanentemente la producción. Son las categorías básicas del capitalismo — el trabajo en abstracto, el valor, la mercancía, el dinero, que no pertenecen en absoluto a todo modo de producción, sino únicamente al capitalismo — las que engendran su ciego dinamismo. Más allá del límite externo, constituido por el agotamiento de los recursos, el sistema capitalista contiene desde su inicio un límite interno: la obligación de reducir — a causa de la competencia — el trabajo vivo que constituye al mismo tiempo la única fuente del valor. Desde hace unos decenios este límite parece haber sido alcanzado y la producción del valor “real” fue ampliamente sustituido por su simulación en la esfera financiera. Además, los límites externo e interno empezaban a aparecer a plena luz en el mismo momento: alrededor de 1970. La obligación de crecer es pues consustancial con el capitalismo. El capitalismo solamente puede existir como huida hacia delante y como crecimiento material perpetuo para compensar la disminución del valor. Así, un decrecimiento verdadero solamente es posible a costa de una ruptura total con la producción de mercancías y del dinero. Pero los “decrecentistas” retroceden generalmente ante esta consecuencia que les puede parecer demasiado “utópica”. Algunos se han adscrito al eslogan: “salir de la economía”. Pero la mayoría permanece en el marco de una “ciencia económica alternativa y parece creer que la tiranía del crecimiento es solamente una especie de malentendido que se podría atacar sistemáticamente a fuerza de coloquios científicos que discuten sobre la mejor manera de calcular el PIB.

Muchos decrecentistas caen en la trampa de la política tradicional y quieren participar en las elecciones o entregan cartas firmadas dirigidas a parlamentarios. A veces incluso es el suyo un discurso un poco “snob’ con el que los ricos burgueses aplacan su sentimiento de culpa recuperando ostensiblemente las verduras desechadas al cierre del mercado. Y si la voluntad de eludir la división entre izquierda y derecha puede parecer inevitable, hay que preguntarse por qué la “Nueva Derecha” ha mostrado interés por el decrecimiento, así como preguntarse por el riesgo de caer en una apología acrítica de sociedades “tradicionales” en el Sur del mundo.

En pocas palabras, diría que el discurso de los decrecentistas me parece más prometedor que muchas otras formas de la crítica social contemporánea, pero aún queda mucho que desarrollar y sobre todo deben perder sus ilusiones sobre la posibilidad de domesticar a la bestia capitalista sólo con buena voluntad.

Ha mencionado unos puntos débiles y otros positivos en la teoría del decrecimiento. Pero, ¿no testimonia el eslogan “salir de la economía” una cierta ignorancia de la dificultad de crear islotes de decrecimiento en el capitalismo? Otras formas de la crítica social contemporánea saben de los procesos contradictorios dentro de las sociedades capitalistas y de la importancia de las luchas sociales, un aspecto que parece subvalorado en el discurso decrecentista. ¿Lo cree así?

Hay una cierta necedad en creer que el decrecimiento podría convertirse en la política oficial de la Comisión Europea o algo parecido. Un “capitalismo decreciente” sería una contradicción en los términos, tan imposible como un “capitalismo ecológico”. Si el decrecimiento no quiere reducirse a acompañar y justificar el ”creciente” empobrecimiento de la sociedad — y este riesgo es real: una retórica de la frugalidad podría dorar la píldora a los nuevos pobres (que pueden llegar a tener que hurgar en el cubo de la basura) y transformar lo que es una imposición en una apariencia de elección – tiene que prepararse para los enfrentamientos y los antagonismos. Pero estos antagonismos no coinciden ya con los tradicionales, constituidos por la “lucha de clases”.

Una superación necesaria del paradigma productivista - y de los modos de vida correspondientes - encontrará resistencia en todos los sectores sociales. Una parte de las “luchas sociales” actuales en todo el mundo, es esencialmente la lucha por el acceso a la riqueza capitalista, sin cuestionar el carácter de esta supuesta riqueza. Un trabajador chino o indio tiene mil razones para reivindicar un mejor salario, pero si lo recibe se comprará probablemente un coche y contribuirá así al “crecimiento” y a sus consecuencias nefastas en los terrenos ecológico y social. Esperemos que las luchas para mejorar la situación de los explotados y de los oprimidos se desarrollen simultáneamente con esfuerzos para superar el modelo social fundado en un consumo individual excesivo. Quizás ciertos movimientos de campesinos en el Sur del mundo van ya en esta dirección, sobre todo si recuperan ciertos elementos de las sociedades tradicionales como la propiedad colectiva de la tierra, o la existencia de formas de reconocimiento del individuo que no están relacionadas con su fortuna en el mercado.

Sacar de la gente lo mejor que tiene



Enric Tello

"Sin embargo, releer y debatir de nuevo propuestas innovadoras de socialismo factible no servirá para nada si alguien pretende llegar a la verdad revelada de algún tipo de Santo Grial programático. Deberían servirnos para dar mayor visibilidad y valor al hormigueo de experiencias alternativas que ya se están llevando a cabo por todo el mundo, a pequeña escala, en la búsqueda de otros mundos posibles más allá del capitalismo. La vieja izquierda debe superar ahí su pedante menosprecio por esas iniciativas moleculares y parciales que intentan abrir espacio a la experimentación de formas de vivir diferentes a las hegemónicas.

Tras muchos años de una provechosa investigación empírica y un gran debate historiográfico para entender la experiencia de la transición del feudalismo al capitalismo, los mejores historiadores marxistas y no marxistas han comprendido que las revoluciones liberales sólo fueron la culminación de un largo movimiento de posiciones de fuerza a través del cual las burguesías europeas fueron forjando, paso a paso, su propia base social y el entramado de saberes, experiencias y culturas que finalmente les permitirían llegar a ser una clase hegemónica. Pero debido a una serie de azares históricos de los siglos XIX y XX que convendría dejar atrás, la izquierda socialista y comunista ligada al movimiento obrero tendió a concebir su propia tarea justamente al revés: todo debía comenzar con la «toma del poder» político.

Estoy bastante seguro que si hay un futuro, y ese futuro es ecosocialista, su memoria histórica situará los orígenes de la transición del capitalismo a formas realmente socialistas de organizar la economía ya en los inicios del siglo XX, o incluso a finales del siglo XIX, con la conquista de los primeros seguros públicos de enfermedad, vejez y paro, la educación o la sanidad públicas y gratuitas, el desarrollo de las inversiones en transportes públicos colectivos, las zonas verdes, playas públicas y parques naturales, o el avance de la higiene pública urbana y el mantenimiento del dominio público hidráulico. Como muy bien ha señalado Peter Temin, tanto sus defensores como sus detractores a eso le llamaron socialismo, mucho antes que se denominara ambiguamente «Estado del Bienestar».

Eran y son piezas parciales de «socialismo en acto» porque otorgan derechos de acceso a las personas en tanto que ciudadanos y ciudadanas, y no como consumidores o consumidoras en función de su poder adquisitivo en el mercado. Más allá de esos servicios sociales básicos y las grandes infraestructuras, la gran tarea ecosocialista pendiente para el siglo XXI consiste en redirigir democráticamente el conjunto del sistema energético y toda la producción de bienes y servicios, incluidos los sistemas de recuperación de objetos y materiales para transformarlos de nuevo en recursos, hacia formas más eco-eficientes, sostenibles y justas, mediante un funcionamiento económico que esté nuevamente arraigado en cada territorio, fortalezca las redes de sostén y cuidado de la vida, y deje de tener al crecimiento del PIB como su único objetivo.

Ese nuevo avance del proceso histórico de democratización sólo será posible si se ha acumulado previamente una masa crítica de poblaciones y experiencias dispuestas a emprender ese cambio tan profundo de dirección. Por eso las iniciativas individuales y la experimentación comunitaria son tan importantes como las políticas públicas que deben estimularlas y ayudar a desarrollarlas. Sin una iniciativa de abajo que anticipe el futuro y desborde los límites de lo que resulta pensable en cada situación, la acción política de mayor alcance se encontrará prisionera de los dogmas e intereses previamente establecidos. Sin unas políticas públicas innovadoras que faciliten su desarrollo, las iniciativas experimentadoras hechas desde abajo chocarán con multitud de barreras que limitarán y retrasarán su avance.

