¿Somos libres?


-Mi querida Teresa –me dijo- , lo más ridículo que hay en el mundo es querer discutir, contrariar, condenar, o castigar los gustos de cada hombre, si no están de acuerdo con las leyes o convenciones sociales del país en que vive ... ¿Es posible que el ser humano sea incapaz de entender que no existe ningún tipo de inclinación, por extraña que parezca o criminal que se la considere, que no dependa de la constitución que nos ha dado la naturaleza?... Y, planteando esto, yo pregunto: ¿con que derecho puede un individuo atreverse a exigir de otro que reforme o moldee sus instintos siguiendo un orden social establecido?... Las propias leyes, hechas exclusivamente para el bienestar de los hombres, no tienen ninguna potestad para atreverse a dañar a aquel de entre ellos que no puede corregirse o solo lo lograría perdiendo esa felicidad que ellas mismas están llamadas a conservarle... Porque, aunque alguien deseara cambiar de gustos, ¿podría hacerlo?... ¿Está en nuestra mano refundirnos o transformarnos en un ser distinto?... ¿Osaríais pedírselo a un contrahecho?.. ¿Y, acaso la irregularidad de nuestras inclinaciones no representa lo mismo en el aspecto moral que la imperfección de tal hombre en el físico?..."

Justina o los infortunios de la virtud. Donatien-Alphonse-François de Sade. 1787.


Tener elección implica poder optar por una práctica o bien por otra con pleno conocimiento de lo que está en juego. Es examinar, comparar, calcular y después elegir un comportamiento en lugar de otro.

Todos nosotros procedemos de una serie de determinaciones que, en su mayor parte, buscan transformarnos en modelos sociales: buenos esposos, buenos niños, buenos trabajadores, buenos ciudadanos... Somos producto de nuestro medio, la resultante de combinaciones múltiples y difíciles de distinguir de influencias educativas, coacciones mentales o afectivas, convivencias familiares, los mensajes de la televisión. Nos convertimos en lo que somos.

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