Obediencia y movimientos de liberación


La obediencia es el principal obstáculo con el que se enfrenta hoy cualquier movimiento de liberación. Ahora bien, la obediencia de la que hablamos es el efecto de un inmenso y complejo aparato de la producción de realidad. Esta producción está organizada bajo las determinaciones del capitalismo y se encuentra indisolublemente ligada a la producción social de la existencia. Aunque potencialmente la capacidad productiva de esta sociedad mundial daría para vivir sin excesos, pero sin penurias, y con una reducción apreciable del tiempo de dedicación insatisfactoria a toda la población del planeta, actualmente, para no morir de hambre, a unos no nos queda otro remedio que producir la realidad que, a su vez, determina nuestra obediencia a la desigualdad. Fabricamos aquello que nos domina. Mientras que, a otros, la dominación que fabricamos no les da ni siquiera oportunidad de ser explotados.

Que la obediencia sea hoy el principal, no el único, obstáculo de los movimientos de liberación, a pesar o, quizá a causa, de la desproporción alcanzada por la organización y poderío de los medios de represión, determina que ya no sea posible orientar la práctica transformadora desde el único centro hacia un único centro, y que el movimiento se vea obligado a diseminarse en múltiples vectores que actúan en campos disímiles, atendiendo a circunstancias particulares.

Ya no existe ‘una’ práctica política cuya dinámica marque las pautas de actuación y de organización, sino una multitud de prácticas sociales de liberación que a falta de futuro, es decir, de un objetivo único, es esfuerzan por sacar al presente el máximo de potencialidades. No buscan sólo prefigurar lo que vendrá, sino ser en cada ahora realización. Es en esta coyuntura en la que, entre otras cosas, es oportuno hablar de ideología democrática, en la que se requiere ser abstracto, ágil, capaz de crear un vector en cualquier entorno, en cualquier campo, en cualquier relación personal o social en la que se participe o se pueda participar.

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Lo fundamental es que actualmente no hay otra salida que excavar el poder desde abajo. Las estrategias burocráticas han supuesto un tremendo fracaso que ya nadie duda en reconocer. El capitalismo lleva más de veinte años minando el sistema parlamentario y las políticas socialdemócratas que le sirvieron de legitimidad durante la guerra fría. Parece que ya no los necesita. En esta dictadura del dinero y la banalidad, los ha puesto al mismo nivel que la televisión y los centros comerciales.

Pero debajo, sin embargo, la tierra tiembla. El estado es un problema, todos lo sabemos, pero no el único ni el principal. Si, en efecto, siguiendo a Negri, podemos decir que la producción inmaterial pone en primer plano el conflicto entre cooperación social y el dominio productivo, el objetivo será ahora que nada quede sin transformar: el cuidado, la salud, la comunicación, la investigación, las organización y asociaciones, el arte, la educación, la convivencia, el ocio, la producción, todo el espacio y el tiempo vital y social, el tiempo de trabajo y el tiempo fuera del trabajo, el tiempo de preparación para el trabajo y los movimientos de parados: cualquier lugar es un campo de intervención para la democracia directa, la autonomía y la autogestión.

Aurelio Sainz Pezonaga. Contra la ética, por una ideología de la igualdad social. 2002.

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