Sólo la combinación de ambas cosas nos permitirá iniciar una transición real más allá del capitalismo. Creo que una importante razón para eso reside en el hecho que para poder transformar las crisis en oportunidades para el cambio es de vital importancia favorecer situaciones donde la gente saque lo mejor de ella misma, y no lo peor. El gran peligro que un colapso incontrolable alimente nuevamente bestias como el fascismo y el nazismo proviene del hecho que situaciones así estimularían a todo el mundo a sacar lo peor de sí mismos. Entenderíamos mejor la importancia clave de esa disyuntiva si las tradiciones de izquierdas no hubieran desatendido tanto la comprensión de los microfundamentos de las macroconductas.

Tal como ha señalado Albert Hirschman, mientras la tradición liberal lleva más de un siglo cómodamente instalada en una yuxtaposición muy discutible entre el análisis macroeconómico y su fundamentación microeconómica, la tradición marxista y las demás corrientes de izquierda tradicional arrastran un persistente déficit en el estudio de sus propios fundamentos microeconómicos y micropolíticos. Lo cual, por cierto, tiene bastante que ver con haber abrazado en el pasado el uso instrumental de la violencia, y no haber explorado después lo suficiente las posibilidades de la noviolencia. Pero de la misma forma que Kalecki fue una especie de “Keynes marxista”, también ha habido alguna que otra excepción de la que se puede partir para entender la función que han de jugar, respectivamente, la experimentación desde abajo y la transformación desde arriba de las políticas públicas.

Una de aquellas raras excepciones fue un joven marxista inglés, que se hacía llamar Cristopher Caudwell, y murió con sólo veintinueve años peleando con las Brigadas Internacionales contra el fascismo en España (encontraréis un interesante esbozo biográfico y político en el capítulo que Edward Thompson le dedicó en su Agenda para una historiografía radical). En sus escritos, fragmentarios e inmaduros, destacan algunas iluminaciones muy potentes como aquella en la que definía la sociedad humana como “el metabolismo socioeconómico y ecológico mediado por el amor”. Caudwell consideraba que el amor, biológicamente arraigado en la sexualidad humana, es el impulso básico que alimenta la curiosidad y la atracción por todo aquello que nos resulta distinto y desconocido. También la búsqueda del conocimiento, o de la innovación técnica y social. Caudwell escribió, por ejemplo, cosas como la siguiente: “lo que menos puedo perdonar al capitalismo es haber eliminado la ternura de las relaciones humanas.” No llegó, sin embargo, a identificar en el miedo y la construcción de una imagen de enemigo el mecanismo básico, también bastante arraigado en la biología de nuestra especie, que nos hace reaccionar agresivamente ante lo desconocido que se percibe como amenazante sacando lo peor de nosotros mismos.

Como dicen Donella Meadows, Jorgen Randers y Dennis Meadows al final de su reciente libro sobre Los límites del crecimiento 30 años después, aunque “en la cultura industrial no nos está permitido hablar de amor salvo en el sentido más romántico y banal de la palabra”, lo cierto es que “la revolución de la sostenibilidad tendrá que ser, sobre todo, una transformación colectiva que permita que se exprese y alimente lo mejor de la naturaleza humana”. También por eso hay que asegurar que el nuevo socialismo ecológico del siglo XXI esté profundamente unido a la cultura de la no violencia y la valoración del cuidado de los demás y las demás que ha desarrollado el feminismo contemporáneo."

Extraído de 'Apuntes sobre la crisis, o las crisis de nuestro tiempo' de Enric Tello.

Libre Pensamiento


La revista Libre Pensamiento nº 61 Primavera de 2009, publica un dossier sobre decrecimiento en el que aparecen los artículos de Carlos Taibo 'Doce preguntas sobre el decrecimiento'; Jaime Pastor 'ecosocialismo y decrecimiento'; Luis González Reyes 'La práctica del decrecimiento; y Antonio Carretero 'Hacia un sindicalismo ecosocial (y libertario) del cual elaboramos un resumen en la entrada anterior.

Podéis descargaros la revista aquí

Sindicalismo y decrecimiento



Resumen del artículo 'Hacia un sindicalismo ecosocial (y libertario) de Antonio Carretero publicado por la Libre Pensamiento nº 61

Aquienes pensamos, vivimos y luchamos por alcanzar mayores cuotas de libertad, igualdad y solidaridad para todos los seres humanos, la actual crisis global que atraviesa la humanidad en el planeta Tierra, nos obliga y nos exige con premura un replanteamiento de posiciones, de acciones y estrategias.

Intentar dar respuestas transformadoras y emancipatorias al actual contexto de crisis desde un sindicalismo que se reclama libertario y revolucionario, pasa necesariamente por tener clara conciencia de las crisis que atenazan el futura de la humanidad. Pero esto significa también asumir como cierta la propia crisis del sindicalismo combativo, tal como se ha entendido y desarrollado hasta ahora.

Contentarse con que la crisis es sistémica, no nos da resortes ni palancas para avanzar, más bien nos coloca en la parálisis de la mera resistencia en lo laboral, y de un apoyo simbólico en lo social. Apenas nos permite ser protagonistas ni actores de casi nada, pues por mucho que queramos comprender la complejidad de las crisis apelando a lo sistémico de sus interrelaciones, no terminamos por redefinir ‘radicalmente’ la relevancia de nuestras posibles acciones y discursos en su carácter propositivo.

Frente a la multiplicidad de las crisis, y contra la crisis multidimensional, cuya dominante es cada vez más claramente socio-ambiental, apelamos a las resistencias, a una táctica meramente defensiva, sin aportaciones al quehacer cotidiano de las luchas y sin proyectar valores añadidos a la generación y al desarrollo de los conflictos.

Asumamos sin complejos lo complejo, pensemos sobre las múltiples contradicciones y tensiones en las que se encuentra la vida en el planeta, digamos que no sabemos lo que nos deparará el futuro ni a las generaciones actuales y mucho menos a las venideras, y ante todo no simplifiquemos la realidad hasta el punto de que, satisfechas nuestras ingenuas mentes, optemos por la deriva simbólica y testimonial o, peor aún, confiemos las soluciones a los profesionales de la manipulación, a las comunidades de la tecnociencia o a los expertos de la dominación.

Lo que parece indudable es que la humanidad contemporánea (y el planeta que habita) está asentada –más allá de la actual crisis financiera- en una cierta crisis social y ambiental. Social por cuanto las relaciones de poder y la desigual distribución de la riqueza y del trabajo (asalariado no remunerado y de cuidados) conforman un escenario de opresión, explotación e injusticia crecientes, con un capitalismo depredador y desbocado y unas institucionales estatales y multiestatales legitimadoras del orden social, cuando no detentadoras de la violencia ‘legítima’ para mantenerlo. Y ambiental por cuanto los flujos de materia y energía necesarios para alimentar el crecimiento económico del capital y contribuir al sostenimiento del poder estatal, se ven sometidos a límites de disipación, entropía y agotamiento aceleradamente insostenibles para biosfera de la Tierra y su equilibrio ecológico.

El sindicalismo de emancipación, que postula un horizonte de transformación social basado en la autonomía y la autogestión de los medios de producción, de fuerte impronta anarquista y con relevantes experiencias históricas, sigue adscrito a una filosofía revolucionaria casi exclusivamente preocupada por cómo construir el poder obrero y popular desde la acción y la democracia directa, pero sin cuestionarse en realidad el qué, el cómo y el para qué se producen bienes y servicios.

