El motor de la historia: selección natural y cultural

Desde el modelo neoliberal se transmite la idea del deseo de reconocimiento como motor de la historia. En esta lucha por el reconocimiento el ser humano buscaría un reconocimiento de cierto valor y dignidad, lo que condujo en los albores de la historia a un sangriento combate por el prestigio, entre una clase de amos dispuestos a arriesgar la vida y unos esclavos que cedían a su miedo natural a la muerte. Esta relación amo-esclavo fue superada mediante la Revolución Francesa (o Revolución Americana) reconociendo la dignidad universal mediante el establecimiento de derechos. Se reinterpretan así fenómenos como la cultura, la religión, el trabajo, el nacionalismo o la guerra. Así, por ejemplo, un creyente buscaría el reconocimiento de sus dioses.

Lo cierto, es que hasta hace unos 35.000 años, el hombre evolucionó conforme a las leyes de la selección natural, esta actúa sobre cambios en el programa hereditario que portan las moléculas de ADN localizadas en el núcleo de las células del organismo. Si los cambios del programa y los rasgos físicos y de conducta que éstos controlan tienen como resultado una tasa neta de reproducción más elevada en las personas en las cuales se operan, dichos cambios se verán favorecidos en las generaciones siguientes y pasarán a formar parte del programa genético de una población.

Durante los 35.000 años siguientes, la selección natural continuó moldeando el organismo humano y adaptándolo a los niveles de adaptación solar, calor, frío, altitud y presión alimentaria propios de los diferentes hábitats; Pero nuestros organismos poseen, como resultado de la selección natural, cierto número de deseos, necesidades, instintos, límites de tolerancia, vulnerabilidades y pautas de crecimiento y debilitamiento concretos, que definen más o menos lo que se entiende por ‘naturaleza humana’.

El ser humano no vive aislado, sino que su vida se desarrolla en sistemas organizados de conducta y pensamiento aprendidos socialmente, que satisfacen o atienden las exigencias y potencialidades de la ‘naturaleza humana’. En este contexto funciona una selección cultural que conserva o propaga las conductas y pensamientos que con mayor eficacia satisfagan las exigencias y potencialidades biológicas de las personas que conviven en un grupo.

Una vez iniciado el despegue cultural las diferencias en cuanto al éxito reproductor dejan de constituir el medio a través del cual se seleccionan o propagan las variaciones de conducta y pensamiento.

Para saber más: Nuestra especie. Marvin Harris. 1989.

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