Entrevista a Máximo Sandín sobre Biología


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Máximo Sandín, autor del libro "Pensando la evolución. Pensando la vida" apuesta por una nueva biología que supere el debate neodarwinismo vs. diseño inteligente.

¿En qué consiste su nueva propuesta y qué importancia tiene para el estudio de las ciencias biológicas actuales?


Sandín: Antes de nada quisiera agradecerle su apoyo a mi trabajo y esta oportunidad que me brinda de expresarme sin necesidad de formalismos. Esto me va a servir para decir claramente algo de lo que no me cansaré en insistir; que no creo que sea exactamente una propuesta nueva. Es, en todo caso, una síntesis de propuestas. Casi todo lo que planteo ya está dicho. Lo que tiene de nuevo son los datos recientes y el hecho de que estos datos aportan coherencia a estas propuestas que, en su origen, eran independientes entre sí y, tal vez, la reflexión sobre su significado conjunto, que puede ser correcta total o parcialmente, pero creo que no es totalmente errónea.

Lo que he hecho ha sido comprobar que muchos de los datos actuales sobre los sucesos más trascendentales de la evolución se ajustan a ideas de científicos más cualificados que yo, pero que han sido incomprendidos, incluso atacados en su tiempo, y al relacionarlas entre sí resulta una explicación coherente (aunque, seguramente incompleta) y basada realmente en datos empíricos. No es sencillo (diría más, es imposible) explicar la idea en pocas palabras, porque, lógicamente, la explicación de un problema tan complejo como la evolución de la vida no puede ser simple, pero los rasgos generales que resultan de estos datos son, en primer lugar, que la vida apareció en la Tierra en forma de bacterias y virus (fagos) antes de que acabase de formarse, lo que indica que puede ser inherente al Universo (una propiedad más de la materia) y se puede propagar a través de él y “germinar” donde las condiciones sean adecuadas. Esto fue planteado por el químico sueco Svante Arrhenius a principio del siglo pasado.

En segundo, que los seres vivos están formados por una agregación de información genética procedente de bacterias y virus, lo que actualmente se puede verificar por la composición de los genomas. Esta idea de la “simbiogénesis” fue propuesta por Konstantin Merezkovsky, también a principios del siglo pasado, aunque referida sólo a bacterias, y retomada por Margulis, pero el astrónomo galés Alfred Hoyle fue el que propuso que los virus, con su capacidad para integrarse en los genomas, podrían ser un mecanismo de adquisición de nuevos genes. Esta composición de los genomas en sentido amplio, es decir, ADN, ARN y proteínas, que se ha podido comprobar tras las secuenciaciones de los de distintos organismos, explica, tanto los saltos reales de organización animal y vegetal que se observan en el registro fósil, como la capacidad de respuesta de los organismos al ambiente.

Es decir, que los cambios en los genomas no son “al azar”, sino producidos como respuesta a las condiciones ambientales, a veces, graves crisis a escala global, y se manifiestan, por ejemplo, en activaciones (duplicaciones, translocaciones…) de “elementos móviles” derivados de virus así como de virus endógenos, es decir integrados como parte constituyente en los genomas. El interés que yo encuentro en esta visión es que la evolución, es decir, la base teórica de la Biología, puede pasar de ser una “narración contingente” es decir no susceptible de estudio científico ya que supuestamente se trataría de sucesos ocurridos “al azar”, a poder ser estudiada y comprendida científicamente, porque esta propuesta está basada en datos verificables. Pero sobre todo supone un cambio radical en la concepción reduccionista y competitiva de la Naturaleza, porque el significado de los fenómenos que han construido la vida, es todo lo contrario: es de integración, de cooperación en un proceso en el que todos los componentes son necesarios para su funcionamiento y de estrecha relación e interacción con el ambiente. Los datos recientes nos han mostrado que vivimos inmersos (literalmente) en un mar de bacterias y virus que son (siguen siendo) fundamentales en el mantenimiento de “la red de la vida”. Que su carácter patógeno se produce cuando alguna agresión altera las condiciones naturales de sus actividades.


