Enric Durán explica su acción de protesta





Células de Bénard

A principios de siglo, el físico francés Henri Bénard descubrió que el calentamiento de una fina capa de líquido puede originar estructuras extrañamente ordenadas. Cuando el líquido es uniformemente calentado desde abajo, se establece un flujo constante de calor, que se mueve desde el fondo hacia la parte superior. El líquido en sí mismo permanece en reposo y el calor se transmite únicamente por conducción.

No obstante, si la diferencia de temperatura entre la parte superior y el fondo alcanza un determinado valor crítico, el flujo de calor es reemplazado por una convección térmica, en la que el calor es transmitido por el movimiento coherente de grandes cantidades de moléculas.

En este punto aparece un muy sorprendente patrón ordenado de células hexagonales (“colmena”), en el que el líquido caliente asciende por el centro de las células, mientras que el líquido frío desciende por las paredes de las células.

A medida que el sistema se aleja del equilibrio mediante el flujo de energía, se alcanza un punto crítico de inestabilidad, en el que aparece el patrón hexagonal ordenado. Un ejemplo de autoorganización en el que millones de moléculas se mueven coherentemente para formar células hexagonales por convección.

Cuando el flujo de materia y energía a través de ellas aumenta, pueden pasar a nuevas inestabilidades y transformarse en nuevas estructuras de incrementada complejidad. La energía se autoorganiza.

Al igual que las células de Bénard, los seres vivos somos sistemas abiertos organizados a partir del flujo de materia y energía que circula incesantemente a través de nosotros. La vida no existe en un vacío sino que ocurre en la diferencia muy real que media entre una radiación solar de 5.800 Kelvin y las temperaturas de 2.7 Kelvin del espacio exterior. Estas ideas relacionan lo vivo con lo no vivo.

Para saber más: La trama de la vida. Fritjof Capra.

Para saber más: Captando genomas. Lynn Magulis. Dorion Sagan.

Cristal de sal

La Primera Ley de la Termodinámica o ‘principio de conservación de la energía’: establece que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Es decir: la cantidad total de energía permanece siempre inalterable, y constante, pudiendo transformarse de un estado a otro (por ejemplo la energía calorífica que libera la combustión de fuel puede transformarse en electricidad y en calor ambiental) pero sin crearse o destruirse en este proceso.

Cuando un sistema intercambia energía, una parte de ese intercambio es en forma de calor. Se dice que la energía se ‘degrada’; algunos autores denominan a este proceso entropía (aunque yo pienso que esta transformación está ya recogida en la Primera Ley Termodinámica).

En el Universo existe una tendencia a los intercambios energéticos, en consecuencia, a transformar/degradar la energía en forma de calor, pero también existe una propensión a la aparición de estructuras de un orden elevado.

Tenemos un ejemplo sencillo; cuando al agua salada se le aplica calor, el agua se evapora y surge una estructura altamente ordenada: el cristal de sal . Y la probabilidad que esto ocurra bajo determinadas condiciones es del 100%. Los iones de cloro y sodio que formarán el cristal, disueltos en el agua líquida, están desordenados. Al evaporarse, las moléculas de agua pasan a estado líquido al gaseoso, y el cristal de sal toma una dispoción de orden elevado, dos tipos de átomos en situación alterna formando una red cúbica.

Al igual que el cristal de sal se ordena a costa del desorden del agua al pasar a vapor, el orden creado por la vida en la Tierra se da de hecho gracias a compartir la energía del Sol. La vida es un comensal de nuestra estrella.

Para saber más:
"El Origen de Gaia". Editorial Abecedario. Carlos de Castro.

Robin Hood ha vuelto

"Escribo en estas páginas para hacer público que he expropiado 492.000 euros a 39 entidades bancarias a través de 68 operaciones de crédito. Si incluimos los intereses de demora, la cifra actual de la deuda es de más de 500.000 euros que no pagaré.

Ha sido una acción individual de insubmisión a la banca que he llevado a cabo premeditadamente para denunciar al sistema bancario y para destinar el dinero a iniciativas que alerten de la crisis sistémica que estamos empezando a vivir y que intenten construir una alternativa de sociedad.

