La sensualidad entre mujeres


"Quizá hoy nos cueste entender lo de los velos que tapan la cara. Podemos preguntarnos, ¿qué necesidad hay? La respuesta la encontré en un hamman de la medina de Fez. Por casualidad del destino, en un viaje turístico por Marruecos nos quedamos sin hotel (que estaba en la parte colonial de la ciudad, donde están los hoteles), y fuimos a parar a una pensión dentro de la medina, que no tenía ducha; el dueño nos dijo que no hacía falta ducha porque teníamos el hamman justo enfrente de la pensión; y así fue como una tarde, una amiga y yo nos encontramos en un hamman de mujeres no precisamente para turistas.

Así pues entramos, primero a un recibidor donde un hombre detrás de la mesa nos cobró los céntimos que costaba la entrada, y nos indicó la puerta de acceso. Abrimos la puerta y allí nos quedamos, mi amiga y yo, petrificadas. Era una estancia cuadrada, llena de vapor de agua; en el suelo -de cemento con tragaderas de agua- estaban sentadas, en varios corros, mujeres de todas las edades; estaban desnudas y se echaban agua unas a otras, se frotaban, se daban henna, se ofrecían gajos de naranja que allí mismo pelaban... el agua la cogían con cuencos de unos cubos negros de polietileno. Ancianas, mujeres maduras, mujeres jóvenes, algunas con bebés, y niñas, charlaban, sonreían y reían. Creo que lo que nos conmocionó fueron sus risas y su modo de hablar que mostraban una euforia espontánea, la vitalidad de sus rostros, algo distinto a lo que estamos acostumbradas. No entendíamos nada, pero en sus gestos y en su modo de hablar había una complicidad voluptuosa y una intimidad que nos hizo sentirnos intrusas, como si estuviésemos violando la intimidad de alguien.

Una mujer de mediana edad, con el pelo teñido, al darse cuenta de nuestra perplejidad, se levantó y se acercó a nosotras; apenas sabía algunas palabras en francés, pero nos cogió de la mano y nos llevó a unas taquillas que estaban en una plataforma más elevada a la que se accedía por unas escaleritas. Nos indicó que nos desnudásemos y que dejásemos allí la ropa; y con las toallas y el neceser con los geles, nos indicó que la siguiéramos. Atravesamos la estancia y pasamos a otra y luego a otra. En las otras estancias, había igualmente mujeres lavándose y charlando, cada estancia con más densidad de vapor; pues en la última estancia había un pilón rectangular al que caía un gran chorro de agua hirviendo, que producía el vapor; había también otro pilón de agua fría y un montón de cubos negros de polietileno. Nuestra mujer cogió dos cubos y los llenó de agua caliente, añadiendo fría hasta conseguir la temperatura adecuada y nos empezó a echar agua por encima con toda delicadeza; nos indicó que nos echáramos jabón si queríamos, y así fue como aquella desconocida nos ayudó a bañarnos. No sólo no nos miraron como intrusas ni nos hicieron el vacío, sino que fuimos invitadas a compartir el baño.

Aquello fue como un auténtico strip tease. Fuera, las mujeres todas tapadas, inaccesibles, porque si te acercabas a una a preguntarle algo, el hombre que iba a su lado se interponía. Y sin embargo, todas las tardes de 3 a 8, allí se reunían y se expandían (luego también pude observar que se reúnen en los terrados de las casas, que se comunican entre sí, de manera que sin tener que salir a la calle pueden ir de una casa a otra). No he visto nunca en nuestra democrática sociedad de mujeres 'liberadas' una reunión semejante de semejantes mujeres, porque sobre todo, nunca he vuelto a ver este tipo de mujeres... no sé, tan distintas, tan vivas. Entendí entonces por qué el mundo musulmán es un modelo de sociedad patriarcal que mantiene más represión exterior para las mujeres; sencillamente porque están muy lejos de tener la auto-represión necesaria, de haber interiorizado como nosotras la represión de nuestros cuerpos y de nuestros deseos. No tienen nuestras corazas y tienen una percepción de sus cuerpos que creo que desconocemos en nuestra sociedad. Si tuviese que escoger una sola palabra para describir a aquellas mujeres, creo que elegiría 'sensualidad'; sensualidad compartida entre mujeres, confianza, complicidad... ¿nos suena de algo?

Esa sensualidad era visible en el brillo de sus ojos, en la sonrisa, en las arrugas de sus caras, en la suavidad y al mismo tiempo firmeza de los gestos de sus manos... ¡claro que tienen que llevar velos y cubrirse la cara! para que no se vea lo que no debe de verse: lo que en nuestra sociedad se borra con el acorazamiento muscular que se produce a lo largo de nuestra educación.

[…]

Una vez, después de contar mi experiencia en el hamman de Fez, me preguntaron si creía que aquellas mujeres eran lesbianas o tenían relaciones lésbicas. Me lo quedé pensando, porque antes no me lo había planteado en esos términos. Y me dí cuenta que la pregunta no tenía sentido; mejor dicho, que lo que no tenía sentido era aplicar nuestra codificación sobre sexualidad a aquel mundo. Aquí la conducta sexual está tan normativizada, que se tiene que normativizar y fijar hasta lo que no pueden evitar que se salga de la norma, precisamente para delilmitar y reforzar más la norma. Lo más importante de la prohibición y del tabú del sexo en general, y del femenino en particular, es cortar la espontaneidad, el fluir espontáneo. De manera que para cualquier tipo de relación, por ejemplo, homosexual, tengamos que dar el paso de asumirnos como gays o lesbianas, lo cual es todo un proceso a nivel psíquico y social, que de entrada frena las prácticas homosexuales; así, cada práctica sexual, en lugar de fluir espontáneamente con el deseo, tiene que pasar por toda esa barrera de la definición, ante la cual lo que suele suceder es que se inhibe inconscientemente, lográndose el objetivo de que el deseo no esté permanentemente recorriendo el campo social (en palabras de Deleuze y Guattari). Lo que creo de las mujeres del hamman de Fez es que, simplemente, había en ellas vestigios de una vitalidad femenina desaparecida en el mundo occidental.

Cuando la civilización occidental empezó a reconocer 'científicamente' la sexualidad, la mujer lleva milenios arrastrando un cuerpo al que se le cortan las raíces desde el comienzo de su crecimiento, lo mismo que a un bonsai. El sexo femenino, constata entonces empíricamente Freud, no existe. En el panorma del orden sexual vigente, sólo hay un sexo, el masculino. La mujer es un varón sin sexo, castrado."

Sobre la violencia interiorizada en las mujeres. Casilda Rodrigáñez.

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1 comentario:

  1. Anónimo5:03 p. m.

    Totalmente de acuerdo sobre la codificación sexual de nuestra sociedad. Un gran error que no nos permite ser libres.
    Por cierto, también estuve en un hamman de Fez y es exactamente como lo describes

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