En caso de ser correcta su propuesta, ¿tiene ella implicaciones o relevancia para otras áreas de la ciencia, por ejemplo, la medicina?

Sandín: La medicina actual dispone de una tecnología impresionante para el diagnóstico y para la cirugía, pero desde el punto de vista del tratamiento, de la curación de enfermedades orgánicas parece un auténtico desastre. Se tratan los síntomas (no la enfermedad) con medicamentos que provocan efectos secundarios, a menudo peores que la enfermedad tratada (y de ambos aspectos he tenido experiencia directa). En el origen de este problema hay una doble causa: por una parte, la concepción reduccionista de considerar y tratar los tejidos y órganos como partes individuales del organismo, derivada de la visión biológica convencional (lo que incluye la concepción de lucha permanente contra todos los “microorganismos”), pero creo que hay otra causa más turbia: los enormes intereses económicos que hay detrás de la industria farmacéutica. Pero esto sería largo de documentar.

En cuanto a las implicaciones de mi propuesta en la medicina, no soy experto en patologías y menos en su tratamiento, pero puedo intuir la relación con ella mediante la idea de que las patologías no son un fenómeno “normal” ni inscrito en los genes, sino el resultado de desestabilizaciones de las condiciones naturales, de algún tipo de agresión al organismo lo suficientemente grave para hacer que éste, a pesar de su capacidad de respuesta, de “reajuste”, no pueda reaccionar adecuadamente. También que el organismo es un “todo”, un sistema sutilmente interconectado en su totalidad. Una conexión en la que el sistema neuroendocrino tiene un papel fundamental. No existe un hígado como algo individual. Un órgano no es nada (no existe) si no hay otros que funcionen en interconexión para formar un organismo, a su vez interconectado con otros organismos y con el ambiente (en la Naturaleza no existe, no puede existir, un animal sólo, salvo como abstracción o en un zoológico).

En varias ocasiones se han puesto en contacto conmigo seguidores del Doctor Hamer y su Nueva Medicina. Por lo que he podido leer sólo de un modo superficial, parece que su visión de la enfermedad y su curación comparte esta concepción de la Naturaleza, pero, según he comprobado, no está muy bien visto por las autoridades de la medicina convencional. Supongo que es utópico pensar que se puede “volver” a esa forma de práctica de la medicina. Creo que la industria farmacéutica no la miraría con simpatía.

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3-¿Cual cree usted que son las fallas básicas de la teoría sintética de la evolución?

Sandín: La más relevante, y es “básica” porque está en la base de la teoría, lo que implica a toda ella, es su absoluta desconexión de la realidad, de la Naturaleza. Esta desconexión comienza con la formulación del concepto de selección natural. Sólo a un naturalista aficionado se le puede ocurrir intentar explicar fenómenos naturales extrapolando algo tan evidentemente contrario a lo que se produce en la Naturaleza como la selección premeditada que los ganaderos y agricultores aplican a animales y plantas, eligiendo animales o plantas anómalos, a veces, hasta el punto de ser totalmente inviables en condiciones naturales, y eliminando o no dejando reproducirse a los que son normales, sanos y perfectamente viables.
Ya he escrito en varias ocasiones que la explicación del éxito y el afianzamiento de esta concepción, de “la lucha por la existencia” y de “la supervivencia del más apto”, la han dado con gran lucidez y con argumentos muy sólidos ilustres pensadores, desde Bertrand Rusell a Nietzsche, pasando por Bernard Shaw, pero lo que resulta pasmoso es conocer cómo se construyó la Síntesis “moderna” que, se supone, es la base teórica actual de la Biología. Cuando los conocimientos en genética de principios del siglo XX, comenzaron a cuestionar la idea de cambio gradual, imprescindible para la actuación de la selección natural, el matemático G. H. Hardy, profesor en Cambridge, escribió, (al parecer, en el puño de la camisa mientras comía) a petición de R. C. Punnett, un ferviente darvinista, la “solución” (la fórmula p + q = 1) al problema que los genetistas planteaban sobre la imposibilidad de que una mutación aleatoria, que son extremadamente infrecuentes, se extendiera a toda la especie.
Basada en cálculo aleatorio simple, partió de la base de que cada “gen” producía directamente un carácter con dos alelos, uno dominante de frecuencia p y otro recesivo (q) y de que los genes eran entidades discretas situadas en los cromosomas como las cuentas de un collar. Es lo que se llamó la “genética de la bolsa de alubias”, es decir, el cálculo de las probabilidades de que en una bolsa con la mitad de alubias blancas y la otra negras, se sacase uno de un color u otro. Al parecer, Hardy se negó a publicar la hipótesis porque le pareció demasiado simplista, pero los darvinistas se abalanzaron sobre ella como tabla de salvación de la idea de la selección natural actuando sobre pequeñas variaciones, concepción cuestionada por los genetistas, que ya sabían que la transmisión de los caracteres fenotípicos era más compleja.
Pero si esta “ocurrencia” está alejada de la realidad, lo que no comprendo es cómo han podido asumir biólogos que estudian, que observan la Naturaleza real, las condiciones que, supuestamente, se han de cumplir para que las fórmulas “funcionen”: que el número de individuos de la especie tienda a infinito, que todos ellos tengan la misma posibilidad de cruzarse unos con otros, que se reproduzcan sólo una vez (los pobres) y desaparezcan… simplemente absurdo. Es decir, siempre fue una supuesta explicación elaborada con fórmulas matemáticas al margen de la Naturaleza. Para un biólogo resulta desconcertante pensar en ello. En cómo se hizo y cómo se ha impuesto una explicación totalmente desconectada de la realidad con el claro objetivo de mantener la idea de la selección natural. Pero algún motivo habrá…