Se trata de una acción ajena a cualquier tipo de violencia, que reivindico como una nueva forma de desobediencia civil, a la altura de los tiempos que corren. Cuando la financiación al consumo y la especulación son dominantes en nuestra sociedad, ¿qué mejor que robar a los que nos roban y repartir el dinero entre los grupos que denuncian esta situación y construyen alternativas?"

Para saber más:
Visibilicemos el gobierno oculto. Construyamos otra sociedad

Orden, complejidad y entropía

Cuando hablamos de orden nos referimos a la colocación de las cosas en su lugar correspondiente; (así hablamos por ejemplo de orden alfabético: a, b, c, d, e...).

La palabra complejidad es de origen latino, proviene de “complectere”, cuya raíz “plectere” significa trenzar, enlazar. Entenderíamos entonces la complejidad "como un mayor tamaño, número y clases distintas de las partes que componen un ente (un ser), la variedad de roles especializados que incorpora, el número de los distintos modos de ser presentes y la variedad de los mecanismos para organizar todo ello en un todo coherente y funcional. Al aumentar cualquiera de estas dimensiones, aumenta la complejidad del ente."

La entropía sería una medida del grado (gradiente o razón entre la variación del valor de una magnitud en dos puntos próximos y la distancia que los separa) de energía no disponible en un sistema termodinámico.

Entonces, el orden, la complejidad y la entropía son formas de aprehender las relaciones con el Universo desde estructuras mentales humanas.

Una de las observaciones más maravillosas que nos ha proporcionado la ciencia es la evolución del universo desde lo 'simple e indiferenciado', hasta lo 'complejo'. El universo crea estructuras cada vez más complejas. Si imaginamos la formación de una estrella, esta comienza con un gas “desordenado” para terminar siendo una bola de plasma con sus átomos mucho más localizados y “ordenados” que al principio.

Una evolución biológica genera desde hace cuatro mil millones de años organismos cada vez más complejos.

¿Cómo es posible entonces esta evolución hacia la heterogeneidad y la complejidad desafiando la Segunda Ley de la Termodinámica?.

Para saber más:
"El Origen de Gaia". Editorial Abecedario. Carlos de Castro.

Definición de entropía

Definiremos la entropía como el índice de la cantidad de energía no disponible en un sistema termodinámico dado en un momento de su evolución.

Etimológicamente “entropía” surgió como palabra acuñada
del griego, de em (en - en, sobre, cerca de...) y sqopg (tropêe - mudanza, giro, alternativa, cambio, evolución...). El término fue usado primeramente en 1850 por el físico alemán Rudolf Julius Emmanuel Clausius.

La segunda ley fue desarrollada conjuntamente con las máquinas de vapor en 1824, por el físico francés Sadi Carnot. Carnot se dio cuenta que utilizar la energía para realizar un trabajo (mover materia en el espacio) dependía del gradiente de temperatura de la máquina, esto es, de la diferencia entre las partes más calientes y más frías de la misma. Según se realiza el trabajo, la diferencia de temperaturas disminuye. Aunque la energía total permanece constante, termina estando menos disponible para realizar más trabajo.

Así se distinguió entre energía disponible o libre, que puede ser transformada en trabajo y energía no disponible o limitada, que no puede ser transformada en él.

La idea de que la materia-energía de baja entropía es el recurso esencial natural, exige alguna explicación. Esto se puede estipular fácilmente con una breve exposición de las leyes de la termodinámica, según el adecuado símil tomado de Georgescu-Roegen. Considérese un reloj de arena. Es un sistema cerrado en el que no entra ni sale arena.

La cantidad de arena en el reloj es constante; la arena ni se crea ni se destruye en ese reloj. Esta es la analogía de la primera ley de la termodinámica: no hay creación ni destrucción de la materia-energía. Aunque la cantidad de arena en el reloj es constante, su distribución cualitativa está constantemente cambiando: la cavidad inferior se va llenando, mientras la cavidad superior se vacía. Esta es la analogía de la segunda ley de la termodinámica, en la que la entropía (que es la arena de la cavidad inferior) aumenta constantemente.