El énfasis en que los medios determinen los fines, frente a la visión instrumental capitalista y política de que los primeros se supediten a los segundos, ha dado lugar en cierto modo a asumir como ‘bueno’ lo generado en la economía productiva capitalista, infravalorando una ética –emancipatoria- de los fines, tan fundamental y complementaria a la ética libertaria de los medios.

Este sindicalismo libertario y autónomo, no obstante, es probablemente el único proyecto colectivo organizado capaz de replantearse abiertamente tanto su razón de ser, como sus premisas y sus estrategias de acción, en función de las nuevas realidades críticas globales.

Este replanteamiento del sindicalismo transformador presupone un cambio de perspectiva desde la que pensar la realidad y actuar frente a la misma. Ante todo exige un reaprendizaje de las claves críticas a partir de las cuales articular las respuestas y comprender los conflictos.

No basta ni es suficiente seguir ciñéndose de modo exclusivo al estrecho espacio del empleo. Es necesario ahora más que nunca saltar los muros de las fábricas, oficinas y talleres, pero en ambos sentidos, de fuera a dentro y de dentro a fuera. Y reubicar el empleo y el trabajo asalariado en su contexto social, territorial y cultural y no meramente productivo.

Las trabajadoras y los trabajadores conscientes y militantes tienen mucho que decir a cerca no sólo de sus condiciones laborales, si no también y fundamentalmente sobre sus condiciones sociales, de derechos, de servicios y transportes públicos. Y deben poder hablar, debatir y denunciar en torno a los impactos ambientales, el gasto energético, la higiene y la seguridad, y la huella ecológica de la empresa en la que trabaja. Y en última instancia cuestionar abiertamente el tipo de producto, bien o servicio al que contribuyen con su trabajo, el modo cómo este proceso se lleva a cabo, y la posibilidad de plantear alternativas de reconversión sostenibles y menos lesivas con el medio y con ellos/as mismos/as.

Esta nueva conciencia ecosocial y sus valores asociados es una apuesta por la sostenibilidad de la vida, la visibilización y revalorización de los cuidados desempeñados histórica y mayoritariamente por las mujeres, y la satisfacción plena de las necesidades humanas materiales, relacionales y culturales.

Un esfuerzo añadido del nuevo sindicalismo ecosocial será el de insertar en su seno organizativo los sectores no asalariados, o temporalmente no remunerados, ubicados a veces en la economía informal y a veces en la exclusión, abarcando las múltiplees realidades de las barriadas marginales de las periferias urbanas. Esto exige relocalizar a los sindicatos en su contexto territorial específico, siendo protagonistas críticos y activos frente a las políticas municipales, y territoriales relativas a seravicios sociales, urbanismo, tráfico, promoviendo un movimiento vecinal o territorial de cariz así mismo ecosocial.

El sindicalismo también ha de hacerse eco de cuantas iniciativas igualitarias y autogestionarias surjan en el ámbito de las redes de economía social y solidaria, agroecológicas, de consumo local sin intermediarios, de comercio justo, de centros sociales autogestionados, etc. Las redes sociales de apoyo mutuo de afectados/as por desahucios, desocupados/as, inmigrantes, etc. Han de ser vistos como oportunidades de implementar procesos de solidaridad efectiva y de autoorganización.

Los valores del sindicalismo ecosocial pueden resumirse en tres ejes de acción.

1. La austeridad como modo de vida
2. La sostenibilidad como camino
3. El decrecimiento como meta

Sin olvidar en ningún caso lo que realmente define un movimiento de transformación social: el trastocamiento de las relaciones de poder, del autoritarismo dominante, de las jerarquías reproducidas en el ordenamiento social. La extensión de la igualdad para todas y todos y la expansión de la libertad para la autorrealización humano.

La urbe totalitaria


Miguel Amorós

Los dirigentes democráticos han conseguido por medios técnicos lo que los regímenes totalitarios lograron por medios políticos y policiales: la masificación por el aislamiento total, la movilidad incesante y el control absoluto. La urbe contemporánea es suavemente totalitaria porque es la realización de la utopía nazi-estalinista sin gulags ni ruido de cristales rotos.

“Nos debemos persuadir de que está en la naturaleza de lo verdadero salir cuando su tiempo llega, y manifestarse sólo cuando llega; así, no se manifiesta demasiado pronto ni encuentra un público inmaduro que le reciba.” (Hegel, La Fenomenología del Espíritu).

Durante los años noventa se dieron plenamente una serie de cambios sociales lentamente gestados en periodos anteriores, cambios que pusieron de relieve el advenimiento de una nueva época bastante más inquietante que la precedente. El paso de una economía basada en la producción a otra asentada en los servicios, el imperio de las finanzas sobre los Estados, la desregularización de los mercados (incluido el del trabajo), la invasión de las nuevas tecnologías con la subsiguiente artificialización del entorno vital, el auge de los medios de comunicación unilateral, la mercantilización y privatización completas del vivir, el ascenso de formas de control social totalitarias... son realidades acontecidas bajo la presión de necesidades nuevas, las que impone el mundo donde reinan condiciones económicas globalizadoras.

Dichas condiciones pueden reducirse a tres: la eficacia técnica, la movilidad acelerada y el perpetuo presente. Lo sorprendente del nuevo orden creado no es la rapidez de los cambios y la destrucción de todo lo que se resiste, incluidos modos de sentir, de pensar o de actuar, sino la ausencia de oposición significativa. Diríase que son los cambios constantes quienes han borrado la memoria a la población obrera e invalidado la experiencia, las referencias, el criterio y las demás bases de la objetividad y verdad, impidiendo que los trabajadores sacasen las conclusiones implícitas en sus derrotas.

Además los cambios han pulverizado a la misma clase obrera, disolviendo cualquier relación y convirtiéndola en masa anómica. Lo cierto es que la adaptación a las exigencias de la globalización requiere acabar con los mismísimos fundamentos de la conciencia histórica, con el propio pensamiento de clase. Para que las masas sean ejecutoras involuntarias de las leyes del mercado mundial han de estar atomizadas, en continuo movimiento y sumergidas en un inacabable presente repleto de novedades dispuestas ad hoc para ser consumidas en el acto.

Tantos cambios tenían que afectar a las ciudades, que, gracias a una pérdida imparable de identidad, llevan camino de convertirse en una versión de una misma y única urbe, o mejor, en partes de una sola megalópolis tentacular, un nodo de la red financiera mundial. Según el dinamismo que presente, aquél puede ser reorganizado funcionalmente (como en Cataluña), vaciado (como en Aragón), o colmatado (como en el País Vasco).

En el espacio se juega el mayor envite del poder, y el nuevo urbanismo, forjado bajo el dominio de necesidades que ya son universales, es la técnica idónea para instrumentalizar el espacio, acabando así tanto con los conflictos presentes como con la memoria de los combates antiguos. Se está creando un nuevo modo de vida uniforme, dependiente de artilugios, vigilado, frenético, dentro de un clima existencial amorfo, que los dirigentes dicen que es el del futuro. La nueva economía obliga a nuevas costumbres, a nuevas maneras de habitar y vivir, incompatibles con la existencia de ciudades como las de antes y con habitantes como los de antes. Esa nueva concepción de la vida basada en el consumo, el movimiento y la soledad, es decir, en la ausencia total de relaciones humanas, exige una artificialización higiénica del espacio a realizar mediante una reestructuración sobre parámetros técnicos. Lo técnico va siempre por delante del ideal, a no ser que sea el ideal.