4-¿Apoya su teoría alguna versión del creacionismo o del llamado diseño inteligente? ¿Qué opina usted de este tema?

Sandín: Esta es una de las pocas cosas que tengo absolutamente claras. No existe la menor relación entre la ciencia y la religión. Son dos creaciones del pensamiento humano totalmente distintas. Por sus objetivos, por su metodología, no tienen nada en común. Según creo entender, la religión (en su práctica o concepción más “pura”, porque hay algunas prácticas y objetivos “oficiales” que no lo son tanto) busca una explicación trascendente, metafísica a las preguntas o dudas existenciales. Algunas, porque creo que no todas, pretenden estar en posesión de La Verdad (por cierto, como los darvinistas). La ciencia se limita, más modestamente, a intentar buscar explicaciones verificables experimentalmente a fenómenos naturales, materiales. Claro que su pretensión última sería disponer de una explicación “total”, pero como sabemos los científicos eso es muy difícil. Tal vez imposible. Sólo hay que mirar a los físicos, cuyas teorías de la Relatividad y la Mecánica Cuántica han alcanzado el máximo nivel de precisión en la descripción de la realidad conocido hasta ahora y todavía están buscando una teoría unificadora que les de coherencia.
En cuanto a la “teoría” del diseño inteligente, no la considero dentro del ámbito de la ciencia, porque su “explicación” está fuera de la práctica científica empírica. Un científico tiene que llegar hasta donde le lleven los datos disponibles, y si hay cosas que no se pueden explicar, lo razonable y basado en experiencias previas es esperar a que nuevos datos o nuevas metodologías o investigaciones aporten más información. Pero eso no quiere decir que, en su vida personal, no pueda tener las creencias que considere oportunas. Una confesión personal que espero que aclare algo al que le pueda interesar: Mis dos amigos que considero más inteligentes son “creyentes”, cada uno a su manera. Pero tienen claro que la Ciencia no tiene ninguna relación con sus creencias. Es decir, que no creo que sea una cuestión de mentes simples, y de eso ha habido suficientes ejemplos. Yo me considero agnóstico, porque creo que autodefinirse ateo es perfectamente equiparable, en cuanto a argumentos y a supuestas “pruebas” a ser un creyente acrítico, porque así como no existen pruebas empíricas a favor de unos tampoco las hay a favor de los otros, es decir, no se puede “demostrar”, llegar a una conclusión racionalmente, y porque, insisto, no se trata de un tema científico (por cierto, la “cruzada” de Dawkins me parece patética).
Lo que sí es cierto es que mis amigos me dan una cierta envidia, porque quizás sus convicciones expliquen, de alguna manera, lo extraordinariamente buenas personas que son.