La arena de la cavidad superior (la baja entropía) es capaz de hacer un trabajo mientras cae, como el agua en la parte superior de una catarata. La arena en la cavidad inferior (alta entropía) ha agotado su capacidad de realizar un trabajo. El reloj de arena no puede darse la vuelta: la energía gastada no puede reciclarse, a menos que se emplee más energía en ese reciclaje que la que será desarrollada por la cantidad reciclada.

Para saber más:
Almacenamiento, emergía y transformidad

Entropía y visión mecanicista del mundo

Con la Segunda Ley de la Termodinámica – la entropía – se da un fenómeno curioso; a pesar de tener máxima importancia que afecta a la supervivencia humana, y que ha hecho correr ríos de tinta entre intelectuales y científicos, ha sido muy poco divulgada y prácticamente ignorada por la ‘opinión pública’.

Así en la escuela se puede comprobar como el estudio de la termodinámica aparece en todos los libros de Física y Química, pero no se relaciona con el mundo en que vivimos y las consecuencias prácticas de las que tendríamos que sacar enseñanza.

El desinterés viene precedido por una visión mecanicista del mundo, ya decimonónica, en la cual la idea de progreso es tan connatural que ni pensamos en discutirla. La ley de la entropía socava la idea de la historia como progreso, y la idea de que la ciencia y la tecnología crean un mundo más ordenado.

En el año 1.846 Urbain Leverrier y John Couch Adams descubrieron el planeta Neptuno, no buscando en el firmamento, sino con un lápiz y papel, usando las matemáticas, realizaron los cálculos para explicar las diferencias observadas en la órbita de Urano y su comportamiento previsto por las leyes físicas de Kepler y Newton; quedaba así grabado en el pensamiento occidental la visión mecanicista del mundo, típicamente moderna, en la línea de Descartes, Galileo, Bacon, Newton, Locke y Adam Smith.

El 20 de julio de 1.969 el hombre pisa la luna y la idea de progreso se apodera del imaginario colectivo mundial. El hombre individual es mortal, pero la especie humana es inmortal:
‘Venga lo que venga, siempre idearemos algo’.

Nos encontramos en una época en que lo obvio tiene que ser enfatizado, porque ha sido ignorado durante largo tiempo.

Anteriormente en el blog del decrecimiento:

Irreversibilidad

El ser humano ante la entropía

Leyes de la termodinámica

Acerca de la entropía

Entropía y evolución

Inercia y desorden

Ecología Política: Decrecimiento Sostenible

El número 35 de la revista 'Ecología Política' pone el enfoque en el decrecimiento, una temática que no es nueva, ya hace décadas Georgescu-Roegen, entre otros, ponía sobre la mesa la necesidad de reflexionar sobre el error que supone centrar el modelo económico y el esfuerzo político en el crecimiento indefinido del Producto Interior Bruto. No obstante en los últimos años las propuestas de decrecimiento se han renovado y han resurgido con fuerza impulsadas por nuevos movimientos sociales.

Para que el Decrecimiento Sostenible tenga éxito, debe ser internacional (Norte y Sur) y debe hacer frente a preocupaciones muy concretas de la gente. Debe de haber una confluencia de todos estos grupos:

  • Conservacionistas o ambientalistas preocupados por la pérdida de biodiversidad.
  • Los que se preocupan por el cambio climático, por sus amenazas en ciertas zonas del mundo, los que tienen interés en proponer nuevos sistemas energéticos renovables. 
  • Los socialistas y sindicalistas que quieren más justicia económica en el mundo y que entiendan que la marcha hacia la justicia no puede aplazarse ya con la esperanza del crecimiento económico para todos. 
  • Los pesimistas (o realistas) acerca de los riesgos e incertidumbres del cambio tecnológico.  
  • Las comunidades locales autónomas de neo-rurales y de okupas que viven con sencillez.
  • Y los movimientos del Ecologismo de los Pobres que piden la conservación del ambiente para la perentorias necesidades de su propia subsistencia.
Además, yo colocaría en un lugar preeminente la lucha de las mujeres contra la sociedad patriarcal.


