Wittgenstein: explicaciones, ritos y ceremonias

Wittgenstein se detiene en aquella parte no cognosicitiva del hombre (entendamos por conocimiento lo que usualmente se entiende por tal: lo que es confirmado por alguna experiencia) que es, primordialmente, expresiva y que se manifiesta, especialmente, en los mitos, en la religión o en el lenguaje de los gestos. En modo alguno cometerá Wittgenstein la torpeza de reducir los mitos o la religión sólo a eso. Las cosas suelen ser más complejas, graduales y entrelazadas.

De cualquier forma, cuando no se repara que el valor de un símbolo o de su prolongación en el mito no está tanto en la captación de algún trozo sensible del mundo sino en su fuerza expresiva, se cae en la ilusión. De esta ilusión puede ser víctima tanto el que mitifica como el que estudia el mito. En el primer caso tenemos la superstición y el fanatismo. En el segundo la mala ciencia. Ésta participa de la superstición al haber creído encontrar todo en el conocimiento y en la explicación científica.

Más aún, su motor último no es otro que el miedo, miedo que le hace correr en busca de una tranquilidad que, mágicamente, sólo podría otorgar la racionalidad científica. Es así como el pensamiento moderno ha sucumbido a la paranoia de la explicación. De esta manera cae en un círculo vicioso que, aproximadamente, tendría la siguiente estructura: si algo no es explicable, entonces o no existe o existe rudimentariamente. En el caso del mito éste sería seudoconciencia o protocoencia.

Ahora bien, así lo que ocurre es que la explicación se convierte en mito (en el sentido peyorativo que el científico estaba dando al mito clásico), ya que la misma explicación no es sino la manifestación de profundos deseos de alivio, de seguridad, de componentes explosivos del deseo y la imaginación. Más aún, la misma satisfacción que nos puede producir la explicación científica, el atractivo que posee, no es sino un indicio de que fuerzas ocultas nos lanzan a ello. Tales reacciones no son irracionales. Lo irracional está en la inmensa ilusión de pensar que hemos dado con un método, con alguna forma privilegiada en la que aquellas tienen cabida. Las emociones más profundas, por el contrario, al ser irreductibles, no encajan en lo, modelos explicativos que se exhiben como últimos. Acordémonos de los juegos de lenguaje: es absurdo creer que hay algo que los sustenta, los explica y los sostiene; que hay algo así como una razón independiente que les da vida.

Llegamos así a la concepción wittgensteiniana del hombre como animal ritual o ceremonial. En las expresiones mítico-mágicas no es cuestión, sin más, de errores ya que no les subyace (no están movidas) por significado cognoscitivo. Son, sobre todo, liberaciones o satisfacciones que, después, se revisten de las imágenes que, cultural e históricamente, el hombre tiene a su disposición. La ceremonia, en consecuencia, la reacción ante los enigmas que no son reductibles al saber experimental (por mucho que haya grados y situaciones en las que la mezcla de conocimiento y expresión sea tal que cualquier delimitación fácil está condenada al fracaso) es un modo de la existencia humana que si se olvida se cae en la baratija utilitaria que el racionalismo dominante suele vender. La ceremonia, el rito. no son un rasgo del hombre conservador. Son, y ya es bastante, un rasgo del hombre. Pero es que, además, la idea de ceremonia, en el último Wittgenstein, está ligada a su refutación de un posible lenguaje privado tal y como lo ha solido presentar la tradición filosófica.

Para saber más: Wittgeinstein. ¿Conservador o progresista?. Javier Sádaba.

Tractatus 6.54

“Mis proposiciones son elucidaciones de este modo: quien me entiende las reconoce al final como sinsentidos, cuando mediante ellas -a hombros de ellas- ha logrado auparse por encima de ellas. (Tiene, por así decirlo, que tirar la escalera una vez que se ha encaramado en ella.)”.

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