Los dirigentes de cualquier ciudad hablan todos esa lengua de la innovación tecnoeconómica que no cesa: “una ciudad no puede parar”, tiene que “reinventarse”, “renovarse”, “refundarse”, “rejuvenecerse”, etc., para lo que habrá de “subirse al tren de la modernidad”, “impulsar el papel de las nuevas tecnologías”, “desarrollar parques empresariales”, “mejorar la oferta cultural y lúdica”, “construir nuevos hoteles”, tener una parada del AVE, levantar “nuevos edificios emblemáticos”, imponer una movilidad “sostenible” y demás cantinela. Los PGOU recalificaron terrenos industriales y dieron carta blanca a la construcción de colmenas en altura. Después las modificaciones y los planes parciales han favorecido operaciones especulativas como los proyectos Forum 2004, Copa América, la Expo 2008, el IV Centenario del Quijote o las Olimpiadas 2012. Los pelotazos inmobiliarios que “mueven” la economía y financian los planes desarrollistas significan una transferencia enorme de dinero público hacia las constructoras. Por eso la adjudicación discrecional de obras públicas es un arma política, pues también sirve para financiar a los partidos y enriquecer a sus dirigentes e intermediarios (el 10% de los costes consiste en sobornos).

Los proyectos especulativos “privados” son al menos tanto o más importantes. El 80% de los ingresos de los ayuntamientos están relacionados con el mercado inmobiliario, el principal mercado de capitales del país. Así, pese a que la población envejece y disminuye, el último año se construyeron y vendieron 650.000 nuevas casas, operaciones muchas de ellas relacionadas con el blanqueo de dinero. El espectáculo de la urbanización a todo gas va siempre acompañado de la especulación y la corrupción sin trabas.


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Obsolescencia programada


Atravesando las superficies inmaculadas de los supermercados, la atmósfera en flujo de los centros comerciales, la larga noche eléctrica de los 7 eleven, miles y cientos de miles vamos revisando las fechas de caducidad de los botes de yogurt, gelatinas, jugos, frascos de mermelada y paquetes de galletas, latas de leche condensada, duraznos en almíbar o sardinas, empaques de embutidos, en las tapas de las salsas, las cajas de cereal y en los cucuruchos plásticos de aceitunas. La lógica de circulación de los supermercados fue establecida como un tránsito errático, inconexo mas continuo, sin paradas estacionales.

Pero desde que los productos microbológicamente perecederos deben llevar inscrita su fecha de caducidad, es necesario hacer una serie de paradas intermitentes para descifrar esas inscripciones. Intervalos que no merman la vitalidad ciega de los consumidores ni rompen el trance mediático de sus desplazamientos. Quizá porque nunca se encontrará en los estantes un solo producto que haya caducado; no nos percatamos de los movimientos del ejército que hace posible la circulación de la obsolescencia. ¿Adónde van todos esos productos caídos, todos esos envases y empaques absorbidos por una espiral que los desfonda desde un mecanismo de activación interno?Esa espiral conduce y entrevera espacios cada vez más amplios de la planeación económica, del comportamiento de los mercados, de la disposición simbionte de los circuitos de comercialización y los medios de comunicación, de la organización del saber, de las tecnologías blandas de modulación subjetiva.

La obsolescencia programada es ya el motor de los mercados: la caducidad de un aparato o de un formato está prevista e incorporada desde su concepción. Entre los gramófonos y la aparición de las consolas y las grabadoras de casetes hubo un tiempo largo. Entre las grabadoras y los modulares el tiempo se acortó. La aparición de nuevas líneas de aparatos, de procesos y de formatos, va compactando el tiempo hasta convertirlo en factor de obsolescencia: reproductores de discos compactos, micro componentes, radiocasete portátil, MP3, ipod o modelos sin número de teléfonos celulares móviles surgen como por generación espontánea; brotan nuevas líneas, se empalman, en un flujo de recomposición ilimitada.

El sentido de generación tecnológica se ha difuminado lo mismo que el sentido de la sucesión por progresión lineal: hay una sustitución simultánea, lateral, de productos y procesos. Sustitución inconexa; sustitución sin sucesión. Sustitución como la electrónica, de costado, por variación y no narrativa o cronológica. Por ello, el flujo de recomposición ilimitada no puede asimilarse a la lógica del progreso tal como fue proyectada en la modernidad. En vez de la tríada infinito, limitado, discontinuo, propia de la modernidad, nos movemos en un flujo Sin Fisuras: finito-contiguo-continuo-ilimitado. La lógica del progreso se ha vuelto irrelevante, como una cámara súper 8 o un disco de vinil. El factor de obsolescencia programada toma el relevo del progreso.

Ruido blanco, vacío reciclado, despliegue geométrico del poder: en las escalas de distancia, la obsolescencia programada brilla como una roca helada en el curso de su inmersión.

Días de obsolescencia: La duración perdida. Salvador Gallego Cabrera

Entrevista a Serge Latouche


IPS: ¿Qué características tiene una sociedad del decrecimiento? ¿Existen prácticas actualmente compatibles con su propuesta?

Serge Latouche: Decrecimiento no significa crecimiento negativo. Crecimiento negativo es una expresión contradictoria que sólo revela el domino que la idea de crecimiento ejerce en el imaginario colectivo.

Por otro lado, el decrecimiento no es una alternativa al crecimiento, sino una matriz de alternativas que permitirán reabrir el espacio a la creatividad humana, una vez eliminado el yeso del totalitarismo económico.

La sociedad del decrecimiento no será la misma en Texas, que en (el sureño estado mexicano de) Chiapas ni en Senegal ni en Portugal. El decrecimiento volverá a lanzar la aventura humana hacia una pluralidad de destinos posibles.

Se pueden encontrar los principios del decrecimiento en propuestas teóricas e iniciativas desarrolladas en el Norte y en el Sur.

Por ejemplo, el intento de los neo-zapatistas de Chiapas de crear una región autónoma. También hay experiencias en América del Sur, con indígenas, entre otras, como lo que ocurrió en Ecuador, donde se incorporó a la Constitución el objetivo del Sumak Kausay (buen vivir).

En el Norte también empiezan a propagarse iniciativas que promueven el decrecimiento y la solidaridad.

Las AMAP (Asociaciones para el Mantenimiento de una Agricultura Campesina, en francés, entre grupos de consumidores y granjas locales a fin de abastecerse) son ejemplos de autoproducción como el PADES (Programa de Autoproducción y Desarrollo Social, que implica asumir todas las actividades de producción de bienes y servicios, para sí y para la comunidad, sin contrapartida monetaria).

El movimiento de Ciudades en Transición comenzó en Irlanda y su propagación al resto del mundo puede ser una forma de producción desde abajo, que se asemeja mucho a la sociedad del decrecimiento. Las localidades tratan, primero, de lograr la autosuficiencia energética dado el agotamiento de recursos y, en general, promueven la búsqueda de la resiliencia, (la capacidad de adaptarse a los cambios del ambiente).

IPS: ¿Cuál sería el papel de los mercados en una sociedad de decrecimiento?

SL: El sistema capitalista es una economía de mercado, pero éstos no son instituciones exclusivas del capitalismo. Es importante hacer la distinción entre el Mercado y los mercados.

Éstos últimos no obedecen a una ley de competencia perfecta y eso es para mejor. Siempre incorporan elementos de la cultura del don, que la sociedad del decrecimiento trata de redescubrir. Implica vivir en comunidad con otros, desarrollar relaciones humanas entre compradores y vendedores.

IPS: ¿Qué estrategias puede desarrollar el Sur para eliminar la pobreza, sin hacer lo que hizo el Norte de dañar el ambiente y empobrecer al Sur?

SL: En los países africanos no es necesario ni deseable reducir la impronta ecológica ni el producto interno bruto. Pero no por eso hay que concluir que se debe construir una sociedad del crecimiento.

Primero es claro que el decrecimiento en el Norte es una condición necesaria para poder abrir alternativas en el Sur.

Mientras Etiopía y Somalia se vean obligadas a exportar alimento para nuestros animales domésticos en plena escasez y mientras engordemos nuestro ganado con soja cultivada gracias a la destrucción de la selva amazónica, vamos a estar asfixiando todo intento de autonomía real del Sur.