Para saber más: Ecología Política. Decrecimiento Sostenible

Territorios y recursos naturales: El saqueo versus el buen vivir.

El saqueo en América Latina data de hace más de 500 años, aunque en el último decenio ha tenido una notable aceleración. Este proceso reciente forma parte de una economía globalizada, basada en el crecimiento permanente, en el que el uso ilimitado de las riquezas naturales es una constante.

En esta economía globalizada, Latinoamérica fortalece su rol de proveedor de materias primas y mano de obra barata. Instituciones como el Banco Mundial pregonan que la venta de estas riquezas constituye la mejor vía para salir de la pobreza. Las compañías transacionales son las principales impulsoras y beneficiadas de este modelo.

Este esquema de modernidad es impuesto a los países del Sur como punto de referencia al que deben aspirar. “Desarrollo es igual a crecimiento económico y al modelo de modernidad que lo acompaña”. En esa visión dominante, la naturaleza es considerada sólo una mercancía.

Este concepto difiere fuertemente de otro punto de vista más amplio en América Latina, donde valores culturales y espirituales relacionado con la naturaleza también ocupan un lugar central. La naturaleza se manifiesta en tanto marco que otorga sentimiento a la existencia.

La óptica mercantilista hace abstracción del hecho de que la naturaleza constituye la base de sustento de millones de pobres. La preocupación por el medio ambiente no es una cuestión de lujo para los más necesitados del Sur, se trata de un asunto fundamental de sobrevivencia, desarrollo y proyección.

La protesta contra el modelo de explotación de los recursos ha sido criminalizada de forma sistemática. El acceso a las riquezas se asegura a través de la militarización de regiones ricas en recursos naturales. Esto ocasiona crecientes conflictos en torno al acceso a la tierra, al agua, al alimento, a los bosques y a la biodiversidad.

En muchos países, las legislaciones nacionales se modifican en función de la explotación de los recursos naturales. Esas adaptaciones al marco legislativo constituyen la base para una ola de concesiones de explotación que se ciernen, sobre todo, en el subcontinente.

La crisis ambiental muestra también claramente los límites del modelo occidental de desarrollo y la imposibilidad de su generalización para toda la humanidad. Se requiere, de manera urgente, una nueva ética que despierte sensibilidad hacia esta problemática.


Territorios y recursos naturales: El saqueo versus el buen vivir.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (I)

La apuesta por el decrecimiento es una toma de conciencia de los límites del crecimiento y la necesidad de desconstruir la economía, una empresa más compleja que desmantelar un arsenal bélico, derrumbar el Muro de Berlín, demoler una ciudad o refundir una industria

Los años 60 convulsionaron la idea del progreso. Luego de la bomba poblacional, sonó la alarma ecológica. Se cuestionaron los pilares ideológicos de la civilización occidental: la supremacía y derecho del hombre a explotar la naturaleza y el mito del crecimiento económico ilimitado.

Por primera vez, desde que Occidente abrió la historia a la modernidad guiada por los ideales de la libertad y el iluminismo de la razón, se cuestionó el principio del progreso impulsado por la potencia de la ciencia y la tecnología, que pronto se convirtieron en las más serviles y servibles herramientas de la acumulación de capital.

La bioeconomía y la economía ecológica plantearon la relación que guarda el proceso económico con la degradación de la naturaleza, el imperativo de internalizar los costos ecológicos y la necesidad de agregar contrapesos distributivos a los mecanismos del mercado.

En 1972, un estudio del Club de Roma señaló por primera vez "Los límites del crecimiento". De allí surgieron las propuestas del “crecimiento cero” y de una “economía de estado estacionario”.

Cuatro décadas después, la destrucción de los bosques, la degradación ambiental y la contaminación se han incrementado en forma vertiginosa, generando el calentamiento del planeta por las emisiones de gases de efecto invernadero y por las ineluctables leyes de la termodinámica, que han desencadenado la muerte entrópica del planeta.

Los antídotos producidos por el pensamiento crítico y la inventiva tecnológica han resultado poco digeribles por el sistema económico. El desarrollo sostenible se muestra poco duradero, ¡porque no es ecológicamente sustentable!