5-¿Tiene apoyo científico su nueva teoría?

Sandín: Esta pregunta puede tener una doble respuesta. Si se interpreta como referida a que (mi propuesta) esté apoyada en datos científicos, la respuesta es sí. Si se trata de apoyo de los científicos, de mis colegas, salvo algunos casos en voz baja y con una curiosa actitud de clandestinidad, podría decir que, oficialmente, no. De todas formas, no me hago ilusiones. Si científicos infinitamente más conocidos y prestigiosos que yo (con sobrados motivos), como pueden ser Alfred Hoyle o von Bertalanffy que han elaborado propuestas más o menos semejantes han sido ignorados, sería ingenuo por mi parte esperar mejor suerte.

6-Actualmente, algunos científicos piensan que la teoría darwinista apoya el ateísmo; por lo que el rechazo de aquella parecería apoyar indirectamente a la religión ¿su nueva propuesta implica algún tipo de cosmovisión religiosa, o afecta alguna creencia ideológica particular?

Sandín: En cuanto al primer aspecto, creo que esa es una visión simplista y algo infantil. En primer lugar, por lo que he comentado antes sobre la ausencia de relación entre ambos aspectos. Pero han convencido a muchos biólogos de que Darwin fue el primero en dar una (supuesta) explicación materialista de la vida, como si los (verdaderos) científicos y filósofos anteriores se basasen en “supersticiones”, y eso “eliminó la necesidad Dios para explicar nuestra presencia” y parece que con eso tienen suficiente para no enredarse en razonamientos complejos. Creo que algunos científicos tienen una gran inclinación por las explicaciones simples.
Lo que sí es una realidad es que utilizan esos argumentos para lanzar acusaciones o sospechas de “creacionista encubierto” contra los que intentamos discutir el darwinismo. Y aquí no puedo dejar de mencionar la actitud inquisitorial de Richard Dawkins que es bastante conocida gracias a la difusión por Internet. Por si no ha hecho suficiente daño a la Biología con su “ocurrencia” del “gen egoísta” y lo que ha significado de obstrucción para la comprensión de lo que, gracias a él, se consideraba (y todavía hay quien lo sigue creyendo) ADN “basura” que, sin embargo, ha resultado ser uno de los componentes fundamentales de los genomas, y con la concepción sórdida (se podría decir patológica) de la vida, de la realidad, que ha transmitido a muchos jóvenes biólogos que le consideran “un genio”, ahora se dedica a perseguir y a descalificar con mentiras a las personas que, honradamente, intentan arrojar algo de luz al estudio de la evolución. Me parece un personaje nefasto.
En cuanto a la segunda parte, comenzaré por la cuestión ideológica. Mi propuesta es o, al menos, pretende ser científica. Está basada en datos concretos, verificables. Desde este punto de vista, el que piense que la ciencia es una actividad al margen de condicionantes sociales, históricos o ideológicos, puede dedicarse a analizar sus aspectos empíricos y verificar su adecuación a los datos reales. Pero los filósofos e historiadores de la Ciencia han puesto de manifiesto de una forma muy sólida la relación de las ideas científicas con las ideas dominantes en cada época (que, como sabemos, suelen ser las de los que dominan). Para mí ha quedado muy claro estudiando el origen y la implantación del darwinismo que, como ha dicho muy lúcidamente Bertrand Russell, es una proyección sobre la Naturaleza de los principios económicos y sociales del “laissez faire”, del “libre mercado”.