Animarse al decrecimiento en el Sur significa iniciar un círculo virtuoso que implica romper la dependencia económica y cultural con el Norte, reconectar una línea histórica interrumpida por la colonización, reintroducir productos específicos que fueron abandonados y olvidados, así como valores “anti-económicos” relacionados con el pasado de esos países, y recuperar técnicas y conocimientos tradicionales.

Esas iniciativas deben combinarse con otros principios, válidos en todo el mundo, como reconceptualizar lo que entendemos por pobreza, escasez y desarrollo. Por ejemplo, reestructurar la sociedad y la economía, restablecer prácticas no industriales, en especial agrícolas, y redistribuir, relocalizar, reutilizar y reciclar.

IPS: La sociedad del decrecimiento implica un cambio radical en la consciencia humana. ¿Cómo se lograr eso? ¿Puede ocurrir en cualquier momento?

SL: Es difícil romper con la adicción al crecimiento, en especial porque es lo que interesa a las corporaciones multinacionales y los poderes políticos que las sirven, para mantenernos esclavizados.

Las experiencias alternativas y los grupos disidentes, como cooperativas, sindicatos, asociaciones para preservar la agricultura campesina, algunas organizaciones no gubernamentales, sistemas de permuta local, redes de intercambio de conocimiento, son laboratorios pedagógicos para la creación del “nuevo ser humano” que requiere la sociedad.

Son universidades populares que promueven la resistencia y contribuyen a descolonizar el imaginario.

Seguro, no tenemos mucho tiempo, pero el curso de los acontecimientos puede contribuir a acelerar la transformación. La crisis ecológica, junto con la económica y financiera, puede servir de choque saludable.

IPS: ¿Los actores políticos convencionales pueden desempeñar algún papel en la transformación?

SL: Todos los gobiernos son, lo quieran o no, funcionarios del capitalismo. En el mejor de los casos, pueden, como mucho, disminuir o suavizar procesos sobre los cuales ya no tienen ningún control.

Para nosotros es más importante el proceso de auto-transformación de la sociedad y de los ciudadanos que la política electoral. Aunque los últimos logros relativos obtenidos en ese terreno por ecologistas franceses y belgas, quienes adoptaron algunos puntos de la agenda del decrecimiento, parecen un signo positivo.

¿Y si la felicidad era otra cosa?


Por Sergio Sinay - La Nación

Son tiempos de crisis mundial, de modelos de vida frenéticos, de escasos espacios para el placer. "Debemos vivir de forma más simple para que, simplemente, los demás puedan vivir", decía Gandhi. Algunos hacen la prueba...

Creemos que las nubes reciben un trato injusto y que la vida sería infinitamente más pobre sin ellas." Así comienza el Manifiesto de la Sociedad de Observación de Nubes (Cloud Appreciation Society), una institución creada en 2004 por el diseñador y escritor inglés Gavin Pretor-Pinney (Londres, 1968). La asociación ya tiene más de 11.000 adherentes en todo el mundo (su sitio web es www.cloudappreciationsociety.org ) y su manifiesto declara también lo siguiente: "Creemos que las nubes son para soñadores y que su contemplación beneficia el alma. De hecho, los que piensen en las formas que ven en ellas se ahorrarán la factura del psicoanalista". Y tras la enumeración de otros puntos concluye con esta propuesta: "Alza la vista, maravíllate ante su efímera belleza y vive la vida con la cabeza en las nubes".

Se podría pensar que semejante invitación es ilusoria, ajena a las exigencias de la realidad, nada pragmática e impracticable. Puede ser. Mientras tanto, la Guía del observador de nubes, libro que escribió Pretor-Pinney y publicación oficial de la Sociedad, lleva vendidos casi 200.000 ejemplares (hay edición en castellano). Y no todo queda en la lectura. Se reproducen los observadores dispuestos a vivir con la cabeza en las nubes. Se trata, dicen quienes la experimentan, de una práctica inspiradora, que permite acceder a uno de los tantos maravillosos obsequios que nos brinda la naturaleza, que limpia la mente y el alma y que, por fin, es gratis.


Tiempos complicados


El presente no es el tiempo del cólera que quería Gabriel García Márquez para su novela. Es el tiempo de la gripe A, del dengue, de las candidaturas testimoniales, de la inflación real y las estadísticas irreales, del piquete constituido casi en profesión y en obstáculo cotidiano, de violencia en las calles, en las rutas, en las tribunas, en los atriles, de consumo desbocado de ansiolíticos, de inseguridades varias y crecientes (desde la física hasta la laboral), de apelación masiva a variadas terapias. Es el tiempo de la mayor crisis económica mundial y de la sonora ruptura de una burbuja, aquella en la que estaba envuelta la ilusión de una vida a todo consumo, rodeada de seguridades, acolchada en la creencia de que el progreso económico y el desarrollo tecnológico, unidos, casi podrían hacernos inmortales.

En semejante tiempo, ¿qué significa observar nubes? Si, además de ser una práctica concreta y al parecer fascinante, se la considera como una metáfora, acaso la invitación a observar las curiosas formas de cumulonimbos, estratos, nimbostratos, cirros, cirrostratos y demás sea una convocatoria a una nueva forma de vida, más simple, pero no menos significativa. Músicos, escritores, pintores, escultores, dramaturgos, actores pueden dar fe de cuánto arte hay en la simplicidad. Y esta experiencia es también la de quien, como espectador u oyente, recibe esa simplicidad y se siente enriquecido y transformado por ella.

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, que consagró categorías tales como amor líquido, vida líquida o posmodernidad líquida para describir la fugacidad, la inconsistencia en los compromisos y el relativismo en los vínculos que caracterizan esta etapa de la historia, aporta ahora, en El arte de la vida, la visión de la existencia como una obra de arte de la cual cada individuo es auctor (autor y actor). La hechura de esa obra comprenderá siempre la confrontación entre las condiciones externas y las potencialidades internas. El condicionamiento es a veces previsible y a veces no: incluye el imponderable, aquello que está fuera de toda previsión y control. Con eso se vive; contra eso no hay vacuna. Las promesas tecnológicas o científicas en sentido contrario generan luego estupor, estrés, desencanto, frustración y crisis. Al respecto, John Gray, un pensador original, fundamentado profesor de pensamiento europeo de la London School of Economics y autor de Contra el progreso y otras ilusiones, sostiene que "creer que se debe creer en el progreso porque de lo contrario ocurrirán desastres es creer en la creencia. Pero no habrá modelo económico ni desarrollo tecnológico que nos salve de la muerte".

Entonces, ¿cómo vivir? El actual ministro de Educación de España y rector de la Universidad Autónoma de Madrid, el filósofo y catedrático de metafísica Angel Gabilondo, propuso algunas ideas en una conferencia que tituló Artesanos de la belleza de la propia vida. Una vida bella, según Gabilondo, pasa por el camino de la sencillez. "La sencillez es un resultado; la simpleza, un estado primario. Hay que saber mucho para ser sencillo." Y continúa: "A la sencillez no se llega solo, porque uno solo se ensimisma, se enquista, se cree autosuficiente. Necesitamos de la presencia de los otros, de su irrupción, porque eso nos ayuda a vivir".

Diógenes (414-323 a.C.), filósofo griego que fundó la escuela cínica, que predicaba la ausencia de necesidades, solía vivir de la mendicidad, aunque no la veía como tal. "Simplemente, decía, pido que me devuelvan." Y cuando quienes lo observaban extendiendo su mano incluso ante las estatuas le advertían que de ellas no obtendría nada, él respondía: "Estoy practicando para no recibir". Sin duda, representaba un caso extremo de ausencia de necesidades, aunque un buen disparador para buscar respuesta a esta pregunta: ¿es lo mismo un deseo que una necesidad?