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (II)

Hoy, ante el fracaso de los esfuerzos por detener el calentamiento global (el Protocolo de Kyoto había establecido la necesidad de reducir los gases invernadero al nivel de 1990), surge nuevamente la conciencia de los límites del crecimiento y el reclamo por el decrecimiento.

Si bien Lewis Mumford, Iván Illich y Ernst Schumacher vuelven a ser evocados por su crítica a la tecnología y su elogio de “lo pequeño”, el decrecimiento se plantea ante el fracaso del propósito de desmaterializar la producción, el proyecto impulsado por el Instituto Wuppertal que pretendía reducir por cuatro y hasta 10 veces los insumos de naturaleza por unidad de producto.

Resurge así el hecho incontrovertible de que el proceso económico globalizado es insustentable. La ecoeficiencia no resuelve el problema de un mundo de recursos finitos en perpetuo crecimiento, porque la degradación entrópica es irreversible.

La apuesta por el decrecimiento no es solamente una moral crítica y reactiva, una resistencia a un poder opresivo, destructivo, desigual e injusto; no es una manifestación de creencias, gustos y estilos alternativos de vida; no es un mero descreimiento, sino una toma de conciencia sobre un proceso que se ha instaurado en el corazón del mundo moderno, que atenta contra la vida del planeta y la calidad de la vida humana.

El llamado a decrecer no debe ser un mero recurso retórico para dar vuelo a la crítica del modelo económico imperante. Detener el crecimiento de los países más opulentos, pero seguir estimulando el de los más pobres o menos “desarrollados” es una salida falaz.

Los gigantes de Asia han despertado a la modernidad; tan sólo China e India están alcanzando y rebasando las emisiones de gases invernadero de Estados Unidos. A ellos se sumarían los efectos conjugados de los países de menor grado de desarrollo llevados por la racionalidad económica hegemónica.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (III)

Decrecer no sólo implica desescalar o desvincularse de la economía. No equivale a desmaterializar la producción, porque ello no evitaría que la economía en crecimiento continuara consumiendo y transformando naturaleza hasta rebasar los límites de sustentabilidad.

La abstinencia y la frugalidad de algunos consumidores responsables no desactivan la manía de crecimiento instaurada en la raíz y el alma de la racionalidad económica, que conlleva un impulso a la acumulación del capital, a las economías de escala, a la aglomeración urbana, a la globalización del mercado y a la concentración de la riqueza.

Saltar del tren en marcha no conduce directamente a desandar el camino. Para decrecer no basta bajarse de la rueda de la fortuna de la economía.

Las excrecencias del crecimiento, la pus que brota de la piel gangrenada de la Tierra, al ser drenada la savia de la vida por la esclerosis del conocimiento y la reclusión del pensamiento, no se retroalimenta en el cuerpo enfermo del Planeta.

No se trata de reabsorber sus desechos, sino de extirpar el tumor maligno. La cirrosis que corroe a la economía no habrá de curarse inyectado más alcohol a la máquina de combustión de los autos, las industrias y los hogares.

Más allá del rechazo a la mercantilización de la naturaleza, es preciso desconstruir la economía realmente existente y construir otra economía, fundada en una racionalidad ambiental.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (IV)

La transición de la modernidad hacia la posmodernidad significó pasar de la anticultura, inspirada en la dialéctica, al mundo “pos” (posestructuralismo, poscapitalismo), que anunciaba el advenimiento de algo nuevo.

Pero ese algo nuevo aún no tiene nombre, porque solo hemos sabido nombrar lo que es y no lo por venir. La filosofía posmoderna inauguró la época “des”, abierta por el llamado a la desconstrucción. La solución al crecimiento no es el decrecimiento, sino la desconstrucción de la economía y la transición hacia una nueva racionalidad que construya la sustentabilidad.

Desconstruir la economía insustentable significa cuestionar el pensamiento, la ciencia, la tecnología y las instituciones que han instaurado la jaula de racionalidad de la modernidad.