No es necesario ser un analista muy sutil para detectar esa relación en los términos que se utilizan para lo que ellos piensan que es describir, pero en realidad es interpretar, los fenómenos naturales: competencia, coste-beneficio, explotación de recursos, estrategias, etc., me resultan divertidos los científicos que se proclaman “objetivos” y asépticos mientras aplican esos términos empresariales a los fenómenos naturales. Supongo que es imposible desligar las interpretaciones científicas de la concepción de la realidad, de las convicciones, y eso se pone de manifiesto hasta en disciplinas tan aparentemente al margen del contexto social como la Física. El debate entre Albert Eistein y los padres de la Mecánica Cuántica, Planck y Bohr, estaba motivado porque Einstein era creyente (a esto me refería cuando decía que no parece una cuestión de mentes simples), y no admitía la incertidumbre que se derivaba de esta teoría. Si asumimos esto, nadie puede estar seguro de que su concepción científica no esté basada en la conformación de la propia visión de la realidad elaborada a lo largo de su historia personal. Supongo que la concepción a la que he llegado intentando integrar coherentemente los datos que he conseguido recopilar no está libre de mis prejuicios. Los términos integración, complejidad, cooperación, necesidad de todos los componentes, influencia del ambiente… tienen un significado al que se puede buscar una connotación ideológica (desde luego, radicalmente opuesta a la de “la supervivencia del más adecuado”), pero mi condición de biólogo y mi interés por la evolución humana y la ecología humana me han despertado una enorme admiración por los que los científicos “occidentales”, especialmente los antropólogos de las potencias coloniales imbuidos de su propia superioridad “evolutiva”, llamaban “hombres primitivos” sin comprenderles, sin comprender absolutamente nada.
Cada día tengo más claro que lo que llamaban (y llaman) “hombres primitivos” eran más sabios que los “modernos” y posiblemente más cuanto más “primitivos”. Ahora hay muchos conocimientos, mucha tecnología (que se asocia simplistamente con una inteligencia superior), pero poca sabiduría. No hay más que comparar el conocimiento y la relación con la Naturaleza de unos y otros y comprobar a dónde nos ha llevado la concepción de esta, y la actuación en consecuencia, de los hombres “civilizados”. Creo que el alejamiento de la Naturaleza comenzó muy recientemente en la larga historia de la Humanidad, cuando comenzó la acumulación de posesiones no esenciales y el nacimiento de la riqueza y el poder, pero se ha acentuado de un modo demencial a partir de la revolución industrial y de la implantación de la economía de “libre mercado” con su apéndice científico, el darwinismo y su visión competitiva. Si tuviera que decantarme por una ideología y una cosmovisión religiosa, serían poco conflictivas actualmente y, desde luego, con poco futuro. Serían algo parecido al colectivismo “primitivo” y al animismo. Cada día me impresiona más la Naturaleza y la conciencia de su poder. Cuando paso por lo que hace unos años eran campos de cultivo, huertas y arboledas en el entorno de la región donde nací y vivo, se me hace un nudo en el estómago y me dan ganas de pedir perdón a los animales y a las plantas que había por lo que les han hecho mis congéneres. Sí, creo que me voy a “convertir” al animismo.