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Decrecimiento sostenible frente a decrecimiento traumático



Ponencia de Manoel Santos (Altermundo) en las XI Jornadas de las Juventud Independentista (Santiago de Compostela, Facultade de Xeografía e Historia, 2009). Tema: Crisis, alternativas y resistencia. Traducido del gallego para rebelion.org

En los últimos años, pero especialmente después de agosto de 2007, cuando la llamada crisis económica y financiera explotaba en los Estados Unidos, venimos oyendo hablar de boca de reputados economistas, filósofos y activistas próximos a los movimientos sociales antisistémicos del decrecimiento (referido a la producción y al consumo de las sociedades capitalistas) como única alternativa posible a la crisis del sistema neoliberal. No es una idea banal, ni despreciable en absoluto.

Antes de comenzar, habría que indicar en primer lugar que quienes participamos de la lucha de los movimientos sociales antisistémicos no buscamos alternativas a la crisis del sistema neoliberal. Buscamos alternativas al sistema neoliberal, esto es, que no nos valen las soluciones que proponen los poderosos, pues sólo tratan de “volver a la senda del crecimiento” y recuperar el estado financiero mundial previo a la crisis, como bien demuestran las inyecciones multimillonarias que el G20 acaba de decidir para el FMI, uno de los principales causantes de este desorden mundial que sólo habla de crisis financiera, pero que sobre todo está configurada por una crisis ambiental, una crisis alimentaria y una crisis humanitaria en todos los aspectos. Como bien dice el filósofo José María Ripalda: “Nos presentan una crisis ‘en el’ capitalismo, no una crisis ‘del’ capitalismo; como mucho se habla de algunas reformas legales que nadie cree que vayan ser profundas”.

Por lo tanto, la lucha es por cambiar el sistema, no por recuperarlo, y el decrecimiento un camino necesario que implica no sólo un poco más de conciencia ecológica o humanitaria, sino “un cambio radical en la manera de producir, de consumir y de vivir, una nueva manera de organizarnos social y económicamente” (Paco Fdez. Buey)

En segundo lugar, es muy importante destacar que debemos desterrar la idea de que el culpable de la situación mundial –en la que un 20% de la población explota el 85% de los recursos y en el que más de dos millones de personas mueren de hambre diariamente– es sólo la expresión neoliberal del capitalismo. Cierto es que la imposición mundial del capitalismo bajo su disfraz más bárbaro desde hace aproximadamente dos décadas, de lo que se da en llamar globalización neoliberal, no fue capaz, como afirman sus defensores –decían que el mercado por sí mismo regularía toda disfunción social– de solucionar las necesidades más básicas de la humanidad. Esa doctrina fundamentalmente económica –basada en el crecimiento–, pero también política, ideológica y social, por la que el capital dinero tiene más importancia que la el “capital humano”, generó más desigualdad social, más destrucción ambiental, más desprecio por los derechos humanos, por la diversidad cultural y por la soberanía de los pueblos, más inseguridad en todos los campos, del local al global, y un boquete insalvable entre el centro y la periferia del sistema.

Sin embargo, no es menos cierto que el enemigo no es sólo el neoliberalismo. Es el capitalismo en sí. El neoliberalismo no es más con un capitalismo gordo y seboso, muy pesado y poderoso, pero también con evidentes riesgos cardiovasculares, que por fuerza deben llevar al infarto. Nosotros intentamos inducir ese infarto y a ser posible sin que haya cerca ningún experto en reanimación cardiopulmonar. Como dice François Houtart: “La distinción entre un capitalismo salvaje y un capitalismo civilizado no existe, porque el capitalismo es civilizado cuando debe y salvaje cuando puede”.

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¿Propiedad privada o Derecho de uso?


Javier Arias - Alterglobalización's weblog

Los seres humanos vivimos en deuda permanente con la naturaleza que nos proporciona aire, agua, comida y materiales, y con la sociedad que nos regala el lenguaje, el conocimiento y la tecnología. Todo capital sea tangible ointelectual es una obra colectiva. Nunca nadie, por mucho que trabaje, conseguirá liquidar esta deuda.

No obstante aspiramos a devolver al menos una parte de ella en forma de servicios a la comunidad, de nuevos conocimientos, de construcciones que podrán servir a otros o simplemente en "tareas de mantenimiento". El acumulador capitalista no respeta este pacto, apropiándose de bienes que no le pertenecen, estrangulando el reparto o privando a otros de su disfrute. Bajo este punto de vista cuanto más acumula mayor será su delito ya que edifica su patrimonio sobre la base de no restituir las deudas
contraídas.

El concepto de propiedad encerraría una apuesta ideológica tramposa en su interior ya que olvida, de forma consciente y premeditada, que sólo la madre Tierra (que corresponde a Dios para los creyentes) y la mente colectiva formada por todas las mujeres y hombres que han vivido, viven y vivirán son los auténticos propietarios de cuanto poseemos. Desde esta cosmovisión deberíamos hablar de "derecho de uso" y no de "derecho de propiedad" ya que este concepto carece de sentido.

El futuro de la humanidad pasaría por adoptar nuevos puntos de vista sobre la propiedad, privilegiando un enfoque muy fluido, igualitario, garantista y antiacaparador del derecho de uso en detrimento de una obsoleta idea de propiedad privada, raíz de una buena parte de nuestros males.

Construyendo redes, creando alternativas


Jaume Grau López, Ecologistes en Acció de Catalunya. El Ecologista nº 59.


Este 2008 que está acabando ha visto la eclosión de un nuevo movimiento, el decrecimiento. Sus ideas se han venido fraguando durante las últimas décadas, aunque hasta ahora no había empezado a unir fuerzas en nuestro país. En julio de este año tuvo lugar una reunión en Cal Cases, Barcelona, que ha sido la más relevante de este movimiento en el Estado español.

El decrecimiento es un movimiento de movimientos. Es el punto de encuentro de movimientos tan diversos y heterogéneos como las plataformas contra la degradación del territorio, las cooperativas de consumo agroecológico, las iniciativas para la autogestión de la vivienda o la okupación, contra los trasvases, por los medios de comunicación alternativos o el ecologista.

Del 4 al 6 de julio se celebró en Cal Cases (comarca del Bages, Barcelona) el Primer Encuentro de Movimientos por el Decrecimiento en Catalunya, organizado por el Colectivo Nómada Tempsdere-voltes (Tiempo de revueltas) [1] . Allí nos encontramos más de 300 personas procedentes de Catalunya, País Valencià y Baleares, de decenas de movimientos y grupos diferentes, de todas las edades y orígenes. Un encuentro estructurado en torno a 13 áreas de trabajo que recogen los temas actuales del decrecimiento en Catalunya: agua; autogestión de la vivienda; autonomía alimentaria; conocimientos y educación libre; economía contrahegemónica; energía y transporte; estrategias de decrecimiento a nivel local; estrategias frente al poder político; medios de comunicación; modelo y defensa del territorio; relación campo-ciudad; relaciones sociales y vida comunitaria; y organización.

Cada ámbito de trabajo pudo desarrollar durante dos días el análisis de la situación y plantear propuestas de acción futuras para avanzar hacia el decrecimiento desde cada uno de los aspectos parciales. A partir de la experiencia individual y de los colectivos participantes, se encontró el máximo común denominador y se plantearon propuestas de trabajo para seguir sumando. Porque se trata de tejer redes. Redes afines, redes complementarias. Redes, al fin y al cabo, que señalan en la misma dirección desde puntos muy distantes.

Sumando desde la diversidad para denunciar las injusticias

Si el concepto de decrecimiento tiene una virtud, es justamente su acierto en señalar el origen común de todos los problemas que estamos sufriendo las sociedades humanas y el conjunto del planeta. El actual estado de desarrollo del capitalismo neoliberal ha llevado al planeta a una suma de múltiples crisis: crisis energética, económica, humanitaria, ecológica, social. Crisis global, al fin y al cabo.

Es cierto, en otros momentos históricos también se ha señalado la crisis del sistema y la necesidad de su desaparición. Pero la realidad es que el sistema ha resistido hasta ahora, huyendo siempre hacia delante de sus locas premisas autodestructivas. Y también es cierto que las críticas globales hechas por los movimientos sociales y políticos emancipatorios partían de otros dogmatismos y estaban estigmatizadas por su sumisión a las ansias de poder y dominación de unos pocos.