No es posible mantener una economía en crecimiento que se alimenta de una naturaleza finita, sobre todo una economía fundada en el uso del petróleo y el carbón, transformados en el metabolismo industrial, del transporte y de la economía familiar en dióxido de carbono, el principal gas causante del efecto invernadero y del calentamiento del planeta que hoy amenaza a la vida humana.

El problema de la economía del petróleo no es solo, ni fundamentalmente, el de su gestión como bien público o privado. No es el del incremento de la oferta, explotando las reservas guardadas y los yacimientos de los fondos marinos para abaratar nuevamente el precio de las gasolinas, que ha sobrepasado los cuatro dólares por galón.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (V)

El fin de la era del petróleo no resulta de su escasez creciente, sino de su abundancia en relación a la capacidad de absorción y dilución de la naturaleza, del límite de su transmutación y disposición hacia la atmósfera en forma de dióxido de carbono.

La búsqueda del equilibrio de la economía por una sobreproducción de hidrocarburos para seguir alimentando la maquinaria industrial (y agrícola por la producción de biocombustibles), pone en riesgo la sustentabilidad de la vida en el planeta, y de la propia economía.

La "despetrolización" de la economía es un imperativo ante los riesgos catastróficos del cambio climático si se rebasa el umbral de las 450-550 partes por millón de gases de efecto invernadero en la atmósfera, como vaticinan el Informe Stern y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.

Y esto plantea un desafío a las economías que dependen de sus recursos petroleros (México, Brasil, Venezuela, en nuestra América Latina), no sólo por su consumo interno, sino por su contribución al cambio climático global.

La racionalidad económica se implanta sobre la Tierra y se alimenta de su savia. Es el monstruo que engulle la naturaleza para expulsarla por sus fauces que exhalan bocanadas de humos a la atmósfera, contaminando el ambiente y calentando el planeta.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (VI)

El decrecimiento de la economía no solo implica la desconstrucción teórica de sus paradigmas científicos, sino de su institucionalización social y de la subjetivización de los principios que intentan legitimar la racionalidad económica como la forma ineluctable del mundo.

Desconstruir la economía resultaría así una empresa más compleja que desmantelar un arsenal bélico, derrumbar el Muro de Berlín, demoler una ciudad o refundir una industria.

No es la obsolescencia de una máquina o de un equipo, ni el reciclaje de sus materiales para renovar el proceso económico. La destrucción creativa del capital que preconizaba Joseph Schumpeter no apuntaba al decrecimiento, sino al mecanismo interno de la economía que la lleva a “programar” la obsolescencia y destrucción del capital fijo, para reestimular el crecimiento insuflado por la innovación tecnológica como fuelle de la reproducción ampliada del capital.

El crecimiento económico arrastra consigo el problema de su medición. El emblemático producto interno bruto con el que se evalúa el éxito o fracaso de las economías nacionales no mide sus externalidades negativas.

Pero el problema fundamental no se resuelve con una escala múltiple y un método multicriterial de medida, como las “cuentas verdes”, el cálculo de los costos ocultos del crecimiento, un “índice de desarrollo humano” o un “indicador de progreso genuino”.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (VII)

Se trata de desactivar el dispositivo interno, el código genético de la economía, y hacerlo sin desencadenar una recesión de tal magnitud que termine acentuando la pobreza y la destrucción de la naturaleza.

La descolonización del imaginario que sostiene a la economía dominante no habrá de surgir del consumo responsable o de una pedagogía de las catástrofes socio-ambientales, como pudo sugerir Serge Latouche al poner en la mira la apuesta por el decrecimiento.

La racionalidad económica se ha institucionalizado y se ha incorporado a nuestra forma de ser en el mundo: el "homo economicus". Se trata pues de un cambio de piel, de transformar al vuelo un misil antes de que estalle en el cuerpo minado del mundo.

La economía real no es desconstruible mediante una reacción ideológica y un movimiento social revolucionario. No basta con moderarla incorporando otros valores e imperativos sociales para crear una economía social y ecológicamente sostenible.

Es necesario forjar Otra economía, fundada en los potenciales de la naturaleza y en la creatividad de las culturas, en los principios y valores de una racionalidad ambiental.

Del decrecimiento a la descontrucción de la economía. Enrique Leff