Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (II)

Hoy, ante el fracaso de los esfuerzos por detener el calentamiento global (el Protocolo de Kyoto había establecido la necesidad de reducir los gases invernadero al nivel de 1990), surge nuevamente la conciencia de los límites del crecimiento y el reclamo por el decrecimiento.

Si bien Lewis Mumford, Iván Illich y Ernst Schumacher vuelven a ser evocados por su crítica a la tecnología y su elogio de “lo pequeño”, el decrecimiento se plantea ante el fracaso del propósito de desmaterializar la producción, el proyecto impulsado por el Instituto Wuppertal que pretendía reducir por cuatro y hasta 10 veces los insumos de naturaleza por unidad de producto.

Resurge así el hecho incontrovertible de que el proceso económico globalizado es insustentable. La ecoeficiencia no resuelve el problema de un mundo de recursos finitos en perpetuo crecimiento, porque la degradación entrópica es irreversible.

La apuesta por el decrecimiento no es solamente una moral crítica y reactiva, una resistencia a un poder opresivo, destructivo, desigual e injusto; no es una manifestación de creencias, gustos y estilos alternativos de vida; no es un mero descreimiento, sino una toma de conciencia sobre un proceso que se ha instaurado en el corazón del mundo moderno, que atenta contra la vida del planeta y la calidad de la vida humana.

El llamado a decrecer no debe ser un mero recurso retórico para dar vuelo a la crítica del modelo económico imperante. Detener el crecimiento de los países más opulentos, pero seguir estimulando el de los más pobres o menos “desarrollados” es una salida falaz.

Los gigantes de Asia han despertado a la modernidad; tan sólo China e India están alcanzando y rebasando las emisiones de gases invernadero de Estados Unidos. A ellos se sumarían los efectos conjugados de los países de menor grado de desarrollo llevados por la racionalidad económica hegemónica.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

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