7-¿Es posible que tantos científicos estén equivocados sobre la teoría de la evolución? Muchos podrían preguntarse: Si la propuesta del Dr. Sandín es correcta, ¿por qué no es aceptada ni reconocida por la comunidad científica? ¿Qué respondería usted a esto?

Sandín: En primer lugar, quiero insistir en lo que usted, adecuadamente, plantea. No puedo afirmar que mi (esbozo de) propuesta sea absolutamente “verdadera”. Y menos completa, pero correcta sí, porque está elaborada de una forma que se ajusta al método científico, y los científicos sabemos que la verdad absoluta no existe en ciencia, sólo aproximaciones a la verdad o verdades parciales (y eso lo saben bien los físicos), y lógicamente, sería absurdo pretender explicar “todo” (eso sólo lo “puede hacer” el darwinismo y alguna religión), pero creo que permite explicar los fenómenos principales del proceso evolutivo a partir de la existencia de la vida en la Tierra (y, como consecuencia, muchos de los fenómenos biológicos actuales), de una forma más ajustada a los datos reales que la teoría convencional.
En cuanto a la aceptación, un argumento que he oído y leído para devaluar mi propuesta es que “no soy especialista”. Evidentemente, cada especialista sabe de su tema infinitamente más que yo. Pero se trata de intentar relacionar todo. No se puede ser “especialista” en la evolución, todo lo más, un estudiante permanente. Ya he insistido en que debería ser un trabajo cooperativo (que mal les debe sonar a los darvinistas) de muchos especialistas. Una sola persona no puede investigar (y menos, comprender) a fondo todos los datos, toda la información que se ha acumulado. (Aunque ya dijo Pascal que vale más saber alguna cosa de todo, que saberlo todo de una sola cosa). Por eso, la labor sólo puede ser realizada estudiando, intentando entender y, en su caso, reinterpretar, lo que otros descubren. Los especialistas están demasiado encerrados en su tema y ni siquiera se plantean la posibilidad de que su enfoque, condicionado por la concepción convencional, sea erróneo.
Hace tiempo leí una entrevista a un prestigioso especialista que lleva años encerrado en un tipo de investigación “unidireccional”, sin un solo paso fuera del sendero. Decía con cierto tono de satisfacción que hacía diez años que no leía un libro. Sólo artículos de su tema de investigación (en los que todos piensan igual, están formados igual, usan los mismos métodos y publican las mismas cosas con idéntica perspectiva). Yo creo que es necesario leer, no sólo otro tipo de artículos científicos sino otros libros, libros que han escrito grandes pensadores o literatura de cualquier clase, y estar conectado con la realidad. Nunca se sabe de donde te puede venir una idea, porque hay mucha gente que piensa con mucha lucidez. Muchos, por no decir la mayoría de los especialistas, son muchachos que han estudiado mucho durante su carrera, que han conseguido una plaza en un laboratorio con un trabajo muy especializado muy duro y muy competitivo y han estado toda su vida con eso. No disponen ni de un segundo para dedicarse a leer no ya libros, sino artículos de otra disciplina. Al final son “los que más saben” de ese tema tan especifico y son incluso premiados y reconocidos mundialmente, pero cuando les preguntan por temas más generales, como a donde llevarán a la Humanidad sus investigaciones, sus respuestas son infantiles, sin la menor conexión con la realidad. Algunos dan la impresión de tener una concepción de la realidad, de la vida, no mucho más madura que la que tenían cuando entraron el la universidad Yo he leído argumentos de premios Nóbel que me han dejado estupefacto.
Por eso creo que en su formación debería tener, y es posible hacerlo, una visión general, aunque fuese superficial, que relacione los conocimientos obtenidos en las distintas disciplinas, porque eso daría el contexto adecuado a sus investigaciones. Conozco casos de jóvenes que han estado años estudiando una proteína de un virus sin saber cómo es ese virus, qué hace, donde está…
Pero no parece que sea ese el camino, sino mas bien al contrario. Parece que la idea es formar especialistas en función de “las necesidades del mercado”.

8-En sus escritos, se evidencian reflexiones críticas sobre la sociedad y planteamientos filosóficos y sociológicos. ¿Qué importancia tienen estos factores para las ciencias biológicas y en particular, para su propia teoría?