Decrecimiento no es, por tanto, una ideología. Es una conciencia de los límites físicos y éticos del impacto de la actividad humana sobre el planeta y sobre los otros seres vivos (especialmente el resto de personas) que lo habitamos. Es una llamada a la coherencia, a la responsabilidad, a la conciencia de estos límites para dar un paso más allá: el paso de actuar en primera persona del singular, para luego ampliarlo a la primera persona del plural. No se trata de construir un modelo ideal de sociedad, una nueva utopía situada en un horizonte inalcanzable que reclama adhesión ciega, casi fe religiosa. No. Se trata de hilar una serie larga, compleja, complementaria de acciones, de gestos que conforman un modo de vivir diferente y que, sumados por miles, por millones, crearán una sociedad justa, sana, culta, diversa y equilibrada con su entorno.

Como de lo que se trata es, pues, de moverse, la conclusión del encuentro de Cal Cases fue precisamente ése: seguir con el movimiento; seguir practicando el decrecimiento en todas sus formas y predicar con el ejemplo. Para ello se han puesto en marcha listas de correo en las que los participantes pueden seguir en contacto e intercambiar experiencias. Los grupos de trabajo más activos están creando pequeñas guías o manuales para facilitar el trabajo. Así, existe una Guía para poner en marcha el decrecimiento a escala local, un Manual de autogestión de la vida cotidiana, un directorio de producción y consumo ecológicos, una lista de brigadistas voluntarios para apoyar acciones locales o el proyecto más ambicioso: un Banco de Recursos - Espacio Público Autónomo. En él se volcarán todo tipo de recursos, documentos, ejemplos, propuestas, estrategias de acción, escritos legales, etc. Y servirá de base de apoyo al trabajo de todos los colectivos.

En medio del caos, la semilla del cambio

La acción llevada a cabo hasta la fecha que ha generado mayor impacto mediático fue, sin duda, la del 17 de septiembre [2] . Esta fecha, la red de movimientos demostró su coordinación, al lograr distribuir en un solo día 200.000 ejemplares de la publicación Crisi en toda Catalunya por parte de cientos de grupos locales. Ha sido la primera vez que un movimiento social se coordina y actúa en toda Catalunya con un mensaje único.

La mayor parte de los medios de comunicación no tuvieron otro remedio que hacerse eco de la acción, aunque como era de esperar, no dieron gran importancia al fondo del mensaje sino que se quedaron en el comentario simplista sobre la acción de Enric Duran, el activista por el decrecimiento que expropió 492.000 € a los bancos y cajas para denunciar el sistema financiero. “Cuando alguien señala a la luna, los estúpidos miran el dedo”. Así hicieron los medios de comunicación aunque, por suerte, no pudieron ocultar el mensaje subyacente que se divulgó a través de esas revistas y la página web. La semilla está sembrada.

Cuando vemos los acontecimientos mundiales, las múltiples crisis de todo tipo que se repiten por el planeta, no podemos sino reafirmarnos en la crítica al sistema. La actual tendencia de los gobiernos occidentales de inyectar cantidades astronómicas de recursos públicos para salvar a los bancos y fondos de inversión gracias a los cuales unos pocos se han enriquecido, es una decisión suicida. Las consecuencias no son difíciles de prever: la falta de liquidez de los gobiernos precipitará nuevos recortes en servicios sociales básicos y una mayor debilidad de los Estados, cosa que los expondrá aun más a los antojos del mercado y de los grupos de poder. Las tímidas medidas iniciadas para mitigar los efectos del cambio climático serán las primeras víctimas de la falta de recursos públicos. La mayoría pagaremos por la irresponsabilidad y el egoísmo con que unos pocos, con la cobertura de los gobiernos de la mayoría de países, han acaparado la mayor parte de riquezas de la Tierra.

Construyendo alternativas

Por ello, cada día que pase será más evidente la necesidad de un cambio drástico en la forma de vivir, producir y consumir no sólo aquí sino en todas partes. Disponemos de muchas herramientas de análisis (huella ecológica, deuda externa, deuda ecológica, pico del petróleo, etc.) y todavía más evidencias.

Hay que empezar a construir las alternativas desde ya mismo. Hay que crear los espacios y las herramientas para irse saliendo de este sistema, que es un barco que se hunde. Pero las alternativas tienen múltiples caras y no hay una receta única. En la pluralidad está la garantía de éxito. Ahí van sólo algunos ejemplos reales y realistas de cómo irse saliendo, tanto a nivel individual como colectivo:

<>Boicot a los bancos y al sistema financiero.

<> Boicot a los supermercados, promoción de cooperativas de consumo y de producción ecológica y local, por la autonomía alimentaria y contra los transgénicos.

<> Reducción de la movilidad innecesaria y apuesta por sistemas no motorizados.

<> Autogestión de la vivienda (autoconstrucción, socialización de vivienda abandonada, etc.).

<> Reducción del consumo de agua y de bienes de consumo superfluos.

<> Creación y apoyo a medios de comunicación sociales y autogestionados.

<> Implicación personal, apoyo a la creación de redes sociales, revalorización del contacto humano de proximidad.

<> Refuerzo a la educación integral de las personas por una ciudadanía crítica y consciente.

<> Revalorización de la vida rural, apoyo al mantenimiento de la vida en los pueblos.

<> Creación y apoyo a los movimientos por un territorio vivo y contra su degradación.

<> Revalorización de los oficios tradicionales, en especial aquellos que alargan el ciclo de vida de los objetos.

<> Creación de redes de contrapoder que puedan cuestionar y deslegitimar el poder político cuando éste es represivo o insensible a las necesidades sociales.

Sin duda hay muchísimos ejemplos más. Los Transition towns ingleses pueden ser un paradigma fenomenal a tener en cuenta. De la acción local a la global. La convocatoria del 15 de noviembre “la crisis, que la paguen ellos” (este artículo se redacta antes de esa fecha) es una nueva oportunidad para demostrar que la gente no se queda de brazos cruzados ante la situación. No queremos ninguna refundación del capitalismo. Y lo vamos a demostrar.

El encuentro de Cal Cases fue un germen ilusionante que ahora tod@s debemos abonar y regar para que germine con fuerza. Tenemos por delante un trabajo largo y arduo, pero sin duda necesario.

El decrecimiento ya no parece una locura



Eric Dupin

Traducción: Lucía Vera

La crisis ecológica impuso poco a poco la necesidad de definir el progreso humano de un modo distinto al que imponen el productivismo y la confianza ciega en el avance de las ciencias y las técnicas. En Francia, crecen los adeptos al decrecimiento, tanto cerca de los partidos de la derecha antiliberal como entre el gran público.


Había que ver el aire desconcertado de François Fillon, ese 14 de octubre de 2008, en que Yves Cochet defendía la tesis del decrecimiento desde lo alto de la tribuna de la Asamblea Nacional de Francia. Al diagnosticar una “crisis antropológica”, el diputado Verde de París afirmaba, en medio de las exclamaciones de la derecha, que “ahora la búsqueda del crecimiento resulta antieconómica, antisocial y antiecológica”. Su llamado a una “sociedad sobria” no tenía posibilidad alguna de ganar la adhesión del hemiciclo. Sin embargo, la provocadora idea del “decrecimiento” logró dar inicio al debate público.

La recesión también entró en ese debate. Seguramente el decrecimiento “no tiene nada que ver con la inversa aritmética del crecimiento”, como lo señala Cochet (1), el único político francés de envergadura que defiende esta idea. De todas maneras, el cuestionamiento del crecimiento aparece como una consecuencia lógica de la doble crisis económica y ecológica que sacude al planeta. Súbitamente, se escucha a los pensadores del decrecimiento de manera más atenta. “Soy mucho más solicitado”, se regocija Serge Latouche, uno de los pioneros. “Las salas están llenas en nuestros debates”, dice también Paul Ariès, otro intelectual de referencia de esta corriente de pensamiento.

