Un universalismo para la vida



El sistema capitalista mundial tiene la capacidad de transformar la vida en mercancías comercializables y en dinero. Es necesario contemplar la diversidad e interconexión que existe a escala mundial entre las mujeres, entre los hombres y las mujeres, entre los seres humanos y las demás formas de vida.

El terreno común para la liberación de la mujer y la protección de la vida sobre la Tierra debe buscarse en las actividades de las mujeres que han sido víctimas del proceso de desarrollo y que luchan por la conservación de su base de subsistencia, como por ejemplo, las mujeres ‘chipko’ en India, las mujeres y los hombres que se oponen a la construcción de presas gigantes, las mujeres que luchan contra las plantas nucleares y contra el vertido irresponsable de residuos tóxicos en todas partes, y muchas otras acciones en todo el mundo.

Estas mujeres expresan con claridad el vínculo que une a las mujeres de todo el mundo y a hombres y mujeres con la multiplicidad de formas de vida de la naturaleza. El universalismo que emana de sus esfuerzos por proteger su subsistencia –su base de vida- es distinto del universalismo eurocéntrico que se desarrolló con la Ilustración y el ascenso del patriarcado capitalista.

Es un universalismo que no habla de ‘derechos humanos universales’ abstractos, sino de las necesidades humanas comunes que sólo es posible satisfacer si se mantienen vivos e intactos las redes y procesos que sostienen la vida. Estas ‘simbiosis’ tanto en el seno de la naturaleza como en la sociedad humana, son la única garantía de que la vida, en su sentido más amplio, podrá mantenerse en nuestro planeta.

Estas necesidades: de alimento, de cobijo, de abrigo; de afecto, de cuidados y de amor; de dignidad e identidad, de saber y libertad, de diversión y alegría, son comunes a todas las personas, independientemente de su cultura, ideología, raza, sistema político y económico y clase.

En el discurso habitual del desarrollo, estas necesidades se dividen en las llamadas necesidades ‘básicas’ y necesidades ‘superiores’. No se puede reconocer esta división. En nombre de los valores ‘superiores’ se ha erosionado el valor del trabajo cotidiano para la supervivencia, para la vida. Las clases ‘opulentas’ no ven la supervivencia como el objetivo último de la vida, sino como una banalidad, un hecho que puede darse por sentado.

Para saber más: Ecofeminismo. Vandana Shiva y María Mies.

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