Sandín: Esta pregunta está respondida en gran parte en las respuestas anteriores, pero quisiera ampliar el tema de los planteamientos filosóficos. Por lo que he podido comprobar, la Filosofía está mal vista por mis colegas (al menos, por los que han hablado de ello conmigo). Parecen tener la idea de que la Filosofía es algo “anticuado”, una especie de palabrería vacía que se pierde en divagaciones “metafísicas” y que la forma de pensamiento “más avanzada” es el pensamiento científico.
Pero me parece ingenua la creencia a ciegas en lo que se considera científico y objetivo cuando no se tiene la capacidad para distinguir entre lo que tú piensas y lo que te han enseñado a pensar. Entre descripciones objetivas e interpretaciones basadas en prejuicios. La tarea básica de la Filosofía es “pensar lo pensado”. Reflexionar sobre lo que se da por sabido. Según Fernando Savater “representa la autonomía del individuo frente a veneraciones establecidas” y esto es esencial en el problema que nos ocupa. Una concepción muy actual de la Filosofía es la que nos propone Mauricio Abdalla: la que trata de reflexionar sobre los problemas de nuestro tiempo, de comprender la realidad en que vivimos. En este sentido me deslumbró Michael Foucault con su libro “Las palabras y las cosas” en el que diseccionaba los dogmas y los valores más asumidos de nuestra cultura “occidental” con datos históricos y argumentos que pueden ser utilizados por cualquiera que se detenga a pensar sobre ellos. Me dio la impresión de que no es necesario ser una mente privilegiada para atreverse a reflexionar sobre la realidad en términos filosóficos. Claro que no hay garantía de llegar a “la verdad”, pero es un ejercicio liberador. De “autonomía”. Por eso, cuando veo a mis jóvenes colegas totalmente convencidos de que la dura concepción darvinista de la realidad es una visión científica y objetiva despojada de sentimentalismos o idealismos, o repetir literalmente lo que les han enseñado como si lo hubieran pensado ellos, me produce una sensación de desaliento, porque me da pena que muchachos inteligentes que podrían hacer aportaciones importantes a la Biología estén limitados por el adoctrinamiento.
Fernando Savater dice de la Filosofía que “Quienes por razones espuriamente funcionales tratan de disminuir hoy su peso en la enseñanza, pretenden sin duda también la sumisión al poder incuestionado y no la mera eficacia laboral”.
Todo esto viene a cuento porque, curiosamente, han sido filósofos y estudiantes de filosofía los que han asumido con perfecta naturalidad mis cuestionamientos del darwinismo y han comprendido su pertinencia, incluso mi derecho (incluso mi obligación) de intentar buscar una alternativa, mientras que la mayoría de las reacciones que he conocido de mis colegas han sido de escándalo. Como si no pudieran concebir que una persona vulgar y corriente pudiera atreverse a cuestionar a un “genio” y menos a manifestar ideas que contradicen “la verdad” incuestionable del darwinismo. La que “todos los científicos” asumen.
9-¿Qué literatura recomendaría para los jóvenes científicos y profesionales que quieran explorar alternativas científicas al neo-darwinismo o acercarse más a su propia propuesta?
Sandín: Creo que el libro que da una visión más completa, mas integral de cual es la relación del hombre con la Naturaleza, las causas del deterioro de esa relación, entre otras la concepción darvinista de la naturaleza, y cómo se debería recuperar es “El tao de la ecología” de Edward Goldsmith. La forma en que aborda esas cuestiones con consideraciones científicas, éticas, filosóficas, históricas… me parece muy enriquecedora para los jóvenes lectores.
En cuanto al aspecto evolutivo, hace dos o tres años, un alumno me prestó (y me “requisó” rápidamente) un libro de Fred Hoyle y Chandra Wickramasinghe, "La Evolución de la Vida desde el Espacio Exterior" editado por el Fondo de Cultura Económica, que me sorprendió porque utilizaba argumentos muy semejantes a los que yo había empleado y llegaban a conclusiones semejantes, aunque no debería sorprenderme que otras personas, partiendo de datos semejantes lleguen a las mismas o parecidas conclusiones, y menos teniendo en cuenta que fue el artículo “Evolution from space” de Hoyle el que motivó mi interés por los virus como aportadores de información genética. Tienen algunas diferencias de perspectivas con las que yo planteo, pero es posible que las correctas sean las suyas. No he conseguido encontrarlo, pero lo recomiendo vivamente a los estudiantes y estudiosos que no estén demasiado condicionados por el adoctrinamiento (que, a veces, parece tener consecuencias irreversibles).
En cuanto a otras alternativas, como, por distintos motivos que he explicado en alguna ocasión, no me siento identificado con las más conocidas, no puedo recomendar honradamente ninguna concreta. Sólo puedo sugerir que las estudien, que lean, por ejemplo, algunas de las obras que figuran en su página y, como Usted dice, que piensen por sí mismos.

10-¿Algo más que le gustaría agregar para finalizar?