La propia palabra “decrecimiento” es cada vez más utilizada, incluso fuera de los restringidos círculos de la ecología radical. “En un momento en que los adeptos al decrecimiento ven que sus argumentos son apoyados por la realidad, ¿existe acaso una alternativa entre el decrecimiento súbito o implícito, como es la recesión actual, y el decrecimiento conducido?”, se interrogaba durante la campaña europea Nicolas Hulot, quien, sin embargo, es usualmente calificado de “ecotartufo” por los objetores del crecimiento (2). En su carácter de puntal de Europe Ecologie, el animador declaraba dudar del “crecimiento verde” y pensaba más bien en un “crecimiento selectivo acompañado de un decrecimiento elegido”. “Sólo el decrecimiento salvará al planeta”, expresó el fotógrafo Yann Arthus-Bertrand, cuya película Home, ampliamente financiada por el grupo de productos de lujo Pinault Printemps Redoute (PPR), parece haber contribuido al éxito electoral primaveral de los ecologistas (3).

Algunos partidarios del decrecimiento están convencidos de que la crisis actual constituye una formidable oportunidad para su causa. “¡Que la crisis se agrave!”, exclamó Latouche, retomando el título de una obra del banquero arrepentido François Partant. “Es una buena noticia: la crisis finalmente llegó y es una ocasión para que la humanidad pueda recuperarse”, explicaba ese partidario de la “pedagogía de las catástrofes”, desarrollada en otro tiempo por el escritor Denis de Rougemont (4).

Sin llegar tan lejos, Cochet piensa también que sólo al chocar con los límites de la biosfera la humanidad se verá obligada a volverse razonable. “Ya no habrá más crecimiento por razones objetivas. El decrecimiento es nuestro destino obligado”, previene el diputado ecologista, “geólogo político y un profundo materialista”. Entonces no queda más que esperar que la crisis acelere la toma de conciencia y “preparar un decrecimiento que sea democrático y equitativo”.

Pero este punto de vista optimista está lejos de ser compartido por todos. “No estamos para nada de acuerdo con esta pedagogía de las catástrofes”, se diferencia Vincent Cheynet. El jefe de Redacción del diario La Décroissance piensa que, “si bien la crisis ofrece una oportunidad de interrogarse y cuestionarse, también hay riesgos de que engendre crispaciones y fenómenos de miedo”. “Una crisis importante sería la peor de las situaciones”, piensa Cheynet. “La crisis es una ocasión para recordar que el crecimiento ya no es posible; pero en esos períodos las personas tienden a replegarse sobre sus intereses particulares”, observa Jean-Luc Pasquines, animador del Movimiento de los Objetores del Crecimiento (MOC). Ariès señala, además, la ambivalencia de la crisis: “Por un lado, lleva el sentimiento de urgencia ecológica cada vez más lejos, ya que el momento se presta para la defensa del poder de compra y de los empleos. (…) Pero también muestra que vivimos sobre mentiras desde hace décadas (5)”. La inquietud le disputa un lugar a la esperanza entre aquellos que dudan que la recesión pavimente el camino hacia el decrecimiento.

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Apúntate para el 17-S. Podemos vivir sin capitalismo



El próximo jueves 17 de septiembre "podemos vivir sin capitalismo".

Se entablarán puntos de comunicación con las personas interesadas sobre formas, maneras y alternativas que existen para sacar al capitalismo de nuestras vidas.

‘Podemos vivir sin capitalismo’ es una campaña formada por miles de personas y colectivos que puntualmente salimos a la calle para hacer visible quienes somos y llegar a más gente, mientras que día a día vamos realizando prácticas, cada vez más, para cambiar nuestra forma de vida.

Algunos de los temas sobre los que debatiremos:

  • Huelga de usuarios y usuarias de bancos; pequeños pasos para reducir notablemente los beneficios de los bancos; Inversión directa en cooperativas;Red de insolventes e insumisos.
  • Recuperación de edificios vacíos; Masovería urbana; Cooperativas de vivienda de cesión de uso.
  • Autoconstrucción ecológica; Cesión de Tierras para la relocalización agraria; Cooperativas de producción y consumo; Huertos comunitarios; Redes de intercambio.
  • Economía Comunitaria; Cómo poner en marcha una cooperativa integral; proyectos de repoblación.
  • Campaña para un transporte público justo; Transporte colectivo y compartido.
  • Cooperativa de energías renovables; Autoconstrucción de molinos de viento.
  • Educación libre; Creando Universidades Libres.


Puntos de encuentro:


Convocamos una acción consistente en montar una mesa informativa, en una plaza u otro espacio público de alta concurrencia. De hecho más que informativa la tenemos que entender como una mesa de comunicación. Por una parte para informar de alternativas que proponemos y que existen, por otra, ser visibles en la calle para recoger información de personas que esten interesadas en librar-se del capitalismo en algun aspecto de su vida.

La mesa deberá ser visible e identificable. Introduciendo ésta acción haremos que quien convoque con la intención de hacer un acto grande, pero no vea suficiente gente, pueda aprovechar igualmente su presencia en la calle para conseguir el objetivos básico que seria el de contactar personas que quieran cambiar las cosas y hacer proyectos para vivir sin capitalismo.

La mesa podría estar montada el dia 17 de Septiembre, en el horario que se considere oportuno, pero sobretodo de 18 a 21h, que es cuando la gente tiene más disponibilidad y camina sin tantas prisas como durante el día.

Su presencia en la calle para conseguir el objetivos básico que seria el de contactar personas que quieran cambiar las cosas y hacer proyectos para vivir sin capitalismo.

Asambleas temáticas:

Se convocaran el 17 de septiembre a las 19.30 en el mismo lugar donde se han creado puntos de encuentro y consistiran en encuentros con las personas interesadas según los ámbitos de interés. Se haría de todos aquellos que temas que hubiera suficiente gente en la sala, de manera que si hay varias a la vez, cada persona deberá escoger una con el objetivo de empezar a sacar el capitalismo de su vida, en el ámbito escogido (quedando inscrita a la vez en varios proyectos).

En principio no sabremos con antelación de qué temas seran las asambleas en cada punto de encuentro, aunque si alguno de los convocantes del punto de encuentro tiene prioridad por un tema podrá autónomamente hacer difusión específica para conseguir que se haga un encuentro sobre su tema preferido.

Cada una de las asambleas debería de tener una persona dinamizadora de manera que seria importante que entre los organizadores del punto de encuentro, haya alguna persona, que tenga pensado hacerlo o asegurar que alguien se encargue.

INSCRIPCIONES

Si deseais inscribir un punto de encuentro hacedlo aquí: http://www.17-s.info/es/form/apuntate-para-el-17-s

Si estás interessadxs en participar como persona individual y quieres que te pongamos en contacto con el punto de encuentro más cercano apuntaos aquí: http://www.17-s.info/es/node/3370

Aquí podéis mirar si ya hay puntos de encuentro inscritos en vuestra ciudad, barrio o pueblo. Aunque hayan noticias si es suficiente gente puede hacer varios puntos de encuentro para población o barrio y así llegar a más zonas. Si es bastante gente y no sabe cuántos puntos de encuentro montar como referencia puede tomar que, si es entre 2 y 5 personas debería de montar 1 punto de encuentro. Entre 6 y 10: 2 puntos de encuentro. Entre 11 y 15: 3 puntos de encuentro y así ...

Nos podéis escribir a 17-s@podem.cat para pedir contactos de vuestra zona!

Coordinación de puntos de encuentro
Campaña podemos vivir sin capitalismo
www.17-s.info / www.sincapitalismo.net
17-S@podem.cat

Boletín del 17-S: Podemos vivir sin capitalismo