Sandín: Sí. Y aquí voy a explayarme porque hay un problema que me produce verdadera angustia. No se trata sólo de algo ya de por sí tan inconcebible como que una ciencia tan esencial como la Biología esté, en el siglo XXI, sin base teórica. Lo preocupante es que la investigación actual dirigida y financiada por intereses comerciales y sus supuestas aplicaciones pueden acarrear graves consecuencias. Pero no sólo en el caso (muy posible) de que se produzca algún error, sino en el caso improbable de que consiguieran lo que pretenden.
Intentaré explicar esto de la forma más breve y simplificada posible: Los datos recientes sobre las características de la información genética han puesto de manifiesto que es de una enorme complejidad, que el antiguo concepto de “gen” no tiene entidad real porque son secuencias que pueden estar en fragmentos repartidos por el genoma, que se combinan en función de circunstancias concretas, que, además, una secuencia puede codificar proteínas diferentes en función de las condiciones ambientales, que la expresión de una secuencia depende de la coordinación de la totalidad del genoma, a su vez, condicionada por el ambiente…
Pero además, hasta el 10% del genoma está constituido por virus endógenos que participan activamente en distintas funciones del genoma, pero que pueden reconstruir la cápsida y convertirse en infectivos por una agresión ambiental, y que la inmensa mayor parte del genoma está formado por elementos móviles y secuencias repetidas derivadas de estos, y también susceptibles de activación ante estímulos ambientales. Si tenemos en cuenta estos datos reales cuando oímos hablar a científicos, por ejemplo, de que han “creado” un virus supuestamente inactivado para introducir en el genoma una proteína para combatir el cáncer, o para producir cerdos transgénicos para el transplante de órganos, cuando se afirma que se ha encontrado el gen de la tendencia al alcoholismo (incluso el de la infidelidad),o hablan de que “cambiando los genes” se conseguirán hijos más inteligentes, más sanos, o vivir doscientos años, incluso regenerar miembros introduciendo en el hombre los genes con que las lagartijas regeneran la cola, puede parecer cómico para una persona con sentido común, pero la realidad es que puede representar un grave peligro, no sólo por el riesgo de activación e hibridación de virus endógenos (como desgraciadamente se ha producido con el virus del SIDA), sino porque vivimos inmersos literalmente en un mar de virus y bacterias y no podemos controlar las consecuencias de estas manipulaciones basadas en una concepción de la información genética y de los virus superada por los conocimientos actuales.
Y estos datos reales hacen muy improbable (yo creo que imposible) que consigan esos objetivos.
Pero lo más penoso es comprobar que los científicos (los especialistas) que plantean esos objetivos no han reflexionado sobre sus consecuencias en el caso de que lo consiguieran, porque esas investigaciones están financiadas por empresas que han invertido enormes sumas con fines comerciales (como sabemos, hay un enorme mercado de “patentes” de “biofármacos” y de genes y proteínas), y sus hipotéticas aplicaciones serían para los que pudieran pagarlo (desde luego, no están pensadas para compartirlas con toda la Humanidad). ¿Se habrán parado a pensar en la situación en que pondrían a ha Humanidad si sólo unos privilegiados tuvieran acceso a esas “mejoras”? ¿Se habrán parado a pensar, incluso, en lo terrible, lo insoportable que puede ser vivir doscientos años? Claro que eso sería en caso de que a la Humanidad le quedaran doscientos años por delante, porque supongo que habrá leído que Stephen Hawking afirma que no quedan más de cien años para la catástrofe global y que el futuro está en la colonización del espacio, pero, ¿Quienes se supone que irán? ¿Quiénes se supone que tendrán esa posibilidad? ¿No sería más razonable detener esta locura e intentar vivir de una forma que haga posible que en el Mundo haya sitio para todos? Tengo la sensación de que con la idea de “la supervivencia del más apto” se ha creado una forma de pensamiento al margen de la realidad, de la que se han contagiado hasta los científicos más brillantes en su campo. Quizás parezca grandilocuente o pretencioso, pero creo que es un síntoma de decadencia de toda una “civilización”.
Mi amigo Mauricio Abdalla me va a regañar, pero si soy sincero, no tengo la menor esperanza en que se recapacite y se detenga esta carrera hacia la nada, aunque eso no va a impedir que siga trabajando como si hubiera esperanza. Porque lo que tengo claro es que no van a conseguir es destruir la vida sobre la Tierra y quizás se estén creando las condiciones para el siguiente “salto”. Esa puede ser la esperanza...

Entrevista publicada el domingo 5 de octubre de 2008 en
http://zeteticismo.blogspot.com/2008/10/mximo-sandn-aboga-por-una-nueva-biologa.html

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